El último hombre

David Baldacci · Capítulo 10 de 57

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El último hombre

Capítulo 10

Espero tener más en el futuro.

–O sea que tienes algo entre manos, ¿no? – se apresuró a decir Bates-.

Randy, te creo, vale, pero hay personas ante quienes debo responder.

Entiendo tus preocupaciones, han pasado un montón de cosas chungas y estamos intentando averiguar de dónde han salido, pero tú también deberías comprender mis preocupaciones -hizo una breve pausa-. Maldita sea, venga, te garantizo que si te presentas ahora te vigilaré como si fueras mi padre en el lecho de muerte, ¿vale? Espero que, después de todo lo que hemos pasado juntos, confíes en mí. Te he echado una mano más de una vez

-Cove no replicó-. Randy, dime qué necesitas para presentarte y veré lo que puedo hacer.

Cove seguía sin replicar. Bates soltó varias palabrotas y corrió hacia la parte posterior del muro. Vio una puerta que daba al exterior. Intentó abrirla, pero estaba cerrada. Rodeó corriendo el anfiteatro y salió al aire libre. La ceremonia del cambio de guardia estaba terminando y la multitud se había desperdigado por los senderos pavimentados y el cementerio. Bates miró por todas partes y supo que lo había perdido. A pesar de su corpulencia, Cove había aprendido a pasar desapercibido en cualquier lugar. Lo único que Bates sabía era que vestía de encargado del cementerio o de turista.

Bates tiró el mapa a la basura y se alejó caminando con pesadez.

Capítulo 10

El barrio por el que Web conducía era idéntico a la mayoría de los de la zona. Humildes casas de la posguerra con forma de caja, entradas de gravilla y marquesinas metálicas. Los patios delanteros eran minúsculos, pero en la parte posterior había grandes espacios para el garaje, la parrilla y manzanos de tronco escindido que daban una sombra agradable. Era la

tierra de las familias de clase obrera que todavía se enorgullecían de sus casas y nunca daban por sentado que sus hijos irían a la universidad. Aquel día los hombres trasteaban con los coches viejos en el ambiente fresco del garaje, las mujeres se reunían en las entradas de los porches para tomar café, fumar cigarrillos y cotillear bajo un sol que resultaba demasiado caluroso para esa época del año y un cielo que, por fin, se había despejado del todo tras la última tormenta. Niños con shorts y zapatillas recorrían las calles en patinetes que impulsaban con el pie.

Al aparcar frente a la casa de Paul Romano, Web vio a Paulie, que era como todos le llamaban, trabajando bajo el capó de un Corvette Stingray de época que era su joya y orgullo, mientras que su esposa e hijos estaban un poco por debajo en el contador del amor y la efusión. Paul Romano, nativo de Brooklyn, era el típico manitas de los de «ensuciarse las manos» y encajaba a la perfección en un barrio como aquél, repleto de mecánicos, encargados del tendido y mantenimiento de cables, camioneros y otros oficios por el estilo. La única diferencia residía en que Romano, siquería, podía matarte de cien formas distintas y, desde luego, poco se podía hacer para evitarlo.

Paul Romano era de los que le hablaban a las armas y les ponía nombres como si fueran mascotas. La MP-5 se llamaba Freddy, como el Freddy de Pesadilla en Elm Street, y los dos 45 eran Cuff y Link, como las tortugas de la película Rocky. Sí, aunque resultara difícil de creer, Paul Romano era un fan incondicional de Sly Stallone… aunque siempre se quejaba de que el

« dichoso personaje de Rambo es un debilucho».

Romano levantó la vista sorprendido mientras Web pasaba caminando a su lado y echaba un vistazo a las tripas del Corvette Nassau-Blue con una capota convertible blanca. Web sabía que el coche era de 1966, el primer

año en que se fabricó el famoso motor de siete mil centímetros cúbicos con cuatrocientos cincuenta caballos; lo sabía porque Romano se lo había contado a él y al resto de compañeros del ERR más de mil veces. « Cuatro velocidades manuales. Velocidad máxima de doscientos sesenta por hora.

Deja atrás a cualquier coche», le había dicho hasta que Web se hartó de escucharlo. « Coches patrulla, colgados y pasados de vuelta al volante de coches abandonados, la mitad de los coches reforzados que corren en las carreras con colisiones».

Web se había preguntado a menudo qué se sentiría siendo un niño que recoge llaves inglesas y desguaza coches con su padre en la entrada de la casa. Y que aprende sobre los carburadores, los deportes, las mujeres, todas las cosas que hacían que valiese la pena vivir la vida. Algo como: « Eh, papá, cuando estás junto a ella, ya sabes, ¿a veces te preguntas lo de: debería rodearla con el brazo y, quizá, poner la mano "allí"? Sí, allí, papá, ayúdame, tú también fuiste joven, ¿no? No me digas que nunca pensaste en eso porque estoy aquí, ¿no? ¿Y cuándo debería besarla? ¿Qué señales debo esperar? Papá, no te lo creerás, pero no entiendo a las mujeres, ¿es más fácil cuando te haces mayor? ». Y el padre le guiñaría el ojo, sonreiría de manera cómplice, se tomaría un trago de cerveza, daría una larga calada al Marlboro y se sentaría, se limpiaría las manos grasientas en un trapo y diría: « Vale, escúchame bien, jovencito, así es cómo funciona la cosa.

Déjame que te lo explique y será mejor que lo anotes porque es la pura verdad, hijo». Mientras observaba las entrañas del Corvette, Web se preguntó qué se sentiría en momentos como aquéllos.

Romano miró a Web y no mencionó el motor de cuatrocientos cincuenta caballos que podría con todos los colgados al volante de coches abandonados.

–La cerveza está en el refrigerador. A un pavo la lata. Y no te pongas cómodo -dijo.

Web abrió el pequeño Coleman que estaba a sus pies y sacó una Budweiser, aunque no dejó un dólar en concepto de pago.

–Bueno, Paulie, ya sabes que Bud no es la única. He comprado algunas cervezas de Sudamérica buenísimas que deberías probar.

–Claro, ¿con mi sueldo?

–Ganamos lo mismo.

–Tengo esposa e hijos, tú no tienes una mierda.

Romano le dio un par de vueltas más a la llave de tubo y luego pasó junto a Web y puso en marcha el motor. Tenía tal potencia que parecía que la delgada carcasa metálica no lo contendría.

–Ronronea como un gatito -dijo Web mientras sorbía la cerveza.

–Como un tigre, coño.

–¿Podemos hablar? Tengo varias preguntas.

–Tú y todo el mundo. Claro, adelante. Tengo todo el tiempo del mundo.

¿Qué coño se supone que debo hacer en mi día libre, divertirme? ¿Qué es lo que necesitas? ¿Unas mallas de ballet? Se lo preguntaré a mi mujer.

–Sabes que me gustaría que no te burlaras de mí en Quantico.

–Y a mí me gustaría que no anduvieses mandoneándome. Y ya que estamos, sal zumbando de mis propiedades. Tengo principios para la gente con la que salgo.

–Hablemos, Paulie. Me lo debes.

Romano le señaló con la llave.

–No te debo nada, London.

–Después de habernos pasado ocho años metidos en esta mierda, creo que

nos debemos más de lo que nos imaginamos.

Los dos hombres se miraron directamente a los ojos, y Romano dejó por fin la llave, se limpió las manos, apagó el tigre y se dirigió hacia el patio trasero. Web lo interpretó como una invitación. Sin embargo, una parte de Web creía que Romano iba al garaje a buscar una llave más grande con la que golpearle.

En el patio trasero el césped estaba cortado, los árboles podados y un enorme rosal cubría un lateral del garaje. Debía de hacer unos veintisiete grados al sol, lo que se agradecía después de tanta lluvia. Sacaron un par de sillas y se acomodaron. Web observó a Angie, la mujer de Romano, tendiendo la ropa en una cuerda para que se secara. Angie era de Misisipí.

Los Romano tenían dos hijos. Angie era menuda, tenía curvas, pelo rubio y largo, ojos verdes cautivadores y una mirada del tipo « déjame comerte con los ojos, cariño». Siempre coqueteaba, siempre te tocaba el brazo o te rozaba la pierna con el pie, siempre te decía que eras guapo, pero de forma más bien inocente. A veces sacaba de quicio a Romano, pero Web sabía que le encantaba que su mujer atrajera a otros tipos. Formaba parte del carácter de Romano. Sin embargo, cuando Angie Romano se cabreaba era mejor andarse con ojo. Web había visto su otra cara en algunas reuniones del ERR; esa mujercita era una auténtica arpía cuando quería; había logrado que tipos muy seguros de sí mismos que disparaban armas para ganarse la vida corrieran a protegerse cuando tenía ganas de pelea.

Paul Romano era un asaltante del Equipo Hotel, pero Web y él habían llegado juntos al ERR y ejercieron de francotiradores durante tres años en el mismo grupo. Romano había estado con los Delta antes de sumarse al FBI.

Aunque tenía el mismo físico que Web, no muy musculoso, era fibroso.

Nada podía con él, era imparable. Le hicieras lo que le hicieras, nunca se detenía. En una ocasión, durante una redada nocturna en el bastión caribeño de un narcotraficante, el bote de asalto había dejado a Romano demasiado lejos de la orilla y el tipo, cargado con treinta kilos de equipo, se había hundido casi cinco metros hasta el fondo del mar. En lugar de ahogarse, como le habría pasado a la mayoría, tocó fondo, se irguió, logró orientarse, aguantó la respiración durante «sólo» cuatro minutos, caminó hacia la orilla y participó en el ataque. Dado que se había producido un caos en las comunicaciones y el objetivo no estaba exactamente donde se suponía que debía estar, Romano había atrapado al narcotraficante después de haber matado a dos de sus guardaespaldas. Y de lo único que se había quejado era de haberse mojado el pelo y de haber perdido una pistola llamada Cuff.

Romano tenía tatuajes por todo el cuerpo, dragones, cuchillos y serpientes, y un corazoncito con la palabra ANGIE en el bíceps izquierdo. Web se había topado con Romano el primer día de la clase de selección del ERR

para ese año, cuando la mayoría de los solicitantes esperaban, de pie, desnudos y asustados, el terror que sabían que llegaría. Web había repasado a los otros tipos en busca de cicatrices en las rodillas u hombros que evidenciaran debilidades físicas o expresiones que pusieran de manifiesto una parálisis mental. Aquello era tanto la libre empresa como el darwinismo en estado puro, y Web había buscado cualquier cosa que le otorgara una ventaja sobre sus rivales. Web sabía que sólo la mitad pasaría la primera prueba que tendría lugar dentro de dos semanas, y sólo a uno de cada diez le ofrecerían que regresase y se «matase» de verdad.

Romano había llegado del equipo EAT del FBI de Nueva York, donde tenía la reputación de ser sumamente intimidante entre un grupo de tipos intimidantes. El primer día de pruebas del ERR no pareció asustarse en aquella habitación, rodeado de setenta hombres desnudos. Para Web, era el típico tipo que amaba el dolor, que se moría de ganas por que el ERR

empezara a machacarle. Y Romano también repartía dolor. En aquel entonces Web no había sabido si conseguiría una de las plazas del ERR, pero sí había intuido desde un principio que Romano llegaría hasta el final.

Los dos siempre habían sido supercompetitivos y Romano solía sacarle de quicio, pero Web admiraba sus aptitudes y valentía.

–Querías hablar, pues habla -dijo Romano.

–Kevin Westbrook. El niño del callejón.

Romano asintió.

–Vale.

–Ha desaparecido.

–¡Joder!

–¿Conoces a Bates? ¿Percy Bates?

–No. ¿Debería?

–Dirige la investigación de la OFW. Ken McCarthy dijo que Mickey Cortez y tú estabais con Kevin. ¿Qué puedes decirme?

–No mucho.

–¿Qué dijo el niño?

–Nada.

–¿A quién lo entregasteis?

–A un par de trajeados.

–¿Los nombres?

Romano negó con la cabeza.

–Eh, Paulie, ¿sabes cuál es la diferencia entre hablar contigo y hablar con una pared?

–¿Cuál?

–Ninguna.

–¿Qué quieres que diga, Web? Vi al niño, vigilé al niño y luego desapareció.

–¿Y quieres que me crea que no te dijo nada de nada?

–Hablaba muy poco. Nos dijo su nombre y dónde vivía. Lo anotamos.

Mickey intentó hablar con él, pero no le sacó nada. Joder, Cortez ni siquiera habla con sus hijos. Mira, no estábamos seguros de cuál era el papel del niño en todo lo sucedido. Es decir, estábamos moviendo el culo hacia el patio, vimos tu bengala y nos paramos. Entonces el niño surgió de la oscuridad con tu gorra y el mensaje. No estaba seguro de si estaba de nuestra parte o no. No quería cagarla legalmente al preguntarle cosas que no debía.

–Vale, hiciste bien. Pero ¿lo entregaste a los trajeados sin mediar palabra?

¿Cómo coño quieres que me lo trague?

–Enseñaron sus documentos y dijeron que venían a por el niño, eso es todo.

No podíamos negarnos. El ERR no se mete en las investigaciones. Web, nosotros les disparamos y nos los cargamos. Los trajeados son los fisgones.

Y tenía otras cosas de las que preocuparme. Sabes que Teddy Riner y yo estuvimos juntos en los Delta.

–Lo sé, Paulie, lo sé. ¿A qué hora se presentaron los trajeados?

Romano caviló unos instantes.

–No estuvimos allí mucho tiempo. Todavía era de noche. Hacia las dos y media, más o menos.

–Los de la OFW tuvieron que ser muy eficientes para prepararlo todo y enviar a esos tipos tan rápido.

–¿Qué querías que les dijera? Eh, no podéis llevaros al chico, sois demasiado eficientes, y el FBI no trabaja así. Caramba, así triunfaría y llegaría lejos.

–¿Podrías describirme a los trajeados?

Romano se lo pensó.

–Ya se los he descrito a los agentes.

–Otros trajeados. Venga, dímelo, no te pasará nada. Puedes confiar en mí.

–Claro. Si fuera tan estúpido, acabarías convenciéndome de lo que fuera.

–Venga, Paulie, de asaltante a asaltante. Del Equipo Hotel a lo que queda de Charlie.

Romano caviló al respecto durante unos instantes y se aclaró la garganta.

–Uno de ellos era blanco. Un poco más bajo que yo, delgado pero nervudo.

¿Contento?

–No. ¿El pelo?

–Corto y rubio… es un agente del FBI, ¿qué si no? ¿Crees que J. Edgar se dio una vuelta con el pelo recogido en una coleta?

–Algunos dicen que lo hizo. Eso y un traje. ¿Joven, viejo, ni una cosa ni la otra?

–Treinta y pico. Llevaba el mismo traje estándar del FBI que el tuyo, quizás un poco más elegante. De hecho, mucho más elegante que cualquier cosa que tengas en el armario, London.

–¿Ojos?

–Llevaba gafas de sol.

–¿A las dos y media de la mañana?

–Bueno, quizá fueran gafas de sol graduadas. No era el momento más indicado para preguntarle qué gafas le gustaban más.

–¿Recuerdas todo eso pero no su nombre?

–Me enseñó sus papeles y desconecté. Estaba en medio de la escena del crimen, había gente por todas partes y se habían cargado a seis de los nuestros. Vino a por el niño y se lo llevó. Hizo su trabajo. Joder, seguramente era mi superior.

–¿Qué me dices de su compañero?

–¿Qué?

–Su compañero, el otro trajeado, dijiste que eran dos.

–Exacto -Romano no parecía tan seguro ahora. Se frotó los ojos y tomó un trago de cerveza-. Bueno, verás, el otro tipo no vino. El trajeado le señaló, dijo que era su compañero, eso es todo. El otro hablaba con los polis, así que nunca vino a nuestro encuentro.

Web le miró con escepticismo.

–Paulie, eso significa que ni siquiera sabes a ciencia cierta si el tipo con el que hablaste iba con el otro. Podría haber ido sólito y haberse inventado

toda esa historia. ¿Le contaste esto a los verdaderos agentes del FBI?

–Mira, Web, tú eras un agente del FBI como Dios manda. Estás acostumbrado a investigar esta mierda. Yo era un Delta. Sólo me uní al FBI para pasar al EAT y luego al ERR. Ha pasado mucho tiempo y ya no sé hacer de detective. Me limito a dispararles y a cargármelos. Les disparo y me los cargo, tío, eso es todo.

–Bueno, tal vez te hayas cargado al niño.

Romano le miró enojado durante unos instantes y luego se repantigó en la silla y apartó la mirada. Web se imaginó que Romano estaría pensando en sus hijos. Web quería que Romano se sintiese culpable para que nunca volviera a meter la pata.

–El niño seguramente estará en algún vertedero. Tiene un hermano. Un tipo desagradable llamado Gran F.

–Como todos -gruñó Romano.

–El niño no ha disfrutado mucho de la vida. Viste el agujero de bala que tenía en la mejilla. Con sólo diez años.

Romano tomó otro trago de cerveza y se secó la boca.

–Sí, bueno, seis de los nuestros están muertos y no deberían estarlo y todavía me pregunto por qué no fueron siete.

Miró a Web con desagrado mientras pronunciaba esas palabras.

–Por si te sirve de consuelo, he empezado a buscar ayuda profesional para entender todo eso.

Acababa de reconocer algo muy importante, sobre todo tratándose de Romano, y se arrepintió de inmediato.

–Oh, sí, el consuelo es tan grande que voy a gritar por la calle: « Web va al loquero; el mundo está a salvo».

–Ya está bien, Paulie, ¿crees que quería quedarme paralizado? ¿Crees que quería ver cómo se cargaban a los míos? ¿Lo crees?

–Supongo que eres el único que sabe la respuesta -replicó Romano.

–Mira, sé que todo esto tiene muy mala pinta, pero ¿por qué me lo pones tan difícil?

–¿Quieres saber por qué? ¿De verdad quieres saber por qué?

–Sí.

–Vale, hablé con el niño o, mejor dicho, el niño habló conmigo. ¿Quieres saber qué me dijo?

–Soy todo oídos, Paulie.

–Dijo que estabas tan cagado que berreabas como un bebé. Me dijo que le suplicaste que no se lo dijera a nadie. Dijo que nunca había visto a nadie tan gallina como tú. Dijo que incluso intentaste darle el arma porque tenías miedo de usarla.

« Vaya con el niño desagradecido», pensó Web.

–¿Y te creíste toda esa basura?

Romano tomó otro trago de cerveza.

–Bueno, no me creí la parte del arma. No le darías el maldito SR75 a nadie.

–Muchísimas gracias, Romano.

–Pero el niño debió de ver algo para que me dijera todo eso. ¿Por qué

querría mentirme?

–Oh, no lo sé, Paulie, quizá porque soy un poli y no le caen bien los agentes de la ley. ¿Por qué no se lo preguntas a los francotiradores? Te dirán si estaba llorando o disparando. O quizá tampoco les creerías.

Romano hizo caso omiso de la explicación.

–Supongo que la gente se caga de miedo todo el tiempo, claro que preferiría no saberlo.

–Eres un cabronazo.

Romano dejó la cerveza y se incorporó a medias de la silla.

–¿Quieres ver lo muy cabrón que soy?

Los dos parecían dispuestos a pegarse cuando Angie llegó y saludó a Web; le dio un abrazo reconfortante y le habló de manera tranquilizadora.

–Paulie -dijo Angie-, a lo mejor a Web le gustaría quedarse a cenar. Estoy preparando chuletas de cerdo.

–A lo mejor no quiero que Web se quede a comer las malditas chuletas de cerdo, ¿vale? – gruñó Romano.

Angie se inclinó y tiró de la camisa de Romano, obligándole a levantarse.

–Perdónanos un momento, Web -dijo.

Web observó a Angie arrastrar a su marido hasta el lateral del garaje y darle un rapapolvo de proporciones intimidantes. Angie daba patadas en el suelo con los pies descalzos y agitaba la mano delante de la cara de Romano, imitando a la perfección a un sargento ensañándose con un soldado raso. Y

Paul Romano, capaz de matar a todo lo que se moviera, permanecía inmóvil con la cabeza gacha y aceptaba en silencio la reprimenda de su «mujercita».

Finalmente, Angie lo trajo de vuelta.

–Adelante, Paulie, pídeselo.

–Angie -dijo Web-, no le obligues…

–Cállate, Web -espetó Angie, y Web se calló. Angie le dio un manotazo a Romano en la nuca-. O se lo pides o dormirás en el garaje con tu estúpido coche

–¿Quieres quedarte a cenar, Web? – preguntó Romano con la mirada clavada en el césped y los brazos entrecruzados en el pecho.

–A cenar chuletas de cerdo -añadió Angie-, ¿y por qué no intentas decirlo como si lo sintieras de verdad, Paulie?

–¡Te apetece quedarte a cenar chuletas de cerdo, Web? – preguntó Romano con la vocecita más dócil que Web había oído en su vida, y mirándole a los ojos mientras lo decía. Estaba claro que Angie hacía milagros. Viendo cómo sufría Romano, ¿cómo rechazar la invitación?, aunque lo cierto era que sentía la tentación de hacerlo sólo para fastidiarle.

–Claro que me quedaré, Paulie, gracias por pensar en mí.

Angie entró en la casa para preparar la cena y los dos hombres siguieron bebiendo cerveza con la mirada clavada en el cielo.

–Por si te sirve de consuelo, Angie también me asusta un huevo, Paulie.

Romano le miró de reojo y por primera vez, que Web recordase, sonrió.

Web desvió la mirada hacia la cerveza.

–Supongo que les habrás contado a los de arriba lo que te dijo el niño.

–No.

Web alzó la vista, sorprendido. Romano tenía la mirada perdida.

–¿Por qué no?

–Porque no era verdad.

–Gracias.

–Sé cuándo mienten los niños, los míos no paran de hacerlo. Supongo que te estaba poniendo a prueba. Supongo que se ha convertido en una costumbre.

–Pero no me termino de creer que el niño dijera todo eso, Paulie. Le salvé el trasero. Joder, tuvo suerte dos veces. Gracias a mí no tiene otro agujero de bala en la mejilla.

Romano le miró, desconcertado.

–Ese chico no tenía una herida de bala.

–Claro que la tenía, en la mejilla izquierda. Y una cuchillada en la frente del tamaño de mi meñique.

Romano negó con la cabeza.

–Mira, Web, yo estaba con él y puede que no me fijara demasiado, pero me habría dado cuenta de algo así. Sé qué pinta tiene una herida de bala porque tengo una. Y me he cargado a bastantes tíos como para saber cómo son esas heridas.

Web se irguió.

–¿De qué color tenía la piel?

–¿De qué coño estás hablando? ¡Era negro!