El último hombre
Capítulo 17
auricular se cayó al suelo. Se abrió el cuello de la camisa porque le costaba respirar. Llevaba tiempo queriendo comprarse uno de esos móviles pero no había llegado a hacerlo.
–¿Hay alguien ahí fuera, maldita sea?
Oyó los pasos con claridad. Casi no podía respirar, como si se le hubiera atascado algo en el gaznate. Sudaba a mares. Miró hacia la puerta. Aunque veía borroso, percibió que la puerta se abría. La persona entró.
–¿Madre? – maldita sea si no era su madre, y eso que en noviembre llevaría veinte años muerta-. Madre, necesito ayuda, no me siento bien.
Por supuesto, no había nadie. Wingo estaba sufriendo alucinaciones.
Wingo se dejó caer al suelo porque ya no se aguantaba en la silla. Se arrastró, jadeando y resollando, hasta llegar a los pies de su madre.
–Madre -dijo con voz ronca a la visión-. Tienes que ayudar a tu hijito, no se encuentra nada bien.
Llegó a su altura y entonces desapareció, así, por las buenas, justo cuando más la necesitaba. Wingo apoyó la cabeza en el suelo y cerró los ojos lentamente.
–¿Hay alguien ahí fuera? Necesito ayuda -dijo por última vez.
Capítulo 17
Francis Westbrook sentía que le estaban poniendo demasiados obstáculos.
Sus sitios predilectos, los lugares donde solía realizar negocios ya no estaban disponibles. Sabía que los del FBI iban a por él y quienquiera que le hubiese tendido la trampa también quería aprovecharse de él. Era la única posibilidad que se le ocurría. En su trabajo, lo único que le mantenía con vida era la paranoia más extrema. Así que, al menos durante la hora siguiente, estaría en la parte posterior de un almacén de carne al sureste de Washington. A diez minutos en coche de donde se estaba congelando el culo se encontraban el Capitolio y otros edificios nacionales. Esos edificios grandiosos no le importaban lo más mínimo. No se consideraba norteamericano, ni de Washington ni ciudadano de ninguna parte. Sólo era otro tipo que intentaba salir adelante. A los diez años su meta había sido vivir hasta los quince. Luego hasta los veinte antes de que le mataran.
Después hasta los veinticinco. Cuando cumplió treinta hacía un par de años celebró una fiesta digna de alguien que cumpliese ochenta porque, en su mundo, era como si los tuviera. Todo era relativo, quizá más para Francis Westbrook que para otras personas.
En lo que más pensaba últimamente era en cómo la había cagado con Kevin. El deseo de que el chico disfrutara de una vida más o menos normal le había hecho descuidar su seguridad. En el pasado, Kevin siempre había vivido con él, pero un día una pelea entre bandas se convirtió en una batalla con todas las de la ley y a Kevin le habían disparado en la cara y había estado a punto de morir. Francis ni siquiera pudo llevarle al hospital porque seguramente le habrían detenido. Después de aquello, dejó que Kevin viviese con una especie de familia, una anciana y su nieto. Vigilaba de cerca a Kevin e iba a verlo en cuanto podía; sin embargo, le permitió disfrutar de cierta libertad porque todos los niños la necesitaban.
Y el hecho era que Kevin no sería como Francis. Tendría una vida verdadera, lejos de las armas, las drogas y el paseo final hasta la oficina del médico forense con una etiqueta en el dedo gordo del pie. Si estaba demasiado tiempo junto a Francis y era testigo de una vida así, era posible que sintiera la tentación de probar esas aguas. Y si lo hacías estabas atrapado de por vida, porque esa laguna de aspecto maravilloso en realidad
eran arenas movedizas repletas de serpientes mocasín que aseguraban ser amigas tuyas hasta que les dabas la espalda y entonces te hundían los colmillos en el cuello. Cuando Kevin nació, Francis juró que eso no le pasaría, pero quizá ya hubiese pasado. Lo más irónico de todo sería que Kevin muriese antes que él.
Aunque Westbrook dirigía una de las operaciones de narcotráfico más lucrativas del área metropolitana de Washington, nunca le habían arrestado por nada, ni siquiera por un delito menor, aunque ya llevaba veintitrés años en el negocio, habiendo empezado muy joven y sin volver la vista atrás, porque no había nada que mirar. Se enorgullecía de tener el expediente intacto a pesar de sus métodos criminales. No todo era suerte; de hecho, casi todo se debía a sus elaborados planes de supervivencia, la forma en que pasaba información sólo cuando hacía falta y a las personas correctas, quienes, a cambio, le permitían seguir con lo suyo sin molestarle. Ésa era la clave, no llamar la atención, no causar problemas en las calles, no disparar a nadie ni nada si podía evitarse. No ponérselo difícil a los del FBI porque contaban con todos los recursos y el dinero para hacértelas pasar putas, y
¿quién coño quería eso? Su vida ya era bastante complicada. Sin embargo, sin Kevin no era nada de nada.
Miró a Macy y a Peebles, sus sombras gemelas. Confiaba en ellos tanto como en los demás, es decir, casi nada. Siempre llevaba un arma y la había necesitado en más de una ocasión para salvar el pellejo. Esa lección sólo se aprendía una vez. Desvió la mirada hacia la puerta por la que Toona acababa de entrar.
–Toona, traes buenas noticias, ¿no? Buenas noticias sobre Kevin.
–Todavía nada, jefe.
–Entonces empieza a mover el culo hasta traerlas.
Toona, descontento, se marchó de inmediato y Westbrook miró a Peebles.
–Adelante, Twan.
Antoine «Twan» Peebles parecía disgustado y se ajustó las caras gafas de lectura. Westbrook sabía que veía perfectamente, pero creía que llevar gafas le ayudaba a parecer un ejecutivo, intentando así ser algo que nunca sería, legítimo. Westbrook había hecho las paces con ese asunto hacía ya mucho tiempo. En realidad, la elección la habían tomado por él en el momento en que había nacido en el asiento trasero de un Cadillac; su madre esnifaba coca mientras Francis salía entre sus piernas y caía en los brazos de su hombre en aquel entonces, quien había dejado al bebé a un lado, cortado el cordón con un cuchillo sucio y obligado a la madre a practicarle el sexo oral. Su madre se lo había contado tiempo después con toda suerte de detalles, como si fuera la historia más divertida que había oído en toda su vida.
–No son buenas nuevas -dijo Peebles-. Nuestro principal distribuidor dijo que hasta que no dejaran de vigilarte no podría pasarnos más producto. Y
ahora mismo nuestro nivel de existencias anda muy bajo.
–Maldita sea, eso sí que es un buen susto -dijo Westbrook. Se recostó.
Westbrook tenía que hacerse el duro delante de Peebles y Macy y los suyos, pero lo cierto es que tenía un serio problema. Como cualquier otro proveedor, Westbrook tenía obligaciones para con sus clientes. Y si no obtenían lo que necesitaban de él, lo obtendrían de otro. No le quedaba mucho tiempo entre los vivos. Y si decepcionabas a los clientes, casi nunca volvían a hacer negocios contigo-. De acuerdo, me ocuparé de eso más tarde. ¿Qué has averiguado del tipo ese, Web London?
Peebles abrió una carpeta que había sacado de un maletín de piel y volvió a ajustarse las gafas de lectura. Peebles había limpiado con su pañuelo con monograma la silla en la que estaba sentado y había dejado bien claro que celebrar una reunión dentro de un almacén de carne estaba por debajo de su dignidad. A Peebles le gustaba tener grandes cantidades de dinero en metálico en los bolsillos y la ropa elegante y los restaurantes elegantes y las mujeres elegantes, que le hacían lo que él quería que le hiciesen. No llevaba ningún arma y, que Westbrook supiera, ni siquiera sabía disparar. Había llegado en una época en la que las operaciones de narcotráfico eran mucho
menos violentas y más metódicas, con contables y ordenadores y archivos de los movimientos, y el dinero negro se blanqueaba, y se tenía cartera de valores e incluso casas de veraneo a las que se viajaba en un avión particular.
Westbrook era diez años mayor que Peebles y había salido de las calles.
Había pasado crack por cuatro chavos la bolsita, dormido en cuchitriles, pasado hambre más veces de las deseadas, esquivado balas y disparado cuando tenía que hacerlo. A Peebles se le daba bien su trabajo; se aseguraba de que la operación de Westbrook saliera a la perfección y de que el producto llegara cuando se suponía que tenía que llegar y se entregara a las personas que debían recibirlo. También se aseguraba de que las cuentas por cobrar -Westbrook se había reído de lo lindo cuando Peebles había empleado esa terminología por primera vez- se pagaran de inmediato. El dinero se blanqueaba de manera eficiente, el exceso de flujo de fondos se invertía con prudencia, estaban al corriente de las innovaciones de la industria, de las últimas tecnologías, todo ello bajo la atenta mirada de Antoine Peebles. Y, aun así, Westbrook no terminaba de respetarle.
Sin embargo, cuando había asuntos de personal, lo que básicamente significaba que alguien intentaba joderles, Antoine Peebles se apartaba rápidamente. No tenía estómago para esa parte del negocio. Entonces era cuando Westbrook asumía el mando y se ocupaba de todo.
Y ahí era donde Clyde Macy se ganaba todos los dólares que se le pagaban.
Westbrook miró a aquel joven blanco. Había pensado que se trataba de una broma cuando Macy acudió a él para pedirle trabajo.
–Estás en la parte equivocada de la ciudad, chico -le había dicho a Macy-.
El hombre blanco queda al noroeste de aquí. Lleva tu culo al lugar que pertenece.
Había pensado que aquello bastaría, pero Macy había liquidado a dos caballeros que intentaban meterse con Westbrook y, como Macy había explicado por aquel entonces, lo había hecho pro bono, sólo para demostrar
su valía. Y el pequeño cabeza rapada jamás le había fallado a su jefe.
¿Quién se lo habría imaginado, el gran negro Francis Westbrook comportándose como un empresario que contrata siguiendo una política de igualdad de oportunidades?
–Web London -dijo Peebles, e hizo una breve pausa para toser y sonarse la nariz-, lleva más de trece años en el FBI y unos ocho en el Rescate de Rehenes. Se le respeta mucho. Muchas distinciones y cosas así en su expediente. En una misión sufrió una herida de gravedad y estuvo a punto de morir. Cosa de los milicianos.
–Milicianos -dijo Westbrook-. Ya, blancos con armas que creen que el Gobierno les ha jodido. Deberían vernos a los negros para que se den cuenta de lo bien que les tratan.
–Hay una investigación en marcha sobre el tiroteo del patio -prosiguió Peebles.
–Twan, dime algo que no sepa porque se me está helando el culo y veo que a ti también.
–London va al psiquiatra. No es uno del FBI, sino de una empresa externa.
–¿Sabemos quién es?
–Es una firma que está en Tyson’s Corner. No estamos seguros del psiquiatra que le está viendo.
–Bueno, hay que conseguir esa información. Le dirá cosas al loquero que nadie más sabrá. O sea que tendremos una charla con ese loquero.
–Bien -dijo Peebles mientras lo anotaba.
–Oye, Twan, ¿sabrías decirme qué coño andaban buscando esa noche? ¿No te parece que podría ser alguna mierda importante?
Peebles se mostró irritado.
–Estaba a punto de pasar a ese tema.
Rebuscó entre los documentos mientras Macy limpiaba la pistola meticulosamente, quitando motas de polvo del cañón que, al parecer, sólo él veía. Peebles encontró lo que buscaba y miró a su jefe.
–Esto no te va a gustar nada.
–Hay un montón de gilipolleces que no me gustan nada. Adelante.
–Se dice que iban a por ti. Se suponía que ese edificio albergaba todas nuestras operaciones económicas. Contables, ordenadores, archivos y todo lo demás -Peebles meneó la cabeza y pareció ofendido, como si hubieran puesto en entredicho su honor personal-. Como si fuéramos tan estúpidos como para centralizarlo todo. Enviaron al ERR porque querían sacar con vida a los contables para que declararan contra ti.
Westbrook estaba tan perplejo que ni siquiera le llamó la atención a Peebles por decir «nuestras» operaciones económicas. Eran de Westbrook, así de claro.
–¿Y por qué coño piensan eso? Nunca hemos usado ese edificio. Ni siquiera he entrado en ese maldito sitio.
De repente, a Westbrook se le ocurrió algo, pero prefirió guardarlo para sí.
Cuando querías un trato tenías que llevar algo a la fiesta, y quizá tuviera algo, algo relacionado con aquel edificio. Cuando Westbrook empezó a trabajar en la calle llegó a conocer muy bien ese sitio. Formaba parte de una serie de viviendas subvencionadas por el Gobierno construidas en la década de 1950 cuya función era ofrecer a las familias pobres los subsidios que necesitaban para restablecerse. Al cabo de veinte años acabó convirtiéndose en una de las peores zonas de narcotráfico de la ciudad, donde todas las noches se producían asesinatos. Los niños blancos de los barrios periféricos veían la televisión por la noche mientras Westbrook veía los homicidios en
su propio patio. Pero había algo sobre ese edificio y otros similares que quizás el FBI no sabía. Sí, aquél pasó a formar parte de su archivo de
«tratos hechos». Empezó a sentirse ligeramente mejor.
Peebles se colocó las gafas en el extremo de la nariz mientras observaba a Westbrook.
–Bueno, supongo que el FBI tendría a un agente secreto metido en esa movida y les habrá dicho lo contrario.
–¿Quién es ese maldito agente? – inquirió Westbrook.
–No lo sabemos.
–Pues quiero saberlo, joder. Si hay alguien que va por ahí contando mentiras sobre mí, quiero saber quién es.
Westbrook sintió que el pecho se le enfriaba mientras intentaba hacerse el duro. Ya no se sentía tan bien. Si un agente del FBI había elegido como objetivo lo que consideraba que era el centro de operaciones de Westbrook, entonces el FBI habría comenzado a seguirle la pista. ¿Por qué coño habrían hecho algo así? Westbrook no era tan importante y, desde luego, no era el único traficante de la ciudad. Había varias bandas que hacían mucho más daño que él. Lo cierto era que nadie le pisoteaba ni tocaba su territorio, pero había intentado pasar desapercibido durante todos esos años y no causar problemas a nadie.
–Bueno, quienquiera que le diera el chivatazo al FBI sabía qué resortes tocar -dijo Peebles-. No recurren al ERR a no ser que se trate de algo serio.
Atacaron ese edificio porque suponían que estaría lleno de pruebas que te inculparían. Al menos eso es lo que dicen nuestras fuentes.
–¿Y qué encontraron allí, aparte de las armas?
–Nada, el edificio estaba vacío.
–Es decir, que el agente secreto era un mentiroso de mierda, ¿no?
–O sus fuentes.
–O le tendieron una trampa para que así me la tendiera a mí -dijo Westbrook-. Mira, Twan, a los polis no les importa lo que no está allí.
Seguirán creyendo que estoy detrás de todo porque es mi territorio. O sea, que el que lo hizo no arriesgaba nada. Lo prepararon todo contra mí desde el principio. Y no hay forma de que me salga con la mía. ¿Tengo razón, Twan, o lo ves de otra manera?
Westbrook observó atentamente a Peebles; su lenguaje corporal había cambiado de forma más bien sutil. Westbrook, para quien la percepción de estos cambios se había convertido en un instinto, un instinto que le había salvado la vida en numerosas ocasiones, se había dado cuenta del cambio.
Y sabía cuál era el origen. A pesar de la educación universitaria y la aptitud para ocuparse del negocio, Peebles no era tan rápido como Westbrook a la hora de evaluar una situación y llegar a la conclusión correcta. Sus instintos callejeros palidecían junto a los de su jefe. Y eso respondía a una razón bien simple: Westbrook había sobrevivido muchos años gracias a esos instintos al tiempo que no cesaba de afinarlos con una precisión cada vez mayor.
Peebles nunca había tenido que hacer nada parecido.
–Es probable que tengas razón.
–Sí, es probable -dijo Westbrook. Miró a Peebles fijamente hasta que éste cedió y bajó la vista-. O sea que tal como lo veo, que es lo más probable, no sabemos una mierda de Web London, aparte de que va al loquero porque se quedó paralizado. Podría estar metido en la movida, engañando a todo el mundo y diciendo que es cosa de su cabeza.
–Estoy seguro de que está metido -comentó Peebles.
Westbrook se recostó tranquilamente y sonrió.
–No, no está metido, Twan, sólo intentaba ver si eras capaz de pensar como
los de la calle. Te falta mucho, colega.
Peebles levantó la vista sorprendido.
–Pero dijiste…
–Sí, sí, sé lo que dije, Twan, escucho lo que digo, ¿vale? – se inclinó hacia delante-. He estado viendo la tele y leyendo los periódicos, poniéndome al día sobre ese tal Web London. Como dijiste, el tío es un maldito héroe, le dispararon y todo.
–Yo también me he puesto al día -dijo Peebles-. Y no he visto nada que me convenciera de que London no estaba metido en ese montaje. De hecho, la viuda de uno de los hombres cree que estaba metido. ¿Y viste lo que pasó fuera de su casa? Sacó la pistola y disparó contra un grupo de periodistas.
Está loco.
–No, disparó al aire. Si un tipo así hubiera querido cargarse a alguien, ya estarían todos muertos. Ese tipo sabe de armas, eso salta a la vista.
Peebles no pensaba retractarse.
–Creo que no entró en el patio porque sabía que las armas estaban allí. Se desplomó justo antes de que empezaran a disparar. Tenía que saberlo.
–¿Eso crees, Twan? ¿Tenía que saberlo?
Peebles asintió.
–Querías mi opinión al respecto, pues ahí la tienes.
–Bueno, déjame informar a tu maldita opinión un poco más. ¿Alguna vez te han disparado?
Peebles miró a Macy y luego a Westbrook de nuevo.
–No. Por suerte.
–Sí, deberías estar muy agradecido. Pues, mira, a mí sí que me han disparado. A ti también, ¿verdad, Mace?
Macy asintió y apartó la pistola mientras seguía el hilo de la conversación.
–Mira, a nadie le gusta que le disparen, Twan. No parece muy natural que a uno le guste que le vuelen la cabeza. Ahora bien, si London estaba metido en el ajo podría haber hecho un montón de cosas para mantenerse alejado de ese trabajito. Podría haberse disparado en el pie durante el entrenamiento, haber comido algo en mal estado e ingresar en el hospital, haber chocado contra una pared y haberse roto un brazo, cualquier mierda con tal de estar muy lejos de ese sitio. Pero estaba allí, moviendo el culo con el resto de su equipo. Llegó un momento en que dejó de moverlo y se cargaron a su equipo. A ver, ¿qué haría un hombre sobornado si es tan estúpido como para participar en el ataque? Se cruzaría de brazos, tal vez dispararía un par de veces y luego iría al loquero diciéndole que está mal de la cabeza. Pero un hombre culpable no iría hasta ese patio y destruiría las ametralladoras. Pasa de arriesgar el pellejo y recoge el dinero por haberle tendido una trampa a todos. Pero ese tío fue allí e hizo algo que ni siquiera yo tendría los huevos de hacer. – Hizo una pausa y añadió-: Y también cometió otra locura.
–¿Qué locura?
Westbrook meneó la cabeza y decidió que Peebles tenía suerte de que se le dieran bien los negocios porque del resto no se enteraba.
–A no ser que todos mientan como bellacos, ese hombre salvó a Kevin. Un hombre culpable nunca se molestaría en hacer algo así.
Peebles retrocedió, como si le hubieran dado una paliza.
–Pero si tienes razón y London no está involucrado, entonces no sabrá dónde está Kevin.