El último hombre

David Baldacci · Capítulo 44 de 57

Páginas del PDF

El último hombre

Capítulo 44

Como no había podido descubrir el origen del grupo que suministraba Oxy y otros fármacos con receta en la zona de Washington D.C., Randall Cove había cambiado de estrategia y había decidido abordar la situación desde el punto de vista de quienes lo recibían en vez del de quienes lo ofrecían.

Había utilizado lo que el informante T le había contado para acercarse a un grupo de narcotraficantes que, según T, últimamente habían traficado con dichos fármacos. Es increíble la cantidad de información que uno obtiene de un chivato cuando lo sostiene boca abajo al borde de un precipicio. Cove imaginó que en algún momento tendrían que abastecerse del producto. Esa nueva táctica era la que lo había llevado a aquel lugar aquella noche y esperaba obtener dividendos sustanciosos.

El bosque era frondoso y Cove se movía con el máximo sigilo del que es capaz un ser humano. Se detuvo cerca del límite de la vegetación, se agachó e inspeccionó el terreno. Los vehículos estaban estacionados en un camino de tierra que serpenteaba a través del bosque cerca de la frontera entre Virginia Occidental y Kentucky. Si Cove hubiera tenido algún refuerzo a quien llamar, lo habría llamado. Había pensado en llevar a Venables, pero Sonny ya había hecho suficiente y, además, tenía mujer e hijos y le faltaba poco para la jubilación. Cove no quería jugar con eso. Cove era valiente, estaba acostumbrado a encontrarse en situaciones peligrosas pero, aun así, seguía existiendo una fina línea que separaba el coraje de la imbecilidad y Cove siempre se había mantenido en el lado correcto de aquella tenue línea divisoria.

Cove se agachó todavía más cuando varios hombres se arremolinaron alrededor de uno de los vehículos. Sacó el monocular de visión nocturna para ver mejor. El material envuelto en plástico que llevaban los hombres confirmó las sospechas de Cove. No parecían pastillas de coca sino decenas

de miles de pastillas. Extrajo la cámara sin flash e hizo algunas fotos. Acto seguido, Cove se planteó qué hacer a continuación. Veía al menos cinco hombres y todos ellos iban armados. No podía arrestarlos sin correr un grave peligro. Mientras reflexionaba sobre cómo actuar, no percibió que el viento había cambiado ligeramente de dirección. En realidad no se dio cuenta hasta que el perro que estaba tendido al otro lado del camión, y al que Cove no había visto, rodeó el vehículo rápidamente y se dirigió hacia él.

Cove maldijo entre dientes, se volvió y huyó por entre los árboles. No obstante, el perro estaba cada vez más cerca y las maltrechas rodillas de Cove ya no estaban para aquellos trotes. Además, oyó otra cosa que no le hizo albergar demasiadas esperanzas. También le perseguían animales de dos piernas.

Lo acorralaron en una porción de terreno pantanosa. El perro fue a por Cove, enseñando los colmillos, y éste le apuntó con la pistola y lo mató de un tiro. Fue la última vez que disparó, puesto que le apuntaba un arsenal de pistolas. Sostuvo el arma en alto en señal de rendición.

–Suéltala -ordenó uno de los perseguidores, y Cove obedeció.

Los hombres se acercaron y uno de ellos cacheó a Cove, encontró la otra pistola que llevaba en la manga y le arrebató la cámara.

Nemo Strait se arrodilló al lado del perro y lo acarició con ternura. Acto seguido miró a Cove como si fuera el hombre que acababa de cortarle el pescuezo a su madre. Strait alzó la pistola y dio un paso adelante.

–Hacía seis años que tenía al Viejo gruñón. Era un perro muy bueno.

Cove no dijo nada. Otro hombre le golpeó en la espalda con el arma pero sólo obtuvo un gruñido de su presa.

Strait se acercó todavía más y le escupió en la cara.

–Me maldigo a mí mismo por no asegurarme de que murieras cuando empujamos tu coche por aquella pendiente. Tenías que haber considerado que era el día más afortunado de tu vida y tenías que haberte largado de la ciudad.

Cove permaneció en silencio pero dio un pasito hacia Strait. Lanzó una mirada a los otros hombres. Los compradores de aquellos fármacos con receta eran de la ciudad, todos negros. Cove no recurrió a los de su propia raza en aquella situación. En el mundo del crimen el dinero estaba por encima de todo lo demás.

Strait miró por encima de su hombro, hacia donde se encontraba el remolque de caballos con Bobby Lee, luego miró de nuevo a su prisionero y sonrió.

–Tío, ¿siempre tienes que meterte en los asuntos de los demás? ¿Eh? – le dio un golpecito en la mejilla con el arma y luego le golpeó con más fuerza-. Respóndeme cuando te haga una pregunta.

A modo de respuesta, Cove le escupió en la cara.

Strait se limpió el rostro y apoyó la pistola en la sien de Cove.

–Ya te puedes ir despidiendo del mundo.

La navaja salió de la misma manga en la que habían encontrado la segunda pistola de Cove. Nunca había visto a nadie que buscara armas en el mismo sitio en que encontraba una. Se la quiso clavar en el corazón pero el pie le resbaló en el barro y Strait fue un poco más rápido de lo que Cove esperaba, de modo que acabó clavándole la navaja en el hombro. Strait cayó hacia atrás en el agua pantanosa con la navaja todavía clavada.

Cove se quedó mirando a los hombres que lo rodeaban.

Durante una centésima de segundo tuvo la impresión de que todos los sonidos del mundo se habían detenido. En su mente vio a su mujer y a sus

hijos corriendo hacia él por un prado en el que sólo crecían flores hermosas, y sus sonrisas y abrazos anticipados compensaron todas las penurias que había sufrido a lo largo de la vida. Y no eran precisamente pocas.

Entonces abrieron fuego. Cove fue alcanzado varias veces y se desplomó.

En ese mismo instante los hombres alzaron la mirada porque oyeron el ruido de un helicóptero. Al cabo de unos segundos, los focos iluminaron las copas de los árboles.

Strait se incorporó de un salto.

–Larguémonos de aquí.

A pesar de estar herido, el fornido Strait tomó en brazos a su perro muerto y se lo llevó. El lugar quedó vacío en menos de un minuto. El helicóptero siguió volando y la tripulación no pareció darse cuenta de lo que había ocurrido allá abajo. Strait se había equivocado, el helicóptero sólo transportaba a un grupo de hombres de negocios que habían mantenido una reunión hasta tarde.

Cuando volvieron a oírse los sonidos nocturnos, se escuchó un gruñido en la oscuridad. Randall Cove intentó levantarse pero, por fuerte que fuera, le resultó imposible. El chaleco antibalas que llevaba había amortiguado tres de los cinco disparos. Los dos disparos que le habían alcanzado directamente se habían cobrado su precio. Cayó otra vez al suelo mientras su sangre teñía el agua de rojo.

Claire Daniels estaba en la consulta, trabajando hasta mucho más tarde de su horario habitual. La puerta exterior había sido cerrada con llave y el edificio contaba con personal de seguridad, razón por la cual se sentía más segura allí que en el hotel en el que se alojaba. Su amigo farmacéutico le había informado sobre la pastilla «rara» que había cogido de las que le enseñó Web. Claire había supuesto que se trataba de algún barbitúrico potente porque todavía pensaba en la posibilidad de que una interacción entre fármacos negativa con efectos retardados hubiera paralizado a Web en

el callejón. En cierto punto parecía exagerado, pero explicaba los hechos que ella conocía, y en aquel momento no tenía nada más. La llamada de teléfono lo cambió todo.

–Es un placebo -le informó su amigo-. Como los que usan en los grupos de control de las pruebas farmacéuticas.

«¿ Un placebo?». Claire se quedó anonadada. El resto de las pastillas eran lo que parecían ser.

En ese momento, sentada en la consulta, Claire intentó encontrarle sentido a todo aquello, ¿qué podía ser? Se negaba a creer que Kevin Westbrook hubiera lanzado una maldición a Web con las palabras « malditos al infierno». Sin embargo resultaba evidente que esa frase le había influido.

¿Se había rajado, simplemente?

Claire miró los cuadernos de dibujo de Kevin que Web le había permitido quedarse. El de Kevin apuntando con el mando a distancia había ido directo al FBI y no había ningún otro dibujo como aquél en los demás cuadernos.

Claire observó los dibujos, muchos de los cuales parecían haber salido de una mano experta. El muchacho tenía un talento artístico considerable.

En ninguno de los cuadernos aparecían las palabras « malditos al infierno».

No sería tan fácil, supuso Claire. Volvió a darle vueltas a la frase. Sonaba antigua, como de la guerra de Secesión, o quizás anterior. Decían que el almirante Farragut había gritado «¡ Al infierno con los torpedos, a todo vapor!» o algo así durante una batalla naval de la guerra entre estados.

Claire escribió las palabras en un trozo de papel. Época de la Guerra de Secesión, había pensado Web. Esclavismo. Blancos y negros.

Supremacistas blancos. Frunció el entrecejo mientras lo pensaba, pero entonces se le encendió una lucecita. No obstante, Claire pensó de inmediato que no podía ser.

¿La Sociedad Libre? Los malditos al infierno. Miró el ordenador. Podía ser.

Después de unos cuantos clics con el ratón y de dedicarle unos minutos

obtuvo una respuesta. La Sociedad Libre tenía una página web. Una herramienta de propaganda repugnante y llena de odio que, al parecer, utilizaban para atraer a los ignorantes y demoníacos a sus filas. Cuando lo vio, la respiración se le heló en la garganta.

En ese preciso instante la consulta se quedó completamente a oscuras. El hecho de que el apagón coincidiera con lo que acababa de descubrir le hizo gritar. Inmediatamente llamó por teléfono al servicio de seguridad de recepción.

Al oír la tranquilizadora voz del guarda le explicó lo que acababa de ocurrir.

–No es el edificio, doctora Daniels. Aquí abajo hay luz. Probablemente haya saltado el cortacircuitos. ¿Quiere que lo compruebe?

Miró por la ventana y vio que los edificios circundantes también estaban iluminados.

–No, no pasa nada. Creo que tengo una linterna. Si es sólo eso, ya levantaré yo misma la palanca del cortacircuitos.

Colgó, rebuscó en el escritorio y encontró la linterna, salió de la consulta y entró en la zona de recepción, que estaba a oscuras. Se dirigió al cuartito donde se encontraba el contador de la luz y giró la manecilla. Estaba cerrado con llave. Pensó que era un poco extraño, pero enseguida recordó que el cuartito también albergaba las líneas de teléfono y de seguridad de la oficina y dichas líneas debían protegerse de posibles interferencias.

Entonces, ¿cómo levantaría la palanca? Se planteó recogerlo todo y marcharse al hotel pero allí estaban todas sus notas y no disponía de un ordenador portátil con el que acceder a Internet desde el hotel.

Alumbró la cerradura con la linterna. Parecía bastante sencillo. Entró en la pequeña cocina y encontró un destornillador. Se dirigió de nuevo a la puerta, sostuvo la linterna bajo la axila e intentó destornillar la cerradura. Al cabo de unos cinco minutos, y con más suerte que maña, la cerradura cedió y abrió la puerta. Enfocó el interior con la linterna y miró a su alrededor.

Enseguida encontró el contador de la luz y vio claramente que el circuito había saltado. Levantó la palanca e inmediatamente se hizo la luz. Estaba a punto de cerrar la puerta cuando algo le llamó la atención. Había un pequeño dispositivo conectado al cable de la luz que subía por la pared.

Claire no sabía demasiado de esos temas, pero le dio la impresión de que estaba fuera de lugar, casi como si fuera un micrófono oculto.

Quizá se debiera a lo que acababa de descubrir, o que de golpe se había vuelto completamente paranoica, pero de repente lo vio claro. Salió del cuartillo con rapidez sin percatarse de la existencia de un pequeño botón de disparo inalámbrico situado en la jamba de la puerta, que se activaba cuando alguien abría la puerta del cuartillo.

Se dirigió rápidamente a la consulta y miró por todas partes. Recorrió con la mirada el suelo y las paredes y se detuvo en el techo. Agarró la silla, se quitó los zapatos y se subió a ella para llegar hasta el detector de humos.

Había trabajado con agentes de la ley los años suficientes como para saber que los detectores de humo eran uno de los lugares preferidos para ocultar aparatos de escucha. Extrajo la pieza del techo y le pareció encontrar unos cables que no deberían estar allí. ¿Era sólo su consulta o también la de otros?

Dejó el detector colgando del techo, se bajó de la silla y corrió a la consulta que tenía al lado, la de O’Ban-non. Estaba cerrada con llave, pero la cerradura era igual que la del cuartito de la luz. La desmontó con ayuda del destornillador. Entró en la consulta, encendió la luz y alzó la mirada. Había otro detector de humos. Lo destapó y encontró los mismos cables sospechosos. Estaba a punto de dirigirse a otra consulta cuando vio el archivo abierto sobre el escritorio.

Examinar los archivos de sus colegas iba en contra de su ética profesional, pero consideró que las circunstancias eran especialmente atenuantes.

Cogió el archivo. Llevaba el nombre de Deborah Riner. Web le había hablado de ella, era la viuda de uno de los hombres de su equipo. Recorrió las distintas páginas con la mirada. Riner llevaba bastante tiempo acudiendo

a la consulta de O’Bannon y a intervalos frecuentes. A Claire le sorprendió la cantidad de anotaciones sobre las sesiones de hipnosis que habían mantenido. O’Bannon la había hipnotizado casi todas las veces que había acudido a la consulta.

Claire cayó en la cuenta de algo verdaderamente terrible cuando se fijó en las fechas en las que Riner había acudido a la consulta. Una de las fechas era tres días antes de la matanza del equipo de Web en el patio.

Dejó los papeles y se acercó al archivador. También estaba cerrado con llave pero era una cerradura muy sencilla y Claire lo abrió enseguida haciendo palanca con el destornillador, sin preocuparse más por la ética profesional. Empezó a extraer los archivos. Muchos agentes y cónyuges de agentes del FBI estaban allí representados. Echó un vistazo a algunos. Al igual que en el caso de Riner, había un número desmesurado de sesiones de hipnosis.

Los pensamientos se le agolpaban en la mente. La hipnosis era un recurso curioso. En circunstancias muy especiales, se podía emplear para conseguir que la persona hiciera cosas que normalmente no haría. Otra de las cosas que podía lograrse era anestesiarla, hacer que se sintiera relajada, cómoda y confiada y, sutilmente, sonsacarle información sobre lo que la persona hacía como agente o, en los casos de los cónyuges, lo que hacía el marido o la mujer. Claire se imaginó a O’Bannon obteniendo de Debbie Riner hipnotizada, vulnerable y quizás afligida, los detalles que conociera sobre el trabajo de su esposo. Incluido el blanco que visitaría el ERR y cuándo exactamente, si es que Teddy Riner había compartido esa información con su mujer. Y algunos hombres lo hacían, a pesar de las normas profesionales que se lo prohibían. Claire sabía que muchos matrimonios incumplían esas normas, aunque sólo fuera para mantener la paz doméstica. O podía tratarse de algo tan sencillo como un desliz de uno de los hombres del ERR, que luego una esposa hipnotizada podía transmitir sin ser consciente de ello.

Todo ello resultaría bastante sencillo para alguien tan experto como Ed O’Bannon. Y, tal como ella había hecho con Web, O’Bannon siempre podía hacer una sugestión post-hipnótica cuidadosamente ideada que suprimiría

de la memoria de la persona cualquier cosa sospechosa que pudiera haber ocurrido durante la hipnosis, incluso el hecho de que hubiera sido hipnotizada.

« Dios mío, Debbie Riner podría haber contribuido a la muerte de su esposo sin saberlo», pensó Claire.

Para colmo, los aparatos de escucha grababan toda la información confidencial que los pacientes suministraban. Información valiosa que posteriormente se utilizaría para chantajearlos o tender una emboscada a otros, como en el caso del equipo de Web. Sin entrar en detalles, Web había mencionado que las cosas no iban del todo bien en el FBI. Si las sospechas de Claire sobre lo que O’Bannon hacía eran ciertas, el psiquiatra podía estar detrás de muchos de esos problemas.

Mientras observaba el archivador, la mirada de Claire se posó en algo que faltaba. En la letra L había varios archivos de personas cuyo apellido empezaba por dicha letra. Pero había una carpeta grande vacía. Claire se preguntó si era la que había ocupado el archivo de Web. No obstante, el que le había dado O’Bannon no era ni mucho menos tan voluminoso como el espacio que estaba viendo, a no ser que no le hubiera entregado el archivo completo. ¿Le había ocultado una parte del mismo? Sabía que O’Bannon era un hombre sumamente seguro de sí mismo, incluso arrogante. En su mente no había nadie más inteligente ni más experto. Existía la posibilidad de que le ocultara detalles para mantenerla desinformada. Tal vez hubiera tenido un motivo incluso más poderoso, más allá de la vanidad profesional, para conservar a Web de paciente.

Inmediatamente empezó a registrar la consulta. Inspeccionó el escritorio del hombre y cualquier otro espacio en el que pudiera haber información oculta, pero no encontró nada. Levantó la mirada de nuevo. Había un falso techo. Se subió otra vez a la silla, armada con la linterna, y empujó uno de los paneles hacia arriba. Si se ponía de puntillas veía lo que había por encima del falso techo. Recorrió la zona con la linterna y casi de inmediato vio una caja pequeña situada en el marco metálico que sostenía el falso techo. Movió la silla para colocarse en el punto correcto y bajó la caja

rápidamente. En el interior se encontraba el resto del archivo de Web; se sentó para examinarlo y descubrió que acababa de encontrar un tesoro.

Claire movía la cabeza al ver que cada página incluía una revelación contundente.

Sabía que O’Bannon era organizado hasta rayar en la obsesión, algo sobre lo que ambos solían bromear. Y tomaba notas con meticulosidad. Dichas notas, aunque resultaran crípticas e indescifrables para una persona normal, a Claire le revelaron que había hipnotizado a Web innumerables veces, incluso más que a Debbie Riner, cuando Web acudió a su consulta tras la muerte de su madre. En cada ocasión O’Bannon había recurrido a una sugestión post-hipnótica, al igual que había hecho Claire, para eliminar la sesión de la conciencia de Web. Claire se sobresaltó al descubrir que, durante una de las sesiones de hipnosis, Web le había revelado a O’Bannon el episodio completo de la muerte de su padrastro. Las notas estaban casi en clave pero Claire vio referencias a «Stockton», «desván» y «QUERIDO

PADRE» escrito en mayúsculas, lo suficiente para convencerla de que O’Bannon le había sacado la misma historia que ella. Así pues, lo que le había gritado Web durante la sesión de hipnosis, «¡ Ya lo sabes!», tenía sentido. Su subconsciente ya lo había revelado en una ocasión, sólo que a O’Bannon y no a ella. El uso de los placebos también se mencionaba en las notas. Claire conjeturó que probablemente fueran para evaluar la firmeza con la que O’Bannon había inculcado sus órdenes en el subconsciente de Web. De hecho, cuando siguió leyendo, vio que O’Bannon había anotado que el placebo se había acompañado de la sugestión hipnótica de que se trataba de las pastillas para dormir más potentes del mercado y, como era de esperar, Web le había informado de que las pastillas funcionaban. Web también le había contado a O’Bannon lo de la prueba que habían hecho entre los agentes del ERR con las armas Taser.

Por fin entendió lo que le había ocurrido a Web en aquel callejón. Pensó que era ingenioso, porque no planteaba el problema de hacer que Web hiciera algo que no quería, como matar a alguien a sangre fría, lo cual Claire no creía posible, pero, en cambio, le obligaba a no hacer algo.

Se planteó la posibilidad de llamar a Web para contarle lo que había

averiguado y conseguir su ayuda, pero no podía hacerlo desde allí, habida cuenta de que estaba rodeada de aparatos de escucha. Tendría que salir del despacho y llamarle.

Siguió hojeando el material. El aspecto más cruel de aquella relación médico-paciente aparecía en la última página, y demostraba que O’Bannon había llegado a tener la certeza de que Web haría lo que le ordenase.

O’Bannon había escrito de forma críptica que mantenía una excelente relación de confianza con Web. Además, en casos como el de Web, O’Bannon había escrito que un psiquiatra (aunque había tenido la prudencia de no decir que él lo había conseguido) podía incluir en la sugestión hipnótica que era una figura paterna y que le protegería de su padrastro. Y

que si Web incumplía las órdenes del psiquiatra, el padrastro volvería y mataría a Web; en efecto, su propia seguridad dependía del hecho que hiciera exactamente lo que se le ordenaba. O’Bannon había llegado a la conclusión de que Web sería un candidato excelente para la sugestión post-hipnótica y que, por consiguiente, suponía un riesgo para la seguridad. Los conocimientos especiales de Claire y el hecho de estar familiarizada con el caso de Web le permitieron leer entre líneas el informe de Web. Claire, que entendía con claridad el carácter de Web, sabía que le resultaría imposible contradecir dicha orden. No obstante, a pesar de todo ello, Web había conseguido superar temporalmente dicha sugestión post-hipnótica, había entrado en ese patio y disparado contra las armas, pese a la poderosa barrera mental que le ordenaba lo contrario. Aquél había sido el acto de Web más destacado de la noche.

Claire debía reconocer que O’Bannon había redactado el informe con mucha astucia y que, obviamente, no había dejado constancia de su rastro, otro motivo por el que ella debía actuar con cautela. O’Bannon había previsto prácticamente todas las eventualidades, salvo que Claire tratara a Web y que descubriera por ella misma lo que O’Bannon ya había averiguado sondeando las profundidades del subconsciente de Web, y que ahora descubriera los micrófonos ocultos y aquel archivo. No le extrañaba que O’Bannon hubiera puesto tanto empeño en conservar a Web como paciente.