El último hombre
Capítulo 19
–¿Está muerto el otro chico?
El hombre se puso en pie.
–Si necesitas cualquier cosa, sólo tienes que decírnoslo. Te cuidaremos bien.
Kevin decidió recurrir a las amenazas.
–Mi hermano andará buscándome.
No lo había dicho con anterioridad, pero no había dejado de pensar en ello en ningún momento. Todo el mundo conocía al hermano de Kevin. Y casi todos le temían. Kevin rezó para que ese hombre también le tuviera miedo.
Kevin se vino abajo cuando, a juzgar por su expresión, vio que no era así.
Tal vez ese hombre no le tuviera miedo a nada.
–Descansa, Kevin -el hombre miró los dibujos-. Tienes mucho talento.
Quién sabe, a lo mejor podrías no haber acabado como tu hermano.
El hombre cerró la puerta con llave.
Aunque Kevin intentó evitarlas, las lágrimas le resbalaron por las mejillas y gotearon sobre la manta. Se las secó, pero aparecieron más. Se sentó en un rincón y lloró tanto que le costó respirar. Entonces se cubrió la cabeza con una manta y se quedó sentado en la oscuridad.
Capítulo 19
Web condujo el Crown Vic por la calle donde había vivido su madre. Era un barrio que estaba en las últimas, cuyo potencial nunca se había materializado y cuya vitalidad hacía ya mucho que se había agotado. Sin embargo, la ubicación, rural hacía treinta años, estaba ahora en pleno centro de la zona residencial de las afueras de la ciudad, en medio de la constante expansión del área metropolitana, donde los trabajadores se levantaban a las cuatro para llegar a la oficina a las ocho. Era probable que, en menos de cinco años, una promotora inmobiliaria comprara todas las propiedades ruinosas, las demoliese y casas nuevas a precios desorbitados se elevasen del polvo de las viejas casas sacrificadas por cantidades irrisorias.
Web salió del Crown Vic y miró a su alrededor. Charlotte London había sido una de las personas más ancianas de la zona, y la casa, a pesar de los esfuerzos de Web, estaba casi tan ruinosa como las demás. La valla de tela metálica apenas se tenía en pie. Las marquesinas metálicas de la casa estaban hundidas por el peso del agua y tenían tanta mugre que resultaba difícil imaginárselas limpias. El único árbol que había, un arce, estaba muerto y las hojas marrones del año anterior, agitadas por la brisa, interpretaban una triste melodía. El césped había crecido mucho porque hacía tiempo que Web no iba a pasar la máquina cortacésped. Durante años se había esforzado en conservarlo en buen estado, pero había acabado desistiendo porque su madre apenas se había ocupado de la casa y el patio.
Puesto que estaba muerta, Web pensó que algún día vendería la casa y no le apetecía dedicarse a eso en aquellos momentos, quizá nunca le apeteciese.
Web entró y echó un vistazo. Tras la muerte de su madre había ido a la casa de inmediato. Todo estaba desordenado, tal como su madre lo había dejado.
Se había pasado un día entero limpiándola y había sacado a la calle diez enormes bolsas de basura. No había dado de baja el agua, la electricidad ni el servicio de alcantarillado. No es que pensara vivir allí, pero sentía cierto apego. Inspeccionó las habitaciones, limpias salvo por alguna que otra telaraña. Se acomodó, consultó su reloj y encendió el televisor en el instante preciso en que un noticiario especial interrumpía el culebrón. Se trataba de la conferencia del FBI que le habían prometido. Web se inclinó hacia delante y ajustó la imagen y el sonido.
Web se quedó boquiabierto al ver a Percy Bates en el estrado. ¿Dónde coño estaba Buck Winters?, se preguntó Web. Escuchó a Bates repasar su distinguida trayectoria en el FBI y también retransmitieron varios momentos culminantes en los que Web recibía distintas condecoraciones, medallas y menciones de los dirigentes del FBI e, incluso, del presidente.
Bates explicó el horror de lo sucedido en el patio y el valor y las agallas de Web al enfrentarse a tamaño enemigo.
En una de las tomas, Web estaba en el hospital con la mitad del rostro vendado. Instintivamente, Web se tocó la vieja herida. Se sintió orgulloso y denigrado a la vez. De repente, deseó que Bates no lo hubiese hecho.
Ese vídeo no haría cambiar de parecer a nadie. Es como si adoptara una actitud defensiva. Los periodistas le crucificarían y, seguramente, acusarían al FBI de salvar el culo al proteger a uno de los suyos. Y quizás, en cierto modo, así fuera. Dejó escapar un gemido. Había pensado que la situación no empeoraría y, sin embargo, acababa de empeorar. Apagó el televisor, se quedó sentado y cerró los ojos. En su interior, sintió como si alguien le apoyara una mano en el hombro, pero allí no había nadie. Siempre que iba a la casa de su madre le pasaba lo mismo; la presencia de su madre estaba por todas partes.
Charlotte London se había dejado hasta el día de su muerte el pelo hasta la altura de los hombros, el cual con el paso de los años había pasado del rubio glorioso y sexy al cano elegante y lujoso. La piel no se le había arrugado porque era alérgica al sol y siempre se había protegido del mismo. Y el cuello había sido largo y suave con músculos marcados en la parte baja.
Web se preguntó cuántos hombres se habrían quedado prendados de aquella curva delicada pero poderosa. De adolescente Web había tenido sueños con su madre joven y sexy, de los que se avergonzaba hasta el día de hoy.
A pesar de la bebida y los penosos hábitos alimenticios, su madre no había engordado ni un gramo en cuarenta años y el peso seguía bien distribuido.
A los cincuenta y nueve años había estado despampanante. Una pena que el hígado no hubiese resistido. Todo lo demás habría seguido funcionando
durante un buen tiempo.
Aunque había sido muy hermosa, era su intelecto lo que atraía a casi todo el mundo. Sin embargo, las conversaciones entre madre e hijo habían sido del todo singulares. Su madre no veía la televisión. « Por algo la llaman la caja tonta -solía decir-. Prefiero leer a Camus. O a Goethe. O a Jean Genet.
Genet me hace reír y llorar a la vez, y no sé por qué pues Genet no tiene nada de humorístico. Sus temas eran viles. Depravados. Tanto sufrimiento.
Principalmente autobiográfico».
–Claro. Desde luego, Genet, Goethe -le había dicho Web hacía varios años-.
Hombres G, como yo, más o menos -su madre nunca había pillado el chiste.
«Hombres G» era otro nombre para designar a los agentes del FBI.
–Pero pueden llegar a ser sumamente cautivadoras… incluso eróticas -había dicho su madre.
–¿El qué? – había inquirido él.
–La vileza y la depravación.
Web había respirado hondo. Había querido decirle que había visto tanta vileza y depravación que habría hecho vomitar el almuerzo a su querido Jean Genet. Había querido explicar a su madre clara y llanamente que no había que bromear con esos males porque bastaba que un día alguien, arrastrado por la vileza y la depravación, apareciese en su puerta y acabase con su vida. Sin embargo, permaneció en silencio. Su madre solía causarle ese efecto.
Charlotte London había sido una niña prodigio y había asombrado a todo el mundo con su inteligencia. Se había matriculado en la universidad a los catorce años y se había licenciado en Literatura Norteamericana en Amherst con una de las mejores notas de su promoción. Hablaba cuatro idiomas con soltura. Tras licenciarse, viajó sola por el mundo durante casi un año; Web había visto las fotografías y leído sus diarios. Y eso sucedió en una época en la que las mujeres no hacían esa clase de cosas. Charlotte incluso había
escrito un libro donde narraba sus aventuras, y el libro seguía vendiéndose en la actualidad. Se titulaba London Times; London había sido su apellido de soltera y lo había recuperado tras la muerte de su segundo marido. Le había cambiado legalmente el apellido de Sullivan a Web después de divorciarse de su primer esposo. Web nunca había tenido el nombre de su padrastro. Su madre no se lo permitió. Era su forma de ser. Y nunca había sabido por qué le habían puesto un nombre tan extraño como Web. Había repasado todo el árbol genealógico materno pero la respuesta no estaba allí.
Su madre se había negado en redondo a tan siquiera decirle quién se lo había puesto.
De pequeño, su madre le había contado muchas de las cosas que había visto y hecho en sus viajes de juventud, y a Web aquellas historias le habían parecido las más maravillosas que había oído jamás. Y había querido acompañarla, escribir su propio diario y fotografiar a su hermosa y aventurera madre con las aguas prístinas de Italia de fondo o en una montaña coronada de nieve en Suiza o en la terraza de un café de París. En los sueños de niñez había imaginado a la madre hermosa y el hijo apuesto tomando el mundo por asalto. Pero cuando se casó con el padrastro de Web, esos sueños se desvanecieron.
Web abrió los ojos y se incorporó. Bajó al sótano. Una gruesa capa de polvo lo cubría todo y Web no encontró nada que se pareciese a lo que buscaba.
Subió la escalera y se dirigió a la cocina, en la parte posterior de la casa.
Abrió la puerta trasera y observó el pequeño garaje que daba cobijo, entre muchas otras cosas, al viejo Plymouth Duster de su madre. Web oyó gritos de niños que jugaban cerca. Cerró los ojos y apoyó la cara en la malla mientras interiorizaba aquellos sonidos. Se imaginó la pelota volando por los aires, las piernas corriendo tras ella, un Web muy joven pensando que si no la atrapaba ya podía despedirse de la vida. Olfateó el aire y le llegó el olor a humo de leña mezclado con el dulce aroma del césped de otoño recién cortado. Parecía que no había nada mejor en el mundo y, sin embargo, no era más que un olor que nunca duraba mucho. Y, entonces, volvías a encontrarte en tu vida de mierda. Web había descubierto que la mierda nunca era temporal.
En su visión, el joven Web corría y corría. Estaba anocheciendo y sabía que su madre le llamaría en cualquier momento. No para cenar, sino para ir corriendo hasta la casa de los vecinos y pedirles cigarrillos para su padrastro. O para apresurarse en llegar a Foodway con un par de dólares y otro cuento triste que contar al viejo Stein, que se ocupaba del establecimiento con mucha más generosidad de la que debía. El joven Web siempre se apresuraba en llegar a Foodway. Siempre cantaba la misma triste canción irlandesa, y su madre era quien le suministraba la letra. ¿Dónde había aprendido esa triste canción?, le había preguntado Web. Al igual que con el origen de su nombre, jamás obtuvo una respuesta.
Web recordaba a la perfección al señor Stein poniéndose en cuclillas con sus enormes gafas, la vieja chaqueta de punto y el mandil blanco y limpio, y aceptando gentilmente los billetes arrugados de mano de «Webbie» London, que es como le gustaba llamarle. Luego ayudaría a Web a elegir la comida para la cena e incluso quizá para el desayuno. Por supuesto, aquellos comestibles siempre costaban mucho más de dos dólares, pero Stein jamás había dicho nada al respecto. Sin embargo, no se había mostrado tan reservado con otras cosas.
–¡Dile a tu madre que no beba tanto! – le había gritado a Web mientras éste se alejaba corriendo con dos bolsas de comestibles llenas hasta los topes-. Y
dile a ese diablo de marido que Dios le castigará por lo que ha hecho, si es que no lo hace antes la mano de un hombre. ¡Si Dios me concediera ese honor! Rezo por ello todas las noches, Webbie. Díselo a tu madre. ¡Y a él también!
El viejo Stein estaba enamorado de la madre de Web, al igual que todos los hombres del barrio, casados o no. De hecho, el único hombre que no parecía estar enamorado de Charlotte London era su esposo.
Subió a la planta de arriba y observó la escalera plegable del desván situada en medio del pasillo. Tendría que haber empezado a buscar por ahí, por supuesto, pero no quería subir. Finalmente, tiró de la cuerda para arriar la escalera y subió por la misma. Encendió la luz y recorrió todos los rincones oscuros con la vista. Web volvió a respirar hondo y se dijo que los cobardes
sonrientes casi nunca lograban nada en la vida y que él era un valiente asaltante del ERR con una nueve milímetros cargada en la pistolera.
Caminó por el desván y se pasó una hora repasando compulsivamente muchos más elementos de su pasado de los que le apetecía.
Los anuarios del colegio estaban allí, con las fotografías de niños y niñas intentando parecer mayores de lo que eran, si bien al cabo de pocos años se esforzarían lo indecible por hacer lo contrario. Se entretuvo descifrando los garabatos de los compañeros, quienes esbozaban planes magníficos para su futuro, aunque, que Web supiera, ninguno de ellos los había materializado, incluido él. En una caja encontró la chaqueta universitaria y el casco de fútbol. Hubo una época en la que recordaba de dónde procedía cada uno de los arañazos que había en el casco. Ahora ni siquiera recordaba el número que había vestido. Había libros de texto viejos e inútiles y diarios repletos de dibujos estúpidos trazados por unas manos aburridas. Sus manos.
En un rincón había un perchero con prendas de las últimas cuatro décadas, llenas de polvo, moho y agujeros de polillas. También había discos antiguos pandeados por el calor y el frío. Había cajas de cromos de béisbol y fútbol que ahora valdrían una fortuna si Web no los hubiera empleado como blanco para los dardos. Había trozos de una bicicleta que recordaba vagamente haber poseído, junto con media docena de linternas estropeadas.
También había una figurilla de arcilla que su madre había esculpido, nada mal por cierto, pero su padre la había tratado a patadas tantas veces que no sólo se había quedado sin ojos, sino que también le faltaban las orejas y la nariz.
Todo aquello era el recuerdo de una familia bastante normal que, de hecho, había sido todo menos normal en ciertos aspectos.
Web pensó en dejarlo todo cuando descubrió la caja debajo de una colección de libros universitarios de su madre, las obras de filósofos, pensadores y escritores muertos hacía ya mucho tiempo. Web repasó rápidamente el contenido de la caja. Suficiente para empezar. Sería un investigador bastante penoso si no sabía cómo seguir a partir de aquello. Le sorprendió el hecho de no haber reparado antes en la caja mientras vivía en
la casa. Pero, claro, nunca la había buscado.
Se dio la vuelta y observó el rincón más lejano. Estaba oscuro y juraría que algo se había movido allí. Se llevó la mano al arma. Odiaba aquel desván.
¡Lo odiaba! Y, sin embargo, no sabía por qué. Sólo era un maldito desván.
Cargó con la caja hasta el coche y de vuelta al motel llamó a Percy Bates por el móvil.
–Buen trabajo, Perce. Todo cambia en un día. Pero ¿qué fue del viejo Bucky?
–Winters se echó atrás en el último momento.
–Claro. Por si me derrumbo. Y te pasó a ti el muerto.
–De hecho me ofrecí voluntario cuando él se rajó.
–Eres un buen tipo, Perce, pero nunca ascenderás en el FBI si sigues haciendo las cosas bien.
–Me importa una mierda.
–¿Alguna novedad?
–Averiguamos de dónde proceden las armas. Las robaron en un complejo militar de Virginia. Hace dos años. Vaya ayuda. Pero lo rastrearemos todo hasta descubrir la verdad.
–¿Se sabe algo de Kevin Westbrook?
–No. Y no se han presentado más testigos. Al parecer, todos son sordomudos.
–Supongo que habrás hablado con las personas con quienes Kevin vivía.
¿Has sacado algo en claro?
–Poca cosa. No le han visto. De todos modos, él evitaba ese sitio.
Web eligió con sumo cuidado las siguientes palabras.
–¿Así que nadie quería al niño? ¿Ni una madre ni una abuela?
–Una anciana. Y creemos que es la madrastra de la madre de Kevin o algo así. No nos explicó con claridad cuál era el parentesco. Parece sencillo, pero eso del clan familiar es más complicado de lo que uno se piensa. Padres encarcelados, madres desaparecidas, hermanos muertos, hermanas putas, bebés a cargo de cualquiera con un mínimo de decencia, y ésos suelen ser los mayores. Parecía preocupada por el niño, pero también tiene miedo.
Todos tienen miedo en esa zona.
–Perce, ¿llegaste a ver a Kevin antes de que desapareciera?
–¿Por qué?
–Estoy intentando reconstruir el espacio temporal desde que lo vi por última vez hasta que desapareció.
–Espacio temporal. Joder, ojalá se me hubiera ocurrido a mí -dijo Bates con sarcasmo.
–Venga, Perce, no intento ofender a nadie, pero le salvé la vida y me gustaría que no la perdiera ahora.
–Web, sabes que las posibilidades de que el niño aparezca con vida son prácticamente nulas. Quienquiera que se lo llevara no le estaba preparando una fiesta sorpresa. Hemos rastreado todos los sitios imaginables. Hemos puesto anuncios de búsqueda en todos los estados vecinos, incluso en las fronteras de Canadá y México. No nos los encontraremos paseando por la ciudad con el niño.
–Pero si trabajaba para su hermano, tal vez esté a salvo. Bueno, ya sé que
Gran F es un auténtico cabrón, pero no me lo imagino cargándose a su hermanito.
–He visto cosas peores, y tú también.
–Pero ¿viste a Kevin?
–No, no lo vi personalmente. Había desaparecido antes de que yo llegara.
¿Contento?
–Hablé con los tipos del ERR que lo vigilaban. Me dijeron que lo entregaron a un par de trajeados del FBI. – Web había decidido que no mencionaría que, según Romano, había sido cosa de un único hombre porque quería escuchar la versión de Bates.
–Sin duda alguna te sorprenderá saber que también hablé con ellos y averigüé lo mismo.
–No sabían los nombres de los agentes. ¿Tuviste suerte al respecto?
–El juego acaba de empezar.
Web abandonó todo intento congraciador.
–No, no es cierto, Perce. Pasé muchos años haciendo lo que haces. Sé cómo acaban estos casos. Si todavía no sabes quiénes eran los trajeados, eso quiere decir que no eran del FBI, que un par de impostores entraron en la escena del crimen del FBI, tu escena del crimen, y se largaron con un testigo clave. Quizá pueda ayudarte.
–Ésa es tu teoría. Y no quiero ni necesito tu ayuda.
–¿Me estás diciendo que estoy equivocado?
–Lo que te digo es que te mantengas bien alejado de mi investigación. Y lo digo muy en serio, joder.