Gladiadores

Roger Maure · Capítulo 26 de 48

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Gladiadores

El hombre del spoletarium

–¿Y qué crees tú que veremos?

–Veremos que, por el propio peso de las cosas, Lacertio, que es un crápula, acabará por cometer el error que todavía no ha cometido y tú harás que le corten la cabeza. Entonces enviarás a un correo para rescatara Sila de la mina y todo el mundo estará contento. Excepto nuestro hermano Domiciano. Pero, de todas formas, él nunca está contento… -Hizo una pausa-. ¿Y sabes por qué nunca está contento? Lo sabes, ¿verdad?

Tito César Imperator no respondió.

El hombre del spoletarium

Cuando Metalla se despertó en su estancia subterránea, donde había dormido, pensó que encima de ella, más allá de la masa de piedra y arena que la separaba de la pista y las gradas que la muchedumbre llenaba con su disfrute ruidoso y cruel, Sila estaba disputándole su vida a las fieras. No había intentado volver a verle, pues sabía, por haberlo experimentado a menudo, que a quien debe prepararse para combatir y morir le conviene más permanecer solo consigo mismo.

Había llegado al anfiteatro antes del alba, había hecho galopar allí a su tiro y se había cruzado con el de la cartaginesa, guiado por sus cocheros negros, pues Achaica no había aparecido. Luego, a la hora en que la arena pasaba a manos de los encargados de dejarla en condiciones para los juegos, quitando los excrementos de los caballos y rastrillando y regando el suelo, bajó a sus aposentos para que le dieran un masaje y dormir.

Dentro de una semana estaría, como Sila en estos momentos, frente a la muerte, es decir, frente a aquella mujer de piel negra que había matado a

todos sus adversarios en África durante los años en que ella había derribado a los suyos de sus carros en Roma. Pero ella la mataría, porque era preciso que viviera por Alya. Hasta ahora, el odio, la embriaguez que le producía el rostro de sus enemigos en el instante en que la muerte pasaba por su mirada habían armado su brazo. En esta ocasión mataría por amor. Cuando las entrañas del circo hubieran engullido el cuerpo destrozado de la cartaginesa, anunciaría que no volvería a combatir nunca más. Al día siguiente pondría en venta la escuela de los Amarillos rayados de verde, compraría en Ostia una trirreme y ciento veinte remeros, embarcaría en ella a sus treinta mejores gladiadores para hacer frente a los piratas y se marcharía de Roma con Alya. La joven soñaba con regresar a su país, Judea, encontrar a los miembros de su familia que siguieran con vida, si es que quedaba alguno, y comprar a los que hubieran convertido en esclavos. Metalla no podía perder un combate en el que se jugaba tanto.

Luego se levantó. Algunos de sus sirvientes, obedeciendo la orden que les había dado antes de abandonar la arena por la mañana, fueron por turno a relatarle lo que sucedía arriba y cómo Sila y su falange de bandidos, pese a las numerosas heridas recibidas, resistían el ataque de las fieras ante la mirada de la multitud. Ésta, contando los cadáveres de los animales tendidos sin vida sobre la arena, ahora había tomado partido sin reservas por el galo. De un momento a otro, miles de pulgares se alzarían para reclamar el perdón, y si ella quería verle salir del anfiteatro como vencedor debía subir de inmediato.

Metalla salió al corredor subterráneo. Cuando pasaba junto a los orificios de ventilación, el clamor del circo golpeaba sus oídos. Caminó así hasta la escalera que conducía a la tribuna reservada a los propietarios de escuelas de gladiadores y de tiros de carros, frente al palco imperial, en el lado opuesto del circo. Cuando entró, todas las cabezas se volvieron hacia aquella que fuera la amante del patricio Menesio y que iba para ver con sus propios ojos, luchando contra las fieras, reducido a la abyección del castigo de los criminales, a aquel galo, llegado en extrañas circunstancias de su provincia, que la había hecho azotar antes de libertarla, sin que se supiera muy bien por qué había hecho lo uno y lo otro.

Metalla vio enseguida a su enemiga la cartaginesa sentada junto a Lacertio, así como el perfil de éste moldeado por la contrariedad que experimentaba ante el espectáculo de un cementerio de animales entre el cual evolucionaban los cazadores capitaneados por Sila, y al propio Sila escapando a la suerte que sus enemigos habían ideado pacientemente para él.

El galo y los cinco hombres con la ropa desgarrada que permanecían en pie dominaban el terreno. Hacían retroceder a las fieras supervivientes, que se apartaban a medida que los hombres avanzaban hacia ellas, ahora domadas, asqueadas por el olor de la sangre de sus congéneres. Habían reunido los cuerpos de aquellos de sus compañeros que habían caído, a fin de que los animales no pudieran hincarles el diente.

Una vez hecho esto, Sila se detuvo. Tenía en la mano el chuzo con el que había destripado a más de un animal. En las gradas se intuyó que se disponía a alzar el brazo con él en lo alto y a darse la vuelta lentamente a fin de ser visto por todos y dirigir al anfiteatro el gesto mediante el cual pediría el juicio del pueblo. En respuesta, miles de pulgares se volverían hacia el cielo, pidiéndole a César que ratificara en nombre de los dioses la decisión popular.

Metalla veía ya a Sila triunfador y salvado, cuando el rictus de odio en el rostro de Lacertio, que ella observaba en aquel momento y que era el de su derrota, se transformó en sorpresa.

La plataforma del ascensor que comunicaba con los sótanos reaparecía al nivel del suelo. Pero no subía la jaula que se esperaba, la destinada a ofrecer a los vencedores el medio de abandonar la arena para regresar a los sótanos del circo. Unos bestiarios con su túnica de leopardo estaban encaramados en su cima, y contenía seis tigres de Asia, seis enormes felinos que habían sido buscados con gran esmero, se notaba perfectamente por su tamaño, para figurar como colofón del espectáculo en esta ocasión única que era la inauguración del Coliseo. El anfiteatro se quedó mudo de sorpresa. Luego, el clamor popular prendió de una grada a otra, clamor de tormenta en el que la cólera de aquellos que deseaban la recompensa al valor del galo y sus

compañeros, se mezclaba con la excitación cruel de los demás, jamás saciados de sangre y sufrimiento, ante la idea de un nuevo espectáculo más terrible aún. Los vencedores de los leones, exhaustos tras el combate, tendrían que enfrentarse a fieras más pesadas y más ágiles. El olor de la sangre que manchaba el cuerpo de los seis héroes supervivientes, el olor a muerte de las entrañas dispersas por la arena ya embriagaban a los seis monstruos venidos de Asia.

Metalla estaba lívida. La alegría hizo a Lacertio levantarse, gritando y aplaudiendo. Achaica la cartaginesa permanecía como petrificada. Sila estaba perdido.

Metalla avanzó con expresión dura por la gran galería. subterránea, llegó a la entrada del recinto de las fieras y se detuvo en el umbral del despacho de Mesio.

El intendente de los bestiarios estaba de pie ante el pupitre donde hacía las cuentas y redactaba los informes que le exigía la administración del anfiteatro.

–¡Mesio! – dijo la esedaria en tono glacial- ¡Tú has. hecho eso! ¡Esos tigres no debían aparecer hasta el final de los juegos, y para luchar contra elefantes! ¡Tú has matado a Sila! Tú, Mesio, que dices ser mi amigo y el de Menesio… El intendente detuvo con un gesto la ira de la esedaria.

–Sabes perfectamente que no. La orden de que subiéramos esos tigres ha llegado en el último momento del palco imperial…

Metalla no decía nada. Apoyó la espalda en la pared.

–Tito César… -murmuró-. ¡Y quiere que se le llame el Justo! Mesio negó con la cabeza.

–No, no ha sido él. Como de costumbre, otro ha dado la orden a través de un mayordomo de la casa imperial, mientras César se hallaba ocupado en

otra cosa con sus secretarios.

–¿Quién?

–¿Quién es el espíritu del mal al lado de César? Si no toda la Ciudad, al menos el Foro conoce su nombre, que nadie osa pronunciar. Y él y sus amigos están aquí, e intrigan, y mienten, y César ni ve ni oye, y por consiguiente deja hacer…

Metalla salió del despacho de Mesio. Nadie podía hacer ya nada por Sila, aparte de ir a la máquina hidráulica del ascensor a esperar que sus restos descendieran de la arena, para ayudar a realizar el aseo mortuorio.

Metalla se había unido a los que esperaban: los hombres del spoletarium junto a las carretillas en las cuales se llevarían a los moribundos; los guardias vestidos con piel de leopardo, que les ayudarían a cargar esas carretillas; el cirujano principal del circo, Antilio Estrabo, y varios de sus ayudantes, cuya misión consistía en decidir quién debía ser rematado y quién podía recibir cuidados; y, por último, los sirvientes de los sótanos con sus cubos y sus estropajos, preparados para lavar la sangre con la que aparecía manchada la jaula cada vez que regresaba de arriba. Metalla vio también a un quincuagenario con aires de suficiencia, muy bien peinado, que se esforzaba en mantener un porte majestuoso con su toga de fina tela en la que figuraban las insignias de la casa imperial.

Arriba, la multitud expresaba su placer, que caía sobre todos los reunidos en la cita con la muerte.

Se oyó el chirrido de la máquina. La jaula empezaba a bajar. Apareció lentamente ante los ojos de Metalla y los demás, que permanecían en silencio. Primero vieron la sangre que goteaba; luego, a medida que llegaba a la altura de sus miradas, los cuerpos de seis hombres vencidos por los tigres, a los que se añadía el de un guardia con piel de leopardo mortalmente herido mientras le disputaba a las fieras los muertos y los moribundos. La plataforma se detuvo y los sirvientes abrieron una de las puertas de la jaula. En el silencio que siguió, Antilio Estrabo entró para

inclinarse sobre Sila.

Le vieron acercar una oreja al pecho ensangrentado que las zarpas habían dejado desnudo, desgarrando el traje de cuero que el galo se había puesto para el combate. Después de incorporarse, les hizo una seña a sus ayudantes. Éstos acudieron de inmediato para levantar el cuerpo inanimado del galo, que tendieron en una de las carretillas del spoletarium.

Todos observaban sin abrir la boca al cirujano, que buscaba el pulso con sus dedos y luego, apartando los jirones de cuero, examinaba las heridas una tras otra. El hombre con las insignias de la casa imperial intentó acercarse, pero Metalla lo vigilaba.

–¡Tú, atrás! – dijo, cerrándole el paso.

Frente a él, con el brazo extendido hacia delante, apoyó la mano en el estómago del mayordomo y lo empujó hacia atrás. Éste enrojeció de cólera.

– ¿Crees que puedes permitirte cualquier cosa -gritó- desde que no eres esclava?

–¡Aquí y ahora, sí! – respondió la esedaria-. Vuelve al lugar del que has venido, o haré que te degüelle en el acto uno de mis hombres. No lo haré con mis manos para no mancharlas.

–¡Ejecuto las órdenes de César! – replicó el mayordomo a voz en grito

¡Perecerás por crimen de lesa majestad!

La mano de Metalla lo empujó de nuevo, obligándole a dar un paso atrás.

Miró, a su alrededor, a los guardias del recinto de las fieras, los cirujanos, los gladiadores que habían llegado allí a través de la galería y los sirvientes del spoletarium. Ninguno se fijaba en él, el representante del poder que ocupaba un puesto arriba, en el palco imperial. Comprendió que era un extraño para todos ellos, ya que pertenecían a otro mundo, el mundo de la muerte en el circo, y se sintió impotente a pesar de su ira y de su toga.

Cuando hubo terminado de examinar a Sila, tumbado en la carretilla,

Antilio tomó la palabra, dirigiéndose a Metalla.

–No hay nada que podamos hacer. Todavía vive, tal vez dure unas horas, pero tiene tantos huesos rotos y le queda tan poca sangre en el cuerpo que no resistirá la operación. Además, si pese a ello lo intentáramos y llegase hasta el final, jamás tendría las fuerzas necesarias para luchar durante días contra la podredumbre de las llagas y soldar todos sus huesos fracturados.

De manera que es preferible dejarle en paz -concluyó.

–¡Al spoletarium! – gritó el funcionario imperial-. ¡Que lo conduzcan al spoletarium y que acaben con ese condenado!

Metalla se dirigió hacia él, le escupió a la cara y luego lo abofeteó con toda sus fuerzas. Al recibir el golpe, el hombre cayó hacia atrás.

Se levantó, tartamudeando de rabia y tragándose la sangre que manaba de su labio partido. Nadie se movió para ayudarle.

–¡Morirás en la cruz! – bramó-. ¡Hoy mismo!

–¡Imbécil! – le espetó Metalla-. ¿Crees que la plebe de Roma aceptará que muera antes de haber luchado contra la cartaginesa? ¡Todavía no te has enterado de lo que es el circo!

–¡César lo decidirá! – replicó el otro, que se sacudía la toga con manos temblorosas a causa de la rabia.

–¡César! – exclamó la esedaria-. ¿Crees que ignoramos que no ha sido César quien ha dado la orden de que subieran a los tigres a la arena? La orden que tú viniste a transmitir hace un momento… -Metalla avanzó hacia el funcionario, que retrocedió, y lo agarró con una mano de la toga, por debajo de la barbilla-. ¿Crees que no sabemos quién ha dado esa orden? –

El puño de Metalla, crispado, levantaba el mentón del personaje, aplastando su garganta, cortándole la respiración-. Escúchame bien, hombre sin nombre y sin honor, si Sila muere en el spoletarium… Tengo seiscientos gladiadores que me obedecen, aquí, en el Coliseo, y que están condenados a

perecer, y les ordenaré que te maten por la insolencia que demuestras hacia los que luchan por su vida… Ve a decírselo al que te envió, díselo en voz alta para que César te oiga y pregunte por qué, a ti y a los que te rodean…

¿Te atreverás? ¿Te atreverás? – repitió, sacudiéndole la cabeza-. ¡No te atreverás, porque queréis seguir pudiendo mentirle a César todavía durante mucho tiempo!

Lo soltó y le dio la espalda.

La carretilla que llevaba a Sila moribundo se acercaba al spoletarium. Éste se encontraba después del recinto de las fieras, al final del largo pasillo subterráneo que no conducía a ningún sitio más, pues allí llegaba a su fin el ciclo de muerte que comenzaba a la luz soleada del anfiteatro, entre los sonidos del concierto ruidoso de las tubas, los tamboriles y el órgano hidráulico que saludaba la entrada de los gladiadores.

En el momento en que llegaba a la puerta de ese lugar donde se remataba a aquellos a los que los cirujanos habían renunciado a operar, así como a los que los pulgares bajados del pueblo de Roma y de su Emperador habían negado el derecho a vivir, Metalla, que caminaba junto a la carretilla, oyó una voz potente al otro lado de aquella puerta.

–¡Cérulo! ¡Ya no queda hielo! ¿No te dije ayer que les pidieras mucho más a los intendentes? ¿Qué vamos a hacer ahora? Los cuerpos se descompondrán durante la noche con este calor. ¿Quieres que muramos todos aquí respirando las miasmas de la putrefacción? ¡Ve a ver a los de las cocinas y pídeles que nos cedan del suyo lo más rápidamente posible!

Esa voz… Metalla se detuvo, sorprendida, dejando que los sirvientes y el carro la adelantaran. Esa voz grave que se modulaba como la de un instrumento hecho para expresar toda clase de emociones, ¿dónde la había oído? Mientras la esedaria buscaba entre sus recuerdos, una emoción la invadió, como si el encuentro con aquella voz fuese a constituir para ella un acontecimiento importante… La carretilla entró en la vasta sala abovedada, en el centro de la cual había varias mesas de piedra destinadas a recibir a los moribundos, y Metalla entró tras ella. Un hombre alto, cuyo apacible rostro

sorprendía en un lugar dedicado al sufrimiento, permanecía junto a la mayor de esas mesas. La mirada de sus ojos azules expresó asombro al encontrar a la esedaria más famosa de Roma, a la que él no había visto más que de lejos, en la arena, durante sus combates.

–¡Qué honor! – exclamó, sonriendo-. ¡Metalla descendiendo a los infiernos!

¿Por qué vienes a vernos, cuando nosotros esperamos no verte jamás aquí…?

El hombre se calló. Metalla permanecía en silencio ante él y su rostro expresaba una intensa emoción. ¡Sertorio! La voz que había oído en la cantera subterránea, entre los cristianos, la noche en que fue a escondidas para ver a Alya con los suyos, para saber qué le decían sus sacerdotes. ¡La voz que salía del velo que cubría el rostro del hombre que predicaba aquella noche era la de Sertorio! El Sertorio del spoletarium, que remataba a los moribundos en un sombrío sótano del circo, era también aquel predicador que el sábado anunciaba que el amor de Cristo salvaría al mundo del sufrimiento…

–¿Qué te ocurre, Metalla? – preguntó.

Entonces dirigió la mirada al cuerpo tendido en la carretilla y creyó comprender que la emoción de la esedaria se debía a su interés por aquel moribundo, sin duda uno de sus gladiadores, al que le tenía más apego que a los demás.

–¡Ave, Sertorio! – dijo por fin Metalla con voz trémula-. Perdóname por ser descortés. Sólo te conocía de nombre, o al menos eso creía… Vengo porque te traigo a Sila, al que los tigres han vencido.

–¡El galo Sila! – exclamó, acercándose a la carretilla-. ¿Es posible?

¿Todavía vive?

Sacó del bolsillo de su túnica un espejito de plata bruñida y lo colocó ante la boca ensangrentada del moribundo. Como toda Roma, Sertorio sabía que aquel galo había heredado del patricio Menesio, para ser finalmente

condenado a las fieras. Se inclinó y vio que el espejo quedaba ligeramente empañado. – ¡Sertorio, te lo ruego! – dijo Metalla cuando éste alzó la cabeza hacia ella-. ¡Debe vivir!

De nuevo sorprendido, el encargado del spoletarium interrogó con la mirada el rostro de la esedaria.

–No te hagas ilusiones… Yo no estoy aquí para hacer que la gente viva, sino para ayudarla a morir.

–¡No a él, Sertorio!

–Metalla -dijo él, desconcertado-. ¿Por qué has venido? Te dio la libertad,

¿no es eso?

–Sí.

Sertorio meneó la cabeza.

–Comprendo lo que sientes… Tú, que, según decían, no sentías demasiado por los demás -añadió. `

–La gente no me conoce bien, y yo tampoco. ¡Por favor! Tú fuiste cirujano durante muchos años, lo sé. Si quieres, puedes intentar operarlo. Mi cirujano vendrá a ayudarte. Es uno de los mejores de la Ciudad. Entre los dos…

El hombre del spoletarium miró a sus ayudantes, que permanecían cerca de él. Inmediatamente, éstos se apartaron, dándole a entender a Metalla que entre el encargado y sus subordinados existía una relación de complicidad.

Seguramente ellos también eran cristianos.

Sertorio preguntó:

–En las gradas, ¿levantaron el pulgar en su favor? – Sí, pero era demasiado tarde…

–A pesar de que se le haya perdonado la vida, yo no tengo derecho a ocuparme de ella, lo sabes perfectamente… Además, eso comportaría riesgos, tanto para ellos como para mí -añadió, dirigiendo una mirada hacia sus ayudantes.

–¡No tienes derecho a hacerlo, pero sí tienes el deber!

–¿Y cómo es eso? – preguntó, sorprendido.

–¿Cómo es eso? – Metalla hizo una pausa antes de decir, esta vez en el tono que había oído de la boca de aquel que predicaba en la cantera la noche en que ella fue allí-: Porque Aquel que es la fuente de toda vida considera única y preciosa la vida de cada uno de los seres de Su creación…

Aquellas palabras habían entrado en su corazón por la brecha que había abierto allí su amor por Alya, eran las palabras que le habían hecho comprender por qué eran irreemplazables las almas de Alya y de ella. Para la esedaria, harta del espectáculo de la muerte, había llegado el momento de que aquellas palabras dejaran una profunda huella en su interior.

Sertorio, conmocionado, oyó a Metalla proseguir:

–Y si aquél me guió para que una noche fuera a oírte pronunciar esas palabras, no te sorprendas de que hoy me traiga aquí para pedirte que salves la vida del hombre que yace ahí, víctima de la injusticia… ¿No es una señal de que existe y de que vela por nosotros, ése del que hablas? ¿No son ésas las palabras salidas de tu propia boca, Sertorio? ¿Me he equivocado al empezar a creer yo también en ellas? Sí, yo, Metalla.

–Señor Dios -murmuró Sertorio al ver las lágrimas que corrían por el rostro de la esedaria-, Tu Verbo se extiende por el mundo como un mar ascendente y un día arrastrará las murallas de este imperio del mal…

Y lágrimas de alegría resbalaban también por el rostro del hombre que bautizaba en secreto, en nombre de Dios, a los gladiadores moribundos