Gladiadores
La lava desciende hacia Pompeya
Polión tuvo que obedecer. La flecha silbó y atravesó vibrando su palma, clavando la mano a la madera de la viga.
El dolor deformaba los rasgos del oficial, pero éste no gimió.
–Ahora, dinos dónde está Sila -prosiguió Cotio-. Date prisa, el tiempo nos apremia.
–Si me matáis, no sabréis dónde está ese al que buscáis.
–No te mataremos -repuso el veterano-. Cuando hayamos liberado a Sila, él vendrá aquí y decidirá tu suerte. Si no lo encontramos, te quedarás aquí, clavado de pies y manos, hasta que la lava te alcance.
Dado que Polión, incapaz de superar su odio hacia Sila y de renunciar a su venganza, permanecía en silencio, Cotio se acercó a él, agarró brutalmente su mano libre y la colocó contra la pared. Una segunda flecha partió del arco de Todj y clavó aquella mano izquierda sin rozar la del veterano. Esta vez, Polión gimió largamente.
–Está en la mina -confesó, vencido por el dolor-. Desclavadme… Le pediré perdón a Sila.
–No antes de que él esté aquí -dijo Todj, antes de alejarse tras los otros persas, que, ya corrían hacia la mina.
La lava desciende hacia Pompeya
Sila apareció en el terraplén ante las grutas talladas en el azufre. Todj y los otros lo habían encontrado en uno de los escalones más elevados, con las muñecas y los tobillos encadenados, como Prometeo, a unas anillas de hierro incrustadas en la roca y destinadas a las poleas mediante las cuales se
bajaban los cestos llenos con el producto de la mina tras su extracción.
Ningún buitre le picoteaba el hígado, pero su mirada estaba vuelta hacia el resplandor rojo de la lava en fusión que descendía lentamente hacia él.
En aquel momento la tierra comenzó a temblar bajo los pies de todos, haciendo que tanto los persas que le acompañaban cómo Cotio y los veteranos, que iban a su encuentro, se tambalearan. El cielo se oscureció totalmente y quedó cubierto por una densa masa de cenizas. Éstas parecían querer reemplazar las piedras que hasta entonces habían caído. Aquel nuevo maná infernal escupido por la boca de Vesbius se amontonaba en el suelo, donde fueron súbitamente arrojados por una sacudida más violenta que las otras. Al levantarse, vieron ir hacia ellos a través de la poterna abierta a la Vieja y Haedunna. Abandonaban el refugio de la bodega por miedo a quedar enterradas allí. La silueta de la Vieja había adoptado una forma curiosa, con el caldero boca abajo que se había puesto sobre la cabeza para protegerse de las piedras y la ceniza; Haedunna, por su parte, se había envuelto la cabeza en gruesos paños. Ahora estaban todos reunidos, sanos y salvos, y le correspondía a Sila decidir lo que iban a hacer.
Si bajaban a Pompeya, evidentemente se encontrarían con el estado mayor de la mina, así como con los representantes de las autoridades civiles y policiales, presentes por doquier para organizar las ayudas y esforzarse en poner orden en el caos de una ciudad horrorizada por semejante catástrofe, cuando el recuerdo de la anterior aún no se había borrado. Cotio le sugirió a Sila huir por el camino que Litias le había indicado como parte de su plan de evasión, a través de la montaña y hasta el puerto de Fundi. Uno de los esclavos refugiados en la bodega conocía el camino y le conduciría hasta el pescador que había colaborado con el tabernero en las anteriores evasiones organizadas con la complicidad de Polión.
Sila pensó que, efectivamente, podría hacer que lo condujeran por mar hasta el sur de la provincia africana, desembarcar allí en una costa desierta y remontar hacia Cartago por el interior. En esa ciudad encontraría a Achaica e iría a pedirle el asilo que ella le ofreciera durante su encuentro en Roma, en espera de que él pudiese tomar una decisión sobre su futuro.
Luego Sila pensó en los condenados, que se lamentaban o permanecían postrados bajo sus cadenas en los edificios que la lluvia de piedras y fuego había destrozado o incendiado. ¿Había que huir, abandonándolos a su miserable suerte, o bien perder un tiempo precioso en liberarlos? Quitarles las cadenas a todos era una tarea imposible. En cambio, desbloqueando el cierre de las largas barras en las que estaban ensartadas las anillas de sus cadenas, en poco tiempo se podría dejarles libres para que huyeran con las cadenas en los pies.
Muchos eran culpables de crímenes; sin embargo, Sila pensó que no habían sido condenados a muerte. Por consiguiente, era injusto no permitirles vivir abandonándolos a la lava. El galo partió bajo la sofocante y obsesiva lluvia de cenizas para animar a los presos y pedirles que tuvieran paciencia. Éstos bramaron al ver que ante sus calabozos pasaba alguien con el uniforme de tosca tela que ellos llevaban. Muchos permanecían en silencio, tendidos entre la ceniza que se amontonaba en el centro: estaban muertos o moribundos.
A medida que los veteranos de Cotio los liberaban, corrían como podían hacia la poterna abierta. Otros buscaban las herramientas que sus guardianes utilizaban para abrir las anillas de las cadenas, a fin de poder huir sin trabas. Sila los miraba hacer, pensando que muy pocos, al no conocer la región y estar desprovistos de todo, podrían hacer otra cosa que encontrar muy pronto cadenas similares a las que esperaban quitarse.
El galo, alzando la cabeza, se esforzaba en comprender en qué sentido iban las masas de aire que rodeaban el volcán y en adivinar la dirección que tomaría la inmensa nube de ceniza. Le pareció que ésta se dirigía hacia el noroeste, es decir, que cubriría Herculano y Neápolis, alejándose tal vez de Pompeya. Invadido ahora por la certeza de que los dioses habían intervenido en su favor, Sila se sentía extrañamente tranquilo pese al espectáculo trágico que ofrecía aquel lugar de sufrimiento al que semejante catástrofe añadía más horror.
Les dirigió una sonrisa a Todj y a Cotio, que regresaban hacia él, y en su
mirada adivinó la misma disposición de ánimo. Experimentaban la sensación característica de los soldados en un campo de batalla, en el momento en que ven las filas del enemigo disolverse por efecto del pánico y en que comprenden que, después de tantos peligros, la victoria se halla por fin al alcance de sus espadas ensangrentadas. Habían venido de la Galia y cruzado Italia sin saber lo que podrían hacer para liberar a.aquel al que obedecían, todo ello creyendo en las palabras delirantes de una vieja trastornada, y el fuego del Cielo había brotado de Vesbius, formidable aliado que barría a sus enemigos ante ellos…
Regresaron al terraplén ante la poterna. Los condenados la franqueaban unos tras otros para desaparecer caminando penosamente por la espesa ceniza, en la extraña oscuridad que había reemplazado al día.
La Vieja, en medio del terraplén, miraba en dirección al cráter y el flujo perezoso de la lava, que ya no quedaba muy lejos de los escalones color azufre. Se había quitado el caldero de la cabeza al percatarse de que ya no caían piedras. Sila, que había seguido su mirada, se preguntó si el lento avance del río rojizo era un fenómeno indiscutible, o si éste aceleraría súbitamente la marcha, engullendo en su fuego a los temerarios que no habían huido mientras aún estaban a tiempo. Después, Sila se dio cuenta de que la Vieja estaba sola.
–¿Dónde está Haedunna? – le preguntó. Ella le dirigió una intensa mirada.
–Debe de haber ido a resolver sus asuntos.
–¿Qué asuntos? – preguntó Sila, intrigado por el tono y la mirada de su esclava pitonisa.
–¿Tengo que deciros a todos todo lo que deberíais saber? – ironizó ella.
Sila, frunciendo el entrecejo, la miró sin comprender, y Cotio, que se dirigía hacia él seguido de Todj y los persas, interrumpió el diálogo.
–Ahora es preciso que decidas qué hacer con Polión.
–Exacto -dijo el galo-. ¿Qué habéis hecho con él?
Cotio se volvió hacia la barraca donde el enemigo de Sila había tenido su despacho, con aquel sótano debajo.
–Está clavado a la pared con dos flechas de Todj, que sirvieron para obligarle a decirnos dónde estabas.
El galo miró otra vez la lava y todos se dirigieron hacia el edificio en cuestión.
Vieron aparecer a uno de los veteranos, que salía del sótano donde habían sorprendido una media hora antes a Polión, preparándose para huir con su mula y su oro.
–Éste estaba vigilándolo -explicó Cotio al ver al hombre que se acercaba a ellos.
Se encontraron, y Cotio le preguntó:
–¿Por qué has abandonado tu puesto?
–Ya no necesita que nadie le vigile -respondió el veterano en un tono que les pareció extraño a sus dos interlocutores.
–No querrás decir que está muerto, ¿verdad?
–En absoluto. Todavía vive.
–¿Puedes explicarte? dijo Cotio, enfadado.
–Ve tú mismo a verlo.
El veterano se alejó, dejando a Cotio y a Sila intrigados por su comportamiento y aquella rebeldía totalmente desacostumbrada que acababa de demostrar, y cuando éstos hubieron rodeado el edificio para
encontrar el acceso al sótano, vieron a un hombre que salía de allí arrastrándose sobre la ceniza.
Sila reconoció a Polión cuando estuvo cerca de él. Éste se desplazaba lentamente, emitiendo una especie de estertor que acompañaba sus movimientos. El galo interrogó a Cotio.
–¿Por qué esto?
–¡Pero si yo no sé nada! – protestó el veterano.
Polión reconoció a Sila por la voz, pues ya no veía. Alzó la cabeza hacia su antiguo compañero de armas, y el galo constató que los dos ojos del hombre que reptaba ante él habían sido arrancados. Un líquido mezclado con sangre fluía de ellos, formando regueros en la capa de polvo volcánico adherida a su rostro.
–¡Sila! ¿Eres tú, Sila?
–Sí, soy yo -dijo el galo, que empezaba a comprender.
–Ahora estás suficientemente vengado, ¿eh? Déjame vivir. Te lo suplico, igual que te lo supliqué la primera vez en la VI legión… Coge la mitad del oro que está en mis alforjas, déjame el resto y haz que me aten a una mula y me bajen a Pompeya. Buscaré un cirujano.
Sila, que miraba en silencio al miserable que se arrastraba a sus pies, vio que entre sus muslos manaba sangre y que la túnica estaba manchada en ese lugar. Fue hasta la entrada del sótano y enseguida vio en el suelo carne sanguinolenta, debajo de las vigas donde su enemigo había estado clavado con flechas. Sila había visto varias veces aquello en sus aventuras de soldado, tras haber penetrado en territorio enemigo, cuando sus legionarios lo llamaban para mostrarle lo que aquel enemigo le había hecho a hombres de su legión que habían caído en sus manos unos días antes. Prisioneros a los que habían dejado morir después de cortarles la verga y los testículos.
Haedunna permanecía en pie a cierta distancia, junto a la mula de Polión, con un cuchillo de cocina en la mano que debía de haber traído del albergue oculto bajo la ropa. La Vieja debía de haber visto el cuchillo, pero, por supuesto, no había dicho nada; ella sabía, por eso había adoptado aquel tono y aquella mirada al hablarle a Sila hacía un momento.
Haedunna sostuvo la mirada de su amo, con el rostro sereno, aunque lívido.
Sila imaginó que sacaba un bastoncillo de viburno de su bolsillo y se lo llevaba a la boca, aunque ni siquiera esbozó el gesto, consciente de que no tenía ninguno. Bajó para acercarse a su esclava.
–¿Qué pretendes hacer ahora con ese cuchillo? Creo que ya no lo necesitas.
Ella no respondió.
–Vas a devolvérmelo para que no puedas utilizarlo otra vez. Tu vida no te pertenece y no puedes disponer de ella. Es mía desde que te compré a Memnón el mercader, no lo olvides. Pagué trescientos sestercios por ti y no quiero malgastarlos… Además, debes obedecerme en todo.
Por un instante temió ver que clavaba bruscamente el cuchillo en su pecho antes de que a él le diera tiempo a quitárselo de las manos, y en su mirada había aparecido algo que le permitía a Sila experimentar esa inquietud. Pero ella amaba intensamente a su señor, de manera que le tendió el cuchillo.
–No olvides tampoco que te necesito -añadió entonces, para darle algo más que órdenes.
Todos los demás estaban en la entrada del sótano; Todj se había reunido allí con Cotio y el veterano que no había vigilado como es debido había vuelto sobre sus pasos para ver lo que iba a suceder.
Sila se volvió hacia él.
–¿Por qué has dejado que lo hiciera? – preguntó el ex oficial.
–Al principio quise impedírselo, pero ella me explicó por qué quería hacerlo. Entonces…
Los soldados, todos ellos curtidos, observaban a aquella muchacha de quince años que le había arrancado los ojos a Polión y lo había castrado, y sabían desde el primer momento por qué lo había hecho.
Sila los miró uno a uno; ellos, evidentemente, desviaban la mirada, pero en sus ojos había algo que decía que todos habrían actuado de la misma forma que su compañero.
En el silencio, Haedunna, que acababa de desatar la mula, tomó la palabra: -
Subidlo a la mula, tal como ha pedido.
Era absolutamente sorprendente que ella diera una orden en presencia de su amo, pero todo lo que ocurría en aquel sótano era tan sorprendente que nadie se fijó en que aquello iba contra las costumbres; además, ahora todos sentían una especie de respeto hacia aquella que había manejado un cuchillo de semejante forma.
Salieron, y dos de los veteranos cogieron a Polión para llevar a cabo lo que había pedido la muchacha.
–¿No sería preferible que Todj clavara una flecha en tu corazón? – le preguntó Sila a su enemigo vencido.
–Quiero que viva -intervino Haedunna, antes de que el oficial destituido tuviera tiempo de responder-. Quiero que viva mucho tiempo y que mendigue por las calles con las cuencas de sus ojos vacías, sabiendo que jamás podrá volver a hacer el amor con una mujer.
La ceniza se espesaba en torno a ellos y obstaculizaba su marcha mientras regresaban hacia la poterna de entrada, obligando a la mula que ahora transportaba a Polión atado a su lomo a levantar mucho las pezuñas para avanzar penosamente.
Dado que Litias había muerto unos minutos después de que lo llevaran a la bodega de su albergue, tal como Cotio le prometiera, el cortejo encabezado por Sila tomó el camino sin él, abandonando sus restos a la lava que avanzaba.
Caían menos brasas, pero la extraña ceniza se había instalado como una tapadera sobre los caminantes: Sila a la cabeza con Cotio, los cinco persas, los once veteranos, los esclavos de Litias, Haedunna y la Vieja, y por último Polión atado a su mula, la cual seguía a las demás mulas de la comitiva sin necesidad de que la guiaran. El galo se volvía de vez en cuando para ver, bajo la enorme nube negra, en el lugar donde comenzaba la línea amarilla del azufre, si el río de lava ya había alcanzado la roca donde él estaba encadenado apenas una hora antes. Al llegar a un recodo del camino, Sila miró de nuevo hacia atrás, esta vez para cerciorarse de que todo el mundo le seguía, y vio que faltaba la Vieja. Volvió sobre sus pasos buscándola con la mirada. Estaba sentada bastante más atrás, en una gran piedra al borde del caminó, con los pies hundidos en la ceniza. Sila.pensó que debía estar exhausta. Se había negado de forma categórica a montar en su asno gigante y ahora debía de lamentarlo. Sila sonrió. Debido a su carácter intratable, no querría confesarlo y sería necesario convencerla. Caminó hacia ella y se detuvo, tendiéndole la mano.
–¡Vamos, Vieja! – dijo en un tono alentador-. Has hecho mal rechazando a tu asno. Ven, te ayudaré a alcanzar a los demás, y esta vez harás lo que te diga. Mientras pronunciaba estas palabras, se percató de que no parecía tan cansada como él había creído y empezó a sospechar algo. Ella miraba en dirección a la lava.
–No esperarás a que la lava te alcance, ¿verdad?
–Pues sí, muchacho, eso es lo que voy a hacer. Sila frunció el entrecejo.
–¿Qué dices? – preguntó, pese a que lo había oído perfectamente. Ella le miró, absolutamente segura de sí misma, como de costumbre.
–He dicho que ya he caminado suficiente y que ha llegado el momento de
que me detenga. Ve con los demás, ahora que estoy tranquila acerca de tu futuro y que la pequeña está contigo. Es lo que deseaba ver cumplido y lo he visto.
–Pero, vamos a ver -dijo Sila-, eso no es razonable… Vamos a embarcar en una nave, iremos a África y tú acabarás tu vida allí con nosotros.
Ella negó con la cabeza.
–Tú no irás a África. Son los dioses quienes deciden, no tú. ¿Crees que porque eras oficial te obedecerán? No te digo adónde irás porque no es necesario y porque cada cosa tiene su momento. Pero yo sé adónde quiero ir: ¡a la barca!
–¿A la barca?
–¿No crees que ya he vivido bastante? Por lo menos, al final de mis días he servido para algo más que ordeñar vacas y darles su leche a los niños pequeños… -La Vieja señaló el río de fuego-. ¡Mira! El río avanza y por ese río navega la barca, y desde ella Caronte me hace señas. Tú no puedes verla, porque sólo pueden los que él llama para que monten en ella… -La Vieja, que estaba muy cerca de Sila, le asió una mano y posó en ella sus labios-. Ve con los demás, muchacho -dijo-, tienes por delante años de vida con la pequeña. No te preocupes más de mí. Has sido un buen amo y eso me basta. Vete y no vuelvas la vista atrás. Es el último favor que te pido.
Como Sila no parecía querer obedecerla, prosiguió para convencerlo: -
¿Quieres acaso que muera en un camastro, decrépita, sin oír y dependiendo de los demás para que me alimenten? Comprende que escoja aprovechar el fuego que viene…
Sila empezó a pensar que tenía razón, al igual que había aprobado al Proscrito cuando éste eligiera la cicuta, y acabó por marcharse. Sin embargo, contrariamente a lo que ella le había pedido, se volvió una vez.
Ella le hizo una pequeña seña con la mano, a la que él respondió de la misma forma. Luego, Sila desapareció de su vista tras el recodo del camino.
Haedunna le esperaba. Por sus ojos anegados de lágrimas y su mirada comprendió que conocía las intenciones de la Vieja y que seguramente ya se había despedido de ella. Los dioses les habían enviado a la Vieja, y ahora que su tarea estaba cumplida los dioses la reclamaban. La joven estrechó la mano de su señor y reanudaron la marcha uno junto a otro.
El grupo caminaba en un silencio roto por las toses de unos y otros, que se asfixiaban a causa de las cenizas. De vez en cuando se encontraban una mula muerta en medio del camino, y el suelo estaba sembrado de toda clase de objetos que habían sido abandonados por aquellos cuyas monturas mostraban síntomas de agotamiento y que habían preferido aligerar su carga. Sila caminaba detrás del grupo con Haedunna desde que dejara a la Vieja, y Cotio, que seguía en cabeza, se detuvo, dejando que los otros le adelantaran, a fin de poder reunirse con Sila y decirle que pronto encontrarían a mano derecha el camino montañoso junto al cual había hecho acampar a sus veteranos al llegar a la mina y que conducía a Palladium, desde donde llegarían al puerto de Fundi.
En aquel momento, ante ellos, en aquel camino por el que centenares de hombres antes que ellos habían bajado para escapar del volcán, vieron para su gran asombro a una mula que subía y sobre la cual iba montado un hombre más bien delgado, tocado con un casco militar demasiado grande para él y que, debido precisamente a ello, impedía que se le viera bien el rostro. El animal, visiblemente extenuado, avanzaba cojeando y llevaba en su cuerpo numerosas heridas producidas por las piedras volcánicas, lo que significaba que su jinete había desafiado sistemáticamente la lluvia de fuego, obligándolo a seguir el camino en ese sentido desde hacía horas.
Sila, al ver que el hombre iba vestido con una túnica que no era militar, supuso que había recogido aquel casco por el camino y se lo había puesto para protegerse.
Al ver a la comitiva que descendía a su encuentro, el hombre pareció dominado por un auténtico frenesí. Agitando los dos brazos, gritaba con todas sus fuerzas el nombre de Sila.
–¡Sila! – bramaba-. ¡Los dioses han escuchado mis súplicas!
Sus movimientos y sus gritos contribuyeron a desequilibrar su montura, que tropezó y flexionó las patas, para finalmente desplomarse hacia delante, lanzando al jinete por encima de su cabeza. Éste cayó sin dejar de gritar y perdió el casco, que rodó por el suelo. Sila y Cotio reconocieron entonces a Honorio.
El joven abogado se levantó con presteza y corrió a abrazar al galo, su cliente. – ¡Sabía que nuestros enemigos estarían confundidos! – exclamó tras sus efusiones-. ¡Oh, Vesbius! – prosiguió, extendiendo el brazo en dirección al cráter, que la nube de ceniza hacía invisible- ¡Gracias por la ayuda que nos has prestado! ¡En cuanto a ti, poderoso Vulcano, doy gracias al fuego de tu forja subterránea!
Honorio se había encontrado con la riada de los que huían de la mina, los cuales le habían colmado de sarcasmos e incluso de insultos porque desafiaba a las potencias divinas dirigiéndose al volcán, presa de las ansias de cólera sagrada de Vulcano; pero él no había cedido, replicándoles que iba allá arriba en busca de uno de sus clientes y que era abogado en el foro de Roma. Luego había comprado un casco por el desproporcionado precio de seiscientos sestercios. Y, como el vendedor del casco le explicara que los condenados se habían quedado encadenados, a merced de la lava que de un momento a otro cubriría el campamento, había espoleado a su mula para llegar arriba a toda costa.
La mula, tendida ahora en el suelo, respiraba con dificultad.
–Cotio, te lo ruego -dijo el abogado-. Haz que liberen a mi animal de su carga y que la transporte uno de los tuyos. Dentro hay trescientos mil sestercios en oro que me ha dado Palfurnio para comprar la evasión de Sila.
–¿Palfurnio? – preguntó atónito el galo.
–¡Sí, Palfurnio! En estos momentos es nuestro mejor aliado. Le he convencido de que denuncie a Lacertio y los demás, y nos espera en el
puerto de Pompeya con una galera preparada para zarpar.
Luego Honorio recordó el secreto que sabía, el que Esporo había revelado en el sótano de Palfurnio, el del día y la hora en los que Tito César iba a ser traicionado por su hermano, y se llevó a Sila aparte mientras unos descargaban a su mula agonizante y los demás proseguían camino.
–¡Sila! – dijo-. Es preciso huir esta misma noche, porque dentro de dos días Domiciano hará que su hermano perezca y que lo proclamen emperador…
La ciudad de Pompeya debe de ser un auténtico caos y no tendremos dificultad alguna en llegar hasta el puerto. Palfurnio me ha prometido que esperaría hasta la noche. ¿Adónde pensabas ir?
–A África, en un barco de pesca que nos espera en el puerto de Fundi, al otro lado.
–¡Partamos con Palfurnio! Si Domiciano se proclama emperador, en África no estarás seguro. Su galera está cargada de oro y de objetos de valor. Irás a Persia con él y te incorporarás al servicio en el ejército de allí…
Ante la puerta de Nola, donde desembocaba el camino que venía del Vesubio, reinaba un verdadero caos, en efecto, y ningún representante de las autoridades municipales parecía hallarse presente. Dado que la tierra no había cesado de ser sacudida desde hacía varias horas por temblores -
afortunadamente, de débil amplitud, al contrario de lo que pasara diecinueve años antes-, la mayoría de las fachadas de las casas estaban resquebrajadas, si bien permanecían en pie, al igual que las murallas de la ciudad, en las cuales la puerta de Nola se abría sobre la calle del mismo nombre. La mayoría de los tejados que habían soportado la lluvia de piedras al principio de la erupción estaban hundidos y de muchos de ellos salía humo. Había carretas de bomberos que parecían abandonadas, y sus caballos de tiro tenían las patas sumergidas hasta las rodillas en la ceniza.
Los que las conducían debían de haber huido, abandonando el material, ya que su tarea resultaba imposible de realizar y el peligro se tornaba demasiado grande. Las inmediaciones de la puerta se hallaban atestadas de cisium y carros cargados de muebles. Unos parecían abandonados sin
conductor por la misma razón que lo habían sido los vehículos de lucha contra el incendio… Familias enteras, ayudadas por sus esclavos, intentaban abrir camino a los demás entre la masa de cenizas.
El grupo de Sila entró en la ciudad guiado por Honorio, que quería saber si Palfurnio se encontraba todavía en su fortaleza o había partido ya hacia el puerto. A medida que avanzaba por la calle devastada y sembrada de toda clase de objetos, el joven abogado comenzó a temer que el malhechor del que se había hecho amigo en circunstancias tan extrañas hubiera huido también con su guardia de gladiadores, sin esperar más, ante la inminencia del peligro. Sin embargo, no todos los habitantes habían renunciado a su ciudad y sus bienes. Sila oyó al pasar ante un patio una riña entre una esposa, que juraba que no abandonaría su casa por nada del mundo, pues sabía que sería saqueada en cuanto la familia hubiera dado la vuelta a la esquina,, y el esposo, que se lamentaba de tener una mujer tan obtusa y avara que era capaz de hacer perecer a toda su familia. Otros, encaramados en el tejado, echaban el agua que sus esclavos llevaban en cubos, los cuales ellos subían a continuación con una cuerda, con la ingenua esperanza de evitar el incendio. La calzada estaba alfombrada de tejas rotas mezcladas con la ceniza, y aquellas tejas herían los pies que la ceniza quemaba… Los perros aullaban de desesperación cuando el suelo temblaba bajo sus patas.
Con semejante espectáculo ante los ojos llegaron ante el alto muro que circundaba la propiedad de Palfurnio. La gran puerta de madera noble parecía haber sido derribada a hachazos. Sus batientes destrozados permanecían entornados, y Honorio, que se había adelantado, distinguió los cuerpos ensangrentados de varios gladiadores que yacían en el suelo a la entrada de los jardines, semicubiertos de la fatal ceniza que invadía toda la ciudad, todo ello a la extraña luz amarilla o roja que pasaba a través de la nube gigante antes de llegar a los ojos de los humanos martirizados por el volcán.
El abogado, que se había detenido en la puerta, oía gritos procedentes del edificio, además de ruido de armas entrechocando. Los guardias de Palfurnio habían defendido la fortaleza del ataque de unos asaltantes desconocidos para Honorio, pero sin éxito.
Aquellos gritos de guerra se oían incluso en la calle donde Sila, Cotio, los veteranos y los persas se habían detenido para permanecer a una distancia prudencial. De pronto, un gladiador provisto de casco y arma que venía del jardín surgió ante Honorio y le amenazó con la espada. Finalmente, un personaje delgado y un tanto encorvado apareció detrás de aquel hombre.
Honorio retrocedía, con la punta de la espada del otro apoyada en su estómago. Pero el joven abogado no pretendía ir mucho más atrás.
–Soy Honorio, hijo de Caedo, abogado en la ciudad de Roma -declaró resueltamente-. ¿Qué ocurre aquí? ¡Vengo a ver a mi amigo Palfurnio y encuentro este desorden!
–Joven -declaró Efestio, que había ido a dirigir en persona la operación mediante la cual contaba con poner fin de una vez por todas, tras haber cerrado el trato con Lacertio, a la larga lucha que Palfurnio había llevado a cabo contra él para dominar el mercado de los juegos del circo en aquella parte de Campania-, joven, la amistad es algo hermoso, pero será mejor que hoy sigas tu camino sin rendirle los honores que te honran, pero que pondrán tu vida en peligro. Además -prosiguió, mirando el cielo negro y señalando con un gesto á los despavoridos pompeyanos, que desfilaban estrechando contra su pecho lo que quedaba de su fortuna y arrastrando de la mano a sus hijos llorosos-, a ti y a tus compañeros os interesa refugiaros lo antes posible, antes de que esta ciudad quede absolutamente reducida a cenizas.
Pero Honorio no era de la misma opinión.
–Gracias por tus palabras -repuso-, pero te ruego que me expliques por qué razón la puerta de esta morada está destrozada y por qué hombres de Palfurnio alfombran el suelo ante mis ojos… Y esos gritos que se oyen,
¿puedes decirme lo que significan? ¿Has venido quizás a saquear esta casa tras la marcha de su propietario?
Efestio meneó la cabeza.
–Presuntuoso desconocido, si no te pliegas a mis prudentes palabras se impondrá la ley del más fuerte…
Liberado por estas palabras, el samnita que tenía a raya a Honorio levantó su espada con la intención de derribar al joven asestándole un golpe con el arma plana, al tiempo que otros aparecían por el jardín y rodeaban al lanista.' El samnita asestó el golpe, pero seis flechas lanzadas por los arcos de los seis persas se clavaron en los presentes, dejando a Efestio solo, de pie en medio de hombres que se retorcían de dolor en el suelo, crispando las manos en la madera de las saetas que los torturaban o yaciendo en la inmovilidad de la muerte.
El lanista de Herculano, estupefacto, se encontraba frente a Sila, que había avanzado hacia él.
–¿Quién eres -preguntó el galo- y qué haces aquí? Esta vez responde, porque las flechas no tienen tiempo para esperar…
–¿Que qué hace aquí? – exclamó Honorio, que se había levantado con el mentón ensangrentado a causa del golpe que había recibido-. ¡Está con sus sicarios, pagado por Lacertio, para atentar contra la vida de Palfurnio y sacar a Esporo del sótano!
–¿Y quiénes sois vosotros? – preguntó Efestio, presa ahora de una gran inquietud.
Sila hizo un gesto negativo con la cabeza.
–Permíteme que no te responda, reúne a tus hombres y márchate con ellos sin tardanza. Si entro en ese jardín para liberar al que asedias, no dejaremos vivo a ninguno de vosotros.
1. Nombre que se daba a los propietarios de gladiadores.
Efestio se sintió más encorvado y triste que nunca. Había perdido su última batalla contra Palfumio y pensó que si el volcán llegaba a aniquilar
Herculano después de Pompeya, y él perecía en los edificios de su escuela en quiebra, ello constituiría un fin aceptable en vista de la miseria que le esperaba después de que todos sus bienes hubieran sido vendidos para pagar las deudas.
Honorio y Sila encontraron a Palfurnio y a los hombres que le quedaban a éste atrincherados en el sótano. Tuvieron que pasar por encima de los muertos y los heridos para llegar hasta ellos, y desgañitarse para que los asediados los oyeran desde el fondo de su escondrijo y acabaran por reconocer la voz de Honorio. Entonces desmontaron las barricadas. El agua les llegaba a las rodillas, pues los hombres de Efestio habían empezado a inundar los sótanos, desviando hacia éstos los conductos que alimentaban en abundancia la casa y los jardines.
–¡Honorio, por fin llegas! – exclamó Palfurnio, que no había perdido las esperanzas-. ¡Ya era hora! ¡Querían convertirnos en animales acuáticos!
¡No nos enviaban a Plutón, sino a Neptuno! ¿Y quién es éste? – preguntó al ver al galo-. ¿Es posible que sea Sila?
–Lo es, en efecto -dijo el joven.
–¡Ave, Sila! – dijo Palfumio-. Sé bienvenido a lo que queda de mi casa…
Honorio ha debido de contarte lo que ha sucedido entre él y yo, ¿no?, y cuánto lamento haberte perjudicado…
–Lo sabe todo -le interrumpió Honorio-, pero ¿tu galera está a punto? Todo cuanto reposa en la superficie del suelo va a quedar aniquilado…
–Está esperando. Me disponía a ir al puerto cuando Efestio y sus hombres han aparecido. ¡Han subido hasta mi terraza con escalas, tras haber derribado la puerta delantera a hachazos! ¡La delantera y la trasera, así es como se actúa con Palfumio, evidentemente! Estaban bien informados…
Mis hombres han luchado como leones y me han obligado a esconderme en el sótano. ¿Lo ves? ¡Y tú decías que me traicionarían! Han cumplido su contrato hasta el final. ¡Todavía queda gente de palabra en la tierra!
–Y tú, Palfurnio, ¿me habrías esperado a bordo de la galera hasta la noche, tal como habíamos acordado?
Palfurnio miró al joven sonriendo.
–Mi querido Honorio -respondió, asiéndolo del brazo-, no hay que buscar la perfección en todo, los filósofos lo desaconsejan… Además, quienes deciden son los dioses, como una vez podemos comprobar…
Partieron hacia el puerto, abandonando la hermosa morada destrozada a la ruina que el volcán hacía reinar por doquier.
Ante la puerta de Nola, la mula que transportaba a Polión y que Sila y los demás habían olvidado, se había detenido junto a otros animales de montura o de tiro abandonados a su suerte, exhausta y asfixiándose a causa de la ceniza que aspiraba desde hacía horas, y el propio Polión permanecía atado a su lomo, con la cabeza sobre el cuello del animal.
Estaba muerto, y, en el desorden final de la aniquilación de la ciudad, los últimos fugitivos que avanzaban dificultosamente entre las cenizas no le prestaban más atención que a los demás cadáveres.
Las escenas que se desarrollaban en el puerto no tenían nada que envidiar a las que se producían en la ciudad y sus calles. El viento silbaba con violencia y agitaba el mar, un infortunio que se sumaba a los demás, y muchos de los que habían fletado naves o barcas de pesca, cargando en ellas sus bienes y sus esclavos, se veían ahora obligados a abandonarlas, pues ningún barco podía salir contra aquel viento excepto las galeras sólidamente equipadas con remeros. Se veía a aquellos desdichados en los muelles, buscando una carreta para llevar sus posesiones por el camino que conducía a Herculano bordeando el mar. Pero la ceniza que se acumulaba hacía vana su última esperanza. La muerte reinaba por doquier en Pompeya.
La mayoría de los edificios y de los almacenes portuarios se habían incendiado, añadiendo una sofocante humareda a las cenizas sulfurosas que seguían cayendo. Honorio, que ahora sólo pensaba en Nais, había corrido
hacia el puerto delante de los otros y, al llegar al muelle, vio las galeras de la flota Menesio en su sitio. Pero también ardían. Tan sólo parecía indemne aquella a- bordo de la cual estaba instalado el sobrecargo. Todos los hombres disponibles de lo que quedaba de las tripulaciones se dedicaban a regar sin descanso el puente y el aparejo, con la esperanza de impedir que se declarase el incendio, aunque el sobrecargo debía de saber que no tenía suficientes remeros para hacer que su nave zarpara contra el viento y que estaba atrapado. Como todos los que vivían en Pompeya, había subestimado hasta el último momento el peligro que Vesbius había lanzado sobre la ciudad.
Con el corazón palpitante, Honorio se precipitó hacia la galera donde se había alojado y que ardía como las demás. Los marinos que se afanaban en aquella donde permanecía el sobrecargo indeciso y desesperado, recorriendo de un extremo a otro el puente, al ver que se dirigía hacia las llamas le dijeron a gritos que estaba loco y que embarcara de inmediato con ellos para disponer de un remero más. Él desapareció en la humareda que giraba en volutas en el puente, contestándoles que su esclava estaba a bordo y que debía salvarla, cosa que los dejó atónitos. Llegó a la escalera principal, pero le asaltaron las llamas rugiendo y empezó a perder la esperanza de encontrar a la desdichada Nais con vida. Sin embargo, la escalera trasera, pese a estar invadida por el humo, le pareció practicable y se abalanzó por ella para dirigirse a la crujía que conducía a su camarote.
Allí encontró un calor insoportable y el olor acre de las pinturas que empezaban a arder en las paredes. Al llegar por fin ante la puerta que había protegido sus amores serviles, la golpeó con todas sus fuerzas gritando el nombre de su esclava.
La puerta se abrió y Nais, medio asfixiada, se arrojó en sus brazos llorando.
Él, conmovido, la abrazó también con lágrimas en los ojos. Por obedecerle y esperarle, se había quedado encerrada allí pese al fuego y al volcán, consciente de que no tenía nada en el mundo aparte de aquel amo ocasional que el azar había puesto en su miserable camino, y prefiriendo la muerte a la soledad que la esperaba en el seno del caos reinante en el exterior, en un universo que para ella era de todas formas un caos temible, incluso cuando los volcanes no estaban en erupción. Honorio acercó su boca a la de ella y
Nais le devolvió el beso con ardor; y él pensó, pese al incendio y a la urgencia de la huida, arrojarla a la cama para poseerla en aquel mismo momento, pues la intensa emoción que se había apoderado de ellos presagiaba un coito de una calidad excepcional.
Sin embargo, tuvo un acceso de sentido común y la asió de la mano para conducirla por el camino por el que había llegado hasta allí. Desde el puente, mientras ambos corrían a través del humo, vio al grupo capitaneado por Sila avanzar por el muelle hacia una hermosísima trirreme cuya tripulación, a semejanza de la del sobrecargo, inundaba sin parar la nave mediante chorros de agua que una bomba manual accionada por seis hombres sacaba del mar: era la galera fletada por Palfumio.
Éste, caminando junto a Sila, se dio a conocer al piloto que mandaba a bordo, y la comitiva subió la pasarela de acceso que se apoyaba en el muelle. Esporo iba tendido en las parihuelas donde Sila había hecho que lo ataran antes de salir del sótano de casa de Palfurnio. Los vendajes que envolvían su cabeza sugerían que se trataba de un hombre gravemente afectado por la lluvia de fuego, mientras que su presencia tenía por objeto que nadie pudiera reconocerlo y que le fuera imposible abrir la boca.
Sila empezó por preguntarle al piloto cuántos remeros había. Éste le respondió que había suficientes para navegar a una velocidad media, con las pausas habituales durante las cuales reparaban fuerzas, pero que evidentemente la mala mar y el viento contrario harían la salida del puerto muy difícil y que «todo el mundo a bordo se acojonaría». Sin embargo, corrigió, una vez mar adentro el oleaje sería menos peligroso y sin duda habría posibilidades de izar la vela, ya que después de salir del golfo se dirigirían hacia el sur.
El galo le preguntó entonces que ocurriría si, por el contrario, quisieran ir hacia el norte.
–Sería una solemne idiotez -respondió-, además de que en esa dirección quedaríamos reducidos al uso exclusivo de los remos… Pero ¿no quedamos con Palfurnio en que navegaríamos hacia el sur y rodearíamos Sicilia para
dirigirnos a África?
–¿Me concederías media hora para reclutar más remeros de refuerzo? –
preguntó el galo sin hacer caso a las palabras de su interlocutor.
–Sin duda podríamos navegar más de prisa, y la salida del puerto resultaría menos peligrosa. Pero, con esta mierda que nos cae encima -añadió, dirigiendo la mirada hacia la ciudad bajo su capota de ceniza-, esa media hora puede costarnos cara…
Sila hizo caso omiso, llamó a voces a Cotio y le ordenó que fuera con sus compañeros a reclutar, entre el desconcierto que reinaba en los muelles, hombres fornidos capaces de remar a cambio de un medio seguro de salir de allí. Desde el puente de la galera, el galo veía a todos los que erraban entre las cenizas sin saber adónde ir, y al llegar al puerto había reconocido a condenados de la mina en busca de alimento, vestidos con lo que habían encontrado en las casas abandonadas por sus propietarios.
Cotio y los veteranos regresaron en el plazo prescrito con unos sesenta hombres, presidiarios de la mina escapados y mozos de cuerda que ofrecían sus servicios para descargar naves por unos ases al día, a los que se sumaban algunos esclavos de baja categoría cuyos amos no habían querido cargar con ellos en su huida.
Tras contarlos y constatar su aptitud para el manejo de los remos, el piloto le mostró su satisfacción a Sila. Declaró que, después de haber pasado la zona peligrosa gracias a aquella fuerza suplementaria, formarían dos equipos, los cuales remarían por turnos con un intervalo de descanso de dos horas. Así podrían mantener una velocidad excepcional, muy útil para personas que parecían tener mucha prisa por alejarse de Italia.
La galera salió del puerto, tras haber embarcado además de su tripulación todos los hombres que le quedaban al sobrecargo y el propio sobrecargo, ignorando que iba en la misma nave que Sila. Aquella nave hendía las olas hostiles que golpeaban su proa de plano, barriendo el puente, donde todos aquellos que tenían algo que hacer allí se habían estibado firmemente en sus