Gladiadores

Roger Maure · Capítulo 46 de 48

Páginas del PDF

Gladiadores

Los cerdos comen de todo

Estaban en el mes de abril y Sila recorría sus campos para ver cómo estaba el trigo germinado hacía unos días. Al borde de los caminos la hierba estaba florida. Las cosas y los animales empezaban a revivir, sometidos a la ley de la primavera.

El embarazo de Haedunna estaba llegando a su fin. De un momento a otro la asaltarían los primeros dolores. Sila había hecho venir de Lugdunum a la mejor comadrona de la capital de las Galias, pues le obsesionaba el recuerdo del parto fatal de Marga.

Recibía de Honorio, a cargo de sus asuntos romanos e instalado en el palacio Menesio con un batallón de secretarios, largos informes que solían acabar con una demanda acuciante de que regresara a la capital lo antes posible. Pero Sila había declarado que no se marcharía de la granja antes del nacimiento del primer hijo de su joven esclava. En una muchacha de su edad, el parto comportaba riesgos, y él quería estar presente.

El galo se agachó para arrancar un matojo de mala hierba en medio del trigo. Había muchos más en aquel campo y el poco que quitaba no cambiaría gran cosa en la siguiente cosecha. Era un gesto instintivo, para tener las manos ocupadas y tratar de borrar el pensamiento que no le abandonaba desde hacía varios meses y que se había abstenido de comunicarle a Honorio en su correspondencia: el hijo que iba a nacer ¿sería suyo o de Polión? ¡Cuántos bastoncillos de vibumo habían sido machacados entre sus dientes desde el día en que ese pensamiento afloró a su mente por primera vez!

Estaba claro que Haedunna, desde su regreso a la granja, tampoco había dejado de pensar en ello, y el galo comprendía que había sentido ese temor mucho antes que él, incluso probablemente desde el primer día. Lo que había hecho con el cuchillo de cocina demostraba que no iba a aceptar las

consecuencias de lo ocurrido en la mina. Pues, para aquella jovencísima muchacha de condición servil que no tenía otra cosa que ofrecer aparte de su cuerpo y del amor que un cuerpo puede dar, lo ocurrido era terrible.

Después de una sola noche en la cama de su señor, había tenido que sufrir la abyecta penetración de Polión, y eso unos minutos antes de poder pertenecer a Sila de nuevo. En la misma estancia…

Sin duda hubiera podido olvidar, con el tiempo y, sobre todo, ayudada por todo lo que Sila le había dicho acerca de que habían hecho una guerra y su comparación con soldados que habían sido heridos pero que ya no pensaban sino en un futuro feliz. Sin embargo, un día él comprendió que tales palabras eran vanas y que Haedunna jamás podría olvidar nada si el hijo que crecía en su vientre no era de su señor.

Cuando el recién nacido llorase entre pañales en brazos de la comadrona, Sila no podría tener duda alguna. Polión tenía el pelo y los ojos negros; era un ejemplar típico del Mediterráneo, de nariz aguileña, fruto de esa mezcla en la que abundaba la sangre oriental. Después de haber sido rubios en su infancia, los cabellos de Sila se habían vuelto castaños, y sus ojos eran de un azul celta. Haedunna esperaba desde hacía meses el momento en que le mostraran al niño, y ese momento que se supone feliz, tan familiar a las comadronas y que éstas acompañan de algunos votos optimistas, siempre los mismos un parto tras otro, sería un instante penoso en el caso de este parto…

El galo contempló la colina donde se llevaría a cabo la siega, como cada año, durante el glorioso calor del verano. El mal había entrado en la vida de Haedunna, y en la de él, el ex oficial Sila, con aquella semilla de Polión introducida en el cuerpo de su esclava, y ese mal les perseguiría indefinidamente en aquel paisaje sin embargo apacible.

¡El mal! No existía en el mundo ninguna fuerza susceptible de enfrentarse con éxito a él, pues lo sucedido en aquel barracón de la mina de azufre era imborrable, inolvidable. «El bien -pensó Sila- es impotente contra el mal.

Se rompe al estrellarse contra él, como una hoja al tratar de atravesar una piedra. El bien está condenado a ser vencido, si el mal se empeña de verdad

en ello…» El ex oficial de las legiones se encaminó hacia la granja, dándole vueltas a ese pensamiento que había envenenado la vida de su esclava. Pero él haría lo necesario para, al menos, apartar de ella el espectáculo vivo de su desgracia que sería el hijo venidero. En cuanto Haedunna, fatigada por el esfuerzo, se durmiera como hacen todas las que acaban de alumbrar, entraría en la habitación y cogería al bebé de su cuna. Si tenía los ojos negros y el rostro de Polión, lo arrojaría a los cerdos. La semilla de Polión no merecía otra cosa.

En la granja siempre había unos cuarenta cerdos que eran objeto de un contrato firmado con un carnicero de Vienna, cuyo carro se presentaba en la granja todos los meses para llevarse a los animales que habían alcanzado el peso adecuado. A los cerdos les gusta la carne tanto como las harinas de cebada que se vierte en sus artesas, y más de una vez ha ocurrido en una granja que el hijo de una esclava, al quedarse sin vigilancia, haya sido devorado por ellos. Éste no lo sería por negligencia.

Evidentemente, no le diría a Haedunna lo que había hecho con el recién nacido. Él era el señor y podía disponer a su antojo de los niños que nacían en su propiedad. La ley no autorizaba a matar esclavos si no habían cometido una falta grave, pero no quedaban lejos los tiempos en que un ciudadano romano detentaba un derecho de vida y de muerte sobre su mujer y sus hijos. Haedunna comprendería lo que su señor había querido hacer, incluido quizá evitar que su esclava lo hiciera con sus propias manos.

Porque Haedunna podía muy bien haber tomado ya una decisión así.

La dejaría embarazada otra vez cuanto antes y, cuando ella tuviera este hijo entre sus brazos, dentro de un año, por ejemplo, entonces empezaría a olvidar. Una vez tomada su decisión, Sila regresó hacia la granja con paso más resuelto. El trigo estaba bien para ser un trigo de tres semanas y, si la lluvia llegaba en el momento necesario, la cosecha podría ser de las mejores. Ahora, Sila tenía en Italia varias propiedades que valían millones de sestercios, en las que Cotio y sus veteranos hacían reinar el orden y la prosperidad, investidos de todos los poderes, pero llevando ellos personalmente el arado para animar a los trabajadores serviles con su ejemplo, ayudando a las vacas a parir y jodiendo con las jóvenes esclavas a

fin de que la armonía reinase en todo y aumentara el rebaño.

Pero, para Sila, ésta seguía siendo su granja, este camino aquel en el que le había disputado Haedunna a Memnón, esa villa vecina, cuyos edificios se vislumbraban desde la colina y que él había comprado para dársela a Todj, la villa de Patroclo y Mancinia. Y ese prado en pendiente sembrado de flores que tenía ante los ojos seria siempre aquel por el que galopaba el carro de Mancinia, la cual le hacía señas riendo, deseosa de embarcar con él rumbo a Roma sin saber que el amor que ardía en ella la conducía a la muerte.

Cinco hombres avanzaban por el camino de Vienna con largos bastones, como esos que llevan los que deben recorrer un largo camino. Uno de los cinco rondaba la cincuentena, era fornido y andaba con paso seguro. Los otros eran jóvenes. Sin duda llevaban días viajando y, paradójicamente, estos últimos parecían más cansados que el mayor, que los guiaba.

Llegaron al recodo tras el cual aparecía la granja de Sila a lo lejos, esa granja que constituía el final de su marcha del día. Se detuvieron y uno de los jóvenes señaló con el dedo los tejados que se vislumbraban.

–Sin duda alguna es ahí -dijo, con una satisfacción que indicaba que el camino, desde que partieran de Roma, les había parecido largo.

Todavía quedaban al menos dos horas de sol. Bajo dos nogales, una fuente de piedra vertía su agua en una gran artesa construida con un tronco de árbol ahuecado.

El mayor de los cinco miraba a sus compañeros mientras éstos se dirigían hacia la sombra y la fuente, y el tosco banco que habían colocado allí para los días de verano, cuando la sombra de los árboles reconforta a los caminantes. Veía sus pies polvorientos bajo los coturnos y no dudaba que querían descansar ahora que estaban seguros de llegar a su objetivo antes del anochecer.

–Ven a sentarte, Sertorio -dijo uno de los jóvenes-. Nos lavaremos un poco

antes de presentamos ante Sila.

Pero Sertorio miraba los tejados a lo lejos.

–No, muchachos, debo continuar sin perder tiempo. Os anunciaré a nuestro anfitrión.

Ya había reanudado la marcha, y los jóvenes le veían apretar el paso como si pudiera avanzar más rápidamente al no tener que arrastrar a su tropa.

Tenía veinticinco años más que ellos, desde Roma había encadenado una etapa tras otra al mismo paso regular, tan firme a la puesta del sol como por la mañana, tras una noche de sueño, y sabían que era la fuerza que habitaba en su interior, la fuerza de su fe, lo que le hacía infatigable.

Los pies de Sertorio y su bastón golpeaban el suelo a un ritmo rápido.

Aunque no les había comentado nada de ello a sus muchachos, como él los llamaba, desde aquella mañana tenía la sensación de que debía llegar a aquella granja que no conocía lo antes posible, como si allí le esperasen, pese a que Sila ignoraba por completo que Sertorio y sus ayudantes del spoletarium estaban en camino hacia su propiedad. Desde por la mañana, al despertar, se había sentido presuroso por partir, como si aquel al que iba a ver tuviera una gran necesidad de su presencia.

Era una sensación que Sertorio ya había experimentado varias veces en el curso de su apostolado. ¿Era porque había salvado la vida de Sila en nombre de la palabra de Cristo por lo que un vínculo misterioso permanecía entre ellos a través de los paisajes y los días, como si lo que se hacía en nombre de la palabra divina tejiera una tela sobre el mundo que aquellos que estaban habitados por dicha palabra podían ver y sentir?

Sin embargo, no había decidido ir a ver al galo por otra razón que la presencia de su granja en el camino de Germania, adonde Marcelo le enviaba con sus discípulos. Y ¿existen casualidades para el Señor? Ya hacía varios meses que había abandonado el anfiteatro del Coliseo con sus muchachos, al recibir la advertencia de que los cinco eran sospechosos de militar en secreto en la secta cristiana. Marcelo, que administraba la

comunidad de la Ciudad, les ayudó a esconderse en casa de familias amigas; luego, tras algún tiempo, les anunció que se les enviaba a Germania, donde faltaban predicadores. En las provincias, a algunos prefectos no les inquietaban los cristianos y cerraban los ojos ante sus actividades, siempre y cuando se llevaran a cabo con discreción. Se estaban formando comunidades a orillas del Rin, en las ciudades nuevas que construían los colonos. Por su bien y el de los cristianos renanos, era preciso que Sertorio se estableciera allí.

Se sintió dichoso de obedecer aquella orden de Marcelo -el cual había sido nombrado allí por el sucesor de Pedro, tras el suplicio de este último-, dichoso sobre todo de escapar a los espantosos recuerdos que no podían sino obsesionarle en la ciudad de Roma, tras haber pasado dos años en aquel sótano del anfiteatro donde se había derramado tanta sangre y donde tantos gladiadores habían muerto en sus brazos. Allí, en aquellas ciudades nuevas, no se jugaban juegos de circo. Al contrario que los emperadores, los prefectos no tenían plebe a la que halagar y a la que corromper.

Sertorio y sus muchachos cogieron sus bastones, contaron los pocos sestercios que poseían, y el apóstol, su maestro, reflexionando en el camino que podrían tomar, enseguida pensó en la granja que Sila abandonara un día para partir hacia Roma. Envió a uno de sus muchachos al palacio Menesio, a fin de pedirle al galo una tablilla de presentación para los que administraran su granja, y le respondieron que Sila no regresaría a la Ciudad de momento. No necesitaba ninguna tablilla. Encontraría allí al señor de la casa.

Sila se había sentado en el banco de piedra que estaba en el patio de la granja, como acostumbraba hacer todas las noches, junto a la puerta de sus aposentos, como la noche en que los jinetes sirios intentaron ensartar las ocas y a las muchachas, según las palabras utilizadas por su estúpido oficial.

Hacía dos horas que el trabajo había empezado. Al principio, la comadrona había ido a decirle que todo iría bien, que la madre no era muy ancha, evidentemente, pero que poseía una buena constitución para parir y que no

debía preocuparse. Debían de haberle explicado lo sucedido con la esclava que pereció antes que ésta.

Luego habían transcurrido los minutos y Sila había oído lamentos.

Haedunna era valiente y no quería que la oyeran sufrir, pero aun así había dejado escapar algunos gemidos. Finalmente, una de las esclavas que ayudaban a la comadrona, transportando las palanganas de agua caliente; le había anunciado que ya estaba y que era un varón. Ella pensaba que el señor debía de estar muy contento y mostraba una expresión de regocijo, feliz de haber participado en lo que constituía un gran acontecimiento en el universo regido por Sila.

Sila esperó un rato más hasta que la comadrona salió de la habitación donde había sucedido el evento y, cuando tuvo la certeza de que Haedunna estaba sola, se levantó del banco y entró.

Ella estaba tendida de lado y Sila no le veía la cara, pero desde el umbral de la habitación oía la respiración de la joven madre. Consideró que se había dormido y que, aunque no durmiera, él no esperaría más para mirar la verdad de cara.

Se acercó a la cuna y al primer golpe de vista se dio cuenta de que el niño era moreno y que la desdichada carita tenía los rasgos de Polión. Con frecuencia, los recién nacidos presentan desde el momento de su nacimiento un parecido asombroso con su padre o su madre. Era el caso de éste. El ex oficial pensó que al menos no habría posibilidad de equivocarse.

Se preguntó si Haedunna dormía realmente, o si permanecía en aquella posición pese a saber que su señor se encontraba junto a la cuna para no encontrarse con su mirada. Y para no dificultarle lo que se disponía a hacer.

Sila cogió al niño, así como una de las sábanas de la cuna para poder envolverlo, y se acercó a la puerta que dejaba entrar la luz nocturna, a fin de examinar más de cerca lo que sostenía en sus manos. Y como encontró confirmada su primera impresión, tras haberle dirigido una última mirada a su esclava, que continuaba dormida o simplemente inmóvil, salió al patio

deseando que no se pudiese adivinar, por lo menos a cierta distancia, lo que aquella sábana contenía.

Dobló la esquina de la casa para encaminarse a los graneros y los establos que se encontraban detrás de aquéllos. Dos o tres esclavos se encontraban ocupados sacando haces de heno de uno de los graneros para dárselos a las vacas, pero apenas miraron al amo. Debían estar atentos a su trabajo cuando éste pasaba junto a ellos.

Sila se dirigió a la pocilga, que había sido construida aparte de los establos del resto de animales a causa del olor que se desprendía de ella. Se acercó a la valla. Los animales rastreaban el suelo con sus hocicos. Esperaban las provisiones que caían en sus artesas todas las noches. Se volvieron hacia él emitiendo una especie de gruñidos de impaciencia.

Sila se preguntó si arrojaría al recién nacido a una de las artesas o al suelo, entre los animales. Pensó que, si lo dejaba envuelto en la sábana y lo metía en la artesa a través de la valla, no gritaría, cosa que sí haría si recibía un golpe. En ese momento fue cuando oyó una voz que decía: «¡Sila!».

Se volvió. Un hombre de aspecto robusto, con un largo bastón en la mano y una especie de capa de viaje que se había echado hacia atrás como si tuviera demasiado calor y que una cadenita sujetaba a su pecho, le saludaba sonriendo y avanzando a grandes zancadas. Sila pensó dejar al recién nacido antes de que aquel visitante llegara a su altura, pero reconoció a Sertorio y se quedó petrificado.

–¡Sila -repitió el encargado del spoletarium-, qué alegría volver a verte! Mis muchachos me siguen, no tardarán… Pero ¿qué llevas ahí? Parece un recién nacido.

–Lo es, efectivamente.

–¡Deja, pues, que lo vea! – prosiguió Sertorio, en el tono jubiloso apropiado para la ocasión, al tiempo que apartaba la sábana-. ¡No cabe duda de que es un varón! – exclamó-. Está muy bien formado…

El pequeño ser había entreabierto los ojos cuanto le era posible, buscando la luz.

–No tiene los ojos azules -comentó Sertorio-. ¡Es un morenazo! ¿Y de dónde ha salido?

–Es el hijo de una esclava.

–¿De una esclava? En cualquier caso -añadió en tono jovial, interpretando el personaje que no escatima ninguna de las bromas habituales-, nadie te podrá acusar de ser el padre. ¿Y qué hacías cuando te he visto de lejos, desde el camino?

Había cambiado de tono y miraba a Sila directamente a los ojos. El galo sostuvo aquella mirada.

–Iba a dárselo a los cerdos contestó en tono resuelto.

–¿De verdad? ¿Y por qué?

–Porque esa esclava no lo quiere.

–¡Qué ocurrencia! – exclamó Sertorio-. Me sorprendes. Si es el hijo de una esclava, no te interesa desembarazarte de él. ¡Son dos brazos más para tu granja! Evidentemente -prosiguió en tono amistoso-, tú no tienes necesidad de eso, con todos los dominios que posees. Pero ¿por qué malgastar?

Además, ¿qué le reprocha tu esclava a este infeliz?

–Es una muchacha muy joven. Fue violada mientras yo estaba en aquella mina del Vesubio y ahora ha nacido su hijo. Ella no quiere que viva, y yo tampoco.

–¿Por qué tú tampoco? ¡Tú no tienes los mismos motivos que ella!

–Sí -replicó Sila con firmeza-. Porque esa joven lleva un aro de oro en el

tobillo en el que está grabado mi nombre y se acuesta todas las noches en mi cama, y porque yo quiero que siga perteneciéndome. Este niño perpetúa la desgracia después de que pudimos escapar de ella a costa de muchos sufrimientos y, principalmente, gracias a ti.

–No dudo que tengas serias razones para querer hacerlo -dijo el hombre del spoletarium-, pero me he apresurado a venir aquí para decirte que no tienes derecho.

–Aquí, el amo soy yo -repuso Sila.

–Tú no eres amo de nada, a no ser de apariencias que te rodean provisionalmente durante tu paso por la tierra. Este niño es una criatura de Dios. Dios ha deseado que venga al mundo para que te muestre el camino del bien.

–¡Del bien! – exclamó Sila con amargura-. Es el hijo del mal y no puede ser otra cosa que fuente de desgracia para esa joven y para mí. Además, ¿de qué dios me hablas, que emplea tan curiosos métodos para mostrarme un camino que yo ya cónocía?

–Te hablo en nombre del Dios que te salvó la vida en el spoletarium del anfiteatro del Coliseo, en la capital del mundo, pronto hará un año.

–¡Pero si fuiste tú quien me salvó la vida! Tú y tus jóvenes ayudantes, que desafiasteis la ley de Roma para curarme y albergarme mientras fue necesario.

–No -dijo Sertorio-. Nosotros nos negamos a hacerlo. Pero Dios nos habló, y entonces nosotros no pudimos sino obedecerle. Al igual que tú debes obedecerle ahora junto a esta pocilga.

–¿Y cómo te habló ese dios, Sertorio? – preguntó con ironía Sila, que no estaba dispuesto a ceder.

–Por boca de Metalla, tu esedaria.

–Sabía que ella me condujo hasta vosotros y os pidió que me salvarais arriesgando vuestras propias vidas. Pero no sabía que un dios hablara por su boca, y en Roma todo el mundo se habría quedado atónito al enterarse…

–Pero si en Roma todo el mundo se enteró, mi querido Sila, porque la muchedumbre del anfiteatro lo vio con sus propios ojos.

–¿Puedes explicármelo? Sé que, Metalla pereció a causa de las heridas causadas por la esedaria cartaginesa, pero yo estaba inconsciente en vuestras manos y, cuando me curé y me sacaron de allí para ser enviado a la mina, no me dijisteis que hubiera un dios metido en todo este asunto.

–Porque debíamos callar y ocultar nuestros sentimientos, si no queríamos poner en peligro nuestra existencia. Metalla no se ocultó, eligió la muerte en la arena con los demás cristianos que eran arrojados a las fieras para poder proclamar su fe en Cristo. Y unas horas antes, cuando me negué a salvarte diciéndome que no tenía derecho a hacerlo, ella me replicó que sí tenía el deber, pues, según la palabra de Cristo, aquel que es la fuente de toda vida considera única y preciosa la vida de cada uno de los seres de su creación. Yo le había enseñado esas palabras unas semanas antes, y ella venía a recordármelas.

–Entonces, ¿tú y tus ayudantes sois de la secta de Cristo, como me dijo Mesio?

–Sí, Sila. Y Metalla se unió a nosotros para morir como mártir. Y yo, después de haber permanecido escondido en Roma, porque mis muchachos y yo éramos sospechosos, me he puesto en camino para enseñar la buena palabra en Germania. Y ese camino me conducía a ti por voluntad de Dios, que se preocupa por ti y te ordena que vayas a dejar a ese niño en su cuna.

Si su madre no lo quiere hoy, dáselo a otra esclava para que lo amamante, si hay alguna que pueda hacerlo, o haz que lo alimenten con leche de cabra. Y

les dirás a todos que es tu hijo, y el niño lo creerá, y te servirá y te amará como un hijo debe amar a su padre, y mantendrás esa mentira hasta el momento en que su abnegación hacia ti sea la suficiente para que puedas