El último hombre

David Baldacci · Capítulo 48 de 57

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El último hombre

Capítulo 48

que no le darían a la estatua de la Libertad desde un metro de distancia con un bazuka.

Web se recostó y no dijo nada porque no tenía nada más que añadir sobre el tema. Romano alzó la mirada.

–Claire aparecerá, Web, y quién sabe, a lo mejor ella y tú podéis ser más amigos. Tener una vida como Dios manda.

–¿No crees que ya es demasiado tarde? – le parecía imposible conseguir tal cosa.

–Joder, si no es demasiado tarde para mí, tampoco lo es para ti.

A Web no le pareció que Romano lo dijera con mucha seguridad y los dos hombres se miraron con abatimiento.

Web se puso en pie.

–¿Sabes una cosa, Paulie? Los dos estamos hechos mierda. ¿Y sabes otra cosa más?

–¿Qué?

–Pues que ahora me apetece un montón ir a la tiesta de esta noche.

Capítulo 48

Percy Bates estaba sentado en el centro de operaciones estratégicas de la OFW cuando apareció el hombre. Buck Winters no iba solo. Iba

acompañado de sus dos escoltas habituales y de varios hombres. Bates reconoció a dos de ellos, un joven abogado del FBI y un inspector de la Oficina de Responsabilidad Profesional del FBI, que analizaba cualquier delito cometido por los miembros del FBI. Con una solemnidad exagerada, todos tomaron asiento frente a Bates.

Winters tamborileó la parte superior de la mesa con sus largos dedos.

–¿Qué tal va la investigación, Perce?

–Va muy bien -respondió Bates. Miró a los otros hombres-. ¿A qué se debe todo esto? ¿Vais a iniciar una investigación por vuestra cuenta?

–¿Has sabido algo de Randall Cove últimamente? – preguntó Winters.

Bates miró de nuevo a los otros hombres.

–Oye, Buck, con todos mis respetos, ¿es normal que estas personas oigan ese nombre?

–Todos tienen autorización para ello, Perce. Confía en mí. Les han dado autorización para muchas cosas -Winters lo miró fijamente-. Esto es un desastre absoluto, ya lo sabes.

–Mira, enviaron al ERR, les dispararon y ellos respondieron a los disparos.

Esas normas de combate están clarísimas. No hay nada en los estatutos que diga que nuestros hombres tienen que quedarse parados hasta que los frían a tiros.

–No me refería precisamente a la matanza de la Sociedad Libre.

–Joder, Buck, no fue una matanza. Los Free tenían armas y las utilizaron.

–Ocho muertos, ancianos y jóvenes, y ni una sola baja en el ERR. ¿Cómo crees que lo va a interpretar la prensa?

Bates soltó la carpeta que tenía en las manos junto con la poca paciencia que le quedaba.

–Bueno, si el FBI hace como el avestruz, como es habitual, y permite que los demás controlen los hechos y la caída en espiral, supongo que no demasiado bien. ¿Qué tenemos que hacer para tener una buena «imagen»?

¿Perder unos cuantos hombres en cada misión?

–Otro Waco -dijo el abogado con aspecto poco experimentado al tiempo que movía la cabeza.

–Seguro que sí, capullo -gritó Bates-. No sabes de qué estás hablando.

Cuando pasó lo de Waco tú todavía estabas en la facultad chupándote el dedo.

–Como iba diciendo -continuó Winters tranquilamente-, no me refería a los Free en concreto.

–¿Entonces a qué? – preguntó Bates.

–Oh, no sé, a lo mejor al hecho de que todo el sistema de seguridad del FBI esté en una situación comprometida.

Bates respiró hondo.

–¿Por lo de la consulta de la psiquiatra?

Winters montó en cólera.

–Sí, Perce, desde luego, porque durante Dios sabe cuánto tiempo, los agentes y secretarias y técnicos y vete a saber quién cojones más, pero parece que todos los que tienen problemas mentales en FBI, se han confesado en ese sitio. Y alguien se apoderado de esa información y la ha utilizado para Dios sabe qué. Yo diría que eso pone en peligro nuestra seguridad.

–Ahora mismo estamos buscando a O’Bannon.

–El daño ya está hecho.

–Es mejor que no haberse enterado nunca.

–Pues no lo es con diferencia. Supongo que sabes que dejé constancia hace ya tiempo de que me oponía al uso de psiquiatras y psicólogos externos, por motivos de seguridad como éste.

Bates escudriñó al hombre con recelo. « Por eso vas a aprovechar este desastre para subir unos cuantos escalafones en tu carrera, ¿no, Buck? ¿La oficina del director, quizá? ».

–No, Buck, la verdad es que no lo sabía.

–Consta por escrito -dijo Winters con seguridad-. Compruébalo.

–Estoy seguro de que sí, Buck. El papeleo siempre se te ha dado mejor que a los demás.

« Y poco más se te da bien que tenga algo que ver con ser un verdadero agente del FBI».

–Por esto rodarán cabezas.

« Pero no la tuya».

–¿Qué es eso que he leído de que London participó en el asalto? – preguntó Winters-. Por favor, dime que no es más que un error de imprenta garrafal.

–Estuvo allí -reconoció Bates.

Dio la impresión de que Winters volvía a estar a punto de entrar en erupción. Entonces Bates notó un atisbo minúsculo de satisfacción en las

facciones del hombre y al final comprendió adonde quería ir a parar.

–Bueno, ahora la prensa ya puede crucificarnos -dijo Winters-. El ERR se venga con ancianos y jovencitos. Ése será el titular de los teletipos de mañana. Escúchame bien, Bates, porque no te lo voy a repetir: London está despedido, desde este mismo instante.

Para que resultara más efectista, Winters cogió un lápiz de la mesa y lo partió en dos.

–No puedes hacer eso, Buck. Todavía está bajo inspección.

–Ya lo creo que lo puedo hacer. Tenía un permiso de ausencia oficial que dependía de una investigación para su reclutamiento selectivo -Winters hizo una señal a uno de sus asesores, quien le pasó un expediente. Winters se tomó su tiempo para ponerse unas gafas para leer y luego echó un vistazo al expediente-. Y ahora acabo de descubrir que mientras estaba de permiso pagado le fue asignada una misión de protección relacionada con un tal William Canfield que es el dueño de un rancho de caballos en el condado de Fauquier. ¿Quién la autorizó?

–Yo. El hijo de Canfield fue asesinado por los Free en Richmond. Tres personas relacionadas con ese suceso han sido asesinadas, creemos que por los Free. Eso ya lo sabes. No queríamos que Canfield fuera la víctima número cuatro. Web estaba disponible y Canfield confía en él. De hecho, Web le salvó la vida. Y a mí. Así pues, parecía buena idea.

–Pues no se puede decir que Canfield tenga mucho criterio.

–Y teníamos pruebas directas que relacionaban un camión, alquilado por Silas Free, con las ametralladoras que se utilizaron para tender una emboscada al ERR. Teníamos todo el derecho del mundo a atacarles. Y el asalto estaba autorizado por todas las partes necesarias. Compruébalo en los documentos escritos.

–Ya lo sé. Yo también firmé.

–¿Ah, sí? – inquirió Bates con una expresión extraña-. De hecho yo quería un equipo EAT, Buck. No insististe en que fuera el ERR, ¿verdad? –

Winters no respondió, y justo entonces Bates se dio cuenta exactamente de por qué habían enviado al ERR. Winters quería que ocurriera algo como aquello para avivar su cruzada contra el Equipo de Rescate de Rehenes.

Además, Bates también sabía, porque Winters era muy astuto, que nunca podría demostrarlo.

–No me comunicaron que Web London participaba en el asalto -prosiguió Winters.

–Bueno, eso fue posterior -dijo Bates lentamente. Estaba indefenso en ese sentido y lo sabía.

–Oh, gracias por la explicación, ahora lo entiendo todo. ¿Y quién autorizó la presencia de Web London en el ataque?

–Su comandante, Jack Pritchard, tuvo que dar el visto bueno.

–Entonces también está despedido. Desde ahora mismo.

Bates se puso en pie.

–Por Dios, Buck, no puedes hacer eso. Pritchard se ha pasado veintitrés años en el FBI. Es uno de nuestros mejores hombres.

–Ya no. A partir de este momento, es uno de los peores. Y quedará debidamente explicado en el expediente oficial. Y voy a recomendar que se lo quiten todo, incluida la pensión, por insubordinación, acción perjudicial para el FBI y media docena de cosas más. Créeme, va a ser una medida fácil en cuanto todo esto salga a la luz. Necesitaremos un montón de cabezas de turco.

–Buck, por favor, no hagas eso. De acuerdo, quizás en este caso sobrepasara un poco los límites, pero tiene una lista de menciones de honor que,

apiladas, serían más altas que yo. Ha arriesgado su vida más veces de las que soy capaz de contar. Y tiene mujer y cinco hijos, dos de ellos en la universidad. Esto será su desgracia. Lo matará.

Winters dejó el expediente.

–Ya sé lo que vamos a hacer, Perce, vamos a hacer un trato porque me caes bien y te respeto.

Bates se sentó y sospechó al instante mientras la cobra se disponía a lanzar su ataque letal.

–¿Qué tipo de trato?

–Si Pritchard se queda, London se va. Sin hacer preguntas. Sin pelear, sin defensas. Se larga. ¿Aceptas?

Percy Bates permaneció sentado mientras Buck Winters lo observaba, aguardando una respuesta.

Hacía años que Claire se dedicaba a hacer rechinar los dientes, hasta tal punto que el dentista le había hecho un protector bucal, que usaba por las noches, para evitar que se los desgastara hasta llegar a las encías. Se había preguntado de dónde provenía aquel síntoma de ansiedad; quizá de escuchar los problemas de sus pacientes. Ahora agradecía aquella manía porque había gastado tanto la mordaza que al final la había roto y la había escupido. Sin embargo, por la forma como le habían unido las manos sobre la cabeza, le resultaba imposible quitarse la venda de los ojos. Había intentado frotar la cabeza contra la pared para despojarse de ella hasta que le dio la impresión de que se había arrancado la mitad del cabello. Se desplomó exhausta.

–No se preocupe, señora, yo seré sus ojos -dijo Kevin-. Me tienen encerrado con llave pero me voy acostumbrando.

Cuando se quitó la mordaza empezaron a hablar y Claire ya había descubierto quién era Kevin.

–Web London me habló de ti -dijo ella-. Y he estado en tu casa. Hablamos con Jerome.

Kevin se mostró angustiado.

–Seguro que están muy preocupados. Seguro que la abuelita está a punto de morir de la preocupación.

–Están bien, Kevin. Pero sí que están preocupados. Jerome te quiere mucho.

–Siempre ha sido bueno conmigo. Él y la abuelita.

–¿Sabes dónde estamos?

–No.

Claire respiró hondo.

–Huele a alguna sustancia química. Como si estuviéramos cerca de una tintorería o de alguna fábrica.

Se esforzó por recordar los detalles de cómo había llegado hasta allí. Las carreteras y el terreno por el que el hombre la había transportado le recordaban más al campo que a la ciudad.

–¿Cuánto tiempo llevas aquí?

–No lo sé. Ya no distingo los días.

–¿Alguien ha venido a verte?

–El mismo hombre. No sé quién es. Me trata bien. Pero me va a matar, lo veo en su mirada. Hay que ir con cuidado con los que parecen buenos.

Prefiero a los que gritan y levantan el puño que a los calladitos.

Si no hubiera estado tan nerviosa por la idea de que iban a matarla, Claire habría sonreído ante la madurez que demostraba el niño con aquella afirmación sobre la naturaleza humana.

–¿Cómo te metiste en todo esto?

–Dinero -afirmó Kevin tranquilamente.

–Vimos el dibujo que hiciste, el del mando a distancia.

–No sabía qué iba a pasar. Nadie me dijo nada. Me lo dieron y me dijeron qué debía decir.

–¿Malditos al infierno?

–Sí. Tenía que seguirle por ese callejón y luego, cuando estuviera lo suficientemente cerca del patio, apretar el mando a distancia. Vi a ese hombre, Web, paralizado, y todos sus colegas entraron corriendo en el patio. Web no me vio porque estaba detrás de él. Se levantó y siguió a sus colegas, pero caminaba como si estuviera borracho o algo así. Apreté el botón y luego me quedé atrás.

–¿Porque querías ver qué pasaba?

–Esa gente no me había dicho nada de las armas. Lo juro por la tumba de mi madre. ¡Lo juro!

–Te creo, Kevin.

–Tenía que volver donde estaba, pero no pude. Cuando vi que se moría toda aquella gente… Y luego Web, me gritó. Estuve a punto de tener un ataque al corazón. Me salvó el pellejo. Habría echado a correr si no hubiera sido por él, y también estaría muerto.