Gladiadores
El caballo número XX
abogado se levantó-. ¡Reflexiona, Palfurnio! Pero no demasiado, porque no tienes tiempo que perder.
–¡Espera! ¿Adónde vas? ¿Dónde podré encontrarte?
–En el puerto. En las galeras de la flota Menesio que querías comprar.
Palfurnio permanecía inmóvil en la banqueta. Honorio se volvió de espaldas al Vesubio y cruzó la estancia para marcharse. Cuando se disponía a bajar la escalera, oyó la voz de Palfurnio que gritaba desde la terraza:
–¡Por todos los dioses! ¡Te pongo por testigo, oh Vesbius! ¡Cuento con mis gladiadores, con mis esclavos devotos! ¡Mataré a quienquiera que venga!
¡Lucharé! ¡Nadie me arrebatará esto!
Honorio intuyó que su víctima se refería al bello paisaje que se extendía al pie del volcán. Los esclavos, atraídos por los gritos de su amo, subían la escalera corriendo.
Éste apareció en el rellano en el momento en que Honorio cruzaba el atrio.
–¿Lo oyes, Honorio? – gritó-. ¡Lucharé! ¡Los mataré a todos!
1. Nombre del volcán en la época.
–¿Incluso a Domiciano? – repuso el joven abogado, que se había vuelto antes de franquear el peristilo.
–Domiciano… -repitió el otro en un tono menos guerrero. – ¡No olvides a Domiciano! – insistió Honorio al salir.
–¡Vuelve a verme! ¡Pronto! ¡No me dejes solo, por todos los dioses!
¡Honorio!
El caballo número XX
Después de una semana transcurrida en el aburrimiento y la abstinencia, esperando en la galera donde había instalado su domicilio a un Palfurnio que no daba señales de vida, Honorio, inquieto al ver que sus asuntos no avanzaban, se dirigió a la morada en cuyo seno había sembrado el temor unos días antes.
Encontró cerrada la gran puerta de dos batientes, antes siempre abierta, por la que se accedía a los jardines que se extendían ante la casa. Había que entrar por una pequeña puerta practicada en el muro. Varios gladiadores montaban guardia, unos armados con una espada, otros con un tridente.
Honorio les dijo que era un amigo del señor de la casa y que deseaba verlo enseguida. Le hicieron pasar a una especie de garita, también habilitada recientemente, donde tuvo que responder a un interrogatorio. Le hicieron redactar una tablilla para ser entregada a Palfurnio, en la que constara su nombre y el motivo de su visita, y se le indicó que esperase en una banqueta, en un cuartito contiguo iluminado por una ventana provista de rejas.
Un rato después le anunciaron que el señor, efectivamente, aceptaba recibirlo inmediatamente. Sin embargo, le pidieron que se desnudara. Pese a sus protestas, Honorio, hijo de Caedo, tuvo que mostrar incluso la verga y los testículos ante varios gladiadores guardias atentos. Uno de éstos introdujo un dedo entre sus nalgas y lo hundió profundamente en el ano.
–¡Por todos los dioses! – se indignó el joven-. ¡Os aprovecháis de las necesidades de protección de vuestro amo para excitar vuestra lubricidad!
El que parecía tener la responsabilidad de la inspección de los visitantes lo miró severamente.
–Te equivocas, Honorio -dijo-. ¡No es con el corazón alegre como metemos nuestros dedos en lo que es una cloaca! Nos limitamos a cumplir nuestro
deber. Un asesino intentó introducir un arma en la habitación de Palfurnio mediante un tubo oculto en el ano, y fue descubierto gracias a nuestra vigilancia… Honorio se encogió de hombros. Luego, tras haberse vestido, se dejó conducir hasta la gran escalera doble que permitía acceder a la estancia del anfitrión. Éste apareció ante él en el umbral de la antecámara.
–¡Sube, amigo! – dijo-. ¡Estás en tu casa! Perdona la inspección que has tenido que sufrir, pero la regla es para todo el mundo… -En cuanto el joven llegó a lo alto de la escalera, Palfurnio lo asió amigablemente del brazo-.
¿Podrás creerlo? – prosiguió, conduciendo a su visitante a la antecámara, donde no había más que dos esclavos detrás de una mesa repleta de bebidas y manjares. Un joven bello como un dios se introdujo aquí para introducirme, si me permites tomármelo a broma, y se había introducido, en el lugar por donde a uno suelen introducirle, un tubo de metal que contenía un fino estilete con la hoja envenenada y que me estaba destinado. De no haber sido por la astuta vigilancia de mis hombres abajo, habría sido apuñalado en el preciso momento en que gozaba. En cierto modo, habría sido una hermosa muerte… -Señaló las botellas rodeadas de hielo, los sorbetes y los diferentes pasteles de ave o de pescado-. Pero ¡toma algo para refrescarte! No tienes nada que temer, todos los esclavos que lo han probado esta mañana aún gozan de una estupenda salud…
–¿Y qué has hecho con tu bello asesino? – preguntó Honorio, sirviéndose un panecillo.
–Desgraciadamente; no sólo no pude disfrutar de él, sino que ha sido preciso destrozarlo para averiguar quién le había sugerido esa descabellada idea.
–¿Y quién ha sido?
–Desgraciadamente de nuevo, no ha querido decirlo pese a los esfuerzos de todos los que se han dedicado a esa tarea…
–¿Qué habéis hecho con sus restos?
–¡Pero si no está muerto! ¿Crees que mis hombres son unos torpes? Está en uno de nuestros sótanos… Vamos a verlo -dijo, arrastrando a su visitante fuera de la antecámara-. Tal vez contigo confiese para salvar lo que le queda de vida. Un abogado astuto como tú sabe interrogar a esa clase de gente…
Acompañados por los guardias que esperaban al pie de la escalera, recorrieron pasillos hasta llegar a una puerta que conducía a los sótanos.
Penetraron en una habitación iluminada por un tragaluz. El que había ido a matar a Palfurnio de una forma tan refinada estaba colgado de una cadena sujeta por un extremo a una anilla en el techo, y por el otro a una barra que pasaba por debajo de sus axilas y a la que se hallaban atados sus brazos.
En el suelo, junto a la pared, una muchacha de cabellos rubios estaba tendida, inmóvil, sobre un montón de paja; su túnica desgarrada dejaba ver unos hermosos senos y en su rostro se apreciaban marcas producidas por golpes.
–¡Está muerta! – exclamó Honorio-. ¡Todo esto es absolutamente ilegal!
Podrían perseguirte por…
–No está muerta en absoluto, querido amigo -le interrumpió Palfurnio-. Ella no era más que un accesorio, destinado a completar por delante lo que el otro había venido a hacer por detrás, y no ha recibido más que unas cuantas bofetadas. En cuanto a lo de ser perseguido por esto, podría serlo por tantas cosas que ésta no contaría mucho…
Honorio se dirigió al que estaba colgado. Tenía, efectivamente, un cuerpo hermosísimo, de brazos musculosos y vientre como el de las estatuas de atletas que adornan las termas en la palestra, y el abogado pensó que no habría tenido ninguna dificultad en acabar con Palfurnio estrangulándolo, sin tomarse la molestia de llevar ese estilete que había sido su perdición.
Pero había querido hacerlo demasiado bien y, con toda probabilidad, disponer del tiempo necesario para huir por la terraza, tras haber sumido silenciosamente a su víctima en el último sueño.
El joven abogado se acercó para ver mejor el rostro cuyos ojos permanecían cerrados, pues la sangre mantenía pegados sus párpados.
–¿Me oyes? – preguntó.
El torturado emitió un sonido ininteligible.
–¿No sabes quién te ha dado el dinero a cambio de matar a Palfurnio? La información nos interesa más que nada en el mundo. Si nos la dieras, haría que te liberasen y te pagaríamos una suma todavía mayor. ¿No es cierto, Palfurnio? – añadió, volviéndose hacia el dueño de la casa.
–¡Desde luego! – aprobó éste-. ¡Olvidemos que querías matarme! Después de todo, cada cual se gana la vida como puede…
El colgado balbució algo que significaba que lo único que sabía ya lo había dicho.
–Le creo -declaró Honorio-. No podía ser de otro modo. Le enviaron a un desconocido que le propuso el trato, y él no sabe nada más.
A continuación se acercó a la muchacha. Se había despertado y volvía hacia él un rostro muy hermoso pese a la equimosis, con unos grandes ojos azules y unos labios carnosos. Llevaba en el tobillo una anilla de esclava de bronce. Honorio se volvió hacia Palfurnio.
–¿Qué haces con ella?
–¡No hago nada! Debe de ser de nuestro amigo, el que cuelga de ahí… ¿Por qué? ¿La quieres?
–Si te parece bien, me la llevaré.
–¡No puedo negarte nada! De todas formas, es idiota y no sabe nada. En cambio, en una cama estará en el lugar que le corresponde… -Palfurnio llamó a uno de los guardias, que se habían quedado en la entrada del
sótano-. Acompaña a esta muchacha a las termas de las mujeres. Haz que se lave y di de mi parte que le den dos o tres vestidos apropiados. Es un regalo que le hacemos a nuestro amigo Honorio.
Palfurnio asió a éste del brazo y lo condujo al exterior. Regresaron al atrio a través de los pasillos.
–No eres razonable -dijo el joven abogado al pie de la imponente escalera-.
Debes decidirte. Los que desean tu muerte no te dejarán. Y algunos de tus gladiadores te traicionarán de un momento a otro. Sal a escondidas de tu fortaleza durante la. noche y ven a la galera donde te espero. Iremos a Roma, a casa del senador Rufo.
–¡No! Todos los hombres que ves aquí han sido escogidos con esmero. Les he hecho a cada uno de ellos un contrato según el cual dentro de un año recibirán su libertad, junto a una elevada suma de dinero, si todavía sigo con vida. Saben lo que les interesa.
Honorio hizo un mohín dubitativo.
–No durarás un año así… En fin, Palfumio, sabes dónde encontrarme. La solicitud de revisión sigue su curso. Pero, si no quieres ayudarme, no podré quedarme mucho tiempo en Pompeya, donde corro el riesgo de ser reconocido por los hombres de Lacertio.
Ambos hombres regresaron a la mesa de la antecámara, donde Honorio comió y bebió. Luego se presentó un guardia para anunciar que la esclava estaba a punto y esperaba abajo.
–Honorio -dijo el señor de la casa-, desde que te conozco, lamento haber perjudicado a tu amigo Sila. Yo no sabía nada de él. Me pidieron que redactara unas tablillas falsas; estaba muy pagado y las hice. Debo mantener mi tren de vida, que es muy dispendioso como puedes imaginar.
¡Los ingresos de la agricultura no bastan! Antes me pidieron veneno. ¿Sabía yo acaso que era para Menesio y cómo era ese Menesio? ¿Es que obedecer al hermano de César, en Roma, es un crimen en nuestros días?
–La respuesta es sí -dijo el joven abogado.
–Sin duda -admitió el falsificador, meneando la cabeza-. No era capaz de enriquecerme siendo honrado. Era mi destino… Pero, ahora que pienso -
prosiguió, apretando el brazo del joven-, ¿necesitas dinero? ¡Tu cliente no debe de pagarte gran cosa en el estado en que se encuentra en este momento! ¿Quieres oro? ¿Cuánto? ¡Pide! ¡Seguiré estándote agradecido!
–Gracias, pero me mantiene una comerciante acomodada. La convencí de que me ayudara a llevar adelante la revisión de este proceso en beneficio de mi futuro, y yo, a cambio, hago lo imposible para contentarla en la cama…
–¿Es realmente lo imposible? – preguntó Palfumio, riendo.
–¡Ya lo creo! Está deforme, a pesar de los masajes y la gimnasia que practica con objeto de hacer mi tarea menos pesada…
–Entonces, ¡aprovecha bien a esa esclava rubia! No debe de tener mucho más de diecisiete años. Con ella, por el contrario, todo es posible, ¡y Príapo estará contento!
Honorio bajó los escalones de mármol bajo la mirada sonriente de su amigo Palfumio, que le hacía un gesto de despedida con la mano.
La muchacha siguió dócilmente a su nuevo protector a través de las calles, unos pasos detrás de él, como le correspondía a una esclava. Llegaron al puerto y recorrieron el muelle hasta llegar a la pasarela por la que se accedía a la galera donde estaba instalado Honorio. El joven la condujo a su camarote y cerró la puerta tras ellos. La muchacha contempló los platos con restos de comida, la ropa sucia en el suelo, la cama deshecha y atestada de rollos de obras de derecho que Honorio, siempre estudioso, había tomado prestados de la biblioteca jurídica de la ciudad para no aburrirse.
–¡Vaya! – exclamó-. ¿Aquí es donde vives? ¿No limpia nadie?
–No -respondió Honorio, sentándose en la cama.
–¿Dónde están las cosas para limpiar?
–Lo ignoro. Sal y busca-dijo, echándose hacia atrás sobre la sábana sucia.
Ella, obediente, salió a cubierta y abrió dos o tres puertas antes de encontrar a tres hombres sentados en el suelo, que jugaban a las tabas. Les preguntó dónde podía encontrar un cubo, escobas y cosas por el estilo. Le respondieron con bromas obscenas, que por lo demás ella ya se esperaba.
Uno de los hombres señaló hacia su sexo y le dijo, riendo escandalosamente, que él podía prestarle ese palo de escoba y que no corría peligro de romperlo, pero que, si lo agitaba demasiado, recibiría un buen chorro en la cara. Al final, el que tenía más edad de los tres, apiadándose de ella, le indicó que bajo la escalera que conducía al puente había un cuarto con todo lo que necesitaba.
La muchacha regresó al camarote provista de un cubo y cepillos y empezó a poner orden para poder fregar. Mientras Honorio permanecía en la cama meditando, ella echó agua al suelo y se arrodilló para limpiar el suelo a fondo. La mirada de Honorio se encontró con la grupa de su cautiva y tuvo una erección. Llevaba más de una semana solo en aquel camarote y era consciente de por qué le había pedido a Palfurnio que le cediera a esa esclava.
Honorio liberó su falo y bajó de la cama; después, se acercó a ella y le levantó la túnica. La muchacha no llevaba nada debajo, como la mayoría de las esclavas, y el joven abogado se arrodilló e introdujo su miembro entre los muslos de ella, que se esperaba lo que estaba sucediendo y siguió trabajando. Él le cogió un pecho con una mano, mientras con la otra preparaba el camino por el que se quería adentrar.
–¿Es que no puedes esperar a que acabe? – dijo ella, sin interrumpir el movimiento de vaivén de su cuerpo que acompañaba el empleo resuelto del cepillo en el suelo.
La muchacha hablaba en un tono tranquilo que revelaba su carácter plácido.
Sin embargo, Honorio la penetró, agarrándole el otro pecho con la mano que ya le había quedado libre. Se movía, oprimiendo los pechos de la joven, y notó que ésta se humedecía. Ella no tardó en soltar el cepillo para apoyarse en el suelo y responder con la grupa a los esfuerzos metódicos de su nuevo amo. Apenas tenía diecisiete años, como había comentado Palfurnio en el sótano, y la naturaleza imponía sus dictados.
Honorio se esforzó en prolongar el acto, resistiéndose a los gemidos de su esclava, que le incitaban a abandonarse. Quería demostrarle que tenía intención de preocuparse por ella y que, en lo sucesivo, su deber primordial sería participar activamente en aquellos juegos, quedando los trabajos domésticos en un segundo piano. No se liberó hasta que notó que ella había llegado al límite de sus fuerzas después de varios orgasmos sucesivos.
Entonces se tumbaron en el suelo sin separarse uno de otro.
Tras un rato de silencio, mientras que ella permanecía tendida junto a él, después de haberse dado la vuelta, Honorio se sentó.
–¿Cómo te llamas? – le preguntó.
Ella se encogió de hombros, consciente de que no era más que un objeto del que los demás disponían a su antojo y que, por consiguiente, su nombre no tenía mucha importancia.
–Nais -respondió sin convicción.
–¿Y el hombre que quería matar a Palfurnio?
–Me dijo que se llamaba Saturio.
–¿Cómo lo conociste? – prosiguió el joven abogado.
–Yo estaba en venta en Herculano. Él llegó al mercado, me vio, me examinó los dientes y quiso ver cómo estaba hecha -dijo, señalando su sexo con la mano-. Luego discutió con los vendedores y les dijo que buscaba a una muchacha muy hermosa, pero se marchó sin comprar. Al día siguiente
volvió, vio a otras chicas y también las examinó. Los vendedores empezaban a estar hartos de él. Al final me compró… Entonces pasé varios días en Herculano con él en una casa pequeña. Me explicó que tendría que acostarme con un tipo muy rico, mientras él lo ensartaba por detrás. Y
añadió que me compraría un brazalete de oro si hacía gozar al tipo y todo iba bien.
–¿Os quedasteis en Herculano?
–Sí.
–¿No salías de casa?
–Sí, algunas veces me llevaba con él.
–¿Sabes que alguien le dio mucho dinero para que matara a Palfurnio? Ella se encogió de hombros.
–Sí, claro que lo sé. Después de la paliza que me dieron en aquel sótano, no puedo no saberlo.
–¿Viste al sujeto que le dio el dinero?
–Vi a un tipo dos veces. Primero fue a la casa. Aquel día, Saturio me dijo que saliera al patio. Había un patio pequeño, donde estaba el aljibe y una tina, así que me dediqué a lavar la ropa mientras ellos hablaban.
–¿No oíste lo que decían?
–No.
–¿Y la otra vez?
–Fue en una taberna a orillas del mar. Habíamos comido allí.
–¿Era amable contigo? ¿Te llevaba a comer?
–Sí, se aburría. No conocía a nadie en Herculano.
–¿Y fue el mismo sujeto a la taberna? ¿Cómo sucedió? ¿Cómo llegó el tipo?
–A caballo.
–¡A caballo! ¿Recuerdas cómo era ese caballo?
–Sí, porque Saturio vio llegar al tipo desde lejos y me dijo: «Ve a sujetarle el caballo mientras yo hablo con él». Igual que la primera vez en la casa, cuando me envió al patio para que no oyese lo que decían.
–¡A caballo! – repitió Honorio-. Eso es interesante.
La muchacha no comprendía por qué aquello podía ser interesante, pero le daba igual.
–¿Recuerdas qué día fue?
–Fue, digamos…, hace un mes.
–Sí, pero ¿no puedes concretar más? – Ella reflexionó, deseosa de complacerle-. ¿No pasó nada extraordinario ese día, por ejemplo? – insistió Honorio.
–¿Cómo qué?
–No sé, en las calles… Una fiesta o algo de ese tipo. En esa época se celebra una fiesta de Neptuno.
–¡Ah! – dijo ella-. Puede ser. El día antes, vino gente a arrojar flores al mar y todas esas cosas, y habían sacrificado un buey en la playa porque, cuando llegamos, unos tipos estaban limpiando el lugar donde aquello había sucedido. Todo el mundo había pisoteado y dejado restos, y se veía sangre
de buey.
–Muy bien -dijo Honorio- Eres una buena chica. Ya sé qué día era: el siguiente al de las Ofrendas a Neptuno.
Le acarició los brazos, pero la muchacha pareció no percatarse de ello, pues sabía que ese tipo de cosas no eran para ella. Con ella, jodían y punto.
–¿Y el caballo de ese tipo? – prosiguió Honorio-. En tu opinión, ¿era de alquiler o de su propiedad?
Ella se echó a reír.
–¡Eres increíble! ¿Qué más te da que el caballo fuera o no de él? Honorio le acarició de nuevo el brazo e incluso le cogió una mano, que ella dejó entre las suyas procurando que permaneciera inerte.
–Puede ser muy importante -contestó él-. Intenta recordarlo. ¿Le diste de beber al caballo, por ejemplo? Era mediodía. Debía de tener sed.
–Sí, claro. Estaba sudando. Junto a la taberna había una fuente con una especie de abrevadero, y el animal tiraba hacia allí. Yo lo llevé al abrevadero.
–¿Había alguna marca en los arneses del caballo? Los caballos llevan algo de cuero en la cabeza. ¡Haz memoria!
La muchacha reflexionó de nuevo.
–Tienes razón. En el tira de cuero que llevaba en la frente había una banda roja.
–Entonces era un caballo de alquiler. ¿No llevaba nada más? Una placa o un medallón de cuero, por ejemplo, con un número. Todos los caballos de alquiler llevan un número…
–Sí -dijo ella-. Llevaba una placa redonda.
–¿Con una cifra grabada?
–Sí, había una cifra…
–Si pudieras recordar esa cifra, sería estupendo -dijo-. Te harías merecedora de un brazalete de oro para cada pie…
La muchacha hizo una especie de mohín con sus labios carnosos.
–No necesito brazaletes de oro.
–¿Qué necesitas?
–Alguien que se quede conmigo y no me venda al cabo de tres meses.
Alguien que tenga una casa donde yo pueda quedarme, para no pasarme la vida volviendo al mercado para ser puesta en venta como un animal… -
Dirigió su mirada tranquila hacia él y le preguntó-: ¿Tienes una casa?
–En este momento, no; pero quizá tenga una muy pronto. Si pudieras decirme qué cifra había grabada en el medallón de cuero del caballo, eso facilitaría las cosas.
Esperó en silencio. Ella abrió una mano y, con un dedo de la otra, dibujó en la palma una X y después otra al lado.
–¿Diez y diez? – preguntó Honorio.
–Sí, creo que era eso. Lo recuerdo porque eran dos X. Si no, me habría resultado más difícil.
–¿Sabes contar?
Ella se encogió de hombros.
–Más o menos.
–¿Y leer?
–Un poco.
–¿Cómo has aprendido?
–Me enseñó un viejo que me compró cuando era pequeña.
–¿Se acostaba contigo?
–Claro. Me tocaba y me lamía. Me enseñó a leer y escribir. Pero, como era muy viejo, aquello no podía durar mucho tiempo.
–¿Lo lamentas?
–Sí, a veces. Creo que me tenía cariño y que me habría conservado. Lo malo de las personas viejas es que se mueren.
Honorio se levantó con la intención de vestirse.
–Espérame aquí. Cuando vuelva, te traeré algo de comer. – Se inclinó sobre ella como si fuera a darle un beso-. ¿Estás segura de que la cifra era veinte?
– le preguntó.
–Sí, estoy segura.
Él acercó su boca a la suya. La muchacha le observaba con mirada tranquila.
–No te esfuerces -dijo-. No te sientas obligado.
Honorio caminó por el muelle hasta el pequeño quiosco que funcionaba como puesto de alquiler de caballos y vehículos para los viajeros que desembarcaban en el puerto. Un esclavo burócrata estaba sentado, solo, tras
una mesita.
–¿Hay algún establecimiento de alquiler de caballos en Pompeya? –
preguntó el joven abogado.
–Estamos nosotros.
–¿Y quiénes sois vosotros?
–«Alquileres Esporo» -respondió el esclavo, en un tono que daba a entender que quienes no conocían el establecimiento Esporo probablemente eran unos catetos.
–¿No hay más?
–Hasta el año pasado estaba Malvinio, pero lo compramos nosotros -dijo con aires de suficiencia.
–¿Quieres decir que Esporo consiguió hundirlo con las marranadas que le hizo, para después poder quedarse con él?
–¿Lo que queréis es un caballo, o denigrar nuestro negocio con palabras sin sentido? – preguntó el esclavo, esta vez muy enfadado.
–Lo que quiero es que me digas dónde están los locales de Esporo en la ciudad.
–No hace falta ir a la ciudad; se puede alquilar aquí mismo. Siempre hay varios caballos disponibles cerca del puesto de percepción de las tasas portuarias, y dos están atados ahora mismo detrás de este quiosco.
–Te lo agradezco -dijo Honorio-. Primero les echaré un vistazo a esos dos.
El joven burócrata se encogió de hombros. ¿Ese tipo pensaba quizá que en Esporo alquilaban caballos en malas condiciones?
Honorio rodeó el quiosco. Bajo un tejadillo había, en efecto, dos caballos con muy buen aspecto. El corazón del joven abogado latió más deprisa al ver una cinta roja en la banda de cuero que cruzaba la frente de los dos animales. El organizador del intento de asesinato de Palfurnio había alquilado una montura en Alquileres Esporo, en una fecha próxima al día de las Ofrendas a Neptuno.
Honorio llegó al final de la calle de Estabias, donde se encontraban los locales y los establos de Alquileres Esporo, frente al arca de agua y muy cerca de la puerta del Vesubio, por la que se podía acceder fácilmente tanto al camino de Herculano como al que conducía al volcán. Entró en el patio atestado de carretas, de esclavos que iban de una cochera a otra, y de clientes que entraban y salían de la oficina.
Se presentó en ésta y pidió algunos datos e información sobre los precios de caballos y vehículos. Un empleado tuvo que consultar varios pergaminos y registros para responderle. De esta forma, Honorio pudo constatar que el establecimiento llevaba un control detallado de sus operaciones diarias.
Miró a los cuatro o cinco empleados presentes, y uno de ellos, más joven que los demás, le devolvió la mirada con complacencia. Honorio le sonrió y, en el momento de salir del local, se volvió para dirigirle una última mirada. Constató que aquella reacción era esperada y, tras cruzar el patio, salió a la calle. Luego entró en la taberna más próxima y se sentó a una mesa desde donde podía observar las idas y venidas que se producían en el establecimiento Esporo.
La tarde estaba tocando a su fin; el sol extendía sombras oblicuas y la brisa del mar ofrecía su frescor tras un despiadado día de verano. Honorio calculó que el joven chupatintas al que le había echado el ojo no tardaría en salir, una vez finalizado su trabajo. Pasara lo que pasase, el abogado de la herencia Menesio estaba decidido a esperar el tiempo que fuese necesario.
El joven apareció en el patio. Honorio se levantó inmediatamente de la mesa y salió a la calle para dirigirse hacia él, de manera que el encuentro pareciera fortuito. El muchacho lo encontró de pronto ante él y ambos sé
detuvieron.
–¡Vaya! ¿Ya has acabado de trabajar? – dijo Honorio.
–Ahora mismo.
–¿Tienes prisa por volver a casa?
–¡Oh, no! – contestó el otro rápidamente.
–Entonces ven a beber algo conmigo -dijo Honorio, asiéndolo del brazo. Lo llevó a la taberna y se sentaron a la mesa que el abogado acababa de dejar.
El muchacho seguía sonriéndole.
–¿Sois de Pompeya? – preguntó éste.
–De Roma, pero estaré aquí una temporada. – Miró a su interlocutor con una sonrisa insinuante y prosiguió-. ¿Te interesa tu trabajo en Esporo?
El otro se encogió de hombros. – Me he acostumbrado…
–¿Cuánto ganas?
–Ciento diez sestercios.
–No está mal -comentó prudentemente Honorio-. ¿Y dónde vives?
–No muy lejos de aquí.
El tabernero se acercó con una botella de vino fresco y dos vasos de barro cocido, que llenó. El muchacho bebió y, más animado, se lanzó.
–Si queréis, podemos ir a mi casa. Vivo con un amigo, pero trabaja por la noche, así que no estará. Además, no es celoso -añadió en un tono apesadumbrado.
Honorio puso la mano sobre la del muchacho.
–Eres muy amable, pero antes tengo que pedirte algo. – Pedidme todo lo que queráis.
–Necesito que me hagas un favor. Te daré el salario de un mes.
–¡No es una cuestión de dinero! Si puedo, lo haré muy gustoso. ¿De qué se trata?
–Quisiera que consultases el registro de los alquileres de caballos. –
Ignorando la sorpresa que leía en los ojos de su interlocutor, Honorio prosiguió-. Siempre anotáis el número de los caballos que se alquilan,
¿verdad?
–Sí, por supuesto. Se anota el nombre del tipo que lo alquila y el depósito que paga. Se le da un recibo y hay que apuntar también el número de ese recibo. Y, cuando devuelve el animal, se hace constar lo que ha pagado.
Todo…
–Tu patrón está muy bien organizado.
–¡Debe serlo! De lo contrario, no se sabría cuánto se gana. Además, aparte de los caballos están los vehículos. ¿Y qué es lo que queréis que mire? –
Bueno, lo que quiero saber es a quién se le alquiló el caballo número XX en la época de las Ofrendas a Neptuno.
El joven burócrata, un tanto desconcertado, se quedó callado.
–¿Sólo queréis saber eso? – preguntó luego.
–Sí -contestó Honorio, poniendo de nuevo su mano sobre la de él para animarlo a complacerle.
–Consulta mañana el libro y después nos encontramos aquí a la misma hora,
¿de acuerdo?
–¡No hace falta esperar hasta mañana! – exclamó el joven-. Puedo ir allí ahora. Algunos empleados se quedan en las oficinas hasta medianoche para atender a los clientes de última hora.
Se levantó. Honorio le vio cruzar la calle y entrar en el patio de Alquileres Esporo. Estuvo unos minutos en el interior de las oficinas y, después, el abogado le vio salir y cruzar la calle en dirección a la taberna. Llegó y se sentó de nuevo.
–He dicho que se me había olvidado anotar una cosa en el registro de los caballos -explicó.
–Y bien, ¿quién alquiló el caballo número XX? – preguntó Honorio.
–No fue alquilado.
–¿Cómo? – exclamó sorprendido el abogado.
–Durante dos semanas, una antes del día de las Ofrendas a Neptuno y una después, no consta en ninguna de las páginas del registro.
–¿Estás seguro? – preguntó Honorio, decepcionado.
Pensó que su nueva esclava se había equivocado o había dicho una cifra cualquiera para que la dejase en paz. Los esclavos hacen ese tipo de cosas.
–Y en tu opinión, ¿eso qué significa? – prosiguió-. ¿Estaba enfermo el caballo?
–Se me ha ocurrido que podía tratarse de eso y he consultado el registro de los caballos enfermos.
–¿Hay un registro de caballos enfermos?
–Por supuesto. Se anotan los medicamentos, lo que cuestan, las visitas del
veterinario, etcétera. Pero allí tampoco aparece.
–Entonces, ese caballo desapareció durante quince días. ¿Qué explicación puede tener eso?
–Es muy sencillo -contestó el muchacho tranquilamente-. Es lo que sucede cuando Esporo le presta un caballo a alguien sin cobrarle.
Honorio se esforzó en disimular la alegría que le causaba aquella revelación. ¡El. tipo del caballo trabajaba para Esporo, y Esporo era el agente de Lacertio en Pompeya encargado de vigilar a Palfurnio y todo lo demás!
El joven abogado había preparado unas monedas de cincuenta sestercios y se las dio al muchacho. Éste se sonrojó.
–¿Vamos ahora a mi casa?
–Oye…, te agradezco el ofrecimiento, pero esta noche me han invitado unos amigos y no me queda más remedio que acudir a la cita. Pero a principios de la semana que viene vendré a esperarte a la salida del trabajo y entonces iremos a tu casa. – Oprimió la mano que tenía entre las suyas-.
Estoy seguro de que pasaremos una velada agradable.
–¡Qué lástima! Esta noche también habría estado bien -dijo el muchacho, apenado.
–Pero no estás solo. Tienes a tu amigo. – Llega por la mañana. Y a veces acompañado.
–Ya… Perdóname. Y no lo olvides: ¡hasta la próxima semana!
–No lo olvidaré -respondió el joven burócrata.
Honorio dejó varias monedas de un as en la mesa para pagar el vino y se levantó. Se dirigió hacia la calle, no sin volverse para dedicarle un discreto
gesto de despedida a su conquista, que seguía sonriéndole. Se alejó por la calle de Estabias, que era una de las más concurridas de la ciudad, buscando con la mirada una tienda donde vendiesen todo lo necesario para escribir: plumas, tinta, pergaminos, estiletes para grabar, etcétera. Cuando la encontró, entró y pidió media docena de tablillas y un estilete. Cogió una de las tablillas y, apoyándose en la especie de atril instalado para los clientes, escribió estas palabras: «Sé quién: Esporo». A continuación ató las dos tablillas para ocultar lo que había escrito. La muchacha de la tienda le tendió un bastoncillo de cera y él, acercándose a la lámpara de aceite encendida permanentemente a tal efecto, fundió la cera y selló la cinta.
Pagó el importe de su compra -doce ases- y se mezcló con la muchedumbre nocturna, la que salía a la calle para disfrutar del fresco, la que se sentaba en los restaurantes y charlaba en las tabernas para olvidar las preocupaciones del día. Pompeya, al contrario que Roma, era una ciudad donde vivían bien tanto los pobres como los ricos. Circundada por su campo increíblemente fértil, que producía el mejor trigo de Italia y tres cosechas de legumbres al año, y abierta a través de un golfo a un mar encantador del que los pescadores recogían todas las mañanas unos productos fresquísimos, no había sido abandonada por sus habitantes pese al terremoto que la había destruido casi por completo dieciocho años antes. Todavía se seguía reconstruyendo después de tantos años, y los hombres de negocios y los patricios habían invertido fortunas en dicha reconstrucción, que el poder imperial había apoyado tanto mediante dinero del Estado como con medidas jurídicas adecuadas. El epicúreo Palfurnio, pensaba Honorio mientras se adentraba en la calle de Nola, que conducía a la puerta del mismo nombre y donde su nuevo amigo, el bribón falsificador y envenenador, había edificado su mansión por todo los alto, había tenido buen gusto al elegir el lugar de sus infamias. Sin embargo, tal como previera el joven abogado al marcharse de Roma, éstas se devoraban entre sí y estaban llegando a su fin.
Los gladiadores de la entrada reconocieron a aquel que se había ganado recientemente la amistad de su amo y le admitieron sin dificultad en la garita, donde les mostró la tablilla. Les rogó que le entregasen sin tardanza aquel mensaje, especificando que era de Honorio, hijo de Caedo.
Después tomó el camino del puerto. Al pasar ante el famoso establecimiento de Vinicio, el prestigioso vendedor de comestibles que surtía a todo Pompeya de padres a hijos desde hacía más de un siglo, recordó que Nais no tenía nada para comer. Deseoso de recompensar los esfuerzos que la joven había hecho por la mañana mientras limpiaba el camarote, Honorio compró lo mejor que había: lenguas confitadas en bonitas vasijas de cerámica, pasteles de ave cubiertos con sus plumas originales, un pescado en conserva, frutas de África y, por último, una botella de vino blanco y otra de tinto, con mucho hielo. Vinicio, el tataranieto del fundador, era un hombre corpulento que acudía todas las noches a su establecimiento, ataviado con un uniforme blanco de cocinero, a la hora en que la venta estaba en su apogeo. Deseoso de complacer a aquel cliente nuevo y derrochón, regañó al esclavo que le atendía y puso a su servicio a un chiquillo con dos cestos para que le llevase la compra a su casa.
Honorio caminó delante de su recadero a paso ligero, con el corazón alegre tras haber atravesado tantos momentos difíciles. Había encontrado al que llevaba los asuntos secretos de Lacertio en Pompeya sin pagar oro ni dar puñaladas, utilizando tan sólo su capacidad de razonamiento, aprendida en las escuelas de derecho donde había estudiado con ahínco, y la idea de los orgasmos que su esclava le había proporcionado y le seguiría proporcionando añadía a aquella dicha un toque sensual. Montó a bordo de la galera con la mejor disposición de ánimo posible. Desde el muelle había visto a Nais, que le esperaba sentada en el puente, seguramente cansada de estar encerrada en el camarote. Le dio un sestercio al porteador, que le besó la mano.
Después de haber mirado sin decir nada todo lo que había en los cestos, la joven esclava comenzó a comer y beber.
–¿Tenías hambre? – preguntó el abogado de la herencia Menesio. Ella asintió con la cabeza.
–¿Cuánto tiempo llevabas sin comer? – dijo, recordando que la había