Gladiadores

Roger Maure · Capítulo 29 de 48

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Gladiadores

El combate de las esedarias

–Sí, en Judea, con su padre. Cuando un cristiano ha comprendido la enseñanza que se le da en nombre de Jesús, se vierte sobre su cabeza y su cuerpo el agua que lava todas las manchas pasadas. Significa un nuevo nacimiento para él, así como su entrada en la fraternidad de todos los cristianos…

Metalla alzó los ojos hacia él.

–¿Puedes bautizarme hoy, Sertorio?

–¿Cómo? – preguntó con estupefacción el encargado del spoletarium-.

¿Aquí? ¿Ahora?

–Sí, Sertorio. Sabes que mañana quizá sea demasiado tarde. Él vaciló.

–Pero… ¿crees haber comprendido la enseñanza de Cristo?

–Creo que he comprendido muchas cosas.

–¿En tan poco tiempo?

–No es tan poco tiempo. He vivido un siglo desde que Menesio fue envenenado…

El combate de las esedarias

Las gradas se llenaban poco a poco, mientras en la arena corrían los carros que iban a combatir poco después. Decenas de mozos del anfiteatro, vestidos con su túnica marrón de uniforme y provistos de tridentes, colocaban un gran número de espinos que habían llevado allí con carros desde por la mañana, a fin de delimitar en medio de la arena un círculo,

cuyo centro sería el foso por donde subía y bajaba el ascensor hidráulico destinado a trasladar desde el sótano tanto a las fieras como a sus víctimas.

Esa muralla que los animales no podrían franquear, hecha de arbustos africanos de largas espinas, permitía ofrecer al pueblo el espectáculo del suplicio de los cristianos sin interferir en el de los gladiadores, que se desarrollaría al mismo tiempo en la pista oval que se extendía bajo las gradas. A continuación vendrían los combates de los carros erizados con sus hoces perfectamente afiladas, en los cuales se vería a los esedarios, hombres y mujeres, enfrentarse al galope lanzándose venablos. La apoteosis se produciría en la lucha esperada durante meses que opondría a Achaica, la negra venida de Cartago, a la rubia Metalla, nacida en las brumas de la Bretaña nórdica, ambas invencibles desde el día en que habían empezado a combatir, una en los circos de la provincia africana y de la Berbería, y la otra en los de Italia.

Millones de sestercios habían sido apostados desde hacía meses en todo el Imperio sobre las cabezas de aquellas dos guerreras. Se producían riñas en las tabernas, así como discusiones en los atrios, entre fanáticos de una y partidarios incondicionales de otra. Las oficinas de juego aceptaban las apuestas y exhibían en sus tableros, expuestos en la calle, la cotización de la bretona contra la cartaginesa. Metalla, que durante mucho tiempo saliera vencedora por 5 a 1, había bajado tras la muerte de Menesio, el asunto de su herencia y aquellos rumores que corrieron por la ciudad cuando -se supo que había sido azotada por orden del galo, sin que se comprendieran bien las razones de ese suplicio.

Sonrisas vanidosas y conquistadoras adornaban los rostros de aquellos hombres, muchos de los cuales, sin embargo, habían velado sus armas presas del miedo, pues habían ido a parar allí a raíz de una condena o para escapar de la miseria. A aquellas sonrisas respondían, desde diferentes lugares de los palcos y las gradas, las emociones de las mujeres romanas de toda condición a las que los gladiadores excitaban. Esas mujeres que iban a entregarse a ellos hasta en sus escuelas eran su recompensa, con la bandeja de plata llena de monedas de oro que se entregaba al vencedor. Éste,

mientras los mozos arrastraban por la arena el cadáver de su infeliz adversario, daría corriendo la vuelta a la arena, mostrando la bandeja a la multitud…

Un tracio de más de dos metros de alto abría el desfile. Lo habían elegido para agradar a César, prendado de los de su raza. Cuatro enanos le seguían los pasos, trotando con sus cortas piernas, armados de espadas y de redes apropiadas para su tamaño, pues dos de ellos eran reciarios. Los pequeños tridentes de éstos hacían reír.

El tracio y sus enanos llegaron a la altura de la tribuna imperial. El gigante se detuvo, y detrás de él toda la columna guerrera. Se volvió hacia el emperador y, alzando el brazo en el gran silencio que se había hecho, pronunció con voz sonora la fórmula ritual: Ave, Caesar Imperator…, morituri te salutant! En estas tres últimas palabras, el genio conquistador de Roma encerraba el culto a la fuerza que era su auténtica religión.

A continuación, César hizo el gesto, dirigido a los que tocaban las tubas y los cuernos, que daba la señal del inicio de las justas. Obedeciendo al lamento de las trompas, la columna de los combatientes se deshizo para formarse de nuevo en distintos grupos alrededor de la arena, según un orden que se había repetido los días anteriores.

En ese momento, los funcionarios de los juegos que desempeñaban el papel de árbitros se mezclaron con los grupos para repartir a todos los combatientes por parejas y delimitar, mediante una raya trazada con su largo bastón en la arena, el espacio en cuyo interior lucharía cada pareja.

Examinaron las hojas de las espadas para asegurarse de que estaban bien afiladas. Aquellos árbitros continuarían dando vueltas en torno a los duelistas, vigilando sus gestos, a fin de detectar si el combate estaba trucado por un acuerdo secreto entre los dos adversarios. Si sospechaban que era así, tenían a su disposición a los loraru, los cuales, armados de un látigo, estaban preparados para azotar, en cuanto recibieran la orden de hacerlo, a los tramposos o incluso a aquellos cuyo ardor en el combate parecía insuficiente. Y a estos últimos los árbitros les gritarían entonces:

«¡Golpea!» o «¡Mata!», según los casos…

Tales eran los gritos que iban a resonar sin cesar, a los que responderían, en las gradas, los clamores de alegría lanzados por aquellos que veían al hombre por el que habían apostado asestar un buen golpe en la carne del otro. «Habet!» (¡Le ha dado!) «Hoc habet!» (¡Esta vez ha recibido una buena!)

Por último apareció cierto número de personajes grotescos, disfrazados de Caronte, el barquero de los Infiernos, o de Hermes psicopompo. Llevaban un pesado mazo en la mano y, cuando uno de los combatientes quedase inanimado en el suelo, irían a asegurarse de que estaba bien muerto dándole un golpe con su instrumento…

Todos los personajes estaban en sus puestos, el espectáculo comenzó, las armas se entrechocaron, se produjeron las primeras agresiones, arrancando los primeros gritos a la muchedumbre, y la arena bebió la primera sangre ante los ojos de Metalla, sentada con su coraza de combate, inmóvil como una estatua en la primera fila del palco de los propietarios de gladiadores.

El serio rostro cruzado por su célebre cicatriz no tenía ojos más que para el recinto rodeado de espinos, en medio del cual acababa de emerger la jaula del ascensor.

Aquella jaula estaba llena de hombres y mujeres que entonaban una extraña melopea. Los cristianos le cantaban su plegaria al ídolo Cristo mientras iban al encuentro de su horrible muerte, y ese canto se perdía entre los clamores y los murmullos que llenaban las gradas, no provocando más que algunas risotadas esparcidas por aquí y por allá.

Con la boca seca, la esedaria buscó ávidamente la silueta de Alya entre el miserable grupo encerrado tras las rejas. Los encargados de las fieras, con sus ropajes ribeteados de piel de leopardo, bajaron una de las paredes laterales de la jaula. Apretándose unos contra otros como un rebaño, deslumbrados por la luz, ensordecidos por los gritos feroces procedentes de todas partes, los cristianos pisaron la arena que pronto bebería su sangre.

Aquellos a los que se les había predicado el perdón, la piedad y la dulzura

recibían en pleno rostro la alegría maligna de sus torturadores reunidos a millares bajo el velum.

Durante un largo minuto, Metalla buscó ávidamente entre ellos el rostro y la belleza de Alya. Y, durante ese minuto, la esedaria tuvo la revelación de que Roma, el circo, los caballos, las armas, la vida o la muerte que uno se jugaba en la arena, todo eso ya no significaba nada para ella. Mientras Alya había permanecido junto a ella, mientras ella la había oído cantar cuando colocaba en un jarrón las flores que había cogido en el jardín, mientras el calor de su cuerpo había estado junto a ella en el lecho, mientras ella había encontrado, cuando regresaba del anfiteatro, la mirada de la joven dispuesta a sonreírle, Metalla había continuado viviendo como siempre había vivido desde que Menesio la convirtiera, con sus costosos caballos, sus carros de maderas nobles y los cadáveres de todos aquellos a los que ella atravesara con sus venablos, en una reina del circo a los ojos de la ciudad reina del mundo para la que el circo lo era todo.

Pero había bastado que Alya desapareciera para que todo aquello no fuera más que apariencia y para que el espectáculo grandioso que la rodeaba se convirtiese en una mascarada desprovista de sentido.

Los cristianos se habían agrupado, con las manos unidas y todavía cantando, y a Metalla le apareció como una evidencia cegadora que ellos eran los únicos vivos en aquel anfiteatro, pese a estar condenados a una muerte inmediata, mientras que los miles de hombres y mujeres que gritaban en las gradas eran envoltorios vacíos que no podían contener ninguna vida verdadera.

Aquel anfiteatro nuevo estaba condenado a convertirse en ruinas, su recinto de las fieras a quedar en silencio, sus caballerizas desiertas, sus gladiadores, que se enfrentaban unos contra otros, a transformarse en fantasmas, y las voces de un pueblo cruel a ser dispersadas por el viento.

Las palabras de Sertorio en la cantera de las reuniones secretas, repitiendo las de Aquel que había perecido entre dos ladrones, contenían la verdad y la vida, y una y otra estaban en aquellos hombres y aquellas mujeres que los

animales iban a devorar. Aquellas palabras le habían revelado a Metalla la existencia del alma que llevaba en su interior y a la que ella no conocía. Y

eso era el fruto de su amor por Alya, y del amor que Alya sentía por ella.

Porque Alya la amaba, Metalla tenía ahora la certeza, pues el corazón de la joven estaba lleno de la palabra de Cristo, que no era más que amor…

Y Metalla comenzó de nuevo a esperar, pues Alya no se hallaba entre aquellos que se preparaban para morir.

Los últimos gladiadores moribundos habían sido conducidos al spoletarium y la pista estaba libre para los carros de los esedarios. Primero aparecieron ocho tiros de dos caballos galos de labor, que tomaron posesión de ésta, marchando de frente y arrastrando rastrillos que removían la arena ensangrentada, pisoteada por los pies de los combatientes. Unos mozos caminaban detrás de los rastrillos para asegurarse de que no quedaba ningún trozo de armadura o de cualquier clase de arma susceptible de herir las pezuñas de los caballos.

Una vez que hubieron dado la vuelta completa y que la arena, de nuevo bien peinada, pareció haber olvidado los horrores que había bebido, los rastrillos y los mozos desaparecieron y los primeros carros de combate, armados con sus hoces colocadas horizontalmente a los lados, surgieron al galope por la entrada principal, levantando puñados de arena con los cascos de los caballos, atiborrados de avena desde hacía varios días.

Eran doce siguiéndose y adelantándose, desafiándose y acechándose para medir la resolución y el valor del adversario. Uno se abalanzaba sobre otro, obligándole a desplazarse hacia la muralla que rodeaba la pista a fin de evitar las hoces que lo amenazaban. Las hoces del que cedía, si había fallado al arrojarle el pilum a su adversario, rascaban la muralla ruidosamente antes de romperse. Y, sin sus hojas, el esedario en su carro se convertía en una presa para los demás.

Aquel al que alcanzaba el venablo, en cambio, basculaba hacia atrás por efecto del choque y caía en la arena, dejando a sus caballos sin amo galopar como enloquecidos, arrastrando el carro vacío que volcaba al llegar a la

curva. Unos mozos se abalanzaban apresuradamente sobre la cabeza de los tiros desamparados para dominarlos, mientras otros conducían hacia el centro de la arena a los conductores heridos, tras disputárselos a los furiosos cascos de los caballos exponiendo su propia vida. Porque los propietarios pagaban una prima por cada esedario salvado de la muerte. Se tardaba mucho tiempo en formarlos y eran caros.

Las gradas atronaban de gritos de alegría o de clamores encolerizados según qué tiro quedaba fuera de combate y qué otro seguía en la pista después de varias vueltas. Los nervios de los espectadores estaban tensos en espera del fabuloso combate que tendría lugar a continuación, el de la cartaginesa de Lacertio contra Metalla.

Ésta se hallaba tendida en la mesa de masaje, en el silencio de su aposento cercano a las caballerizas subterráneas. La clepsidra dejaba caer gota a gota el agua que medía los treinta minutos que separaban a la esedaria de su último combate. Como siempre que descansaba antes de jugarse la vida en el tumulto soleado del anfiteatro, los que la acompañaban permanecían en silencio. Orfito, su masajista ciego, estaba sentado detrás de ella para que no lo viera, y Junia, que la ayudaba a lavarse y vestirse desde que Alya había desaparecido, estaba ante la entrada de la pequeña estancia de las abluciones, en un taburete.

La puerta se abriría en el minuto previsto, y Occio, el encargado desde hacía años de sus tiros, entraría para decirle que había llegado el momento.

Él, a cuyos oídos llegaba el sonido de las tubas y los murmullos de la arena por el pozo de ventilación del establo, sabía a qué parte del. programa del día se había llegado.

La puerta se abrió, pero no era Occio. Era Hiddith, que iba a contarle lo que había averiguado recorriendo la Ciudad desde por la mañana de una casa cristiana a otra, en busca de Alya. Metalla, que había vuelto la cabeza hacia ella, leyó en su semblante el anuncio de la desgracia.

Se acercó para inclinar su frente arrugada sobre el rostro de su ama.

–Los detuvieron en la cantera. Fue conducida con muchos más a la prisión Drusilia. La vi allí; luego, se los llevaron a todos en unos carros…

Metalla se incorporó para sentarse en la mesa. Iban a llevar a Alya al anfiteatro. En el momento en que se ponía en pie, la puerta se abrió de nuevo, dejando paso a Sertorio.

La esedaria fue hacia él. Él le cogió las manos y le dijo, también en voz baja: -He venido a avisarte. Ella está aquí.

Metalla, vestida con su coraza de cuero, estaba preparada para la lucha.

Miró al encargado del spoletarium sin decir palabra y, después, apartando las manos de las suyas se dirigió hacia la puerta.

–¿Qué haces? – le preguntó Sertorio, inquieto.

–¿Qué quieres que haga, si no es reunirme con ella? – respondió Metalla.

La esedaria salió al corredor subterráneo.

–¿Adónde vas? – preguntó la voz, también inquieta, de Occio, que permanecía ante el establo a la cabeza de los dos caballos que ya estaban enganchados al timón-. ¡Te toca salir ahora mismo!

Las hoces estaban apoyadas de pie en la pared. Unos mozos las llevarían a la entrada de la arena, donde las sujetarían en el lugar reservado al efecto.

Los dos caballos de cabeza eran enganchados en el último momento, ya que no iban atados al timón como los otros dos.

Metalla se volvió un instante hacia él para responderle, pero no pudo pronunciar ninguna palabra porque las palabras que debía decirle a Occio ahora no podían tener sentido para él.

Ella quería a Occio por los cuidados perfectos que siempre le prodigaba a sus tiros desde hacía años, y pensaba que Occio siempre le había dado suerte, que si nunca le había fallado nada en el transcurso de los combates -

caballos, arneses, carros- era gracias a él. Pero Occio pertenecía a un mundo que Metalla ya había abandonado.

Continuó avanzando por el pasillo, acompañada por la mirada atónita de su esclavo, de pie junto al carro resplandeciente con sus adornos de plata.

Sertorio había salido al umbral de la estancia de la esedaria y la miraba alejarse, él también.

Metalla llegó al cruce subterráneo en el centro del cual funcionaba el gran ascensor que comunicaba el sótano con la arena, allí donde se hallaban las jaulas y el despacho del intendente Mesio. Detrás de unas rejas estaban las fieras; detrás de otras, los cristianos. Todos los actores del sangriento drama se encontrarían en aquel lugar que era el corazón de la máquina de matar: los bestiarios con ropajes de piel de leopardo, dispuestos a colocar las rejas móviles que permitían hacer que las fieras pasaran de su recinto a la jaula ascendente, amenazándolas con sus picas; los mozos de la arena con sayal marrón, provistos de cubos y estropajos; los comisarios de la administración del anfiteatro, que estaban allí para controlarlo todo; los mozos del spoletarium y sus carretillas.

Mesio, a la entrada de su despacho, frunció el entrecejo al ver acercarse a la esedaria. Todos volvían la mirada hacia ella.

Metalla vio que el mayordomo del palco imperial, aquel al que había insultado y abofeteado el día en que Sila fue entregado a los tigres, también se encontraba allí. Pero no había ido solo. Permanecía en el umbral del pasillo que conducía a la escalera, rodeado de varios hombres de la guardia pretoriana con su uniforme rojo, fornidos germanos con casco empenachado y la espada en la mano. El mayordomo no pensaba que lo que le había sucedido una vez pudiera repetirse.

Y se quedó tan asombrado como los demás al ver a Metalla dirigirse hacia las rejas que encerraban a los cristianos.

Sertorio había seguido a Metalla por el pasillo. Llegó en ese momento y se detuvo junto al intendente de los animales.

Metalla se aferraba a las rejas con las dos manos. Era la estrella más famosa del circo, mientras que los cristianos eran unos apestados. Pero ella había visto a Alya entre ellos y le sonreía.

Luego se volvió.

–¡Mesio! – dijo con voz serena-. Haz que abran esa reja para que pueda ir con ellos.

El murmullo procedente de arriba se oía a oleadas. Metalla había luchado contra varios miles de gladiadores, ningún venablo, ninguna hoz habían podido abatirla, poseía millones…, y quería entrar en la jaula de los cristianos, esa hez del Imperio, esos fanáticos que se negaban a ofrecer sacrificios a los dioses de Roma y negaban el carácter sagrado de César…

En el silencio estupefacto de todos cuantos presenciaban la escena, Mesio avanzó.

–Sin duda te ha afectado la espera de ese combate que debes librar dentro de unos instantes -dijo- y que pesa sobre tus espaldas desde hace largos meses. Esa espera ha trastornado tu razón… -Se acercó a ella y la asió del brazo. Metalla lo miraba con una sonrisa feliz-. Ven conmigo -prosiguió Mesio-. Te conduciré a tu aposento y el mayordomo Helvidio, aquí presente, les pedirá a los comisarios que retrasen media hora, o incluso una hora si lo deseas, tu combate con la cartaginesa a fin de que puedas recuperarte. ¿No es cierto, Helvidio? – añadió, dirigiéndose hacia el mayordomo.

Metalla miró a su vez al funcionario imperial.

=¿Así que tu nombre es Helvidio? – preguntó-. No me odies por lo que te hice el otro día, sin conocerte… Me siento culpable por haberte golpeado, pues tú no tenías la culpa y no podías saber si lo que querías esa noche estaba bien o mal. Pero, desde aquel día funesto que vio a Sila entregado a los tigres, mis sentimientos y mis pensamientos han cambiado, ya que me

he convertido en una cristiana como los que están ahí. Y me ha asaltado el remordimiento por haberte insultado después de haberme enterado de que Cristo, cuando fue crucificado por sus verdugos, le pidió al Señor Dios que los perdonara, diciendo que eran inocentes porque no sabían lo que hacían.

De forma que ve en paz y déjame reunirme con aquellos que son ahora mis hermanos y hermanas…

El llamado Helvidio, vestido con su toga de hombre importante, al principio había querido reírse de las palabras insensatas de la esedaria; sin embargo, al igual que todos los demás que se encontraban allí, escuchando sin decir nada, se quedó desconcertado e inquieto ante el encanto desconocido que se desprendía de aquellas mismas palabras.

Los mozos con sus túnicas manchadas por una jornada en la arena, los bestiarios impregnados del infecto olor de las fieras, Mesio…, todos notaban como si el mundo al que estaban habituados y del que formaban parte vacilara, porque tales frases en boca de una luchadora célebre en todo el Imperio adquirían una fuerza de destrucción inaudita.

Sertorio, petrificado, rezaba para sus adentros. En el cruce entre la vida y la muerte, a unos metros del palco donde estaba sentado César Imperator, oía la palabra de Dios caer de la máscara marcada con una cicatriz de la esedaria. Pero nd fue más que un instante furtivo, pues el mayordomo imperial rompió el silencio. – Metalla -dijo en un tono contenido-, no sabemos qué pensar de tus extrañas palabras… Blasfemas contra los dioses repitiendo esas tonterías de Cristo y ellas te conducen a una muerte infamante. Tú misma me dijiste el otro día que el pueblo de las gradas no aceptaría que te negaras a combatir. ¿Por qué quieres perecer devorada por las fieras, cuando la muerte que puedes tener en la arena es gloriosa?

La esedaria negó con la cabeza.

–Te equivocas, Helvidio -repuso-. Son ellos, mis hermanos y hermanas, los que van a conocer la gloria. Su nombre será venerado durante siglos, mientras que los de los gladiadores caerán en el olvido y el recuerdo de sus combates será detestado… -Miró de nuevo a Alya y luego volvió a dirigirse

al mayordomo Helvidio-:

–Haz uso de tu autoridad para que me abran esa reja y me dejen unirme a ellos…

–No lo haré bajo ningún concepto -dijo firmemente-. No cambiaré el orden de las cosas en el que aquí todo se basa… -Y añadió-: Y nosotros no repetiremos las palabras que has dicho y que ahora debes olvidar. ¡Ve con tu carro y tus caballos!

Metalla vio que Occio, su esclavo de los tiros, también había ido hasta allí y miraba a su ama, pálido de emoción. Se acercó a ella.

–Ha llegado el momento -le dijo en voz baja-. Todo está a punto…

Entonces Metalla le siguió. Desde la jaula, Alya la vio marcharse sin volver la vista atrás, y a los otros apartarse ante ella.

Pero ahora Alya sabía que Metalla la amaba con el amor difundido por el ejemplo de Cristo y que muy pronto se reunirían para siempre en él.

Saludados por los sonidos de veinticuatro tubas, doce por cada lado, el carro de Metalla y el de la cartaginesa salieron exactamente al mismo tiempo de las aberturas situadas a ambos extremos de la arena. Ante la aparición de Metalla enfundada en cuero blanco y acero, de Achaica negra de los pies a la cabeza y tan bella como negra, de las plumas de avestruz que flotaban encima de su casco, de los caballos más hermosos, el uno de pelaje blanco y el otro negro, que una y otra habían podido encontrar a precio de oro en el Imperio, ante la visión de las hocicos palpitantes y de las hoces centelleantes, las gradas, enfebrecidas ya por todas las matanzas que les habían ofrecido desde el inicio del día, fueron dominadas por una locura incontrolable.

Cada vez que pasaba uno de los tiros, dignos ambos de arrastrar el carro de Febo, la plebe se levantaba de los bancos de piedra como un oleaje humano, gritándole a una y otra que mataran. Los millones de sestercios que se habían apostado desde hacía meses se sumaban al goce de ver

ensangrentado, o quizá dislocado, uno u otro de aquellos admirables cuerpos.

Sin embargo, los tiros, manteniendo entre ellos una distancia igual a la longitud del anfiteatro, al principio se limitaron a galopar con objeto de dejar que se hiciera el silencio. Miles de ojos acechaban los indicios que darían a entender cuál de las dos luchadoras se proponía atacar primero. El estilo de Metalla era hacerlo ella, y los espectadores habituales de sus combates lo sabían. No obstante, en esta ocasión, la que fuera la adorada amante del patricio Menesio parecía querer dejar que la cartaginesa revelara sus intenciones antes que ella. Y, cuando estuvieron a la misma altura y Metalla se escabulló sin ni siquiera acercar la mano a uno de los venablos erguidos a su lado en el carcaj, excitando a sus caballos con un grito estridente para escapar a la cartaginesa, que parecía prepararse para empujarla hacia la muralla, aquello se interpretó como una argucia. Oleadas de risas se alzaron por doquier en las gradas para saludar su espantada.

Achaica se aplicó entonces a dar otra vuelta, pero no tardó en volver a la carga. El público sabía que los esedarios no pueden hacer galopar mucho tiempo a sus tiros sin atacar, pues se arriesgan a dejarlos sin aliento antes de tiempo.

Metalla, percibiendo que los caballos negros se acercaban por detrás, fustigó a su vez a los suyos. Pese a ello, el tiro de África luchó por ganar terreno y llegó a la altura de su adversario. En un gran silencio, la cartaginesa, que controlaba con una mano las riendas sueltas en torno a su cintura, había cogido con la otra uno de sus venablos, y todos aquellos que acechaban los gestos de ambas conteniendo la respiración esperaban que Metalla hiciese lo mismo. Sin embargo, ésta continuó conduciendo con las dos manos, como indiferente a la amenaza. Los espectadores expresaron su sorpresa mediante un rumor confuso. La cartaginesa balanceó el venablo, pero Metalla, arqueándose hacia atrás, frenó sus caballos con una maniobra que sólo se le puede exigir a un tiro perfectamente adiestrado, y el arma pasó ante su rostro para ir a perderse en la arena. Un grito de asombro surgió de miles de bocas, seguido de oleadas de aplausos mezclados con risas, aunque en algunos que habían apostado por Metalla también con

cierta inquietud.'En las animadas conversaciones que tenían lugar en torno a las oficinas de apuestas, habían corrido rumores según los cuales la esedaria no era la misma desde su manumisión, y algunos habían defendido la teoría de que era muy posible que ya no pusiera el mismo ardor en vencer.

Aquella sensación comenzó a extenderse entre la multitud, y se produjo otra inmensa exclamación cuando la bretona, poco después, hizo que su tiro girase hacia el interior de la arena para que partiera en la dirección opuesta.

En lugar de perseguirse y alcanzarse, las dos campeonas, si la cartaginesa proseguía su vuelta por la arena, iba a enfrentarse cara a cara. Una maniobra sorprendente que desconcertó todavía más a los apostadores.

Las dos cuádrigas galopaban una al encuentro de la otra. La blanca abordó la curva de su lado mientras la negra acababa de tomar la del suyo. El gran silencio de los minutos decisivos reinó de nuevo y se hizo aún más intenso cuando el público vio que la cartaginesa había cogido otro venablo, mientras que Metalla seguía sin tocar los suyos. ¿Era posible que la campeona romana hubiera ido a aquel anfiteatro único, y ante los ojos de Tito César inaugurándolo, para negarse a combatir?

Fue entonces cuando en aquel silencio, mientras los dos carros corrían uno hacia el otro, se oyó un canto que se elevó desde el interior del recinto de espinos, donde los ojos cautivados por el enfrentamiento entre las esedarias no miraban.

El ascensor acababa de emerger con su jaula y había bajado las rejas en el centro del círculo lleno de fieras y de los cadáveres semidevorados de los que habían perecido anteriormente, y los adeptos de Cristo que iban a morir ahora le rogaban a su ídolo mediante ese canto, igual que sus hermanos lo hicieran antes.

Pero, si bien el público no tenía ojos más que para la carrera de los dos tiros a punto de encontrarse, Metalla, por su parte, desde que había oído que bajaban las rejas, buscaba a Alya entre los que cantaban y, cuando al fin la vio, desvió su tiro girando bruscamente poco antes de encontrarse frente al de Achaica. El clamor de decepción de todos aquellos que se sentían traicionados se mezcló con la alegría y las burlas de los otros. Ya veían a la

cartaginesa recompensar sus esperanzas y sus apuestas. El clamor creció hasta convertirse en estruendo de estupefacción al ver que el tiro blanco, obedeciendo a su conductora, se dirigía a galope tendido directamente hacia la barrera de espinos que encerraba a los cristianos y a las fieras dispuestas a saciar su hambre con ellos.

En el estrépito que producía el anfiteatro, en pie y desenfrenado, los cuatro caballos de Metalla, adiestrados para obedecer desde hacía meses a todo cuanto ordenaban la voz y el látigo de la esedaria, se abalanzaron sobre la muralla espinosa. Penetraron en ella con todo su ímpetu pese a la sangre que brotó enseguida de sus pechos desgarrados, y la barrera cedió. El tiro desembocó entre las fieras, arrastrando su carro y sus hoces, a las que se habían enganchado masas de espinos.

Los caballos de cabeza se habían precipitado ciegamente sobre unos leones, que se arrojaron a su vez sobre ellos rugiendo, con las fauces abiertas, mientras Metalla rodaba por el suelo entre los espinos dispersados, sujetando su haz de venablos con las manos. Entre los alaridos de la muchedumbre, que insultaba con el puño en alto, la esedaria se levantó y corrió hacia el grupo de cristianos, que habían interrumpido su canto.

Rodeó con sus brazos a Alya, que fue a su encuentro, y luego se volvió para hacer frente a los animales.

Los bestiarios, vestidos con casaca adornada con piel de leopardo, habían acudido a toda prisa, garabato en mano, para agruparse ante la brecha.

El estrépito no cesaba de retumbar bajo el velum. ¡La esedaria, la luchadora, socorriendo a los adoradores de Cristo ante los ojos de Tito César! Era un acto tan criminal como absurdo, pues sucumbiría irremisiblemente tras haber utilizado sus cinco o seis venablos. Nadie en las gradas pensaba que aquella muerte era su objetivo. Achaica había detenido su tiro, que resoplaba y piafaba. Los palafreneros de la cartaginesa corrían hacia ella para ayudarla a sujetar a sus caballos, a los cuales se les contagiaba la emoción tempestuosa de todo el anfiteatro.

Tanto en la tribuna imperial como en los bancos de mármol donde se

sentaban los senadores y los caballeros,.y también en el palco de los propietarios de carros y gladiadores, los gestos revelaban las apasionadas discusiones que allí tenían lugar. La amante de Menesio se había vuelto loca… ¿Y el contrato que había firmado de su puño y letra con la escuela de Lacertio -renovando el establecido anteriormente entre este último y los apoderados de Menesio- y que la obligaba a combatir a muerte? ¡Aquello era ruptura de contrato!

Al mismo tiempo que se hacía merecedora del oprobio del pueblo de Roma y la ira de César, labraba su ruina. Los Amarillos rayados de verde serían condenados a pagar una indemnización elevadísima.

En las filas que dominaban el lugar donde se había detenido el tiro negro, decenas de espectadores increpaban a la cartaginesa.

–¡Mátala! ¡Mátala! ¡Por Júpiter, por todos los dioses!, ¿a qué esperas?

Achaica miraba en dirección al palco donde estaba Lacertio. Ella no compartía el asombro de todo el anfiteatro. Sus esclavos y ayudantes la habían mantenido informada de lo que sucedía en tomo a Metalla, y ella sabía que ésta estaba locamente enamorada de una joven judía, sospechosa, además, de ser cristiana. Y la predicción que le hiciera el hombre que vivía en el bosque de su país, ¿no decía acaso que ella mataría a la esedaria con la que se enfrentaría en el circo de Roma?

Lacertio había levantado los brazos para indicarle que se acercara a su palco. Achaica ordenó a los palafreneros que soltaran a los caballos y condujo su carro al pie de la muralla de cuatro metros de altura que rodeaba la arena, bajo el lugar donde se inclinaba hacia ella el rival del difunto Menesio.

En el recinto de espinos, los leones despedazaban a los caballos blancos.

Metalla mantenía a raya con un venablo a un oso de gran tamaño que gruñía ante ella, de pie y agitando las zarpas de sus patas delanteras.

–¡Ve a matarla a donde está! – ordenó Lacertio-. Si no lo haces, ello supondrá una violación del contrato que firmaste. En tanto en cuanto no ha

abandonado voluntariamente la arena, no existe renuncia por su parte. Y tú no cobrarás ni un sestercio. ¡Mira! – dijo, señalando con un gesto del brazo al público enloquecido-. Son más de cuarenta mil, diez mil de los cuales al menos han apostado por nosotros. Si no la matas, no saldremos de aquí con vida.

Achaica no respondió, pero, tras advertir a sus mozos, lanzó a sus caballos al galope para dar una vuelta completa a la arena.

Los espectadores habían presenciado el conciliábulo celebrado entre la esedaria y Lacertio. Se hizo un semisilencio, cargado de una tumultuosa espera, a medida que el tiro negro galopaba hacia el pie de la muralla.

La cartaginesa había cogido un pilum y lo blandía con el brazo en alto. El público comprendió que iba a buscar a Metalla a donde ésta se hallaba y prorrumpió en gritos desaforados. Los caballos negros, el casco empenachado, el ébano del carro y la silueta de la esedaria desfilaron entre las aclamaciones; luego, tal como había hecho Metalla, Achaica lanzó a su tiro en dirección al agujero que los caballos de aquélla habían abierto en la muralla de espinos.

Las gradas rugieron. ¡Qué espectáculo! Las dos esedarias iban a enfrentarse cuerpo a cuerpo entre los cristianos agonizantes, mientras las fieras devoraban a los caballos que habían costado centenares de miles de sestercios…

Los vigilantes de las fieras se apartaron y el tiro entró por la brecha, arrastrando los espinos que los mozos habían empezado a colocar de nuevo en su lugar. Los caballos negros hicieron retroceder a los leones y las panteras que se comían a los caballos blancos, al abalanzarse sobre aquellos, el carro volcó, partiendo las hoces, y Achaica se levantó con sus venablos en la mano tal como hiciera antes Metalla.

Los hombres vestidos con piel de leopardo entraron en el recinto a su vez para apartar a los animales y hacerlos retroceder con ayuda de sus garabatos y sus látigos, a fin de dejar campo libre a las dos esedarias. Era preciso que

el combate llegara hasta el final.

Achaica permanecía ante Metalla, que había pasado un brazo por los hombros de su compañera y sujetaba un venablo con la otra mano. –

¡Defiéndete! – dijo la cartaginesa.

–No me defenderé. No lucharé ni contigo ni con nadie. ¿No te das cuenta de por qué estoy aquí?

El público había empezado a impacientarse de nuevo y lanzaba insultos.

Las esedarias, en vez de luchar, intercambiaban fórmulas de cortesía. –

Entonces, ¿es por ella por lo que estás aquí? – preguntó la cartaginesa, dirigiendo la mirada hacia la joven judía.

–Por ella y también por mí. Haz lo que debes hacer. Achaica negó con la cabeza.

–¡No puedo matarte de este modo!

–¡Véngate! En otra ocasión te insulté e incluso te golpeé. ¿A qué esperas?

–Eso ya está olvidado -repuso la negra-. Además, ya pagaste por ello con los azotes que Sila ordenó que te dieran.

–Si no me matas -insistió Metalla-, perderás una fortuna… -Y, mirando hacia las gradas, añadió-: Y tal vez algo más, si este noble pueblo de Roma monta en cólera…

Metalla buscó otro argumento para convencer a la que había sido su adversaria y que parecía carecer también de valor para luchar.

–¿Has amado alguna vez a una muchacha? – le preguntó.

–Alguna vez… -respondió la cartaginesa.

–¿Quieres ver a ésta desgarrada y devorada por las fieras? Achaica frunció

el entrecejo.

–¿Deseas quizá que también la mate?

–No es que lo desee, sino más bien que te suplico que lo hagas para no tener que hacerlo yo misma…

Permanecieron un instante en silencio entre la carnicería que las rodeaba y el estruendo que llenaba la arena bajo el velum.

–Primero ella -prosiguió Metalla-, para que yo esté segura de que los animales no la tocarán estando viva. Clava el venablo en su corazón para que muera enseguida. Sabes hacerlo, ¿verdad?

Se produjo otro silencio, durante el cual Achaica siguió vacilando.

–Te lo suplico -imploró Metalla. Achaica hizo oscilar el arma.

El Emperador de Roma, acodado en los brazos de su trono, había apoyado la frente en una mano y pensaba. Los hombres de Mesio se llevaban el cuerpo de aquella esedaria bretona, intimidando a las fieras con sus garabatos y los chasquidos de sus látigos. La cartaginesa parecía incitarlos, según César creía comprender, a que retirasen también los restos de la cristiana a la que ella había matado con su venablo, unos instantes antes de clavar la misma arma en el pecho de Metalla, mientras ésta sostenía aún el cuerpo de la joven. La misma herida, el mismo golpe preciso para ambas.

La invencible había perdido su último combate sin defenderse. El rumor que se elevaba de las gradas decía que la plebe no comprendía mejor que César el significado de lo que acababa de suceder ante los ojos de todos.

Tito se volvió hacia Domitila, sentada a su izquierda, un poco más abajo que él, como de costumbre y según la etiqueta.

–Y esto, mi querida hermana, ¿también eres capaz de explicármelo? Si puedes, es que realmente sabes todo lo que pasa en las camas de Roma…

Ella sonrió.

–Todo es mucho decir. Pasan tantas cosas que mis días y mis noches no bastarían… En este caso, que es el que te preocupa, la esedaria estaba loca por esa muchacha, su esclava, y no ha soportado la idea de verla a merced de las fieras.

–¿Y cómo estabas al corriente de ese chismorreo de cama?

–Mi querido hermano, es muy sencillo. Había apostado trescientos mil sestercios por Metalla, y cuando invierto dinero en un asunto, lo controlo…

Es precisamente lo que nuestro padre nos enseñó a hacer, ¿no?

–En efecto -sonrió César.

Domitila era irreemplazable. Nadie poseía más sutileza que ella en Roma. –

Como corría el rumor de que Metalla se había enamorado locamente de una joven judía que le había comprado a Certio, el peluquero de moda, temí por mi inversión. Metalla era famosa por tener un corazón de piedra. Ésa era, en parte, la razón de que matara tan bien. ¿Qué iba a suceder con mis trescientos mil sestercios si ella empezaba a tener sentimientos? Decidí observar las cosas más de cerca…

–¿Y cómo te las arreglaste? – preguntó César, que esta vez reía abiertamente.

–Envié a una de mis camareras a charlar con las peluqueras que trabajan en el establecimiento de ese tal Certio. Volvió de allí diciéndome que la amante de Metalla no sólo era judía, sino muy probablemente también cristiana. Mientras estuvo en casa de Certio, no hacía el amor y siempre se mostraba contenta de todo.

César rió de nuevo.

–Según tú, ¿ésa es la definición de los cristianos? ¿Que están contentos de todo y no hacen el amor?

–¡Eso parece!

–En tu opinión, ¿sacrifican realmente a niños como se afirma? Ella se encogió de hombros.

–¡Eso son pamplinas! Si fuera verdad, tío Sabino no habría sido aquello en lo que se convirtió al final de su vida…

–¿Qué quieres decir? ¿En qué se convirtió tío Sabino?

–¡En un cristiano, naturalmente! Era prefecto de la Ciudad cuando ese loco de Nerón hizo que los quemaran y los clavaran en la cruz después de su famoso incendio, y nunca se recobró de aquello. Todavía hablaba del asunto en su lecho de muerte.'

–Pero, bueno, ¡no sabes lo que dices!

–Sé muy bien lo que digo. Después de su muerte, uno de sus esclavos, que era sospechoso de ser cristiano también, vino a verme y yo le sonsaqué.

Evidentemente, tío Sabino no hizo alarde de ello y jamás le dijo una palabra del asunto a papá, como puedes imaginar… El esclavo me contó que lo que convenció a su amo fue ver cómo morían los cristianos, sonriendo mientras los clavaban en la cruz, y la forma en que las jóvenes permanecían ante los animales en la arena… Tú tenías veinte años en aquella época y siempre estabas en el ejército. Pero yo no estaba en el ejército y sabía lo que sucedía a mi alrededor, como puedes imaginar…

–No lo pongo en duda -dijo Tito-. En cualquier caso, puedes decir que acabas de sorprenderme. Sin embargo, eso no me aclara el desenlace de la historia de los trescientos mil sestercios…

–Bien, pues temí perder mi inversión. Si Metalla se volvía blanda como una cristiana, o bien lucharía mal, o bien no lucharía. Digamos que tuve la intuición de que había apostado por el caballo malo. Retiré mi dinero y lo aposté por la cartaginesa…

–Es una bonita jugada de dados y no me sorprende viniendo de ti…

–¡Espera! Aquí no acaba la cosa… Me enteré por pura casualidad, al regresar anoche de casa de Mercilio Antio, de que acababan de detener a un grupo de cristianos que se reunían en secreto en una cantera no lejos de un lugar donde se había producido un incendio, y que dichos cristianos serían arrojados a las fieras al día siguiente, es decir, hoy, precisamente cuando Metalla iba a combatir. Cuando llegué a casa, envié a uno de mis esclavos, que es astuto como un zorro, al palacio Menesio, donde la esedaria continúa viviendo, o más bien vivía -rectificó-, con la misión de que averiguara si la pequeña judía se encontraba en casa esta mañana. Me despertó a las siete para decirme que anoche no había regresado… Hasta las ocho se podían hacer apuestas. Decidí apostar cien mil sestercios más por la cartaginesa.

Existía una posibilidad de que la muchacha hubiera sido detenida con los otros, y en el juego hay que saber arriesgarse si se quiere ganar…

1. El hecho es relatado por Tácito. Además, unos primos de Vespasiano fueron encarcelados por ser cristianos.

Tito permaneció en silencio, absteniéndose de añadir un nuevo comentario al relato de la brillante operación de su hermana.

–En tu opinión -le preguntó de pronto-, ¿es realmente razonable arrojar a los cristianos a las fieras?

Domitila hizo un gesto indeciso con la cabeza.

–Es discutible. De hecho, si se piensa en ello, el único mal que hacen es negarse a ver un dios en ti… -Hizo una pausa y miró a su hermano con cierta ironía-. ¿Están en un error? – preguntó.

César sonrió sin responder.

–Por otra parte -prosiguió Domitila-, es posible que tú lo seas, puesto que te comportas bastante bien, por lo que yo veo y lo que todo el mundo dice…

Pero ¿era Nerón un dios? ¿Lo era Calígula cuando se casó con su caballo?