El último hombre

David Baldacci · Capítulo 2 de 57

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El último hombre

Capítulo 2

por los auriculares; le autorizaban para desplazarse hasta la puerta de entrada.

Y precisamente en ese instante fue cuando Web se quedó paralizado. Su equipo salió corriendo hacia verde, la zona crítica, pero Web no se movió.

Tenía la sensación de que los brazos y las piernas no formaban parte de su cuerpo, como cuando te duermes con una extremidad debajo del cuerpo y te despiertas y la sangre apenas circula por ella. No se trataba de miedo o nervios; Web lo había hecho muchas veces. Y, sin embargo, se limitó a ver al Equipo Charlie corriendo. El patio había sido identificado como la última zona peligrosa antes de llegar a la zona crítica, y el equipo aumentó la velocidad y se cercioró de que no hubiera amenazas. Ninguno de ellos pareció percatarse de la ausencia de Web. Sudando a mares, con los músculos luchando contra lo que le retenía, Web logró incorporarse lentamente y dar un par de pasos tambaleantes. Con la sensación de tener los pies y los brazos recubiertos de plomo, el cuerpo ardiendo y la cabeza a punto de estallarle, avanzó a duras penas, llegó al patio y cayó de bruces mientras el equipo se alejaba.

Alzó la vista y vio al Equipo Charlie corriendo a toda velocidad, el blanco en su punto de mira, como si les rogase que atacasen. El equipo estaba a cinco segundos del impacto. Esos segundos cambiarían para siempre la vida de Web London.

Capítulo 2

Teddy Riner fue el primero en caer. Había muerto en el primero de los dos segundos que tardó en desplomarse. Cal Plummer cayó al suelo, al otro lado, como si le hubiera derribado un gigante. Mientras Web observaba impotente, la artillería pesada atravesaba el Kevlar y luego la carne del

grupo compacto; más allá no había nada. No era justo que unos hombres buenos murieran tan silenciosamente.

Antes de que comenzara el tiroteo, Web se había desplomado sobre su rifle, que tenía debajo del cuerpo. Apenas podía respirar; el Kevlar y las armas le apretaban el diafragma. Tenía algo en la mascarilla. No lo sabía, pero era un trozo de Teddy Riner, arrojado por la gigantesca bala que le había hecho un agujero del tamaño de la palma de la mano y que había ido a parar a la mascarilla de Web, el último del Equipo Charlie e, irónicamente, el único que seguía con vida.

Web todavía estaba paralizado, ninguna de sus extremidades respondía a las súplicas del cerebro para que se movieran. ¿Habría sufrido una apoplejía a los treinta y siete años? Entonces, de repente, el sonido de los disparos pareció disiparse en su cabeza, volvió a sentir los brazos y los pies, se quitó la mascarilla y se tumbó boca arriba. Exhaló una bocanada de aire viciado y gritó de alivio. Tenía la mirada clavada en el cielo. Vio fragmentos de relámpagos, aunque los disparos no le permitían oír el retumbar de los truenos.

Sentía la poderosa e insensata necesidad de levantar la mano hasta la vorágine que estaba sobre él, quizá para confirmar la presencia de las balas que pasaban silbando, como si fuera un niño al que le hubieran dicho que no tocara una estufa caliente y que, por supuesto, sólo pensaba en tocarla.

Sin embargo, se llevó la mano al cinturón, quitó el seguro de una bolsa lateral y sacó un termoimaginador. En la más oscura de las noches, el TI mostraría un mundo invisible al ojo y captaría los rastros de calor que se apreciaban en la mayoría de las cosas.

Aunque ni siquiera las veía con el TI, Web notaba las estelas de humo que dejaba tras de sí el conglomerado de balas que silbaba sobre su cabeza. Web también observó que el tiroteo procedía de dos direcciones distintas: la casa de vecinos que estaba justo delante y una construcción ruinosa a la derecha.

Miró el edificio en ruinas por el TI y sólo vio cristales rotos. Y entonces advirtió algo que le puso más tenso aún. Los fogonazos salían a la vez por

todas las ventanas hechas añicos. Se desplazaban por los orificios, se detenían durante unos segundos y retrocedían en el momento en el que los cañones de las armas, que Web no veía pero que sabía que estaban allí, terminaban la ráfaga de disparos controlados.

Los disparos comenzaron de nuevo, Web se tumbó boca abajo y observó por el termoimaginador el edificio que había sido el blanco original.

También había una hilera de ventanas en el nivel más bajo del blanco. Y los mismos fogonazos se producían con el mismo arco de movimiento sincronizado. Web vislumbró los largos cañones de las ametralladoras. Por el TI, las siluetas de las armas eran de color rojo teja; el metal estaba al rojo vivo por la enorme cantidad de munición que disparaban. Sin embargo, no vio ninguna forma humana por el termoimaginador; si hubiera habido algún hombre en las inmediaciones, el TI lo habría detectado de inmediato. Estaba seguro de que se trataba de una especie de puesto de disparo teledirigido.

Supo entonces que habían tendido una emboscada a su equipo, sin que el enemigo hubiese arriesgado a ningún hombre.

Las balas rebotaban en las paredes que estaban detrás y a la derecha de Web, y sentía pedazos de metralla por todas partes, como si fueran gotas de lluvia solidificadas. Muchas de las balas rebotadas le habían rozado el Kevlar, pero ya habían perdido velocidad y poder letal. Mantuvo las piernas y brazos desprotegidos bien pegados al asfalto. Sin embargo, ni siquiera el Kevlar resistiría un impacto directo ya que no cabía duda de que las ametralladoras estaban repartiendo artillería del calibre 50, y cada bala era tan larga como un cuchillo y, probablemente, igual de perforante. Web conjeturó todo eso por el sonido supersónico de las armas y el inconfundible fogonazo. Además, la estela de una 50 era algo que tampoco se olvidaba con facilidad. De hecho, se sentía el chasquido antes incluso de oír la bala. Ponía todos los pelos de punta, como un rayo antes del golpe mortal.

Web gritó los nombres de sus compañeros de equipo uno a uno. No hubo ninguna respuesta, ningún movimiento, ningún gemido ni temblor corporal que indicara que seguían con vida. Aun así, Web los llamó a gritos una y otra vez, como si estuviera pasando lista. A su alrededor, los cubos de basura explotaban, los cristales se rompían, las paredes de ladrillo se erosionaban como si unos ríos incesantes tallasen unos cañones. Aquello era el desembarco de Normandía y Web acababa de perder a todo su ejército. Las alimañas del callejón huyeron de la masacre. Nunca había habido tan pocos roedores en ese patio. Ningún inspector lograría un resultado mejor que el que la artillería del 50 había obtenido esa noche.

Web no quería morir, pero cada vez que miraba lo que quedaba de su equipo una parte de él deseaba unirse a ellos. La familia luchaba y moría junta. A Web le gustaba eso. De hecho, sentía las piernas tensas, preparadas para el salto a la eternidad, pero una fuerza más poderosa le retenía y siguió agachado. Morir significaba perder. Si se daba por vencido, todos habrían muerto en vano.

¿Dónde diablos estaban Rayos X y Whisky? ¿Por qué no acudían al rescate? Aunque los francotiradores de los edificios con vistas al patio no podían bajar sin que los destrozaran, había otros en los tejados de los edificios que bordeaban el callejón por el que Charlie había venido. Ellos sí podían bajar. Pero ¿les daría el COT luz verde? Quizá no, si el COT no sabía qué sucedía, pero ¿cómo iban a saberlo? Ni siquiera Web sabía qué pasaba, y eso que estaba en medio del meollo. Sin embargo, no podía quedarse de brazos cruzados mientras esperaba a que el COT se decidiera hasta que una bala perdida acabara con todo el equipo de Web.

Sintió una punzada de pánico a pesar de los años de entrenamiento específicamente ideados para desterrar esa debilidad de su psique. Acción, tenía que hacer algo. Con el micro perdido, Web sacó la radio Motorola de la hombrera de velero. Apretó el botón y gritó.

–HR catorce a COT, HR catorce a COT.

No hubo respuesta. Cambió a la frecuencia de apoyo y luego a la de uso general. Nada. Miró la radio y se desmoralizó. La parte delantera estaba destrozada por la caída. Se deslizó hacia delante hasta llegar al cuerpo de Cal Plummer. Al intentar coger el aparato emisor y receptor, algo le tocó en la mano y retrocedió. Una bala rebotada; un impacto directo le habría arrancado la mano. Web contó los cinco dedos, y el intenso dolor le empujaba a luchar, a vivir. Aunque sólo fuera para acabar con quien hubiera ideado todo aquello, si bien Web contaba con escasos recursos. Y por primera vez en su vida Web se preguntó si el enemigo al que se enfrentaba era mejor que él.

Web sabía que si dejaba de pensar tal vez se incorporaría de un salto y comenzaría a disparar inútilmente, así que se centró en los aspectos tácticos.

Estaba en una zona mortal muy limitada, arcos de disparos automáticos a ambos lados que formaban un ángulo de destrucción de noventa grados, pero sin un humano detrás al que eliminar. Ésa era la situación de campo.

¿Qué coño podría hacer? ¿En qué capítulo del manual salía eso? ¿En el que decía « Estás jodido»? El ruido era ensordecedor. Ni siquiera oía los latidos desbocados de su corazón. Jadeaba entrecortadamente. ¿Dónde coño estaban Whisky y Rayos X? ¿Y Hotel? ¿Es que no sabían correr más deprisa? Pero ¿qué podrían hacer? Estaban entrenados para matar a blancos humanos, de cerca y de lejos.

–¡No hay nada contra lo que disparar! – gritó.

Con el mentón bien pegado al pecho, Web se sobresaltó al ver al niño, al que había encontrado sin camisa, sentado sobre el trozo de cemento. Con las orejas cubiertas con las manos, estaba agazapado en la esquina del callejón por el que habían llegado Web y compañía. Web sabía que si el niño entraba en el patio acabaría en una bolsa para cadáveres… en dos bolsas para ser exactos, ya que las balas del 50 partirían por la mitad aquel cuerpo flacucho.

El niño dio un paso y se acercó más al final de la pared de ladrillos y al

patio. Quizá quisiera ayudar. Tal vez esperaba a que cesaran los disparos para robar los objetos de valor que encontrara en los muertos; se haría con las armas para luego revenderlas en las calles. O quizá sólo se tratara de curiosidad. Web ni lo sabía ni le importaba.

Las ametralladoras dejaron de disparar y, de repente, se hizo el silencio. El niño dio otro paso. Web le gritó. Se detuvo; era obvio que no se esperaba que los muertos chillasen a los vivos. Web alzó la mano y le gritó que retrocediese, pero los disparos comenzaron de nuevo y ahogaron sus últimas palabras. Web se deslizó sobre la barriga bajo la lluvia de balas y, con cada movimiento de cadera, gritaba al chico: « ¡Retrocede! ¡Atrás! ».

El niño ni se inmutó. Web siguió mirándole, tarea nada fácil cuando uno se arrastra sobre la barriga a marchas forzadas con miedo a levantar la cabeza un solo centímetro más por si te la vuelan por completo. El chico hizo lo que Web creía que haría: comenzó a retroceder. Web se arrastró más rápido.

El niño se volvió para correr y Web le chilló que se detuviera.

Sorprendentemente, eso fue lo que hizo.

Web estaba a punto de llegar al callejón. Intentaría calcular cada movimiento a la perfección porque había un nuevo elemento de peligro para el niño. Durante la última pausa de los disparos, Web había oído pasos y gritos sincronizados a lo lejos. Se estaban acercando. Web pensó que debían de ser todos: Hotel y los francotiradores y la unidad de reserva que el COT

siempre guardaba para las emergencias. Bueno, si aquello no era una emergencia, entonces nunca habría emergencias. Sí, venían rápidamente al rescate, o eso creían. En realidad corrían a ciegas sin información fidedigna.

El problema era que el niño también les había oído. Web intuía que el niño sabía a la perfección quiénes eran, como un explorador que huele la tierra y deduce a partir de ahí dónde se encuentran las manadas de búfalos. El niño se sentía atrapado, y no sin razón. Web sabía que si al niño del callejón le veían cerca de alguien como Web, podía darse por muerto. Los

mandamases supondrían que era un traidor y, como recompensa, arrojarían su cadáver al bosque.

El niño miró hacia atrás mientras Web retomaba el ritmo. Web había perdido la mitad del equipo arrastrándose sobre el asfalto, como una serpiente de cien kilos a toda velocidad. Sentía la sangre que brotaba de la docena de arañazos que se había hecho en las piernas, manos y cara. La mano derecha le escocía como si dos mil avispas estuvieran allí de fiesta. El chaleco antibalas le pesaba lo indecible, el cuerpo le dolía cada vez que movía las manos y las piernas. Podría haberse deshecho del rifle, pero todavía tendría que usarlo. No, jamás se desprendería del maldito SR75.

Web sabía qué haría el niño. Con la retirada cortada, cruzaría corriendo el patio y desaparecería en uno de los edificios del otro extremo. El niño oía las balas como Web, pero no veía las líneas de fuego. No podría esquivarlas y, sin embargo, Web sabía que el niño lo intentaría.

El muchacho salió corriendo de la esquina y Web se incorporó de un salto en el último instante, y se toparon en la última franja de seguridad, cuando Web tenía todas las de ganar. El niño le dio patadas y le golpeó con los puños en la cara y el pecho mientras Web lo rodeaba con sus largos brazos.

Web se adentró en el callejón, arrastrando al niño. El Kevlar no era precisamente agradable al contacto con las manos, así que el chico dejó de golpearle y le miró.

–No he hecho nada. ¡Suéltame!

–¡Si corres hacia el patio puedes darte por muerto! – gritó Web por encima del estrépito de los disparos. Sostuvo en alto la mano ensangrentada-. Llevo chaleco antibalas y no sobreviviría ahí fuera. Esas balas te partirán por la mitad.

El chico, más sereno, observó la herida de Web. Web lo alejó del patio y de las armas para poder hablar sin el ruido de los disparos. Por algún impulso extraño, Web tocó la herida de bala que el niño tenía en la mejilla.

–Has tenido suerte antes -dijo Web. El chico se agitó con fuerza hasta conseguir soltarse. Entonces se incorporó en un abrir y cerrar de ojos y comenzó a correr por el callejón.

–Si vas a oscuras -dijo Web-, se te acabará la suerte. Te liquidarán.

El chico se detuvo y se volvió, mirando directamente a Web. Luego desvió la mirada hacia el patio.

–¿Están muertos? – preguntó.

Web, a modo de respuesta, se soltó el rifle del hombro. El niño retrocedió un paso al ver el arma intimidante.

–¿Qué cojones piensas hacer?

–Quedarme aquí bien agachado -replicó Web. Se volvió hacia el patio. Se oían sirenas por todas partes. Llegaba la caballería y, como siempre, demasiado tarde. Lo más inteligente era permanecer quieto y no hacer nada, aunque eso no acabaría con las balas. Web tenía que terminar su trabajo.

Arrancó un trozo de papel de la libreta que llevaba en el cinturón y garabateó un mensaje. Luego se quitó la gorra que tenía bajo el casco-.

Toma -dijo-. Camina, no corras, de vuelta por el callejón. Sostén la gorra en alto y entrega el mensaje a los hombres que vengan hacia aquí -el chico cogió con los largos dedos la gorra y el papel doblado. Web extrajo la pistola de bengalas de la bolsa e introdujo una-. Cuando dispare, empieza a caminar -repitió Web-. ¡No corras!

El chico miró la nota. Web no tenía ni idea de si sabía leer o no. Allí los niños no recibían la educación básica que en otros niños se daba por sentada.

–¿Cómo te llamas? – preguntó Web. El niño tendría que estar sereno.

Nervioso se cometen demasiados errores. Y Web sabía que los hombres fulminarían a quienquiera que se acercara corriendo.

–Kevin -respondió el chico. De repente pareció realmente asustado, y Web se sintió culpable por lo que le estaba pidiendo.

–Bien, Kevin, soy Web. Haz lo que te digo y no te pasará nada. Puedes confiar en mí -dijo, y se sintió más culpable aún. Web apuntó al cielo con la pistola de bengalas, miró a Kevin, asintió de modo tranquilizador y luego disparó. La bengala sería la primera advertencia. El mensaje que llevaba Kevin la segunda. El chico comenzó a caminar deprisa.

–¡No corras! – gritó Web. Se volvió hacia el patio, colocó el termoimaginador en el riel del rifle y lo aseguró.

La bengala de color rojo tiñó el cielo y Web supo que los asaltantes y los francotiradores se detendrían y considerarían ese nuevo elemento. Eso le daría tiempo al chico para llegar hasta ellos. Kevin no moriría, al menos no esa noche. Cuando se produjo la siguiente pausa en los disparos, Web salió del callejón, rodó por el suelo, apuntó hacia arriba con el rifle mientras intentaba encontrar la ubicación más idónea para disparar, extrajo el bípode del rifle y apoyó la culata del arma contra el hombro. Las tres ventanas que estaban justo delante eran sus primeros blancos. Veía los fogonazos a simple vista, pero el termoimaginador le permitía apuntar a los perfiles calientes de las ametralladoras. El SR75 rugió y los nidos de ametralladoras explotaron, uno tras otro. Web introdujo otro cargador de veinticuatro balas, apuntó y apretó el gatillo, y otras cuatro ametralladoras fueron finalmente silenciadas. El último nido de ametralladoras todavía disparaba cuando Web se arrastró hacia delante y arrojó una granada de impacto a la madriguera.

Se hizo el silencio hasta que Web vació sus dos 45 en las aberturas silenciosas de las ventanas; los cartuchos expulsados caían de las armas como paracaidistas de un avión. Tras el último disparo, Web se dobló sobre sí mismo y respiró el aire preciado. Tenía tanto calor que pensó que, de repente, ardería. Entonces las nubes descargaron con fuerza. Volvió la mirada y vio a un asaltante, protegido de los pies a la cabeza, entrando cautelosamente en el patio. Web intentó hacerle una seña, pero el brazo no le respondía; le colgaba a un lado, inerte.

Web observó los cuerpos destrozados de los miembros de su equipo, de sus