El último hombre

David Baldacci · Capítulo 27 de 57

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El último hombre

Capítulo 27

Web y Romano prestaron declaración unas tres veces cada uno. Y Bates se presentó y le pegó una buena bronca a Web por emprender una investigación no autorizada.

–Te dije que irían a por ti, Web. Pero eres un estúpido tozudo que no hace caso a nadie -despotricó Bates.

–Eh, tranquilo -dijo Romano.

–¿Te conozco? – dijo Bates mientras miraba a Romano directamente a los ojos.

–Paul Romano, asaltante del Equipo Hotel -le tendió la mano. Bates hizo caso omiso del gesto y se volvió hacia Web.

–¿No eres consciente de que Buck Winters busca cualquier excusa para machacarte, para incinerar oficialmente a todo el ERR? Y se lo estás poniendo en bandeja.

–Lo único que intento hacer es averiguar qué les pasó a mis muchachos -

replicó Web-. Y tú harías lo mismo si estuvieras en mi lugar.

–No me vengas con esas gilipolleces -Bates se calló al instante porque Web le mostró el recorte de periódico.

–Lo encontré en la casa.

Bates alargó el brazo lentamente y tomó el recorte.

–¿Quieres que hablemos del tema? – preguntó Web.

Bates les llevó de la escena del crimen a una zona más tranquila. Primero miró a Romano y luego a Web.

–No hay problema con él -afirmó Web-. Está autorizado para todo tipo de asuntos secretos.

–Incluso me encargué de la protección conjunta de personalidades como Arafat -indicó Romano-. Hay mucha gente que va detrás de ese hombre, él sí que es un objetivo.

–No me dijiste que trabajabas con Cove cuando asesinaron a su familia -

dijo Web.

–No tengo por qué contarte mi vida -replicó Bates.

–Quizá me debas una explicación.

Bates dobló el recorte y se lo guardó en el bolsillo.

–En realidad no fue culpa de nadie. Cove no lo echó todo a perder y nosotros tampoco. Fue una casualidad y los rusos tuvieron suerte. Me gustaría que no hubiera pasado, pero ya no se puede arreglar. Randy Cove es un agente fantástico.

–¿Entonces Cove no tiene motivos para querer vengarse?

–No. He hablado con él. Casi se lo cargan poco después de lo del Equipo Charlie. Dijo que vio ese edificio lleno hasta los topes de todo lo imaginable.

–Así que su versión es que le tendieron una trampa para que nos diera la información equivocada. ¿Desaparecieron los archivos y aparecieron las armas? – preguntó Web.

–Algo así. Fue una mecha poco duradera. Cove dijo que estuvo en el edificio poco antes de que llegarais. Pensó que se había infiltrado en una importante operación de narcotráfico.

–Perce, no pretendo decirte cómo hacer tu trabajo pero lo más inteligente sería hacer que se presente. Ahora que se ha quedado sin tapadera, me parece que necesita protección.

–Cove sabe cuidar de sí mismo. Y puede hacer más en el exterior. De hecho, podría estar cerca de un importante proveedor de droga.

–Eso me da igual. Lo único que quiero es a los tipos que nos tendieron la trampa.

–Precisamente de eso se trata, Web, podrían ser los mismos.

–Pues no tiene demasiado sentido. ¿Por qué un proveedor de droga querría que el FBI le pisara los talones, listo para el ataque?

–Puede haber varios motivos. Venganzas, para mantener a los distribuidores a raya. O incluso para tenderle una trampa a un competidor para que se lleve toda la presión y reducir así la competencia.

–Déjame que intente pillar a esos tipos -intervino Romano-, y lo que voy a reducir es su esperanza de vida.

–O sea, si no entiendo mal, que no informa con regularidad -dijo Web.

–¿Cómo lo sabes? – preguntó Bates.

–Si es tan bueno, sabrá que todo el mundo piensa que está metido en el ajo.

Así que trata de pasar inadvertido y se dedica a investigar lo suyo, intenta llegar a la verdad antes de que alguien le pille a él.

–Excelente deducción.

–De hecho, hablo por experiencia -reconoció Web.

–Hablando de experiencia, por fin me ha llamado Bill Canfield. Mañana tengo una cita con él en su rancho. ¿Vendrás conmigo?

–Yo diría que sí. ¿Quieres venir, Paulie?

Bates lo miró.

–¿Eres el mismo Paul Romano que estuvo con los Delta Force y luego en el EAT de Nueva York?

–Sólo hay un Paul Romano -afirmó Romano sin una pizca de engreimiento.

–¿Arafat, eh?

–Oye, cuando quieras mandar a lo mejorcito…

–Bien, considérate temporalmente reasignado. Hablaré con tu comandante.

Romano se quedó sorprendido.

–¿Reasignado haciendo qué?

–Haciendo lo que yo diga. Hasta mañana, chicos.

Web dejó a Romano en su casa.

–Oye, Web -dijo Romano antes de salir del coche-, ¿tú crees que esta nueva misión está mejor pagada? Hace tiempo que Angie quiere cambiar la lavadora y a lo mejor acabar el sótano.

–Yo en tu lugar, no le diría nada a Angie. Tendrás suerte si no está peor pagada.

–La historia de mi vida -dijo Romano, apeándose del coche.

Web se alejó en el vehículo y condujo sin rumbo fijo. Se sentía muy abatido por Chris Miller y no envidiaba a quienes tendrían que informar a su esposa. Abrigó la esperanza de que Miller no tuviera hijos, pero parecía de los que sí tenían. Maldita sea, el mundo estaba demasiado lleno de desgracias. Al final decidió que necesitaba otra dosis de trabajo policial al estilo antiguo.

Web tomó el tramo exterior de la ronda de la capital para llegar a la Interestatal 395, siguió en dirección norte y condujo el Mercury que Bates le había proporcionado por el ruinoso puente de la calle Catorce sobre el que, de hecho, se había estrellado hacía unos años un avión que despegó del Aeropuerto Nacional durante una tormenta de nieve. Dirigió el vehículo hacia una zona de la ciudad a la que se aventuraban pocos ciudadanos respetuosos con la ley, aparte de los que se perdían o los que llevaban placa y pistola, sobre todo a aquella hora.

La escena le resultaba.familiar. Era la misma ruta que su brigada había seguido durante su última noche en la tierra. Web sabía que el coche y la matrícula gubernamental transmitían a todas luces que era un «hombre federal», pero le daba igual. Durante una hora recorrió todas las calles sin salida, los callejones, todos los orificios en la pared que le parecieron prometedores. Se cruzó varias veces con coches patrulla que hacían la ronda en busca de problemas, lo cual allí era igual que ser un gato en una pajarera: lo que se buscaba abundaba por todas partes.

Estaba a punto de darse por vencido cuando un destello rojo bajo una farola le llamó la atención. Aminoró la marcha, extrajo sus leales prismáticos de la bolsa y miró detenidamente. Probablemente no fuera nada, puesto que por allí muchos llevaban un pañuelo en la cabeza y la mayoría eran rojos. Rojo como la sangre; incluso la gente que vivía allí tenía una meta en la vida y también cierta dosis de sentido del humor sobre su trabajo. Al cabo de unos segundos se le aceleraron las pulsaciones. El tipo incluso llevaba la misma ropa. Una camiseta de tirantes sobre unos hombros de levantador de pesas y unos pantalones cortos que dejaban al descubierto parte de la raja del culo.

Era el mismo proveedor del barrio de buen crack y otras drogas ilegales que había visto en el callejón donde el Equipo Charlie había corrido su última vuelta.

Web apagó el motor, dejó que el coche se deslizara hasta detenerse y salió discretamente. Pensó en coger la escopeta pero luego decidió que le bastaba con la pistola. Era difícil saltar armado con una escopeta. Agarró la pistola y bajó la calle lentamente, por las zonas menos iluminadas. Para llegar al muchacho tenía que pasar debajo de una farola. Justo cuando pisó el cerco de luz, se oyó un grito. El muchacho alzó la mirada y lo vio. Web soltó una maldición entre dientes y echó a correr.

–¿Todavía quieres traficar con mi rifle? – gritó Web mientras se abalanzaba hacia delante.

El muchacho entró como un rayo en el callejón. Web sabía que no debía hacerlo, ni siquiera armado, y se detuvo. Si entraba en ese callejón sin refuerzo, mejor que fuera encargando su ataúd. De todos modos, se trataba de una decisión difícil porque Web quería enfrentarse al chico del pañuelo con todas sus fuerzas. De acuerdo con la forma de pensar de Web, uniendo todos los puntos para formar una imagen, quizás el del pañuelo fuera quien apretó el mando a distancia que accionó el láser que había activado las ametralladoras que habían mandado al otro barrio a sus queridos amigos. Al final tomó una decisión. « Otra noche, amigo mío. Y la próxima vez no me detendré hasta echarte las manos al cuello».

Web se volvió para regresar al coche. Fue entonces cuando los vio. No parecían tener prisa. Quizá fueran una docena. Junto con sus sombras alargadas que se reflejaban en la pared de ladrillos vio el despliegue de armas que llevaban. Como estaba lejos del coche, Web se escabulló por el callejón y empezó a correr con todas sus fuerzas. Oyó que el grupo que le seguía hacía otro tanto.

–¡Mierda! – exclamó. ¿Le habían tendido una trampa?

Dejó atrás rápidamente la luz de la farola, confiando sólo en la presencia de

algunos reflejos de luz ambiental del cielo y el ruido de los pies que corrían por delante y por detrás de él. Desgraciadamente, en aquel laberinto de muros altos los ecos no eran los mejores guías. Web fue girando a derecha y a izquierda hasta que estuvo totalmente perdido. Dobló una última esquina y se detuvo. Se imaginó que la mitad del grupo habría dado la vuelta para bloquearle la salida aunque, que él supiera, estaba corriendo en círculos. Le pareció oír que se acercaban pero no sabía de dónde. Se escabulló por otro callejón y se detuvo. Escuchó. Silencio. Un silencio que no le gustaba. El silencio era sinónimo de sigilo. Miró a la izquierda, a la derecha y luego hacia arriba. Arriba. Hacia arriba le parecía bien. Subió por una escalera de incendios cercana y entonces se quedó paralizado. Los pasos estaban cerca.

Enseguida vio por qué. Dos de los hombres doblaron la esquina. Eran altos, delgados, llevaban la cabeza rapada y vestían cazadoras de cuero y vaqueros demasiado largos y de cintura baja y unas botas de preso con tacones gruesos que sin duda estaban ansiosos por machacarle el rostro.

Se detuvieron y miraron a su alrededor. Estaban justo debajo de él. Al igual que había hecho Web, miraron a izquierda y a derecha. Imaginó que no faltaban más que algunos segundos antes de que alzaran la mirada, como había hecho él. Así pues, se balanceó hacia abajo y les propinó a cada uno una patada en la cabeza. Los dos hombres chocaron contra la pared de ladrillos. Web aterrizó de forma un tanto extraña y se torció un tobillo.

Como los dos hombretones estaban quejándose e intentando levantarse, les golpeó con la culata de la pistola en la nuca y se sumieron en un largo sueño invernal. Les arrebató las pistolas, las lanzó a un contenedor que había por allí y se marchó a toda prisa.

Todavía oía pies que corrían y algún disparo ocasional. Web no sabía si se trataba de sus perseguidores o sencillamente alguna reyerta entre bandas, que en aquella zona era de lo más habitual por las noches. Dobló otra esquina y le golpearon con fuerza y por lo bajo. El golpe le hizo dar un salto y perdió el arma al caer tendido sobre el asfalto. Se dio la vuelta y se levantó, con los puños cerrados.

Allí estaba el muchacho del pañuelo, armado con una navaja casi tan grande como él. Sonreía con la misma sonrisa petulante que había esbozado en el

callejón la noche de la desaparición del Equipo Charlie.

Web observó que sostenía el arma con habilidad. Probablemente el muchacho habría peleado cientos de veces con navaja. Era más bajo que Web pero más musculoso y probablemente más rápido. Sería la clásica prueba de juventud contra experiencia.

–Bueno, acércate y prueba un poco de experiencia, jovencito -murmuró Web mientras se disponía a defenderse.

El muchacho embistió a Web, blandiendo la navaja con tanta rapidez que Web apenas podía seguirla. En realidad tampoco hacía falta que lo hiciera, porque Web le propinó una patada que fue como si le segara las piernas, y el muchacho del pañuelo se desplomó bajo su propio peso. Se levantó enseguida pero justo a tiempo para recibir un puñetazo en la cabeza. El muchacho se quedó aturdido y Web se colocó encima de él. Le inmovilizó el brazo con el que sujetaba la navaja y se dispuso a quitarle el arma y a deshacerse de la presión que le ejercía en el antebrazo. Cuando careció de la seguridad que le proporcionaba el arma y con el antebrazo retorcido delante de la cara, el muchacho echó a correr y sus gritos de dolor se oyeron por todo el callejón, y su actitud petulante quedó por los suelos junto al cuchillo ensangrentado. Web sacudió la cabeza para quitarse la confusión de encima y empezó a dar traspiés para recuperar la pistola. No lo consiguió.

Fue incapaz de hacer otra cosa que observar en silencio al grupo de hombres que aparecían por todas partes y que le impedían llegar hasta el arma. Iban provistos de escopetas de cañones recortados y pistolas. Web percibió lo contentos que estaban de verlo allí, superado claramente en número, pues eran diez en total. Imaginó que no tenía nada que perder si adoptaba una actitud agresiva. Mostró su placa del FBI.

–Os podría trincar a todos por posesión de armas. Pero ¿sabéis qué? Me siento generoso y no me apetece todo el papeleo, así que largaos, seguid con lo vuestro y nos olvidamos de este asunto. Por el momento. Pero no volváis a salirme con esta mierda.

Su respuesta fue acercarse a él. La reacción de Web fue retroceder hasta que notó la pared detrás, por lo que la posibilidad de seguir retrocediendo y escapar tenía que limitarse a su imaginación. Entonces dos de los hombres fueron apartados a un lado con tal violencia que fue como si la gravedad hubiera desaparecido bajo sus pies. Cuando se abrió el hueco, Web contempló al hombre más imponente que había visto jamás, salvo en un partido de fútbol americano profesional. El gigante medía dos metros o más y a Web le pareció difícil que pesara menos de doscientos kilos. Se dio cuenta de que aquel nuevo adversario debía de ser el legendario Gran F.

El hombre llevaba una camisa de seda de manga corta de color granate tan grande que a Web le habría servido de sábana. Los pantalones de lino beis le cubrían las piernas largas que, de hecho, parecían cortas por lo gruesas y macizas que eran. No llevaba calcetines, se había enfundado los pies en unos mocasines de ante y llevaba la camisa abierta hasta el ombligo, aunque la temperatura era de unos diez grados y corría una brisa fría que calaba los huesos. Una pelusilla le cubría la cabeza. Sus facciones se correspondían con su tamaño gigante, una nariz poco definida y las orejas cónicas, agujereadas ambas con una docena de pendientes de botón con diamante que brillaban de una forma increíble, incluso bajo la luz tenue.

No perdió el tiempo y se acercó a Web. Cuando Grán F estiró el brazo para propinarle un puñetazo, Web le dio un golpe despiadado en el estómago que habría tumbado a un boxeador de peso pesado. Lo único que consiguió de Gran F fue un gruñido. Entonces levantó a Web del suelo, retrocedió como si se preparara para lanzar un peso y mandó a Web, que pesaba casi cien kilos, tres metros callejón abajo. El resto de la banda lo abucheaba, insultaba y se divertía de lo lindo dándole patadas a un pequeño agente federal, chocando esos cinco, haciendo crujir los nudillos e intercambiando gruñidos entre ellos con regocijo animal.

Web ni siquiera se había levantado cuando el hombre volvió a por él. Esta vez agarró a Web por el cinturón, lo levantó y lo lanzó encima de una hilera de cubos de basura. Web se incorporó rápidamente y sintió que le faltaba aire y que se mareaba después de la paliza que había recibido. Antes de que Gran F lo volviera a atrapar, Web arremetió contra él, bajó el hombro y

embistió con todo su cuerpo contra el vientre del hombretón. Web podría haber arremetido contra una camioneta y el efecto habría sido el mismo, puesto que el otro ni se enteró. Cayó sobre el asfalto sin que Gran F se desplazara un solo centímetro. Le pareció que se había dislocado el hombro.

Web se puso en pie, fingió estar gravemente herido y saltó para propinar una patada a Gran F que le alcanzó en el lateral de la cabeza. Le salió un montón de sangre del extremo de la oreja y Web observó satisfecho que había librado al hombretón de unos cuantos pendientes de diamantes, a los que se habían adherido trozos del lóbulo ensangrentado.

No obstante, Gran F seguía en pie, como si fuera uno de los edificios de ladrillo que los rodeaba. Web había derribado sacos de arena de cincuenta kilos con esa patada. ¿Cómo era posible? Bueno, de hecho no tenía tiempo para pensar cómo era posible porque Gran F, que se movía con más agilidad de la que cabía imaginar en un hombre de su envergadura, le propinó un golpe con su gigantesco antebrazo en el lateral de la cabeza, que a punto estuvo de dejarlo K.O. y le hizo ver las estrellas. Al cabo de unos segundos, Gran F llevaba a Web, que había perdido los zapatos y la chaqueta por el camino, medio a rastras por el callejón. Tenía los pantalones rasgados y le sangraban los brazos y las piernas de arrastrarlos por el pavimento.

Parece ser que para divertirse, puesto que Web ya no oponía resistencia, Gran F lo lanzó de cabeza contra un contenedor. Entonces sí que se quedó K.O. y permaneció inmóvil hasta que sintió que caía sobre una superficie blanda. Abrió los ojos; era el interior del Mercury. Se estremeció al ver que Gran F cerraba la puerta de golpe y se marchaba. El tipo no había articulado ni una sola palabra y Web no se había sentido más humillado en toda su vida. No era de extrañar que la abuela y Jerome se hubieran comportado como habían hecho. Joder, seguro que Jerome todavía estaba corriendo.

Web se incorporó lentamente y se palpó el cuerpo para ver si tenía algún hueso roto. Al abrir la mano derecha se dio cuenta de que tenía un papel.

Web vio el número y las palabras escritas en él, miró asombrado el lugar que había ocupado Gran F, pero ya se había esfumado. Se guardó el trozo de papel en el bolsillo, sacó las llaves, aceleró el Mercury y quemó el caucho de las ruedas traseras para salir de allí como alma que lleva el