El último hombre

David Baldacci · Capítulo 53 de 57

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El último hombre

Capítulo 53

porque llevaba gafas de sol. Pero inténtalo.

Romano observó la fotografía detenidamente y luego miró a Web boquiabierto.

–Creo que es él.

Web comenzó a correr rápidamente hacia el bosque y Romano le siguió.

–¿Qué coño pasa, Web?

Web no replicó. Se limitó a seguir corriendo.

Capítulo 53

Nemo Strait abrió la puerta del cuarto subterráneo y entró. Claire y Kevin estaban esposados a un enorme perno de hierro de la pared y maniatados con una gruesa cuerda. Strait había ordenado que los amordazaran, pero no que les vendaran los ojos.

–Ya has visto demasiado, doctora -le había explicado a Claire-, pero no importa.

El escalofriante significado no podía haber sido más claro.

Los hombres aparecieron detrás de Strait y se acercaron a Claire y Kevin con más mantas y cuerdas.

–Ayudadnos, ayudadnos -intentó gritar Claire, pero las palabras apenas

resultaban audibles por la mordaza. Opuso resistencia a los hombres, pero en vano. Kevin se limitó a mirar en silencio a los captores, como si comprendiera que finalmente había llegado la hora de morir.

–En marcha -dijo Nemo Strait-. No tenemos toda la noche y quedan muchas cosas por hacer.

Mientras sacaban a Kevin, Strait le dio unas palmaditas cariñosas en la cabeza.

Web miró por todas las ventanas traseras de la casa de Nemo Strait. La camioneta no estaba aparcada delante, pero Web no quería arriesgarse.

Romano comprobaba los laterales y la parte frontal. Al final se encontraron de nuevo.

–Nada. Está vacía -dijo Romano.

–No por mucho tiempo -replicó Web.

Apenas tardaron veinte segundos en abrir la puerta trasera con una ganzúa.

Registraron la casa metódicamente hasta llegar al dormitorio de Strait.

–¿Qué es lo que buscamos exactamente? – preguntó Romano.

Web estaba en el armario del dormitorio y no respondió de inmediato.

Finalmente, salió con una vieja caja de zapatos.

–Tal vez nos sirva.

Se sentó en una silla, junto a la cama, y comenzó a mirar las viejas fotografías.

–Allá vamos. ¿Recuerdas que Strait dijo que fue guardia en un correccional de menores cuando regresó de Vietnam?

–¿Y?

–¿Y adivina quién estaba encerrado en ese correccional por haberle clavado un cuchillo de carnicero a su abuela en la cabeza? Vi el archivo cuando me reuní con Bates en la OFW.

–¿De quién estás hablando?

–De Clyde Macy. Es el tipo de la foto que acabo de enseñarte, el que se hizo pasar por un agente del FBI. Joder, ojalá te hubiera enseñado la foto antes.

Me apuesto lo que quieras a que si comprobáramos las fechas veríamos que Macy y Strait se conocieron allí.

–Pero Macy estuvo con los Free después de eso.

–Y quizá Strait se topó con él y le convenció para que trabajara para él.

–Pero dijiste que Macy era la mano derecha de Westbrook.

–Macy es un aspirante a poli. Creo que hizo de agente secreto y se infiltró en la organización de Westbrook como parte de la red de narcotráfico de Strait.

–¡La red de narcotráfico de Strait!

–Oxycontin. Remolques para caballos, el método idóneo para transportar el material. El remolque de Southern Belle es como un Townsmand auténtico.

Strait tenía uno en East Winds con un doble fondo que elevaba tanto el suelo que un yearling de quince palmos casi tocaba el techo con la cabeza.

Y también había cajas para llevar más drogas. ¿Y las multas por exceso de velocidad? Macy no iba a Southern Belle, venía de aquí. Y estoy seguro de que fue él quien descubrió que Toona le pasaba información a Cove. Usó esa información para tendernos una trampa a Cove y a nosotros y luego se lo contó a Westbrook, que liquidó a Toona.

–¿Crees que Macy fue uno de los que dispararon en el complejo de los Free

y empezaron la matanza?

–Y colocó las drogas allí y todas las otras «pruebas» para que las encontráramos nosotros. Y seguramente robó el camión de Silas. Me apuesto lo que quieras a que también fue quien disparó a Chris Miller, frente a la casa de Cove. Y Strait estuvo en el Ejército y quizá fue así como consiguió las ametralladoras, y es probable que sepa preparar bombas.

–Pero eso significa que los dos estaban relacionados con el trabajito del ERR. ¿Por qué?

Mientras hablaban, Web había estado mirando las fotografías hasta que encontró una que sacó de la caja de zapatos.

–Hijo de puta.

–¿Qué?

Web le dio la vuelta a la fotografía. Se veía a Strait con un uniforme en Vietnam. A su lado había un hombre que Romano no conocía, pero Web sí.

Aunque el tipo era mucho más joven en la fotografía en realidad, no había cambiado tanto.

–Ed O’Bannon. Era el loquero del ejército que ayudó a Strait después de que escapara del Vietcong. Y eso significa que seguramente retienen a Claire, e incluso a Kevin, por aquí cerca. El rancho sería el lugar idóneo para ocultarlos.

–Pero no termino de entenderlo, Web. ¿Por qué habrían de querer Strait y O’Bannon y Macy cargarse al Equipo Charlie? No tiene ningún sentido.

Web caviló al respecto pero no se le ocurrió ninguna respuesta, hasta que bajó la vista y lo vio. Apartó la caja de zapatos, alargó la mano lentamente y recogió el objeto que había caído debajo de la cama.

Sostuvo en alto la cadenita para el tobillo y la iluminó, aunque Web ya

sabía de quién era. Tiró del cubrecama y observó las almohadas con la luz de la linterna. Apenas tardó unos instantes en ver los cabellos rubios. Miró a Romano con incredulidad.

–Gwen.

El remolque dio marcha atrás hasta la sala de máquinas de la piscina. La rampa descendió y uno de los hombres de Strait sacó el trozo de metal largo y dejó al descubierto el espacio del falso fondo, en el que cabía perfectamente una importante remesa de pastillas… o los cuerpos de una mujer y un niño.

Strait supervisaba el traslado de Claire y Kevin al compartimiento. Se resistían y hacían ruido… demasiado ruido.

–Abrid la piscina -ordenó-. Será más fácil si los ahogamos primero. Y más limpio que dispararles aquí.

La cubierta se deslizó hacia atrás y los hombres liberaron parcialmente a Claire y a Kevin de las cuerdas y mantas y los arrastraron hacia el agua.

Entonces se oyó una voz.

–¿Qué estáis haciendo?

Strait y sus hombres giraron sobre sus talones. Allí estaba Gwen, pistola en mano.

–Eh, Gwen, ¿qué haces despierta? – inquirió Strait inocentemente.

Miró a Claire y a Kevin.

–¿Quiénes son, Nemo?

–Un par de asuntillos de los que debo ocuparme. Después podremos cabalgar hacia el horizonte a la luz del atardecer.

–¿Piensas matarlos?

–No, les dejaré declarar para que me pongan en el corredor de la muerte.

Varios de los hombres de Strait se echaron a reír al oír aquello. Strait se acercó más a Gwen, sin desviar la mirada.

–Deja que te pregunte una cosa, Gwen. Dijiste que te ocuparías de London.

Pero hoy le he visto marcharse y estaba en perfectas condiciones.

–Cambié de idea.

–Oh, qué bien, cambiaste de idea. Es decir, te entró miedo y te echaste atrás.

Cuando llega el momento de la verdad, Gwen, no tienes lo que hay que tener para hacer esto. Matar. Por eso necesitas a hombres como yo para que lo hagan por ti.

–Quiero que te marches ahora mismo. Tú y los tuyos.

–Bueno, eso entra en mis planes.

–Sí, pero los «asuntillos» se quedan aquí.

Strait sonrió y se acercó un poco más a Gwen.

–Vamos, querida, sabes de sobra que eso es imposible.

–Te daré una ventaja de doce horas antes de ponerlos en libertad -dijo Gwen.

–¿Y luego qué? Habría que dar muchas explicaciones. ¿Te encargarás tú de dárselas a la pasma?

–No te dejaré que los mates, Nemo. Ya ha muerto demasiada gente. Por mi culpa. Estabas en lo cierto, tenía que haberme liberado del odio hace ya mucho tiempo, pero cuando lo intentaba sólo veía a mi hijo, muerto.

–Mira, el problema es que si los dejo aquí y ellos hablan, la poli nunca dejará de buscarme. Pero si los mato, cuando me esfume a nadie le importará una mierda. Y eso es más que importante, porque cuando me establezca en algún lugar me gustaría quedarme allí, no pienso pasarme el resto de mis días huyendo del FBI.

Miró a uno de sus hombres; estaba colocándose detrás de Gwen.

Gwen sujetó la pistola con firmeza y apuntó a la cabeza de Strait.

–¡Te lo digo por última vez, largo de aquí!

–¿Y qué me dices de tu tajada por el dinero de las drogas?

–Eso fue cosa tuya. Y no la quiero. Ya me las arreglaré yo con los polis.

¡Largo!

–Joder, ¿qué te ha pasado? ¿Has visto a Dios?

–¡Largo de mis propiedades, Strait, ahora mismo!

–¡Cuidado, Gwen! – gritó Web.

La voz los pilló desprevenidos. El hombre que se había colocado detrás de Gwen falló el disparo porque ella se agachó al oír el grito de Web, pero a punto estuvo de dar en el blanco. El rifle de francotirador de Web rugió y el hombre cayó muerto a la piscina, tiñendo al instante el agua clorada de rojo.

Nemo y los suyos se pusieron a cubierto detrás del remolque y abrieron fuego, mientras que Gwen desapareció por entre los arbustos.

Después de salir de la casa de Strait, Web y Romano se habían dirigido al centro ecuestre porque Web quería comprobar algo; sí, Comet tenía una herida en el lomo. Gwen había planeado matarlo pero luego cambió de idea.

¿Por la charla en la atalaya? En tal caso, a Web le hubiera gustado mantenerla diez años antes. No tenía pruebas al respecto, pero parecía claro que Gwen había reclutado a Nemo y a sus hombres para vengarse de la muerte de su hijo. Si había acabado en la cama de Strait por negligencia de Billy Canfield era algo que no sabía.

Cuando se encaminaban hacia la mansión, oyeron ruido en la zona de la piscina y llegaron corriendo a tiempo de oír la conversación entre Gwen y Strait, en la que Gwen admitía que los muertos habían sido obra suya, de su venganza. Ahora se encontraban en medio mismo de un auténtico tiroteo, sin posibilidad de solicitar refuerzos. Y lo peor de todo era que Claire y Kevin estaban atrapados justo en el centro de aquel infierno.

Strait pareció darse cuenta de ello.

–Eh, Web, será mejor que salgas ahora mismo. Si no lo haces, dispararé a la mujer y al niño.

Web y Romano se miraron. Strait no sabía que Romano estaba allí. Romano se volvió para dirigirse hacia la izquierda. Web se desplazó hacia la derecha y luego se detuvo.

–Vamos, Nemo, no tienes ninguna oportunidad, y la caballería está de camino.

–Exacto, soy un hombre desesperado sin nada que perder.

Su disparo estuvo a punto de darle a Claire en la cabeza.

–Mira, Nemo -dijo Web-, dos muertes más no te ayudarán en nada.

Strait se echó a reír.

–Joder, Web, tampoco me perjudicarán…

–Vale, Nemo, explícame la única cosa que no he sabido resolver -dijo Web alzando la voz-. ¿A qué vino el cambiazo de niños en el callejón?

–¿Qué pretendes, que me incrimine? – chilló Strait, y se echó a reír otra vez.

–Mira a tu alrededor… no necesito más pruebas.

–O sea, que si hago lo que dices le hablarás bien de mí al juez, ¿no es eso?

– Strait se volvió a reír.

–No te perjudicaría.

–Bueno, Web, en mi trabajo uno tiende a juntarse con personas interesantes.

Y una de ellas exigía ciertas cosas de forma categórica, y es de esas personas a las que más vale complacer. Es un tipo al que te conviene hacer feliz, ¿sabes a lo que me refiero?

–¿Clyde Macy?

–No pienso decir nombres, Web. No soy un soplón.

–Entonces te ayudaré. Macy es un aspirante a poli. Se muere por demostrar que es el mejor. Se moría de ganas por hacerse pasar por un agente del FBI, llegar a la escena del crimen y largarse después de quitarnos al niño de las manos. Sólo para demostrarse a sí mismo que era capaz de lograrlo.

–Joder, Web, tú serías un buen detective.

–Pero tú no estabas tan seguro. Necesitabas a Kevin y no podías arriesgarte a que Macy no lograse su objetivo y no regresara con Kevin. Primero tenías que utilizar a Kevin en el callejón para que sospecharan de Gran F, y luego le necesitabas para jugar con Gran F y aprovecharte de él. Por eso cambiaste a Kevin por el otro niño. Así, Macy se divierte a costa del FBI y, si no lo consigue, sigues teniendo a Kevin. ¿Estoy en lo cierto?

–Joder, me parece que nunca lo sabremos.

–¿Dónde está el otro niño?

–Ya te lo he dicho, me parece que nunca lo sabremos.

El walkie-talkie de Web le dio la señal. Romano se había apostado.

–Vale, te daré otra oportunidad, Nemo. Tienes cinco segundos para entregarte.

Web no se molestó en contar hasta cinco. Colocó la MP-5 en modo automático, abrió fuego y bombardeó el remolque tras el que Nemo y sus hombres se habían puesto a cubierto.

Strait y los suyos se arrojaron al suelo, todos a la vez, y Romano surgió a sus espaldas.

Al verlo, uno de los hombres se volvió para disparar y se llevó dos balas entre los ojos por las molestias.

–Arrojad las armas. ¡Ya! – ordenó Romano.

Web la vio, pero Romano no porque estaba de espaldas: una pequeña estela de vapor que se elevaba desde el bosque. Vapor causado por el frío que salía del cañón de un arma. Se trataba del típico error de alguien que sabía algo de las operaciones de campo y de los francotiradores, pero que no estaba al tanto de los pequeños y esenciales detalles que realmente importaban. Web, como francotirador, se valdría del aliento para calentar el cañón y eliminar así el vapor.

–Seis en punto, Romano -gritó.

Demasiado tarde. El disparo le impactó en la base de la columna y la elevada velocidad de la bala le derribó.

–¡Paulie! – chilló Web.

Otro hombre se levantó y apuntó al ERR caído, pero Web lo quitó de en medio con el 308. Con una mano sostuvo la MP-5 contra el pecho y con la otra sacó la del 45.

–¡Romano!

Dejó escapar un suspiro de alivio al ver que se incorporaba. Aunque había atravesado el chaleco antibalas, la bala no había logrado atravesar la Link, la tercera pistola del 45 que guardaba en una pistolera especial.

Otro disparo impactó cerca de Web, que se arrojó al suelo mientras Romano se lanzaba a los arbustos. Strait aprovechó la oportunidad para salir corriendo, apresar a Claire y llevarla a rastras hasta el camión enganchado al remolque. Web alzó la mirada y se dio cuenta de lo que Strait intentaba hacer. Web disparó a los neumáticos del camión. Strait soltó una maldición y se alejó arrastrando a Claire.

Web recurrió al walkie-talkie.

–Paulie, Paulie, ¿estás bien? – pasaron varios segundos antes de que Romano respondiera. Le temblaba la voz, pero seguía siendo el mismo Romano de siempre.

–El que me disparó no tenía ni puta idea del descenso de las balas con la distancia. Disparó demasiado bajo.

–Por suerte para ti. Vi el vapor del cañón demasiado tarde. Me juego lo que quieras a que Macy anda por ahí fuera. Strait se ha llevado a Claire. Voy a por ellos. Kevin Westbrook sigue junto a la piscina.

–Esto es cosa mía, Web.

–¿Seguro?

–Seguro, joder, sólo son cuatro contra uno. ¡Vete!

Web se volvió y echó a correr tras Claire y Strait.

Romano había perdido su MP-5, y el rifle de francotirador no le sería muy útil estando tan cerca. Sacó las del 45 e, imitando a Web, frotó una de ellas para que le diera buena suerte. A pesar de la bravuconada, el cuatro contra uno no le dejaba muchas posibilidades. Aunque se cargara a tres de ellos, el cuarto podría liquidarle. Y quedaba el tirador que había estado a punto de matarle. Se agachó y avanzó con cautela junto a los arbustos que bordeaban la zona de la piscina. Le dispararon, pero Romano no abrió fuego porque estaban lejos; los fogonazos le indicaban dónde estaban sus adversarios.

Siguió avanzando y observando. Cuantos más disparos efectuaban, más se cercioraba de que eran principiantes, pero hasta los principiantes tienen suerte, sobre todo cuando son superiores en número. Se agazapó y vio al niño junto a la piscina. Kevin no se movía y Romano pensó que quizás uno de los disparos hubiese dado en el blanco. Pero entonces el niño levantó la cabeza apenas unos centímetros. Romano se puso las gafas de visión

nocturna y entonces vio cuál era el problema de Kevin. Todavía tenía las piernas atadas.

Romano siguió avanzando, distanciándose del enemigo. Quería tener más alcance para así utilizar el rifle. Tenía la mira nocturna y lo único que necesitaría para empezar a trabajar sería un trocito de cabeza. Reduciría el enemigo a tres o quizás a uno y entonces atacaría con las pistolas. En el uno contra uno, Romano siempre ganaba.

Su plan era de manual. Observaría los fogonazos. Seguiría moviéndose. Los flanquearía. Luego atacaría, se cargaría a uno o dos, los otros se acobardarían y se delatarían o quizás intentarían huir corriendo. Entonces utilizaría el rifle. Esperaría a que entraran en la zona mortal y fin de la película.

–Eh, Romano, sal ahora, y sin el arma -gritó una voz.

Romano no replicó. Se tomaba su tiempo para establecer la posición exacta de la voz para silenciarla. Creía que era el peón que había derribado el primer día en el rancho, pero no estaba seguro.

–Romano -prosiguió la voz-, espero que me estés oyendo porque tienes cinco segundos para salir o le pegaré un tiro en la cabeza al niño.

Romano hablaba entre dientes mientras se aproximaba al lugar del que surgía la voz. No quería que el niño muriera, pero tenía la seguridad de que si salía tanto Kevin Westbrook como él morirían. Romano nunca jugaba a ese juego y su única alternativa era intentar matarlos antes de que acabaran con el niño, lo cual resultaba bastante improbable dadas las circunstancias.

–Lo siento, chico -dijo entre dientes mientras avanzaba en posición de disparo.

Era el tipo que Romano había derribado en el centro ecuestre. Se arrastraba sobre el estómago, pistola en mano. Se detuvo, contó hasta cinco en silencio y volvió a gritar: « Ultima oportunidad, ERR». Esperó unos instantes, se encogió de hombros, se incorporó y apuntó a la cabeza de Kevin Westbrook desde detrás de los arbustos. No era un tirador de primera, pero para realizar ese disparo no se necesitaban grandes aptitudes.

El hombre se quedó sin aire cuando otro hombre corpulento salió corriendo de su escondrijo y le embistió con tanta fuerza que aterrizó a unos dos metros, en la cubierta de la piscina. El hombre corpulento corrió hacia donde se encontraba el niño y lo alzó en vilo con uno de sus enormes brazos. Entonces Francis Westbrook echó a correr hacia la oscuridad con su hijo, al tiempo que disparaba hacia atrás por encima del hombro.

Otro hombre salió de su escondrijo y apuntó a la espalda de Westbrook.

Estaba a punto de disparar cuando Romano intervino y se lo cargó de un tiro. No sabía que el hombre corpulento era Francis Westbrook, pero no iba a permitir que nadie le disparara por la espalda. El único problema era que había revelado su posición y recibió un tiro en la pierna por ser un tipo legal. Romano intentó huir arrastrándose, pero se dio cuenta de que había varias pistolas apuntándole. Lo llevaron hasta la cubierta de la piscina, donde lo rodearon tres hombres.

–Joder, parece que, después de todo, el ERR no es tan bueno -dijo uno de ellos. A Romano estas palabras le pusieron nervioso.

–Cárgatelo -dijo otro. Romano apretó los puños.

–Lo mejor será que metamos la cabeza en el agua a este hijo de puta y que lo ahoguemos muy despacio.

Romano alzó la vista y vio que el tipo que acababa de hablar era el mismo a quien Westbrook había arrojado de una patada a la cubierta de la piscina, el mismo sujeto al que Romano había derribado el día que llegó por primera vez a East Winds. Todavía le costaba respirar y sangraba por la nariz debido al golpe.

–¿Qué te parece, Romano? – le preguntó mientras le pateaba en el costado con la bota.

–Buena idea -replicó Romano. Se incorporó repentinamente y le golpeó en la barriga con el hombro, y ambos cayeron al agua. Romano respiró hondo y arrastró al hombre al fondo. Los dos que quedaban en la cubierta hicieron lo que Romano ya habría imaginado. Dispararon al agua, pero Romano y el otro hombre estaban tan hundidos que las balas no les podían hacer daño.

A uno de los tipos pareció ocurrírsele una idea genial. Salió corriendo y apretó el botón para cerrar la cubierta de la piscina. Mientras cubría a Romano y al hombre con quien estaba luchando, Romano, lejos de preocuparse, se dio cuenta de que tenía los medios para salir con vida de aquella situación. Sacó el cuchillo y le cortó el cuello al hombre. El agua se tiñó de rojo. Romano sujetó el cuerpo por las piernas y lo empujó hacia arriba hasta que la cabeza del hombre golpeó la cubierta, como si intentase llegar a la superficie en busca de aire. Entonces oyó lo que esperaba oír: las armas disparando a la cabeza. Hundió el cuerpo, cambió de posición y volvió a empujarlo hacia arriba. Las armas dispararon de nuevo produciendo pequeños chorros de agua propulsada a ambos lados de su cuerpo. Los dos hombres apostados sobre la cubierta seguramente creerían que Romano y el otro hombre estarían muertos. Al menos, en eso confiaba Romano; de hecho, contaba con ello para sobrevivir.

Volvió a hundir el cuerpo y lo soltó. Se hundió lentamente hasta el fondo de la piscina y pasó a acompañar al otro cadáver que allí había, el hombre al que Web había disparado. Ahora Romano tendría que llevar a cabo la parte más peligrosa del plan. Dejó escapar la mayor parte del aire que le quedaba; su cuerpo comenzó a flotar y enganchó el brazo en la abertura del filtro, como si se hubiera quedado atrapado allí después de que le hubieran volado la tapa de los sesos. Mientras la cubierta se abría, confiaba en que los tipos no estuvieran al tanto de lo que le ocurría a un cadáver reciente en el agua, es decir, que se hunde en lugar de flotar. Si le disparaban, podía darse por muerto. Pero no lo hicieron.