El último hombre

David Baldacci · Capítulo 57 de 57

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El último hombre

Capítulo 57

salido adelante.

Web le miró directamente a los ojos.

–Quizá sí, Billy. Pero ahora nunca lo sabremos.

Oyeron pasos que bajaban por la escalera y los dos salieron de la habitación. Era Bates. Pareció sorprenderse de ver a Web todavía por allí.

–Había olvidado preguntarte un par de cosas más, Billy -Bates observó el rostro pálido de Web-. ¿Estás bien? – miró la expresión afligida de Billy y luego a Web de nuevo-. ¿Qué ha pasado?

Web miró a Billy y luego se dirigió a Bates.

–Nada. ¿Por qué no le haces después las preguntas a Billy? Creo que necesita estar solo un buen rato.

Web volvió a mirar a Canfield y luego rodeó a Bates con el brazo y le condujo escaleras arriba. Apenas habían llegado a la planta principal cuando oyeron el disparo. Era la escopeta Churchill.

Web se lo había imaginado.

Capítulo 57

Web fue a ver a Kevin Westbrook dos días después de que Billy Canfield se suicidara. El niño había regresado junto a Jerome y la abuelita, gracias a su padre. Una parte de Web esperaba que Francis Westbrook, Gran F, se hubiera retirado. Al menos había sacado a su hijo de aquel mundo. La

abuela, que Web supo que se llamaba Rosa, estaba de buen humor y les preparó el almuerzo. Tal como había prometido, Web le había devuelto la fotografía de Kevin a Rosa así como los cuadernos de dibujo que Claire se había llevado, y también había dado un paseo con Jerome.

–No le he visto -dijo Jerome refiriéndose a Gran F-. Hace un momento Kevin no estaba aquí, y ahora está.

–¿Cómo va lo de la gran galleta? – preguntó Web.

Jerome sonrió.

–Está en el horno y estoy a punto de encender el fuego.

Antes de que Web se marchara, Kevin le dio un dibujo que había hecho. Se veía a un niño junto a un hombre.

–¿Tu hermano y tú? – preguntó Web.

–No, tú y yo -respondió Kevin y lo abrazó.

Al regresar al coche, Web se llevó un buen susto. En el parabrisas había un trozo de papel. Lo que allí había escrito le hizo mirar en todas las direcciones, con una mano en la empuñadura de la pistola, pero el hombre hacía ya mucho que se había marchado. Volvió a mirar el papel. Apenas unas palabras: « Te debo una. Gran F».

Otra buena noticia era que habían encontrado a Randall Cove. Unos niños que jugaban en el bosque se habían topado con él. Lo habían ingresado en el hospital bajo el nombre de John Doe ya que no llevaba identificación alguna. Había estado inconsciente varios días, pero finalmente había vuelto en sí y el FBI había recibido la notificación pertinente. Se esperaba que se recuperara por completo.

Web fue a verle después de que Cove regresara a Washington en avión.

Estaba cubierto de vendajes, había perdido mucho peso y no andaba de humor, pero seguía con vida. Web le dijo que debía de alegrarse por ello y recibió un gruñido a cambio.

–He pasado por lo mismo que tú -le dijo Web-, salvo que a mí me faltaba la mitad de la cara. Tú lo tienes fácil.

–De fácil, nada. Nada de nada.

–Dicen que las heridas de bala dan personalidad.

–Entonces tengo personalidad para el resto de mis días.

Web observó la habitación.

–¿Cuánto te quedarás aquí?

–Ni puta idea. Sólo soy el paciente. Pero si vuelven a clavarme otra aguja, no seré el único a quien le duela algo.

–A mí tampoco me gustan los hospitales.

–Si no hubiera sido por el Kevlar, ahora estaría en el depósito de cadáveres.

Tengo dos moratones en el pecho que creo que se quedarán conmigo para siempre.

–Primera norma de combate: siempre hay que disparar a la cabeza.

–Me alegro de que no leyeran tus normas de combate. Entonces, ¿acabaste con la red de Oxy?

–Yo diría que acabamos con ella.

–¿Y te cargaste a Strait?

Web asintió.

– Y Billy Canfield también recurrió a los perdigones. No creo que fuera necesario, pero seguramente le hizo sentirse mejor. Aunque no mucho mejor, claro.

–Supongo que sí -dijo Cove. Web se puso en pie pura marcharse-. Eh, Web, te debo una. Bueno, te debo mucho más.

–No, nada de eso. Nadie me debe una mierda.

–Eh, ERR, derribaste el castillo de naipes tú sólito.

–Hice mi trabajo. Y, a decir verdad, empiezo a estar cansado -se estrecharon la mano-. Tómatelo con calma, Cove. Y cuando salgas de aquí, pídele al FBI que te ofrezca un trabajo de oficina seguro y tranquilo, donde la única cosa desagradable que disparan son informes.

–¿Informes? Parece bastante aburrido.

–Sí, desde luego.

Web aparcó el Mach junto al bordillo y caminó por la acera. Claire Daniels no iba con ropa de trabajo aquella cálida tarde sino con un bonito vestido de tirantes y sandalias. La cena fue sabrosa, el vino un excelente complemento, pero Web no tenía ni idea de por qué estaba allí, frente a Claire, sentada sobre las piernas en el sofá, junto a la chimenea apagada.

–¿Recuperada del todo? – preguntó Web.

–Nunca lo estaré. Pero el «negocio» va sobre ruedas. Creía que lo de O’Bannon significaría el fin de mi carrera, pero el teléfono no ha dejado de sonar.

–Mucha gente necesita a un buen loquero… perdón, un buen psiquiatra.

–De hecho, me he tomado muchos días libres.

–¿Tienes otras prioridades?

–Algo así. Vi a Romano.

–Ya ha salido del hospital. ¿Fuiste a su casa?

–No. Vino a la consulta. Con Angie. Supongo que ella le diría que iba al psiquiatra. Les ayudo a solucionar varios asuntos juntos. Me dijeron que nos les importaba que lo supieras.

Web se llevó el vino a los labios.

–Bueno, todo el mundo tiene «asuntos» que resolver, ¿no crees?

–No me sorprendería que Romano dejase el ERR.

–Ya veremos.

Claire lo miró.

–¿Y tú, lo piensas dejar?

–Ya veremos.

Claire colocó en la mesa su copa de vino.

–Quería darte las gracias por salvarme la vida, Web. Ésa es una de las razones por las que te invité a cenar.

Web quiso quitar importancia al comentario.

–Eh, ése es mi trabajo, rescatar a los rehenes -pero entonces la expresión jovial desapareció-. No hay de qué, Claire. Me alegro de haber estado allí -

la miró con curiosidad-. Una de las razones. ¿Y las otras?

–¿Estudiando mi lenguaje corporal? ¿Leyendo entre líneas?

Claire no le miró, y Web captó cierto nerviosismo bajo el tono jocoso.

–¿De qué se trata, Claire?

–Tengo que entregar mi informe al FBI pronto. El informe en el que explico con detalle lo que creo que te pasó en el callejón cuando te quedaste paralizado. Pero antes quería hablarlo contigo.

Web se recostó en el asiento.

–Vale, adelante.

–Creo que O’Bannon te dio una sugestión post-hipnótica. Una orden, una especie de instrucción para que no realizaras tu trabajo.

–Pero dijiste que no puedes obligar a alguien a que haga algo que no quiere hacer, o que no haría normalmente, bajo los efectos de la hipnosis.

–Exacto, pero todas las reglas tienen excepciones. Si la persona hipnotizada guarda una relación importante con el hipnotizador, o esa persona es una poderosa autoridad, la persona hipnotizada puede hacer algo anormal e incluso ocasionar daño a alguien. De acuerdo con la lógica, esa persona cree que la autoridad no obligará a nadie a hacer nada malo. Todo esto se reduce a una cuestión de confianza. Y según las anotaciones, O’Bannon había establecido una relación de confianza contigo.

–¿Cómo explicas que la confianza me llevara a quedarme paralizado? ¿Me lavó el cerebro como en El mensajero del miedo?

–El lavado de cerebro es algo muy diferente a la hipnosis. Requiere tiempo y se trata más bien de un adoctrinamiento en el cual, gracias a la falta de sueño, las torturas físicas y la manipulación mental, cambias la personalidad de alguien, lo conviertes en otro, le privas de voluntad y

espíritu, y luego lo remodelas como quieras. Lo que O’Bannon hizo fue introducir una orden en tu inconsciente. Cuando oyeras la frase « malditos al infierno», comenzaría la reacción. Esa frase estaba asociada a una especie de válvula de escape por si acaso oías la misma frase o alguna parecida en otro lugar. En tu caso creo que la válvula de escape era el hecho de escuchar las órdenes por el auricular inalámbrico cuando estabas en el callejón.

Recuerda que dijiste que fue entonces cuando te quedaste paralizado. En las notas de O’Bannon también se mencionaba la historia de las armas Taser que me contaste. Así, la reacción física que programó en tu interior fue una que sabía que te iba a paralizar. « Malditos al infierno», junto con las órdenes por el auricular, harían que te paralizases, como si te hubieran arrojado uno de esos dardos Taser.

–¿Y O’Bannon me hizo todo eso? – dijo Web, negando con la cabeza.

–Creo que eres sonámbulo, Web, una persona muy susceptible a la sugestión hipnótica -replicó Claire-. Pero estuviste a punto de anular la sugestión. Estoy segura de que no se suponía que pudieras levantarte y llegar al patio. Ésa fue tu voluntad, imponiéndose, por si te sirve de consuelo. Seguramente fue tu mayor hazaña de la noche, ametralladoras aparte.

–Y usaron la frase « malditos al infierno» para incriminar a la Sociedad Libre porque era el nombre de su boletín.

–Sí. Cuando lo vi en su página web, muchas cosas empezaron a cobrar sentido.

–Has tenido que captar muchos detalles, Claire.

Claire se inclinó hacia delante, con las manos en el regazo. De repente, Web tuvo la impresión de que estaban en la consulta, en medio de otra sesión.

–Web, quiero decirte algo más, algo mucho más desconcertante. Tendría que habértelo dicho antes, pero no estaba segura de que pudieras asimilarlo, y con todo lo que ha pasado, bueno, supongo que tenía miedo. En

comparación contigo, yo no soy tan valiente. De hecho, en comparación contigo, nadie es valiente.

Web hizo caso omiso del cumplido y se limitó a mirarla directamente a los ojos.

–¿De qué se trata?

Claire le devolvió la mirada.

–Cuando te hipnoticé, no sólo conseguí averiguar que tu padre fue arrestado durante la fiesta de tu sexto cumpleaños -se apresuró a añadir-: Pero no pude decírtelo entonces. Habría sido demasiado traumático.

–¿Decirme el qué? No recuerdo nada aparte de la fiesta, e incluso eso me resulta confuso.

–Web, escúchame atentamente.

Web se incorporó, inquieto.

–Dijiste que no perdería el control de mí mismo, que era un estado de conciencia alterado. Maldita sea, Claire, eso es lo que dijiste. ¿Me mentiste?

–Suele ser así, Web, pero tuve que hacerlo de otra manera. Por un buen motivo.

–El único motivo por el que te dejé jugar con mi mente, señora, fue porque dijiste que llevaría la batuta.

Web se sentó y entrelazó las manos con fuerza para que cesaran de temblar.

¿Qué coño le habría dicho mientras estaba hipnotizado, aparte de lo del cumpleaños?

–En ciertas ocasiones, Web, tengo que tomar la decisión de no permitir que el paciente hipnotizado recuerde lo sucedido. No doy ese paso a la ligera y,

desde luego, no lo di a la ligera contigo.

Web la admiraba. No perdía el control en ningún momento. No sabía si inclinarse y besarla, o si abofetearla.

–¿Qué es lo que me hiciste?

–Te di una sugestión post-hipnótica -bajó la vista-. La misma técnica que O’Bannon empleó para que te paralizaras en el callejón para que así no recordaras algunas cosas de la sesión de hipnosis.

–Magnífico, Claire, conmigo lo tienes fácil, soy un puto sonámbulo y así es más fácil joderme por dentro, ¿no?

–Web, hice lo que creía mejor…

–¡Claire, dímelo de una vez! – le urgió Web.

–Tiene que ver con tu madre y tu padrastro. Con cómo murió, para ser más exactos.

Web se ruborizó. De repente, tenía miedo. De repente, odiaba a Claire a muerte.

–Ya te dije cómo murió. Se cayó. Está todo en tu maravilloso archivo. Léelo si quieres.

–Tienes razón. Se cayó. Pero no estaba solo. Mencionaste una pila de ropa que había cerca de la entrada del desván, ¿no?

Web le clavó la mirada.

–Ya no está allí, hace tiempo que no está allí.

–Un excelente lugar en el que podría ocultarse un niño aterrorizado y al que maltrataban.

–¿Yo?

–Un excelente lugar en el que ocultarse a instancias de tu madre. Sabía que Stockton subía al desván a buscar las drogas.

–¿Y qué? Yo también lo sabía. Te lo conté cuando no estaba hipnotizado.

–También me hablaste de unas alfombras enrolladas -t añadió en voz baja-: Eran duras como piedras.

Web se apartó de ella como un niño asustado.

–Esto es una locura, Claire.

–Te convenció para que lo hicieras, Web. Era su forma de enfrentarse a un padre que maltrataba.

Web se sentó en el suelo y se llevó las manos a la cabeza.

–No entiendo nada de nada, Claire. ¡Nada de nada!

Claire respiró hondo.

–No le mataste, Web. Le golpeaste con la alfombra y se cayó. Pero tu madre…

–¡Basta! – gritó Web-. ¡Basta de una vez! Nunca había oído tantas gilipolleces juntas.

–Web, te estoy diciendo la verdad. ¿Cómo es posible que sepa todo esto?

–¡No lo sé! – gritó-. ¡No sé nada!

Claire se arrodilló frente a Web, alargó la mano y tomó la de él.

–Después de todo lo que has hecho por mí, me siento fatal diciéndote esto.

Pero, créeme, lo hice por tu bien. Para mí también fue muy duro. ¿Lo entiendes? ¿Me crees? ¿Confías en mí?

Web se incorporó de forma tan abrupta que Claire estuvo a punto de caerse hacia atrás, y se dirigió hacia la puerta.

–Web, por favor -le gritó Claire.

Cuando Web salió, Claire fue tras él con el rostro bañado en lágrimas. Web subió al coche y lo puso en marcha. Claire se dirigió con paso vacilante hacia él.

–Web, no podemos dejarlo así.

Web bajó la ventanilla y la miró mientras ella le buscaba los ojos.

–Me marcho por una temporada, Claire.

Claire parecía desconcertada.

–¿Te marchas? ¿Adonde?

–A ver a mi padre. ¿Por qué no lo analizas mientras estoy fuera?

Aceleró el coche y se alejó bajo un cielo que amenazaba con una tormenta inminente; el Mach negro desapareció rápidamente en la oscuridad. Web volvió una vez la vista y vio a Claire Daniels allí, iluminada por la luz de su casa acogedora. Entonces clavó la mirada en la carretera y siguió hacia delante.

[1] Potro de carreras de entre uno y dos años (N. de los T.)

[2] Título de una novela de Erskine Caldwell, llevada al cine por Anthony

Mann en 1958 (N. de los T.)

[3] Organización que, durante los comienzos del movimiento abolicionista,

ocultaba y transportaba a esclavos fugados hasta Canadá ( N. de los T.)

[4] Nombre de un famoso tiroteo que tuvo lugar el 26 de octubre de 1881 en

Tombstone, Arizona, recreado en distintas películas del Oeste ( N. de los T. )

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