El último hombre
Capítulo 36
Cuando regresó a la cochera, Web llamó a Bates a su casa, lo despertó y le contó su violento encuentro con Gran F. También le habló de la reunión con Cove. Concertó una cita con Bates y un equipo de agentes en un patio del sureste de D.C. para una hora después. El sol empezaba a salir y Web no pudo evitar menear la cabeza. Ni siquiera se había acostado y ya era hora de empezar una nueva jornada laboral. Bates le dio otro teléfono para sustituir el que había destrozado el hombre de Westbrook; con el mismo número, lo cual era práctico.
Web le dio las gracias a Bates, quien no comentó nada sobre las heridas recientes que se apreciaban en su rostro. Era evidente que Bates no estaba de buen humor.
–Si tratas así el material del Gobierno, van a descontártelo de la nómina. Y
te dejé mensajes en el teléfono viejo que no has contestado.
–Maldita sea, Perce. A veces recibo mensajes del buzón de voz un día después de que me los envíen.
–A mí nunca me pasa eso.
–Pues eso me sirve de mucha ayuda, ¿verdad?
Habían dejado un agente vigilando los coches. En aquel vecindario, no había nada seguro ni sagrado, y mucho menos la propiedad del tío Sam. De hecho, ciertos jóvenes emprendedores estarían encantados de robar un
Bucar y vender las piezas a buen precio en el mercado negro.
Mientras caminaban, el humor de Bates pareció empeorar.
–Tienes suerte de estar vivo, Web -dijo, no muy contento de que hubiera tenido tanta suerte-. Eso te pasa por salir por tu cuenta. Me parece increíble que te metieras en eso sin refuerzos. Desobedeciste mis órdenes. Podría caerte una buena.
–Pero no me va a caer porque te estoy dando lo que necesitas. Un respiro.
Bates acabó por calmarse.
–¿De verdad que se cargó al tío delante de tus narices porque era un chivato?
–No es algo que se preste a confusión precisamente.
–Joder, menudos huevos debe de tener el tío.
–Grandes como pelotas, si están en consonancia con el resto de su cuerpo.
Todos ellos entraron en el edificio y bajaron al sótano. Estaba oscuro y húmedo y apestaba. A Web le pareció curioso pasar de una mansión de piedra situada en la zona de cría de caballos de Virginia a un antro de Anacostia. Sin embargo, debía reconocer que le iban más los antros.
–Túneles, dijo el hombre -comentó Bates mirando a su alrededor. Allí abajo no funcionaba ninguna lámpara por lo que cada uno de los agentes llevaba un reflector-. Mira, lo cierto es que ya buscamos cosas de ese tipo, Web.
–Pues tendremos que volver a buscar, porque el tipo parecía saber de qué estaba hablando, y en realidad no hay otra forma de que esas armas se introdujeran aquí sin que nadie viera nada. ¿En el departamento de Obras Públicas no tienen planos que muestren la ubicación de los túneles?
–Estamos en D.C., ¿vale? Si quieres averiguar algo en un organismo municipal, adelante. Si es difícil hacer un seguimiento de lo que pasó ayer, imagínate de hace más de medio siglo.
Buscaron por todas partes hasta que Web llegó ante una numerosa colección de barriles de petróleo de ciento noventa litros en uno de los rincones más recónditos. Estaban en grupos de diez por diez.
–¿Qué es todo esto?
–El sistema de caldera funcionaba con petróleo. Aquí se quedaron las reservas cuando cerraron el lugar. Demasiado caro de trasladar.
–¿Alguien ha mirado debajo?
A modo de respuesta, uno de los agentes se acercó a la pila y empujó uno de los bidones. No se movió.
–Aquí debajo no hay nada, Web. No es muy lógico colocar un montón de toneladas de petróleo encima de un túnel por el que hay que entrar o salir.
–¿Tú crees? – Web lanzó una mirada al bidón que el hombre había intentado mover. Apoyó el pie en él y vio que efectivamente estaba lleno.
Empujó el que estaba al lado y también el siguiente. Luego empujó los que estaban en la segunda fila. Todos llenos.
–¿Qué, estás convencido? – preguntó Bates.
–Vamos a ver.
Mientras Bates y el resto de los agentes observaban, Web se subió a los bidones y empezó a ir de uno a otro. Se detenía encima de cada uno y balanceaba su peso a uno y otro lado. Cuando llegó al centro del grupo de bidones, se balanceó encima de uno y estuvo a punto de caer.
–Éste está vacío -se colocó encima del bidón contiguo-. Éste también -fue
situándose sobre los bidones siguiendo una cuadrícula de cuatro por cuatro-.
Éstos están todos vacíos. Echadme una mano.
Los agentes se apresuraron a ayudarle y en cuanto apartaron los bidones vacíos, los reflectores iluminaron una puerta en el suelo. Bates la observó atentamente y luego miró a Web.
–Qué cabrón. ¿Cómo te lo habías imaginado?
–Trabajé en un caso cuando estaba en la oficina del FBI en Kansas City. Un tipo timó a un grupo de banqueros llenando un almacén con bidones que supuestamente contenían petróleo para calefacción que el hombre utilizaba como garantía de un préstamo sustancioso. Los banqueros enviaron a los inspectores y claro, abrieron unos cuantos bidones y sí que estaban llenos de petróleo para calefacción. Pero sólo comprobaron las primeras filas porque a los tipos trajeados no les gusta subirse a bidones sucios. Resulta que el noventa por ciento de los bidones estaba vacío. Lo sé porque los comprobé uno por uno después de que nos llamaran cuando el tipo desapareció del mapa.
Bates parecía desilusionado.
–Te debo una, Web.
–Y créeme que te lo tendré en cuenta.
Abrieron la puerta con las pistolas desenfundadas, bajaron hacia el túnel y siguieron el recorrido recto que luego se convirtió en un ángulo pronunciado.
Web enfocó la luz al suelo.
–Alguien ha pasado por aquí recientemente. Mirad las huellas.
El túnel desembocaba en una caja de escalera. Subieron por ella en silencio, todos los hombres alerta y dispuestos a disparar. Abrieron con cuidado la puerta, que no estaba cerrada con llave, y se encontraron en otro edificio muy parecido al que acababan de dejar atrás. En la zona en la que estaban había muchos bienes abandonados. Subieron la escalera furtivamente. La sala a la que llegaron era grande y estaba vacía. Bajaron la escalera, salieron del edificio y miraron a su alrededor.
–Creo que hemos ido dos bloques hacia el oeste -dijo uno de los agentes, y Web se mostró de acuerdo. Todos miraron hacia el edificio al que les había conducido el túnel. El rótulo descolorido de una de las paredes lo identificaba con una antigua empresa de distribución de alimentos y disponía de una zona de carga en la que los camiones podían llevar plátanos. O ametralladoras. En dicha zona había un par de camiones abandonados con los neumáticos pinchados y algunos sin puertas.
–En plena noche te paras con un camión y lo colocas justo entre estos dos, descargas los cajones de embalaje, los pasas por el túnel y ya está -dijo Web. Recorrió la zona con la mirada-. Y por aquí no hay viviendas, nadie ve nada, probablemente por eso lo utilizaban.
–De acuerdo, pero Gran F está implicado en el primer asesinato. Con tu testimonio, nos libramos de él para siempre.
–Primero hay que encontrarlo y, por lo que he visto, es bastante bueno en su trabajo.
–Vamos a tener que detenerte para tu propia protección.
–No, no hace falta. Eso se me da muy bien.
–¿Qué coño quiere decir eso de que se te da muy bien? Ese tío tiene todos
los alicientes para acabar contigo.
–Si hubiera querido hacerlo, lo habría hecho anoche. Entonces me encontraba indefenso. Además, tengo trabajo que hacer, proteger a Billy y Gwen Canfield, y voy a cumplir con mi misión.
–Eso es lo que no entiendo. Se carga a un tío delante de tus narices y te deja marchar.
–Para que pudiera transmitir la información sobre los túneles.
–¿Cómo? ¿No sabe lo que es un teléfono? Hablo muy en serio. Quiero protegerte.
–Has dicho que me debías una, así que te la reclamo.
–¿Hay algo más importante que seguir con vida?
–No lo sé, Perce, en mi trabajo nunca he pensado demasiado sobre el asunto. Y no voy a dejar que me detengas para protegerme.
–Soy tu superior, puedo obligarte.
–Sí, supongo que sí -dijo Web, mirándolo sin alterarse.
–Joder, London, das más problemas de los que solucionas.
–Pensaba que hacía tiempo que lo sabías.
Bates lanzó una mirada alrededor de la zona de carga.
–Lo cierto es que no hay nada que relacione a los Free con este almacén o estas armas. Sin algo con lo que seguir adelante, no podemos ir a por ellos.
Ahora mismo son como unos angelitos, no nos dan ninguna excusa para hacerles una visita.
–¿No se ha averiguado nada sobre las matanzas de Richmond para relacionarlas con los Free? Hay que seguir muchas pistas.
–Rastreamos el ángulo del disparo que acabó con el juez Leadbetter; provenía de un edificio situado al otro lado de la calle que se está construyendo. En él trabajan cientos de personas, obreros que entran y salen.
–¿Y la llamada que recibimos?
–Desde un teléfono público en el sur de Richmond. Sin pistas.
–Pero el juez estaba en el centro de la ciudad. Así que por lo menos participaron dos personas y tenían dispositivos de comunicación para que la llamada se produjera en el momento adecuado.
–Así es. Nunca pensé que nos enfrentáramos a unos aficionados.
–¿Qué me dices de Watkins y Wingo?
–Hemos comprobado a toda la gente de la oficina de Wingo.
–¿El personal de limpieza? Cualquiera de ellos podría haber aplicado atropina al auricular del teléfono.
–Ya lo comprobamos. Esa gente entra y sale de la empresa pero no encontramos ninguna pista.
–¿Watkins?
–Un escape de gas. Era una casa antigua.
–Venga, hombre, recibe una llamada justo mientras entra por la puerta.
También es una sincronización perfecta y por parte de alguien que conocía la rutina de los tres hombres. ¿Y resulta que tenía un solenoide en el teléfono que provocaría la chispa necesaria para hacerlo saltar por los aires?
–Lo sé, Web, pero esos tipos también tenían a un montón de personas con alicientes para matarlos. Una o dos muertes podrían estar relacionadas pero quizá no todas lo estén. Ahora mismo lo único que tenemos para relacionarlas son los teléfonos y el caso de Ernest Free.
–Están relacionadas, Perce, créeme.
–De acuerdo, pero tenemos que convencer a un jurado y hoy día eso resulta casi imposible.
–¿Algo sobre la bomba de East Winds?
–Un dispositivo del tipo C4. Hemos investigado los antecedentes de todas las personas que trabajan allí. La mayoría de los peones llegaron con Strait cuando cerró el sitio en el que trabajaban. Están todos más o menos limpios.
Unos cuantos tenían delitos menores, en su mayor parte por beber o por alteración del orden público, lo cual era de esperar en una panda de sureños reaccionarios de clase baja.
–¿Y qué me dices de Nemo Strait?
–Lo que te contó. Creció en un pequeño rancho de caballos del que su padre era el capataz. Así aprendió el oficio. Luchó en Vietnam y fue un soldado extraordinario. Un montón de medallas y muchos enfrentamientos duros. Se pasó tres meses como prisionero de guerra.
–Un tipo duro para haber sobrevivido a todo eso. Los Cong no eran precisamente famosos por su hospitalidad.
–Hizo algunos trabajillos al regresar a Estados Unidos, de guarda de prisiones, vendedor de ordenadores. También se casó, tuvo hijos, empezó a trabajar otra vez con los caballos y se divorció. Conoció a los Canfield cuando compraron East Winds.
–¿Y qué hay del viejo Ernest B. Free?
–Nadie lo ha visto y eso es lo que me sorprende, maldita sea. Normalmente recibimos miles de llamadas, el noventa y nueve por ciento de ellas no sirven de nada pero siempre nos facilitan una o dos pistas de fiar. Esta vez, nada de nada.
Web, frustrado, miró a su alrededor. Su mirada pasó de largo por el dispositivo pero luego se volvió a fijar en el mismo y se quedó absorto.
–¡Joder! – exclamó.
–¿Qué pasa, Web? – preguntó Bates.
Web señaló.
–Creo que quizá tengamos otra especie de testigo ocular.
Bates lanzó una mirada a la señal de tráfico situada en la diagonal de la esquina de la zona de carga del almacén. Al igual que otras señales del vecindario, llevaba acoplada una cámara de vigilancia. Además, tal como sucedía con otras cámaras que Web había visto en la zona en su última visita por allí, la habían enfocado hacia otra dirección, supuestamente unas manos maliciosas, y esa dirección resultaba ser justo la zona de carga.
–Joder -repitió Bates-. ¿Estás pensando lo mismo que yo?
–Sí -dijo Web-. Parece uno de esos modelos antiguos que graban veinticuatro horas al día. Las nuevas sólo se activan cuando las enciende la velocidad de un coche y hacen una foto fija de la matrícula trasera.
–Bueno, esperemos que la policía del distrito no haya grabado encima de ningún segmento.
Bates hizo una seña a uno de sus hombres para que efectuara la llamada de inmediato.