El último hombre

David Baldacci · Capítulo 34 de 57

Páginas del PDF

El último hombre

Capítulo 34

hasta la mañana siguiente para ponerse en contacto con él. Probablemente al tipo le conviniera dormir bien una noche y esos túneles no se moverían de su sitio. En vez de buscar otro par de ruedas para el Bucar, Web decidió hacer una verdadera locura. Iría a buscar su propio coche.

El ejército de periodistas ya no estaba apostado frente a su casa, pero Web no se arriesgó. Entró en la casa por detrás, se montó en el Mach, abrió las puertas del garaje y sacó el vehículo con las luces apagadas. Esperó hasta estar calle abajo para encenderlas, luego pisó el acelerador sin dejar de mirar por el retrovisor. Nada. Se dirigió de nuevo hacia East Winds.

Capítulo 34

OceanofPDF.com

Cuando Web llegó a la cochera no encontró a Romano; incluso buscó en el interior de los coches antiguos de la planta baja por si su compañero se había acercado a alguno para admirarlo y se había quedado dormido en el interior. Eran casi las cuatro de la mañana y probablemente su compañero estuviera vigilando por fuera. Como francotirador que era, Romano estaba inquieto porque tenía demasiada energía natural, a pesar de la formación recibida para tomarse las cosas con calma y de forma metódica hasta que una situación drástica aconsejara lo contrario. No obstante, llegado el momento de actuar, casi todo el mundo dejaba que Paul Romano llevara la iniciativa. Dado que el móvil de Web no funcionaba, utilizó el teléfono de la casa para llamar a Romano y exhaló un suspiro de alivio cuando le respondió.

–¿Qué tal te ha ido la cita? – preguntó Romano.

–Aburrida. Luego te informo. ¿Por dónde andas?

–Todo estaba controlado, así que me he puesto a dar vueltas por la finca.

Hay una vieja atalaya en el lado oeste. Se ve a kilómetros a la redonda.

–Lo sé; he estado allí.

–Pues es donde ahora mismo me encuentro. Me apetecía dar un paseíto.

–Eso es más parecido a una excursión, Paulie.

–Un paseo por el parque. A lo mejor te apetece venir y traer unas gafas de visión nocturna.

–¿A quién estás espiando?

–Ya verás.

Web salió de la cochera por detrás, se enfundó el casco, sujetó los prismáticos de visión nocturna de luz ambiental, los encendió y se ajustó el

relieve visual. Al instante el mundo se convirtió en algo verde fluido y etéreo. El aparato no se podía utilizar demasiado tiempo porque las gafas eran tan pesadas que producían un dolor punzante en la nuca, seguido de un dolor de cabeza capaz de hacer olvidar el de la nuca. Web siempre mantenía un ojo cerrado cuando miraba a través de las gafas aunque aquello distorsionara la profundidad de campo todavía más; si no se cerraba un ojo cuando se dejaba de mirar a través de las gafas, lo único que se veía era una bola naranja brillante en cada ojo. Y en esa situación un viejo de noventa años en silla de ruedas podía sacar el arma antes que uno.

Un francotirador tenía que utilizar distintos artilugios para el trabajo, desde los más avanzados tecnológicamente hasta el más sencillo de todos: el camuflaje. Web echaba en falta su traje Ghillie, una mezcla de arpillera y tejido Cordura que había tenido la paciencia de revestir con excrementos animales y otras sustancias fétidas que le permitieran fundirse en un bosque accidentado o jungla. Todos los francotiradores del ERR daban su toque personal al Ghillie y Web se había pasado varios años mejorando el suyo, envileciéndolo cada vez más. Los escoceses habían diseñado el Ghillie hacía más de cuatrocientos años en el transcurso de las innumerables guerras de guerrillas contra quienes querían conquistarlos. En aquella época funcionaba tan bien como en la actualidad. Web se había tendido bajo su Ghillie en medio de una jungla de América Central mientras unos traficantes de drogas armados con metralletas caminaban a su lado y no se dieron cuenta de la presencia de Web hasta que les apretó la pistola contra la espalda y les leyó sus derechos.

Avanzó de nuevo y presionó antes de colocar las gafas en modo infrarrojos, lo cual activaba una fuente de luz interna que intensificaba sobremanera el campo de visión. Web quería asegurarse de que el equipo funcionaba, puesto que las baterías de las gafas de visión nocturna tenían la fea costumbre de fallar justo en el momento que más se necesitaban. No le gustaba utilizar el modo infrarrojos demasiado tiempo, puesto que tenía una desventaja considerable. Si lo observaba alguien provisto de las mismas gafas, el aumento de los infrarrojos emitía un haz de luz, como una linterna enorme en plena cara. Web sería entonces presa fácil. Desactivó el modo infrarrojos y guardó el casco en la mochila. A partir de aquel momento

confiaría sólo en sus ojos, algo que había hecho en todos los tiroteos. A veces resultaba imposible mejorar la naturaleza.

El aire era frío y vigorizante y los ruidos del rancho y los bosques circundantes muchos y variados. Web caminó a buen paso y cubrió en un tiempo envidiable la distancia que lo separaba de la torre. Era bueno saber que todavía estaba en plena forma. Llegó a la conclusión de que tras ocho años de entrenamiento implacable, no se perdía en poco tiempo lo ganado.

Le gustaba el bosque a oscuras; le resultaba tan cómodo como un La-Z-Boy y un televisor de pantalla panorámica al ciudadano norteamericano medio.

Al ver la atalaya se detuvo. Como no tenía teléfono móvil, se llevó las manos a la cara, formó una especie de corneta y profirió un sonido, la misma señal que él y Romano habían utilizado cuando hacían de francotiradores. Tanto podía tratarse de una ráfaga de viento como de un pájaro habitual en casi todas partes. Web estaba convencido de que Romano lo recordaría y, al cabo de unos segundos, escuchó el mensaje de respuesta.

Todo en calma.

Web se separó de la arboleda y se dirigió rápidamente a la atalaya, se agarró a los travesaños de madera y subió en silencio. Romano lo saludó en la pequeña puerta con bisagras de la planta del espacio de observación. Web sabía que Romano no podía verle las recientes heridas cortesía de Toona y Gran F, lo cual le iba bien porque en aquellos momentos no le apetecía gastar saliva dando explicaciones. Además, seguro que Romano no se lo pondría fácil. Imaginaba lo que le diría: « Mierda, ¿cómo has podido dejar que te hagan eso? ».

Web observó a Romano mientras éste sacaba una mira Litton de diez aumentos que solía acoplarse a un rifle de francotirador del 308.

–¿Pasa algo que valga la pena? – preguntó Web.

–Mira esto, justo en ese claro entre los árboles en dirección noroeste.

Web observó por la mira.

–Me parece que estoy mirando a Southern Belle.

–Para ser un rancho de caballos pasan cosas muy interesantes.

Web se ajustó la mira al ojo y observó. Sin duda había un gran claro entre los árboles, lo cual permitía disfrutar de una buena vista de la finca vecina.

Había dos edificios de considerables dimensiones que parecían relativamente nuevos. Junto a ellos había unos enormes camiones estacionados y Web observó a unos hombres provistos de walkie-talkies que corrían en distintas direcciones. Se abrió una puerta en el lateral de uno de los edificios y Web vio que, fuera lo que fuera lo que se tramaba allí dentro, exigía gran cantidad de luz. Había un camión con remolque situado con la parte posterior orientada hacia una puerta enrollable tipo almacén y los hombres sacaban unas cajas enormes en unas carretillas y las apilaban en el interior del remolque.

–Aquí pasa algo gordo -declaró Web-. Un taller de vehículos robados para desguazar, drogas, piezas de aviación robadas, espías, piratas tecnológicos o un montón de cosas más. Maldita sea.

–Unos vecinos fascinantes. Y yo aquí pensando que en la zona de cría de caballos de Virginia no había más que una panda de zoquetes cabalgando y persiguiendo a los zorros mientras las señoras tomaban el té de las cinco.

Me queda mucho por aprender -miró a Web-. ¿Qué opinas?

–Opino que con todo lo que tenemos entre manos, el Southern Belle tendrá que esperar. Pero si surge algo, por lo menos estaremos aquí para actuar con rapidez

Romano sonrió, pues era obvio que estaba contento ante la idea de un posible caos y que hubiera que actuar.

–Ahora sí que hablas mi idioma.