El último hombre
Capítulo 43
Web trasladó a Claire a su casa, donde recogió algo de ropa y otras cosas, luego la acompañó al coche de ella y la siguió hasta un hotel, donde se registró. Después de que se prometieran mutuamente mantenerse al corriente de cualquier novedad que se produjera, Web se apresuró a regresar a East Winds.
Romano estaba en la cochera.
–Los Canfield están en la casa. No sé qué ha ocurrido pero algo les ha impresionado profundamente. Están blancos como el papel.
–Sé qué pasó, Paulie.
Web le explicó lo de la cinta de vídeo.
–Ya sabes que no pudiste hacer nada al respecto, Web. Me jode haber estado en el extranjero entonces, me hubiera encantado echar el guante a esos tíos -chascó los dedos-. Oh, antes de que se me olvide, Ann Lyle llamó y dijo que necesitaba hablar contigo urgentemente.
–¿Cómo es que me llamó directamente?
–Hablé con ella hace un par de días. Para ver cómo iba la cosa. Le di el número de teléfono de aquí por si necesitaba ponerse en contacto con nosotros.
Web sacó el teléfono y mientras marcaba el número de Ann, preguntó a Romano:
–¿Qué? ¿A Billy le gustó tu 'Vette?
–Mucho, tío, mucho. Me dijo que hace un par de años había tenido la oportunidad de comprar uno por… agárrate fuerte… por cincuenta mil dólares. Cincuenta de los grandes.
–Mejor que Angie no se entere. Ya veo cuatro ruedas y un descapotable convertido en muebles nuevos y cuentas bancarias para ir a la universidad.
Romano se puso pálido.
–Joder, nunca se me había ocurrido. Tienes que jurarme que no se lo dirás, Web. Júramelo.
–Espera, Paulie -Web estaba hablando por teléfono-. Ann, soy Web, ¿qué ocurre?
Ann hablaba en voz muy baja.
–Pasa algo. Por eso estoy aquí hasta tan tarde.
Web se puso tenso. Sabía qué significaba eso.
–¿Una operación?
–Los tipos construyeron un objetivo nuevo en la zona de prácticas hace un par de días y han estado practicando como locos. Los asaltantes han comprobado los equipos de todas las formas posibles desde el domingo y las puertas del comandante llevan cerradas toda la mañana, y ya han desplegado a algunos francotiradores. Ya sabes lo que hay, Web.
–Sí, lo sé. ¿Tienes alguna idea de cuál puede ser el objetivo?
Ann bajó aún más la voz.
–Hace unos días llegó la cinta de una cámara de vigilancia. En ella se ve un
camión estacionado en la zona de carga de un edificio abandonado cerca de donde se produjo el tiroteo. Tengo entendido que la cinta no estaba grabada desde el mejor ángulo, pero me parece que se ve que descargan armas del camión.
Web estuvo a punto de partir el teléfono en dos. Bates no le había informado de aquello.
–¿A nombre de quién estaba matriculado el camión, Ann?
–Silas Free. Es uno de los fundadores de la Sociedad Libre, Web. Menuda estupidez utilizar su nombre real.
« Hijo de puta. Iban a atacar a los Free».
–¿Cómo llegan ahí?
–Aviones militares desde Andrews hasta un viejo aeródromo de los marines cercano a Danville. Vuelan a mil doscientos. Los camiones se han despachado con remolques.
–¿Cuál es la tropa de asalto?
–Hotel, Golfo, Rayos X y Whisky.
–¿Eso es todo? No son todos los efectivos.
–Eco, Yanqui y Zulú están fuera del país en una misión de protección de personalidades. No hay Equipo Charlie. Además, uno de los asaltantes de Hotel se rompió la pierna durante un entrenamiento y Romano está contigo en una misión especial. Ahora mismo estamos un poco bajos de efectivos.
–Voy para allá. No dejes que el tren parta sin mí.
Miró a Romano.
–Di a los muchachos de las verjas que se desplieguen alrededor de la casa y asuman toda la protección.
–¿Adonde vamos?
–Ha llegado el momento de acabar con ellos, Paulie.
Mientras Romano llamaba a los agentes apostados en las afueras del recinto, Web corrió al exterior, abrió el maletero de su Mach y comprobó lo que había dentro. Parecía suficiente. La vida de un agente del ERR exigía llevar ropa para varios días en el maletero, aparte de varios artículos esenciales para cuando les llamaban para salir del país durante una semana o un mes prácticamente sin previo aviso. Web había complementado este aprovisionamiento «normal» con un montón de artículos tomados del almacén de armas del ERR y del alijo que guardaba en casa, que incluía un arsenal formidable. Incluso con sus credenciales del FBI, tendría problemas para justificar tal cantidad de armas ante un agente estatal en un control de tráfico rutinario.
–Bates me lo ocultó -le dijo a Romano en cuanto volvió-. Menudo cabrón.
Encontraron pruebas concluyentes que relacionan a los Free con el ataque al Charlie, con la pista que yo le di, joder. Y ni siquiera iba a invitarnos a la fiesta. Probablemente piense que nos vamos a volver locos y nos carguemos a la gente sin necesidad.
–¿Sabes? – dijo Romano-, eso es un insulto a mi sentido de la profesionalidad.
–Bueno, dile a tu sentido de la profesionalidad que mueva el culo, no tenemos demasiado tiempo.
–¿Por qué no lo has dicho antes? – agarró a Web por el brazo-. Si lo que necesitamos es velocidad, no vamos a ir en ese trasto.
–¿De qué coño estás hablando?
Al cabo de cinco minutos, el deslumbrante 'Vette cargadísimo de armas atravesó a toda velocidad las puertas abiertas de East Winds y se dirigió a la carretera principal.
Se dirigían a Quantico por carreteras secundarias, pero Romano llevó el
'Vette a más de cien por hora casi todo el camino. Tomaba las curvas tan rápido que hasta Web se agarraba al borde del asiento con la esperanza de que Romano no se percatara. Cuando llegaron a la Interestatal 95, Romano cambió de marcha con cuidado y apretó el embrague. Web observó que el velocímetro superaba los ciento sesenta kilómetros por hora. Romano introdujo una cinta de ocho temas, nada más y nada menos, y subió el volumen de la música. Los grandes éxitos de Bachman-Turner Overdrive pronto desgarraron el aire nocturno, porque circulaban con el capó abierto.
Mientras Romano conducía, Web comprobó las pistolas. A pesar de las luces de la autovía estaba muy oscuro, pero conocía perfectamente las armas al tacto.
Dirigió una mirada a Romano, quien sonreía y tarareaba las canciones de BTO mientras « se hacían cargo de la situación». El tío movía la cabeza como si hubiera regresado a la época del instituto y estuviera asistiendo a un concierto de Springsteen.
–Tienes una forma muy curiosa de prepararte para la batalla, Paulie.
–¿Igual que tú, que te dedicas a frotar las armas para que te den suerte? –
Web lo miró sorprendido-. Me lo contó Riner. Se partía de risa.
–Me parece que ya no queda nada sagrado -musitó Web.
Llegaron a Quantico en un tiempo récord. Ambos conocían al centinela que estaba apostado en la entrada este del bulevar del FBI. Y Romano no se molestó en disminuir la velocidad.
–Tres ochos, Jimbo -le gritó cuando pasaron a todo gas, refiriéndose al aviso de crisis que exigía a los miembros del ERR que se presentaran lo antes posible en Quantico.
–¡A por ellos, chicos! – les gritó Jimbo.
Romano estacionó el coche. Sacaron el material y lo trasladaron al edificio de la administración. Romano utilizó su tarjeta de seguridad para abrir la verja y se dirigieron a la puerta principal, donde eran observados por una cámara de vigilancia. Delante de la entrada habían plantado seis árboles en recuerdo a los miembros caídos del Equipo Charlie. Una vez en el interior entraron en el despacho de Ann Lyle. Web se acercó a la puerta y ambos intercambiaron simplemente una mirada. De acuerdo con las normas, Ann no debería haber llamado y contado a Web lo del asalto. Además, él nunca haría nada que pudiera causarle problemas. Sin embargo, ambos sabían que Ann había hecho lo que debía, a la mierda con las reglas.
Web se encontró en el pasillo con Jack Pritchard, su comandante. El hombre miró sorprendido a Web y a Romano cargados con todo el arsenal.
–¡Presentes para la misión, comandante! – dijo Web.
–¿Cómo demonios os habéis enterado de esto? – inquirió Pritchard.
–Sigo siendo miembro del ERR. Huelo estas cosas a kilómetros de distancia.
Pritchard no insistió, aunque echó una mirada en dirección al despacho de Ann Lyle.
–Quiero participar -afirmó Web.
–Eso es imposible -dijo Pritchard-. Sigues estando de permiso con reclutamiento selectivo, y a él -señaló a Romano- lo asignaron a una misión especial de la que ni siquiera yo tenía conocimiento. Venga, largaos de aquí.
El comandante giró sobre sus talones y se dirigió de nuevo a la sala de equipamiento. Web y Romano lo siguieron. Los asaltantes y francotiradores que todavía no habían sido desplegados para la misión estaban allí reunidos,
repasando los últimos detalles. Los francotiradores comprobaban que cada uno de ellos se había aprovisionado con una buena cantidad de munición de la mejor calidad. Estaban poniendo al día los diarios, ajustando el ensamblaje de los disparadores y limpiando las mirillas y los cañones. Los asaltantes inspeccionaban sus armas y comprobaban el material para abrir brechas, las bolsas tácticas y las protecciones anti-balas. El personal de la unidad logística del ERR corría de un lado a otro cargando el material en los camiones e intentando recordar todo lo necesario para que la pequeña invasión tuviera éxito. Todos dejaron de hacer lo que tenían entre manos cuando Pritchard primero y Web después irrumpieron en su espacio.
–Venga, Jack -insistió Web-, tienes equipos desplegados por todas partes, sin contar a Paulie, te falta un tipo en Hotel, seguro que te venimos bien.
Pritchard se volvió rápidamente.
–¿Cómo coño sabes que nos falta un tipo? – era evidente que el jefe del ERR se había hartado de las filtraciones.
Web miró alrededor de la sala.
–Sé contar. Y cuento cinco asaltantes en Hotel. Añádenos a mí y a Paulie y estarás mejor equipado.
–No os han informado, no habéis trabajado con el objetivo de práctica y hace tiempo que no os entrenáis. No vais.
Web se situó frente al hombre y le bloqueó el paso. Jack medía casi un metro ochenta y Web le sacaba unos quince kilos y cinco años, pero Web sabía que si había pelea le iba a caer una buena. Sin embargo, no quería pelea con uno de los suyos.
–Infórmanos por el camino. Muéstranos los puntos de ataque. Tenemos nuestro propio equipo y lo único que necesitamos es Kevlar, traje de vuelo y un casco. ¿En cuántas de éstas hemos participado Paulie y yo, Jack? No nos trates como a unos gilipollas negados recién salidos de la EENA. No
nos lo merecemos.
Pritchard dio un paso atrás y observó a Web durante un minuto que se hizo eterno. Cuanto más rato pasaba, más convencido estaba Web de que Pritchard iba a echarlo de allí. El ERR, al igual que otras unidades semimilitares, no aceptaba la insubordinación.
–¿Sabes qué, Web? Que lo decidan ellos -señaló a los asaltantes.
Web no había imaginado una decisión como aquélla. Pero dio un paso adelante y miró uno por uno a los miembros de Hotel y Golfo. Había luchado codo con codo con la mayoría de ellos, primero como francotirador y luego como asaltante. Por último posó la mirada sobre Romano. Los hombres aceptarían a Paulie sin rechistar. Pero Web era mercancía defectuosa, el tipo que se había quedado paralizado en el peor momento posible, y todos los hombres de aquella sala se estaban preguntando si volvería a pasarle lo mismo y les costaría la vida.
Web había salvado la vida de Romano durante un asalto en un centro de milicianos de Montana. Romano le había devuelto el favor un año después durante una misión de protección de personalidades en Oriente Medio cuando un soldado de a pie de un comando de rebeldes extremistas había intentado atropellar a su grupo con un autobús vacío robado. El rebelde habría conseguido alcanzar como mínimo a Web, pero Romano lo había apartado de la trayectoria del autobús y había disparado al conductor en el entrecejo con una bala de su 45. No obstante, a pesar de todo eso y del tiempo que pasaban juntos últimamente, Web nunca había acabado de conocer al hombre. Cuando recorrió la sala con la mirada, le pareció que los hombres miraban a Romano para que zanjara el asunto y, pese a que el hombre había llevado a Web hasta allí para que participara en el asalto, no tenía ni idea de la decisión que iba a tomar.
Se le quedó mirando mientras Romano le ponía una mano sobre el hombro.
–Web London me puede cubrir en cualquier momento y en cualquier lugar -
manifestó Romano, mirando a sus compañeros de equipo.
En una comunidad de machos alfa como el ERR, bastaba con que un hombre como Paul Romano, temido incluso por los miembros de su propio equipo, pronunciara tales palabras. Cuando terminaron de equiparse, Pritchard convocó a todos los hombres a la pequeña sala de reuniones. Se situó frente a ellos, mirándolos. A Web le pareció que el comandante pasaba más tiempo mirándolo a él que a los demás.
–Ni que decir tiene que esta misión es crítica -afirmó Pritchard-. Todas nuestras misiones lo son. Sé que cada uno de vosotros se comportará de la forma más profesional posible y cumplirá con su deber de acuerdo con sus capacidades -Pritchard empleó un tono artificioso. Parecía nervioso, y había corrido suficientes peligros en su vida como para que Web supiera desde hacía tiempo que el hombre no se dejaba dominar por los nervios.
Web y Romano intercambiaron una mirada. Aquella especie de charla para levantarles la moral se salía de lo corriente. No eran un grupito de muchachos de instituto preparándose para un partido de fútbol.
Pritchard abandonó su actitud severa.
–Bueno, dejémonos de gilipolleces oficiales. Los tipos a por los que vamos esta noche son los sospechosos de haber liquidado al Equipo Charlie. Todos lo sabéis. Esperamos atacarles por sorpresa. Rápido, bien y sin disparos -
hizo una pausa y repasó nuevamente a los componentes del equipo-. Ya sabéis el orden de combate. Esta Sociedad Libre se ha interpuesto en nuestro camino en otra ocasión, en Richmond. Ahí también estaba el equipo Charlie y algunos creen que lo que ocurrió en aquel patio fue un acto de venganza por parte de los Free. No hay rehenes conocidos. La logística de tierra es un poco complicada pero hemos estado en situaciones mucho peores. Llegamos en avión, los camiones nos estarán esperando y actuamos
-Pritchard había empezado a caminar de un lado a otro, pero enseguida paró-. Si esta noche tenéis que disparar, disparad. Si disparan ellos, no hace falta que os diga qué hacer. Pero no os comportéis como imbéciles. Lo último que necesitamos es que los medios de comunicación griten mañana por la mañana que los del ERR se han cargado a unos tipos que no debían.
Si participaron en la liquidación del Equipo Charlie, los detenemos y dejamos que el proceso siga su curso legal. No disparéis, insisto, no disparéis porque estéis pensando en lo que quizás esos tipos les hicieron a seis de los nuestros. Espero más de vosotros. Os merecéis algo mejor. Y sé que saldrá bien -hizo otra pausa y pareció escudriñar los rostros de todos sus hombres y de nuevo a Web le dio la impresión que miraba el suyo más tiempo del necesario. Pritchard acabó diciendo-: Al ataque.
Mientras los hombres salían de la sala en fila, Web se acercó a Pritchard.
–Jack, ya he oído lo que te propones, pero si estás tan preocupado por si alguien pierde los estribos, ¿por qué se tiene que ocupar el ERR de este trabajo? Has dicho que no había rehenes, así que un equipo EAT del FBI podría encargarse de esto con apoyo de los agentes locales. ¿Por qué nosotros?
–Todavía formamos parte del FBI, Web, aunque no lo parezca a tenor de cómo se comportan ciertas personas de por aquí.
–¿Te refieres a órdenes de arriba para que el ERR haga este trabajo?
–Es lo que se hace normalmente, lo sabes tan bien como yo.
–Dadas las circunstancias, ¿pediste que te eximieran de esto?
–Pues en realidad sí, porque personalmente no creo que debamos encargarnos de este tema cuando hace tan poco tiempo que perdimos a nuestros hombres. Y estoy de acuerdo contigo, un equipo EAT podría hacerlo perfectamente.
–¿Y rechazaron tu petición?
–Ya te he dicho que formamos parte del FBI y hago lo que me dicen. ¿Tú querías participar en esto y ahora te echas atrás?
–Nos vemos en O.K. Corral[4].
Unos minutos después se encaminaban a la base de las fuerzas aéreas Andrews, preparados para el combate.
El FBI, según le había dicho uno de sus colegas del ERR a Web, se había planteado la posibilidad de llevar a cabo una orden de registro en el complejo de los Free, pero antes de practicar el registro decidieron que primero el ERR protegiera el lugar. Lo que menos deseaba el FBI era que mataran a un par de agentes mientras intentaban realizar el registro.
Además, el vídeo de las ametralladoras utilizadas para matar a agentes federales que se descargaban de un camión alquilado por Silas Free resultaba bastante condenatorio.
Durante el corto y accidentado vuelo en un avión de transporte militar, Web repasó el orden de las operaciones, que ocupaban cinco párrafos, y él y Romano fueron informados de los detalles más concretos. No habría negociación con los Free y ninguna advertencia de que salieran con las manos arriba. El recuerdo del incidente de la escuela de Richmond y la matanza del Equipo Charlie había excluido tales posibilidades. Esa noche habría menos muertes si el ERR los atacaba sin avisar, al menos eso era lo que los que detentaban el poder habían decidido, y a Web esa decisión le parecía perfecta. El hecho de que no hubiera rehenes conocidos facilitaba la situación aunque, en cierto modo, también la complicaba. La complicaba porque Web todavía se preguntaba por qué no habían recurrido a un equipo EAT del FBI para enfrentarse a la situación. Confió en que se debiera a una combinación entre la fama que tenían los Free de ser sumamente peligrosos y estar muy bien armados y el hecho de que a veces incluso los buenos tenían derecho a hacer justicia. No obstante, había algo que no acababa de encajar.
La información recogida por la OFW durante los últimos meses situaba a los Free en un complejo que habían creado la década anterior a unos sesenta y cinco kilómetros al oeste de Danville, Virginia, en una zona muy aislada del estado rodeada de bosques en su mayor parte. Los francotiradores de
Whisky y Rayos X montaban guardia desde hacía veinticuatro horas junto con los agentes de la OFW y les habían estado proporcionando información valiosa desde entonces. De hecho, ya hacía algún tiempo que los planes para el objetivo estaban en la base de datos del ERR, que había reconstruido el interior de la escuela en la zona de aparcamiento trasero y se había entrenado con algo más que la energía y resolución habituales del grupo.
Aunque no había ningún miembro del ERR que abriera fuego conscientemente a no ser que él, otro miembro del equipo o una persona inocente corriera peligro, no había ni un solo agente del ERR que no deseara, al menos en parte, que los Free intentaran responder al ataque. Web pensó que quizás en aquel grupo se incluía al comandante Jack Pritchard, a pesar de su apasionado discurso especificando lo contrario.
Aterrizaron, se subieron a los camiones, que acababan de descargar de un vehículo de transporte especial, y se dirigieron a la zona de escala preliminar, donde entablaron contacto con la policía local y el personal de la OFW que encabezaba la misión. Web se volvió y se puso a toquetear algo de su equipo cuando vio a Percy Bates saliendo de uno de los Bucar para hablar con Pritchard. En aquel momento a Web no le hacía falta tener un encontronazo con Bates por infinidad de motivos, aunque el principal era que no estaba seguro de poder reprimir el puñetazo que le asestaría al hombre por no haberle avisado del ataque. Probablemente Bates intentaba proteger a Web, quizá de él mismo, pero Web habría preferido tomar esa decisión por sí solo.
Condujeron hasta la última parada y recibieron las últimas órdenes. Había llegado el momento de dirigirse al objetivo. Avanzaron con rapidez por oscuras carreteras rurales. El Equipo Hotel iba en un Suburban y se acercaba al complejo de los Free por detrás, mientras que el Golfo iba por la izquierda. La topografía exigía que los equipos de asalto se orientaran por bosques oscuros y frondosos. Aquello no suponía un gran problema, puesto que disponían de gafas de visión nocturna. Justo antes de que las puertas del camión se abrieran, Romano se persignó. Web estuvo a punto de decir lo que siempre le había dicho a Danny García, que Dios no iba por allí y que estaban solos, pero no dijo nada. No obstante, hubiera preferido que Romano no hubiera hecho la señal de la cruz. Aquello empezaba a parecer
demasiado familiar y, por vez primera, Web empezó a preguntarse si estaba en condiciones de participar en el ataque. Las puertas se abrieron antes de que pudiera seguir pensando en aquello, salieron al bosque y luego se detuvieron, se pusieron en cuclillas e inspeccionaron el terreno que tenían por delante.
A través del micrófono que llevaba incorporado, Web escuchó la información que los francotiradores le proporcionaron sobre lo que les esperaba. Web reconoció la voz de Ken McCarthy de Rayos X. El indicativo de llamada de McCarthy era Sierra Uno, lo cual significaba que tenía el puesto de observación más elevado como francotirador. Web se lo imaginó sentado a horcajadas en una rama gruesa de uno de los enormes robles que rodeaban el complejo. Esa posición le permitiría dominar toda la zona, disfrutar de una buena línea de fuego y ofrecer la máxima desenfilada, o posición para la cobertura y la ocultación. Estaba claro que los Free se encontraban en el interior del complejo. De hecho, la mayoría de ellos vivía allí. Los francotiradores habían contabilizado por lo menos diez personas. El complejo vallado estaba formado por cuatro edificios. Tres eran viviendas y el cuarto era una construcción grande estilo almacén donde los hombres celebraban sus reuniones y trabajaban en actividades tales como fabricar bombas y planear cómo matar a personas inocentes, sin duda, pensó Web. En ese tipo de reductos siempre había perros. Los canes siempre resultaban un problema, no tanto porque supusieran un peligro personal a los agentes del ERR, puesto que ni el perro más fiero podía atravesar con la dentadura el Kevlar ni resistir una bala, sino porque enseguida alertaban de la presencia de extraños. Afortunadamente, por lo menos hasta el momento, allí no había perros; quizás alguno de los Free les tuviera alergia. El armamento que habían visto estaba compuesto principalmente por pistolas y escopetas, aunque un joven de unos diecisiete años, según McCarthy, llevaba una MP-5.
Había dos centinelas en el exterior, uno en la parte delantera y otro en la trasera, armados con pistolas y con expresión aburrida, según había informado McCarthy con ironía. Tal como era habitual en el ERR, el francotirador que los vio por primera vez asignó nombres identificadores a los centinelas. El guarda de la parte delantera se llamaba Shaq Pálido,
porque guardaba cierto parecido con el gran jugador de baloncesto, pero, por supuesto, era blanco, dado que los Free no iban a rodearse de personas de otro color. El de atrás recibió el nombre de Gameboy, porque McCarthy vio que le sobresalía una consola de dicha marca del bolsillo delantero. Los francotiradores también habían advertido que ambos centinelas llevaban teléfonos móviles provistos de un dispositivo de walkie-talkie. Aquello suponía una complicación puesto que enseguida podían informar de los problemas a los cómplices del interior.
El Equipo Hotel se desplegó por el bosque con gran cautela. Sobre los uniformes de vuelo llevaban camuflaje de rayos infrarrojos, una especie de guardapolvo verde estampado que descomponía el perfil nocturno de cada hombre. Aunque todavía no veían el complejo, los Free podían haber apostado piquetes adicionales entre el espeso follaje o incluso bombas trampa que los francotiradores no habían visto, por poco probable que fuera. Las gafas de visión nocturna de Web convertían la noche en día, pero mantenía un ojo cerrado y supuso que los demás hacían lo mismo para evitar el posterior ardor naranja. Llegaron a otro punto de parada y Web se levantó las gafas y parpadeó con rapidez para reducir los efectos de las lentes de alta tecnología. Ya le había empezado a doler la cabeza. En el momento del ataque, Romano iría por delante y Web cerraría la marcha.
Aunque Romano no había practicado aquella misión con el equipo, seguía siendo el mejor asaltante que tenían. Web deslizó la mano por el cañón corto de la metralleta MP-5 que llevaba. No cargaba el rifle SR75 habitual porque, después de utilizarlo en aquel patio, se veía incapaz de volver a levantar la dichosa arma. Primero tocó la pistola del 45 que llevaba en la funda táctica y luego la ametralladora gemela que le colgaba del hombro y le cruzaba la placa antitraumatismos; esbozó una sonrisa forzada cuando vio que Romano le había visto haciéndolo y levantó el pulgar en señal de aprobación.
–Ahora somos a prueba de balas, grandullón -dijo Romano. Web pensó que probablemente su compañero siguiera pensando en cómo afrontar aquella misión a lo grande.
Las pulsaciones de Web todavía no llegaban a sesenta y cuatro y se
esforzaba sobremanera por alcanzar dicha cifra. Se frotó los dedos contra la palma de la mano y se sorprendió al sentir el sudor, puesto que la noche era fresca. No obstante, los treinta kilos de equipamiento y el chaleco antibalas daban la sensación de encontrarse en una pequeña sauna personal. Llevaba cargadores de pistola colgados del cinturón y munición de repuesto para la MP-5 en las musleras, junto con explosivos cegadores y varias cargas que podría necesitar o no esa noche, nunca se sabía. De todos modos, esperaba que el sudor no fuera un indicativo de los nervios, que podrían hacer que la cagara en el preciso momento en que necesitaba ser perfecto.
Avanzaron de nuevo y se acercaron al límite del bosque. A través de las gafas Web veía claramente el complejo de los Free. Para garantizar que los comunicados eran cortos y que todo el mundo seguía por la misma página, la primera planta de un objetivo siempre se llamaba Alfa y la segunda Bravo, según la jerga del ERR. La fachada del edificio era blanca; el muro derecho rojo, el izquierdo verde, y la parte posterior negra. A todas las puertas, ventanas y otras aberturas se les asignaban números consecutivos empezando por el acceso situado más a la izquierda. Así pues, Gameboy estaba situado en el exterior de la verja aproximadamente a nivel Alfa acceso tres negro, mientras que Shaq Pálido estaba a nivel Alfa acceso blanco cuatro. Web observó a Gameboy a través de las gafas y rápidamente lo catalogó como poco experto, aparte de totalmente descuidado. Su apreciación quedó reforzada cuando el tipo se sacó la Gameboy del bolsillo y se puso a jugar.
En el edificio principal del complejo había luces encendidas. La luz debía de proceder de generadores portátiles porque no se veían postes de electricidad. Si los hubiera habido, el ERR habría encontrado el transformador que suministraba la energía y lo habrían desconectado antes del ataque. Pasar de la luz a la oscuridad desorientaba y eso habría dado al ERR la ligera ventaja necesaria para imponerse sin sufrir pérdidas.
Como sólo había dos equipos de asalto, los francotiradores estaban preparados para enfundarse los trajes de vuelo Nomex, y ayudar en el ataque. Cada uno de los francotiradores llevaba, aparte del rifle de francotirador, un rifle de asalto automático CAR-16 con una mira nocturna
Litton de triple aumento. El plan consistía en atacar por delante y por el lado según el estilo guerra relámpago y contener a los Free en el edificio principal. En ese momento aparecerían los agentes del FBI «normales», leerían los derechos, practicarían las órdenes de registro y la siguiente parada para los Free sería el tribunal, y de ahí a la cárcel.
Web pensó que todo aquello era suficiente para que el ataque fuera interesante. Seguro que los Free sabían que el FBI los observaba. Era una zona muy rural y se corrió la voz de la llegada de unos desconocidos, por lo que ya hacía algún tiempo que el FBI los tenía vigilados. El ERR debía suponer que su arma principal, el elemento sorpresa, en este caso se vería cuando menos reducida.
Como alguna enseñanza habían extraído de la debacle del Equipo Charlie, habían traído dos termoimagi-nadores muy voluminosos pero muy potentes.
Romano encendió uno de ellos e hizo un barrido de todos los edificios de su lado del complejo. Golfo estaba haciendo lo mismo desde la parte delantera.
Aquel termoima-ginador veía a través de cristales ahumados e incluso de paredes y captaba la imagen que desprendía calor de cualquier persona que estuviera acechando por allí, independientemente de que llevara un tirachinas o una pistola mini. Romano dio por concluida la vigilancia. Esta vez no había ningún nido de francotiradores automatizados, todos los edificios menos uno estaban vacíos. Podía ser una operación limpia.
A través de las gafas de visión nocturna, Web miró a su alrededor y advirtió las luces que parpadeaban entre la maraña de árboles. Aquellos impulsos de luz representaban a los francotiradores que llevaban luciérnagas, tapones de brillo infrarrojo del tamaño de un mechero. Las luciérnagas brillaban cada dos segundos dentro de un espectro de luz que sólo resultaba visible con las lentes de visión nocturna. De este modo los francotiradores podían estar en contacto entre sí sin delatar su posición. Si se sospechaba que un objetivo también disponía de lentes de visión nocturna, no se utilizaban las luciérnagas por motivos obvios. Los asaltantes nunca las empleaban. Cada parpadeo de luz representaba un cuerpo amigo armado con un rifle suprimido del 308 como refuerzo. Resultaba tranquilizador cuando uno no sabía si iba a entrar en una heladería o en un avispero. Esa noche Web
suponía que se trataría de esto último.
Con un movimiento del pulgar, Web situó el selector de disparo de su MP-5
en ráfagas de múltiples balas y luego procuró que su número de pulsaciones alcanzara la cantidad adecuada. Se oían animales por todas partes, ardillas sobre todo, y pájaros que revoloteaban de una rama a otra, perturbados por los hombres acuclillados en su territorio con aquella indumentaria tan curiosa. En cierto modo, los pasos de los animales y el aleteo de los pájaros resultaba tranquilizador, aunque sólo fuera para garantizar a Web que seguía en el planeta Tierra, relacionado todavía con los vivos, con seres que respiraban, aunque seguía pensando en la posibilidad de una matanza.
El plan era un poco arriesgado. Los francotiradores no abrirían fuego sobre los centinelas. Abatir a tiros a sangre fría a unos tipos a los que todavía había que condenar por algo no era una costumbre de los agentes del orden; Web nunca lo había hecho. Tendrían que encontrarse en una situación con rehenes de alto riesgo para que Washington autorizara ese tipo de actuación.
El director y probablemente el fiscal general tendrían que dar el visto bueno a una operación de ese tipo. En este caso iban a flanquear a los guardias, abalanzarse sobre ellos y asegurarse de que no tenían tiempo ni oportunidad de advertir a sus colegas del interior sobre el ataque inminente. Los asaltantes podrían haber empleado un explosivo de despiste, o quizás atraer de algún modo a los guardias al bosque para que los recibieran los asaltantes con trajes de camuflaje especial prestos para abalanzarse sobre ellos, pero el plan de flanqueo se había urdido basándose en información recogida sobre los Free. Dicha información había demostrado ser cierta con respecto a la actitud descuidada de los centinelas.
Quizá funcione, pensó Web.
Si los puntos de brecha externos estaban cerrados, los reventarían, por supuesto. Eso alertaría al resto de los Free, pero para entonces el ERR ya estaría en el interior y la batalla prácticamente acabada, a no ser que sucediera algo extraordinario, lo cual Web no podía descartar, nunca más.
Hotel iba a atacar desde atrás, Golfo desde el lateral y de forma muy explosiva. Los equipos de asalto siempre intentaban atacar desde los
ángulos, nunca desde delante y detrás o desde ambos lados, para evitar las bajas ocasionadas por el fuego amigo.
Web se puso tenso cuando Romano pidió al COT la autorización y la obtuvo de inmediato. Web inhaló el aire limpio y se centró totalmente en el papel de asaltante de uno de los equipos de imposición del cumplimiento de la ley más elitista de la historia. Sesenta y cuatro pulsaciones por minuto, Web conocía a la perfección el funcionamiento interno de su cuerpo.
Romano hizo la señal de vía libre y él y Web se dirigieron a la izquierda y los otros dos agentes se deslizaron hacia la derecha. Al cabo de un minuto estaban flanqueando a Gameboy, que seguía concentrado en la pantalla de la consola, pasándoselo en grande ganando a la máquina. Para cuando alzó la mirada, tenía sendas pistolas del 45 apuntándole a los oídos. Antes de tener la oportunidad de decir «mierda» ya estaba tendido en el suelo, con las manos y los tobillos esposados y con una cinta de plástico que mantenía las esposas juntas de forma que estaba totalmente inmovilizado, como un ternero amarrado durante un concurso de laceo. También le sellaron la boca con un trozo de cinta adhesiva. Le quitaron la pistola, el teléfono móvil y un cuchillo que encontraron en una funda que llevaba sujeta al tobillo. Web le dejó al hombre su preciada Gameboy.
Pasaron por las dependencias del grupo y se dirigieron a la zona crítica, la puerta trasera exterior del edificio principal, y se agacharon. Romano tocó la puerta con cuidado, agarró el pomo e intentó abrir. A través de la máscara Web vio que hacía una mueca. Estaba cerrada con llave. Romano llamó al abrebrechas, quien se adelantó rápidamente, colocó la carga lineal eléctrica de cuatrocientos hilos, desplegó el cable y preparó el detonador, mientras que el resto del equipo le observaba la espalda incluso mientras se ponía a cubierto.
En aquel momento Romano informó al COT que se encontraban en la línea de fase verde y Web oyó la respuesta de confirmación del COT. Al cabo de treinta segundos, los componentes del Golfo hicieron lo mismo, por lo que Web supo que habían inmovilizado a Shaq Pálido en la parte delantera y que luego se habían dirigido al lateral del edificio a fin de prepararse para el
asalto especial. El COT afirmó que estaba todo controlado y a Web la frase le resultó más dolorosa que nunca. « Sí, también le dijeron eso al Equipo Charlie, ¿no? ».
Tres francotiradores se unieron a los chicos del Golfo en el lateral, y Ken McCarthy había descendido de su posición como Sierra Uno y se había convertido en asaltante inmediato, junto con otros dos francotiradores del Whisky, que se unieron a Web y al Equipo Hotel. Web pensó que, aunque no le veía la cara, seguro que Ken se había sorprendido al verle. Todos se despojaron de las gafas de visión nocturna, puesto que los destellos de las bocas del cañón y de los explosivos las inutilizaban y, de hecho, dejaban ciegos e indefensos a los portadores en un entorno tan lleno de luz. A partir de aquel momento, tenían que confiar únicamente en sus cinco sentidos, lo cual a Web ya le parecía bien.
Empezó la cuenta atrás. Con cada número parecía que los latidos del corazón se enlentecían todavía más. Cuando el COT llegó al tres, Web estaba de lleno en la franja deseada. Al llegar a dos, todos los agentes del ERR apartaron la vista de la zona crítica para que la explosión no los cegara. En ese preciso instante, los dedos de cada uno de los hombres también quitaron el seguro de las armas y deslizaron el dedo índice al gatillo. « Vamos allá, chicos», pensó Web.
Al estallar la carga, las puertas se desplomaron hacia el interior, y Web y compañía irrumpieron con contundencia en el edificio.
–¡Explosión! – gritó Romano mientras extraía un explosivo cegador de la funda de Cordura elástica, le quitaba la anilla y lo lanzaba por lo alto. Al cabo de tres segundos se produjo una explosión de ciento ochenta decibelios en el pasillo que dejó una estela de un millón de bujías.
Web se encontraba a la derecha de Romano, alerta a las amenazas de cualquier tipo, dirigiendo la mirada primero hacia las esquinas más alejadas y luego echándose hacia atrás. Se encontraban en una pequeña habitación interior con un pasillo que se dirigía hacia la izquierda. Según la información de la que disponían, confirmada por el termoimaginador, los
Free estaban reunidos en el salón principal de la parte izquierda posterior del edificio. Era una estancia grande, quizá de trece por trece y abierta en su mayor parte, por lo que no tenían por qué preocuparse sobre la existencia de muchos rincones y recovecos en los que esconderse y oponer resistencia, aunque seguía siendo un espacio amplio que proteger y sin duda habría muebles y otros objetos tras los que esconderse. Dejaron a un hombre para que vigilara la primera estancia en la que habían entrado. Las normas de combate especificaban que nunca se devolvía el terreno tomado, y que nunca se permitía que a uno le flanquearan por detrás. El resto de la fuerza de ataque corrió hacia delante.
Hasta el momento no habían visto a nadie, aunque sí habían oído gritos más adelante. Web y el resto del Hotel se lanzaron pasillo abajo. Un giro más y llegarían a las puertas dobles que conducían al espacio objetivo.
–¡Explosión! – gritó Web. Tiró de la anilla y lanzó por lo alto el explosivo cegador en ese último giro. De este modo, cualquiera que deseara tenderles una emboscada desde allí tendría que hacerlo cegado y ensordecido.
Cuando llegaron a las puertas dobles, nadie se molestó en comprobar si estaban cerradas con llave. Romano colocó rápidamente una carga explosiva en la jamba. El explosivo era un trozo de goma de neumático de 2,54 centímetros de ancho y 15 centímetros de largo con una tira de explosivo C4 llamado Detasheet. En la parte inferior del dispositivo había un tubo de impacto y un detonador. Los hombres retrocedieron y Romano susurró unas palabras al micrófono. Al cabo de unos segundos estalló la carga explosiva y las puertas se desplomaron hacia atrás.
En ese preciso momento la pared lateral de la habitación principal se desmoronó hacia el interior y el Equipo Golfo atacó a través de la abertura.
Habían colocado una carga flexlineal -un trozo de plomo y espuma en forma de V, cargado de explosivos- alrededor de la pared. La carga había derribado la pared por completo y lanzado escombros a la habitación. Uno de los Free ya estaba en el suelo, sosteniéndose la cabeza ensangrentada y gritando.
Hotel atacó desde las puertas principales y bombardeó las zonas de peligro que, básicamente, eran todo lugar en el que pudiera refugiarse alguien armado y atacar a su vez al ERR.
–¡Explosión! – gritó Romano mientras corría hacia la derecha de la sala.
La explosión de la carga sonó al cabo de unos segundos. La estancia estaba llena de humo y de luz cegadora; los gritos y chillidos resultaban ensordecedores debido a que los Free chocaban entre sí al intentar escapar.
Sin embargo, no se produjeron disparos y Web empezó a pensar que quizás aquella misión se resolvería de forma pacífica, por lo menos según el criterio del ERR. Web siguió a Romano, barrió la zona con la mirada, miró los rincones más alejados por si había alguna amenaza y se echó hacia atrás.
Vio tanto a hombres viejos como jóvenes escondidos bajo sillas volcadas, tendidos boca abajo en el suelo o contra la pared; todos se cubrían los ojos y se llevaban las manos a las orejas, aturdidos por el ataque meticulosamente preparado. El ERR había apagado las luces del techo en cuanto los hombres entraron en la sala. Ahora todos actuaban a oscuras salvo por el destello ocasional de los explosivos cegadores.
–¡FBI! Al suelo. Las manos detrás de la cabeza. Los dedos entrelazados.
¡Obedeced inmediatamente o sois hombres muertos! – gritó Romano con un rugido, entrecortado con acento de Brooklyn.
Aquella retahíla incluso llamó la atención de Web.
La mayoría de los Free que se encontraban en el campo de visión de Web empezaron a obedecer la orden, aunque estaban medio incapacitados.
Entonces oyó el primer disparo. Le siguió otro disparo que golpeó la pared situada justo al lado de la cabeza de Web. Con el rabillo del ojo Web vio a uno de los Free levantarse del suelo y apuntarle con una MP-5. Romano debió de ver lo mismo. Dispararon al unísono, los dos con la MP-5 en modo ráfaga de múltiples balas. Los ocho disparos alcanzaron al hombre en la cabeza o en el torso. El hombre y su arma cayeron hacia atrás al suelo y allí se quedaron.
Los otros Free, cegados y desorientados pero también enojados por la muerte de uno de los suyos, desenfundaron sus armas y abrieron fuego desde cualquier baluarte que tuvieran a mano. Los agentes del ERR
hicieron otro tanto. Sin embargo, se trataba de pistolas, escopetas, carne y hombres dominados jugando a los soldaditos contra chalecos antibalas, metralletas y hombres adiestrados para la batalla y la matanza. El tiroteo no duró demasiado. Los Free miraron como tontos a los ojos de sus contrincantes. Web y sus hombres tranquilamente apostados, empuñando sus armas mientras disparaban cartucho tras cartucho, avanzando, dando en el blanco. Los puntos rojos del láser de las miras sujetas a las ametralladoras apuntaban de lleno a sus blancos. Mantuvieron sus campos de tiro respectivos, disparando a su alrededor y entremezclando los disparos como si ejecutaran un baile perfectamente coreografiado. Los desesperados Free disparaban a lo loco y sin disciplina y fallaban de forma estrepitosa. El ERR apuntaba con precisión y daba en todos los blancos. Dos agentes del ERR resultaron alcanzados, más por casualidad que por habilidad, pero fueron disparos al torso y la munición típica de las pistolas no atravesaba el Kevlar de última generación; aunque el impacto de las balas escocía de lo lindo, la única consecuencia era un morado intenso. El ERR apuntaba a la cabeza y al pecho y cada vez que disparaban una ráfaga moría otro Free.
Cuando resultó evidente que la derrota era aplastante, Web consideró que ya había habido carnicería suficiente y cambió la MP-5 al modo automático.
Barrió la parte superior de las mesas y sillas de baratillo, hizo saltar por los aires las astillas de conglomerado y de chapa de madera y tiras de metal, llenó de plomo las paredes que tenía enfrente mientras su arma disparaba casi novecientas balas por minuto. El ERR no había lanzado disparos de advertencia, pero no había nada en los manuales ni en ningún curso de formación que Web hubiera seguido que dijera que había que masacrar sin motivo a un enemigo en clara inferioridad. Los Free que quedaban ya no suponían ningún riesgo para nadie; sólo necesitaban un poco más de persuasión para rendirse de forma oficial. Romano hizo lo mismo con la pulverización de su arma. La ventisca de destrucción resultante situó a la oposición tumbada boca abajo, con las manos en la cabeza, olvidada ya la idea de lucha y quizá victoria. De forma simultánea Web y Romano dispararon más munición de diez milímetros con movimientos y velocidad
como si fueran máquinas.
Abrieron fuego de nuevo, apuntando una vez más por encima de la cabeza del enemigo encogido de miedo, y no pararon hasta que los últimos Free que seguían con vida tomaron la única decisión sensata. Dos salieron a gatas de entre los escombros de cadáveres y sillas y mesas destrozadas con las manos levantadas tras dejar las armas en el suelo. Parecían soldados traumatizados por la guerra y estaban sollozando. Había otro Free sentado contemplándose las manos, ensangrentadas después de tocarse una herida grande que tenía en la pierna, y tenía vómito en la camisa. Un agente se acercó a él, lo esposó y, acto seguido, hizo que se tumbara con cuidado, se enfundó unos guantes quirúrgicos y una mascarilla y empezó a ocuparse de su herida; un pistolero convertido en salvador del enemigo. Se avisó al personal médico de la ambulancia que acompañaba al ERR en todos sus ataques para que se ocupase de los heridos. Tras echar un vistazo a la pierna ensangrentada, Web concluyó que el tipo sobreviviría aunque el resto de sus días lo pasaría en la cárcel.
Mientras Romano y otro asaltante esposaban a los dos primeros Free que se habían rendido, varios agentes se dispersaron por la sala rápidamente para cerciorarse de que los muertos lo estaban realmente. Los hombres que yacían en el suelo ya no eran más que cadáveres, Web estaba convencido de ello. Los humanos no estaban hechos para soportar un disparo en la cabeza, y mucho menos media docena.
Web bajó por fin el arma y respiró hondo. Contempló el campo de batalla, inspeccionó a los supervivientes. Algunos no parecían ni siquiera tener más de dieciséis años, vestían vaqueros holgados, camisetas y botas sucias. Uno de ellos tenía una pelusilla color melocotón en la cara, otro incluso tenía acné. Dos de los hombres muertos parecían lo bastante mayores como para ser abuelos y quizás habían reclutado a sus nietos para que se unieran a los Free y murieran como tales. Apenas se les podía considerar adversarios dignos. No eran más que un puñado de imbéciles con armas y vidas inútiles que habían visto cómo se materializaban sus peores pesadillas y habían actuado del peor modo posible. Web contó ocho cadáveres; la sangre corría y empapaba rápidamente la alfombra barata. Además, aunque los Free no
estuvieran de acuerdo, toda la sangre, independientemente del origen étnico o racial, fluía roja. A ese nivel, todo el mundo era igual.
Se apoyó contra la pared mientras oía las sirenas que se aproximaban. No había sido un enfrentamiento justo. No obstante, la última vez tampoco había sido justo. Una parte de él debería haber experimentado cierta satisfacción. Sin embargo, lo único que Web London sentía era náuseas.
Matar nunca había sido algo fácil y quizás aquello era lo que le diferenciaba de hombres como los Ernest B. Free del mundo.
Romano se acercó a él.
–¿De dónde coño salieron esos disparos?
Web meneó la cabeza para indicar que no lo sabía.
–¡Mierda! – exclamó Romano-. No ha salido exactamente como imaginaba.
Web advirtió el gran orificio de bala del traje de camuflaje que dejaba al descubierto la capa de Kevlar. El orificio estaba cerca del ombligo. Romano siguió la mirada de Web e hizo caso omiso del agujero, como si se tratara de una picadura de mosquito.
–Unos centímetros más abajo y Angie habría tenido que buscarse la diversión en otro sitio -manifestó Romano.
Web se esforzó por recordar con exactitud lo que había visto, lo que había oído y en qué preciso momento. Una cosa le parecía evidente: iban a plantearles muchas preguntas y ninguna de ellas tenía una respuesta fácil.
La advertencia de Pritchard le resonó en la cabeza. Acababan de aniquilar a varios miembros de los Free, el grupo sospechoso de haber eliminado a un grupo de ERR. En realidad lo que Web y los demás habían hecho era abrir fuego y liquidar a un puñado de jóvenes y viejos porque los disparos procedían de una fuente desconocida y porque Web había visto a uno de ellos levantando la pistola y apuntándole. Aunque lo que había hecho Web estaba plenamente justificado, no hacía falta ser una lumbrera para convertir
aquella serie de sucesos en algo que olía muy mal. Y en Washington D.C.
había más listillos per cápita que en cualquier otro punto del planeta.
Web oyó unos pasos que se acercaban hacia ellos. Los agentes del FBI aparecerían de un momento a otro, los Bates del mundo. Asumirían la labor de explicar qué demonios había sucedido. Como había dicho Romano, el ERR se dedicaba a disparar y liquidar. Bueno, esta vez podían haber muerto ellos. Web empezó a experimentar algo que nunca había sentido mientras las balas volaban a su alrededor: miedo.
Había movimiento desde miles de metros de distancia, en el bosque hasta la parte trasera del complejo, y detrás del perímetro establecido por el ERR. El terreno parecía elevarse y allí había un hombre agachado, su rifle de francotirador con mira telescópica incluida en la mano derecha. Era el mismo rifle que había empleado para matar a Chris Miller en el exterior de la casa de Randall Cove en Fredericksburg. El FBI probablemente pensara que el objetivo era Web London, pero se equivocaba. La muerte de Miller no era más que otra forma de aumentar todavía más el sufrimiento de Web London. Y lo que el hombre acababa de hacer, provocar la lucha entre los desventurados Free y el ERR no era más que otro método para incrementar los numerosos problemas de London. El hombre yacía junto a la tela cubierta de polvo, barro, excrementos de animales, hojas y elementos varios diseñados para ayudarle a fundirse con el entorno, su traje de camuflaje personalizado. Hacía tiempo que había llegado a la conclusión de que sólo había que copiar a los mejores. Y, al menos por el momento, el ERR era lo mejor. Además, se suponía que Web London era el mejor de aquel grupo de élite. Aquel honor lo colocaba en la mira del hombre. Era un asunto personal. Muy personal. Plegó el material y se lo enganchó a la mochila, y Clyde Macy escapó discretamente. A pesar de su carácter estoico por naturaleza, el hombre fue incapaz de contener una sonrisa. Misión cumplida.