Gladiadores

Roger Maure · Capítulo 9 de 48

Páginas del PDF

Gladiadores

El galo en el palacio

provocado, quienesquiera que sean. Firmado en Alejandría a bordo de mi nave…

Nadie pudo oír el final de la declaración del notario. Sila notó sobre él la mirada astuta de Mersennah.

–¿Eres tú? – le preguntó entre el griterío su mentor, que había venido con él de las fosas comunes infestadas por la muerte de los pobres.

–No cabe duda alguna -respondió el galo. El Proscrito meneó la cabeza.

–Tendrás a toda Roma en contra de ti, igual que Menesio o todavía peor que él…

El galo en el palacio

Sila y su compañero bajaron la escalera del estudio del notario entre la multitud formada por los que habían asistido a la apertura del testamento sin saber que el heredero de Menesio se encontraba entre ellos. Muchos eran libertos o clientes del difunto patricio y comentaban con exclamaciones y bromas el espectáculo plagado de golpes teatrales que acababan de presenciar.

–¡Un galo! – exclamó un hombre feo y delgado, de pobladas cejas y rostro surcado de arrugas-. Mis negocios en manos de un soldadote inculto que vendrá de una provincia lejana…

–¡No te quejes! – le replicó otro-. ¡Compadécete más bien de la suerte de Metalla! Tú sólo le debes a ese galo tus negocios, mientras que ella tendrá que entregarle, además de los suyos, su culo.

–¡Afortunado él, que ha heredado el de la esedaria en lugar del de la esposa legítima! – dijo un tercer bromista.

Una lluvia de carcajadas descendió por la escalera, mientras Sila y el Proscrito llegaban a la antecámara qué daba a la calle rebosante de sol y ruido. – ¡El sentido común popular! – comentó el Proscrito con una sonrisa al llegar a la acera. Es cierto que tienes la vida de la esedaria en tus manos, su vida y todo lo demás… Yo la he visto combatir. Es una de las mujeres más hermosas del Imperio, si es que se le puede llamar mujer a esa fiera salvaje… ¡Por Venus! Métela al menos una vez en tu cama antes de arrancarle la verdad sobre el asesinato de Menesio, suponiendo que haya participado…

Pero Sila, arrastrado por la muchedumbre que atestaba las calles y ensordecido por los gritos de los vendedores y de los porteadores de sillas que pedían paso, no pensaba en Metalla. De repente se sentía impotente. No conocía a nadie en esa ciudad, y esa ciudad se reía ya del papel que un soldado galo vestido de patricio romano tendría que representar en los atrios del palacio de Menesio. Sólo conocía a Mancinia, una encantadora cabeza de chorlito, y al Proscrito, un paria reducido a vivir en la abyección de las fosas. Ciertamente, el Proscrito lo sabía todo de Roma, pero ahora abandonaría a Sila para proseguir su extraña existencia, la de un fantasma, el fantasma del cónsul que fuera antaño, condenado a errar por la Ciudad sin poder adoptar de nuevo su verdadera apariencia…

El Proscrito se detuvo a la entrada de una callejuela que se abría a su derecha.

–¿Estás completamente decidido -preguntó en tono irónico- a arriesgar tu vida para gozar de las riquezas acumuladas por Menesio, dormir entre los artesonados de sus palacios, comer los pescados de sus viveros, joder con sus flautistas y controlar los movimientos de sus naves por mares lejanos?

Sila sacó de su cinturón una varita de viburno y se la llevó a la boca.

–Estoy decidido a descubrir quién ha decidido su muerte. ¿Qué he hecho

durante largos años al lado de Menesio, sino arriesgar mi vida en los combates?

–¡Sin duda! – repuso Mersennah, observando el rostro de su interlocutor-.

Pero hay un tiempo para todo. Tú depusiste las armas hace tiempo. Ahora tienes tus rebaños, tus graneros, tus perros que te reciben cuando regresas por la noche y que apoyan la cabeza en tus rodillas cuando te sientas ante el hogar… Vas a borrar todo eso con un gesto y a zambullirte de nuevo en un peligro mayor aún que la guerra. Porque aquí se mata cobardemente, y el que cae mete la cara en el fango…

Sila meneó la cabeza.

–Déjalo -dijo-. Menesio arriesgó más de una vez la vida por mí y podía perder, además de la vida, todas las riquezas que has enumerado…

A su alrededor, el tropel de transeúntes y el bullicio de la calle los aislaban tanto como la soledad de un jardín.

–Mersennah -prosiguió de pronto el galo-, ¿sabes por qué esta Roma que apesta tanto es lo más grande del universo?

–Sin duda alguna, porque las flores crecen gracias al estiércol -respondió el Proscrito, con su sarcasmo habitual.

–No sólo por eso. Acabo de comprenderlo ahora, después de haber oído la lectura de ese testamento: porque Roma tiene sus legiones, que crean a los emperadores y protegen las fronteras, y porque la fuerza de sus legiones reposa sobre la amistad que nace entre los que sirven en ellas. Como entre Menesio y yo…

–¡Oh! ¡Hermosa frase! Veo que Roma es grande, en verdad, si puede lograr que un galo pronuncie tales palabras después de que César hiciera perecer ignominiosamente a Vercinge tórix y a tantos otros. Pero -continuó, cogiendo a su interlocutor del brazo- ¿no será más bien que te aburres en tu granja y prefieres encontrar tu fin entre nosotros?

Esta vez fue Sila quien rió.

–Exactamente igual que tú, Mersennah, que prefieres morir sometido a un suplicio en la plaza pública de la Ciudad antes que apolillarte en el exilio…

El Proscrito había conducido al galo hasta la entrada de una lujosa construcción, precedida de un pequeño jardín, que exhibía el cartel de un salón de peluquería y belleza. Elegantes cisia, así como literas de ciudad y adornadas sillas con porteadores, esperaban a las damas que habían ido a ponerse en manos de un peluquero de moda.

–Si persistes en tu idea -dijo Mersennah-, es preciso que recobres tu verdadero aspecto y vuelvas a ser el galo Sila a la luz del día, ahora que la herencia te ha señalado a ojos de todos. Y aquí podrás hacerlo…

En el umbral del establecimiento, dos jóvenes muy maquilladas y vestidas con túnicas que permitían ver sus muslos recibían ya a los dos visitantes, tendiéndoles paños mojados con agua perfumada. Mersennah se refrescó el rostro y las manos.

–Este establecimiento es del hijo de Libio -le explicó a media voz a Sila, que le imitaba-. Todo el mundo cree que Libio fue ejecutado por haberle proporcionado veneno a Mesalina en tiempos de Nerón -prosiguió-. Sólo nosotros dos, este hijo y yo, sabemos que se esconde en el lugar donde también tú has ido a buscar asilo. El hijo ha heredado la ciencia del padre para las pelucas y los maquillajes, y aquí es donde ejerce su profesión.

Gracias a otra salida que da a la vía Nomentana, el falso dacio que eres y que entra aquí no saldrá jamás. – Mersennah le devolvió los paños a una de las esclavas-. Anúnciale a tu amo que su admirador Mersennah le trae un cliente de excepción -dijo.

La joven, que sonreía con sus labios pintados y sus ojos agrandados por el maquillaje, intentó alejarse para hacer lo que le pedían, pero el Proscrito la retuvo, agarrándola del brazo.

–Cada vez estás más apetitosa, Aemilia -le dijo-. Cuando dejen de gustarme

los muchachos, te pediré a ti que me inicies en el amor que llaman clásico.

–¿Le vendió realmente a Mesalina lo que dices? – preguntó Sila en cuanto la joven se hubo desasido, riendo.

–Nunca se lo he preguntado. No se acostumbra a hacer tal cosa en el reino de las sombras. Allí, cada cual guarda para sí sus secretos. Pero ¡qué habilidad para las pelucas y los rostros! Gracias a él pude revivir con otro nombre, de manera que no voy a juzgarlo con rigor porque quizás haya ayudado a causar la muerte de personas que no tenían ninguna relación conmigo…

La adolescente maquillada bajaba de nuevo la escalera, dispuesta a conducir a los dos clientes al primer piso, donde oficiaba Certio, el hijo de Libio. Los dos hombres subieron la escalera a su vez y fueron introducidos en una pequeña estancia, al fondo de un pasillo al que daban varias cabinas donde los clientes se ponían en manos de los peluqueros, los masajistas y los maquilladores. Certio no tardó en aparecer.

–Certio, amigo mío, en tu opinión, ¿de qué lugar del Imperio viene este noble guerrero que no habla una sola palabra en nuestra lengua? – dijo el Proscrito, señalando a Sila.

–De Dacia, no cabe duda alguna.

1. Cisium (plural cisia): calesa ligera.

–¡El arte del padre, una vez más, ha engañado al hijo! – exclamó Mersennah-. Este guerrero ha entrado en Roma por la puerta Viminal, procedente del lugar que tú sabes, y si le quitas la peluca encontrarás un cráneo la mitad del cual está rasurado por la razón que también conoces…

Ahora es preciso que le devuelvas su aspecto de galo ciudadano del Imperio, así como la otra mitad de su cabellera, que tuvo que sacrificar para conocer al autor de tus días… Te lo confío. ¡Cuídalo bien! Si no lo haces por amor a mí, hazlo por interés, pues acaba de heredar la fortuna y el palacio de Menesio…

Certio meneó la cabeza.

–Si viene de allí y de las manos de mi padre, no es cuestión de dinero -

replicó.

–Gracias, muchacho -dijo Mersennah-. Te dejo a Sila…, ése es su nombre.

Hazle salir por el jardín cuando haya vuelto a ser él mismo entre tus manos.

Consíguele una toga de fina tela, las sandalias más caras que se encuentren en la vía Comelia y una silla con porteadores para que se presente en su casa con la dignidad de los hombres ricos…

Certio ya le había indicado al galo que se sentara ante una mesa ornada con un espejo,. que era el mueble principal de la habitación, y empezaba a quitarle la peluca pelirroja.

Sila miraba en aquel espejo su cráneo, la mitad del cual estaba rapado. A un lado, sus caballos castaños con numerosos hilos plateados; al otro, el hemisferio restante, rasurado por el patrón de la taberna El Caracol de Oro hacía cuatro días. ¡Cuántos acontecimientos en cuatro días! También vio al Proscrito de pie detrás de él, con la mano en el pomo de la puerta por la que se disponía a salir. – ¡Mersennah! – dijo el galo-. El palacio de Menesio está abierto para ti, tanto de día como de noche…

El Proscrito meneó la cabeza.

–¿Crees que será conveniente unir nuestras dos fortunas? – le preguntó-.

¿Sabes que, si me descubren, me cortarán la cabeza en el Foro y que mi presencia en tu casa será utilizada en tu contra? ¿Acaso no tienes ya por enemigo al prefecto de los vigilantes en persona?

–¿Desde cuándo estás en secreto en la Ciudad? – preguntó Sila a modo de respuesta.

–Cuatro años ya…