El último hombre
Capítulo 47
–¿Está bien, señora? – preguntó Kevin Westbrook.
Capítulo 47
Web empezaba a estar preocupado. Claire no le había llamado, y además él había telefoneado al hotel y no había obtenido respuesta. Llamó a su casa y allí tampoco le respondieron. Tampoco la habían visto en la consulta; no tenía programado a ningún paciente porque era su día libre. Quizás hubiera ido a dar un paseo en coche por el Blue Ridge o algo así, pensó. No le había mencionado que tuviera intención de ir de viaje, pero, aunque se hubiera marchado, ¿por qué no respondía al móvil? Todos sus instintos profesionales le indicaban que algo iba mal.
Dejó a Romano en East Winds y condujo hasta el hotel. No se trataba de un lugar en el que se fijaran expresamente en la entrada y salida de los huéspedes, pero Web lo intentó de todos modos. No obstante, el personal que podría haberla visto entrar la noche anterior todavía no estaba trabajando. Y ninguna de las personas con las que habló recordó a alguien parecido a Claire entrando en el vestíbulo el día anterior. Su coche tampoco estaba en la zona de aparcamiento. Se dirigió a casa de Claire, encontró abierta una ventana trasera y entró por la misma. Web inspeccionó la casa a conciencia pero no vio nada que le indicara su paradero. Encontró una agenda con el número y la dirección de su hija. Estudiaba en California, por lo que no parecía probable que hubiera ido a verla para sólo un día. Web se planteó la posibilidad de llamar a la hija, pero una llamada del FBI pondría innecesariamente histérica a la joven si resultaba que no pasaba nada. Se marchó y se dirigió a la consulta de Claire. O’Bannon no estaba, pero sí otra persona que también trabajaba allí. No había hablado con Claire ni
sabía dónde podía estar.
–Tres intentos y nada -musitó Web.
Se dirigió al mostrador del servicio de seguridad, enseñó la placa y preguntó si había ocurrido algo inusual la noche anterior. El guarda de seguridad enseguida se puso tenso al ver la placa del FBI y repasó las notas que había dejado su compañero del turno de noche. Web había pasado por el mostrador de seguridad con anterioridad, porque los clientes tenían que registrarse, pero no reconoció a aquel guarda. Probablemente los rotaran por muchos edificios.
–Sí, en el registro hay una llamada de la doctora Daniels a las doce y media de la noche. Dijo que se habían apagado las luces de su despacho y el guarda le informó de que todos los sistemas eléctricos funcionaban y que podía tratarse de su cortacircuitos, también le preguntó si necesitaba ayuda -
el joven le leyó todo aquello con una voz trémula no demasiado alejada de la pubertad-. Ella le dijo que no, y eso es todo -alzó la vista del papel-.
¿Quiere que haga algo?
Los grandes ojos del muchacho le estaban suplicando que le pidiera hacer algo. El tipo iba armado y probablemente no debiera, observó Web.
–Sé que lleváis un registro de los visitantes que entran y salen del edificio.
Yo he firmado el registro al entrar.
–Así es.
Web esperó pacientemente unos segundos, pero el joven no lo pillaba.
–¿Puedo ver el registro? – preguntó Web finalmente.
El joven casi dio un salto de la silla. Web se había dado cuenta de que el muchacho se había fijado en su cara y que quizá lo hubiera reconocido por todo lo que había salido en la tele últimamente. Quizá pensara que Web estaba medio loco y que necesitaba que le siguieran la corriente a toda costa
si quería evitar una muerte violenta. En aquel momento a Web aquella imagen no le parecía mal.
–Sí, señor.
Sacó el libro y Web buscó rápidamente por las páginas. El día anterior había habido muchas visitas durante las horas de oficina, pero terminaban a las seis en punto. Miró al guarda.
–¿Y a partir de esa hora? ¿Cuál es el procedimiento de registro?
–Pues es un sistema de tarjeta magnética y las puertas se cierran automáticamente a las seis. Si alguien quiere entrar a partir de esa hora, el inquilino tiene que llamar a seguridad e informar de ello, y cuando llega la visita, llamamos al inquilino para decírselo y tiene que venir a buscarle. O
el visitante puede utilizar un teléfono exterior, identificarse y decir a quién viene a ver. Llamamos al inquilino para que baje. Si el inquilino no contesta o no espera a nadie, no entran, ésa es la norma. Aquí hay despachos del Gobierno y cosas así. Creo que incluso hay algo relacionado con el Pentágono -añadió con cierto orgullo-. Es un edificio muy seguro.
–Claro -dijo Web distraídamente mientras seguía inspeccionando las páginas-. ¿Aquí hay parking subterráneo? – Web siempre había aparcado enfrente.
–Sí, señor, pero funciona con tarjeta magnética veinticuatro horas al día, sólo para inquilinos.
Web tomó nota mentalmente para comprobar si el Volvo de Claire estaba allí.
–¿Entonces los inquilinos pueden entrar y salir por el ascensor que va al parking sin pasar por el mostrador de seguridad?
–Efectivamente, pero sólo los inquilinos.
–¿La puerta del ascensor del parking es normal?
El guarda asintió.
–¿Y si alguien entra en el parking sin coche? ¿Puede subir en el ascensor sin tarjeta magnética?
–Después de las seis, no.
–Pero ¿y durante las horas de oficina? – insistió Web.
–Um, podría ser -reconoció el guarda con voz queda, como si la observación de Web le acabara de destrozar toda su vida profesional.
–Ya veo. Mira, ¿hay alguna forma de poder hablar con el tipo que estaba de guardia anoche, el que habló con Claire?
–Tommy Gaines. Es amigo mío; de hecho empezamos en este trabajo al mismo tiempo, justo al acabar el instituto. El hace el turno de diez a seis -
sonrió-. Seguro que Tommy está en casa durmiendo como un tronco.
–Llámale -dijo Web en un tono que hizo que el joven tomara el teléfono y empezara a marcar.
Localizó a Tommy, y Web cogió el teléfono y se identificó. Notó que Gaines, medio dormido, enseguida se ponía alerta.
–¿En qué puedo ayudarle?
Web le explicó lo que buscaba.
–Me imagino que no viste a Claire Daniels cuando se marchaba.
–No, pensé que se había marchado por el parking, como hace siempre.
Trabajé en el turno de día durante un año, por eso sé quién es. Era una señora muy amable.
–Todavía no está muerta, chico -dijo Web.
–No, señor, no quería decir eso.
–Aquí pone que te llamó anoche a las doce y media. ¿Trabajaba a menudo hasta tan tarde?
–Bueno, yo no lo sé porque no tenía por qué entrar y salir por el vestíbulo principal.
–Entiendo, lo que intento averiguar es si la habías visto aquí hasta tan tarde.
–No, nunca.
–¿Notaste algo extraño cuando te llamó?
–Parecía asustada, pero supongo que si se fuera la luz, yo también me asustaría, y ella estaba sola.
–Claro -Web conocía a mujeres agentes del FBI, del Servicio Secreto y del DEA que partirían por la mitad al joven señor Gaines de un mordisco sin pestañear siquiera-. ¿Dijo que estaba sola?
–¿Cómo? Bueno, ahora que lo pienso, no, no lo dijo. Pero me dio esa impresión porque llamó al mostrador.
–¿Y ahí abajo había luz?
–Sí. Se veían los edificios de enfrente y también tenían luz. Por eso le dije que habría saltado el cortacircuitos. Este edificio está dispuesto de forma que cada unidad dispone de cajas de control para su zona. De este modo si en un despacho se hacen remodelaciones o se tiene que cortar la luz por algún motivo, no afecta al resto del edificio. Hay un interruptor de corriente central para todo el edificio, pero está en un lugar cerrado y el ingeniero es quien tiene la llave.
–¿Y le preguntaste si quería que subieses, pero ella dijo que no hacía falta y que ella misma miraría en el cuartito de la luz?
–Eso es.
–¿Y no volviste a saber nada más de ella?
–Efectivamente.
Web reflexionó unos instantes. En la consulta de Claire había luz, pero quizá valiera la pena volver a echarle un vistazo.
–Oh, agente London -dijo Gaines-. Ahora que pienso, unos veinte minutos después de que llamara, me di cuenta de una cosa.
Web se puso tenso.
–¿De qué cosa? Y cuéntamelo exactamente como lo recuerdes, Tommy.
–Pues subió un ascensor. A esas horas sólo puede ser alguien que tenga tarjeta magnética.
–¿De qué planta salió el ascensor?
–Del parking. Lo vi en el indicador de planta. Estaba en la P2 y subió.
Estaba haciendo la ronda y lo vi claramente.
–Quizá fuera Claire Daniels que se marchaba -intervino el otro guarda.
Web negó con la cabeza.
–La mayoría de los ascensores, sobre todo fuera de horas de oficina, están programados para volver a la planta baja. Si Claire hubiera llamado el ascensor, habría salido de la planta baja no del parking.
–Oh, es verdad -dijo el muchacho, consternado.
–Supongo que también pensé que era la señora Daniels -dijo Tommy Gaines, que sin duda había escuchado la conversación-, porque había llamado hacía poco tiempo y pensé que se había asustado cuando se fue la luz y había decidido irse a casa. Pero tiene razón en lo de los ascensores.
Alguien debió de llamarlo desde la P2 y resulta que yo pasé por el lado cuando subía y pensé que lo había llamado la señora Daniels.
–¿Viste dónde se paró? – preguntó Web-. Si no recuerdo mal, la consulta en la que ella trabaja ocupa la mayor parte de esa planta.
–No, seguí haciendo la ronda. O sea que eso no lo vi, ni tampoco cuando bajó. Pero fuera quien fuese, no salió del vestíbulo porque lo habría visto -
añadió-. Lo siento, es todo lo que sé.
–No pasa nada, Tommy, me has ayudado mucho -miró al joven del mostrador-. Y tú también.
Cuando Web pulsó el botón del ascensor para volver a subir, tenía mucho en qué pensar. O era una coincidencia que alguien subiera veinte minutos después de que Claire hubiera llamado, quizás otro inquilino quemándose las cejas, o es que pasaba algo raro. Teniendo en cuenta las circunstancias, Web tenía que pensar que se trataba de la última posibilidad.
Cuando Web llegó a las dependencias de Claire, preguntó a la misma mujer que le había atendido anteriormente si podía ver el cuartito de la luz.
–Me parece que está ahí -dijo con aire vacilante.
–Gracias.
–¿Cree que le ha ocurrido algo a Claire? – preguntó la mujer con nerviosismo.
–Estoy seguro de que está bien.
Web se acercó al cuartito y lo encontró cerrado con llave. Miró a su alrededor pero la mujer había vuelto a su despacho. Sacó su pequeño kit abrecerraduras y enseguida abrió la puerta. Echó un vistazo. Lo primero que le sorprendió fue que habían arrancado algo de la pared. Había un espacio vacío en el tablero de la luz y en el suelo había cable aislante y restos de material. Web no tenía ni idea si eran recientes o de hacía tiempo. Deseó que no hubiera ocurrido la noche anterior. Cuando giró la cabeza, su experimentada vista reparó en lo que a Claire se le había pasado: el botón de disparo inalámbrico del interior de la jamba, parecido a los que se instalan en las casas para activar una alarma si se abre una puerta y se interrumpe el contacto. Web había visto esos dispositivos infinidad de veces, pero nunca en un cuartito de la electricidad de un edificio de oficinas. Se dirigió a la puerta principal de la oficina y la abrió. Allí no había ningún botón de disparo, en realidad no había ningún panel de seguridad. ¿Por qué había un sistema de seguridad en el cuartito de la electricidad y no en la oficina? Un terror frío se apoderó de él cuando contempló todas las puertas cerradas de aquel espacio. Claire le había dicho que muchos agentes del FBI, cónyuges y otros agentes de la ley recibían allí ayuda terapéutica. Tras esas puertas se revelaba gran cantidad de información íntima y confidencial.
–¡Mierda!
Web fue corriendo a la consulta de Claire. La puerta estaba cerrada con llave. Forzó la cerradura y entró. Vio la linterna en el suelo y ya se disponía a registrar el escritorio cuando se le ocurrió alzar la vista y vio el detector de humos colgando. Estiró la mano para agarrarlo pero se lo repensó al recordar sus años de formación en el FBI. Era una posible escena del crimen, huellas; no debían contaminarse las pruebas. Llamó a Bates, le explicó la situación y el FBI emitió un comunicado de búsqueda para Claire en todos los medios. Bates y un equipo técnico aparecieron al cabo de treinta minutos.
En tres horas registraron meticulosamente toda la consulta e interrogaron a
la gente. Web se quedó sentado en la sala de espera durante todo aquel tiempo. Bates salió lívido.
–No me lo puedo creer, Web, de verdad que no.
–Los detectores de humo eran aparatos de escucha, ¿verdad?
Bates asintió.
–Y de vídeo. Cámaras diminutas.
–¿Tecnología de controlador lógico programable?
Bates asintió de nuevo.
–Como la que utilizan los secretas. Aparatos muy complejos.
–Bueno, supongo que acabamos de encontrar la filtración.
Bates bajó la mirada hacia una lista que llevaba en la mano.
–Supongo que si lo miras uno por uno no parece gran cosa, un agente por aquí, una esposa por allá. Pero lo hemos verificado en la central, donde guardan la relación de todos los pacientes porque el seguro del FBI corre con los gastos y ¿puedes creerte que casi doscientos agentes, cónyuges y otro personal relacionado con el FBI se visitan aquí? Estoy hablando de gente de abajo y de gente de muy arriba. ¿Y quién sabe cuántas personas de otras agencias como el DEA, el Servicio Secreto y la policía del Capitolio?
–Bueno, ir al loquero ya no estaba muy bien visto entre los agentes.
Después de esto supongo que ya se ha acabado.
–O’Bannon tenía autorizaciones de muy alto nivel. Había estado en el Ejército, había trabajado en el FBI de asesor, intachable. O eso es lo que creíamos.
–Un océano de inteligencia -Web meneó la cabeza-. Debbie Riner, Angie Romano y otras. Se supone que los chicos no deben hablar de su trabajo con sus mujeres, pero hablan. Me refiero a que todos somos humanos.
–Por eso debían de saber que ibais a asaltar el lugar aquellanoche e incluso qué equipo iba a ocupar qué posición. Fue un asalto planeado, el período de gestación fue largo. Quizás uno de los chicos se lo contara a la mujer y a ella se le escapó delante de O’Bannon y, bam, quedó grabado en los dispositivos -Bates se tapó el rostro con la mano-. Maldita sea, ¿cómo le digo a Debbie Riner que quizás ayudara a matar a su esposo?
–No hace falta que se lo digas, Perce. No hace falta.
–Pero si no se lo digo, se enterará por otros medios. Además, piensa en las posibilidades de chantaje. ¿Cómo sabemos si ya se ha dado el caso?
–Reconócelo, Perce, es un pulpo con tentáculos que nunca dejan de crecer -
Web lanzó una mirada a la oficina-. ¿Habéis localizado a todo el personal de aquí?
–A todos menos a Claire Daniels.
–¿Y O’Bannon?
Bates se sentó.
–Todo apunta a que estaba implicado en este asunto. Han vaciado sus archivadores. Hemos registrado su casa. También la han vaciado. Hemos emitido órdenes de búsqueda pero si todo esto sucedió anoche nos lleva mucha ventaja. En avión privado ya podría estar fuera del país -Bates se frotó la cabeza-. Esto es una pesadilla. ¿Sabes qué pasará cuando los medios de comunicación se enteren de esto? La credibilidad del FBI caerá por los suelos.
–Bueno, si conseguimos pillar a quien está detrás de todo esto, quizá podamos recuperarla en parte.
–O’Bannon no está precisamente paseándose por aquí para que lo detengamos, Web.
–No me refiero a O’Bannon.
–¿A quién, entonces?
–En primer lugar, deja que te haga una pregunta que probablemente te estimule a pegarme, pero necesito una respuesta clara si pretendes que te ayude.
–Pregunta, Web.
–¿Existe alguna posibilidad de que O’Bannon colaborara con el FBI para pinchar las consultas de forma que la directiva supiera cuáles eran los problemas de los soldados de a pie?
–La verdad es que se me ha pasado por la cabeza. Y la respuesta es que no.
Hay algunos mandamases que también vienen por aquí, no sólo la gente de a pie. Y me refiero a algunos peces gordos, y sus esposas, por cierto, que podrían acabar con cualquiera del FBI si se enteraran de esto.
–Bien, entonces imaginemos que O’Bannon orquestó todo este plan de espionaje. ¿Por qué? No sería para divertirse sino para beneficiarse. Todo acaba reduciéndose a dinero. Vende información a un montón de gente distinta y las operaciones de los agentes de la ley acaban fracasando por todas partes. Quizás alguien le comprara la información a O’Bannon para cargarse a Charlie. Como has dicho, quizás obtuvo los detalles de alguna de las mujeres que recibía como pacientes. Quiero saber quién está detrás de todo esto.
–Pensaba que ya lo sabíamos. Los Free. Ya los hemos trincado.
–¿De verdad te lo crees?
–¿Tú no?
–Da la impresión de que encaja demasiado bien. ¿Tenemos más información sobre lo que puede haberle sucedido a Claire?
–Sí, y no es buena. Menos de una hora después de que se fuera la luz en el despacho de Claire, O’Bannon llegó al parking. Utilizó su tarjeta magnética para entrar así nos dio su identidad y la hora de llegada.
Web se sintió más abatido todavía.
–Disparó la alarma y O’Bannon probablemente tuviera una unidad remota en su casa y recibió la señal. Vino aquí como un bólido.
–Y encontró a Claire.
–Sí.
–Lo siento, Web.
Web regresó a East Winds más deprimido que nunca en su vida. Por muy mal que estuviera la situación en el FBI, le daba exactamente igual. Lo único que le importaba era encontrar a Claire con vida.
Romano estaba limpiando una pistola y se lo quedó mirando cuando Web subía por la escalera de la cochera.
–Tío, estás hecho un asco.
Web se sentó frente a él.
–La he cagado, Paulie.
–Joder, no es la primera vez… -Romano sonrió, pero era evidente que Web no estaba de humor. Romano dejó la pistola y miró a su amigo-. Cuéntame.
–Claire Daniels.
–La loquera.
–Mi psiquiatra -hizo una pausa antes de añadir-: Y mi amiga. Unos tipos la amenazaron pero la dejaron ir. Están relacionados con mi caso, así que corrió peligro por mi culpa. Me pidió ayuda y ¿sabes qué hice? No la ayudé.
–¿Le ofreciste protección?
–Sí, pero no la aceptó. Pensó que la amenaza no era real, lo que me contó parecía tener lógica. Ahora resulta que el tal O’Bannon con el que trabajaba había colocado micrófonos ocultos en las consultas de todos los psiquiatras y obtenía información de los pacientes durante las sesiones. Muchos de esos pacientes eran gente que trabajaba en el FBI. Y gente relacionada con ellos
-añadió. No sabía si Romano estaba al corriente de que Angie era paciente de O’Bannon. Y si no lo sabía, Web no quería ser quien se lo comunicara-.
Probablemente haya estado vendiendo la información al mejor postor dedicado a destruir las operaciones de los agentes de la ley en todas partes.
–¡Joder! ¿Crees que Claire estaba metida en esto?
–¡No! Parece ser que descubrió la verdad y ahora ha desaparecido.
–A lo mejor se ha escondido.
–Habría llamado -Web cerró los puños-. Maldita sea, soy un imbécil por no haberle proporcionado protección veinticuatro horas al día. Ahora es demasiado tarde.
–No estés tan seguro. Por lo poco que la conozco, me da la impresión que sabe cuidarse solita. De camino al rancho hablé un poco con ella y es una tía lista.
–¿Te refieres a que intentaste conseguir asesoramiento psiquiátrico?
–No es lo que buscaba, pero, oye, todo el mundo tiene sus problemas,
¿sabes? Cuando hablé con Claire me hizo ver ciertas cosas. Sobre Angie y yo, por ejemplo.
Web lo observó muy interesado, aunque sólo fuera para olvidarse durante unos momentos de la difícil situación de Claire.
–Bueno, ¿qué pasa contigo y con Angie?
Dio la impresión de que Romano se sentía violento por haber sacado el tema.
–No quiere que siga en el ERR. Está harta de que nunca esté en casa. Me parece que no es de extrañar -añadió con voz queda-: Y los niños se están haciendo mayores y se merecen tener un padre que esté con ellos algo más de un mes al año.
–¿Es lo que te dijo ella?
Romano apartó la mirada.
–No, es lo que yo le dije.
–¿Así que estás pensando en serio en colgar las del 45?
Romano le lanzó una mirada.
–¿Tú nunca te lo has planteado?
Web se recostó en el asiento.
–Hace poco hablé con Debbie Riner y me dijo más o menos lo mismo de Teddy. Pero para mí es distinto, no tengo mujer ni hijos, Paulie.
Romano se encorvó hacia delante.
–Mira, lo cierto es que en los últimos ocho años me he perdido cuatro Navidades, la primera comunión de mis dos hijos, todos los Halloween, un par de días de Acción de Gracias y ¡el nacimiento de mi hijo Robbie! Y ya he perdido la cuenta de los cumpleaños, partidos de béisbol y de fútbol, de los días especiales. Tío, es que mis hijos se sorprenden cuando estoy en casa, no cuando no estoy, porque para ellos lo normal es que no esté -se tocó la zona cercana al ombligo-. ¿Y el disparo que recibí anoche? Me ha salido un morado considerable y me dolió un montón, pero ¿y si hubiera sido unos centímetros más abajo o más arriba y me hubiera atravesado la cabeza? Se acabó. ¿Y sabes qué? No habría mucha diferencia con respecto a estar vivo, al menos para Angie y los chicos. ¿Y qué pasaría luego? Angie volvería a casarse, ya te lo imaginas, y a lo mejor los chicos tendrían un padre de verdad e incluso se olvidarían de que un tal Paul Romano era su padre. Me entran ganas de pegarme un tiro en la cabeza cada vez que lo pienso, Web, de verdad.
Web advirtió que Romano tenía los ojos empañados en lágrimas. El hecho de ver a uno de los tipos más duros que había conocido en su vida abatido por el amor que sentía por su familia fue un golpe más duro que cualquiera de los que pudiera asestarle Francis Westbrook. Romano apartó la mirada rápidamente y se secó los ojos.
Web posó la mano sobre el hombro de Romano.
–Eso no ocurrirá, Paulie, eres un buen padre. Tus hijos nunca te olvidarán -
en cuanto pronunció esas palabras, Web se extrañó. Él había olvidado a su padre por completo. Una fiesta de cumpleaños, a los seis años. Claire le había dicho que su padre y él lo estaban pasando en grande. Hasta que apareció la pasma-. Y estás trabajando para tu patria, no lo olvides -añadió-.
Ya nadie hace nada por servir a su país. Todo el mundo se queja de lo podrido que está, sin hacer nada para mejorarlo. Pero, tío, en cuanto te necesitan, mejor que aparezcas rápido.
–Sí, servir a la patria. Y cargarse a un puñado de paletos y de vejestorios