El último hombre

David Baldacci · Capítulo 50 de 57

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El último hombre

Capítulo 50

–¿Me estás tomando el pelo?

–Ha llegado el momento de cambiar, Perce, de dedicarme a otra cosa. No me hago joven precisamente y, si quieres que te sea sincero, me gustaría saber qué es tener un trabajo en el que la gente no te dispara.

–Podemos luchar, Web. Winters no tiene la última palabra.

–Estoy cansado de luchar, Perce.

Bates se limitó a mirarlo con expresión de impotencia.

–No quería que acabara así.

–Romano y yo acabaremos aquí y luego me marcharé.

–Ya sabes el revuelo que esto va a generar después de lo que le pasó a los Free. Y el hecho de que dejes el ERR, pues… teniendo en cuenta las circunstancias, todo el mundo dará por supuesto que eres el chivo expiatorio. Va a ser peliagudo. Los medios de comunicación irán a por ti.

De hecho, ya han empezado.

–Hubo una época en que eso me habría molestado. Ahora ya no.

Los hombres permanecieron de pie en silencio durante varios segundos, como si los muchos años de lucha por una buena causa hubieran tocado a su fin de forma abrupta y pareciera que ninguno de los dos estuviera preparado para ello. Al final Web dio media vuelta y se marchó.

Capítulo 50

Eran más o menos las dos de la mañana. Los únicos movimientos que había en East Winds eran los de los caballos en los pastos y los animales salvajes del bosque que los rodeaban. Entonces se oyeron unos pasos sigilosos por el sendero que serpenteaba por entre los árboles.

Había una luz encendida en la casa y la silueta de un hombre se distinguía perfectamente a través de la ventana. Nemo Strait sostenía una lata de cerveza fría contra el hombro lesionado e hizo una mueca mientras el metal helado entraba en contacto con la piel dañada. Llevaba una camiseta y pantalones cortos; sus piernas gruesas y musculosas habían rasgado la tela en el muslo. Estaba tumbado en la cama, recogió la pistola semiautomática que tenía allí y cargó con destreza la recámara del arma, pero con una sola mano le costaba deslizar el cerrojo a su posición normal. Frustrado, acabó dejando la pistola sobre la mesita de noche, se recostó en la cama y se fue bebiendo la cerveza a sorbos.

Por naturaleza, Nemo Strait se preocupaba por todo. Y en ese preciso instante tenía muchos motivos de preocupación. Todavía estaba pensando en el helicóptero que había salido de no sabía dónde en el bosque. Strait había observado el recorrido del vuelo. No había aterrizado en el bosque y no parecía pertenecer a la policía. Strait había pensado regresar a donde habían disparado a Cove para asegurarse de que el tipo estaba muerto. Pero tenía que estarlo por fuerza. Le habían disparado cinco veces, nadie era capaz de sobreponerse a eso y, aunque el hombre lograra sobrevivir de algún modo, quedaría como un vegetal, incapaz de contarle a nadie qué había pasado. De todos modos, Strait no estaba tranquilo y había revisado todos los programas de noticias con la esperanza de que informaran de la muerte de un agente secreto del FBI. Además, también quería oír que no había ni rastro de los asesinos. Se frotó el hombro. La sangre de Strait estaba allí, por supuesto, pero necesitarían algo para compararlo con su ADN y, que él recordara, no constaba en ningún archivo… salvo en el Ejército. Pero al cabo del más de veinticinco años, ¿lo seguirían teniendo?

¿Serviría de algo que lo tuvieran? Lo dudaba. De todos modos, presentía

que había llegado el momento de seguir adelante. Había conseguido todo lo que se había propuesto y la transacción de la noche anterior le había proporcionado dinero suficiente para retirarse allá donde quisiera. Al comienzo había pensado en comprarse una casa en Ozarks y pasar el resto de su vida pescando y gastándose el dinero en incrementos que no levantaran sospechas. Pero ahora se estaba replanteando la estrategia.

Estaba pensando que un país extranjero quizá fuera una opción mucho mejor para retirarse. Bueno, le habían dicho que en Grecia se pescaba de maravilla.

Strait no dio muestras de haber oído que se abría la puerta trasera. La jornada había sido dura y se le estaban pasando los efectos del analgésico.

Bebió otro trago y se secó los labios.

La puerta de su habitación se abrió lentamente. Al parecer, Strait seguía sin darse cuenta. La persona entró en la habitación. Strait puso música en la radio que tenía al lado de la cama. La silueta se acercó a la cama. Al final Strait dejó lo que estaba haciendo y miró lentamente a su alrededor.

–Pensaba que no vendrías esta noche -dijo-. Creía que con un solo brazo ya no servía.

Tomó otro sorbo de cerveza y dejó la lata.

Gwen se quedó de pie mirándolo. Llevaba el mismo vestido rojo que en la fiesta pero había cambiado los tacones por unos zapatos planos; la cadenita del tobillo brillaba con el reflejo de la luz.

Se acercó más a él y dirigió la mirada a su hombro.

–¿Te duele mucho?

–Sólo cuando respiro.

–¿Qué caballo ha sido?

-Bobby Lee.

–No es un caballo coceador.

–Todos los caballos pueden ser coceadores.

–Se me olvidaba que eres el experto.

Sonrió con recato pero había algo en su mirada que no resultaba tan pícaro.

–No, pero crecí en compañía de las dichosas bestias. Me refiero a que esto no se aprende en un año, ni siquiera en diez años. Mira a Billy, aprende rápido pero básicamente no tiene ni idea de cómo llevar un rancho de caballos.

–Tienes razón. Por esto te contrató a ti y a tus chicos -hizo una pausa-. Eres nuestro caballero blanco, Nemo.

Strait encendió un cigarrillo.

–Ésa sí que es buena.

Gwen le sorprendió al extender la mano y dar un sorbo de su cerveza.

–¿No tienes algo más fuerte que esto? – preguntó ella.

–Bourbon.

–Tráelo.

Mientras él sacaba la botella y los vasos, ella se sentó en la cama y se frotó la pantorrilla. Se tocó la cadenita del tobillo, que le había regalado Billy.

Tenía los nombres de los dos grabados. Strait le tendió un vaso lleno, ella se lo bebió de un trago y se lo entregó para que se lo volviera a llenar.

–Tómatelo con calma, Gwen. No es agua.

–Para mí sí lo es. Además, no he bebido en la fiesta. Me he portado bien.

Strait recorrió con la mirada su cuerpo largo, se detuvo en sus piernas desnudas, en el pecho abundante.

–Todos los tíos querían saltarte encima.

Gwen no sonrió al oír el cumplido.

–No todos.

–Oye, a Billy ya no se le levanta, ya no puede hacerlo cuando le apetece.

Joder, yo estoy llegando a ese punto más rápido de lo que me gustaría.

–No tiene nada que ver con la edad -extendió la mano, le dio una calada al cigarrillo y luego se lo devolvió-. Y cuando hace años que un marido no toca a su mujer, ella suele buscarse la diversión en otros sitios -le lanzó una mirada-. Espero que reconozcas la limitación de tu papel en este asunto.

Nemo se encogió de hombros.

–Un hombre tiene que tomar lo que se le pone a tiro. Pero no es justo que él te siga culpando por lo que le pasó a vuestro hijo.

–Tiene todo el derecho. David iba a ese colegio por mí.

–Tú no les pediste a los colgados de los Free que fueran a tirotear la escuela, ¿no?

–No, y tampoco pedí al FBI que enviara un grupo de hombres que eran demasiado cobardes o incompetentes para salvar a mi hijo.

–Se hace raro pensar que tenemos al FBI aquí en el rancho.

–Ya sabíamos que era una posibilidad muy probable.

Strait sonrió.

–Han venido a protegeros.

–De nosotros mismos -dijo Gwen con sequedad.

–Bueno, la bomba del teléfono de Billy que detoné cuando Web lo lanzó fuera del coche los despistó por completo. No buscan en nuestra dirección.

–Web London es mucho más listo de lo que te piensas.

–Oh, ya sé que es un tipo listo. No me dedico a infravalorar a la gente.

Gwen dio un sorbo al segundo bourbon, se quitó los zapatos planos y se tumbó en la cama.

Le acarició la melena.

–Te he echado de menos, encanto.

–A Billy le importa un bledo, pero es un poco difícil moverse por aquí con el FBI vigilando la finca.

–Bueno -dijo Strait-, ahora sólo están Web y Romano. Con éste también hay que ir con cuidado. Ex EAT y Delta; ese tipo nos puede causar problemas.

Lo he visto en su mirada.

Gwen se colocó boca abajo, se apoyó en los codos y lo miró. Él tenía la mirada clavada en su pecho, que ahora se le salía del vestido. Ella advirtió su mirada pero al parecer no le interesaba su foco de atención.

–Quería hacerte una pregunta sobre los remolques de los caballos.

La pregunta de Gwen hizo que Strait desviara la mirada del escote a la cara.

–¿Qué pasa?

–Yo también me crié en un rancho de caballos, Nemo. Hiciste que adaptaran esos camiones de una forma muy curiosa, y quiero que me digas por qué.

Él sonrió.

–¿Es que un hombre no puede tener secretos?

Ella se arrodilló y se acercó más a él. Empezó a besarle el cuello y la mano de él se dirigió primero a su pecho y luego fue bajando. Le levantó el vestido hasta la cintura y vio que no llevaba ropa interior.

–Bien pensado. Con lo caliente que estoy, de todos modos te habría arrancado las bragas.

Ella le gimió al oído mientras él recorría su cuerpo con los dedos. Una de las manos de Gwen le acarició la cara y fue bajando hasta el escote de la camiseta. En un abrir y cerrar de ojos le rasgó la camiseta por delante y se recostó en la cama.

Sus movimientos sorprendieron tanto a Strait que estuvo a punto de caerse de la cama.

Strait vio que Gwen dirigía la mirada al vendaje ensangrentado del hombro.

–Qué magulladura más rara para ser una coz de caballo -dijo Gwen.

Se quedaron mirando el uno al otro. Y antes de que él pudiera detenerla, Gwen cogió la pistola de Strait, la cargó y apuntó a varios puntos de la habitación. Ella miró el arma.

–No está equilibrada. Y deberías conseguir unas miras de litio, Nemo. Son muy útiles con el fuego nocturno.

En la frente de Strait se formó una gota de sudor.

–Manejas el arma muy bien.

–Los caballos no eran lo único con lo que me crié en Kentucky. Mi padre y mis hermanos eran miembros activos de la Asociación Nacional del Rifle.

Yo también me habría apuntado, pero a mis padres no les parecía digno de una dama.

–Me alegro de saberlo. Yo también pertenezco a la asociación -exhaló un suspiro de alivio cuando ella le puso el seguro, aunque no dejó la pistola.

–¿De qué se trata? – preguntó ella-. ¿Drogas?

–Mira, nena, ¿por qué no tomamos una copa y…?

Ella levantó la pistola y le quitó el seguro.

–He venido a follarte, Nemo, no a que me jodas. Es tarde y me estoy empezando a cansar. Si quieres mojar esta noche, mejor que hables claro.

–Vale, vale. Joder, cómo te pones -le dio un trago rápido a la bebida y se secó la boca con la mano-. Son drogas, pero no las que te piensas. Fármacos con receta que tienen el doble de efecto que la morfina. No hay laboratorios, ni problemas en las fronteras. Basta con robarlos o hacer un trato con algún auxiliar de farmacia que gane ocho dólares la hora. Esta historia del Oxycontin empezó en las zonas rurales. Pero yo la estoy llevando a las grandes ciudades. Ya era hora de que los de pueblo nos lleváramos un trozo del pastel. Es muy dulce.

–Y estás utilizando East Winds como base y nuestros remolques para mover el producto.

–Bueno, hemos estado repartiendo la droga sobre todo en camionetas, en lugares acordados previamente e incluso por correo. Luego se me ocurrió la idea de los remolques para los caballos. Estamos pasando caballos de un

estado a otro constantemente. Y si la poli nos detiene para ver los permisos y la documentación de los remolques o de los caballos, la peste los va a mantener apartados de donde está la mercancía, y no conozco muchos perros adiestrados para olisquear fármacos con receta. He ido cambiando los hombres y los remolques para que ni tú ni Billy os dierais cuenta. El trabajito de Kentucky fue el mayor hasta el momento.

Alzó la cerveza a modo de homenaje para sí mismo.

Gwen dirigió la mirada hacia la herida.

–Pero no fue un éxito total.

–Bueno, cuando haces algo ilegal, tienes que estar preparado para afrontar ciertos riesgos.

–¿El riesgo procedía del cliente o de la policía?

–Y eso qué más da, cariño.

–Tienes razón. Supongo que sea lo que sea significa que nos has hecho correr un riesgo. Nemo, se suponía que trabajabas para nosotros, a tiempo completo.

–Bueno, las personas tienen que ocuparse de ellas mismas. Y era un negocio demasiado bueno como para ignorarlo. Además, no pienso dejarme la piel en los ranchos de caballos toda mi vida, ¿comprendes?

–Te contraté por unos motivos muy concretos, por tus buenas cualidades y experiencia.

–Cierto, el hecho de tener la cabeza bien puesta sobre los hombros, conocer a tipos a los que no les importa matar a gente y ser capaz de preparar explosivos con profesionalidad. Bueno, ya lo he hecho, nena -contó con los dedos-. Un juez federal, un fiscal, un abogado de la defensa.

–Leadbetter, Watkins y Wingo. Un juez sin autoridad, un fiscal sin huevos y un abogado de la defensa que defendería gustoso al asesino de su madre si éste tuviera suficiente dinero para pagarle. Considero que hicimos un favor a la sociedad al acabar con sus patéticas vidas.

–Cierto, y eliminamos al ERR y luego los embaucamos para que se cargaran a los dichosos Free. Joder, indujimos a un agente secreto veterano a pensar que se había encontrado con una operación de narcotráfico.

Preparamos el lugar como si estuviera sacado de la película El golpe -la miró, con el semblante ensombrecido-. Todo esto lo he hecho para ti, querida. Así que lo que hago en mi tiempo libre es asunto mío. No soy tu esclavo, Gwen.

Ella seguía apuntándole con la pistola.

–Web London sigue en pie.

–Bueno, tú has querido que fuese así. Hacerle parecer un cobarde. Tuvimos suerte cuando descubrí que el loquero que lo trataba era un viejo amigo mío de Vietnam. Así todo el mundo piensa que Web está podrido por dentro.

Todo esto ha exigido mucha planificación, se han corrido muchos riesgos, y permíteme que te diga que lo hemos hecho todo a la perfección y lo has conseguido por una cantidad irrisoria, porque creo que lo que le pasó a tu hijo fue una gran putada -la miró con expresión dolida-. Y ni siquiera recuerdo que me hayas dado las gracias.

Gwen habló con tono eficiente, con expresión inescrutable.

–Gracias. ¿Cuánto dinero te has sacado con lo de las drogas?

Nemo bajó la bebida, sorprendido.

–¿Por qué lo preguntas?

–Después de lo que te he pagado y lo que hemos enterrado en este sitio, Billy y yo estamos arruinados. Dentro de poco vendrán a llevarse su

colección de coches antiguos porque también la hemos empeñado.

Podríamos utilizar algún flujo de caja libre, porque vamos a vender y a marcharnos de aquí, sobre todo porque esa herida que tienes me hace pensar que algún día alguien vendrá a llamar a nuestra puerta y nos hará preguntas para las que no tengo respuesta. Además, sinceramente, ya estoy harta de la zona de caza de Virginia. Creo que nuestra próxima parada será una pequeña isla donde nunca hace frío y no hay ni un puto teléfono.

–¿Pretendes que te dé una parte del dinero que yo he ganado con la droga?

– preguntó con incredulidad.

–Más bien te lo exijo.

Nemo extendió las manos.

–Bueno, no iba en broma, querida, hemos conseguido muy buenos precios por los preciosos yearlings.

Ella se rió en su cara.

–Este sitio nunca ganó dinero antes de que lo compráramos y ahora tampoco va a ganarlo. Con yearlings preciosos o sin ellos.

–Bueno, ¿qué quieres de mí?

–Es muy sencillo. Quiero que me digas cuánto dinero has conseguido con las drogas.

Vaciló unos segundos antes de responder.

–A decir verdad, no mucho.

Ella alzó la pistola y apuntó en su dirección.

–¿Cuánto?

–Bueno, un millón más o menos. ¿Ya estás contenta?

Agarró la pistola con ambas manos y le apuntó con precisión en la cabeza.

–Es tu última oportunidad, Nemo. ¿Cuánto?

–Bueno, bueno, no te pongas así, joder -exhaló un largo suspiro-. Decenas de millones.

–Entonces quiero el veinte por ciento. Y luego cada uno por su lado.

–¡El veinte por ciento! ¡Te has pasado!

–Ingresado en una cuenta en el extranjero. Doy por supuesto que un gran hombre de negocios como tú ha abierto algunas cuentas en algún sitio para ocultar los millones. Perdón, decenas de millones.

–Oye, pero tengo mis gastos.

–Ya, probablemente hayas pagado a tus colaboradores con pastillas, puesto que la mayoría de ellos son demasiado imbéciles como para querer otra cosa. Además, para mover fármacos con receta los costes son bajos y el riesgo pequeño, me imagino que tu margen de beneficios es considerable.

Encima has utilizado el equipamiento que pagamos nosotros para mover tu producto y también el personal que nosotros pagamos para trabajar en el rancho. Así que ha salido muy poco capital de tu bolsillo y eso hace que la inversión sea muchísimo más rentable. Y sí, quiero mi parte. Lo consideraremos la cuota de alquiler por el equipamiento y la mano de obra.

Considérate afortunado porque te pido sólo el veinte por ciento -se deslizó una mano muy tentadora por el pecho-. De hecho, has tenido suerte de que hoy esté generosa.

–Vaya, ¿tu padre también era economista o qué?

–Billy y yo nos hemos estado llevando siempre la peor parte. Por lo menos seguimos vivos. Mi hijo sólo tenía diez años. ¿Eso te parece justo?

–¿Y si digo que no?

–Te dispararé.

–A sangre fría. ¿Una mujer religiosa como tú?

–Rezo por mi hijo todos los días pero no puede decirse que mi fe en Dios sea absoluta. Y siempre puedo llamar a la policía.

Nemo sonrió.

–¿Y qué les vas a contar? ¿Que trafico con drogas? Y, ah, sí, ¿que maté a un montón de gente por ti? ¿Y tú con qué ventaja juegas?

–Nemo, mi ventaja es que me importa un bledo lo que me pase. Es la mejor ventaja. No tengo nada que perder porque ya lo he perdido casi todo.

–¿Y Billy?

–No sabe nada de todo esto. Y ahora ya he subido al veinticinco por ciento.

–¡Joder!

Mientras le apuntaba con la pistola, se puso en pie se bajó la cremallera del vestido, dejó que se deslizara hasta el suelo y salió de él completamente desnuda.

–Y aquí está el soborno -dijo ella-. Una, dos y…

–¡Trato hecho! – exclamó Nemo Strait mientras abría los brazos hacia ella.

El acto sexual fue salvaje y los dejó sin aliento. Strait se dejó caer de espaldas al tiempo que se llevaba la mano al brazo dolorido, mientras Gwen dejaba caer las piernas y las estiraba. Strait casi la había hecho atravesar los

muelles de la cama y le había puesto las piernas en posturas poco naturales.

Estaría dolorida un par de días, pero era un dolor maravilloso, algo que su marido le negaba desde hacía demasiado tiempo. Y no sólo el sexo, sino también el amor, lo cual era mucho peor. En público fingía sentir cierto afecto; en privado no se molestaba ni en eso. Nunca la había maltratado, al contrario, se trataba de un retraimiento absoluto combinado con una melancolía irreversible, ser ignorada nunca le había resultado tan doloroso.

Gwen se recostó en el cabezal, encendió un cigarrillo y formó aros de humo que sopló hacia el techo. Permaneció de ese modo durante una hora, luego alargó el brazo, colocó la mano sobre el pecho peludo de Strait y lo fue excitando lentamente.

–Ha sido maravilloso, Nemo.

–Aja -respondió él con una especie de gruñido.

–¿Crees que podríamos hacerlo otra vez antes del amanecer?

Nemo abrió un ojo.

–Que ya no tengo diecinueve años, mujer, y además ando con el ala herida.

Si me das un poco de Viagra, a lo mejor.

–Teniendo en cuenta tu trabajo, creía que estarías harto de pastillas.

Alzó la cabeza lentamente y la miró.

–Oye, ¿qué tal si te marcharas a Grecia conmigo? Nos lo pasaríamos en grande. Te lo aseguro.

–No me cabe la menor duda, pero mi lugar está con mi marido, lo sepa él o no.

Nemo volvió a dejarse caer hacia atrás.

–Ya, ya me imaginaba que dirías eso.

–Y lo que tú quieres es reducir mi veinticinco por ciento.

–Bueno, me rindo.

–¿Nemo?

–¿Sí?

–¿Qué crees que le pasó a Ernest B. Free?

Nemo se incorporó, utilizó el cigarrillo de ella para encender el suyo y luego se sentó junto a ella y le rodeó los hombros con el brazo.

–No tengo ni puta idea. Éste sí que me tiene desconcertado. Pensaba que estaría en el complejo que atacó el ERR, pero no. A no ser que los federales mientan, pero ¿por qué iban a mentir? Si lo cazaran, lo propagarían a los cuatro vientos. Y el tipo que utilicé para tenderles una emboscada a los Free también dejó la droga y otro material allí, incluso unos archivos falsos sobre el juez y los dos abogados. De hecho, conoce al viejo Ernie, así que lo habría reconocido si hubiera estado allí. Aunque lo hubieran tenido bien escondido.

Ella le pasó los dedos por el pelo.

–Web y Romano se marcharán dentro de poco.

–Sí, ya lo sé. ¡Hasta nunca! Me están coartando demasiado, aunque fue una pasada tener cincuenta mil pastillas robadas delante de las narices de los federales. Pero, si te soy sincero, esos tipos me caen bien en cierto sentido.

Si descubrieran lo que hemos hecho, intentarían llevarnos al corredor de la

muerte, pero, aparte de eso, no me importaría tomar unas cuantas cervezas con ellos de vez en cuando.

Strait lanzó una mirada a Gwen y su expresión le sorprendió.

–Odio a Web London -afirmó ella.

–Mira, Gwen, sé lo que le pasó a tu hijo y todo eso…

Gwen montó en cólera y golpeó el colchón con los puños.

–Me pone enferma verle la cara. Son peores que los Free. Irrumpen en un lugar para salvar el mundo y empieza a morir gente inocente. Esa gente me juró que si llamaban al ERR, no moriría nadie. Y luego fueron por ahí haciendo desfilar a Web London como si fuera un gran héroe mientras mi hijo descansa en una tumba. Me encantaría acabar con todos ellos a tiros.

Strait tragó saliva con nerviosismo al oír su tono iracundo y las palabras que soltó allí arrodillada sobre la cama, con el pelo en la cara. Su cuerpo desnudo y fibroso, con todos los músculos tensos, la hacían parecer una pantera a punto de saltar. Lanzó una mirada a la pistola que había dejado en la mesita, y estuvo a punto de alcanzarla, pero ella se le adelantó. Apuntó con la pistola distintos puntos de la habitación mientras Strait seguía el recorrido con la mirada. Al final el cañón acabó apuntándola a ella misma.

Gwen bajó la vista, como si no estuviera segura de qué era aquello. Aflojó el dedo en el gatillo.

–Entonces, ¿por qué no lo haces tú misma? – dijo él mirando la pistola-. Me refiero a matar a Web. Tú misma dijiste que se producían accidentes. Sobre todo en un rancho de caballos.

Gwen meditó sus palabras, y la expresión iracunda desapareció de su rostro.

Le sonrió y dejó la pistola.

–A lo mejor lo hago.

–Pero no la cagues, porque estamos en la recta final.

Gwen se tapó con el cubrecama, se acurrucó contra él, le besó en la mejilla, colocó la mano bajo la sábana y le acarició la entrepierna.

–Sólo una vez más -dijo con voz baja y ronca, mirándolo a los ojos y sonriendo-. Cielo santo, ¿quién necesita Viagra, Nemo?

–Mujer, me has estado tocando como Charlie Daniels toca el violín.

A pesar de no contar con la potencia del fármaco, Strait consiguió satisfacerla una vez más aunque estuvo a punto de morir en el intento.

Más tarde, mientras Gwen se vestía, él se la quedó observando.

–Joder, eres una fiera.

Ella se subió la cremallera del vestido y sostuvo los zapatos con una mano.

Strait se levantó y empezó a ponerse la camiseta con cuidado por el brazo herido. Gwen lo miró.

–¿Algún plan para primera hora de la mañana?

–Bueno, ya sabes cómo es la vida en un rancho de caballos, siempre hay algo que hacer.

Ella se volvió para marcharse.

–Oye, Gwen, no es nada personal ni nada de eso, pero no es bueno que una persona tenga tanto odio en su interior. Tienes que superarlo en algún momento o te destrozará la vida. Es como cuando mi ex se llevó a mis hijos. En algún momento tienes que superarlo.

Gwen se volvió lentamente para mirarlo.