El último hombre

David Baldacci · Capítulo 31 de 57

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El último hombre

Capítulo 31

–East Winds. Quiero recorrerla palmo a palmo.

–Gwen se encargará de eso. Hay otros asuntos que exigen mi atención.

Web miró a Romano.

–Paulie te acompañará.

Canfield pareció estar a punto de entrar en erupción, pero luego se contuvo.

–Muy bien -miró a Romano-. Paul, ¿qué tal se te da montar a caballo?

Romano se sobresaltó, parpadeó nerviosamente y miró a Web y luego a Canfield.

–Nunca he montado.

Canfield rodeó con un brazo al agente del ERR y sonrió.

–Bueno, espero que aprendas tan rápido como tu compañero.

Capítulo 31

Gwen se encontraba en el centro ecuestre con Baron cuando su esposo le pidió que enseñara las instalaciones a Web. Le condujo hacia el compartimiento de los caballos.

–La mejor forma de visitar el rancho es a caballo. ¿Sabes montar?

–Un poco, pero no tengo tu nivel ni por asomo.

–En ese caso tengo el caballo adecuado para ti.

Boo, le explicó Gwen, era un trakehner, una raza alemana, un caballo de sangre caliente criado para ser un caballo de batalla de gran calidad, al tiempo que era un cruce entre un corcel árabe ardiente, brioso y temperamental y un animal de tiro de sangre fría, tranquilo y trabajador. El caballo pesaba más de setecientos kilos, se elevaba casi ocho palmos y Web tuvo la impresión de que quería morderle el cráneo mientras estaban junto a él en el compartimiento.

– Boo era un gran caballo de doma, pero ahora se le ha acabado el trabajo y no le gusta demasiado moverse. Ha engordado y está feliz. Le llamamos

«viejo gruñón» porque eso es básicamente en lo que se ha convertido. Pero en el fondo es un encanto, aparte de ser muy flexible. Puedes montarlo a la inglesa o con la silla de paseo.

–Sí, claro -dijo Web mientras alzaba la vista hacia el animal. A Boo no parecía alegrarle demasiado la presencia de Web en su territorio personal.

Gwen colocó el sillín cuadrado sobre el lomo del caballo y luego le pidió a Web que la ayudara a colocar la pesada silla de paseo sobre el sillín.

–Ahora observa mientras le cincho la silla: contendrá la respiración y sacará el vientre -Web contempló fascinado al caballo haciendo exactamente lo que acababa de decirle-. Cuando crees que está bien ceñida, exhala y entonces se afloja. Luego intentas montarlo y la silla se desliza sobre la cruz. El caballo se divierte de lo lindo y el jinete acaba amoratado.

–Va bien saber que los animales son así de listos -dijo Web.

Gwen enseñó a Web a pasar del cabestro a las guarniciones y cómo pasar estas últimas por la cabeza de Boo, a asentarlas correctamente y luego a abrocharlas. Condujeron a Boo al exterior hasta llegar a un bloque de piedra

para montar.

Web ajustó los zahones que Gwen le había dado para evitar que la silla le rozara las piernas y para que gozara de un agarre mejor, subió al bloque y montó mientras Boo esperaba allí pacientemente.

–Bueno, ¿qué te parece? – preguntó Gwen.

–Hay una buena bajada.

Le vio el revólver en la funda.

–¿Tienes que ir con la pistola?

–Sí -respondió Web con firmeza.

Se dirigieron a la pista de equitación y Gwen hizo que caballo y jinete dieran una vuelta alrededor de ésta. Acto seguido, Gwen enseñó a Web a tirar de las riendas para frenar, a girar y dar marcha atrás, además de distintos sonidos y presiones con las piernas para que el animal avanzara y se detuviera.

– Boo ha estado por todo el rancho, por lo que, si le dejas, irá adonde tiene que ir. Despacio y bien.

El personal del centro ecuestre había traído a Baron mientras ellos estaban con Boo. Gwen montó en su caballo.

– Boo es el patriarca del lugar y él y Baron nunca han cabalgado juntos con anterioridad, así que Boo quizás intente manifestar su dominio sobre Baron para demostrarle quién manda aquí.

–Bueno, como unos tíos con exceso de testosterona -opinó Web.

Gwen lo miró de forma extraña.

– Boo está castrado, Web -él la miró con expresión de que no acababa de entenderla-. Si fuera un hombre, le llamaríamos eunuco.

–Pobre Boo.

Los dos caballos parecieron establecer una tregua a regañadientes y Web observó a Gwen mientras sacaba un walkie-talkie Motorola del bolsillo y lo encendía.

–Por si hay algún problema -explicó.

–Es buena idea estar comunicado -dijo Web-. Yo también llevo mi móvil.

–Después de lo que ha pasado con Billy, no sé si lo volveré a utilizar -dijo ella.

Web bajó la mirada hacia su teléfono y empezó a tener ciertas reservas.

Iniciaron la marcha, seguidos por un perro labrador de color tostado llamado Opie y otro can compacto pero de complexión fuerte que respondía al nombre de Tuff.

–Strait tiene un perro que también corre por aquí -dijo Gwen-. Le llama Viejo maldito, que es una buena descripción, porque siempre está dando problemas.

El cielo estaba despejado y a medida que subían y bajaban por las pequeñas colinas de la propiedad, a Web le pareció que la vista casi alcanzaba hasta Charlottesville.

Boo se conformó con seguir a Baron y llevaba un paso tranquilo que no ponía a prueba a Web.

Gwen tiró de las riendas para que Baron se detuviera. Web detuvo a Boo cuando estuvo junto a ella.

–Como ya os conté, East Winds existe desde hace mucho tiempo. El rey de Inglaterra concedió a lord Culpeper un terreno de miles de hectáreas allá por 1600. Un descendiente de lord Culpeper dio quinientas hectáreas de esa concesión de terreno a su hija mayor cuando se casó con un hombre llamado Adam Rolfe. La parte central de la casa se empezó a construir en 1765 y Rolfe la terminó en 1781; era un experto constructor y también comerciante. ¿Has visto el exterior de la casa principal? – Web asintió-. Se construyó en estilo georgiano. Y la decoración del molino, sobre todo las molduras de los dentículos, son de lo mejor que he visto en mi vida.

–Georgiano, sí, es lo que habría dicho.

Web mentía, no habría reconocido el estilo georgiano aunque hubiera dado un salto y le hubieran mordido las molduras de los dentículos.

–La finca estuvo en manos de la familia Rolfe hasta comienzos del siglo XX. En aquella época era una verdadera plantación y aquí se cultivaba tabaco, soja, cáñamo, ese tipo de productos.

–Y supongo que los trabajadores serían esclavos -apuntó Web-. Por lo menos hasta que acabó la guerra de Secesión.

–De hecho, no, la plantación estaba lo suficientemente cerca de Washington como para que los dueños simpatizaran con los del Norte. En realidad, East

Winds formó parte de la Underground Railroad[3]. En 1910 -continuó

Gwen-, la finca dejó de pertenecer a la familia. Pasó por varias manos hasta

que Walter Sennick la compró al término de la Segunda Guerra Mundial.

Era inventor y amasó una ingente fortuna vendiendo sus ideas a los

fabricantes de automóviles. Convirtió East Winds en un pequeño municipio

autosuficiente y, en el momento de mayor apogeo, aquí había más de

trescientos trabajadores a tiempo completo. También había un colmado, una

central telefónica, un parque de bomberos, ese tipo de cosas. Aquí se

ofrecía todo lo necesario.

Mientras Gwen hablaba, Web había estado inspeccionando el terreno, pensando de dónde podrían proceder los posibles ataques y cuál sería la mejor forma de defenderse en tal caso. Sin embargo, si había un informante en el interior, aquella estrategia resultaría inútil. Un caballo de Troya era tan eficaz ahora como hacía miles de años.

Gwen asintió.

–En la actualidad hay un total de sesenta y ocho edificios con más de cuarenta kilómetros de vallas con tablones. Diecinueve cercados. Quince trabajadores a tiempo completo. Y todavía cultivamos, maíz especialmente, aunque nos dedicamos sobre todo a la cría de pura sangres. El año que viene vamos a tener veintidós potrillos y tenemos una buena remesa de yearlings que van a salir a la venta muy pronto. Es muy emocionante.

Siguieron cabalgando y enseguida llegaron a un arroyo con una valla elevada donde Gwen dio instrucciones a Web para que dejara que el caballo escogiera el punto de apoyo para pasar por el barro. Hizo que Web se echara muy hacia atrás de forma que tuviera la cabeza casi sobre la grupa de Boo cuando el caballo bajara por el desnivel. Luego le dijo a Web que uniera su cuerpo al cuello del caballo y se agarrara a las crines de Boo cuando éste subiera por el desnivel del otro lado. Web consiguió dejarse llevar a la perfección para cruzar el arroyo y recibió las alabanzas de Gwen.

Pasaron junto a un viejo edificio de piedra y madera y Gwen le contó que era un hospital de la época de la guerra de Secesión, que se estaban planteando convertir en museo.

–Lo hemos rehabilitado, cuenta con calefacción y aire acondicionado, cocina y un dormitorio, por lo que el conservador podría dormir aquí -

explicó Gwen-. También hay una mesa de operaciones e instrumentos quirúrgicos de esa época.

–Por lo que sé de esa época, un soldado de la guerra de Secesión habría dado lo que fuera por ser alcanzado por una bala minié para pasar una

temporada en el hospital.

Cabalgaron junto a un establo de pisos de doscientos años de antigüedad, así llamado porque tenía dos plantas y estaba erigido sobre una pendiente tan inclinada que constaba de dos entradas en niveles distintos. También disponía de una pista de equitación donde caballo y jinete practicaban la doma. La doma, explicó Gwen, consistía en una serie de pasos y movimientos especializados de un caballo y su jinete, similar a la tabla de un patinador artístico. Pasaron junto a una elevada torre de madera con una base de piedra y Gwen le contó que se había utilizado como observatorio para incendios y para las carreras de caballos que se celebraban en el lugar hacía un siglo.

Web observó el lugar y la campiña circundante. En calidad de ex francotirador en busca constante de los mejores terrenos, Web llegó a la conclusión de que la torre sería sin duda un buen punto de observación, aunque no disponía del personal necesario para utilizarla como era debido.

Cabalgaron junto a un edificio de madera de dos plantas y Gwen le informó que era la casa del capataz del rancho.

–Da la impresión de que Nemo Strait hace un buen trabajo.

–Tiene experiencia y sabe lo que se lleva entre manos y trajo un equipo cuidadosamente seleccionado, y eso fue un punto a favor -dijo Gwen con un tono que a Web le pareció que denotaba poco interés.

Examinaron los puntos de entrada y salida de la zona posterior y Web tomó nota mentalmente de cada uno de ellos. En un momento dado, un ciervo salió de la zona arbolada y Opie y Tuff corrieron tras él. Ninguno de los dos caballos reaccionó ante el alboroto, si bien Web se quedó tan sorprendido al ver al ciervo pasando como un rayo delante de él que estuvo a punto de caerse de Boo.

Acto seguido, Gwen le condujo a una pequeña cañada a la sombra de unos árboles. Web oía correr el agua cerca y no estaba preparado para ver, al

doblar una curva corta, un edificio pequeño y abierto, pintado de blanco y con el tejado formado por listones de cedro, por lo que parecía una glorieta, hasta que Web advirtió la cruz en lo alto y el pequeño altar en el interior con un reclinatorio y una pequeña estatua de Jesús en la cruz.

Dirigió la mirada a Gwen en espera de una explicación. Ella observaba el pequeño templo como si estuviera en trance y luego lo miró.

–Es mi capilla, supongo que así es como se denomina. Soy católica. Mi padre era pastor eucarístico y dos de mis tíos son sacerdotes. La religión es una presencia constante en mi vida.

–¿La encargaste construir?

–Sí, para mi hijo. Vengo aquí y rezo por él casi todos los días, llueva o haga sol. ¿Te importa?

–Por favor.

–¿Eres una persona religiosa?

–A mi manera, supongo -respondió Web con vaguedad.

–En realidad, antes lo era mucho más que ahora. He intentado comprender por qué aquello le sucedió a alguien tan inocente. Nunca he conseguido una respuesta.

Desmontó y entró en la capilla, se santiguó, extrajo un rosario del bolsillo y, acto seguido, se arrodilló y empezó a rezar mientras Web la observaba en silencio. Al cabo de unos minutos se levantó y se reunió con él.

Siguieron cabalgando y al final llegaron a un edificio grande que daba muestras de estar abandonado desde hacía tiempo.

–La vieja Casa de los Monos -dijo Gwen-. Sennick la compró y la llenó de todo tipo de chimpancés, babuinos e incluso gorilas. Desconozco el motivo.

La leyenda dice que cuando algún animal se escapaba de la jaula, los palurdos cerveceros de la localidad los perseguían por entre los árboles armados con escopetas. Por eso llamaron a este bosque la «jungla de los monos». Sólo de pensar en esos pobres animales abatidos a tiros por una panda de borrachos me pongo enferma.

Desmontaron y entraron en el edificio. Web vio que el tejado estaba agujereado a consecuencia del paso del tiempo y de las inclemencias atmosféricas. Las jaulas viejas, oxidadas y rotas, seguían alineadas contra la pared, y había unas zanjas que debieron de servir para recoger los excrementos de los animales y otros elementos repugnantes. El suelo de cemento estaba lleno de basura y de maquinaria vieja y estropeada, junto con ramas de árboles y hojas putrefactas. Las raíces de los árboles estaban adheridas a las paredes del exterior y había algo parecido a una zona de carga. Web intentó imaginar qué tenía que ver un inventor de accesorios automovilísticos con una manada de monos. Ninguna de sus teorías resultaba agradable. Se imaginaba a los animales sujetos con correas mientras las líneas eléctricas captaban la energía de los rayos y al viejo Sennick ataviado de cirujano dispuesto a hacer el trabajo sucio con los aterrorizados simios. El lugar transmitía una clara sensación de tristeza, de desesperanza, de muerte incluso, y Web se alegró de salir de allí.

Prosiguieron la cabalgada y Gwen le señaló diligentemente todos los edificios y le habló de su historia hasta que a Web le acabó costando seguir el hilo de todos los lugares. Se sorprendió sobremanera cuando consultó su reloj y vio que habían transcurrido tres horas.

–Deberíamos regresar -dijo Gwen-. Para ser tu primera cabalgada, tres horas es más que suficiente. Vas a estar un poco dolorido.

–Estoy bien -respondió Web-. He disfrutado mucho.

El paseo a caballo había sido pacífico, tranquilo, relajante, sensaciones que casi nunca había experimentado a lo largo de su vida. Sin embargo, en cuanto regresaron al centro ecuestre y Web desmontó del caballo y puso los pies en el suelo, se sorprendió al advertir que tenía las piernas y la espalda

tan rígidas que apenas podía caminar derecho. Gwen se dio cuenta y sonrió irónicamente.

–Mañana te dolerá otra parte del cuerpo.

Web ya se estaba frotando las nalgas.

–Ya sé a qué te refieres.

Un par de trabajadores se acercaron y se llevaron los caballos. Gwen le contó a Web que les quitarían el equipo de montar, los cepillarían y los lavarían. Normalmente lo hacía la persona que había montado al caballo, añadió Gwen. Ayudaba a sentirse más unido al animal.

–El jinete cuida del caballo y el caballo cuida del jinete -afirmó ella.

–Como tener pareja.

–Exactamente, como tener pareja -Gwen lanzó una mirada hacia la pequeña oficina de las instalaciones y añadió-: Enseguida vuelvo, Web, tengo que comprobar un par de cosas.

Mientras se alejaba, Web empezó a quitarse los zahones.

–¿Hacía tiempo que no montabas?

Web alzó la mirada y vio a Nemo Strait dirigiéndose hacia él. Un par de tipos con gorras de béisbol estaban sentados en la cabina de una furgoneta que transportaba enormes pacas de heno en la parte posterior. Observaban a Web con atención.

–Vaya, ¿cómo te has dado cuenta?

Strait se colocó junto a Web y se apoyó contra el bloque de piedra para montar. Miró hacia donde Gwen había ido.

–Es una buena amazona.

–A mí también me lo parece pero, claro, no soy un experto.

–A veces lleva a los caballos al límite de sus posibilidades, más de lo que debería.

Web lo miró con curiosidad.

–Parece que ama los caballos.

–Se puede amar algo y aun así hacerle daño, ¿no?

Web no había previsto ese tipo de razonamiento por parte de Strait. Había pensado que era el típico hombre de Neanderthal grandullón y bobo y ahí estaba siendo considerado e incluso sensible.

–Apuesto a que has pasado mucho tiempo en compañía de caballos.

–Toda la vida. La gente cree que los puede entender pero es imposible. Hay que limitarse a seguir la corriente y no cometer nunca el error de pensar que se los tiene catalogados. De lo contrario, uno acaba haciéndose daño.

–También parece una buena fórmula para las personas.

Strait esbozó una sonrisa, advirtió Web, pero sólo fue un esbozo.

Strait lanzó una mirada a la furgoneta donde sus hombres seguían observándolos con atención.

–¿De verdad crees que el señor Canfield corre peligro?

–No estoy seguro al cien por cien, pero prefiero no correr riesgos a acabar lamentándolo.

–Es un viejo gruñón pero todos le respetamos. No heredó el dinero como la

mayoría de los tipos que corren por aquí; el hombre se lo ganó con el sudor de su frente. Eso se merece un respeto.

–Sí, claro. ¿Tienes alguna idea sobre cómo acabó ese teléfono en su coche?

–Lo he estado pensando. La cuestión está en que nadie conduce ese vehículo aparte de él y la señora Canfield. Todos tenemos vehículo propio.

–La puerta no estaba cerrada con llave cuando entró. ¿Guardan los coches en el garaje por la noche?

–Tienen muchos coches y furgonetas y el garaje de la casa no tiene más que dos plazas y una está llena de suministros.

–Así pues, alguien podría haber accedido al Rover, sobre todo por la noche y dejado el teléfono sin que nadie le hubiera visto.

Strait se rascó la nuca.

–Supongo que sí. Tienes que entender que por aquí hay mucha gente que ni siquiera se molesta en cerrar su casa con llave.

–Bueno, hasta que se acabe esa costumbre, di a todo el mundo que cierre con llave todo lo posible. Tienen que entender que la amenaza puede llegar de cualquier sitio, interior o exterior.

Strait lo observó durante unos segundos.

–Eso de la Sociedad Libre… he oído hablar del tema.

–¿Conoces a alguien que pudiera ser miembro o ex miembro?

–No, pero podría preguntarlo por ahí.

–Bueno, si preguntas, hazlo con discreción. No queremos asustar a nadie.

–Aquí todos tenemos un buen trabajo, no queremos que les suceda nada a los Canfield.

–Bien. ¿Hay algo más que creas que debo saber?

–Mira, si hay alguien de aquí metido en esto, tienes que entender que un rancho puede ser un lugar muy peligroso. Tractores grandes, herramientas afiladas, depósitos de gas propano, material para soldar, caballos que pueden darte una coz en la cabeza si bajas la guardia, serpientes, pendientes empinadas. Hay muchas formas de que te maten y de que luego parezca un accidente.

–Eso también me va muy bien saberlo. Gracias, Nemo.

En realidad Web no sabía si se trataba de un consejo o de una amenaza.

Strait escupió al suelo.

–Si sigues cabalgando, serás como Roy Rogers en un abrir y cerrar de ojos.

Gwen se reunió de nuevo con Web y le enseñó el centro ecuestre. Había un total de once edificios.

Los compartimientos para parir fueron la primera parada y Gwen le enseñó que estaban equipados con un circuito cerrado de televisión que controlaba a las yeguas embarazadas. El suelo estaba recubierto de goma y luego de paja para evitar el polvo.

–Estamos muy esperanzados con algunos de los potros que nacerán el año próximo. Hicimos que varias yeguas fueran fecundadas en Kentucky por sementales con unas líneas de sangre magníficas.

–¿Cuánto cuesta una cosa de ésas?

–Puede llegar a seis cifras por padre.

–Eso sí que es sexo caro.

–El pago depende de muchas condiciones, por supuesto, la más importante es que el potro nazca vivo y que también pueda ponerse en pie y mamar.

Pero un yearling que presente buen aspecto y haya sido engendrado por un caballo que haya ganado carreras puede proporcionar cantidades ingentes de dinero. No obstante, es un negocio muy delicado. Hay que pensar en todos los imprevistos y, aun así, una racha de mala suerte puede echar por tierra tus posibilidades.

Web pensó que sonaba muy parecido a lo que suponía ser agente del ERR.

–Sí, por cómo nos lo describió Billy, no parece un negocio para pusilánimes.

–Bueno, se gana mucho dinero pero yo no lo hago por eso. Es la emoción que sientes al ver un caballo que has criado, alimentado y adiestrado en esa pista; la máquina de correr más hermosa y perfecta jamás creada. Y al ver la línea de meta, observar a este animal verdaderamente noble haciendo cabriolas en el círculo de los ganadores, saber que, por lo menos durante unos minutos, todo en la vida es absolutamente perfecto. En fin, no hay otra sensación igual.

Web se preguntó si la cría de caballos habría sustituido al hijo perdido. Si era así, se alegraba de que Gwen Canfield hubiera encontrado algo en la vida que la hiciera feliz.

–Supongo que sientes lo mismo por tu trabajo.

–Quizás antes -repuso Web.

–Antes no he sabido atar cabos -reconoció ella-. No sabía que estabas presente cuando le ocurrió aquello a esos hombres en Washington. Lo siento mucho.

–Gracias. La verdad es que se trata de una situación lamentable.

–Nunca he acabado de entender por qué los hombres hacen ese tipo de trabajo.

–Bueno, supongo que la forma más sencilla de verlo es que hacemos ese trabajo porque hay gente en el mundo que nos obliga a hacerlo.

–¿Gente como Ernest Free?

–Gente como él.

Cuando terminaron de visitar el centro, Gwen le preguntó por lo que Strait le había dicho.

–Me ha dado unos cuantos consejos amables. Por cierto, ¿vino con el rancho o lo contrataron?

–Billy lo contrató. Él y su equipo vinieron con buenas referencias -lanzó una mirada a su alrededor-. ¿Y ahora qué?

–¿Qué me dices de la casa principal?

Mientras conducían hacia la mansión en un jeep abierto, Web oyó un rugido por encima de su cabeza y alzó la vista. Se acercaba un pequeño helicóptero que volaba bajo y rápido. Pasó rápidamente sobre ellos y desapareció por encima de las copas de los árboles.

Web miró a Gwen.

–¿Adonde va?

Ella frunció el entrecejo.

–Al rancho vecino. Southern Belle. Aparte de la pista de aterrizaje para helicópteros, tienen otra mayor. Cuando aparece su jet, los caballos se

llevan un susto de muerte. Billy les habló del asunto pero ellos hacen lo que les da la gana.

–¿Quiénes son?

–Qué son es una pregunta más apropiada… una especie de empresa.

También gestionan un rancho de caballos, pero es un tanto extraño.

–¿A qué te refieres?

–Me refiero a que tampoco tienen demasiados caballos y me da la impresión de que los hombres que trabajan para ellos no distinguen entre un potro y una potra. Pero deben de hacer algo bien. La casa de Southern Belle es incluso mayor que la nuestra.

–Supongo que tienen muchos edificios, como vosotros.

–Sí, aunque los que nosotros tenemos ya estaban en la finca. Ellos han construido una serie de edificios nuevos, enormes, casi como almacenes, aunque no sé qué guardan en ellos. Hace tan sólo dos años y medio que llegaron aquí.

–¿Has visitado la finca?

–En dos ocasiones. La primera por cortesía, pero ellos no fueron muy amables. La segunda vez para quejarme sobre lo bajo que vuela su avión.

No nos echaron de la finca pero fue una situación extraña, incluso para Billy, y él suele ser quien hace que la gente no se sienta cómoda.

Web se recostó en el asiento y reflexionó sobre lo que acababa de oír mientras miraba en la dirección por la que había desaparecido el helicóptero.

Les llevó algún tiempo, pero visitaron la mansión de piedra de arriba abajo.

En el sótano había una sala de billar, una bodega y un vestuario para ponerse la ropa de baño. La piscina medía diez metros por veinte y estaba

construida en su totalidad con acero de un acorazado de la Segunda Guerra Mundial que había sido desmantelado, le explicó Gwen. Había una cocina en la parte baja con un hornillo Vulcan con una gran campana de cromo que databa de 1912, un montaplatos que todavía funcionaba y un lavadero. En la sala de calderas, Web llegó a ver enormes módulos McLain que emitían vapor caliente radiante y había una sala que sólo contenía cajones de madera para almacenar leña. Cada uno de los cajones estaba destinado a una estancia en concreto.

De las paredes del comedor de la planta principal colgaban cabezas de venado inglés y una lámpara de araña hecha con la cornamenta de un animal. La cocina era tan grande que impresionaba, con las paredes recubiertas con azulejos de cerámica de Delft y un armario de plata. Había tres salas de baile, distintos gabinetes, salones y salas de estar y un gimnasio. Las plantas superiores constaban de diecisiete cuartos de baño, veinte dormitorios, una biblioteca que parecía no acabar nunca y muchísimos otros espacios. El lugar era verdaderamente enorme y Web sabía que resultaba imposible garantizar su total seguridad.

Cuando finalizaron la visita, Gwen miró a su alrededor con actitud nostálgica.

–He llegado a querer este lugar. Sé que es demasiado grande y presuntuoso en ciertos aspectos pero también resulta muy curativo, ¿sabes?

–Supongo que te entiendo. ¿Cuánto personal de servicio trabaja en la casa?

–Bueno, tenemos a tres mujeres que vienen a limpiar, a ocuparse de la colada y esas cosas pero luego se marchan, a no ser que tengamos muchos invitados para cenar, en cuyo caso se quedan para ayudar. Son gente de la zona.

–¿Quién se encarga de cocinar?

–Yo. Es algo que me gusta hacer. Contamos con la ayuda de una especie de manitas. Parece muy viejo pero en realidad es que ha tenido una vida dura.

Viene casi todos los días. Nemo y sus hombres se encargan del resto del rancho. Los caballos de carreras tienen que ejercitarse todos los días, así que también contamos con jinetes, tres mujeres jóvenes y un hombre. Todos ellos residen en el centro ecuestre.

–Y hay un sistema de seguridad. He visto el panel de la alarma al entrar.

–Nunca lo utilizamos.

–Ahora tendréis que utilizarlo.

Gwen no hizo ningún comentario al respecto. Le mostró la última habitación.

El dormitorio principal era enorme pero tenía muy pocos muebles. Web se fijó en la antesala del dormitorio, que también contaba con una cama.

–Billy trabaja hasta tarde muchas veces y no quiere molestarme cuando se acuesta -explicó Gwen-. Siempre es así de considerado.

Por la cara que puso cuando lo dijo, Web pensó que Billy no era tan considerado como ella quería hacerle creer.

–La mayoría de la gente -prosiguió ella-, sólo ve el lado duro de Billy y creo que más de uno se mostró un tanto escéptico cuando nos casamos.

Supongo que la mitad pensó que me casaba con Billy por el dinero y la otra mitad pensó que él era un corruptor de menores. Pero lo cierto es que congeniamos. Disfrutamos el uno en compañía del otro. Mi madre estaba en la fase terminal de un cáncer de pulmón cuando empezamos a salir y Billy vino a la clínica todos los días durante cuatro meses. Además no se limitó a sentarse y a contemplar a mi madre moribunda. Le traía cosas, le hablaba, conversaba con ella sobre política y deportes y la hacía sentir viva, supongo. Consiguió que la situación fuera mucho más fácil para todos nosotros y nunca lo olvidaré. Ha tenido una vida dura y es un poco brusco con las personas por ese motivo. Pero ha sido el marido que toda mujer desea. Se marchó de Richmond, un lugar que le encantaba, y dejó el único

negocio que siempre había conocido para empezar de cero con un rancho de caballos porque yo se lo pedí. Además, creo que era consciente de que teníamos que alejarnos del mundanal ruido, demasiados malos recuerdos. Y

fue un padre formidable para David, lo hacía todo con él. No lo tuvo consentido porque pensó que entonces David sería una persona débil, pero amaba al niño con todo su corazón. Creo además que la pérdida le afectó más que a mí porque, aunque tenía hijas de su primer matrimonio, David era su único hijo varón. Pero si él considera que alguien es su amigo, hará cualquier cosa por esa persona. Gastaría su último céntimo en ayudarla. No quedan muchas personas como él.

Web observó las fotos de la pared y de un armario empotrado. Había muchas fotos de David. Era un muchacho apuesto que se parecía más a su madre que a su padre. Web se volvió y se encontró a Gwen junto a su hombro mirando a su hijo.

–Ya ha pasado mucho tiempo -dijo ella.

–Lo sé. Supongo que el tiempo no se detiene para nadie ni por nada.

–También se supone que el tiempo ayuda. Pero no.

–¿Era tu único hijo?

Asintió.

–Billy tiene hijos mayores de su primer matrimonio, pero David era mi único hijo. Qué curioso, cuando era niña estaba segura de que tendría familia numerosa. Éramos cinco hermanos. Me cuesta creer que ahora mi hijito ya tendría edad para ir al instituto.

De repente se volvió y Web vio que se llevaba una mano a la cara.

–Creo que por ahora ya es suficiente, Gwen. Te agradezco que me hayas prestado tu tiempo.