El último hombre
Capítulo 32
Se volvió de nuevo hacia él y vio que tenía las mejillas húmedas.
–Billy quería que os invitara a ti y a tu compañero a tomar una copa y a cenar.
–No es necesario.
–Bueno, nos apetece. Al fin y al cabo le salvaste la vida y si vamos a pasar algún tiempo juntos, probablemente debamos conocernos un poco mejor.
¿Quedamos a las cinco y media?
–Sólo si estás realmente convencida.
–Estoy convencida, Web, pero gracias por preguntar.
–Tengo que informarte que no hemos traído ropa elegante.
–No somos gente elegante.
Capítulo 32
Claire se dirigía a su coche, situado en el garaje subterráneo del edificio en el que trabajaba, cuando fue abordada por un hombre fornido y trajeado.
–¿Doctora Daniels?
Lo miró con cautela.
–Sí.
Le mostró la identificación.
–Soy el agente Phillips del FBI. Nos gustaría hablar con usted… ahora, si no tiene inconveniente.
Claire se quedó perpleja.
–¿Quién quiere hablar conmigo?
El agente Phillips se volvió y señaló más allá de la puerta del garaje, donde una limusina negra con cristales ahumados aguardaba con el motor en marcha.
–Todo tiene explicación, señora -la tomó con cuidado del hombro-. Por aquí, doctora, no la entretendremos mucho y la traeremos de regreso.
Claire se dejó conducir fuera del garaje. Phillips le abrió la puerta y se sentó en el asiento delantero del pasajero. Antes de que Claire tuviera tiempo de recostarse en el asiento, la limusina ya circulaba a toda velocidad.
Claire se sorprendió cuando el hombre que estaba sentado junto a la otra ventanilla en el asiento trasero se inclinó hacia delante.
–Gracias por acceder a hablar con nosotros, doctora Daniels.
–Yo no he aceptado hablar con nadie. Ni siquiera sé por qué estoy aquí.
Observó que se había activado una partición de cristal que separaba la parte posterior de la delantera.
–¿Quién es usted?
–Me llamo John Winters. Soy el director de la oficina del FBI en Washington.
–Bueno, señor Winters… -empezó a decir Claire.
–Mis amigos me llaman Buck.
–Bueno, señor Winters, no sé por qué quiere hablar conmigo.
Winters se recostó en el asiento.
–Oh, creo que tiene cierta idea. Es usted una mujer muy lista -tamborileó los dedos sobre una carpeta grande que tenía al lado-. Un curriculum muy impresionante.
Claire observó la carpeta.
–No sé si debo sentirme halagada o sumamente molesta por el hecho de que hayan estado investigando sobre mí.
Winters sonrió.
–Por el momento vamos a suponer que se siente halagada. Pero también debe ser consciente de que por su trabajo ve a varios miembros del FBI, a sus cónyuges, a personal de apoyo.
–Tengo al día todas mis autorizaciones de seguridad. Y no puede decirse precisamente que esté expuesta a algo que sea alto secreto. Todos los expedientes se censuran a conciencia antes de llegar a mis manos.
–Pero ¿cómo se censura la mente humana, doctora Daniels?
–Lo que mis pacientes me cuentan es absolutamente confidencial.
–Estoy seguro de ello. Y también de que la gente estresada, la gente con preocupaciones mentales y emocionales profundas se desahoga con usted.
–Unos más que otros. ¿Adonde quiere llegar exactamente, señor Winters?
–Lo cierto, doctora Daniels, es que está en situación de escuchar información muy importante en boca de personas muy vulnerables.
–Soy perfectamente consciente de ello. Y eso no sale de mi consulta.
Winters volvió a inclinarse hacia delante.
–Web London es uno de sus pacientes actuales, ¿no es cierto?
–No puedo responder a tal pregunta.
Winters sonrió.
–Vamos, doctora.
–Cuando digo que no revelo confidencias hay que entenderlo al pie de la letra. Eso significa que tampoco informo de si alguien es paciente mío o no.
–Bueno, debe saber que como director de la oficina de Washington tengo conocimiento de si un miembro del FBI va al loquero, ¿sabe?
–Preferimos la palabra «psiquiatra» o «profesional de la salud mental».
–Por tanto sé que Web London es paciente suyo -declaró Winters-. Y sé que ha acudido a otro psiquiatra varias veces en el pasado. Un tal Ed O’Bannon
-Claire se mantuvo en silencio-. Así pues, una de las cosas que quiero saber es ¿por qué se pasó a usted?
–De nuevo me veo obligada a negarme a responder…
Winters extrajo una hoja de papel de la carpeta que tenía al lado y se la pasó. Era un documento de cesión firmado por Web London ante notario.
Especificaba, entre otras cosas, que toda persona que ofreciera atención psiquiátrica a Web London podía hablar de los parámetros del diagnóstico y del tratamiento con un tal John Winters, director de la oficina del FBI en Washington. Claire nunca había visto un impreso como aquél, pero se
trataba de un documento original impreso en papel oficial del FBI.
–Ahora podemos prescindir de sus reservas.
–¿De dónde ha salido este documento y por qué no lo había visto con anterioridad?
–Se trata de una nueva política. De hecho lo hemos utilizado por primera vez para el caso de Web. Fue idea mía.
–Es una violación de la confidencialidad entre médico y paciente.
–No si el paciente renuncia a ella.
Claire leyó el documento con gran atención y se tomó tanto tiempo para hacerlo que Winters acabó echando humo. Por fin se lo devolvió.
–De acuerdo, muéstreme su identificación -exigió.
–¿Cómo dice?
–En el documento se especifica que puedo revelar cierta información a John Winters, director de la OFW. Lo único que sé de usted es que va en limusina y que dice ser John Winters.
–Creí que mi asesor se había identificado,
–Él sí pero usted no.
Winters sonrió, sacó sus credenciales y se las mostró a Claire. Dedicó más tiempo del necesario a repasarlas, para demostrar al hombre que aquella situación no le agradaba lo más mínimo y que no se lo pondría fácil.
Winters se recostó en el asiento.
–Hablemos de Web London.
–Me eligió porque el doctor O’Bannon no estaba disponible. Tuvimos una buena sesión y decidió seguir conmigo.
–¿Cuál es el diagnóstico?
–Todavía no lo he emitido.
–¿Le ha sugerido algún tratamiento?
–Eso sería un tanto prematuro -repuso con sequedad-, puesto que todavía no he hecho un diagnóstico. Sería como operar a alguien antes de hacerle un reconocimiento médico.
–Lo siento pero muchos loqueros, disculpe, psiquiatras que conozco recetan pastillas.
–En ese caso no soy como los psiquiatras que conoce.
–¿Puede decirme qué le ocurrió en aquel patio?
–No, no puedo.
–¿No puede o no quiere? – levantó el documento de cesión-. Podemos hacer que esto le resulte fácil o sumamente difícil.
–Ese documento también especifica que puedo ocultar toda información que el paciente me haya confiado, así como mis conclusiones basadas en tal información si, de acuerdo con mi criterio profesional, tal revelación perjudicara al paciente.
Winters se desplazó y se sentó junto a Claire.
–Doctora Daniels, ¿es usted consciente de lo que ocurrió en aquel patio?
–Sí. He leído los periódicos y he hablado del asunto con Web.
–¿Sabe? Es algo más que la muerte de seis agentes, por horrendo que eso resulte. Es un ataque frontal a la integridad fundamental del FBI. Y sin eso, no tenemos nada.
–No sé exactamente hasta qué punto una emboscada a un equipo de agentes del FBI disminuye la integridad del FBI. En todo caso, debería causar compasión.
–Desgraciadamente, el mundo en el que vivimos no es así. Permítame que le diga lo que ha provocado esta emboscada. En primer lugar, al haber eliminado a nuestra fuerza de ataque de élite, los grupos criminales ahora consideran que somos vulnerables a todos los niveles. En segundo lugar, la prensa ha dado tal relevancia a este asunto tan desafortunado, empleando un lenguaje tan incendiario, que la confianza pública depositada en nosotros ha quedado profundamente dañada e incluso los legisladores del Capitolio dudan de nosotros. Y por último, la moral del FBI en su conjunto está más baja que nunca por culpa de lo ocurrido. En realidad se trata de un golpe triple.
–Ya lo veo -dijo Claire con cautela.
–Así pues, si este asunto se resuelve lo antes posible, antes podremos hacer que las aguas vuelvan a su cauce. Estoy convencido de que no quiere que los criminales de este país piensen que pueden hacer lo que les plazca con unos ciudadanos honrados.
–Estoy segura de que eso no ocurrirá.
–¿Ah sí? – la miró con dureza-. Bueno, yo estoy metido en esto y no estoy ni por asomo tan seguro como usted.
Claire sintió un escalofrío en la espalda al oír las palabras de aquel hombre.
Winters le dio una palmadita en el hombro.
–Veamos, ¿qué puede decirme de Web sin violar su código ético profesional, según su criterio?
Claire empezó a hablar con lentitud porque aquel proceso le resultaba detestable.
–Tiene ciertos problemas. Creo que se remontan a su niñez, como suele ocurrir con estos temas. Se quedó paralizado en aquel callejón. Estoy segura de que eso ya se lo ha dicho a los investigadores del FBI.
Lo miró esperando una afirmación por su parte, pero Winters no mordió el anzuelo.
–Prosiga -se limitó a decir.
Claire repasó los detalles de lo que Web había visto y escuchado, incluido lo que le había dicho Kevin Westbrook, cómo le había afectado, la sensación subsiguiente de parálisis y cómo había luchado contra ella y había acabado venciéndola.
–Sí, la venció -dijo Winters-. Se desplomó justo antes de que dispararan y consiguió salir con vida.
–Lo que sí puedo decirle es que tiene un enorme sentimiento de culpa por haber sido el único superviviente.
–Lo cual es normal.
–No es que de repente se convirtiera en un cobarde, si es eso lo que piensa.
Es uno de los hombres más valientes que he conocido. De hecho, quizá sea demasiado valiente, una persona que se arriesga demasiado.
–No estaba pensando que fuera un cobarde; ni siquiera su peor enemigo podría decir que Web London es cobarde.
Claire lo miró con curiosidad.
–Entonces, ¿qué?
–Hay cosas peores que ser un cobarde -hizo una pausa-. Ser un traidor.
–Mi opinión profesional es que ése no es el caso. El hecho de que se quedara paralizado en ese callejón demuestra que hay problemas muy arraigados producto de una infancia repleta de desafíos que Web intenta superar.
–Comprendo. En ese caso quizá no debería pertenecer al ERR. Tal vez ni siquiera debería estar en el FBI.
En ese instante Claire notó que era ella la que se quedaba paralizada. ¿Qué acababa de hacer?
–Eso no es lo que he dicho.
–No, doctora, eso lo he dicho yo.
Tal como le habían prometido, la dejaron de nuevo en el garaje. Mientras salía del vehículo, Buck Winters se inclinó hacia ella y la agarró del brazo.
Claire se apartó de forma instintiva.
–Soy consciente de que no puedo impedirle que le hable a Web de nuestro encuentro, doctora, pero le voy a pedir que no lo haga. Estamos inmersos en una investigación del FBI y los resultados, sean cuales sean, conmocionarán al FBI más que nunca. Así pues, le pido, como buena ciudadana, que mantenga todo esto en secreto por ahora.
–No se lo puedo garantizar. Y confío en Web.
–No lo dudo. Tiene muchos valores por los que vale la pena confiar en él.
¿Sabe a cuántos hombres ha matado a lo largo de su carrera?
–No, ¿es importante saberlo?
–Estoy seguro de que a los parientes de esas personas les parece importante.
–Habla de él como si fuera un criminal. Doy por supuesto que si ha matado a gente era porque formaba parte de su trabajo, el trabajo que usted espera que haga.
–Bueno, eso siempre está abierto a interpretaciones, ¿no cree? – le soltó el brazo y añadió un último comentario-. Estoy seguro de que nos volveremos a ver.
Cuando Romano y Web salieron para cenar en la mansión, Romano caminaba de forma extraña. Le dijo a Web que Billy lo había montado en un caballo y que se había caído de inmediato.
–No sé por qué demonios no puedo seguir a ese tipo en un todoterreno. Los caballos no son lo mío.
–Bueno, hoy he recorrido la mayor parte de la finca a caballo y a muchos sitios a los que no se llega ni en todoterreno.
–¿Tú también te has caído?
–Sí, dos veces -respondió Web. ¿Por qué decir la verdad y hacer que a Romano se le pusieran otra vez los pelos de punta?, pensó.
–¿Con quién fuiste a caballo? – preguntó Romano.
–Con Gwen. Lo hemos pasado bien. ¿Y tú? ¿Lo has pasado bien?
–Sí, nunca habría dicho que ensuciarse en un establo sería tan divertido.
Deberías probarlo en alguna ocasión.
Billy recibió a Web y a Romano en la puerta delantera de la casa de piedra.
Vestía una americana vieja de pana con coderas, unos pantalones caqui, una
camisa blanca abotonada y arrugada y unos mocasines sin calcetines.
Llevaba una copa en la mano. Los acompañó por el vestíbulo delantero y luego bajaron por una escalinata de nogal que describía una curva que parecía lo suficientemente antigua como para haber llegado de las colonias como regalo de un monarca muerto hacía ya tiempo. Aunque ya había estado allí con anterioridad, Web todavía se sorprendía a sí mismo comiéndose con los ojos las grandes estancias, la intrincada mampostería, las gruesas colgaduras y la gran cantidad de obras de arte que parecían más propias de un museo, y probablemente lo fueran. Cuando llegaron al nivel inferior, Romano iba mirando a su alrededor sin dejar de exclamar
«¡joder!».
Web advirtió la cojera de Billy.
–¿Has sufrido un accidente? – preguntó al tiempo que señalaba la pierna del hombre.
–Sí, un caballo de tiro de una tonelada de peso decidió hacer la voltereta conmigo encima.
El suelo de la planta baja era de losas, las paredes desnudas de piedra y unas vigas gruesas tenían la misión de sostener el techo. Había unos grandes sofás de cuero y sillas situadas con precisión, probablemente para alentar la formación de varios grupos para charlar, o quizá de facciones con deseo de conspirar, porque sin duda a Web le parecía que aquel lugar estaba hecho para eso, aunque los Canfield no le parecían personas de esa índole.
Si uno no les caía bien, probablemente no se avergonzaran de demostrarlo, sobre todo Billy. Las paredes estaban adornadas con más cornamentas inglesas y con numerosas cabezas de ciervo, guepardo, león, rinoceronte, alce americano y distintos ejemplares de una amplia variedad de aves y peces. En otra pared había un enorme ejemplar de perca. También había un oso pardo entero en una postura de ataque y un pez espada de gran tamaño apuntado hacia arriba. En una mesa expositora había una serpiente cascabel enrollada y una cobra real, con unos ojos que parecían encendidos y unos dientes dispuestos a causar daños inmediatos. Web rehuyó a ambos reptiles disecados. Las serpientes no le gustaban demasiado desde que una mocasín
acuática enfurecida estuvo a punto de morderle en una misión en Alabama.
Contra una de las paredes había un mueble para armas bien provisto. Web y Romano repasaron con envidia la selección de armas de fuego Churchill, Rizzini y Piotti, artefactos que fácilmente costaban una cantidad de cinco cifras. Era prácticamente imposible pertenecer al ERR y no ser un aficionado a joyas como aquéllas, aunque la mayoría de los agentes del FBI carecían de los medios económicos para hacer algo más que presionar la nariz contra el cristal. Web se preguntó si las armas eran para exponer o si alguna vez las habían utilizado. Billy parecía no tener nada en contra del uso de armas, quizás incluso Gwen compartiera su opinión. Si el hombre había matado a todos aquellos animales, sin duda tenía que ser hábil utilizando armas de fuego.
En otra pared se extendía una barra completa color cereza que parecía haber sido arrancada directamente de un pub londinense. La primera impresión que Web había tenido al entrar en la sala era que tenía el aire de un pub inglés rematado con toques del Lejano Oeste.
Gwen estaba sentada en un sofá que parecía lo suficientemente grande como para cruzar el Atlántico en él. Se levantó al verlos entrar. Llevaba un vestido de tirantes beis, largo hasta los tobillos, y con una abertura pronunciada que dejaba al descubierto buena parte del escote. Debajo de los finos tirantes del vestido se veía una pequeña porción del sujetador blanco.
Tenía los brazos bronceados, firmes y bien contorneados. Probablemente de frenar al caballo, supuso Web, puesto que a él le dolían los brazos por haber hecho precisamente ese gesto durante tres horas. Calzaba unos zapatos planos negros. Aun así, sólo era unos diez centímetros más baja que Romano. Cuando volvió a tomar asiento y cruzó las piernas, el vestido se le abrió unos cinco centímetros y Web se sorprendió un tanto al ver que llevaba una cadena de oro en el tobillo, porque no parecía muy propio de su porte refinado. El rostro también lo tenía bronceado y el contraste del pelo rubio resultaba muy llamativo. Sin duda Billy Canfield era un hombre afortunado, pensó Web, aunque se preguntó cuánta vida habría perdido aquel matrimonio con la muerte de su hijo.
A Web le sorprendió ver a Nemo Strait sentado en una de las sillas. El capataz del rancho se había lavado y llevaba un polo que ponía de manifiesto su cuerpo musculoso, unos pantalones caqui de algodón y mocasines. Web tenía que reconocer que era un hombre atractivo.
Strait alzó la copa hacia Web y Romano.
–Bienvenidos a Casa Canfield -dijo con una gran sonrisa.
Web contempló los numerosos trofeos de animales.
–¿Van con la casa? – preguntó a Billy.
–Por supuesto que no -respondió el hombre-. Hace unos cuatro años sentí eso que se dice una llamada para ir por ahí a disparar. Me convertí en cazador de grandes venados y pescador de altura. Incluso aparecí en la televisión unas cuantas veces en programas deportivos. Recorrí el mundo cazando animales como éstos.
Señaló la cabeza con colmillos de un jabalí en una pared y luego el oso pardo, que se alzaba casi diez metros en un módulo especial para exponerlo, con los colmillos al descubierto y las largas garras prestas a despedazar a cualquiera.
Se acercó y acarició el cuello grueso del enorme oso.
–Bueno, esta criatura hizo todo lo posible por matarme en dos ocasiones. La segunda vez casi lo consigue, pero le vencí -señaló hacia el rinoceronte-.
Estos malditos bichos parecen lentos y torpes. Es decir, lo parecen hasta que te persiguen a unos cincuenta kilómetros por hora y no hay nada entre tú y el Creador aparte de tus nervios, la buena puntería y el dedo fijo en el gatillo. Apuntas al cerebro. Pero si fallas y le das al cuerno, eres hombre muerto.
–Pobres animales -dijo Gwen.
–De pobres nada, estos bichos me costaron una fortuna -replicó su marido con sequedad. Miró una de las cornamentas y luego se dirigió a Web-. La cornamenta es el viejo símbolo de virilidad, sabiduría y vida, ¿sabes? Y ahí está, colgado de mi pared, requetemuerta. En cierto modo me gusta pensar lo irónico que resulta. Yo he disecado a todos estos animales. Soy un buen taxidermista, aunque me lo diga yo solo.
Web se estaba preguntando cuándo había sentido Billy el deseo de matar.
Debió de producirse poco después de que acabara el juicio con la sentencia de conformidad de Ernest Free que sin duda había impedido que lo ejecutaran.
–Permitidme que os lo enseñe -continuó Billy-. ¿Quieres venir, Nemo?
–Ni hablar. Ya he visto tus pequeñas operaciones y todavía no he cenado.
Billy los condujo por un pasillo y abrió una puerta que estaba cerrada con llave. Gwen tampoco los acompañó. Entraron en la habitación y Web miró a su alrededor. La estancia era grande y estaba atestada de mesas de trabajo y estanterías y sobre dichas superficies latas de líquidos y pastas y cuchillos y bisturís afilados, docenas de otros instrumentos, grandes tornos, cuerdas y complicados sistemas de poleas que colgaban del techo. En una esquina se encontraba la piel de un alce extendida en parte sobre un molde, y en otra esquina había un pavo salvaje muerto en todo su esplendor. En otros rincones había también aves y peces disecados y otros animales grandes y pequeños que Web ni siquiera sabría identificar. Web había olido cadáveres en descomposición y allí no olía tan mal pero, de todos modos, no le apetecería respirar ese aire todos los días.
–¿Mataste a todos estos animales? – preguntó Romano.
–Uno por uno -respondió Billy encantado-. Sólo diseco lo que mato. En este trabajo no le hago favores a nadie -cogió un trapo, vertió un líquido en él y empezó a frotar una de las herramientas-. Otros tipos se relajan jugando al golf, yo cazo y diseco.
–Supongo que todo es relativo -opinó Web.
–He descubierto que resulta terapéutico. Pero Gwen no lo ve así. Nunca ha entrado aquí y sospecho que nunca entrará. La taxidermia ha avanzado mucho. Ahora ya no hay que hacerse los moldes, se pueden comprar unos hechos con corcho compacto, papel laminado y todo eso, y luego adaptarlo a lo que uno esté disecando. Es un proceso bastante complejo, hay que planificar y medir y hay que ser mitad carnicero, mitad artista. Los pasos básicos son primero vaciar el cuerpo y luego preparar la piel. Mucha gente utiliza bórax, pero los puristas como yo todavía envenenamos la piel con arsénico. Así se consigue la mayor longevidad. E incluso me dedico al curtido.
–¿Guardas el arsénico por aquí? – preguntó Romano.
–Toneladas -Billy observó al hombre-. No te preocupes, siempre me lavo las manos después de trabajar aquí y no cocino nada de nada -se echó a reír y Romano se rió con él, aunque con cierto nerviosismo-. Luego se prepara el cráneo, se ensamblan los alambres y tal y luego se hace el relleno y el montaje final.
Web echó un vistazo al equipamiento de la sala. Parecía el paso previo a un matadero.
–Aquí hay mucho material.
–Sí, es que se necesita mucho material para hacer un buen trabajo -señaló distintas piezas-. Como he dicho, existen los moldes de uretano anatómicamente adaptados, pero a veces los fabrico yo mismo con yeso, arcilla para modelar, serrín compactado y cosas así. No hace falta que a uno se lo den todo hecho, ¿no?
–Cierto -dijo Romano.
–Luego se necesitan sustancias químicas, venenos y sal, mucha sal para conservar la piel. Después distintos aparatos y calibradores para hacer las
mediciones lineales y conseguir la simetría. Escalpelos por el motivo obvio; yo utilizo lo que se llama el cuchillo perfecto, de fabricación alemana, los dichosos alemanes sí saben hacer cuchillos. Es para despellejar y practicar cortes precisos, para separar la cabeza del pellejo del cuerpo, por ejemplo, la labor minuciosa que hay que realizar alrededor de los ojos y de la boca y cosas así. Existen cuchillos especiales para despellejar, para mondar, deshuesar, rasurar, pulidoras para el cuero, incluso una máquina para descarnar. Eso sí que es un buen invento.
–¡Qué mundo más afortunado! – farfulló Web.
–Me compré unos guantes de Kevlar para descarnar a fin de no cortarme un dedo. Tijeras, pinzas para la piel, para los labios, tenazas, fórceps, sondas y agujas quirúrgicas. Parece una mezcla entre trabajador de la funeraria y cirujano plástico -señaló cuencos, pinceles, un compresor de aire y varias latas-. Ésta es la parte artística del asunto. Los toques finales para hacerle justicia al animal.
–Qué curioso pensar en hacerle justicia al animal que acabas de matar -dijo Web.
–Supongo que eso es lo que me distingue de los hijos de perra que matan y siguen caminando como si nada -replicó Billy.
–Supongo -convino Web.
Billy se acercó a una piel de ciervo que estaba secándose sobre una mesa.
–¿Sabéis qué es lo primero que se corta al vaciar a un ciervo? – preguntó mirando fijamente a Web.
–¿Qué?
–El pene.
–Va bien saberlo -comentó Web con sequedad.
–Los ciervos mueren como personas -prosiguió Billy-. Con los ojos abiertos. Se les vidrian enseguida. Si tienen los ojos cerrados o parpadean, mejor volverles a disparar -volvió a mirar a Web-. Supongo que os encontráis con muchos casos así en vuestro trabajo.
–A veces no es una opción posible en el caso de los seres humanos.
–Supongo que no, aunque me quedaría con cualquiera de los animales que tengo aquí expuestos antes que con la escoria humana con la que vosotros tratáis -bebió un trago de whisky-. Creo que ése es uno de los motivos por el que este lugar me gusta tanto -reconoció Billy-. Es una contradicción, puesto que resulta obvio que respiro y estoy vivo. Nací pobre como las ratas, apenas acabé los estudios primarios, gané un montón de dinero en el poco glamoroso negocio de transportar cigarrillos y otras porquerías a un lado y a otro de las autopistas de este bello país y me casé con una mujer joven, guapa e inteligente con título universitario. Y ahora aquí estoy, propietario de un rancho fabuloso en plena Virginia, menudo sitio al que ir a parar, en una zona de cazadores disecando animales. Soy un hombre con suerte. Cuando lo pienso, me entran ganas de emborracharme, así que hagamos algo al respecto.
Volvieron sobre sus pasos y se reunieron de nuevo con Gwen. Ella le dedicó una débil sonrisa a Web, como queriendo decir: « Lo sé y lo siento».
Billy se situó tras la barra y señaló a su esposa.
–¿Un whisky, querida?
Ella asintió.
–Yo también me tomaré uno -dijo-. ¿Chicos? Y no me vengáis con esa chorrada de que estáis de servicio. Si no bebéis conmigo, os echo de aquí a patadas.
–Cerveza, si tienes.
–Aquí tenemos de todo, Web.
Web tomó nota mentalmente de que el hombre decía aquello con total seriedad.
–Otra para mí -dijo Romano.
–Yo también tomaré una, Billy -dijo Strait. Se acercó a la barra y tomó la botella de cerveza que le tendió su jefe y luego se reunió con Web y Romano.
–Estoy mucho más acostumbrado a la cerveza que a los combinados modernos.
–¿Hombre de campo? – inquirió Romano.
–Sí, señor, crecí en las estribaciones del Blue Ridge, en un rancho de caballos -dijo Strait-. Pero quería ver mundo -se arremangó la camisa y les enseñó la insignia de los marines-. Bueno, lo vi con el dinero del tío Sam.
De hecho, sólo vi una pequeña porción de mundo llamada Sureste Asiático, y es difícil disfrutar de un lugar así cuando la gente te dispara.
–No pareces tan mayor como para haber luchado en Vietnam -comentó Web.
Strait desplegó una amplia sonrisa.
–Supongo que es por la vida sana que llevo. Lo cierto es que me reclutaron casi al final, dieciocho años recién cumplidos. El primer año en la selva iba siempre con la cabeza baja intentando por todos los medios mantenerla sobre los hombros. Un día me pillaron y me tiré tres meses de prisionero de guerra. El maldito Vietcong se dedicaba a cosas muy feas, intentaban trastocarte el cerebro, convertirte en traidor.
–No sabía todo eso, Strait -dijo Billy.
–Bueno, no es algo para poner en el curriculum -se echó a reír-. Pero conseguí escapar y un loquero del ejército me ayudó a recuperarme. Eso y mucho alcohol y muchas otras cosas de las que es mejor no hablar -añadió, sonriendo-. Me pusieron en libertad, regresé a Estados Unidos y durante un tiempo trabajé como guarda en un centro para delincuentes juveniles.
Permitidme que os diga que algunos de esos chicos a los que vigilaba hacían que el maldito Vietcong pareciera una pandilla de pipiólos. Luego me casé, pero a mi ex no le gustaba mi salario de seis pavos la hora, así que me busqué un trabajo en una oficina, pero no era lo mío. Ya os he dicho que crecí al aire libre, rodeado de caballos toda la vida. Se lleva en la sangre -
lanzó una mirada a Billy-. Menos mal, porque no se lleva en la cuenta bancaria.
Todos se rieron cuando dijo eso, salvo Gwen. Incluso parecía molestarle que el vaquero estuviera en su casa, pensó Web, que la observaba con atención.
–De todos modos -prosiguió Strait-, volví con los caballos y mi esposa me dejó y se llevó a mi hijo y a mi hija.
–¿Los ves a menudo? – preguntó Web.
–Antes sí, ahora ya no -sonrió-. Pensé que mi hijo seguiría los pasos de su padre y sería militar o quizá se dedicara a los caballos -se dio una palmada en el muslo-. Hay que joderse, ¿sabéis qué pasó?
–¿Qué? – preguntó Romano.
–Pues que descubrió que era alérgico a esas cosas. Está claro que la vida a veces tiene su gracia.
Web lo observaba y no le pareció que Strait pensara que la vida tuviera nada de gracia. Al comienzo había catalogado a Strait como al típico tipo corto de entendederas que hace lo que le dicen. Tendría que replantearse esa idea.
–Entonces apareció Billy y ahora le ayudo -lanzó una mirada a Gwen-, y la señora Canfield construyó aquí su pequeño imperio.
Billy alzó la cerveza en dirección al hombre.
–Y has hecho un buen trabajo, Strait.
Al oír esas palabras, Web advirtió que Gwen apartaba la mirada y, a pesar de las alabanzas de Billy, no parecía estar demasiado entusiasmada con su capataz.
–Las plantas más bajas suelen ser frías -le dijo Web a Billy-. Sobre todo con toda esta piedra. Aun así, se está más caliente aquí abajo que arriba.
–Aquí tenemos el mejor calor del mundo -repuso Billy, quien se ocupaba de las bebidas como si hubiera nacido para ello-. Vapor radiante. Gwen me ha dicho que te ha enseñado la finca. Bueno, esas tres calderas Weil McLain que viste calientan el agua hasta convertirla en vapor, por supuesto. El vapor fluye por las tuberías y llega a los radiadores Gurney de hierro fundido que hay en cada estancia de la casa. Luego el vapor se enfría hasta convertirse en agua, recorre de nuevo todo el sistema, vuelve a convertirse en vapor y así sucesivamente. Y no sólo tienes calor sino un humidificador incorporado -le pasó la cerveza a Web-. Muchas de las tuberías de vapor pasan debajo de este suelo, por eso se está tan bien aquí. Me encanta. Y en esta época del año, la temperatura puede alcanzar los 30 grados durante el día y bajar a 4 por la noche. Pero las calderas McLain son la razón por la que Gwen puede ir con los brazos descubiertos aquí abajo y sentirse calentita y bien; ¿no es así, cielo?
–De hecho, he tenido calor todo el día.
Web frotó la barra con la mano.
–Queda bien con esto.
–Data de 1910 -dijo Billy-. El propietario de entonces se gastó un dineral en
la casa. De todos modos, lo necesitaba. Desgraciadamente, para cuando nosotros llegamos necesitaba mucho más. Siempre me pasa lo mismo.
Llevó las bebidas en una bandeja y las repartió. Todos tomaron asiento.
–Gwen me ha dicho que tenéis unos yearlings muy prometedores.
–Sí, quizás alguno gane los tres certámenes más importantes -dijo Billy-.
Eso estaría bien. Al menos pagaría las facturas de un mes de este dichoso sitio.
Gwen y Web intercambiaron sonrisas al oír el comentario.
–La esperanza es lo último que se pierde -terció Gwen-. Pero por lo menos estar siempre a un paso del asilo de pobres es emocionante.
–Bueno, aquí nos va bien -dijo Strait, mirándola.
A Web le pareció interesante el pronombre utilizado. Se estaba empezando a preguntar quién era el verdadero propietario del lugar.
Billy bebió un trago de whisky.
–Sí, este lugar no está tan mal. Por aquí incluso se puede practicar la caza del zorro.
A Gwen le pareció una idea repulsiva.
–Qué repugnante.
–Bueno, estamos en la región de la caza del zorro y en Virginia hay que hacer lo que hacen los altaneros virginianos -Billy le dedicó una sonrisa a Web-. De hecho, nuestros dichosos vecinos pueden resultar bastante coñazos. Se cabrearon conmigo porque no les permití que cabalgaran por mi finca mientras perseguían al maldito zorro. Les dije que no se cazaban zorros más allá de Richmond y de todos modos parecía que el pobre bicho
llevaba las de perder y yo siempre he sido partidario de los perdedores.
Bueno, esos capullos me denunciaron. Y ganaron el juicio. Había alguna cláusula antigua en mi cadena de títulos que especifica que, al parecer, la caza del zorro está permitida en la finca.
A Romano le desagradaba la idea.
–Vaya putada. ¡Para que luego digan que estamos en un país libre!
–Bueno, ahora ya no cruzan East Winds -dijo Strait.
–¿Cómo es eso? – preguntó Web.
–Billy disparó a uno de sus perros; perdón, sabuesos.
Se dio una palmada en la pierna y se echó a reír.
Billy asentía como si estuviera recordando un momento agradable.
–Atacó a uno de mis caballos, que valía más de trescientos mil dólares.
Sabuesos como ésos los hay a montones. Así que no dudé ni un segundo antes de disparar.
–¿Volvieron a denunciarte? – preguntó Web.
–Sí, y esa vez me salí con la mía -sonrió, tomó otro trago y miró a Web-.
¿Has disfrutado con la visita guiada de Gwen?
–Podría ser una gran guía turística. Me ha interesado lo de que el rancho fue una parada de la Underground Railroad durante la guerra de Secesión.
Billy señaló el armario de las armas.
–Y esa parada está ahí mismo.
Web miró el armario de las armas.
–No lo pillo -dijo.
–Venga, enséñaselo, Billy -dijo Strait.
Billy hizo una seña para que Web y Romano le siguieran. Se acercó al armario y presionó lo que Web imaginó que debía de ser una palanca oculta en la estructura del armario. Web escuchó un clic y el armario osciló hacia él, dejando al descubierto una pequeña abertura.
–Aquí no hay ni electricidad ni ventanas, sólo un par de literas toscas, pero cuando uno huye en busca de libertad no puede ser demasiado finolis -dijo Billy. Tomó una linterna que colgaba de un gancho de la pared y se la tendió a Web.
–Echad un vistazo.
Web cogió la linterna, asomó la cabeza en el interior e iluminó distintas zonas. La linterna estuvo a punto de caérsele de la mano cuando la luz iluminó a un hombre sentado en una mecedora de madera alabeada. Cuando la vista se le acostumbró a la falta de luz, vio que en realidad se trataba de un maniquí vestido como un esclavo, con un sombrero y patillas de boca de hacha; el blanco de los ojos creaba un contraste perturbador con respecto a la piel negra pintada.
Billy se echó a reír.
–Tienes unos nervios de acero -dijo-. Casi todo el mundo se echa a gritar cuando lo ve.
–Billy lo colocó ahí, no yo, Web -se apresuró a decir Gwen con un deje de repulsión en la voz.
–Es una de mis bromitas de mal gusto -añadió Billy-. Pero, joder, si no nos reímos de la vida, ¿de qué vamos a reírnos?
Después de ese comentario apuraron las bebidas y se dispusieron a cenar.
No cenaron en el comedor formal. Tal como explicó Billy, la sala era tan grande que había que gritar para hablar los unos con los otros y él era un poco duro de oído. Comieron en una pequeña sala adjunta a la cocina.
Gwen bendijo la mesa e hizo la señal de la cruz, al igual que Romano.
Strait, Web y Billy se limitaron a mirar.
Gwen había preparado una ensalada César, puntas de solomillo, espárragos frescos con crema de leche y unos panecillos que parecían y sabían a caseros. Un pastel de cereza y el café dieron el toque final a la cena y Romano se recostó en el asiento, frotándose el estómago plano y duro.
–Mucho mejor que las MRE -dijo, refiriéndose a la comida preparada del ejército de Estados Unidos.
–Gracias, Gwen, una cena fantástica -dijo Web.
–Antes teníamos muchos invitados en Richmond -dijo Gwen-; ahora ya no recibimos demasiadas visitas -lanzó una mirada rápida a su esposo mientras pronunciaba esas palabras.
–Hemos dejado de hacer muchas cosas -reconoció Billy Canfield-. Pero ha sido una buena cena y brindo por el chef -se acercó al aparador y trajo una licorera de brandy y cuatro copas de cristal tallado-. Tengo debilidad por mi Jim Beam, como todo caballero sureño que se precie, pero para hacer un brindis adecuado se necesita una libación adecuada.
Sirvió el brandy, se llenó la copa con Beam y brindó por Gwen. Ella sonrió y alzó la copa hacia ellos.
–Bueno, me alegro de salir tan bien librada entre tantos hombres.
Cuando se despedían, Web se llevó a Billy a un lado.
–Sólo quiero que las directrices queden claras. Asegúrate de conectar la
alarma cuando nos vayamos, y conéctala cada noche antes de acostarte. En esta casa hay muchos puntos por los que se puede entrar y salir, quiero que tú y Gwen entréis y salgáis por el mismo sitio. De ese modo no os dejaréis ninguna puerta abierta. Si tienes ganas de salir, aunque sea sólo para dar un paseo, nos llamas antes y te acompañaremos. Si hay algo que te asuste a ti o a Gwen, nos llamas. No hay nada insignificante, ¿entendido? Éste es el número de mi móvil. Está conectado veinticuatro horas al día. Y quiero que te plantees seriamente dejar que Romano y yo nos alojemos en la casa. Si ocurre algo, los segundos cuentan.
Billy observó el trozo de papel con el número de Web.
–Hemos acabado prisioneros en nuestra propia casa. Menudos cabrones -
meneó la cabeza cansinamente.
–¿Las armas que tienes en el armario son sólo para exponer o las utilizas para cazar?
–Casi todas son escopetas. No se pueden utilizar con los animales que se quieran disecar porque la munición de las escopetas estropea la piel y amputa cabezas. Las armas que uso para cazar venado están en un armario de la planta de arriba que cierro con llave. También tengo una de calibre doce y una Mágnum del 357. Cargadas las dos. Son para los cabrones de dos patas que entren en mi propiedad sin autorización. Gwen es muy buena tiradora. Probablemente mejor que yo.
–Bien, recuerda que sólo hay que disparar a los malos. Otra cosa, ¿algún viaje en perspectiva?
–Sólo una remesa de caballos que vamos a llevar a Kentucky dentro de unos días. Voy a ir con Strait y alguno de los chicos.
–Habla con Bates, quizá considere que haya que cambiar el plan.
–Haz caso a Web -dijo Nemo, quien se acercó a ellos después de haber escuchado parte de la conversación-. Alguien va a por ti, Billy. Quédate
para que los federales puedan protegerte.
–¿Te vas a poner blando conmigo, Nemo? – preguntó Billy.
–No, joder. Pero si te ocurre algo, me quedo sin trabajo.
–¿Esperas alguna visita extraordinaria? – inquirió Web.
Billy negó con la cabeza.
–La mayoría de nuestros amigos de Richmond han dejado de serlo. Quizá sea sobre todo por culpa nuestra. Somos muy reservados.
–¿Qué sabes de esos vecinos que tenéis, los de Southern Belle?
–Sólo que son más groseros que yo -se echó a reír-. A decir verdad, no sé mucho de ellos. No participan en las actividades locales; bueno, yo tampoco, pero sólo he visto a quien supongo que es el capataz.
–¿Qué me dices del helicóptero y del avión?
Billy hizo una mueca.
–Eso sí que me toca los cojones. Asustan a los caballos.
–¿Con qué frecuencia los ves salir en el avión y el helicóptero?
Billy reflexionó al respecto.
–Muy a menudo.
–¿Qué es muy a menudo? ¿Cada noche, cada semana?
–Todas las noches no, pero más de una vez a la semana.
–¿Cada vez van en la misma dirección o en direcciones distintas?
–Distintas -miró a Web con cautela-. ¿En qué estás pensando?
Web esbozó una sonrisa forzada.
–Estoy pensando que vigilaremos el avión de los vecinos.
Cuando Romano y Web regresaron a la cochera, Web le contó lo que había hablado con Billy.
–¿Crees que pasa algo raro en la finca contigua? – preguntó Romano.
–No, creo que vuela algo raro.
–Bueno, ha sido una velada interesante. La verdad es que esa afición de Canfield es un tanto espeluznante.
–Sí, no es precisamente como dedicarse al aeromodelismo. ¿Y qué opinas de Nenio Strait?
–Me parece un tipo bastante normal.
–Me sorprendió un poco que lo invitaran a la mansión a cenar con el jefe.
–Bueno, piensa en los orígenes de Billy. Probablemente se sienta más cómodo en compañía de gente como Strait que de un puñado de ricos de esos que se dedican a la caza del zorro.
–Probablemente tengas razón. De todos modos, Gwen no parecía tenerle gran aprecio.
–Es más refinada. Él es un tanto ordinario -dijo, y añadió con una sonrisa-: Como yo. No sabía que era católica.
–Sí, tiene una pequeña capilla en el bosque a la que va todos los días a rezar
por su hijo, el que yo dejé morir.
–Tú no dejaste morir al muchacho, Web. Vamos, si los negociadores os hubieran dejado hacer vuestro trabajo desde un buen principio, probablemente el muchacho estaría vivo.
–Mira, Paulie, esta noche tengo una cita, así que te ocuparás tú solo. No voy a marcharme hasta dentro de un rato, así que puedes echar una cabezadita.
Bates va a tener agentes en las entradas posterior y frontal durante un par de días, de modo que en realidad no estarás solo.
–Una cita, ¿qué tipo de cita?
–Te lo contaré todo cuando vuelva.
–¿Tiene algo que ver con lo que le pasó al Equipo Charlie?
–Quizá.
–Maldita sea, Web, me gustaría estar informado.
« Y a mí me gustaría que me cubrieras las espaldas».
–No puedo abandonar mi anterior puesto. Estaré de vuelta antes de la mañana. Yo, en tu lugar, patrullaría un poco por aquí. No me extrañaría que Canfield quisiera ponernos a prueba e intentara salir, aunque creo que el hecho de que esta mañana estuviera a punto de morir le ha dado un buen susto. Sin embargo, no podemos correr ese riesgo.
–No te preocupes, me dedicaré a fisgonear.
–Si ves ese avión o helicóptero alzando el vuelo, anótalo. Además he traído unas cuantas gafas de visión nocturna, tú mismo.
–Esos malditos artilugios siempre me producen dolor de cabeza y además joden la profundidad de campo.