El último hombre
Capítulo 42
–No te muevas de ahí -le dijo-. Enseguida estoy contigo.
Tan pronto hubo colgado, llamó a Romano, le informó de lo sucedido y se puso en camino rápidamente.
Capítulo 42
Claire había ido a un lugar público y muy seguro, un puesto de policía de un centro comercial de las afueras. No había informado a los agentes, le dijo a Web en cuanto apareció.
–¿Y por qué no?
–Antes quería hablar contigo.
–Mira, Claire, por como lo has descrito, me suena a mi colega Francis Westbrook y uno de sus compinches, probablemente Clyde Macy. La última vez que los vi uno acabó muerto. No sabes cuánta suerte has tenido.
–Pero no puedo asegurarte que fueran ellos, me vendaron los ojos.
–¿Reconocerías sus voces?
–Probablemente.
Hizo una pausa y se mostró desconcertada.
–¿Qué ocurre, Claire? ¿Qué te hace dudar?
–Este Francis, ¿qué nivel de estudios dirías que tiene?
–En lenguaje de la calle, tiene un doctorado. En, lenguaje formal, cero. ¿Por qué?
–El hombre que me amenazó hablaba de un modo extraño. Alternaba la jerga y el lenguaje del gueto y la dicción y el vocabulario de un hombre con estudios. No se le notaba cómodo con su forma de hablar porque a veces parecía forzado, como si intentara pensar en las palabras apropiadas a medida que hablaba, reprimía lo que le hubiera resultado natural pero a veces se equivocaba, y utilizaba palabras que… no sé…
–¿Sería más propio de la persona por la que intentaba hacerse pasar?
–Hacerse pasar, eso es.
Web respiró profundamente. Bueno, la cosa se estaba poniendo interesante.
Pensó en un segundón que intentaba dar un golpe maestro contra su jefe o clavar el cuchillo un poco más. Antoine Peebles, un rey de las drogas de pacotilla con una piel de cordero. Miró a Claire con admiración renovada.
–Tienes el oído muy fino, siempre atenta a las pistas que te dan los pobres casos perdidos como yo.
–Tengo miedo, Web. Tengo mucho miedo. Llevo años asesorando a gente para que se enfrenten a sus miedos, les he aconsejado que tengan iniciativa en vez de mantenerse pasivos, y ahora me pasa esto y me siento paralizada.
Web adoptó una actitud protectora y la rodeó con el brazo para encaminarla a su coche.
–Bueno, tienes todo el derecho a estar asustada. Lo que te ha pasado asustaría a cualquiera.
–A ti no.
Web advirtió que lo había dicho casi con envidia.
Mientras entraban en el Mach, Web le dijo:
–No te creas que no me asusto, Claire, porque no es así.
–Pues no se te nota.
–Se me nota pero de un modo distinto.
Cerró la puerta del coche y permaneció pensativo unos instantes antes de mirarla y tomarle la mano.
–Puedes enfrentarte al miedo de dos formas distintas. Cerrándote como una almeja y escondiéndote del mundo o haciendo algo al respecto.
–Ahora hablas como un psiquiatra -dijo ella cansinamente.
–Bueno, he aprendido de la mejor -le apretó la mano-. ¿Qué me dices?
¿Quieres ayudarme a resolver este entuerto?
–Confío en ti, Web.
Le sorprendió su respuesta, sobre todo porque eso no era lo que le había preguntado.
Puso el coche en marcha.
–Bueno, vamos a ver si encontramos al pequeño Kevin.
Web estacionó el coche en el callejón situado detrás de la casa en el que había vivido Kevin, y él y Claire fueron a la puerta trasera por si había alguien vigilando la delantera, como los hombres de Bates, por ejemplo. En aquel momento no quería por nada del mundo incumplir las normas del
FBI. Web llamó a la puerta.
–Sí, ¿quién es? – era una voz masculina, no la de la abuelita, y tampoco muy amable.
–Jerome, ¿eres tú?
Web notó una presencia al otro lado de la puerta.
–¿Quién coño pregunta?
–Web London, FBI. ¿Qué tal estás hoy, Jerome?
Web y Claire oyeron que exclamaba «¡ Mierda!», pero la puerta no se abría.
–Jerome, voy a seguir aquí hasta que abras la puerta. Y no intentes correr hacia la parte delantera como hiciste la última vez. Esa zona también está cubierta.
Oyó que corrían un cerrojo y se encontró cara a cara con Jerome. A Web le sorprendió que llevara una camisa blanca, pantalones de sport de buena calidad y una corbata a juego con su aspecto sombrío.
–¿Tienes una cita?
–Para ser agente del FBI, estás resultando un poco raro. ¿Qué quieres?
–Hablar. ¿Estás solo?
Jerome retrocedió.
–Ya no. Mira, tío, te contamos todo lo que sabemos. ¿Por qué no dejas de agobiarnos?
Web hizo pasar a Claire al interior, y luego cerró la puerta tras ellos.
Lanzaron una ojeada a la pequeña cocina.
–Intentamos encontrar a Kevin. Es lo que quieres, ¿no? – dijo Web.
–¿Qué significa eso?
–Significa que no suelo confiar en nadie. Sólo quiero hablar, eso es todo.
–Mira, estoy ocupado. Si quieres hablar con alguien, habla con mi abogado
-Jerome miró a Claire-. ¿Quién es ésta, tu novia?
–No, es mi loquera.
–Vaya, ésta sí que es buena.
–No, en serio, Jerome, es verdad -dijo Claire al tiempo que daba un paso adelante-. Y me temo que el señor London tiene ciertas dificultades.
–¿Y qué tengo yo que ver con sus dificultades?
–Bueno, ha dedicado tanto tiempo a este caso que creo que se está obsesionando. Este tipo de obsesiones a veces alcanzan niveles peligrosos, violentos si no se tratan en un período de tiempo razonable.
Jerome miró a Web y dio un paso atrás.
–Si este tío está loco, yo no tengo nada que ver. Ya estaba loco la primera vez que vino aquí.
–Pero no querrás que te ocurra algo a ti, que les ocurra a los demás. El señor London intenta descubrir la verdad y en mi opinión profesional descubrir la verdad, en el caso de una persona con ciertos problemas, es muy importante. Y estará muy agradecido, psicológicamente hablando, con quienes le ayuden a descubrirla. La otra cara de esta situación es algo a lo que seguro que no quieres llegar -miró a Web con una expresión de pesar mezclada con el toque de temor-. He visto las consecuencias de esto con anterioridad en el caso del señor London; es uno de los motivos por los que estoy aquí. Para evitar otra tragedia.
A Web no le quedaba otro remedio que admirar la labor de aquella mujer.
Jerome iba desviando la mirada de Claire a Web.
–Mira, te he dicho todo lo que sé -dijo con un tono mucho más calmado-.
De verdad.
–No, Jerome -replicó Web con firmeza-, no me lo has contado todo. Quiero saber cosas de Kevin sobre las que quizá nunca has pensado. Dejémonos de palabrería y vayamos al grano.
Jerome les hizo una seña para que le siguieran, y echó a andar por el pasillo que conducía al pequeño salón donde Web había hablado con ellos por vez primera. Antes de salir de la cocina, Web advirtió que estaba muy limpia, el fregadero impoluto, el suelo bien fregado. Mientras él y Claire seguían a
Jerome por el pasillo y entraban en el salón, observó que habían recogido la basura, habían fregado los suelos y frotado las paredes. Olía a desinfectante por todas partes. Había una puerta apoyada contra la pared cercana al baño y le habían quitado la chapa. Las aberturas del techo estaban apuntaladas.
Obra de la abuela, pensó, o al menos hasta que Jerome tomó una escoba y empezó a barrer y recoger una pila de porquería en una bolsa grande de basura.
Web dio un vistazo al «nuevo» hogar.
–¿Ha sido obra tuya?
–No tenemos por qué vivir en una pocilga.
–¿Dónde está tu abuela?
–En el trabajo. En la cafetería del hospital.
–¿Y cómo es que tú no estás trabajando?
–Empiezo dentro de una hora, espero que no pienses entretenerme mucho.
–Vas demasiado arreglado como para robar un banco.
–Eres la hostia, tío.
–¿Dónde está el trabajo?
« No tienes trabajo, Jerome, reconócelo».
Jerome acabó de llenar la bolsa, la cerró y se la lanzó a Web.
–¿Te importa sacarla por la puerta delantera?
Claire abrió la puerta y Web dejó la bolsa junto a la entrada, al lado de otras bolsas. Al cerrar la puerta vio que Jerome había sacado una caja de
herramientas de un armario. Extrajo un destornillador, unas tenazas y un martillo. Colocó las herramientas al lado de la abertura del baño y sujetó la puerta.
–Échame una mano, ¿quieres?
Web le ayudó a levantar la puerta para situarla más cerca de la abertura, la mantuvo alzada y observó mientras Jerome apretaba las bisagras flojas y utilizaba las tenazas para extraer los clavos de la puerta. La levantaron más, la encajaron en su sitio y Jerome clavó bien las bisagras con el martillo.
Abrió y cerró la puerta varias veces para comprobar que estuviera perfectamente alineada.
–Un tipo mañoso. Pero no es tu trabajo, a no ser que los carpinteros vayan con corbata al trabajo.
Jerome dejó las herramientas a un lado antes de responder.
–Trabajo por las noches en una empresa en la que me encargo del mantenimiento de los sistemas informáticos. Conseguí el empleo hace unos meses.
–¿Entiendes de ordenadores? – preguntó Claire.
–Me saqué la carrera de Informática en la escuela técnica.
A Web no le impresionó.
–Así que sabes de ordenadores…
–¿Estás sordo o qué? Es lo que acabo de decir.
–La última vez que estuve aquí no me dio la impresión de que tuvieras un trabajo remunerado.
–Ya te he dicho que trabajo por las noches.
–Ya.
Jerome miró a Web, se acercó al sofá y deslizó hacia fuera un maletín de ordenador que había debajo. Levantó la tapa y lo encendió.
–¿Estás en línea, tío? – preguntó Jerome.
–¿De qué hablas? ¿De patines o qué?
–Ja, ja. Ordenadores. Internet. Sabes lo que es eso, ¿no?
–No. He estado viajando por la galaxia los últimos diez años, estoy así de atrasado.
Jerome pulsó unas cuantas teclas y se oyó la voz que anunciaba a Jerome
« Tienes correo» de AOL.
–Un momento, ¿cómo accedes a Internet sin un teléfono? – preguntó Web.
–Mi ordenador está equipado con tecnología inalámbrica, lo hago a través de una tarjeta. Es como tener un teléfono móvil incorporado -dedicó una sonrisa a Web y sacudió la cabeza, claramente sorprendido-. Tío, espero que la mayoría de los agentes del FBI no sean tan ignorantes como tú sobre el tema de Internet.
–No insistas, Jerome.
–¿Sabes lo que es una galleta?
–Un pastelito azucarado que encanta a los niños.
–Nunca te cansas, ¿eh? Una galleta, o cookie, es un fragmento de texto sencillo. Un encabezado en http con un archivo de texto sencillo. El archivo recoge el dominio, la vía, la variable de valor que especifica un sitio web y un período de vigencia. Hay un montón de empresas que utilizan las
galletas para personalizar información, hacer el seguimiento de los enlaces más comunes o para estadísticas demográficas. Así, el contenido del sitio se renueva y capta el interés de los usuarios. Por ejemplo -pulsó unas cuantas teclas y la pantalla cambió-. Últimamente he visitado mucho este sitio y lo sabe. Por tanto, no me enseña la misma información, a no ser que la pida expresamente. Además, están empezando a utilizar las galletas en interacciones entre nodos, como almacenar datos personales que un usuario ha proporcionado en un sitio determinado, como las contraseñas.
–Almacenar datos personales. Esto suena un poco como el Gran Hermano -
dijo Claire.
–Bueno, puede ser, pero las galletas no son más que texto, no son un programa, no llevan virus. Ni siquiera acceden al disco duro, aunque el navegador guarda los valores de las galletas en él si es necesario, pero eso es todo. Hay gente que piensa que las galletas les llenarán el disco duro, pero es prácticamente imposible. La mayoría de los proveedores de acceso a Internet limitan las galletas. El límite de Netscape son trescientas, por lo que cuando se llega a esa cifra, automáticamente desecha las más viejas.
Microsoft las guarda en la carpeta de archivos de imágenes comprimidas con un ajuste máximo por defecto del dos por ciento del disco duro.
Además, normalmente las galletas son tan pequeñas que necesitarías unos diez millones de ellas para llenar un disco duro gigantesco. De hecho, estoy escribiendo unos pocos millones de líneas de código que llevarán las galletas a otro nivel, eliminarán lo malo y harán que resulten mucho más útiles. Y a lo mejor con esto consigo unos cuantos millones de dólares -
sonrió-. Lo último en galletas -apagó el ordenador y miró a Web-. ¿Alguna pregunta más?
La admiración se reflejaba claramente en el rostro de Web.
–De acuerdo, me has convencido, sabes de ordenadores.
–Sí, me dejé la piel estudiando, por fin consigo un empleo para el que no necesito ponerme una media en la cabeza y los intelectuales de los Servicios Sociales nos dicen que ganamos demasiado dinero y que tenemos
que dejar la que ha sido nuestra casa en los últimos cinco años.
–El sistema da asco.
–No, la gente que nunca ha vivido de él cree que da asco. Los que sí han vivido de él saben que no habríamos tenido un sitio a donde ir sin ellos.
Pero todavía me cabrea pensar que gano un poco más de dinero que trabajando en la mierda del Burger King y que por eso nos echan. No es precisamente que mi jefe me haya regalado unas stock options ni nada por el estilo.
–Bueno, es el comienzo, Jerome. Y es mejor que la alternativa que tienes por aquí, ya lo sabes.
–Voy a seguir prosperando. Voy a trabajar como un cabrón, nos marcharemos de aquí y nunca volveremos.
–¿Tú y tu abuela?
–Ella cuidó de mí cuando murió mi madre. Un tumor cerebral y sin seguro médico no es una combinación demasiado buena. Mi padre se suicidó con una 45 que se metió en la boca cuando iba colocado. Por supuesto que voy a cuidar de ella, igual que ella cuidó de mí.
–¿Y Kevin?
–También me ocuparé de Kevin -fulminó a Web con la mirada-. Si sois capaces de encontrarle.
–Lo estamos intentando. Tengo algunos conocimientos sobre su familia. Su relación con Gran… Me refiero a Francis.
–Es el padre de Kevin. ¿Qué más?
–Un poco más que eso. He conocido a Francis de cerca. Demasiado cerca, en realidad.
Web señaló las marcas de las distintas lesiones faciales que le había infligido el hombre. Jerome lo observó con curiosidad.
–Has tenido suerte si sólo te ha hecho eso.
–Sí, ésa es la impresión que tengo. Me contó cómo había llegado Kevin a este mundo. Lo de su madre y todo eso.
–Madrastra.
–¿Cómo?
–Era la madrastra de Kevin. Se pasaba el día enganchada. No sé qué le pasó a su verdadera madre.
Web exhaló un suspiro de alivio. No era incesto. Le lanzó una mirada a Claire,
–O sea que en realidad no son hermanos -intervino ella-. Son padre e hijo.
¿Kevin lo sabe?
–Nunca se lo he dicho.
–Pero ¿piensa que Francis es su hermano? ¿Eso es lo que quiso Francis? –
inquirió Claire, mientras Web la observaba de cerca.
–Francis consigue lo que quiere. ¿Te basta con esta respuesta?
–¿Por qué iba Francis a querer que Kevin creyera que eran hermanos?
–Tal vez no quería que Kevin supiera que se follaba a su madrastra y a la madre de Kevin. Se llamaba Roxy. Era drogadicta y tal, pero se portó bien con Kevin antes de morir.
–¿Cómo dispararon a Kevin? – preguntó Web.
–Estaba con Francis, quedó atrapado en un tiroteo entre bandas. Francis lo trajo aquí, es la única vez que he visto llorar a ese hombre. Yo mismo lo llevé al hospital porque la pasma lo habría detenido si lo hubiera llevado Francis. Kevin ni siquiera lloró, ni una sola lágrima, y eso que no paraba de sangrar. Pero nunca ha vuelto a ser el mismo desde entonces. Hay niños que se burlan de él, le llaman tarado.
–Los niños pueden ser crueles, y cuando se hacen mayores se vuelven todavía más crueles, sólo que de un modo más sutil -comentó Claire.
–Kevin no es tonto. Es listo como el hambre. Y qué bien dibuja, tío, dibuja de maravilla.
A Claire pareció interesarle.
–¿Te importa enseñarme los dibujos?
Jerome consultó la hora.
–No puedo llegar tarde al trabajo. Y tengo que tomar el autobús.
–¿A la gran tienda de galletas? – preguntó Web.
Por primera vez Jerome y Web intercambiaron una sonrisa.
–Mira, Jerome, si nos enseñas los dibujos de Kevin y hablas con nosotros un poco más, te llevaré personalmente al trabajo en un coche de puta madre y serás la envidia de todos tus amigos, ¿qué te parece?
Jerome los condujo a la planta superior y recorrieron un pasillo corto que conducía a una habitación muy pequeña. Cuando Jerome encendió la luz, Web y Claire miraron a su alrededor asombrados. Todos los centímetros de pared e incluso del techo estaban llenos de dibujos sobre papel, algunos al carboncillo, otros con lápices de colores y otros con tinta y bolígrafo.
Además, en una mesa pequeña situada al lado de un colchón que había en el
suelo se veían pilas de cuadernos de bocetos. Claire tomó uno y empezó a hojearlo, mientras Web seguía contemplando los dibujos de las paredes.
Algunos representaban cosas que Web conocía, paisajes y gente; Jerome y su abuela estaban reproducidos con un detallismo sorprendente. Otros dibujos eran abstractos y Web no sabía cómo interpretarlos.
Claire alzó la vista del cuaderno y barrió la habitación con la mirada antes de clavarla en Jerome.
–Sé algo de dibujo, Jerome, porque mi hija estudia Historia del Arte. Kevin tiene verdadero talento.
Jerome miró a Web como un padre orgulloso.
–Kevin dice que así es como ve las cosas a veces. « Dibujo lo que veo», me dice.
Web contempló el material de dibujo y los cuadernos de bocetos apilados sobre la mesa. También había un caballete pequeño en una esquina con una tela en blanco.
–Todo esto vale dinero. ¿Francis ayuda a pagarlo?
–Yo le compro el material a Kevin. Él le paga otras cosas, la ropa, el calzado, necesidades básicas.
–¿Se ha ofrecido alguna vez a ayudaros a ti y a tu abuela?
–Sí, pero no aceptamos su dinero. Ya sabemos de dónde procede. Kevin es otra cosa. Es su padre. Un padre tiene derecho a mantener a su hijo.
–¿Papá viene mucho por aquí?
Jerome se encogió de hombros.
–Cuando quiere.
–¿Crees que podría ser la persona que tiene a Kevin? Dímelo claro.
Jerome negó con la cabeza.
–Por mucho que Francis me desagrade, si quieres que te sea sincero, antes se cortaría la cabeza que permitir que le pasara algo a ese niño. Me refiero a que le costaría tan poco matarte como mirarte. Pero con Kevin siempre se ha portado bien, como un gigante benévolo. No quería que Kevin viviera con él porque sabía que sería demasiado peligroso.
–Me imagino que ha debido de ser un sacrificio enorme para Francis prescindir de alguien a quien quiere tanto. Pero ésa es la mayor prueba de amor, el sacrificio -declaró Web.
–El hombre cambia de casa constantemente porque hay gente que quiere matarlo. Vaya vida. Pero había gente que se encargaba de vigilar a Kevin, para asegurarse de que nadie llegaba a Francis a través del niño. No es que todo el mundo supiera la relación que tenían, pero no quería correr ningún riesgo.
–¿Le has visto desde que Kevin desapareció? – preguntó Web.
Jerome dio un paso atrás al oír la pregunta y se metió las manos en los bolsillos. Web enseguida advirtió que había vuelto a erigir un muro entre ellos.
–No quiero causarte problemas, Jerome. Habla claro y te prometo que lo que digas no saldrá de aquí. Lo estás haciendo muy bien, sigue así.
Jerome pareció pensárselo mientras se toqueteaba la corbata con la mano, como si se preguntara qué hacía con aquello alrededor del cuello.
–La noche que Kevin no regresó a casa. Era tarde, quizá las tres de la mañana. Yo acababa de llegar del trabajo y la abuela estaba levantada y todo andaba hecho un lío. Me dijo que Kevin había desaparecido. Subí
arriba a cambiarme, me estaba preparando para ir a buscar a Kevin y me preguntaba si debíamos llamar a la policía. Oí a mi abuela hablando con alguien, o mejor dicho él le estaba hablando, bueno, más bien gritando, Era Francis. En mi vida le había visto tan furioso -hizo una pausa y por un momento pareció estar a punto de salir disparado-. Él también buscaba a Kevin. Estaba convencido de que la abuela lo tenía escondido en algún sitio, pensé que iba a arremeter contra ella. Casi bajé la escalera rodando.
Pero no soy un cobarde ni un imbécil; probablemente ese hombre tardaría un segundo en liquidarme, pero tampoco voy a dejar que él ni nadie venga aquí y le haga daño sin intentar remediarlo. ¿Me entiendes?
–Claro, Jerome.
–Al final Francis se tranquilizó, entendió que Kevin no estaba aquí. Así que se marchó. Es la última vez que lo vi. Es la verdad.
–Te agradezco que me lo digas. Supongo que ahora te cuesta confiar en la gente.
Jerome repasó a Web con la mirada.
–Salvaste la vida de Kevin. Eso tiene mérito. Leo los periódicos, Web London, Equipo de Rescate de Rehenes. Si Kevin estuviera muerto no sería por tu culpa. Quizá por eso Francis no te levantó la tapa de los sesos.
–Pues eso no se me había ocurrido.
Web volvió a mirar la pila de cuadernos de bocetos.
–¿Les has dicho algo de esto a los otros agentes que vinieron aquí?
–No me preguntaron.
–¿Y la habitación de Kevin? ¿La registraron?
–Un par de ellos echaron un vistazo, no tardaron mucho.
Web miró a Claire. Parecieron leerse el pensamiento mutuamente.
–¿Te importa dejarme los cuadernos? Me gustaría enseñárselos a mi hija -
dijo Claire.
Jerome miró los cuadernos y luego a Web.
–Tienes que prometerme que me los devolverás. Aquí está toda la vida de Kevin -dijo.
–Lo prometo. Prometo hacer todo lo posible por traer a Kevin sano y salvo -
cogió los cuadernos y luego puso una mano sobre el hombro de Jerome-.
Ahora ha llegado el momento de llevarte al trabajo. Te cobraré un precio módico por hacerte de chófer.
Mientras bajaban la escalera, Web formuló otra pregunta: Kevin estaba solo en aquel callejón a las tantas de la noche. ¿Lo hacía a menudo?
Jerome apartó la mirada y no contestó.
–Venga, Jerome, ahora no te cortes -le incitó Web.
–Joder, Kevin quería ayudarnos, ya sabes, ganar algo de dinero y salir de este sitio. Le molestaba no poder hacer nada. No era más que un niño, pero en ciertas circunstancias pensaba como un adulto.
–Estas cosas pasan cuando creces en un determinado entorno.
–Bueno, a veces Kevin callejeaba. La abuela es demasiado mayor para controlarlo. No sé con quién salía, y siempre que me lo encontraba por la calle lo traía a casa. Pero quizás intentara ganarse un dinero extra. Y por aquí es fácil conseguir dinero, por joven que sea uno.
Dejaron a Jerome en el trabajo y se dirigieron a casa de Claire.
–Por cierto, te has portado como una buena profesional -dijo Web.
–Supongo que es más mental que físico y ésa es mi especialidad -miró a Web-. Oye, has sido un poco duro con Jerome.
–Probablemente porque he visto a un millón de tipos como él en mi vida.
–Clasificar es peligroso, Web, e injusto para la persona clasificada. Lo cierto es que sólo se puede conocer a un Jerome cada vez. Y me he dado cuenta de que este Jerome te ha desmontado los esquemas.
–Es cierto -reconoció Web-. Supongo que cuando se lleva tanto tiempo trabajando en esto como yo, es fácil tacharlos a todos de lo mismo.
–¿Como a los padres?
Web no respondió.
–Lo de Francis y Kevin es una lástima -prosiguió Claire-. Por lo que dijo Jerome, debe de querer mucho a su hijo. Y tener que llevar una vida como ésa…
–No dudo que el grandullón quiera a Kevin, pero he visto a ese mismo tipo matar a un hombre a sangre fría delante de mí y me ha sacudido un par de veces, así que mi comprensión tiene sus límites -dijo Web con firmeza.
–El entorno de una persona suele dictar las decisiones, Web.
–Acepto parte de ese argumento pero he visto a demasiados tipos con orígenes incluso peores que llevan una vida normal.
–¿Te incluyes a ti?
Pasó por alto la pregunta y prosiguió:
–Supongo que ahora puedes recoger lo que necesites y te buscamos una
casa segura con algunos agentes que te vigilen para asegurarnos de que esos tipos no vuelven a molestarte.
–No sé si es buena idea.
–Quiero que estés segura.
–Yo también quiero estar segura, créeme, no tengo ninguna pulsión de muerte. Pero si estás en lo cierto y esa persona fingía ser Francis para asustarme y hacer recaer las sospechas sobre él, probablemente no corra peligro real.
–Probablemente, tú lo has dicho. Eso no es más que una hipótesis, Claire, y podría estar equivocada.
–Creo que si mi rutina cotidiana sigue siendo la misma, no tienen motivos para pensar que soy una amenaza. Y tengo mucho trabajo por hacer.
–¿Qué?
Le lanzó una mirada y Web se dio cuenta de que nunca la había visto tan preocupada.
–Estoy pensando en un hombre muy valiente que estuvo en un callejón, escuchó a un niño diciéndole algo fuera de lo común y luego fue incapaz de cumplir con su trabajo.
La fulminó con la mirada.
–No puedes estar segura de que haya alguna relación entre todo eso.
Ella le enseñó una página del cuaderno de bocetos.
–Oh, estoy absolutamente convencida de que sí tiene relación.
El dibujo era escueto, riguroso, poseía una claridad muy poderosa poco
propia de un niño. Una figura tan parecida a Kevin que podría tratarse de un autorretrato estaba de pie en lo que parecía un callejón de muros altos. Un hombre que podría ser Web, ataviado con uniforme de combate, corría al lado de Kevin. El niño tenía la mano extendida. Web tenía la mirada clavada en lo que el niño llevaba en la mano. El aparato era pequeño, podía ocultarse fácilmente en el bolsillo de un pantalón. El rayo de luz que despedía recorría toda la página y terminaba en el margen. Era como si el muchacho tuviera en la mano una especie de arma futurista que disparaba haces luminosos, tipo Guerra de las Galaxias o Star Trek. En realidad, era un dispositivo con el que todo el mundo, sobre todo los niños, estaban familiarizados. Era un mando a distancia, y éste emitía un haz de luz.
Podría haber sido el de un televisor, un equipo estéreo o cualquier otro aparato electrónico, Pero Web sabía que no lo era. No había visto ningún televisor en casa de Kevin y estaba seguro de que en su habitación tampoco lo había. Web tenía el convencimiento de que aquel mando a distancia había activado el láser del patio que, a su vez, había accionado las armas cuando Web y el Equipo Charlie habían entrado con gran estruendo en el lugar. El niño había desencadenado la situación. Y alguien había preparado al niño para lo que vería exactamente aquella noche, es decir, hombres con equipos antidisturbios y armados, porque estaba claro que Kevin Westbrook no había regresado a su casa a hacer aquel dibujo después del suceso. ¿Quién era aquel alguien?
Francis Westbrook iba al volante del Lincoln Navigator dos coches por detrás del Mach de Web. Como no tenía mercancía que vender, la mayor parte de su banda había desertado. En el negocio de las drogas, la gente no dejaba que la hierba creciera bajo sus pies, y la hierba siempre parecía más verde en otro lugar. Por supuesto, cuando llegabas al lugar nuevo, te encontrabas la misma mierda que en el resto de los sitios. Se vivía y se moría gracias al ingenio, y los imbéciles no duraban demasiado; no obstante, por cada traficante asesinado había una docena esperando ocupar su lugar; la atracción del narcotráfico era fuerte pese a los elevados índices de mortalidad porque a los habitantes del mundo de Francis Westbrook no les sobraban precisamente las opciones. Los científicos sociales con sus gráficas y tablas no servían de nada, Westbrook podía impartir clases
magistrales sobre el tema.
Se puso a pensar de nuevo en el dilema que lo acuciaba. No encontraba a Peebles en ningún sitio e incluso el siempre leal Macy había desaparecido.
Los hombres que le quedaban no eran precisamente santos de su devoción, así que se había embarcado solo en esta misión. Había estado vigilando la casa de Kevin con la esperanza de que el muchacho apareciera en cualquier momento. Durante la espera había recibido una agradable sorpresa. London del ERR y la mujer. Era la loquera, por lo menos sus hombres le habían dado esa información antes de abandonarlo. Giró el volante con la yema del dedo, tenía la mano derecha en la empuñadura de la pistola que yacía en el asiento delantero. Había visto a London y a la mujer entrando en la casa y luego al salir con Jerome. La loquera llevaba los cuadernos de bocetos de Kevin y Francis se preguntó por qué. ¿Acaso los cuadernos ofrecían una pista del paradero de Kevin? Había buscado a su hijo por toda la ciudad, había amenazado a ciertas personas, roto huesos y avivado egos más de lo necesario con ese fin, apoquinado miles de dólares en efectivo a cambio de información y, aun así, no tenía nada. Era evidente que los del FBI no lo tenían; no estaban jugando con él, intentando quizá que Kevin testificara contra el padre, de eso estaba convencido. Francis había tenido mucho cuidado con ese asunto; Kevin no sabía nada de las actividades de su viejo, por lo menos no con el tipo de detalles necesarios para el estrado. Pero si lo hiciera, Francis tendría que hacer de tripas corazón y aceptar la caída. Por encima de todo, tenía que hacer lo que fuera beneficioso para Kevin. En muchos sentidos ya había llevado una vida plena y rica, lo máximo que una persona como él podía esperar dentro de lo razonable. Pero Kevin tenía toda la vida por delante. London era un tipo listo. El plan de Francis era seguirlo y ver adonde le llevaba. Por supuesto, esperaba que le llevara a Kevin.
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