El último hombre
Capítulo 14
Se había recuperado del todo. Había tardado casi un año, pero nadie podría decir que no se merecía volver a ser el mismo. ¿Qué objetarían esta vez? Ya no se trataba de una cuestión física; todo estaba en su cabeza y, por lo tanto, resultaba mil veces más aterrador.
Web atravesó el cristal de un puñetazo y agrietó la pared de mampostería que estaba detrás.
–No les dejé morir, Julie -dijo al cristal hecho añicos. Se miró la mano. Ni siquiera sangraba. La suerte seguía acompañándole.
Abrió el botiquín destrozado y sacó el frasco de píldoras, todas ellas distintas. Las había reunido con el tiempo de una amplia gama de procedencias; algunas oficiales, otras no. A veces las empleaba para conciliar el sueño. Tenía cuidado, porque había estado a punto de convertirse en un adicto a los analgésicos mientras le reconstruían la cara.
Web apagó la luz y Frankenstein desapareció. Qué coño, todo el mundo sabía que los monstruos se sentían más cómodos en la oscuridad.
Bajó la escalera y, con cuidado, fue colocando en el suelo del sótano todas las botellas de alcohol que tenía y se sentó entre ellas, como un general y sus asesores repasando el plan de ataque. Sin embargo, no abrió ninguna botella. El teléfono sonó durante varios minutos, pero Web no contestó.
Llamaron a la puerta, pero no se levantó para abrir. Se quedó sentado allí con la mirada clavada en la pared hasta que se hizo muy tarde. Hurgó entre las píldoras y sacó una cápsula, la miró y la volvió a guardar en el frasco.
Se apoyó en una silla y cerró los ojos. A las cuatro de la madrugada se quedó dormido en el suelo. Ni siquiera se había molestado en lavarse la cara.
Capítulo 14
Siete de la mañana. Web lo sabía porque el reloj de la repisa de la chimenea estaba dando la hora cuando se incorporó del suelo del sótano. Se frotó la espalda y la nuca; al levantarse golpeó con el pie una de las botellas de vino, que se cayó y se rompió y el Chianti corrió por el suelo. Web tiró la botella a la basura, cogió papel de cocina y limpió el vino derramado. El vino le tiñó las manos de rojo y, durante unos instantes de confusión, llegó a pensar que le habían disparado mientras dormía.
El ruido que se oía al otro lado de la ventana más baja de la parte posterior de la casa le hizo subir corriendo la escalera y empuñar el arma. Web se dirigió hacia la puerta principal con la intención de dar la vuelta y sacarle la pistola a quienquiera que estuviera allí fuera. Quizá fuera un perro callejero o una ardilla, aunque lo dudaba. Los pies humanos que se esfuerzan por estar quietos hacen un ruido particular si se sabe escuchar, y Web sabía escuchar.
Abrió la puerta y la marea de gente se le echó encima y Web estuvo a punto de sacar el arma y disparar. Los periodistas agitaban micrófonos y bolígrafos y hojas de papel y formulaban preguntas tan deprisa que parecían hablar mandarín. Le gritaban que mirara a un lado y a otro para fotografiarle y grabarle, como si fuera una celebridad o, mejor, un animal en el zoo. Web miró detrás de la marea humana, donde las embarcaciones de los medios con sus elevados mástiles electrónicos habían atracado fuera de su humilde morada. Los dos agentes del FBI asignados para la vigilancia de su casa intentaban contener a la multitud, pero era obvio que estaban perdiendo la batalla.
–¿Qué diablos queréis? – gritó Web.
Una mujer con un traje de lino beis y el pelo rubio esculpido se abrió paso y aposentó sus zapatos de tacón en la entrada de ladrillo a escasos centímetros de Web. El intenso perfume le revolvió el estómago vacío a Web.
–¿Es verdad que asegura que se cayó justo antes de que su equipo fuera asesinado pero que no sabe explicar por qué? ¿Es ése el motivo por el que sobrevivió? – preguntó la mujer enarcando las cejas de un modo que daba a entender lo que pensaba de esa absurda historia.
–Esto…
Otro periodista estuvo a punto de meterle el micrófono en la boca.
–Se dice que no llegó a disparar, que la ráfaga de disparos acabó por sí sola y que usted nunca llegó a correr peligro. ¿Qué opina al respecto?
Las preguntas no cesaban a medida que los cuerpos se aproximaban más y más.
–¿Es cierto que cuando trabajaba en la Oficina del FBI en Washington le pusieron en libertad condicional por una infracción que supuso que un sospechoso acabara herido por su culpa?
–¿Qué diablos tiene que ver…?
Otra mujer le dio un codazo desde un lado.
–Sé de buena fuente que el niño al que «supuestamente» salvó era en realidad un cómplice de lo sucedido.
Web la miró fijamente.
–¿Un cómplice de qué? ¿De quién?
La mujer le clavó una mirada penetrante.
–Esperaba que supiera responderlo.
Web cerró de un portazo, corrió hasta la cocina, cogió las llaves del Suburban y volvió a salir. Se abrió paso por entre la multitud e intentó
localizar a los agentes para que le ayudaran. Fueron a su encuentro, apartaron a varias personas, pero Web se dio cuenta de que lo hacían con negligencia y, además, no se atrevían a mirarle. « Con que esas tenemos», pensó Web.
La multitud acabó por cerrar el paso al todoterreno.
–Apartaos -gritó Web. Miró a su alrededor. Todo el vecindario estaba mirando. Hombres, mujeres y niños amigos suyos, o al menos conocidos, contemplaban el espectáculo boquiabiertos y con los ojos desorbitados.
–¿Piensa responder a las acusaciones de la señora Patterson?
Web se detuvo y miró al que le formulaba la pregunta. Era el mismo periodista del servicio conmemorativo.
–¿Piensa hacerlo? – preguntó el hombre en tono grave.
–No sabía que Julie Patterson tuviese autoridad para presentar cargos.
–Dejó bastante claro que usted actuó con cobardía o que estaba implicado.
–No sabía lo que decía. Acababa de perder a su esposo y a un futuro bebé.
–O sea, ¿está diciendo que las acusaciones son falsas? – insistió el hombre al tiempo que acercaba el micrófono. Alguien le empujó por detrás en ese momento y el micrófono golpeó a Web en la boca, que empezó a sangrar.
Antes de que tan siquiera se diera cuenta, Web había disparado el puño y el hombre estaba tendido en el suelo con la mano en la nariz. No parecía enfadado. De hecho, no cesaba de gritar al cámara: « ¿Lo has grabado? ¿Lo has grabado? ».
La multitud se apretujó aún más y Web, en medio de aquel círculo, sintió que lo empujaban a un lado y a otro. Las cámaras le fotografiaban de cerca y le cegaban. Los aparatos de vídeo lo grababan todo, había docenas de voces farfullando a la vez. La gente y las máquinas seguían empujándolo, y
Web tropezó con un cable y cayó al suelo. La multitud se acercó, pero Web se incorporó de inmediato. Aquello se estaba saliendo de madre. Web sintió que un puño huesudo le golpeaba en la espalda. Al volverse, vio que el agresor era un hombre que vivía en la misma calle y a quien Web nunca le había gustado ni como vecino ni como ser humano. Antes de que pudiera defenderse, el hombre se marchó corriendo. Web miró a su alrededor y se dio cuenta de que no sólo estaba rodeado de periodistas ansiosos por ganar el Pulitzer. Aquello era una turba.
–Apartaos -gritó Web. Y luego chilló a los agentes-: ¿Pensáis ayudarme o no?
–Que alguien llame a la poli -dijo la rubia perfumada al tiempo que señalaba a Web-. Acaba de agredir a ese pobre hombre, todos lo hemos visto.
Se agachó para ayudar al periodista al tiempo que decenas de móviles surgieron de los bolsillos.
Web contempló uno de los mayores caos que había visto en su vida. Pero se había hartado. Sacó la pistola. Cuando los agentes del FBI lo vieron, de repente parecieron interesarse de nuevo en Web. Web apuntó al cielo y disparó cuatro veces. La turba se batió en retirada. Algunos se arrojaron al suelo, llorando, suplicando que no los matase, que se limitaban a hacer su trabajo, por terrible que fuera. La rubia perfumada soltó sin miramientos a su querido periodista y corrió como alma que lleva el diablo. Como los tacones se le hundían en el césped húmedo, se los quitó y corrió descalza.
Su rollizo trasero habría sido un buen blanco si Web lo hubiera querido. El periodista con la nariz ensangrentada se arrastraba sobre el estómago al tiempo que gritaba: « ¿Lo estás grabando? Maldita sea, Seymour, ¿lo estás grabando? ». Los vecinos se abalanzaron sobre sus hijos y corrieron hacia sus hogares. Cuando los agentes del FBI se dirigieron hacia Web, éste les dijo: « Ni se os ocurra». Subió al todoterreno y lo puso en marcha. Bajó la ventanilla.
–Gracias por ayudarme -dijo a los dos hombres, y se alejó de allí.