El último hombre

David Baldacci · Capítulo 12 de 57

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El último hombre

Capítulo 12

–Juez, le he dicho que no encendiera esa luz. Le convierte en un blanco seguro…

El tintineo del cristal dejó mudo al jefe de policía, esoy la visión del juez Louis Leadbetter inclinado sobre su querido New York Times y las páginas ensangrentadas.

Capítulo 12

Web averiguó que la madre de Kevin Westbrook estaba probablemente muerta, aunque nadie lo sabía a ciencia cierta. Había desaparecido hacía años. Adicta al crack y a la metanfetamina, lo más seguro era que hubiera acabado con su vida tras pincharse con una aguja sucia o esnifar cocaína impura. Se desconocía la identidad del padre de Kevin. Al parecer, ese tipo de vacíos no era inusual en el mundo en el que Kevin Westbrook se movía.

Web condujo hasta una zona de Anacostia que incluso la policía evitaba, hasta un dúplex en ruinas situado entre otros en idéntico estado donde, al parecer, Kevin vivía con un batiburrillo de primos segundos, tías abuelas, tíos o cuñados lejanos. Web no sabía muy bien cómo vivía el chico ni tampoco lo sabía nadie más. Se trataba de la nueva y mejorada familia nuclear norteamericana. La zona tenía el aspecto que ofrecería si un reactor se hubiera estado desangrando en las cercanías durante muchos años. Al parecer, no podían crecer flores ni árboles; el césped de los pequeños patios era de color amarillo enfermizo; hasta los perros y los gatos de la calle parecían a punto de desplomarse. Todas las personas y las cosas parecían no tener vida.

El interior del dúplex era un vertedero. Desde fuera el hedor a basura putrefacta era intenso y dentro había olores desagradables intensificados por

la cercanía.

Aquella combinación letal impresionó tanto a Web al cruzar la puerta que pensó que acabaría palmándola. Hubiera preferido el gas lacrimógeno a esas toxinas caseras.

Las personas que se encontraban frente a él no parecían demasiado preocupadas de que Kevin no estuviera con ellos. Quizás el niño desaparecía cada vez que se producía un gran tiroteo. Había un joven malhumorado sentado en un sofá.

–Ya hemos hablado con los polis -dijo escupiendo las palabras a Web.

–Sólo ato cabos -dijo Web, que no quería pensar lo que Bates le haría si descubría que andaba fisgoneando por su cuenta. Bueno, se lo debía a Riner y a los otros tipos, al carajo con la política oficial del FBI. No obstante, sentía nervios en el estómago.

–Cierra el pico, Jerome -dijo una mujer sentada junto a él que parecía la abuela. Tenía el pelo canoso, pechos enormes, llevaba unas gafas grandes y parecía que no se andaba con tonterías. No le había dicho su nombre a Web y éste no había insistido; estaría en el informe del FBI, pero lo había obtenido de otras fuentes. Era tan grande como un coche pequeño y parecía que podía con Jerome. Qué coño, parecía que incluso podía con Web. Le había pedido dos veces a Web que le mostrase su insignia y documentación antes de abrir la puerta.

–No me gusta dejar pasar a personas que no conozco -explicó-. Polis o lo que sean. Esta zona nunca ha sido segura, al menos que yo recuerde. Y eso por ambas partes -dijo arqueando las cejas con una mirada que penetraba hasta el fondo del alma del agente de la ley que era Web.

« No quiero estar aquí -quiso decirle Web-, sobre todo porque contengo la respiración para no vomitar».

Al sentarse, Web vio los cimientos de la casa entre las amplias grietas del

suelo. Pensó que en invierno se estaría «calentito». En el exterior la temperatura sería de unos dieciocho grados pero dentro parecía que estaban a menos uno. No se oía el agradable sonido de una caldera encendida ni le llegaba el olor de una buena comida preparándose a fuego lento en la espléndida cocina de la abuela. En uno de los rincones de la habitación había una montaña de latas de Diet Pepsi. Alguien vigilaba su peso. Sin embargo, junto a las latas había un montón de basura del McDonald’s.

Seguramente de Jerome, pensó Web. Parecía el típico tipo que engullía Big Macs y patatas fritas.

–Lo comprendo -dijo Web-. ¿Lleva mucho tiempo viviendo aquí?

Jerome resopló al tiempo que la abuelita se miraba las manos entrelazadas.

–Tres meses -dijo-. En el otro sitio que vivíamos estuvimos mucho tiempo.

Estaba bien arreglado.

–Pero entonces decidieron que ganábamos demasiado como para vivir en un sitio tan maravilloso, y nos echaron -añadió Jerome enojado-. Nos pusieron de patitas en la calle.

–Nadie ha dicho que la vida sea justa, Jerome -le dijo la abuela. Observó aquel lugar inmundo y respiró tan hondo que pareció acabar con todas las esperanzas de Web-. También arreglaremos este sitio. Quedará bien.

A Web le pareció que no lo decía con mucha convicción.

–¿La policía ha averiguado algo más sobre la desaparición de Kevin?

–¿Por qué no se lo pregunta a ellos? – replicó la abuelita-. Porque a nosotros no nos cuentan nada del pobre Kevin.

–Se deshicieron de él -dijo Jerome mientras se hundía en el montón de cojines manchados y hundidos que hacían de sofá. Web ni siquiera veía la estructura básica. En el techo había tres agujeros tan grandes que casi no hacían falta escaleras para subir al segundo piso, bastaba con que te

sujetaras bien y te impulsaras hacia arriba. Las paredes estaban recubiertas de un moho negro y seguramente habían empleado pintura con plomo. Y, sin duda, de las cañerías colgaría amianto. Había excrementos de roedores por doquier y Web habría apostado mil pavos a que las termitas habían devorado casi toda la madera de la casa, que es lo que explicaría la ligera inclinación hacia la izquierda que había apreciado al llegar desde la acera.

Los inspectores debían de haber declarado inhabitable toda esa zona o, de lo contrario, estarían bebiendo café en algún lugar y partiéndose el culo.

–¿Tiene una fotografía de Kevin?

–Claro, se la dimos a la policía -dijo la abuela.

–¿Tiene otra?

–No tenemos por qué darte nada más -gruñó Jerome.

Web se inclinó hacia delante y dejó entrever claramente la empuñadura de la pistola.

–Sí, Jerome, tienes que hacerlo. Y si no cambias de actitud, arrastraré tu culo hasta el centro de la ciudad y repasaremos tu expediente en busca de alguna orden judicial que sirva para encerrar tu culito, a no ser que quieras venirme con historias y decirme que nunca te han arrestado, listillo.

Jerome apartó la mirada.

–Mierda -murmuró.

–Cállate, Jerome -dijo la abuela-. Cierra el maldito pico.

« Así me gusta, abuelita», pensó Web.

Sacó una cartera y extrajo una fotografía. Se la tendió a Web y, al hacerlo, los dedos le temblaron un poco y se le hizo un nudo en la garganta, pero se repuso enseguida.

–Es la última fotografía que me queda de Kevin. No la pierda, por favor.

–La cuidaré bien. Se la devolveré.

Web observó la fotografía. Era Kevin. Al menos el Kevin al que había salvado en el callejón. Así que el niño que Cortez y Romano habían vigilado era otro que les había mentido y dicho que era Kevin Westbrook.

Aquello requería cierta planificación, pero tendría que haber sido sobre la marcha. Y, de todos modos, ¿con qué propósito?

–¿Le entregó la otra fotografía de Kevin a la policía?

La abuela asintió.

–Es un buen chico. Va al colegio casi todos los días. Un colegio especial porque es un niño muy especial -añadió con orgullo.

Web sabía que en aquella zona ir al colegio era un logro casi tan importante como llegar con vida al día siguiente.

–Estoy seguro de que es un buen chico -miró al futuro reo de ojos desorbitados. « Tú también fuiste un buen chico, ¿no, Jerome? »-. ¿Eran policías uniformados?

Jerome se incorporó.

–¿Te crees que somos estúpidos? Eran del FBI, tío, como tú.

–Siéntate, Jerome -dijo Web.

–Siéntate, Jerome -dijo la abuela, y Jerome se sentó.

Web pensó rápidamente. Si el FBI tenía una fotografía de Kevin entonces sabrían que habían detenido, aunque fuera por muy poco tiempo, al niño equivocado. Romano no tenía ni idea de que hubiera dos niños. Se había

limitado a describirlo como a un niño negro. ¿Y si eso era todo cuanto figuraba en el informe oficial? Si el Kevin Westbrook impostor había desaparecido antes de que Bates y los otros llegaran a la escena del crimen, entonces lo único que sabrían es que un chico negro de unos diez años llamado Kevin Westbrook, que vivía cerca del callejón, había desaparecido.

Irían a hablar con la familia, obtendrían una fotografía y proseguirían con la investigación. No era probable que le pidieran a Romano y a Cortez una descripción completa, sobre todo si no tenían motivos para sospechar de un cambiazo. Y Ken McCarthy había dicho que los francotiradores no habían visto al verdadero Kevin cuando el Equipo Charlie había pasado junto a él al llegar. Quizá Web fuera el único que estaba al tanto del engaño.

Web miró a su alrededor y, aunque sólo fuera por la abuela, o fuera cual fuera su parentesco con Kevin, se esforzó por no mostrar su indignación.

–¿Kevin vivía aquí? – Bates había dicho que la vida familiar de Kevin era desdichada y que la evitaba en la medida de lo posible, lo que explicaba por qué se encontraba fuera de casa a las tantas de la madrugada en vez de estar en la cama. El entorno físico era lamentable, pero tal vez no mucho peor que la mayoría de las casas de la zona. La pobreza y el crimen eran algo común y las huellas que dejaban no eran en modo alguno agradables. No obstante, la abuelita parecía firme como una roca. Una buena persona y, al parecer, se preocupaba por Kevin. ¿Por qué querría evitarla Kevin?

La abuela y Jerome intercambiaron una mirada.

–Casi siempre -dijo la abuelita.

–¿Dónde se quedaba cuando no dormía aquí?

No respondieron. La abuela se miró el regazo y Jerome cerró los ojos y movió la cabeza, como si escuchara una música interior.

–He oído decir que Kevin tiene un hermano. ¿Se queda con él a veces?

Jerome abrió los ojos por completo y la abuela dejó de mirarse el regazo.