El último hombre

David Baldacci · Capítulo 13 de 57

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El último hombre

Capítulo 13

De hecho, a juzgar por sus expresiones era como si Web les estuviera apuntando con una pistola y les dijera que ya podían despedirse del mundo.

–No lo conozco, no lo he visto nunca -se apresuró a contestar la abuela al tiempo que se mecía hacia delante y hacia atrás, como si de repente le doliera algo. Ya no daba la impresión de que pudiera con nadie. Parecía una anciana asustadísima.

Web miró a Jerome, que se incorporó de un salto y desapareció antes de que Web se levantara. Oyó la puerta principal, luego un portazo y a alguien que se alejaba corriendo.

Web volvió a mirar a la abuelita.

–Jerome tampoco lo conoce -dijo la abuela.

Capítulo 13

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La mañana del servicio conmemorativo, Web se levantó temprano, se duchó, se afeitó y se puso su mejor traje. Había llegado el momento de honrar y llorar la muerte de todos sus amigos, y lo único que Web quería hacer era salir corriendo.

Web no había hablado con Bates sobre lo que había averiguado de Romano y Cortez ni tampoco de la visita a la casa de Kevin. Web no sabía muy bien por qué no lo había hecho, pero no estaba de buen humor y sabía que Bates le reprendería por interferir en la investigación. Para Web, Bates había identificado al niño como Kevin Westbrook, lo que significaba que el niño le había dicho su nombre o que Bates lo había averiguado a través de Romano y Cortez si el niño había desaparecido antes de que Bates llegara a la escena del crimen. Web tendría que descubrir cuál de las dos opciones era la real. Si Bates había visto al otro niño, entonces al observar la fotografía de Kevin que le había dado la abuela tendría que haberse dado cuenta de que eran dos niños diferentes.

O sea, que Web había entregado un mensaje a un niño con una herida de bala en la mejilla para que se lo llevara a los del ERR. Ese niño le había dicho a Web que se llamaba Kevin. El mensaje se había entregado, pero al parecer no lo había hecho el mismo niño a quien Web se lo había dado. Eso significaba que entre el momento en que había entregado el mensaje al niño que se hacía llamar Kevin y el instante en que el mensaje fue recibido, habían cambiado al chico por otro niño. Eso sólo podía haber ocurrido en el callejón, entre el lugar en el que estaba Web y la unidad del ERR que se aproximaba. No había mucho espacio, pero el suficiente para realizar el cambiazo, lo que implicaba que otras personas habían estado merodeando por el callejón, esperando a que ocurriera todo aquello, quizás esperando a que sucedieran muchas otras cosas.

¿Estaba planeado el que Kevin apareciera en el callejón? ¿Trabajaba para su hermano, Gran F? ¿Tenía que comprobar que todos los agentes estaban muertos? Y cuando había visto a Web con vida, ¿significaba eso que le había fastidiado el plan a alguien? ¿Y por qué cambiar a un niño por otro?

¿Y por qué el Kevin impostor había mentido y dicho que Web era un

cobarde? ¿Y quién era el trajeado que se había llevado al niño impostor?

Bates no había querido hablar del niño que habían perdido. ¿Era un agente del FBI el trajeado con quien Romano había hablado? Y en el caso de que no lo fuera, ¿cómo era posible que un impostor llegara a la escena del crimen con la documentación y las bravuconadas suficientes como para engañar a Romano y Cortez y largarse sin ningún problema con otro impostor? Resultaba desconcertante, y Web tenía tantas dudas que en su lista de prioridades no figuraba recurrir a Bates en busca de respuestas e información.

Aparcó el Mach One tan cerca de la iglesia como pudo. Ya había muchos coches y quedaban relativamente pocos sitios para aparcar. La iglesia era un sombrío monolito de piedra construido a finales del siglo XIX, cuando el mandamiento arquitectónico era: « Tendrá tu templo de la adoración más torrecillas, balaustradas, columnas jónicas, frontones, arcos, hastiales, puertas y ventanas y fiorituras de mampostería que el de tu vecino».

Era en ese templo sagrado donde presidentes, jueces delTribunal Supremo, miembros del Congreso, embajadores y otros dignatarios de menor categoría, oraban, cantaban y, ocasionalmente, se confesaban. Solían fotografiar o grabar a dirigentes políticos subiendo o bajando los amplios escalones, Biblia en mano y con expresiones temerosas de Dios. A pesar de la separación del Estado y la Iglesia en Estados Unidos, Web siempre había creído que a los votantes les gustaba ver un poco de devoción en los dirigentes que habían elegido. Ningún miembro del ERR había acudido a esa iglesia, pero los políticos necesitaban un lugar importante para pronunciar sus palabras de consuelo. Y el remoto templo religioso cerca de Quantico, donde algunos de los miembros del Equipo Charlie habían rezado, no había estado a la altura de las circunstancias.

El cielo estaba despejado, hacía sol y soplaba una ligera brisa refrescante.

Era una tarde demasiado hermosa para algo tan deprimente como un servicio conmemorativo, o eso pensaba Web. No obstante, subió los escalones de la iglesia, y el sonido de los zapatos relucientes en la piedra parecía el del tambor de una pistola girando, una recámara, una bala, una vida potencialmente destruida. Web suponía que esas analogías tan

violentas habían pasado a formar parte de su vida. Donde otros veían esperanza, él sólo presenciaba la carne viva de una humanidad purulenta y degenerada. No era de extrañar que, dada esa actitud, nunca le invitasen a las fiestas.

Había agentes del Servicio Secreto por todas partes, con sus pistoleras de sobaquera, caras de póquer y auriculares. Web tuvo que pasar por un detector de metales antes de entrar en la iglesia. Enseñó el arma y la documentación del FBI, lo que daba a entender al Servicio Secreto que el único modo en que Web y su arma se separarían era si él moría.

Nada más abrir la puerta, Web estuvo a punto de tropezar con la parte posterior de la masa de gente que había logrado apretujarse allí dentro.

Recurrió a la tosca técnica de mostrar la insignia del FBI y la multitud se apartó para que pasara. En una esquina se había apostado un equipo de rodaje y estaba retransmitiendo el espectáculo completo. Web se preguntó qué idiota lo habría autorizado. ¿Y de quién habría sido la brillante idea de invitar a todo aquel gentío a lo que se suponía que sería una ceremonia privada? ¿Era así cómo los supervivientes recordarían a sus muertos, en un circo?

Con la ayuda de varios compañeros agentes logró llegar hasta uno de los bancos y miró a su alrededor. Las familias estaban en las dos primeras filas, que habían sido acordonadas. Web inclinó la cabeza y rezó una oración por cada uno de los hombres, la más larga para Teddy Riner, uno de los mentores de Web, un agente fuera de serie, un padre maravilloso, un buen hombre en todos los sentidos. Web derramó un par de lágrimas al recordar lo mucho que había perdido en aquellos escasos segundos infernales. Sin embargo, cuando alzó la vista y miró hacia las familias, supo que no había perdido tanto como esas personas.

Los más pequeños comenzaban a asimilar la verdad; Web les oía llorar que papá se había ido para siempre. Y los sollozos y gritos de dolor continuaron durante todos los discursos de siempre, desde las idioteces de los políticos tipo « hay que ponerse duros con el crimen» hasta los pastores que no habían conocido a ninguno de los hombres que elogiaban.

« Hicieron bien su trabajo -le hubiera gustado decir a Web, poniéndose en pie-. Murieron protegiéndonos. No los olvidéis nunca porque, a su modo, fueron inolvidables. Fin del panegírico. Amén. Y, ahora, a emborracharnos».

Cuando finalizó el servicio conmemorativo, los congregados dejaron escapar un suspiro colectivo de alivio. Mientras salía, Web habló con Debbie Riner, intentó consolar a Cynde Plummer y a Carol García y abrazó e intercambió palabras con otras personas. Se puso en cuclillas y habló con los niños, sostuvo entre sus brazos cuerpecitos temblorosos de los que no quería separarse. Ese simple contacto físico hizo que Web estuviera a punto de empezar a berrear como un niño. Aunque casi nunca lloraba, durante los últimos días había derramado más lágrimas que en toda su vida. Y los niños estaban acabando con él.

Alguien le dio un golpecito en el hombro. Mientras se incorporaba y se daba la vuelta, Web pensó que consolaría a otra persona afligida. Sin embargo, la mujer que le clavaba la mirada no parecía necesitar su compasión.

Julie Patterson era la viuda de Lou Patterson. Tenía cuatro hijos y esperaba el quinto, pero perdió al bebé tres horas después de saber que se había convertido en viuda y madre soltera. Bastaba mirar sus ojos vidriosos para saber que se había drogado en grandes cantidades con lo que Web esperaba que fuesen recetas del médico. Y a Web le llegaba el olor del alcohol. Las pastillas y la bebida no eran la mejor combinación en un día como aquél.

De todas las mujeres, Julie era la menos apegada a Web porque Lou Patterson quería a Web como a un hermano y Web había percibido que Julie estaba celosa de esa relación.

–¿De verdad crees que deberías estar aquí, Web? – preguntó Julie.

Se tambaleó sobre los tacones negros, incapaz de fijar la mirada en Web.

Hablaba con voz pastosa; movía la lengua para formar palabras antes de haber terminado de pronunciar otras. Estaba hinchada y pálida, aunque

tenía muchas manchas rojas en la piel. No había tenido el bebé el tiempo suficiente como para que el vientre se le hinchara, y esa oportunidad perdida parecía haber intensificado su dolor. Debería estar descansando en casa y Web se preguntó por qué no lo haría.

–Julie, salgamos fuera para que tomes un poco de aire. Vamos, déjame ayudarte.

–¡Apártate! – gritó Julie lo bastante alto como para que quienes estaban en un radio de unos cinco metros se detuvieran y los miraran. El equipo de televisión también se percató y tanto el cámara como el periodista vieron una mina de oro potencial. El cámara enfocó a Web y el periodista se dirigió hacia él.

–Salgamos, Julie -repitió Web en voz baja, poniéndole la mano en el hombro.

–¡No pienso ir a ninguna parte contigo, cabrón! – apartó bruscamente la mano de Web, quien gruñó de dolor y ahuecó la mano herida junto a su cuerpo. Le había clavado las uñas en el agujero y desgarrado los puntos; comenzó a sangrar.

–¿Qué pasa, te duele la mano, cobarde? ¡Cara de Frankenstein! ¡No te miraría ni tu madre! ¡Monstruo!

Cynde y Debbie intentaron hablar con ella, consolarla, pero Julie las apartó y se acercó de nuevo a Web.

–¿Te quedaste parado antes de que empezase el tiroteo y no sabes por qué?

¿Y luego te caíste? ¿Quieres que nos traguemos ese cuento?

El olor a alcohol era tan intenso que Web tuvo que cerrar los ojos durante unos instantes, lo que aumentó su inseguridad.

–Cobarde. ¡Les dejaste morir! ¿Qué hiciste? ¿Qué hiciste por salvar a Lou, hijo de puta?

–Señora Patterson -dijo Percy Bates, que se había interpuesto entre los dos-.

Julie -dijo con serenidad-, la acompañaremos hasta el coche antes de que empeore el tráfico. He traído a sus hijos.

Los labios de Julie temblaron al oír mencionar a sus hijos.

–¿Cuántos hay? – Bates parecía confuso-. ¿Cuántos niños? – repitió Julie.

Se apoyó una mano en el vientre; las lágrimas habían humedecido distintas partes de su vestido negro. Julie volvió a mirar a Web y prosiguió con sus diatribas-: Se suponía que había de tener cinco. Tenía cinco hijos y un marido. Ahora me quedan cuatro hijos y Lou no está. Lou se ha ido. ¡Y el bebé se ha ido, maldito seas! ¡Maldito seas!

Volvió a subir el tono de la voz al tiempo que trazaba círculos extraños con la mano sobre el vientre, como si frotara una lámpara mágica y pidiera el deseo de recuperar al bebé y a su esposo. El periodista garabateaba frenéticamente.

–Lo siento, Julie. Hice cuanto pude -dijo Web.

Julie dejó de frotarse la barriga y le escupió en la cara.

–Por Lou -le escupió de nuevo-. Por mi pequeño. Púdrete en el infierno.

Púdrete en el infierno, Web London -le abofeteó en la mejilla desfigurada y estuvo a punto de caerse del esfuerzo-. ¡Y ésa va por mí, cabrón!

¡Monstruo… más que monstruo!

Julie se quedó sin fuerzas y Bates tuvo que sostenerla antes de que se desplomara. La llevaron fuera y la multitud, nerviosa, comenzó a dispersarse en grupitos que comentaban lo sucedido. Muchos de los presentes lanzaron miradas enojadas a Web.

Web no se movió. Ni siquiera se había limpiado la saliva de Julie. Tenía la cara roja en la parte donde le había golpeado. Acababa de llamarle monstruo, cobarde y traidor. Ya puestos, podría haberle cortado la cabeza y

habérsela llevado. Web habría matado a golpes a cualquier hombre que le hubiera dicho esas cosas, pero viniendo de una viuda y madre afligida no le quedaba más remedio que aceptar esos insultos; tenía ganas de suicidarse.

Nada de lo que Julie había dicho era cierto, pero ¿cómo rebatirlo?

–Señor, se llama Web, ¿no? ¿Web London? – preguntó el periodista-. Mire, sé que no es el mejor momento, pero las noticias no siempre pueden esperar. ¿Estaría dispuesto a hablar con nosotros? – Web no replicó-. Sólo será un momento -dijo el periodista-. Apenas unas preguntas.

–No -dijo Web, y comenzó a marcharse. Hasta ese momento no había estado seguro de si sería capaz de articular palabra.

–Mire, también hablaremos con la mujer. Y no querrá que el público sólo conozca su versión de los hechos. Le estoy dando la oportunidad de que cuente toda la historia. Lo justo es justo.

Web se volvió y agarró al hombre por el brazo.

–No hay «versiones». Y deja tranquila a esa mujer. Ya ha sufrido bastante.

Déjala en paz. ¡Mantente alejado de ella! ¿Queda claro?

–Sólo hago mi trabajo.

El hombre apartó con cuidado la mano de Web. Miró al cámara.

« Excelente», fue el pensamiento silencioso que pareció desplazarse entre ambos.

Web salió fuera y se alejó rápidamente de la iglesia de los famosos y ricachones. Se quitó la corbata, comprobó que llevaba dinero en la cartera, se detuvo en una tienda de vinos y licores y compró dos botellas de Chianti barato y un paquete de seis cervezas Negra Modelo.

Condujo hasta casa, cerró todas las puertas y bajó las persianas. Fue al baño, encendió la luz y se miró en el espejo. La piel de la parte derecha de la cara estaba ligeramente bronceada, era suave y había varios pelos que no

había apurado bien con la maquinilla. Un buen tipo de piel, no estaba nada mal. « Tipo de piel». Así es cómo tenía que analizarla ahora. Hacía ya mucho que nadie le decía lo guapo que era. Sin embargo, Julie Patterson no había tenido problema alguno en hablar de su cara. « Pero ¿Frankenstein?

Ésa sí que es nueva, Julie», pensó. Dadas las circunstancias, ya no se sentía tan comprensivo respecto a ella. « Habrías perdido a Lou hace mucho si Frankenstein no hubiera hecho lo que hizo a costa de la mitad de la maldita cara. ¿Lo has olvidado? Yo no, Julie. Me la veo todos los días».

Volvió ligeramente la cabeza para ver con claridad la parte izquierda de la cara. Allí no salían pelos y la piel nunca llegaba a broncearse. Los médicos le habían dicho que era posible que ocurriera. La piel estaba tan tensa que parecía que no había bastante. A veces, cuando quería reír o sonreír abiertamente, no podía porque esa parte de la cara se negaba a cooperar, como si le dijera: « Olvídate, colega, ¡mira lo que me hiciste! ». Y el daño había alcanzado el borde del ojo de tal modo que la comisura estaba más cerca de la sien de lo normal. Antes de las operaciones ese rasgo le había otorgado un aspecto un tanto desequilibrado. Había mejorado, pero su rostro siempre resultaría asimétrico.

Debajo del transplante de piel había trozos de plástico y metal que habían sustituido el hueso roto. El titanio que le habían puesto en la cara siempre activaba los detectores de metal de los aeropuertos. « No os preocupéis, muchachos, sólo es el rifle AK-47 que me he metido por el trasero».

Web se había sometido a numerosas operaciones para intentar recuperar sus facciones. Los médicos habían hecho un buen trabajo, aunque siempre considerarían que estaba desfigurado. Finalmente, los cirujanos le habían dicho que ya habían recurrido a todos los milagros médicos posibles, y se habían despedido deseándole lo mejor. Le había costado adaptarse más de lo que se había imaginado, e incluso después de tanto tiempo sentía que no lo había superado del todo. Suponía que se trataba de algo que uno nunca terminaba de superar ya que todos los días te miraba desde el espejo.

Ladeó la cabeza un poco más, se bajó el cuello de la camisa y la vieja herida de bala apareció en la parte baja del cuello. Había entrado justo por

encima del chaleco antibalas y había sido un auténtico milagro que no dañara ninguna arteria vital ni la columna. La herida parecía una quemadura de cigarrillo, una enorme quemadura de cigarrillo en la piel, había bromeado cuando estaba tendido en la cama del hospital con el rostro desfigurado y con dos agujeros. Y todos los compañeros se habían reído con él, aunque había percibido cierto nerviosismo entre las carcajadas.

Estaban seguros de que saldría adelante, y él también. Sin embargo, ninguno de ellos sabía la pesadilla emocional y física que se ocultaba bajo aquellas vendas. Los cirujanos plásticos se habían ofrecido a disimular las heridas de bala, pero Web se había negado. Estaba cansado de que los médicos le quitaran piel de distintas partes de su cuerpo y se la injertaran en otras. Web sabía que ya habían hecho cuanto estaba en sus manos.

Se tocó el pecho a la altura de la «quemadura de cigarrillo». Había entrado por allí y salido por la espalda, evitando el Kevlar por ambos lados, y con la fuerza suficiente como para destrozarle la cabeza a un tipo que estaba detrás de él a punto de clavarle un machete en el cráneo. ¿Quién había dicho que no tenía suerte? Web sonrió.

–Uno tiene la suerte que se busca -le dijo a su reflejo.

El ERR siempre había respetado a Web por el heroísmo que había mostrado esa noche. Había sido en la escuela que la Sociedad Libre había tomado en Richmond, Virginia. Web había pasado hacía poco de francotirador a asaltante y todavía se sentía pletórico, ansioso por demostrar su valía en primera línea. La explosión la había causado una bomba casera arrojada por uno de los seguidores de Free. Habría acabado con Lou Patterson si Web no hubiera saltado y le hubiera apartado de la trayectoria de la bomba. La bola de fuego atrapó a Web indefenso por el lado izquierdo de la cara, lo derribó y fundió el chaleco antibalas con la piel. Se había arrancado el chaleco junto con buena parte de la cara y siguió luchando; la adrenalina que se libera en momentos así fue lo único que le permitió prescindir de aquel terrible dolor.

Los Free habían abierto fuego; una de las balas le atravesó el torso y la otra se le hundió en el cuello. Muchos hombres inocentes habrían perecido de no

ser por lo que Web había hecho después de haber sufrido esas heridas. En lugar de debilitarle, los disparos parecieron insuflarle energía, porque

¡cómo había luchado, acabando con hombres que intentaban matarle a él y a su equipo! Había arrastrado a compañeros heridos hasta lugares seguros, entre ellos al difunto Louis Patterson, quien había recibido un disparo de bala en el brazo momentos después de que Web lo salvara de las llamas. Lo que Web había hecho esa noche superaba con creces el supuesto heroísmo del patio; aquella vez lo habían malherido de verdad, nada de rasguños en la mano ni tiritas. Tanto para los agentes veteranos como para los nuevos, Web era una leyenda. En un entorno sumamente competitivo de machos dominantes, el mejor método para ascender en la jerarquía era la valentía y la valía demostradas en el fragor de la batalla. Y todo aquello sólo le había costado perder parte de su vanidad y casi toda la sangre del cuerpo.

Web ni siquiera recordaba el dolor. Pero cuando se hubo disparado la última bala y hubo caído el último hombre, él también se desplomó. Se había tocado la herida abierta de la cara y había sentido la sangre manando de las dos heridas, y finalmente comprendió que había llegado su hora. Había entrado en estado de shock en la ambulancia y para cuando los médicos de la Facultad de Medicina de Virginia le atendieron, él ya estaba medio muerto. Nadie se explicaba cómo había logrado sobrevivir, Web desde luego no lo sabía. Aunque no era religioso, había empezado a pensar en cosas como Dios.

La recuperación había sido la experiencia más dolorosa que Web había vivido jamás. Aunque era un héroe, eso no garantizaba que fuera capaz de trabajar de nuevo en el ERR. Si no podía con su propio peso, lo rechazarían, por más héroe que fuese… así eran las cosas. Y Web no deseaba unas condiciones distintas. ¿Cuántas pesas levantadas, cuántos kilómetros corridos, cuántas paredes escaladas, cuántos descensos en cuerda desde helicópteros, cuántas balas disparadas? Por suerte, las heridas de la cara no le habían afectado la vista ni la puntería. Si eso te fallaba, quedabas descartado. Sin embargo, el agotamiento psicológico de la recuperación había sido peor que el esfuerzo físico. ¿Dispararía cuando le llamasen? ¿Se quedaría paralizado en una crisis y pondría en peligro a su equipo? Bueno, nunca le había ocurrido, al menos no hasta que llegó a aquel maldito patio.