El último hombre

David Baldacci · Capítulo 7 de 57

Páginas del PDF

El último hombre

Capítulo 7

Cuando se disponía a retirarse del último interrogatorio, le formularon la pregunta final.

–¿Qué tal la mano? – preguntó el hombre. Web no lo conocía y, aunque la pregunta parecía del todo inocente, había algo en la mirada de aquel tipo que hizo que Web deseara tumbarlo. Sin embargo, dijo que estaba bien, les dio las gracias y se marchó.

Al salir pasó junto a la Pared del Honor del FBI, donde colgaban placas para cada uno de los agentes del FBI muertos en un acto de servicio. En breve habría una adición importante en la pared, de hecho la más numerosa en la historia del FBI. Web se había preguntado en más de una ocasión si acabaría allí, toda su vida profesional comprimida en un trozo de madera y latón colgado de la pared. Salió del edificio Hoover y se dirigió a casa, acosado por muchas más preguntas de las que deseaba responder.

Las siglas del FBI también significaban Fidelidad, Bravura e Integridad y, en aquellos momentos, sentía que no poseía ninguna de esas cualidades.

Capítulo 7

Francis Westbrook era un gigantón, con más altura y corpulencia que cualquier jugador de rugby. Independientemente del tiempo que hiciera o de la estación del año, siempre iba con camisas de seda de manga corta con motivos tropicales, pantalones de sport a juego y mocasines de ante sin calcetines. Llevaba el pelo al rape, tenía las enormes orejas cargadas de pendientes de botón con diamante y los dedos de las manos repletos de anillos de oro. No era ningún dandi, pero no había muchas cosas en las que gastarse las ganancias de las drogas sin que la ley, o peor aún, Hacienda le siguieran el rastro. Y también le gustaba dar buena imagen. En esos

momentos iba en el asiento trasero de un enorme Mercedes con ventanillas de cristal ahumado. A su izquierda estaba su lugarteniente, Antoine Peebles.

Al volante iba un joven alto y fornido llamado Toona y en el asiento del pasajero el jefe de seguridad, Clyde Macy, el único tipo blanco de toda la banda de Westbrook, y era obvio que se enorgullecía de esa distinción.

Peebles llevaba la barba bien recortada y un peinado afro, era bajito y corpulento, pero el traje de Armani y las gafas de diseño le quedaban bien.

Parecía más un ejecutivo de Hollywood que un importante traficante de drogas. Macy en cambio parecía un esqueleto, prefería la ropa negra y de aspecto profesional e iba con la cabeza rapada, por lo que no era difícil confundirlo con un neonazi.

Eso representaba el círculo íntimo del pequeño imperio de Westbrook y el cabecilla de ese imperio sostenía una pistola de nueve milímetros en la mano derecha y parecía buscar a alguien contra quien utilizarla.

–¿Quieres repetirme cómo perdiste a Kevin? – miró a Peebles y apretó la pistola con fuerza. Acababa de quitarle el seguro. Peebles comprendió el significado de aquello y, aun así, no vaciló al responder.

–Si dejaras que alguien le siguiera veinticuatro horas al día siete días a la semana, entonces nunca le perderíamos. A veces sale por la noche. Esa noche salió y no volvió.

Westbrook se golpeó su enorme muslo.

–Estaba en ese callejón. Los del FBI lo tenían y ahora ya no. Anda metido en esa mierda y resulta que pasó en mi maldito callejón -golpeó la pistola contra la puerta y bramó-: ¡Quiero encontrar a Kevin!

Peebles lo miró, nervioso, mientras que Macy no pareció inmutarse.

Westbrook apoyó la mano en el hombro del conductor.

–Toona, reúne a algunos de los chicos y rastrea toda la puta ciudad, ¿me has

oído? Ya sé que lo has hecho una vez, pero vuelve a hacerlo. Quiero encontrar al chico, sano y salvo, ¿entendido? Sano y salvo, y no vuelvas hasta que lo hayas encontrado. Maldita sea, ¿me oyes, Toona?

Toona miró por el retrovisor.

–Te oigo, te oigo.

–Un montaje -dijo Peebles-. Todo. Para echarte el muerto.

OceanofPDF.com

–¿Crees que no lo sé? ¿Crees que porque fuiste a la universidad eres listo y yo estúpido? Sé que los del FBI van a por mí. Sé lo que se dice por la calle.

Alguien está intentando unir todas las bandas, como una especie de maldita asociación, pero saben que paso de esa mierda y eso les está jodiendo el plan.

Westbrook tenía los ojos rojos. No había dormido mucho durante las últimas cuarenta y ocho horas. Esa era su vida; llegar con vida al final de la noche solía ser el gran objetivo de la jornada. Lo único en lo que pensaba era en que el niño andaba por ahí. Estaba a punto de explotar; lo presentía.

Sabía que ese día llegaría y, sin embargo, no estaba preparado.

–Los que tengan a Kevin me lo harán saber. Quieren algo. Quieren que mi banda se una, eso es lo que quieren.

–¿Y lo harás?

–Les daré lo que quieran. Siempre y cuando me devuelvan a Kevin -guardó silencio y miró por la ventana, hacia las esquinas y los callejones y los bares baratos por los que pasaban, donde se deslizaban los tentáculos de la droga.

También había hecho negocios en los barrios de las afueras, que era donde estaba el verdadero dinero-. Sí, eso es. Recupero a Kevin y luego me cargo a todos esos hijos de puta. Yo mismo lo haré -apuntó con la pistola a un enemigo imaginario-. Empezaré por las rodillas y luego iré subiendo.

Peebles miró con recelo a Macy, que seguía sin inmutarse; parecía como si fuera de piedra.

–Bueno, de momento nadie se ha puesto en contacto con nosotros -dijo Peebles.

–Lo harán. No se llevaron a Kevin para jugar al baloncesto con él. Me quieren a mí. Bueno, aquí estoy, sólo tienen que venir a la fiesta. Estoy preparado para la tiesta, que empiece de una vez, joder -Westbrook se calmó-. Dicen que uno de los tipos no la palmó en el patio. ¿Es cierto?

Peebles asintió.

–Web London.

–Dicen que había ametralladoras del cincuenta. ¿Cómo es posible que un tipo salga con vida? – Peebles se encogió de hombros y Westbrook miró a Macy-. ¿Qué sabes tú de eso, Mace?

–Nadie sabe nada seguro de momento, pero dicen que el tipo no llegó al patio. Se asustó, se rajó o algo.

–Se rajó o algo -repitió Westbrook-. Bueno, pues averigua algo de ese tipo.

Si se salvó de algo así tendrá algo que contarme. Como, por ejemplo, dónde está Kevin -miró a sus hombres-. Los que se cargaron a los del FBI tienen a Kevin. De eso estoy seguro.

–Bueno, podríamos haberlo vigilado veinticuatro horas al día -comentó Peebles.

–¿Qué mierda de vida es ésa? – dijo Westbrook-. No vivirá así, al menos no por mi culpa. Pero si los del FBI vienen a por mí, tendré que llevarles por otro camino. Tenemos que averiguar dónde está ese camino. Con seis agentes muertos, no estarán dispuestos a hacer tratos. Quieren el culo de alguien y no será el mío.