El último hombre
Capítulo 30
la cocina. En la actualidad, el crujido de pasos todavía le molestaba. Cerró los ojos y respiró el aire frío y, en su mente, la vieja pila de ropa desaparecida se elevó en el aire. Justo entonces visualizó un corte de color rojo y luego se sintió embargado por unos sonidos que le hicieron abrir los ojos, precipitarse escaleras abajo y cerrar la puerta del desván. Había tenido esa visión miles de veces y no era capaz de comprenderla. Había llegado al punto en que no quería descifrarla pero, en aquel momento, por algún motivo, le pareció que estaba más cerca que nunca de su significado verdadero.
Se sentó en el Mercury y sacó el teléfono móvil y el trozo de papel que Gran F le había dado la noche anterior. Consultó el reloj. Era la hora de llamar, según el papel. Marcó los números y enseguida obtuvo respuesta. Le dieron una serie de instrucciones y la comunicación se dio por terminada.
Por lo menos eran eficientes. Bueno, iba a tener una noche ajetreada.
Mientras se marchaba en el coche, parafraseó las palabras inmortales del COT:
–Web London al resto de la raza humana, nadie tiene el control.
Capítulo 30
Web se acercó a casa de Romano para recogerle. Angie estaba en el umbral cuando Romano salió con las bolsas y no parecía demasiado contenta. Al menos, es lo que dedujo Web cuando saludó a Angie con la mano y ella le mandó a la mierda con un gesto del dedo cordial como respuesta a sus atenciones. Romano cargó los dos rifles de francotirador, una MP-5, un equipo Kevlar y cuatro pistolas semiautomáticas junto con cargadores de munición para todas las armas.
–Joder, Paulie, que no vamos a por Saddam.
–Tú hazlo a tu manera y yo lo haré a la mía. El cabrón que se cargó a Chris Miller anda suelto y si se dedica a disparar desde un kilómetro de distancia, yo también quiero dispararle. ¿ Capito? – se volvió para despedirse de Angie-. Adiós, encanto.
Angie también lo mandó a la mierda con el dedo antes de dar un portazo.
–Supongo que está enfadada -dijo Web.
–Estaba de permiso. Se suponía que iríamos a ver a su madre al sur. Slidell, Luisiana, para ser exactos.
–Lo siento, Paulie.
Romano lo miró sonriendo, antes de calarse la gorra de los Yankees hasta los ojos y aposentarse en el coche.
–Yo no.
Se dirigieron a East Winds, donde fueron recibidos en la verja por un par de agentes del FBI, que les deja ron entrar tras mostrarles sus credenciales. El FBI estaba presente en todo su esplendor después del intento de asesinato de Billy Canfield mediante un teléfono-bomba. Al entrar había visto que la camioneta de la brigada antiexplosivos del FBI salía de la finca, sin duda cargada con todas las pruebas que hubieran rescatado de los escombros.
Web tenía el convencimiento de que los agentes del FBI estaban entrevistando a todo el personal del rancho que pudiera tener alguna relación, por remota que fuera, con el origen del teléfono. También estaba seguro de que a Billy Canfield no le gustaría nada toda aquella actividad.
No obstante, por lo menos le había salvado la vida. Eso les había abierto las puertas de entrada al rancho.
Acababa de tener esa idea cuando un caballo y una amazona aparecieron en
su campo de visión. Se trataba de un pura sangre con una mezcla perfecta de músculo reluciente, tendón y hueso, moviéndose todos ellos de acuerdo con una delicada sincronía que le hacía asemejarse más a una máquina que a un animal. Web había cabalgado varias veces pero nunca le había entusiasmado; no obstante, se veía obligado a reconocer que la visión era impresionante. La amazona llevaba pantalones de montar marrones, botas negras altas y lustrosas, suéter de algodón de color azul claro y guantes. La gorra de montar no le cubría por completo la larga melena rubia.
Bajó el cristal de la ventanilla mientras la mujer se acercaba al coche montada en el caballo.
–Soy Gwen Canfield. Debes de ser Web.
–Sí. Éste es Paul Romano. ¿Su esposo le ha hablado del plan?
–Sí. Me ha pedido que os enseñe dónde os alojaréis -dijo Gwen.
Se quitó la gorra, se echó hacia atrás la cabellera rubia y la dejó caer sobre los hombros.
Web miró el caballo y dijo:
–Es muy bonita.
–Es macho.
–Lo siento, no he comprobado el material. No quería avergonzar a nadie.
Gwen le dio una palmadita al caballo en el cuello.
–A Baron no le importa, ¿verdad? Estás seguro de tu virilidad, ¿no?
–Todos deberíamos ser igual de afortunados.
Gwen se echó un poco hacia atrás sobre la silla inglesa, mientras sujetaba
con firmeza el lazo doble de riendas con una mano y miraba a su alrededor.
–Billy me contó lo que pasó en el Rover. Quiero daros las gracias por lo que hicisteis. Probablemente a Billy se le olvidó…
–Es nuestro trabajo.
Aunque nunca había visto a Gwen, otros agentes del ERR que asistieron al juicio de Richmond la habían descrito como nerviosa y sentimental. Esa mujer era muy tranquila, en cierto modo casi distante; a pesar de sus palabras de gratitud había utilizado un tono contenido. Tal vez para entonces ya había agotado todas las emociones que le quedaban.
Web había visto las fotografías de Gwen Canfield publicadas en los medios de comunicación durante el juicio. A diferencia de su esposo, Gwen había envejecido bien. Supuso que tenía entre treinta y cinco y cuarenta años.
Llevaba el pelo largo. Poseía el cuerpo de una mujer diez años más joven, con curvas donde agrada a los hombres y un pecho que sin duda sería el centro de muchas miradas. Tenía unas facciones encantadoras, los pómulos marcados y los labios carnosos. Si hubiera sido actriz, la cámara se habría enamorado de ella. Era alta y se mantenía bien erguida. La postura de la amazona, supuso Web.
–Vamos a la cochera. Está un poco más adelante.
Gwen le hizo dar la vuelta a Baron, espoleó al caballo con las botas, profirió un grito que a Web le resultó indescifrable pero que en el idioma ecuestre debía de ser algo así como « galopa como alma que lleva el diablo», porque eso fue exactamente lo que hizo el viejo Baron. Caballo y amazona volaron camino abajo. Acto seguido, Gwen se inclinó hacia delante, de hecho se fundió con el torso del caballo cuando Baron se elevó sobre el terreno, salvando la valla de casi un metro de altura en la brecha destinada a permitir el paso de caballo y jinete, aterrizó en el prado y siguió galopando sin perder el paso. O la pezuña. Web soltó un bocinazo a modo de aplauso y Gwen saludó con la mano sin mirar atrás.
Resultó ser que la cochera era el lugar de las enormes ventanas de estilo Palladio y con la veleta con la pátina del paso del tiempo que Web había visto con anterioridad. Gwen desmontó y ató a Baron a un poste. Mientras descargaban sus cosas del coche, Web le hizo una seña a Romano para que no sacara las armas delante de la mujer.
Web observó la ubicación de la cochera con respecto a la casa principal, que apenas se veía al final de la carretera larga y flanqueada por árboles. Se volvió hacia Gwen.
–No pretendo mostrarme desagradecido, pero ¿no podríamos alojarnos en la casa principal? Si ocurre algo, tardaríamos demasiado en llegar a ella.
–Billy ha dicho la cochera. Si os supone algún problema tendréis que hablarlo con él.
« Supongo que así será», se dijo Web.
–Lo siento mucho, señora Canfield. No es justo que tengan que volver a pasar por esto.
–Ya no pienso que el mundo es justo -lo miró fijamente-. Billy me ha dicho que te conocíamos, pero lamento no recordar de dónde.
–Formaba parte del Equipo de Rescate de Rehenes que estaba en el colegio aquel día.
Gwen bajó la mirada unos segundos.
–Ya veo. Y ahora ese hombre vuelve a estar suelto. El que mató a David.
–Desgraciadamente sí. Pero esperemos que no por mucho tiempo.
–Lo tenían que haber ejecutado.
–No voy a discutirle eso, señora Canfield.
–Llámame Gwen. Aquí no somos demasiado formales.
–De acuerdo, Gwen. Y tú puedes llamarnos Web y Paulie. Pero estamos aquí para asegurarnos de que tú y tu esposo estáis a salvo.
Ella lo observó.
–Hace años que no me siento a salvo, Web. No creo que ahora vayan a cambiar las cosas.
Gwen los condujo al interior. La planta baja de la cochera estaba llena de coches antiguos restaurados. Web miró a Romano porque era un forofo del automovilismo y le pareció que su compañero sufriría un infarto.
–Billy los colecciona -explicó Gwen-. Es como su museo de coches privado.
–¡Un Stutz Bearcat con el volante a la derecha! – exclamó Romano. Se paseó por la zona, asombrado, como un muchacho en el Baseball Hall of Fame-. Y éste es un Lincoln LeBaron de 1939. Sólo se fabricaron nueve.
Y… ¡oh! – se fue corriendo al extremo más alejado de la planta baja y se quedó inmóvil-. Web, es un Duesenberg SSJ Speedster de 1936 -miró a Gwen-. ¿Me equivoco o sólo se fabricaron dos, uno para Clark Gable y otro para Gary Cooper? Dime que no me equivoco.
Gwen asintió.
–Estás muy bien informado. Éste es el de Cooper.
A Web le dio la impresión de que Romano estaba a punto de desmayarse.
–Qué pasada -dijo Romano. Se volvió hacia la mujer-. Gwen, quiero que sepas que para mí es un gran honor estar bajo el mismo techo que estas máquinas legendarias.
Web empezaba a hartarse.
Gwen miró a Web y meneó la cabeza con un esbozo de sonrisa en la comisura de los labios.
–Los hombres y sus juguetes. ¿Tú tienes juguetes, Web?
–La verdad es que no. Tampoco tenía juguetes de pequeño.
Gwen le dedicó una mirada penetrante antes de añadir:
–Arriba hay dos dormitorios con baño propio y una cocina totalmente equipada con sala de estar. Este edificio era la cochera de la finca en la época colonial. Es una propiedad con mucha historia. En la década de 1940
el propietario la convirtió en parque de bomberos. Billy la remodeló como casa de invitados cuando compró la finca, aunque con los veinte dormitorios de la casa principal siempre pensé que la casa de invitados resultaba superflua.
–¡Veinte habitaciones! – exclamó Romano.
–Sí, entiendo tu sorpresa -afirmó Gwen-. Crecí en una granja a las afueras de Louisville. Teníamos dos habitaciones para siete personas.
–Billy tampoco proviene de una familia rica, si no recuerdo mal -comentó Web.
–Las compañías de transporte no son un negocio fácil, pero a él le fue bien.
–Se quejaba de que este rancho le chupaba hasta el último centavo -
comentó Romano-. Pero estos coches no son precisamente baratos.
Gwen sonrió realmente por primera vez y Web notó que él también le estaba devolviendo la sonrisa.
–Pronto os daréis cuenta de que a Billy Canfield le gusta quejarse. De todo.
Pero sobre todo del dinero. Estoy segura de que os ha dicho que enterramos hasta el último centavo que teníamos en este lugar, y es verdad. Pero lo que probablemente no os ha dicho es que el primer potro que vendimos ganó el Kentucky Derby y quedó tercero en el Preakness.
–¿Cómo se llamaba el caballo?
– Rey David -respondió Gwen con voz queda-. No conseguimos dinero en efectivo, por supuesto, pero nos dio notoriedad y aquí tenemos a la yegua de cría que tuvo a Rey. El semental con el que la emparejamos no era tan bueno, lo cual significa que las líneas de sangre de nuestra yegua se llevaron el mérito de la proeza de Rey.
–Me parece bien, teniendo en cuenta que la hembra hace todo el trabajo -
dijo Web.
Gwen le dedicó una mirada.
–Me gusta tu forma de pensar. Así pues, gracias a los méritos de Rey, toda la gente del país que sabe de carreras de caballos ha oído hablar de East Winds y nuestros caballos suelen estar bien cotizados. Tenemos algunos caballos de carreras ganadores y los costes de los sementales son impresionantes. Además, estos últimos dos años hemos conseguido una buena tanda de yearlings y somos muy eficientes. No me malinterpretéis, gestionar un rancho para la cría de caballos es sumamente caro. Pero por mucho que Billy se queje, creo que nos irá bien.
–Me alegro -dijo Web-. Supongo que vinisteis aquí poco después del juicio.
–Si necesitáis algo, llamad a la casa y nos ocuparemos de lo que haga falta -
replicó Gwen de manera cortante-. El número está en la pared al lado del teléfono de arriba.
Se marchó antes de que tuvieran tiempo de darle las gracias.
Subieron a la planta superior y echaron un vistazo. Estaba decorada con
antigüedades, llena de detalles refinados y elegantes y Web estaba convencido de que la mano de Gwen Canfield había dejado su impronta.
Billy Canfield no parecía demasiado interesado en el diseño de interiores.
–Este sitio es una pasada -dijo Romano.
–Sí, y una pasada de lejos de la gente que debemos proteger, y eso no me gusta.
–Pues llama a Bates para que llame a Canfield y así se pueden gritar mutuamente. No somos más que soldados de a pie, hacemos lo que nos mandan.
–¿Qué te parece Gwen Canfield?
–Agradable y guapísima. Toda una señora. Canfield es un tipo afortunado.
–No te hagas ilusiones, Paulie.
–Sí, como que Angie iba a dejarme con vida para disfrutarlo.
–Deshaz las maletas y vamos a hacer la ronda. Quiero pegarme a Canfield.
Si vamos a protegerle, lo mínimo es estar cerca de él. Y probablemente tengamos que hacer turnos, Paulie, así que nos turnaremos para dormir.
–Como en los viejos tiempos de francotiradores.
–Sí, como en los viejos tiempos de francotiradores, sólo que tú roncas como un tren de mercancías.
–Ya no; Angie se encargó de que se me pasara.
–¿Cómo lo consiguió?
–No me apetece hablar del tema, Web.
Salieron de la casa y enseguida se encontraron con Percy Bates.
–¿Ha habido suerte con lo de la bomba? – inquirió Web.
–En opinión de los técnicos, era un dispositivo bastante complejo. Estamos hablando con todos los que pudieran saber algo. Por ahora no tenemos nada. Pero ese teléfono no entró solo en el coche.
–A lo mejor se trata de alguien de la casa. Quizás un miembro de la Sociedad Libre en la finca -añadió Web.
Bates asintió con expresión de suma preocupación.
–Contratan a gente de zonas parecidas a ésta. Tipos blancos de pueblo a quienes les gustan las armas, la tierra, las viejas costumbres y son unos resentidos porque ven que el mundo cambia rápido y los suyos ya no están en la cúspide.
–¿Ha ocurrido algo relacionado con los Free en el sur de Virginia?
–Tenemos a gente vigilándolos pero por el momento no hemos conseguido nada. Después de todo este movimiento quizás intenten pasar inadvertidos.
Eso sería una actitud inteligente. Y no son tontos. Seguro que saben que son sospechosos en este asunto y que los vigilamos. Sólo necesitamos una conexión para poder ir a por ellos.
–¿Dónde está Canfield? Lo cierto es que me suele gustar seguirle el rastro al hombre al que tengo que proteger.
–Y Gwen también. Ella recibió las mismas amenazas de muerte que su marido.
Web reflexionó al respecto.
–Bueno, Paulie y yo podemos separarnos pero estaría bien contar con más hombres para este trabajo. East Winds parece una finca de tamaño
considerable.
–En realidad son ochocientas hectáreas y sesenta y ocho edificios. He hablado con Canfield sobre el tema y me ha dicho que si quería traer a más hombres, primero me vería en los tribunales y luego en el infierno, y me lo tomo al pie de la letra. Es decisión vuestra, pero mira, Web, no estaremos demasiado lejos.
–Cuento con ello, Perce.
–Oh, Web…
–¿Sí?
–Gracias por salvarme la vida.
Encontraron a Billy Canfield en el centro ecuestre examinando la pata delantera de un semental ante la atenta mirada de Nemo Strait y dos jóvenes vestidos con ropa de montar.
Canfield se dirigió a uno de los jóvenes.
–Lo mejor será llamar al veterinario; podría tratarse sólo de un esguince pero quizá sea una fractura. Espero que no, joder -mientras el hombre se marchaba, Canfield le dijo a voz en grito-: ¡Y dile al maldito herrador que si no se presenta con una herradura mejor, cambio de herrador! ¡Tenemos varios caballos con los cascos blandos, y los adhesivos ya son lo suficientemente buenos y él ni siquiera tiene!
–Sí, señor.
Canfield le dio una palmada al caballo en el costado, se limpió las manos y se acercó a los hombres del ERR.
–¿Herrador? – preguntó Romano.
–El que hierra a los caballos -respondió Canfield-. Un herrero con pretensiones. En los viejos tiempos, los ranchos de caballos disponían de uno a tiempo completo. Ahora vienen una vez a la semana en el camión con una fragua en la parte trasera, el yunque, el martillo y herraduras preacuñadas y hacen su trabajo. No son baratos, pero ¿a quién le gusta ese tipo de trabajo? Es duro, peligroso y se pasa mucho calor, los caballos intentan romperte la crisma de una coz constantemente.
–¿Qué son los adhesivos que has mencionado? – quiso saber Web.
–A veces las paredes de los cascos de los caballos -respondió Strait-, son demasiado finas para los clavos y se rompen, sobre todo en el caso de los caballos importados de Europa, debido a las diferencias de clima y de terreno; se les astillan los cascos. La herradura blanda no exige clavos, es como una bolsita sobre los cascos. Dura un par de meses si se hace bien. Y
los adhesivos son exactamente eso. Herraduras pegadas, sin clavos.
–Me parece que tenemos mucho que aprender sobre este negocio.
–Bueno, yo siempre he aprendido rápido -dijo Billy al tiempo que miraba a Strait. Luego miró a Bates-. ¿Habéis hablado con mis chicos? Tengo un rancho del que encargarme.
–Enseguida nos marcharemos de aquí.
Canfield miró a Web y luego señaló a Bates.
–Me contó lo de los asesinatos por teléfono y todo eso. Pero debo reconocer que reaccionaste muy rápido.
–Yo también aprendo rápido -manifestó Web.
Canfield lo observó con curiosidad.
–Bueno, ¿qué más quieres aprender?