Gladiadores
La sopa de cuatro ases de Honorio
antes de rematarlos en nombre de César.
La sopa de cuatro ases de Honorio
Honorio llegó a la puerta Salaria ya caída la noche. Dejó el caballo de Lépido en uno de los numerosos establos de pago que había en las diferentes entradas de la Ciudad.
Entró en Roma entre el desfile de vehículos de carga que acababan de ser autorizados a hacerlo. Se había puesto un gorro de campesino que le había cedido por unos ases uno de los esclavos de la granja y una túnica usada, a fin de no atraer la atención de los esbirros de Lacertio, si es que los había vigilando los alrededores de la casa que alquilara tres meses antes, tras haber recibido del llorado Nestomaros los primeros honorarios que saludaban su entrada al servicio de los asuntos jurídicos de la herencia Menesio.
Cogería el oro de su cofre y ropa apropiada, y empezaría a realizar las maniobras mediante las cuales esperaba reunir los testimonios que demostrasen la inocencia de Sila y las infamias de Lacertio: Su primer objetivo sería Pompeya. La encantadora ciudad de Campania al pie del majestuoso Vesubio era la guarida del nefasto Palfurnio, organizador del crimen contra Menesio, según había dicho el leno Ictios antes de caer, con un puñal clavado en la espalda, en el estanque de las morenas.
Honorio sólo se quedaría una noche en Roma. Provisto de su viático, se pondría en camino hacia Pompeya al día siguiente. “¡Por nosotros, Palfurnio!”, pensaba el joven abogado, que iba de una calle a otra entre los toneles de excrementos colocados ante la puerta de los inmuebles, contando con la mediocridad de sus ropajes para evitar ser atracado por un ratero en la esquina de alguna callejuela. Aquellas calles horriblemente estrechas de
la ciudad más grande del universo eran lugares peligrosísimos, pero su oscuridad le permitía no ser reconocido.
¿Cómo era ese Palfurnio? ¿Y por dónde cogerlo? Honorio no sabía nada de él. Sin embargo, sabía que, gracias a los dioses, gracias a Temis, que le inspiraría, encontraría el fallo en la organización que aquel tunante había montado en Pompeya. Los hombres como él, al frente de demasiados asuntos, de demasiados gladiadores, de demasiados sicarios, acababan por embriagarse de poder y dormirse en los laureles de sus malversaciones. Y
se les traicionaba por un poco de oro. Gracias al cielo, Honorio tenía. Se trataba simplemente de ser más astuto que ellos y paciente. Honorio, hijo de Caedo, sería lo uno y lo otro. ¡Palfurnio tenía muchos enemigos, qué diablos, después de todos los crímenes que había cometido o ayudado a cometer!
Al llegar a la esquina de la calle desde donde podía ver su casa, con su trozo de jardín delante, el joven abogado se detuvo para observar. ¿Algún esbirro de Lacertio vigilaba el lugar, a fin de constatar su regreso? Transcurrió un rato y, en vista de que no veía ninguna presencia sospechosa, se decidió a franquear el espacio que lo separaba del jardincillo. Actínoo, su esclavo guardián, debía de estar en la especie de cobertizo donde se alojaba, como un perro en su perrera, sin duda cansado de esperar, sin ni siquiera saber que un día volvería a ver a su amo.
Honorio se deslizó a lo largo del oscuro edificio hasta el cobertizo en cuestión. El guardián estaba, efectivamente, sentado en un taburete, absorto en una meditación taciturna. Alzó los ojos al ver la silueta tocada con un gorro que tenía ante él. Honorio observó entonces que la cabeza de su esclavo estaba más abultada que de costumbre.
–¡Actínoo! – exclamó-. ¿Qué te ha sucedido? ¿No me reconoces? Soy tu amo.
–¡Doy gracias a los dioses! – dijo Actínoo con voz quejumbrosa-. ¡Habéis vuelto sano y salvo! A mí también me pegaron después de que se os llevaran…
–Ábreme la puerta de atrás, por favor. No quiero que nadie me vea entrar.
Quisiera cambiarme, comer y poner en orden mis cosas…
–¡Sus cosas, señor! – gimió el esclavo guardián, que rodeaba la casa junto al abogado con un manojo de llaves en la mano-. ¡Ya no queda nada! Se lo han llevado todo. Ni siquiera podréis comer. ¡Las provisiones partieron con lo demás!
Actínoo se inclinó para introducir la llave en la cerradura, intentando ver en la oscuridad.
–¿Cómo que se lo han llevado todo? ¿Quién?
–Pues unos tipos, señor, como esos que se os llevaron… Vinieron al día siguiente por la noche con un ujier y dos carretas, me molieron a palos y vaciaron la casa.
–¡Dos carretas! – exclamó Honorio-. ¡No se habrán llevado los muebles!
–Todo, señor… Afortunadamente dejaron las lámparas más viejas, si no, ni siquiera podría iluminaros.
Una de éstas, que el esclavo estaba encendiendo, le permitió al abogado ver el pasillo que unía la cocina, situada en la parte trasera de la casa, al comedor y luego al atrio, que daba al jardincillo y la calle. Todas las habitaciones estaban vacías, salvo por la presencia de algunos objetos sin valor que habían tirado al suelo a diestro y siniestro.
–¿Y mi escritorio, Actínoo? ¡Por los dioses reunidos en el Olimpo, mis archivos, mis notas, mis libros de derecho!
El esclavo meneó tristemente la cabeza.
–Le supliqué al ujier aquí mismo que no se los llevara, y fue entonces cuando empezaron a pegarme…
Honorio miraba, en su despacho, la caja fuerte empotrada en la pared cuya puerta estaba abierta. Aquella puerta de bronce trabajado había sido forzada y la caja se hallaba vacía.
Honorio buscó en vano algo donde sentarse para reflexionar en las consecuencias de la catástrofe.
–Ve a buscar tu taburete, Actínoo. Estoy cansado del viaje y desesperado ante este triste espectáculo.
El desaliento invadió al joven abogado. Hasta ahora le había mantenido la idea de que el oro procedente de Sila le permitiría continuar la lucha. Se encontraba solo en Roma, donde corría peligro, sin ropa decente, desprovisto de todo y sin domicilio. De los cien sestercios que le había dado Lépido cuando se marchó de la granja, sólo le quedaba la mitad.
Honorio se dejó caer sobre el taburete que le traía el esclavo e hizo un esfuerzo por contener las lágrimas de cansancio y desesperanza que pugnaban por brotar de sus ojos.
–No sólo matan, sino que roban -suspiró-. ¿Y dices que había un ujier con ellos?
–Sí, señor. El ujier me leyó un escrito que tenía en la mano, el cual decía que el propietario de la casa os expulsaba, haciendo embargar los muebles, porque nunca habíais pagado el alquiler…
–Pero ¡eso es absurdo! – exclamó Honorio.
Los hombres de Lacertio habían añadido aquella impostura a sus crímenes.
–¡Señor! – dijo Actínoo con voz trémula.
–¿Qué más?
–Señor, los hombres que me golpearon me ordenaron que les avisara en cuanto os viera aparecer por aquí… Me dieron unos ases para que lo hiciese y me prometieron que me matarían a palos si no les obedecía. De manera, señor, que, con todo el respeto que os debo, no deberíais quedaros esta noche en la casa. Me avergüenza decir una cosa así, pero ¿qué puedo hacer?
Si os quedáis, os harán todavía más daño…
–Me caigo de sueño -dijo el desdichado joven-. No vayas a avisarles hasta mañana por la mañana.
Por la mañana, Honorio se despertó en el suelo de su habitación, tumbado sobre el jergón que Actínoo había llevado para él de su cuchitril.
De nuevo frente a la desgracia que le perseguía desde la detención de Sila, el joven abogado encontró cierto consuelo al pensar que le quedaban ocho mil sestercios en su cuenta del Banco Romano de Depósitos y Garantías, que se encontraba bastante lejos de allí, en la VI región, es decir, a pocas calles del infame desván que le alquilaba la gorda y desabrida Omitila antes de que la fortuna le cayera del cielo al producirse la apertura del testamento de Menesio. Iría a buscar ese dinero sin tardanza. ¡Honorio, hijo de Caedo, no se rendiría! Partiría para Pompeya con los ocho mil sestercios y los dioses proveerían el resto… Se levantó para ir al cuarto de aseo antes de abandonar aquella casa que ya no era la suya.
«¿Cuánto vale Actínoo?», se preguntó Honorio, cogiendo agua con las dos manos del lavabo de mármol, que no habían podido llevarse los que le perseguían por estar empotrado en la pared. Como mucho, ochocientos sestercios. Él había pagado mil -Actínoo sabía leer, escribir y contar-, pero los esclavos de ese tipo más bien habían bajado en los últimos tiempos, y de todas formas no se revendía tan bien lo que previamente se había comprado, a no ser que se dispusiera de mucho tiempo. «Si me libro de ese infeliz que parece tenerme apego -pensó Honorio, mojándose la cara-, eso disgustará a los dioses. ¡No! Voy a libertarlo. Retiraré lo que me queda en la cuenta y redactaré un acta de manumisión… Me costará ciento cincuenta sestercios como máximo, y le daré otro tanto a ese desdichado como peculio. Así que, en total, serán trescientos sestercios. Por el precio de ese sacrificio, los
dioses me serán favorables…»
El esclavo, que esperaba a la entrada del cuarto de aseo, le presentó a su amo, a modo de toalla, una sábana que había escapado al saqueo de la casa en razón de su aspecto poco atrayente.
–¡Actínoo! No irás a decirles que he regresado a Roma. No volveremos a poner los pies en esta parte de la Ciudad. Me acompañarás al banco y, al salir, iremos a redactar un acta de manumisión en tu favor. ¡Serás un hombre libre!
–¡Señor, se lo ruego! – exclamó el infeliz, horrorizado-. ¿Qué será de mí?
–¿Prefieres que te venda? No tengo medios para conservarte, ya lo ves.
–¿Cómo me ganaré la vida?
–¡Pues harás lo mismo que los demás! ¡Los dioses te ayudarán! Y podrás inscribirte en la annona, con lo cual al menos tendrás cubierta la alimentación. Y yo te daré una pequeña suma para que empieces…
Se dirigieron, entre los atascos de la mañana, hacia el barrio donde Honorio había vivido miserablemente en sus inicios de abogado sin causa. Entró en el local que albergaba la agencia del Banco Romano de Depósitos y Garantías.
–¡Ave, Simplicio! – le dijo al empleado sentado detrás del mostrador. Debo ausentarme de la Ciudad durante algún tiempo y quisiera retirar el poco dinero que me queda en vuestro establecimiento…
–¿El dinero que te queda, Honorio? Pero si hiciste que lo retiraran hace unos días… -Consultó un calendario colgado en una pared cerca de la mesa donde trabajaba-. Sí, eso es, me acuerdo perfectamente, fue el viernes de la década anterior.
–¿Cómo? ¡Pero si yo no he hecho que nadie lo retire! Me siguen quedando
unos ocho mil sestercios en esa cuenta.
El llamado Simplicio se había vuelto para abrir un cajón de un mueble vertical situado a su espalda. Sacó de él un rollo, anudado con una cinta, que contenía los apuntes de la cuenta de Honorio, hijo de Caedo, así como varias tablillas de cera. Le tendió una de ellas al joven abogado.
–Aquí tienes la orden de reintegro que nos enviaste, marcada con tu sello y firmada por ti. Léela. Reconocerás tu escritura…
No obstante, Simplicio observaba a su cliente con inquietud. Éste llevaba en el rostro marcas sospechosas, pues los golpes que había recibido en el transcurso de su odisea en el bosque habían dejado huellas que subsistían incluso después del descanso que se había tomado en casa de Lépido. Su toga de tosca tela era demasiado grande para él y el gorro que había dejado en la banqueta al entrar constituía un tocado realmente inesperado en la cabeza de un hombre de leyes.
Honorio leía una y otra vez la tablilla en la cual le pedía al Banco de Depósitos y Garantías que le entregara al mensajero el saldo de su cuenta.
El empleado había puesto sobre el mostrador otras tablillas escritas de la mano de Honorio que guardaba en sus archivos.
–¿No es tu escritura y tu sello? – preguntó.
–En efecto -admitió Honorio, en tono resignado-. Resultaría difícil hacer una falsificación mejor. Debo reconocer que habría podido ser yo quien grabara esta tablilla…
Los hombres de Lacertio habían cogido su sello del escritorio y le habían encargado a un falsificador una orden de reintegro del saldo de su cuenta. –
El mensajero que nos enviaste venía de la oficina de Polipnos, como de costumbre, de manera que no podíamos hacer otra cosa más que ejecutar tu orden… ¿Hicimos mal?
Honorio meneó la cabeza.
–No -dijo-. en cualquier caso, ejecutasteis la voluntad de los dioses… Y se volvió para marcharse, dejando al empleado estupefacto. Pero enseguida cambió de opinión y regresó al mostrador.
–¿Podrías darme una hoja de pergamino y una pluma?
–Por supuesto, Honorio -respondió el otro, sacando de un cajón lo que se le pedía.
Honorio empezó a redactar el acta de manumisión de su esclavo Actínoo.
–¿No necesitáis un guardián de confianza? – preguntó mientras escribía-.
Para el banco o para el domicilio de Servio Dixio, tu patrón.
–Nos sería muy útil tener un guardián aquí, pero Servio no quiere gastarse el dinero comprando un esclavo. Dice que es muy caro. ¡Ya sabes cómo es!
–Por algo se ha convertido en banquero -dijo Honorio-. Pero yo puedo recomendaros a mi esclavo Actínoo, que ahora es mi liberto, de manera que no tendrá que comprarlo. Tan sólo alimentarlo y darle unos ases a la semana para sus pequeños gastos.
–Se lo diré a Servio. Vendrá a mediodía.
–Mi hombre está en la puerta. Le esperará. Gracias, Simplicio. ¡Vale!
Honorio salió de la agencia y caminó sin rumbo en busca de un cartel que anunciara un estudio de notario. No tardó en encontrar el de «Priscilo Nerva Tabelion».
Entró y le presentó su acta de manumisión al oficial que recibía a los visitantes.
–¿Podéis registrar esta acta? – preguntó con aires de hombre importante-.
Soy Honorio, hijo de Caedo, encargado de los asuntos jurídicos del oficial de las legiones Sila, heredero del patricio Menesio…
Los oficiales que trabajaban en sus pupitres volvieron la cabeza al oír pronunciar los dos nombres que habían sido la comidilla en Roma durante varias semanas. Uno de ellos había presenciado el fin del galo frente a los tigres. El visitante era un personaje interesante.
–Desde luego -dijo el oficial recepcionista con deferencia-. Lo haremos de inmediato. – Leyó rápidamente el acta redactada por Honorio-. ¡Es absolutamente correcta! – declaró-. Se ve que eres un profesional competente… Los gastos ascienden a doscientos sestercios.
Honorio no tenía más que cincuenta sestercios en el bolsillo y aún no había comido nada desde que se levantara. Con gran desenvoltura, se llevó una mano al cinturón, hacia una bolsa imaginaria.
–¡Qué distraído soy! – exclamó en tono divertido-. No he cogido dinero al salir. ¡Dioses todopoderosos! Con la revisión de ese proceso, ya no sé dónde tengo la cabeza…
El notario en persona salió de su despacho y apareció en la entrada _de la estancia.
–¡Ave, maestro Priscilo! dijo sin más preámbulos Honorio, en un tono de gran cordialidad-. ¡He venido a tu casa atolondrado! ¡Tengo que registrar un acta de manumisión y no llevo la bolsa!
–¿Con quién tengo el honor…? – preguntó el notario.
–Recibes en tu estudio a Honorio, abogado de la herencia Menesio. – ¡Eso es lo que he oído decir cuando has entrado! – dijo, mostrando un gran interés-. Entonces, ¿conociste al galo Sila?
–¡Por supuesto! Era un hombre realmente notable. He arriesgado toda mi fortuna en la solicitud de revisión de su proceso que presenté ayer ante el Senado. Demostraré que era inocente aunque tenga que arruinarme para conseguirlo. Tenía un bosque en Liguria que produce mucho carbón. Lo
vendí la semana pasada y he contratado a seis investigadores que reconstruirán los hechos desde el principio…
–Así pues, según tú, Sila no era culpable.
Honorio, encogiéndose de hombros, adoptó una expresión irónica.
–¿Te imaginas a Cástor envenenando a Pólux y apropiándose de su fortuna después de haber redactado un testamento falso? Pues bien, eso es lo que han intentado hacernos creer los que acusaban a ese oficial que sirvió a Roma durante veinte años en todos los campos de batalla… ¡Pero no podrá decirse que nadie en esta ciudad se levantó para-defender la memoria de esos hombres virtuosos, el patricio y el galo, que no cometieron más crimen que el de ser amigos fieles y servidores de Roma! ¡Bueno! – prosiguió Honorio, cambiando de tono-. Ya me he vuelto a exaltar… ¿Te das cuenta, Priscilo? Este asunto me afecta muchísimo. No puedo soportar la idea de que esta ciudad esté cada vez más sometida a la autoridad de políticos corruptos… ¡En fin! Dejemos eso… Entonces, te debo doscientos sestercios por el acta -concluyó, tendiendo el papiro que convertía a Actínoo en un hombre libre-. Haré que te los traigan esta tarde. El notario cogió al joven abogado del brazo.
–Ni hablar, Honorio. Ni se te ocurra… Nos sentimos dichosos de hacerle un favor a un hombre de leyes que le es fiel a su cliente en la desgracia… -Se volvió hacia su ayudante y añadió-:
–¡Lidio! Busca cuatro testigos y registra esta acta lo más rápidamente posible. Y tú, Honorio, ven a vernos cuando pases por aquí. Es un placer conocer a un hombre como tú. ¡Te deseamos todo el éxito que mereces ante el Senado!
–¡Gracias, Priscilo! Eres un amigo… ¡Vale!
Salió con porte desenvuelto. Actínoo esperaba sentado en un mojón.
–Dentro de una hora -le dijo al muchacho-, te darán tu acta de manumisión.
–Gracias, señor -dijo el guardián, con lágrimas en los ojos.
Honorio sacó de su bolsillo los cincuenta sestercios y se los dio a su liberto.
–Toma, Actínoo, y ruega a los dioses por mí. Ve al banco, donde el empleado Simplicio te presentará a su patrón, Dixio. Es avaro, así que pídele un sueldo pequeño. Cuando yo regrese a Roma, si la fortuna me es favorable, iré a buscarte para que vengas a mi casa…
Actínoo besó la mano de su benefactor, que se alejó con el vientre y la bolsa vacíos. El olor de los buñuelos fritos de un as que desprendían los puestos callejeros le atenazaba el corazón y el estómago.
Dobló la esquina de la calle y vio el cartel de la pensión de Omitila. La antigua costumbre le había conducido a su sórdido alojamiento. Caminó hasta la entrada del establecimiento, donde había expuestas escudillas de sopa de garbanzos, por un as sin carne y tres ases con carne. Aquellas sopas, pagadas a crédito, habían constituido durante mucho tiempo su alimentación, con más frecuencia las de un as que las de tres.
Una abrupta escalera partía del figón hacia las habitaciones, repartidas en cuatro pisos. En el rellano del primero, la obesa Omitila se instalaba en una especie de conserjería -como la araña en el centro de su tela- ante la cual los inquilinos debían pasar para acceder a su habitación. Una trampilla en el suelo le permitía, además, ver y oír lo que sucedía debajo de ella, en la sala donde se servía la comida.
Al aspirar el olor de la sopa de garbanzos, Honorio no pudo resistirlo. Entró y se sentó en el banco de madera situado ante el mostrador cubierto de cerámica que tan bien conocía.
–¡Con carne! – pidió el joven, señalando las escudillas de barro que la esclava de las sopas, cucharón en mano, se disponía a llenar con el contenido de la marmita.
Honorio recibió su bol y empezó a comer. La voz que tan bien conocía, la voz de la oronda patrona, cayó casi enseguida por la abertura del techo.
–¡Vaya, vaya! – exclamó-. Honorio, hijo de Caedo…
Siguió una risa. Honorio imaginó el voluminoso vientre moviéndose. Se había marchado hacía tres meses, arrojándole a la cara las tres o cuatro monedas de plata que representaban el alquiler de su cuchitril y las comidas de varios meses.
–¡Mi amigo Honorio -prosiguió la voz-. ¡Qué honor nos haces! En las cocinas del palacio Menesio no deben de hacer sopas como éstas y no has podido resistir la tentación…
El ruido de los pesados pasos de la patrona acompañó sus sarcasmos, los peldaños de la escalera chirriaron y las gruesas piernas no tardaron en aparecer. Estaba risueña, iba maquillada como un mimo en el teatro, y Honorio observó en su abultado pecho un collar de oro que antes no llevaba. Se detuvo antes de bajar el último escalón para examinar el penoso aspecto del abogado.
–Estabas muy seguro de ti mismo, Honorio dijo-. Apostaste por el caballo equivocado… -Acabó de bajar y fue a instalar sus carnes en el banco que quedaba frente a aquel donde el abogado se hallaba sentado ante su bol-.
Cuando me enteré de que íbamos a ver al galo en la arena, me dije:
«Honorio volverá un día de éstos…». – Una nueva risotada hizo que sus pechos se movieran-. ¡Tienes suerte! ¡Tu habitación está libre! El que la ocupaba se marchó sin pagar. ¡Por lo menos tú eres serio! Tú me arrojaste el dinero a la cara, pero el otro no me arrojó nada. – Miró la escudilla vacía-.
Por supuesto -continuó, sonriendo-, no tienes que pagar en el acto. Para empezar, esta sopa te la ofrezco como regalo de bienvenida. ¿Lo ves? No te guardo ningún rencor. ¿Quieres descansar? No tienes muy buen aspecto. Te acompañaré a tu habitación.
Subió la escalera delante de Honorio, contoneando el trasero ante sus narices. El abogado creyó que se detendría en su piso, pero ella continuó
pese a su respiración entrecortada hasta el cuarto rellano y se detuvo ante la puerta del que fuera el cuarto de Honorio. Hizo girar el pomo.
–¿Reconoces tus muebles? – preguntó desde la puerta abierta.
Honorio contempló el taburete y la mediocre cama, compañeros de sus días malos. Le sorprendió constatar que Omitila entraba detrás de él en la habitación. Cuando cerró la puerta tras ella, se encontraron muy cerca uno del otro a causa de la exigüidad del lugar. Los carnosos labios de la oronda mujer sonreían.
Honorio notó que le invadía una sensación de inquietud.
–Y…, ¿cómo está Omitilo? – preguntó, como si quisiera llamar al marido de la patrona para que acudiese en su ayuda.
Omitilo, que ocupaba un puesto de burócrata en la administración de los dominios públicos de la Ciudad y era muy celoso, siempre había mirado con malos ojos a los inquilinos de sexo masculino.
–Por desgracia -respondió ella,, sin alterar su sonrisa-, nos ha dejado…
Poco después de tu partida, la Parca cortó con sus despiadadas tijeras el hilo de sus días.
–¡Ah! – exclamó Honorio, cada vez más inquieto-. Es una gran desgracia.
Te acompaño en el sentimiento…
–Gracias, Honorio, pero no debemos afligimos. Seguro que él es feliz en los campos Elíseos…
–Desde luego -admitió el joven abogado-. No tiene las preocupaciones que nos abruman aquí…
La patrona había avanzado un paso. Su vientre obsceno estaba a punto de tocar el de su inquilino.