El último hombre
Capítulo 37
–Tengo que volver al rancho -dijo Web-. Probablemente Romano empiece a sentirse solo.
–La verdad es que esto no me gusta, Web. ¿Y si te matan entretanto?
–Tienes a Cove. El también lo vio.
–¿Y si se lo cargan a él también? Es igual de probable, teniendo en cuenta todo lo que ha pasado.
–¿Tienes papel y boli?
Web escribió el relato completo del asesinato de Toona. Su nombre real era Charles Towson, Bates se lo había dicho, y nadie sabía de dónde salía el apodo, pero, al parecer, toda la gente que trabajaba en la calle tenía un apodo. Bueno, quienquiera que hubiera lanzado el cadáver de Charlie Towson al río, si es que lo habían hecho, iba a perder lo que tuviera en el estómago. Web identificó al asesino de forma concluyente como Francis Westbrook, Gran F. Lo rubricó y otros dos agentes actuaron como testigos de la firma.
–¿Te estás quedando conmigo? Un abogado de la defensa lo tiraría a la papelera -bramó Bates.
–Es lo mejor que puedo hacer por ahora.
Web se alejó.
Capítulo 37
Cuando regresó a East Winds, Web intercambió la información necesaria con Romano, fue a la cochera y se relajó dándose un baño caliente. Una cabezadita mientras estaba en remojo y se sentiría como nuevo, pensó. Con el paso de los años, cada vez aguantaba con menos horas de sueño.
Romano había visto las heridas recientes de Web e hizo el comentario que cabía esperar.
–¿Has vuelto a dejar que te den una paliza? Menuda fama le estás dando al ERR.
Web le había dicho que la próxima vez se aseguraría de que le golpeasen en lugares que no se vieran.
Durante los días siguientes, la rutina de Romano y él fue precisamente eso, rutina. Cuando Gwen y Billy le vieron las heridas causadas por el encuentro con Gran F, Gwen exclamó:
–Cielo santo, ¿te encuentras bien?
–Es como si el viejo Boo te hubiera dado una coz en la cara -comentó Billy mientras succionaba un cigarrillo apagado.
–De hecho, habría preferido que fuera Boo -replicó Web.
Gwen había insistido en aplicar alguna cura a los cortes de Web. El tacto de sus dedos en la piel le resultó muy agradable. Mientras Gwen cuidaba de él, Billy había dicho:
–Supongo que los federales nunca os aburrís.
–Supongo que no -respondió Web.
Él y Romano fueron conociendo mejor a los Canfield y se dieron cuenta de lo laborioso que resultaba llevar un rancho. Como habían prometido, ambos
arrimaron el hombro, aunque Romano se quejaba y refunfuñaba por las noches. East Winds era inmenso y fascinante y, de hecho, Web empezó a plantearse que quizá sería buena cosa cambiar de profesión. Imaginó que tales sensaciones desaparecerían en cuanto se marchara de East Winds para siempre. Gwen Canfield era una mujer interesante y fascinante en muchos sentidos, además de tan inteligente y reservada como hermosa y distinguida. Ella y Billy eran como el fuego y el hielo del refrán.
Web había cabalgado con ella todos los días, tanto para protegerla como para comprender mejor la configuración del terreno. Debía reconocer que había formas mucho peores de pasar el tiempo que montando a caballo por un lugar hermoso en compañía de una bella mujer. Ella se había detenido todos los días a rezar en la capilla y Web la esperaba montado en Boo.
Nunca le invitó a acompañarla y él nunca le sugirió que lo hiciera. El hecho de que David Canfield hubiera muerto mientras él estaba trabajando era motivo suficiente para mantener ciertas distancias con la mujer.
Al caer la tarde los agentes del FBI iban a la mansión y pasaban la velada con ellos. Billy había tenido una vida fascinante y le encantaba contarles batallitas. Nemo Strait siempre estaba presente y Web descubrió que tenía más en común con el ex marine de lo que pensaba. Strait había hecho muchas cosas en la vida, desde ser soldado hasta domar potros salvajes.
–He vivido de mi cerebro y de mis músculos, aunque parece que cada vez me queda menos de ambas cosas.
–Yo diría que estamos igual -dijo Web-. ¿Te imaginas trabajando con los caballos hasta el día de tu muerte?
–Bueno, debo reconocer que pienso en el día en que dejaré el estiércol y los animales de mal genio -lanzó una mirada a los Canfield, bajó la voz y añadió, sonriendo-: Me refiero tanto a las especies de dos patas como a las de cuatro -continuó en tono normal-: Pero, como he dicho, se lleva en la sangre. A veces me imagino teniendo un rancho propio y llevándolo bien.
–Bonito sueño -dijo Romano-. A veces pienso en tener mi propia escudería.
Web miró a su compañero.
–No sabía yo eso, Paulie.
–Oye, las personas tienen secretos.
–Tienes razón -convino Strait-. Mi ex me dijo en una ocasión que nunca sabía lo que yo pensaba. ¿Sabéis lo que le dije? Le dije que ésa era la diferencia entre los hombres y las mujeres. Las mujeres te dicen exactamente lo que piensan de ti. Los hombres se lo guardan -lanzó una mirada a Billy Canfield, quien se encontraba al otro lado de la enorme sala examinando el oso pardo disecado y apurando su tercera cerveza en media hora. Gwen había subido a la planta superior para ver cómo iba la cena-.
Aunque a veces lo contrario también es cierto -concluyó Strait.
Web miró a Canfield y luego otra vez a Strait.
–¿Ah, sí?
Lo que resultaba cada vez más obvio era que Gwen y Billy pasaban mucho tiempo separados. Web nunca preguntó a Gwen directamente sobre el tema, pero los comentarios que dejaba caer de vez en cuando le hacían pensar que se trataba de una decisión más de Billy que de Gwen. Quizás el juego de la culpa por lo que le había sucedido a David, pensó Web.
A pesar de lo que Gwen había sugerido con anterioridad, también estaba claro que Nemo Strait formaba parte integral del funcionamiento de East Winds. Web había visto en varias ocasiones que Billy recurría a su capataz para obtener respuestas definitivas sobre asuntos relacionados con los caballos o la gestión del rancho.
–Me he dedicado a esto desde que era pequeño -le dijo Strait a Web en una ocasión-. No hay demasiadas cosas que no haya visto con respecto a caballos, ranchos y todo eso. Pero Billy está aprendiendo rápido.
–¿Y Gwen?
–Sabe más que Billy pero en cierto modo es de ideas fijas. He intentado ponerle una herradura blanda a Baron porque el animal tiene algunos cascos quebradizos, pero ella no quiere saber nada del tema. « Conozco mi caballo», me dice. Es tozuda. Probablemente sea uno de los motivos por los que Billy se casó con ella.
–Sólo uno de los motivos -puntualizó Web. Strait exhaló un suspiro.
–Tienes razón, es muy guapa. Pero ¿sabes una cosa? Las guapas arruinan la vida de un hombre. ¿Sabes por qué? Porque siempre hay algún otro tío que intenta quitársela. Mi ex no hubiera ganado ningún concurso de belleza ni en su mejor día, pero, joder, no me pasaba el día preocupándome por si había otro gallo en el gallinero.
–A Billy eso no parece preocuparle.
–A veces es difícil saber lo que piensa, pero es un coco. Esa cabecita vieja suya está siempre bullendo.
–En eso te doy la razón -repuso Web.
Web había estado en contacto con Bates todos los días, pero nada, todavía no había salido nada de la cinta de vigilancia.
Una mañana temprano, Web acababa de salir de la ducha cuando sonó el teléfono. Lo cogió y lo sacó del lavabo. Era Claire Daniels.
–¿Has pensado sobre lo de la hipnosis?
–Mira, Claire, tengo un trabajo entre manos.
–Web, si realmente quieres avanzar, entonces creo que la clave está en la hipnosis.
–Nadie está mirando alrededor de mi cabeza.
–Podemos empezar -insistió ella-, y si te sientes incómodo en algún momento, lo dejamos. ¿Te parece bien?
–Claire, estoy liado. No puedo ocuparme de esto ahora.
–Web, acudiste a mí para que te ayudara. Estoy haciendo todo lo posible, pero necesito tu cooperación. Créeme, has pasado por situaciones mucho peores que cualquier efecto que pudiera tener la hipnosis.
–Sí. Lo siento, no me interesa.
Claire permaneció callada unos instantes antes de tomar de nuevo la palabra.
–Escucha, he estado con una persona y quizá te interese saberlo -Web no respondió-. ¿Buck Winters? ¿Te suena el nombre?
–¿Qué quería?
–Firmaste un documento que le permite preguntarme sobre tu tratamiento,
¿le acuerdas de haberlo firmado?
–Supongo. Firmé un montón de papeles en aquella época.
–Seguro. Se aprovecharon de ti.
–¿Qué quería y qué le dijiste?
–Bueno, hay una gran diferencia entre lo que quería y lo que le dije. Intentó convencerme de que debía contárselo todo pero el documento de cesión me daba suficiente margen de movimiento para entretenerle. Supongo que seguirá dándome la lata, pero así es como están las cosas.
Web reflexionó un momento sobre el tema.
–Has aguantado mecha por mí, Claire. Te lo agradezco.
–Pero ése es uno de los motivos por los que te llamo. Winters parece haberse propuesto echarte las culpas de lo que pasó. Incluso utilizó la palabra «traidor».
–De hecho no me sorprende demasiado. Buck y yo no hemos estado de acuerdo desde lo de Waco.
–Pero si llegamos a la raíz de tus dificultades, Web, y le demostramos con claridad a él y a todos los demás que no eres un traidor, no creo que eso sea negativo, ¿no te parece?
Web exhaló un suspiro. No quería ceder en ese asunto, pero tampoco quería que la gente albergara dudas sobre su persona eternamente. No quería tener dudas sobre su capacidad para desempeñar su labor en el ERR.
–¿De verdad crees que la hipnosis ayudará?
–No lo sabremos hasta que lo probemos. Pero he obtenido muy buenos resultados con la hipnosis con otros pacientes.
–De acuerdo -convino Web finalmente-, quizá podamos hablar más sobre el tema. Cara a cara.
–¿En mi consulta?
–Estoy en una misión.
–¿Puedo ir a verte?
Web se lo pensó. ¿Realmente era lo que deseaba? Lo más inteligente sería decirle a Claire Daniels que se fuera al infierno y seguir con su vida. El problema era que nunca había recibido la ayuda que ahora empezaba a considerar que necesitaba de verdad. En algún momento tendría que
decidirse. Además, había empezado a creer que Claire deseaba fervientemente ayudarle.
–Mandaré a alguien a buscarte.
–¿A quién?
–Se llama Romano, Paul Romano. Es del ERR. Pero no le digas nada, porque a veces es un bocazas.
–De acuerdo, Web. ¿Dónde estás?
–Ya lo verá, señora doctora, ya lo verá.
–Estaré libre dentro de una hora. ¿Necesitas más tiempo?
–Tengo de sobra.
Web se secó, se vistió, fue a ver a Romano y le dijo lo que quería que hiciese.
–¿Quién es esa mujer? – preguntó receloso-. ¿Es tu loquera?
–Les gusta que les llamen psiquiatras.
–No soy tu chófer. Estoy en una misión, Web.
–Venga ya, Paulie. Quiero ir a ver a Billy y a Gwen. Y tú te has estado encargando de eso, déjame hacerlo a mí un rato. Si te marchas ahora, ella estará preparada para cuando llegues.
–¿Y si ocurre algo mientras estoy fuera?
–Entonces yo me encargaré.
–¿Y si te atacan?
–¿De repente te preocupas por mí?
–No quiero que se me caiga el pelo por esto. Tengo una familia en la que pensar.
–Te refieres a que Angie te mataría.
–Eso es exactamente a lo que me refiero.
–Mira, tú hazlo y te juro que no me separaré de los Canfield hasta que vuelvas.
Romano no parecía demasiado contento con la idea, pero al final accedió y apuntó el nombre y la dirección de Claire.
–Pero escucha: el verdadero motivo por el que hago esto es porque podré ir a buscar mi coche.
–¿Te refieres al ‘Vette?
–Sí, me refiero al ‘Vette. Seguro que a Billy le encantaría verlo. Él y yo somos unos forofos de los automóviles.
–Vete, Paulie, antes de que me entren ganas de vomitar.
Romano le había dicho que los Canfield estaban en la casa principal, así que Web fue corriendo hasta allí y llamó a la puerta. Una mujer mayor vestida con vaqueros, una camiseta y con un pañuelo de colores vivos en la cabeza abrió la puerta y lo acompañó hasta la pequeña zona soleada de la cocina donde Gwen y Billy estaban desayunando.
Gwen se levantó y dijo:
–¿Quieres un café o algo de comer?
Web aceptó un café, huevos y tostadas.
–Romano y yo estuvimos patrullando por el rancho el otro día por la noche y vimos cierta actividad interesante en el rancho de los vecinos -dijo.
Gwen y Billy intercambiaron una mirada.
–¿En el Southern Belle? – preguntó Billy-. Y tan interesante.
–¿Entonces tú también has visto cosas?
–Billy -intervino Gwen-, no tienes pruebas.
–¿Pruebas de qué? – se apresuró a preguntar Web.
–Tal vez no tenga pruebas pero tengo sentido común -dijo Billy-, y los tejemanejes de ahí al lado están tan relacionados con la cría de caballos como un convento de monjas.
–¿Qué has visto?
–Tú primero.
Cuando Web se lo hubo contado, Billy reconoció que todo coincidía con lo que él había visto.
–Lo que me sorprende -dijo Billy-, son los camiones con remolque. Yo me dediqué a los camiones durante veinte años y esas plataformas elevadoras sólo se utilizan para transportar cargamentos de consideración en largas distancias.
–¿Se ha quejado alguno de los otros vecinos? – inquirió Web.
Billy negó con la cabeza.
–Soy con diferencia el que está más cerca. Los propietarios de la finca del
otro lado están en su casa de Nápoles o en otra que tienen en Nantucket.
Compraron el rancho para poder montar a caballo cuando les apetece. ¿Te lo imaginas, apoquinar ocho millones de dólares por trescientas sesenta hectáreas de terreno por las que cabalgar dos veces al año? Y encima esos imbéciles no saben ni lo que es una caballeriza -hizo una breve pausa antes de proseguir-. Y los camiones sólo llegan y salen por la noche. Un poco raro, llevar a esas bestias de noche por estas carreteras estrechas y serpenteantes. No es que aquí tengamos farolas precisamente. Y hay algo más.
Web se fue animando.
–¿De qué se trata?
–¿Recuerdas que te dije que una empresa había comprado la finca?
–Sí.
–Bueno, pues hace algún tiempo, después de lo de los aviones, los helicópteros y tal, fui al juzgado e investigué un poco. La empresa es una sociedad limitada propiedad de dos señores de California. Harvey y Giles Ransome, supongo que son hermanos, o a lo mejor están casados, vete a saber, siendo de California…
–¿Sabes algo de ellos?
–No. Pero tú eres detective. Supongo que podrás descubrir algo con rapidez si te lo propones.
–Investigaré el tema.
–Los invité en cuanto averigüé cómo se llamaban. Fui hasta su casa y todo eso.
–¿Qué pasó?
–Entonces su gente me dio las gracias muy educadamente pero dijeron que los señores no estaban en la casa. Dijeron que les comunicarían lo de la invitación. ¡Sí, ya! ¡Y yo soy bombero!
Gwen se sirvió otra taza de café. Llevaba vaqueros, un suéter fino de color marrón y unas botas bajas. Antes de regresar a su asiento, se recogió el pelo y dejó al descubierto un cuello muy largo del que a Web le costó apartar la mirada. Ella se sentó de nuevo y miró ansiosa a uno y otro hombre antes de fijar la mirada en Web.
–¿Qué crees que podría ser, Web?
–Tengo mis sospechas, pero no son más que eso.
Billy lo observó con entusiasmo mientras daba el último mordisco a la tostada y se limpiaba la boca con la servilleta.
–Quizá pienses que sean los de la mafia traficando con artículos robados o algo así. Créeme, esas cosas pasan mucho en el mundo de los camiones. Si me hubieran dado un dólar por cada italiano que llamó a mi puerta con un maletín repleto de dinero a cambio de que transportase su mercancía en mis camiones, bueno, pues no necesitaría trabajar como un capullo en este rancho.
–Dios mío -dijo Gwen al tiempo que daba un golpe en la mesa con la mano-, nos vamos de Richmond para alejarnos de los supremacistas blancos de instintos asesinos y nos mudamos al lado de una banda de delincuentes.
Se puso en pie, se acercó al fregadero y miró por la ventana.
–Mira, Gwen -dijo Billy-, las personas que viven al lado no tienen nada que ver con nuestra vida, ¿entendido? Ellos van a lo suyo y nosotros a lo nuestro. Si están metidos en algo ilegal, no es problema nuestro, porque Web va a pillarlos, ¿de acuerdo? Nos dedicamos a la cría de caballos, que es lo que querías, ¿entendido?
Ella lo miró con preocupación.
–¿Y tú no lo querías?
Él se echó a reír.
–Oh, claro. Joder, si hasta me gusta limpiar las cuadras -miró a Web durante unos instantes-. Mover estiércol tiene algo de terapéutico -a Web no le pareció que el hombre hablara en serio. Billy apartó la mirada y dijo-:
¡Hombre, mira quién viene por ahí!
Web dirigió la mirada hacia la puerta y vio a Nemo Strait de pie, con el Stetson entre las manos. Observaba a Billy y había adoptado una expresión un tanto desagradable, o eso le pareció a Web.
–¿Listos para salir? – preguntó Billy.
–Sí, he venido a informarte antes de que nos marchemos.
Todos ellos salieron al exterior y bajaron por la carretera principal, donde Web vio una caravana de diez remolques para caballos, algunos sujetos al parachoques y otros de cinco ruedas enganchados a camiones industriales y todos ellos con el logotipo de East Winds grabado.
–Casi todos son remolques nuevos -afirmó Billy-. Costaron una fortuna porque tuvimos que adaptarlos, pero hay que dar una buena imagen, por lo menos eso es lo que me dice la gente. ¿Verdad, Nemo?
–Si tú lo dices, Billy.
Billy señaló los remolques.
–Estos tres están hechos a medida para tres caballos de carga inclinada -
continuó señalando-. Luego tenemos dos Sundowner Pro Stock MP, uno de carga recta con vestidor, un Townsmand de parachoques de tres metros con el joven Bobby Lee sólito en el interior, dos Sunlite 760 y esa cosa enorme
de ahí -señaló el último remolque, un vehículo de aspecto complejo que se parecía más a un autocar para transportar pasajeros que caballos-. Bueno, ésta es la pequeña joya del grupo, aunque de pequeña no tenga nada. Es un Classic Coach Silverado. El compartimiento destinado a vivienda en la parte delantera, el espacio para los arreos y equipamientos varios en el medio y luego la zona destinada a los caballos en la parte posterior. Es una maravilla. Todo en uno.
–¿Adonde se dirigen? – preguntó Web.
–A Kentucky -respondió Gwen-. Celebran una gran venta de yearlings -
señaló los remolques-. Son nuestros mejores yearlings, hay diecinueve en total.
A Web le pareció que hablaba con cierta tristeza. Tal vez para ella fuera como la marcha de otros hijos.
–Es la forma de separar a los hombres de los muchachos -declaró Billy-. Si la venta va bien, el año será bueno. Normalmente voy pero el FBI me ha aconsejado lo contrario -lanzó una mirada a Web-. Así que si las ventas no salen como deberían salir, supongo que vosotros me cubriréis la diferencia.
–No es mi misión -dijo Web.
Billy se mostró conforme.
–Ya me lo imagino. Si esos compradores cabrones escogen nuestros caballos y nos hacen una oferta por debajo del precio real, ya podemos ponernos a vender lápices en las aceras. Estos yearlings son de lo mejorcito que hemos tenido jamás. Pero esos tipos pondrán todos los peros y buscarán todos los defectos posibles y entonces intentarán comprarlos por cuatro chavos y para cuando te das cuenta ya han conseguido al siguiente Secretariat. Bueno, pero esta vez no va a suceder. Ya he pasado por esto en otras ocasiones. Si no cubren reservas que te di, les das por el culo, Strait.
–Sí, señor -asintió Nemo.
Web observó a Gwen mientras se acercaba a uno de los remolques más pequeños y miraba en su interior
–Ahí está Bobby Lee -dijo Billy al tiempo que señalaba el caballo del interior del remolque en el Gwen estaba mirando-. Si la cosa sale bien, con ese caballo ganaremos un pastón. Es especial, y por eso no hace el viaje acompañado de otro caballo. Joder, ya me gustaría a mí recibir un trato así.
Ese es mi problema vivo rodeado de demasiadas personas.
Web se preguntó a quién se referiría el hombre.
–¿Cómo es que no se queda con los caballos y los prepara para las competiciones? – inquirió Web.
–Se necesita un montón de dinero para criar y mantener a los pura sangre para que compitan, por eso la mayoría de los ranchos buenos están gestionados por corporaciones y varias agrupaciones. Tienen un montón de capital que los respalda, y así pueden aguantar en los momentos difíciles.
No podemos competir con eso. East Winds es un rancho de crianza y eso es lo que queremos ser. Créeme, ya es suficiente dolor de cabeza. ¿Verdad, Gwen?
Ella no dijo nada. Web se acercó a Bobby Lee y miró en el interior del remolque Townsmand de tres metros. Las ventanillas traseras del remolque estaban abiertas y Web vio el caballo, empezando por la poblada cola. Strait se acercó.
–Me apena ver marchar a Bobby Lee, es un buen caballo. Ya mide quince palmos. Tiene un bonito pelaje castaño, brillante, y una musculatura que impresiona. Mira qué pecho, y todavía puede crecer mucho.
–Es un animal muy hermoso -Web observó las resistentes cajas de equipamiento soldadas en las paredes interiores del remolque del caballo-.
¿Para qué son?
Strait abrió el remolque y entró en él, apartando a un lado a Bobby Lee con delicadeza. Abrió una de las cajas.
–A la hora de viajar, los caballos son peores que las mujeres.
Sonrió y se hizo a un lado. En el interior de la caja había cabestros, bridas y mantas, aparte de todo tipo de material que un caballo pudiera necesitar.
Strait pasó la mano por el revestimiento de suave caucho del exterior de las cajas.
–Acolchamos los lados para que el caballo no se haga daño contra los bordes.
–No hay mucho margen de error -dijo Web mientras Strait cerraba la caja.
–Hay muchos pequeños detalles que no resultan obvios para quienes no tratan con caballos. Por ejemplo, si llevas un caballo en un compartimiento para dos, tienes que colocar al animal en el lado del conductor para que el peso extra no te arrastre al lateral de la carretera. Estos remolques son muy versátiles. Todas las particiones son extraíbles y pueden recolocarse. Hay que llevar a la yegua detrás y al potro delante, por ejemplo -dio un golpecito en las paredes-. Metal galvanizado, dura mucho más que las personas -
señaló el espacio largo y abierto situado justo delante del caballo-. Y aquí arriba está el comedero y el abrevadero. Y ahí -señaló una puerta lateral-, la trampilla de salida si quieres que el caballo salga rápido sin que te dé coces.
–¿Dónde está el televisor?
Strait se echó a reír.
–Ya me gustaría a mí viajar con la mitad de comodidades de estos animales, aunque si quieres que te sea sincero, con el Silverado ese de ahí, ahora vamos a vivir como reyes. Tiene lavabo propio y cocina, así que se acabaron para siempre los Porta Pottis y la comida rápida. La verdad es que con este vehículo Billy se ha superado, y los chicos y yo le estamos muy
agradecidos.
Web observó el techo del remolque. La cabeza de Bobby Lee casi lo tocaba.
Strait se dio cuenta y sonrió.
– Bobby Lee es un yearling grande y no podemos levantar más el techo.
–¿Cómo es eso?
–Si das a los caballos espacio suficiente se aprovechan. Una vez vi que un caballo al que no le gustaba ir en el remolque daba una voltereta hacia atrás, imagínate, y salía por la parte posterior hasta la carretera, donde le atropelló un camión. No fue nada agradable y a punto estuvo de costarme mi puesto de trabajo. Por eso los caballos se sitúan de cara a la parte delantera del remolque porque, de lo contrario, intentan salir de un salto. Además, todos los remolques están provistos de una puerta de acceso y rampa laterales para poder sacar los caballos por delante en caso de emergencia. Es más rápido, y si intentas sacar a un caballo asustado por detrás en una autovía, a lo mejor acabas con la cabeza en la mano si se pone a dar coces.
¿Comprendes?
–Está clarísimo.
–Sí, son máquinas complejas. Se parecen a mi ex mujer.
Strait volvió a reírse.
Web se abanicó con la mano delante de la nariz.
–Tío, estos remolques huelen que apestan.
–Sí -dijo Strait mientras le acariciaba el cuello a Bobby Lee, salía del remolque y cerraba con el pestillo-, espera a que el caballo haya pasado ahí unas cuantas horas y ya me contarás a qué huele. A los perros les encanta el olor de la mierda de caballo, pero a los humanos no. Supongo que por eso
se nos llama civilizados. Por eso cambiamos los suelos de aluminio por unos de madera, se desaguan mejor, y también por eso esparcimos serrín en el suelo. Se barre con facilidad, con estiércol incluido. Mejor que la paja.
Dejaron a Bobby Lee y regresaron junto a Billy.
–¿Tienes todas las etiquetas de los remolques para la inspección estatal y los papeles de los caballos? – preguntó Billy.
–Sí, señor -Strait miró a Web-. Si cruzas las fronteras de los estados con un puñado de animales, la policía te detiene al azar y no te dejan dar un paso más hasta que comprueban la licencia comercial, los certificados veterinarios de los caballos y todo eso. Les preocupa la propagación de las enfermedades equinas.
–¿Y quién va a quejarse? – intervino Gwen cuando se unió a ellos.
–No, señora -dijo Strait. Inclinó el sombrero-. Bueno, vamos a ver si conseguimos una buena pasta para East Winds.
Strait se subió a uno de los camiones y Web y los Canfield se quedaron observando mientras la caravana de remolques iniciaba la marcha y salía por la carretera principal de East Winds. Web lanzó una mirada a Gwen, que parecía muy disgustada. Billy se dispuso a regresar a la casa.
–¿Estás bien? – le preguntó él.
–Estoy como nunca, Web.
Cruzó los brazos sobre el pecho y se marchó, en dirección opuesta a la casa.
Web se quedó allí de pie, viéndoles tomar rumbos distintos.