El último hombre
Capítulo 6
–No mucho.
–No te creas todo lo que oigas, Ken. No es saludable.
–¿Incluido tú? – preguntó McCarthy, lanzándole una clara indirecta.
–Incluido yo.
Mientras Web se alejaba de Quantico cayó en la cuenta de que tenía mucho trabajo por delante. Oficialmente, no se trataba de su investigación, pero, en cierto modo, lo era más que de nadie. Sin embargo, primero tendría que ocuparse de algo, algo incluso más importante que averiguar quién le había tendido una trampa a su equipo. Y averiguar qué había sido del niño sin camiseta y con una marca de bala en la mejilla.
Capítulo 6
Seis funerales. Web asistió a seis funerales en tres días. Llegado el cuarto, ya no le quedaban lágrimas. Entraba en la iglesia o en la funeraria y oía comentarios sobre aquellos hombres caídos, a quienes en ciertos aspectos había conocido mejor que a sí mismo. Era como si sus nervios se hubiesen consumido, junto con parte del alma. Se sentía incapaz de reaccionar como se suponía que debía hacerlo. Le aterraba la idea de que quizá comenzara a reír cuando debía llorar.
Durante los servicios sólo permanecieron abiertos la mitad de los ataúdes.
Algunos de los fallecidos habían quedado mejor según el tamaño y ubicación de las heridas que habían acabado con ellos y de ahí que los
ataúdes estuvieran abiertos. Sin embargo, contemplar rostros demacrados y cuerpos rígidos y consumidos dentro de unas cajas de metal, inhalar el perfume de las flores y escuchar los sollozos de quienes le rodeaban hacía que Web también deseara estar en una caja y ser enterrado para siempre. El funeral de un héroe; había cosas mucho peores por las que ser recordado.
Había vuelto a vendarse la mano con gasa porque se sentía culpable caminando entre los seres afligidos sin rastro de la herida. Sabía que se trataba de una preocupación más bien patética, pero se sentía como si fuera una especie de bofetada andante que golpeaba a los supervivientes. Lo único que sabían era que Web había logrado escapar con apenas un rasguño.
¿Había corrido? ¿Había abandonado a sus compañeros mientras morían?
Veía esas preguntas en los rostros de algunos de los presentes. ¿Era ése siempre el destino del único superviviente?
Los cortejos fúnebres habían pasado entre interminables hileras de hombres y mujeres uniformados y cientos de agentes del FBI con sus trajes impecables y zapatos cómodos. Las motocicletas encabezaban los cortejos, los ciudadanos se agolpaban en las calles y las banderas ondeaban por todas partes a media asta. El presidente y el gabinete acudieron junto con muchas otras personalidades. Durante varios días, el mundo entero no habló de otra cosa que de la matanza de seis hombres buenos en un callejón. Apenas se decía nada del séptimo hombre, algo que Web agradecía sobremanera. No obstante, se preguntaba cuánto duraría la moratoria.
La ciudad de Washington estaba profundamente afligida, y no sólo por los hombres asesinados; las consecuencias eran preocupantes. ¿Era posible que los criminales actuasen con semejante descaro? ¿Es que la sociedad se estaba viniendo abajo? ¿Acaso la policía no estaba a la altura? ¿Estaba perdiendo lustre el FBI, la joya suprema encargada de imponer el cumplimiento de la ley? Los servicios informativos chinos y de Oriente Medio disfrutaban informando de otro ejemplo del caos occidental que un día llevaría a la arrogante Norteamérica al borde del desastre. Los vítores se sucedían en las calles de Bagdad, Teherán, Pyongyang y Pekín ante la mera idea de que Estados Unidos se desmoronase por una lamentable crisis avivada por los medios de comunicación. Los expertos soltaban tantas
peroratas sobre las posibilidades más absurdas que Web ya no leía los periódicos ni encendía el televisor ni la radio. Sin embargo, si alguien le hubiera preguntado habría dicho que el mundo entero, y no sólo Estados Unidos, estaba jodido desde hacía mucho tiempo.
Se produjo una pausa en aquel fuego cruzado, aunque el catalizador fue otra tragedia atroz. Un avión de pasajeros japonés se había estrellado cerca de la costa del Pacífico; los periodistas ávidos de noticias habían ido a por esa historia y se habían olvidado por el momento del callejón y sus muertos.
Todavía había una furgoneta de las noticias allí, pero los trocitos de trescientos cuerpos flotando en el océano eran un gancho mucho más importante que la historia sobre el equipo de agentes del FBI muertos. Y
Web también lo agradecía. « Dejadnos tranquilos para que suframos en paz».
Informó sobre su misión en el edificio Hoover y en la OFW en tres ocasiones a varios equipos de investigadores. Tenían blocs y lápices, grabadoras y, algunos de los más jóvenes, portátiles. Le habían formulado muchas más preguntas de las que Web sabría responder. Sin embargo, cuando había explicado a cada grupo que no sabía por qué se había quedado paralizado y luego caído, los lápices habían dejado de garabatear en el papel y los dedos de teclear.
–Cuando dice que se quedó paralizado, ¿vio algo? ¿Oyó algo que le detuviese? – el hombre hablaba con voz monótona y con una inflexión que a Web le pareció teñida de incredulidad.
–No lo sé.
–¿De verdad no lo sabe? ¿No está seguro de haberse quedado paralizado?
–No estoy seguro. Quiero decir, me quedé paralizado. No podía moverme.
–Pero se movió después de que exterminaran a su equipo, ¿no?
–Sí -admitió Web.
–¿Qué había cambiado que le permitiera moverse?
–No lo sé.
–Y cuando llegó al patio, ¿se cayó?
–Exacto.
–Justo antes de que las armas abrieran fuego -dijo otro investigador.
–Sí -susurró Web tan bajo que apenas se oyó a sí mismo.
El silencio que siguió a esas exiguas respuestas estuvo a punto de disolver las entrañas ya revueltas de Web.
Durante cada interrogatorio, Web había colocado las manos sobre la mesa, con la mirada clavada en el rostro del interrogador y ligeramente inclinado hacia delante. Esos hombres eran inquisidores profesionales y avezados.
Web sabía que si apartaba la mirada, se recostaba, se rascaba la cabeza de la forma equivocada o, peor aún, entrecruzaba los brazos, llegarían a la conclusión de que no era más que un embustero de mierda. Web no mentía, pero tampoco decía toda la verdad. Sin embargo, si Web comenzaba a explicar que la visión de un niño le había afectado de forma extraña y que quizá le había paralizado, o que se había sentido como si estuviera cubierto de cemento y, segundos después, se había movido con total libertad, sus días en el FBI estaban contados. Los de arriba no solían ver con buenos ojos a los agentes de campo que realizaban comentarios desquiciados. Sin embargo, tenía algo a su favor: los nidos de ametralladoras no se desintegraron por sí solos. Y las balas de su rifle estaban incrustadas en las ametralladoras. Y los francotiradores lo habían visto todo, y Web había avisado al Equipo Hotel y, además, había salvado al niño. Web se aseguró de decirlo. Se aseguró de que todos lo escucharan. « Podéis pegarme mientras esté jodido, amigos, pero no muy fuerte. Al fin y al cabo, soy un maldito héroe».
–Me recuperaré -les había dicho-. Sólo necesito tiempo. Me recuperaré.
Y durante unos terribles instantes Web pensó que ésa era la primera mentira que había dicho en todo el día.
Le habían comunicado que le llamarían cuando hiciera falta. De momento, lo único que querían es que no hiciera nada. Tenía todo el tiempo que quisiera para reponerse. El FBI le había ofrecido la ayuda de un terapeuta, un profesional de la salud mental; de hecho habían insistido al respecto, y Web había aceptado, aunque todavía existía un estigma en el FBI para quienes recurrían a ese tipo de ayuda. Le dijeron que cuando todo marchara sobre ruedas, le asignarían a otro equipo de asalto o francotiradores, si quería, hasta que Charlie fuese reconstruido.
Si no, podría ocupar otro puesto en el FBI. Incluso se llegó a hablar de ofrecerle un «cargo de preferencia» que le permitiría jubilarse cuando quisiera. Esa clase de trato solía reservarse a los agentes de mayor antigüedad y simbolizaba que el FBI no sabía muy bien qué hacer con él.
Desde un punto de vista oficial, Web estaba en medio de una investigación administrativa que podría convertirse en una investigación a gran escala, dependiendo de cómo salieran las cosas. Nadie le había leído sus derechos, lo cual era bueno pero también malo. Bueno porque si se los leían significaba que estaba arrestado; malo porque todo cuanto dijera durante el interrogatorio podría emplearse en su contra en los procesos judiciales criminales o civiles. Al parecer, lo único que había hecho mal era haber sobrevivido. Y, sin embargo, eso constituía una fuente de culpabilidad mucho más intensa que cualquier acusación del FBI.
No, de verdad, tendría lo que quisiera, le dijeron. Eran sus amigos. Le apoyaban por completo.
Web preguntó qué tal iba la investigación, pero no obtuvo respuesta alguna.
« Ya veo lo mucho que me apoyan», pensó Web.
–Ponte bien -le dijo otro hombre-. Debes centrarte sólo en eso.