Gladiadores

Roger Maure · Capítulo 47 de 48

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Gladiadores

Epílogo

revelarle la verdad, si lo consideras oportuno. Y un día su madre te agradecerá que lo perdonaras y no manchases vuestra unión con un crimen.

Así, al contrario de lo que me decías antes, el amor habrá triunfado sobre el mal, pues está en la naturaleza del amor que Cristo nos ha enseñado expulsar el mal de la Tierra.

Sila permanecía en silencio. Los jóvenes que acompañaban a Sertorio a Germania habían llegado por el camino hasta los graneros y, al ver a su maestro charlando con el galo junto a la valla, cruzaron el prado para reunirse con ellos.

Los esclavos que transportaoan en una carretilla la comida de los cerdos aparecieron. Las ruedas de la carretilla chirriaban, y Sila les reprochó su negligencia por no haber engrasado los ejes. Ellos agacharon la cabeza y fueron a echar la comida en las artesas. Luego Sila, Sertorio y sus discípulos se dirigieron hacia el edificio de la granja. El recién nacido se había despertado y lloraba en brazos del ex oficial de las legiones.

Epílogo

El relato que acaba de leer -si ha tenido la paciencia de llegar hasta el final-ha podido ser escrito gracias al descubrimiento, durante los trabajos de construcción del metro de Lyon, del manuscrito titulado Las memorias del abogado Honorio en los basamentos de una casa de la época romana que una excavadora sacó a la luz del día. La Dirección de Antigüedades francesa, como es su deber en circunstancias de esta índole, hizo suspender de inmediato los trabajos en ese lugar, situado en el emplazamiento actual de la estación «Croix-Rousse». Un equipo de arqueólogos no tardó en extraer un cofre de madera exótica incorruptible y, por consiguiente, en bastante buen estado. Contenía el manuscrito que cuenta los trabajos y la vida de un abogado de Roma, que después se instaló en la Lugdunum que fue capital de las Galias, e incluso durante un tiempo capital del Imperio

bajo el emperador Claudio, el cual había nacido allí. La obra, redactada en hojas de papiro, resultó ilegible en cuanto fue expuesta a la luz, ante los propios ojos de los que la examinaban. Sin embargo, fue confiada a investigadores de la Universidad de Stanford, en California, que disponen de un equipo computerizado puesto a punto en la época en que la Sociedad Bíblica Internacional les pidió que salvaran el texto de determinados manuscritos llamados «del mar Muerto», escritos por los famosos esenios.

Honorio no nos dice cómo murió Sila, por lo cual cabe suponer que el abogado, pese a ser al menos veinte años más joven que él, murió antes, o bien no acabó sus memorias por una u otra razón. Sin embargo, Honorio evoca la vida familiar de Sila y nos cuenta que no se separó de su esclava Haedunna, de la que tuvo cuatro hijos. Paradójicamente, el autor de las memorias no hace ninguna alusión a Domiciano, que ascendió al trono tras la muerte natural de su hermano Tito, acaecida tan sólo unos meses después de que el ex oficial de las legiones hiciese fracasar la conspiración urdida por el hermano menor contra el mayor. Al parecer, Domiciano no persiguió a Sila -ni tampoco a Honorio-, ya que el galo continuó durante mucho tiempo dirigiendo los negocios que había heredado de Menesio. No obstante, dado que el abogado nos dice que Sila se consagró fundamentalmente a su empresa de construcción naviera, navegando él mismo y construyendo trirremes con aspecto de naves comerciales para dar caza a los piratas, cabe pensar que actuaba así para permanecer alejado de la sede del poder imperial y fuera del alcance del Emperador, a cuyos planes se había opuesto. Delaunay-Belleville, profesor de literatura latina en la Universidad de Lyon-II, se pregunta, en el prefacio a las Memorias del abogado Honorio, si, paradójicamente, Domiciano no le estuvo agradecido a Sila por haberle evitado cometer el horrible crimen de fratricidio, cuando unos meses más tarde el destino iba a ofrecerle, de forma absolutamente inocente, el tan ansiado trono.

Por último, al lector le satisfará saber que Honorio, al esbozar el retrato de los hijos del ex oficial, héroe de las legiones, escribe lo siguiente: El afecto que el mayor de los cuatro sentía por su padre y las constantes