El último hombre
Capítulo 15
–¿Estás loco? – Buck Winters miró fijamente a Web, que estaba de pie junto a la puerta de una pequeña sala de conferencias en la Oficina de Campo de Washington. Percy Bates estaba junto a Web-. Sacar y disparar el arma delante de un grupo de periodistas, nada menos, que lo grabaron todo.
¿Es que has perdido el juicio? – repitió.
–¡A lo mejor! – replicó Web-. Quiero saber quién le pasó información a Julie Patterson. Creía que la investigación del Equipo Charlie era confidencial. ¿Cómo coño sabía lo que le dije a los investigadores?
Winters miró a Bates, indignado.
–Bates, fuiste el mentor de este tipo. ¿Cómo es posible que metieras tanto la pata? – volvió a mirar a Web-. Hay mucha gente ocupándose de este asunto.
No te hagas el sorprendido si se filtra información, sobre todo a una esposa que quiere saber qué coño le pasó a su marido. Perdiste la calma, Web, y la cagaste, y no es la primera vez.
–Mira, salí por la puerta y me acosaron, y los míos ni siquiera me echaron una mano. La gente me golpeaba y me chillaban acusaciones en la cara.
Hice lo que cualquiera habría hecho.
–Enséñale lo que ha hecho, Bates -Bates se dirigió hacia la televisión que estaba en el rincón. Cogió el mando a distancia y apretó varios botones-.
Cortesía del departamento de medios -añadió Winters.
La cinta comenzó con Web mirando al interior de la iglesia durante el servicio conmemorativo. En concreto, observaba a Julie Patterson frotándose el vientre sin hijo, chillándole, escupiéndole, abofeteándole con todas sus fuerzas. Y Web permanecía inmóvil, en silencio. Lo que le había dicho a Julie sobre que había hecho cuanto había podido brillaba por su ausencia o, al menos, no se oía. En la cinta lo único que le dijo a Julie Fue:
« Lo siento». Parecía como si Web hubiera disparado a Lou Patterson.
–Y eso no es lo mejor de todo -dijo Winters, que se levantó y le quitó el mando a Bates.
Apretó el botón y Web vio lo que había sucedido frente a su casa. Lo habían montado de tal modo que había desaparecido el ambiente de la escena de la turba, las tomas de la cámara resultaban nítidas y precisas. Los periodistas parecían implacables e incluso avasalladores, pero educados y profesionales. El tipo a quien Web había pegado parecía un auténtico héroe, sin tan siquiera molestarse en ocultar la nariz ensangrentada, ocupado en presentar la locura que el telespectador estaba a punto de presenciar. Y allí estaba Web, como un animal rabioso. Gritaba, insultaba y alzaba el arma.
En el montaje sacaba el arma a cámara lenta para que pareciera una decisión deliberada y no la de un hombre luchando por su vida.
También había varias tomas espeluznantes en las que los vecinos corrían con sus hijos, huyendo de aquel enemigo loco. Y allí estaba Web. Frío, duro, guardando el arma y alejándose del caos que había provocado.
Web nunca había visto nada tan ingenioso pero insustancial, aparte de las películas de Hollywood. Parecía malvado, diabólico, el hombre con el rostro de Frankenstein. La cámara había filmado varios primeros planos de la piel dañada, si bien no se había mencionado el porqué de aquella deformidad.
Web negó con la cabeza y miró a Winters.
–Maldita sea, no fue así. No soy Charlie Manson.
–¡A quién le importa si es verdad o no! – dijo Winters, furioso-. Lo que cuenta es la imagen. Ahora están emitiendo eso en todos los canales de la ciudad. Y también está en Internet. Enhorabuena, eres noticia de primera plana. El director regresó en avión de una reunión de alto nivel en Denver cuando le informaron de lo sucedido. Tu culo peligra, London.
Web se desplomó en una silla y no dijo nada. Bates se sentó frente a él y dio golpecitos en la mesa con un bolígrafo. Winters permaneció de pie, con las manos entrelazadas a la espalda. A Web le dio la impresión de que Winters disfrutaba con todo aquello.
–Bien, ya sabes que el procedimiento habitual del FBI en estos casos es no hacer nada. No es la primera vez que usamos la técnica del avestruz. A veces funciona, a veces no, pero a los de arriba les gusta el modo pasivo.
Cuanto menos se diga, mejor.
–¡Pues enhorabuena a los de arriba! No he pedido a los del FBI que hagan puta cosa por mí, Buck.
–No, Web, no vamos a tomarnos esto a la ligera. No esta vez -intervino Bates, marcando las palabras con los dedos-. Primero, los de relaciones públicas de los medios están preparando un documental con los aspectos más destacados de nuestra organización. Ahora mismo el mundo cree que eres una especie de psicópata. Van a poner de manifiesto que eres uno de nuestros agentes más condecorados. Publicaremos comunicados de prensa que hablarán de ello con todo lujo de detalles. Segundo, aunque le gustaría estrangularte, Buck acudirá a una conferencia de prensa televisada mañana al mediodía para explicar lo más claramente posible que eres un agente excepcional, y también emitiremos el documental que nos ensalza. Y
además daremos algunos detalles sobre lo que sucedió en el callejón y demostraremos que no te diste la vuelta y huiste sino que, sin la ayuda de nadie, acabaste con un arsenal que hubiera liquidado a un batallón del ejército.
–No puedes hacer eso mientras la investigación siga en marcha. Podrías cargarte algunas pistas.
–Estamos dispuestos a correr ese riesgo.
Web miró a Winters.
–¡Me importa una mierda lo que piensen de mí! Sé lo que hice. ¡Y no quiero hacer nada que ponga en peligro la investigación para averiguar quién liquidó a mi equipo!
Winters colocó su rostro a escasos centímetros del de Web.
–Si por mí fuera, ya no estarías rondando por aquí. Pero en el FBI hay quienes te consideran un héroe y se ha decidido que te echemos una mano.
Créeme, me opuse, porque desde el punto de vista de los de relaciones públicas todo eso no beneficia al FBI, sólo es para hacerte quedar bien -
miró a Bates-. Pero tu amigo aquí presente ganó la batalla.
Web, sorprendido, miró a Bates.
–Pero no la guerra -prosiguió Winters-. Y no tengo intención de convertirte en un mártir -Winters observó el lado dañado de Web-. Un mártir desfigurado. Perce te enseñará todas las formalidades por las que tendremos que pasar para enmendar tu error. No pienso estar presente porque sólo pensarlo me da náuseas. Pero escúchame, London, escúchame bien. Pendes de un hilo, y lo que más me gustaría en el mundo es cortarlo. Te vigilaré tan de cerca que contaré cada aliento tuyo. Y cuando la cagues, y la cagarás, entonces te aplastaremos y desaparecerás para siempre, y me fumaré el puro más grande del mundo. ¿Queda claro?
–Sí, mucho más claro que las órdenes que diste durante lo de Waco.
Winters se enderezó y los dos hombres se miraron fijamente.
–Siempre me pregunté, Buck, cómo fue posible que fueras el único de la cadena de mando, perdón, la cadena de caos, que no tuvo que pagar aquel error con su carrera. Mientras hacía de francotirador allí, en un par de
ocasiones llegué a pensar que trabajabas para los Branch Davidian por todas las decisiones de imbécil que tomaste -dijo Web.
–Web, cierra el pico -le espetó Bates. Miró a Winters con inquietud-. A partir de ahora me encargo yo, Buck.
Winters siguió mirando a Web durante unos segundos más y luego se encaminó hacia la puerta, pero se volvió.
–Si me saliera con la mía, no habría un ERR, y algún día me saldré con la mía. ¿Y adivina quién será el primer hijo de puta en desaparecer? ¿Qué te parece esa cadena de mando?
Winters cerró la puerta y Web exhaló un suspiro que ni siquiera sabía que había estado conteniendo.
–Arriesgué el pescuezo por ti, pedí todos los favores que me había ganado en el FBI y has estado a punto de joderlo todo al enfrentarte así a Winters.
¿Es que de verdad eres tan idiota?
–Supongo que sí -replicó Web con insolencia-. Pero yo no pedí nada de todo esto. La prensa puede dejarme en ridículo, pero nada, nada echará a perder la investigación.
–Voy a tener un infarto por tu culpa -Bates se calmó por fin-. Bien, éstas son las órdenes. Desaparecerás de combate durante un tiempo. No vayas a casa. Te traeremos un coche de la flota de automóviles. Lárgate a alguna parte y quédate allí unos días. El FBI correrá con los gastos. Nos comunicaremos por el móvil de seguridad. Échale un vistazo a menudo. Y
aunque hayas quedado fatal en la tele, quedarás mucho mejor cuando contemos nuestra versión. Y si te encuentro cerca de Buck Winters durante los próximos treinta años, seré yo quien te pegue un tiro. ¡Y ahora lárgate de aquí! – Bates se dirigió hacia la puerta, pero Web no se movió.
–Perce, ¿por qué haces todo esto? Arriesgas mucho al defenderme.
Bates observó el suelo durante unos instantes.
–Te parecerá una tontería, y quizá lo sea, pero es la verdad. Lo hago porque el Web London que conozco ha arriesgado su vida por esta agencia muchas más veces de las que recuerdo. Porque te he visto en la cama del hospital durante tres meses sin saber si saldrías de aquélla. Podrías haberte retirado entonces cobrando lo mismo, podrías haberte largado por la puerta grande y dedicarte a pescar o a lo que hagan los agentes del FBI retirados. Pero volviste y te metiste de nuevo en la línea de fuego. No conozco a muchos tipos que lo hayan hecho -respiró hondo-. Y porque sé lo que hiciste en aquel callejón aunque el resto del mundo no. Pero te aseguro que lo sabrán, Web. Ya no quedan muchos héroes. Pero eres uno de ellos. No tengo nada más que decir al respecto. Y no vuelvas a preguntármelo nunca más.
Percy Bates salió de la habitación y Web se quedó allí pensando en el otro lado de aquel hombre.
Era casi medianoche y Web estaba en marcha. Trepaba vallas y pasaba a hurtadillas por los patios de los vecinos. El objetivo era fácil aunque absurdo. Tenía que entrar en su propia casa por la ventana posterior porque los medios seguían amarrados esperando para abordarle. Y luego hundirle.
También había dos agentes de seguridad uniformados del FBI, apoyados por un coche patrulla estatal de Virginia, cuyas luces azules en movimiento se abrían paso en la oscuridad. Web confiaba en que no habría más gentío ni más disturbios. Siempre y cuando nadie le viera entrar por la ventana del baño. Entonces ya no habría nada que hacer.
Web preparó un talego en la oscuridad, arrojó varias balas extra, otros objetos que creía que le serían útiles y salió arrastrándose. Saltó la valla, entró de nuevo en el patio del vecino y se detuvo. Abrió el talego, extrajo un monocular de luz ambiental a pilas que convertía la noche en día, aunque con un tono verdoso, y miró por el mismo. Inspeccionó el ejército acampado frente a su casa y ajustó la lente de aumento para ver mejor. Lo único que querían esas personas era sacar los trapos sucios; les importaba un carajo la verdad, así que Web decidió que la compensación, por muy