El último hombre

David Baldacci · Capítulo 49 de 57

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El último hombre

Capítulo 49

–Web dijo que alguien te cambió por otro niño.

–Es verdad. No sé por qué.

Claire respiró hondo y el fuerte olor químico le invadió de nuevo los pulmones. Entonces se dio cuenta de que era cloro, pero no tenía ni idea de su procedencia. Se sentía totalmente impotente.

Capítulo 49

Web y Romano se encontraron con Nemo Strait cuando subían hacia la mansión para ir a la fiesta.

–¿Qué te ha pasado? – preguntó Romano. Strait llevaba el brazo en cabestrillo.

–He dejado que un caballo se aprovechara de mí. Me dio una coz. Es como si tuviera la clavícula en la garganta.

–¿Te has roto algo? – preguntó Web.

–Me han hecho una radiografía en el hospital de Kentucky y no han visto nada, pero por el momento tengo que llevar esto. Ahora soy un capataz de rancho manco, y a Billy seguro que no le hace ni pizca de gracia.

Billy los recibió cuando llegaron a la casa. Web se sorprendió al ver cómo iba vestido. Llevaba unos bonitos pantalones de sport planchados y una americana azul, iba bien peinado e incluso se había afeitado. No obstante, cuando pasaron por su lado, Web se dio cuenta de que el hombre hacía ya

rato que había empezado a beber para la fiesta.

Billy los condujo hacia la planta baja.

Al lado del bar había dos hombres que Web no conocía. Llevaban ropa cara pero informal de Armani, zapatos Bruno Magli sin calcetines, relojes Tag Heuer y collares de oro que resultaban visibles porque llevaban la camisa más desabrochada de lo normal. Estaban muy bronceados y en forma, eran esbeltos, se habían hecho la manicura y llevaban el pelo perfectamente peinado y, por muchos motivos, la primera impresión de Web fue que eran homosexuales.

Billy se acercó a ellos en compañía de Web y Romano.

–Quiero presentaros a un par de amigos. Giles y Harvey Ransome, son hermanos, no, no están casados -Billy fue el único que se rió de su propio comentario-. Son los vecinos de al lado. Al final he conseguido que vengan a tomar una copa.

Web y Romano intercambiaron una rápida mirada.

–Web London y Paul, no, mejor Paulie -añadió Billy con un guiño-. Del FBI.

Dio la impresión de que los hermanos Ransome querían echar a correr al oír aquello. A Web le pareció que Harvey Ransome estaba a punto de desmayarse.

Web les tendió la mano.

–Esta noche no estamos de servicio.

Los hermanos Ransome extendieron sendas manos con cautela, como si temieran correr el peligro real de acabar esposados.

–Billy no nos dijo que el FBI vendría a la fiesta -dijo Giles al tiempo que

dedicaba una mirada hostil al anfitrión.

–Me encantan las sorpresas -reconoció Billy-. Desde la infancia -lanzó una mirada a Strait-. ¿Qué coño te ha pasado?

–El caballo se ha aprovechado de mí.

–Es el capataz del rancho, Nemo Strait -explicó Billy a los hermanos Ransome-. Me acaba de conseguir una pequeña fortuna en Kentucky vendiendo un montón de carne de caballo a unos mamones.

–Nos ha ido muy bien -manifestó Strait con voz queda.

–¡Joder, qué maleducado soy! – exclamó Billy-. Chicos, necesitáis una copa

-señaló a Web y a Romano-. Sé que os gusta la cerveza. ¿Y tú Nemo, qué quieres?

–Whisky con agua, el mejor remedio contra el dolor.

Billy se colocó tras la barra.

–Tomaré lo mismo que tú -miró hacia las escaleras-. Baja y únete a la fiesta.

Web miró hacia las escaleras pensando que vería a Gwen. No obstante, se encontró con Percy Bates.

–Billy ha tenido la amabilidad de invitarme -explicó en cuanto se reunió con ellos. Le dedicó una sonrisa a Web, pero éste advirtió algo que no le resultaba especialmente agradable.

Cuando todos tuvieron una copa en la mano formaron grupos más pequeños. Web se acercó a los hermanos Ransome y empezó a sondearlos sutilmente para averiguar qué se cocía en Southern Belle, pero los hombres se mostraron sumamente precavidos, lo cual aumentó todavía más las sospechas de Web. Nemo y Romano estaban admirando la colección de escopetas de Canfield, mientras Billy estaba solo poniéndole mala cara al

oso pardo de la esquina.

Todas las cabezas se giraron hacia ella cuando empezó a bajar la escalera.

Si Billy iba más arreglado de lo habitual, su esposa parecía ataviada para asistir a un estreno de Hollywood; llevaba una ropa tan distinta a los vaqueros y botas de montar habituales que parecía otra. El vestido rojo era largo hasta los tobillos y ajustado; la raja le llegaba hasta medio muslo, justo en el lugar en el que se mantenía la decencia pero donde la fantasía masculina empezaba a dispararse. Llevaba unas sandalias con tobilleras que, por lo menos a Web, le sugería la idea de las prácticas sadomasoquistas si es que no se le había ocurrido antes. El vestido no tenía tirantes, sus hombros desnudos bronceados y musculosos conservaban el atractivo femenino a pesar de que estuvieran tensos. El corpiño del vestido era lo suficientemente bajo como para que fuera difícil maniobrar sin enseñar demasiado, y quizás ésa fuera la intención. Llevaba el pelo recogido, joyas de buen gusto y muy poco maquillaje porque no le hacía falta.

Se hizo un silencio absoluto mientras descendía hacia ellos, hasta que Web oyó que Romano susurraba « Amore» antes de tomar un sorbo de cerveza.

–Ahora ya podemos empezar la fiesta -dijo Billy-. ¿Qué quieres tomar, Gwen?

–Ginger Ale.

Billy le preparó la bebida. Lanzó una mirada a los hermanos Ransome.

–Es despampanante -dijo Harvey.

–Una diosa -observó Giles.

–También es mi mujer -le sirvió la bebida-. Nemo se ha dejado atacar por un caballo.

Web se dio cuenta de que ella apenas lo miraba.

–Ya veo -asintió en dirección a los Ransome-:. Creo que no nos conocemos

-dijo con frialdad.

Harvey y Giles se hicieron un lío entre ellos para ver quién de los dos la conocía oficialmente antes.

Web permaneció a un lado observando lo que sucedía a su alrededor. No cabía la menor duda de que la mujer era sumamente hermosa, pero su atuendo, su comportamiento magistralmente calculado, parecía impropio de la Gwen Canfield que él creía haber conocido. Quizá se hubiera equivocado.

No se dio cuenta de que Bates estaba pegado a él hasta que le habló.

–Una fiesta de despedida, supongo.

–Sí, caso cerrado. Los buenos han vuelto a ganar -añadió Web con sequedad-. Ha llegado el momento de emborracharnos y darnos palmaditas en la espalda, al menos hasta que mañana salga toda la mierda.

–Luego tenemos que hablar, es importante.

Web le dedicó una mirada. Para alguien que no le conociera bien, Bates parecía no tener ninguna preocupación en el mundo. A Web, que lo conocía mejor que nadie, le dio la impresión de que estaba a punto de reventar por dentro por el peso de lo que le preocupaba.

–No me digas que he ganado la lotería…

–Supongo que depende de cómo lo mires. Te dejaré decidir. ¿Quieres salir y hablarlo ahora?

Web miró al hombre directamente a los ojos. O sea que era grave.

–No, Perce, ahora mismo sólo quiero disfrutar de la bebida e ir a hablar con

una mujer hermosa.

Dejó a Bates y consiguió apartar a Gwen de las garras de los hermanos Ransome. Se instalaron en un par de sillones de cuero idénticos y Gwen sostuvo la copa sobre las rodillas mientras observaba a su esposo.

–Ya lleva seis horas bebiendo.

–Ya me he dado cuenta.

La repasó con la mirada disimuladamente. Por lo menos eso es lo que pensó hasta que ella lo fulminó con los ojos.

–Una ropa un tanto distinta a la que estás acostumbrado, lo sé -reconoció ella. Se sonrojó un poco al decirlo.

–Hay que lucir lo que se tiene. Me alegro de que no haya otras mujeres porque no habría punto de comparación. No serían como las flores de un papel pintado, serían como la pared por lo que respecta a los hombres.

Ella le dio una palmadita en la mano.

–Qué amable eres. Lo cierto es que voy incomodísima con este vestido; preocupada por si me caigo en cualquier momento porque me moriría de vergüenza, y encima tengo los pies hechos polvo. Estos zapatos italianos son muy bonitos pero es imposible llevarlos cuando calzas más de un 36.

–Entonces, ¿por qué esta vestimenta?

–La ha elegido Billy. No es el tipo de hombre que le dice a su esposa lo que tiene que ponerse -se apresuró a añadir-. Más bien lo contrario.

Normalmente yo le elijo la ropa. Pero quería que estuviera despampanante, eso es lo que ha dicho.

Web elevó su copa.

–Da tu misión por cumplida. Pero ¿por qué?

–No lo sé, Web, la verdad es que no sé qué pasa por su cabeza en estos momentos.

–Quizá tenga algo que ver con la dichosa cinta. Repito que lo siento.

Gwen negó con la cabeza.

–No es sólo eso. Hace tiempo que se está cociendo. Billy ha cambiado durante los últimos meses y no sé muy bien por qué.

A Web le pareció que Gwen sabía por qué, pero que todavía no había llegado al punto de revelárselo a un semidesconocido como él.

–Cada vez se comporta de forma más extraña.

Él la miró con curiosidad.

–¿Y eso?

–Pues está cada vez más obsesionado con los animales disecados, siempre entretenido por ahí abajo. Dios mío, es que es una afición de lo más repulsiva.

–Es muy truculenta.

–Y bebe mucho, incluso para lo que es habitual en él -lo miró y habló en voz muy baja-. ¿Sabes lo que me ha dicho mientras nos vestíamos? – tomó un sorbo de Ginger Ale-. Dijo que tenían que clavar todas las cabezas de los miembros de la Sociedad Libre en un palo y desfilar con ellos, como hacían hace cientos de años.

–¿Por qué? ¿Para dar una lección?

–No.

Los dos alzaron la mirada y vieron a Billy allí de pie. Apuró lo que le quedaba de whisky.

–No, se hace porque el mejor sitio para colocar a los enemigos es delante de ti, para saber en todo momento dónde están exactamente.

–Eso no siempre es fácil de hacer -comentó Web.

Billy sonrió desde detrás de la copa.

–Es cierto. Y por eso a ciertas personas los enemigos les ganan la batalla con más frecuencia de la habitual.

–No fue más que una mirada fugaz, pero Web estaba prácticamente seguro de que Billy miraba a Nemo Strait mientras pronunciaba esas palabras.

Billy levantó la copa.

–¿Quieres otra?

–Todavía estoy con ésta.

–Pues ya me avisarás. Gwen, ¿estás lista para una buena libación?

–Así vestida en un salón lleno de hombres, creo que lo mejor será que me ande con ojo -dijo con una tímida sonrisa.

Web tomó nota mentalmente de que su marido no le devolvió la sonrisa.

Justo antes de que subieran a cenar, Web oyó un grito y volvió la mirada. El mueble de las armas estaba abierto y se veía el cuarto secreto. Harvey y Giles se llevaban la mano al pecho después de dejarse sorprender por el maniquí que Billy había colocado para que pareciera un esclavo. Billy estaba apoyado contra la pared desternillándose de la risa. Web fue incapaz de reprimir una sonrisa.

Tras la cena, el café y las copitas de coñac que Billy insistió en que tomaran todos, se dispusieron a marcharse. Gwen le dio un abrazo a Web y él notó sus pechos blandos contra sus pectorales duros. Le dio la impresión de que sus dedos se aferraban a él más tiempo de lo normal. No supo exactamente cómo reaccionar, y no se le ocurrió decir otra cosa que adiós.

Salieron al exterior. Strait subió a su camioneta y regresó a su casa conduciendo con una sola mano. Una limusina se detuvo en el círculo situado delante de la casa y Harvey y Giles se arrellanaron en su interior. A Web le pareció que los dos habían hecho el ridículo delante de Gwen, pero ella se lo había tomado bien. En ese mismo instante seguro que estaba arriba quitándose las dolorosas sandalias y el incómodo vestido. De hecho, probablemente estuviera desnuda y, casi sin ser consciente de ello, Web se puso a mirar hacia las ventanas de la planta superior… ¿con qué esperanza?, se preguntó. ¿Una visión fugaz? No vio nada.

Bates se acercó a él y a Romano.

–Romano, Web y yo tenemos que hablar.

Romano se limitó a darse la vuelta y marcharse caminando hacia la cochera.

–Bueno, Bates -dijo Web-, ¿qué pasa?

Web permaneció callado hasta que Bates terminó de hablar.

–¿Y Romano? – preguntó por fin.

–Buck no lo ha mencionado, así que imagino que no pasa nada con él.

–Pues dejémoslo así.

–No sé qué hacer, Web. Estoy entre la espada y la pared.

–No, no lo estás. Te lo pondré fácil. Dimito.