Gladiadores

Roger Maure · Capítulo 43 de 48

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Gladiadores

El asalto a la prefectura

Los persas fueron los primeros en entrar por la puerta Ostia, escoltando una lujosa litera en la que Sila, con una elegante túnica, iba tendido sobre un colchón que escondía sus arcos y flechas.

Cotio tenía la orden de reunir a cincuenta hombres en las proximidades del palacio Menesio, situando a determinado número de ellos en el establo y las dependencias del hostal Las Dos Alondras, tras haberse dado a conocer al hospedero Sostias y haberle comunicado la inminente llegada de Sila, escapado de la mina y de Pompeya.

Cotio había encontrado entre los voluntarios a cinco o seis hombres que sabían utilizar la honda. Su presencia, sumada a la de los arqueros de Todj, proporcionaba una fuerza de presión considerable.

Mientras el resto del contingente permanecía en las inmediaciones de la prefectura de los vigilantes, bajo el mando de Corbulón y de Cluvio Estéfano, en espera de la orden de actuar, Sila, a quien seguía Barbidio, hizo detener su litera y a los persas en una calle contigua a la prefectura. Se acercó hasta allí a pie para realizar una inspección exterior, acompañado del ex vigilante de Roma. Ante una gran verja de entrada, que hacían rodar por un rail para abrirla y cerrarla, permanecían dos centinelas. La verja estaba flanqueada por sendos puestos de guardia, dentro de cada uno, de los cuales, según explicó Barbidio, había como máximo cuatro o cinco vigilantes. ¿Quién iba a querer hacerle daño a la prefectura de los vigilantes de Roma y a quien estaba a su cargo? Rodearon los edificios, que eran de grandes dimensiones, y Barbidio condujo a Sila a la entrada del patio donde se encontraban los establos y las cocheras en las que se guardaban los vehículos de lucha contra los incendios: carros cargados de bombas y de centenares de cubos de estaño, con los cuales la población de un barrio amenazado por el fuego formaba una cadena para llevar agua hasta el foco del o de los siniestros.

Barbidio explicó que ese patio no estaba nunca cerrado, a fin de que los vehículos pudieran salir sin perder tiempo, y que, una vez dentro, se podía pasar a la prefectura propiamente dicha, donde se encontraban el cuartel, las armas y las dependencias del prefecto, a través de varias puertas no cocheras que era posible forzar sin ninguna dificultad.

A continuación, Sila le ordenó a su cochero persa que dirigiera la litera hacia el palacio Menesio.

En la plaza donde se hallaban situados frente a frente el hostal de Sostias y la lujosa morada del difunto patricio Menesio reinaba el silencio. La gran puerta por donde Sila viera salir el día de su llegada a Roma el carro de Metalla y sus caballos, los cuales habían acabado su carrera en la arena devorados por las fieras, esa puerta monumental estaba cerrada, triste rostro del palacio sin vida. Sila había hecho que detuvieran la litera en una de las calles que subían hacia el hostal, de donde escapaban los murmullos de algunos comensales. Cotio, que permanecía vigilando a la entrada de la plaza, se acercó con varios de sus veteranos. Sila distribuyó entre ellos varios ganchos similares a los que había utilizado la noche en que penetró en los jardines del palacio. Le ordenó a Cotio que fuera a parlamentar con los guardias de la puerta, que se diera a conocer, fingiendo que acababa de llegar a Roma tras un largo viaje por la Galia y Germania, y expresara su deseo de ver a Sila. Luego, el galo se metió en la litera para esperar.

Cotio regresó al cabo de un cuarto de hora para decir que la mayor parte de la guardia del palacio Menesio había sido despedida por los responsables del embargo, encargados provisionalmente de su gestión, y quedado reducida a unos diez hombres, que unos cuantos de los funcionarios que administraban el embargo se habían instalado en el palacio, cuya comodidad y belleza apreciaban sobremanera, y por último que en los establos apenas quedaban unos pocos caballos para tirar de las carretas de servicio, pues el resto había sido confiado a los acaballaderos imperiales.

Sila salió de la litera y, refugiándose en la oscuridad que proporcionaban los

árboles, avanzó pegado al alto muro. donde lanzara la primera vez la cuerda con el gancho. Hizo la misma operación, siendo imitado por los veteranos que le acompañaban, y todos penetraron de esta forma en los silenciosos jardines, que la guardia ya no patrullaba.

Mientras se acercaba al mausoleo de Menesio, pensó en Mancinia, ya fría y dura como la piedra; después condujo a su destacamento hacia los viveros.

No había allí presencia viva alguna y sólo se oía el murmullo del agua cayendo de un estanque a otro. Los peces habían sido vendidos o pescados para la mesa del prefecto de los vigilantes y de los funcionarios que administraban el embargo. Buscó las morenas, recordando al desdichado Ictios, y al no encontrarlas pensó que era una lástima, pues habrían resultado muy apropiadas para Lacertio. '

Dejó a sus hombres al abrigo de los cipreses del vivero y avanzó solo hacia el puesto de guardia, donde dos hombres conversaban con Cotio, que había regresado para charlar con ellos mientras Sila hacía sus movimientos.

Al ver a su antiguo señor surgir del jardín se quedaron atónitos. El galo les preguntó si querían ponerse de nuevo a su servicio para lo que había ido a hacer. Los veteranos habían avanzado detrás de él y cerraban el paso. Los guardias respondieron que les daba igual lo que pudieran pensar de ellos, pues los representantes del embargo eran unos sinvergüenzas que los trataban con desprecio, y que todos habían solicitado ir a una legión, pero no querían dejarles marchar.

Sila les dijo entonces que tuvieran la puerta preparada para abrirla, a fin de dejar entrar a todos lo que iban a llegar. Los guardias vieron, en efecto, mirando a través de las troneras que permitían vigilar la plaza, a cierto número de paseantes que se dirigían hacia el palacio sin que pareciese existir relación alguna entre ellos. Abrieron la puerta pequeña y los inesperados visitantes entraron de uno en uno o por parejas. Contaron treinta hombres. Los últimos en llegar caminaban junto a un carro tirado por un solo caballo. Los guardias abrieron la puerta grande para dejarlo pasar y constataron que, una vez ésta cerrada, los paseantes que estaban allí se

repartieron las espadas, los escudos y los cascos que sacaban de aquel carro de aspecto inocente.

Sila contó sus efectivos a medida que éstos iban a ocultarse detrás de la hilera de cipreses; luego se dirigió al edificio donde vivían los ocho guardias restantes, lo hizo rodear de hombres armados y entró en él.

Estaban alojados en habitaciones de tres. Algunos dormían y otros jugaban a los dados, que lanzaban sobre una de las camas, sentados en taburetes. Al ver a aquel que se les aparecía como un fantasma mostraron la misma sorpresa que los otros. En la última habitación, Sila reconoció a Sirio, que estaba dormido. Lo zarandeó, asiéndolo de un hombro.

–¡Sirio! – dijo-. ¡Despierta!

El hombre primero se sentó en la cama y después se puso rápidamente en pie.

–¡Señor! – exclamó.

–¡Nada de señor! ¡Sila!

–¡Sila! ¡Has vuelto!

–¿Quieres ayudarme o permanecer con los que se quedarán encerrados aquí para que no se les acuse de ser mis cómplices?

–¿Tus cómplices? ¡Yo quiero servirte como antes, pase lo que pase!

–No dudaba de ti. Coge dos lámparas de aceite encendidas y sígueme a los establos. ¿Todavía hay paja y heno para los caballos?

–Claro, queda mucho, pues ya no hay casi caballos. ¡Qué tristeza reina en este palacio desde que tú no estás, Sila!

–Bueno, pues ya ves, he venido a traer un poco de animación. Vas a

ayudarme a prender fuego.

–¡Fuego! – exclamó Sirio.

–¿Acaso no me pertenece?

–¡Sí, sí! Es tu…

–Sí, es mi casa y tengo derecho a hacer en ella lo que quiera, ¿no? Mientras Cotio y una gran parte de sus hombres rodeaban en silencio el palacio propiamente dicho, a fin de que ninguno de los administradores del embargo pudiera escapar para dar la voz de alerta, Sila fue a los establos con Sirio. Sacaron de allí a los pocos caballos que todavía quedaban y Sirio los llevó a las perreras, donde los ató, regresando a continuación para ayudar a Sila a amontonar la paja y el heno en varios puntos de los establos y las cocheras, donde había numerosos carros y otros vehículos susceptibles de proporcionar un buen combustible. Prendieron fuego con ayuda de las dos lámparas de aceite.

Altas llamas se elevaron muy pronto en el cielo nocturno, y aquello fue para dos hombres de Cotio, montados en sendos caballos, la señal de la carrera que debía conducirlos a través de las calles atestadas de carretas hasta la prefectura de los vigilantes, a fin de dar la voz de alarma y reclamar el mayor número posible de hombres para intentar controlar el incendio que acababa de declararse en el palacio Menesio.

Al oír el ruido del galope de los caballos, de los vehículos de los vigilantes y de la campana que éstos hacían sonar mientras cruzaban la plaza en dirección al palacio, los guardias abrieron los dos batientes de la gran puerta cochera, y los carros cargados de hombres y de material se adentraron por el gran paseo de cipreses en dirección a los edificios que ardían, con el siniestro crepitar que acompaña a todo incendio. Los vigilantes-bomberos se apearon a toda prisa de los vehículos y empezaron a desenrollar las mangueras, preguntando dónde estaban los estanques que sin duda debía de haber en una propiedad como aquélla. Otros corrían hacia los edificios con un hacha en la mano. Como no tenía que llegar nadie más, los guardias,

siguiendo las instrucciones de Cotio, cerraron el portón. Algunos curiosos ya se acercaban presurosos por la plaza, pues sabían que en una situación de ese tipo se reclutaba a los transeúntes y los vecinos, y así podrían entrar en la magnífica morada que había albergado los amores de la esedaria Metalla y el patricio asesinado en circunstancias todavía no aclaradas. Sin embargo, las puertas permanecían cerradas.

En el interior, los hombres de Cotio, surgiendo de detrás de los cipreses y los edificios que no ardían, se abalanzaron sobre los vigilantes-bomberos, que iban desarmados y que fueron reducidos, amordazados, atados y arrastrados a los sótanos de las dependencias, donde los encerraron. Les obligaron a despojarse de sus uniformes, con los que Sila, Barbidio y la mayoría de los legionarios que estaban a sus órdenes se vistieron. Otros hombres del destacamento que no habían podido conseguir uniformes se amontonaron en los carros, donde, tras haber sacado todo el material, fueron cubiertos con lonas. Hecho esto, Sila ordenó a los que iban a permanecer vigilando la propiedad y a los funcionarios del secuestro que combatieran el incendio como pudiesen, utilizando las bombas y contentándose con proteger el edificio principal, en lugar de impedir que los establos y las cocheras quedasen reducidos a cenizas.

Luego, las puertas se abrieron de nuevo y la comitiva de vehículos salió en tromba a la plaza, haciendo sonar de nuevo las campanas, para dirigirse esta vez a la prefectura de los vigilantes.

El vehículo que iba en cabeza, donde se encontraban Barbidio y Sila, llegó a la puerta de entrada de las cocheras de la prefectura y penetró por ella, seguido de todos los demás. Los caballos se detuvieron en medio del patio, los falsos vigilantes saltaron de los carros y se precipitaron guiados por Barbidio, que conocía el lugar, hacia las puertas que conducían al patio en torno al cual estaban los cuarteles, las oficinas y la residencia del prefecto, y por supuesto el cuerpo de guardia. Éste se vio asaltado en cuestión de instantes por aquellos hombres que llevaban el mismo uniforme que ellos y que surgían por detrás. Al mismo tiempo, los legionarios que habían permanecido ocultos fuera bajo las órdenes de Caleno Corbulón y Cluvio Estéfano atacaron desde la calle. Los diez o doce vigilantes que estaban de

servicio allí, abrumados por el número y la sorpresa, no pudieron asestar más que unos golpes mal dirigidos. Fueron reducidos, como lo habían sido sus colegas en el palacio Menesio, y despojados también de sus uniformes.

Mientras esto se llevaba a cabo, Sila, que había repartido su efectivo entre él mismo y Caleno Corbulón, se dirigió hacia la entrada de las dependencias del prefecto. Barbidio, por su parte, subió la escalera que conducía a la sala de coordinación, donde debía de encontrarse el oficial de noche, seguido de Caleno y sus hombres. El oficial en cuestión había salido de su despacho al oír el alboroto, intentando encontrar una explicación a la agitación reinante en el patio, y lo encontraron en el pasillo, espada en mano.

Barbidio, que lo conocía, se dirigió a él en estos términos:

–¡Ave, Loreio! No utilices la espada. Podrías herir a alguno de nosotros por torpeza y, como ya no tienes a nadie a tus órdenes aquí, harías un pésimo negocio.

Los dos extremos del pasillo estaban, en efecto, cerrados por vigilantes armados entre los cuales Loreio no reconocía a ninguno de sus hombres.

–Hemos venido simplemente a pedirte la tabla de servicio de esta noche, a fin de saber en qué puntos de la Ciudad ha situado destacamentos Casio Longino. Si nos la das por las buenas, con comentarios explicativos, te dejaremos tu uniforme y tu dignidad; de lo contrario, te desnudaremos y te encerraremos en un sótano sin luz. ¿Los sótanos de este cuartel siguen siendo tan húmedos y estando tan poblados de ratas?

Barbidio avanzó hacia el que antaño fuera su superior y tendió la mano para recibir su espada, que el otro le entregó sin oponer resistencia. Entraron en el despacho y Corbulón se sentó para estudiar el plano de la Ciudad. Casio Longino había indicado personalmente los lugares donde deseaba apostar a sus hombres y el nombre de éstos: era el plan que había organizado para poder controlar la Ciudad en el momento en que se conociera la noticia del éxito de la conspiración. Así pues, la mayor parte del efectivo se encontraba fuera de los edificios de la prefectura, tal como habían previsto Sila y sus

compañeros.

En el momento en que Barbidio reducía al oficial de servicio, Sila y Caleno aparecieron en la entrada de las dependencias del prefecto. Todas las salidas estaban ya vigiladas y nadie había podido salir de allí.

Rodeado por sus persas armados con arcos, Sila atravesó el vestibulum y el atrio ante las miradas temerosas de los esclavos y se encontró ante Casio Longino. Éste, inquieto por el alboroto que se había producido pese a las precauciones de los asaltantes, salía del triclinio donde había reunido para una cena de velada de armas a unos cuantos amigos que estaban al corriente de la conjura y debían ocuparse de convencer, a partir de la mañana siguiente, a los senadores y altos funcionarios conocidos por ser poco adictos de Domiciano de que fueran con ellos a palacio a rendir homenaje al nuevo emperador, en interés de su carrera y la de sus hijos.

Sila se detuvo ante el prefecto sonriendo.

–¡Ave, Casio! Lamento interrumpir tu cena y la conversación que mantenías con tus amigos. Sin duda le estabais dedicando una oración fúnebre a Tito César. Pero yo he venido a buscar mi tablilla…, ya sabes, la tablilla que me envió Menesio pidiéndome que viniera a reunirme con él en Roma y que tú no quisiste restituirme con el pretexto de que era una prueba. ¡Me rindo a la evidencia! Es, en efecto, una prueba en el proceso al que se te someterá por el papel que desempeñaste en el envenenamiento de mi amigo. Apresúrate, te lo ruego, a buscarla en tus archivos, porque aún tenemos mucho que hacer antes de la duodécima hora de la noche, como puedes imaginar…

Casio Longino, boquiabierto y con el belfo colgando, permanecía inmóvil, sin poder dar crédito a la presencia de Sila en el atrio de la prefectura.

Luego montó en cólera.

–¡Tu tablilla! – gritó con una voz penetrante, fuera de sí-. ¡No sé de qué tablilla me hablas! ¡Serás crucificado por asaltar de este modo la prefectura de los vigilantes! ¡Tú y tus bandidos!

Esta vez, Sila decidió que la ironía amable ya no se adaptaba a las circunstancias y le propinó dos bofetadas al hombre del belfo con todas sus fuerzas. Casio Longino se tambaleó a causa del golpe, con lágrimas de dolor y de rabia.

–No me amenaces, Casio, porque puedo hacer que te crucifiquen a ti en el patio de tu cuartel sin esperar a que acaben los acontecimientos de la noche, y sabes que me sobran razones para hacerlo. – Sita miró a Todj y éste alzó su arco provisto de una flecha-. Ordénale a uno de tus secretarios que traiga esa tablilla inmediatamente. Tus vigilantes están encerrados en el sótano y nadie vendrá a liberarte. Estás solo con esos nobles patricios, que mañana deberán explicar a quienes les interroguen en nombre de César qué hacían en tu casa la noche de la conspiración.

Aquellos a los que el galo hacía alusión habían salido del triclinio.

–¿Quién eres tú? – preguntó uno de ellos, lívido.

–¿Estabas en el circo cuando un galo luchó contra los tigres? Si es así, deberías reconocerme.

La mano de Casio Longino buscó bajo su toga y sacó una llavecita de cobre.

–No hace falta llamar a ningún secretario -dijo éste en un tono resignado-.

Tu tablilla se encuentra en el cofre que está a la vista en mi dormitorio.

Acompaña a Sila -le ordenó a uno de los esclavos, que se mantenían a distancia.

–Gracias -repuso Sila, que había cogido la llave-. Esta noche te necesitaré, y si accedes a las peticiones que te haga, y que ayudarán a hacer fracasar vuestro complot, serás entregado a la justicia imperial. De lo contrario, haré que te crucifiquen en el patio media hora antes de medianoche, para estar seguro de que recibes tu castigo en caso de que fracasemos.

–Aún no has ganado la partida, Sila -dijo Casio Longino, que ahora se

esforzaba por mantener el tipo delante de los demás-. Lejos dé la prefectura hay vigilantes, en el palacio imperial, ¡y está la guardia pretoriana!

–Lo sé -replicó el galo-. Hemos calculado la distancia en el plano de la Ciudad. Hay aproximadamente la misma que de tu prefectura a la roca Tarpeya.

En la sala de coordinación, Caleno Corbulón señalaba un punto en el plano de Roma.

–Aquí está la casa de Domitila -dijo-, la hermana de César. Han situado veinte hombres. Deben de querer impedirle que vaya al palacio imperial esta noche…

¡Domitila! Sila recordó que Mancinia le había dicho que era la confidente de Tito y su cómplice en los asuntos amorosos de éste. Ella tenía que ser hostil al horrible fratricidio que se preparaba. Sería mantenida al margen con cualquier pretexto por aquellos vigilantes y, cuando el hecho se hubiera consumado, Domiciano le contaría una mentira. Esporo lo sabía de sobra, pues le había declarado a Sila que los que mataran a Tito podrían ser las primeras víctimas, después de César, de la conspiración. La existencia de aquella hermana hacía ese crimen todavía más necesario para borrar la huella del otro… Se podía imaginar fácilmente la escena: Domiciano salía de las dependencias de su hermano moribundo llamando a los pretorianos y señalándoles a los culpables, que caían a su vez traspasados por las espadas… Los muros de palacio habían presenciado otras similares.

Cluvio Estéfano se personó en casa de Domitila y regresó diciendo que ella no estaba, pues había ido a pasar la velada en casa del riquísimo Terpnio, que celebraba el vigésimo aniversario de su hija. Había ido allí, explicó Cluvio, con cinco hombres de su guardia, pretorianos destinados permanentemente a custodiarla, pero su litera iba escoltada por los veinte vigilantes. Cluvio había hablado con el sexto pretoriano, que permanecía en la casa. No había ocultado que él y sus compañeros estaban furiosos por aquella intrusión de Casio Longino en su terreno. La razón que se les había dado por parte del responsable del destacamento era que «se podía temer

algo contra miembros de la familia imperial durante aquellos días».

–Está bien informado -bromeó Sila-. Haz venir al tipo que ocupaba este despacho antes que nosotros -ordenó.

Fueron de inmediato a sacar a Loreio de su calabozo.

–¿Te llamas Loreio? – preguntó el galo.

–Sí. ¿Y tú?

–Pregúntaselo a Casio Longino cuando estéis en la jaula de los condenados a las fieras, en el sótano del anfiteatro. ¿Sabes que esta noche estás colaborando en un regicidio, o bien Casio Longino te manipula como a un idiota?

–¡Un regicidio! – exclamo Loreio-. Estás delirando. ¡Queremos sustituir a un emperador cuya debilidad pone en peligro al Imperio por un príncipe mejor preparado para el poder! Y Tito debe ser conducido a Capri esta misma noche. Aceptará cederle el trono a su hermano. ¡Es más poeta y literato que César! Todo el mundo lo sabe.

–Ya veo que eres un idiota -dijo el galo-. Me gusta saber con quién trato. ¿Y

qué debes recibir en recompensa por tu felonía?

–¿Y por qué debo responder?

–Para negociar tu vida. Todo cuanto hagas y digas a partir de este momento influirá en tu contra o en tu favor mañana, cuando se inicie la investigación sobre vuestros crímenes. De manera que te interesa satisfacerme.

–Debo recibir el puesto de Casio.

–¿Prefecto de los vigilantes a tu edad? Efectivamente, era tentador. ¿Y

Casio?

–Estará en el gobierno de la provincia egipcia.

–Habría amasado una gran fortuna. Sin embargo, te he hecho venir para que me ayudes a desmontar el mecanismo de esta conspiración. Nos queda poco tiempo. O hablas, o 'mueres. Si hay que llevar, esta noche, una orden a uno de los destacamentos que se encuentran repartidos por la Ciudad, ¿cómo debe ser dada esa orden? Falta de respuesta o respuesta incorrecta, muerte antes de la duodécima hora. La verdad, y ello figurará en tu expediente en la columna positiva.

–Veo que no tengo elección -repuso Loreio, obligándose a bromear.

–¡Por supuesto que sí! Puedes morir, como hacían los romanos en otros tiempos. Eso es lo que nos contaban, al menos en la escuela donde yo fui instruido, en Lugdunum.

–Me has convencido, no insistas. No harías sino humillarme todavía más.

–Lo lamento -dijo Sila-. Pero el regicidio tiene sus inconvenientes.

¿Entonces?

–Todas las órdenes deben estar escritas de la mano de Casio, en una tablilla con su sello personal.

El galo le miró fijamente a los ojos.

–¿No olvidas nada? En estos casos suele haber una señal de reconocimiento, una contraseña. La conmoción puede haber trastornado tu memoria…

–Sí, en el texto de la orden deben figurar las palabras «sin demora».

–Estoy seguro de que me lo habrías dicho aunque no hubiese insistido.

Gracias. Ahora volverás a permanecer incomunicado, y ruega a los dioses que tengamos éxito para que tú y el prefecto de la provincia egipcia sigáis

con vida después de medianoche. ¡Galeno! Planta una cruz en el patio que se encuentra bajo las ventanas del comedor de lujo de Casio Longino. ¡De prisa! Nos exponemos a perderlo todo por unos minutos.

Caleno salió y Sila se dirigió a las dependencias del prefecto, que permanecía bajo la vigilancia de Todj.

Cruzó de nuevo el atrio y se acercó al anfitrión, desplomado en una banqueta, presa de la angustia de la derrota.

–Casio -dijo el galo-. Acompáñame al comedor, por favor.

Los otros estaban allí, maldiciendo el error que habían cometido al dejarse seducir por las promesas de Lacertio y del prefecto.

–Mira lo que están preparando en el patio -añadió Sila, señalando una de las ventanas.

A través de ésta, el prefecto vio que llegaban dos hombres con uniforme de vigilante, transportando dos grandes maderos. Luego se unió a ellos un tercero con un pico en la mano y empezó a desenganchar adoquines para hacer un agujero en el suelo.

–He reflexionado -prosiguió Sila-. Tus crímenes son tan grandes, tanto contra mí como contra Menesio, que he decidido tu ejecución pase lo que pase. Van a plantar ahí la cruz que tú deseabas para mí hace un rato. Sin embargo, mi atavismo de oficial me impone ciertos escrúpulos: mi venganza no debe prevalecer sobre mi deber, qué es el de hacer que tu empresa fracase. De manera que, por mucho que me cueste, voy a darte una oportunidad. Escribirás las órdenes que yo te dicte para determinados destacamentos que has enviado por la Ciudad, y así sobrevivirás a la duodécima hora y a esa cruz. No olvides la contraseña… Un olvido como ése arrojaría una sombra sobre la continuidad de nuestras relaciones. Vamos a tu despacho, donde sin duda tendrás los sellos.

La litera de Sila se detuvo ante la morada del rico Terpnio, cuya entrada,

iluminada por antorchas de resina y velas de sebo, mostraba la animación de una velada de recepción. Toda clase de literas y sillas de porteadores se encontraban alineadas en el jardín e incluso en la calle, donde iban a morir los murmullos y las risas de los invitados. Los esclavos porteadores y los cocheros, entre los que se había distribuido comida y bebida, estaban sentados en el suelo al pie del muro que rodeaba el jardín, al fondo del cual se distinguía el peristilo, así como las togas y túnicas que iban y venían.

Cluvio entró en la casa de la fiesta. Regresó diez minutos después para anunciarle a Sila que Domitila se había dejado convencer sin ninguna dificultad, en cuanto se pronunció en voz baja el nombre de Sila, de que fuera a esperar a éste en un banco de la parte del jardín situada detrás de la casa.

El galo bajó de la litera y siguió a Cluvio por el jardín. Luego se encontró ante el banco de mármol donde la hermana de César estaba sentada.

–Y bien -bromeó ésta-, sospechaba que reaparecerías un día, pero no te esperaba tan pronto. ¿Dónde estabas?

–En la mina de azufre situada al pie del Vesbius. Y como éste lo ha destruido todo…

–¿Te habían enviado allí, a Pompeya?

–Sí. El azar ha hecho bien las cosas. Era la mina a la que había que ir. –

¿Dices el azar en lugar de los dioses? ¿Serás capaz de mostrarte ingrato con ellos, después de que te permitieron salir vivo de un spoletarium? No creo que jamás lo hayan hecho con nadie más…

–No es ingratitud, sino modestia. Hasta después de la duodécima hora de la noche no sabré si están realmente de mi parte.

Ella no comprendió lo que el galo quería decir, pero preguntó:

–¿Qué esperas de mí? ¿Que le hable a César en tu favor? ¿Sabes que, si le

hablo de nuevo de ti, me preguntará qué hiciste de Mancinia la víspera del día en que debía llevarla a Ostia?

–La inhumé en el panteón que había preparado para mi amigo Menesio, cuyo cuerpo no me fue devuelto.

–¿Qué dices? ¿Osas reconocer que…?

–Los hombres que mataban por orden de Lacertio la apuñalaron porque llevaba consigo una declaración escrita que demostraba la infamia de su jefe. Pero los míos me trajeron su cuerpo y esa declaración, después de haber matado a su asesino.

–¿Y por qué no dijiste nada enseguida?

–Para que no me cargaran otro crimen. Ella meneó la cabeza.

–Tu caso es realmente complicado… Déjame reflexionar unos días.

Necesito la ocasión propicia para presentárselo a César. Es mi hermano, pero reina…

–No dispones de días. Cómo máximo, de una hora.

Su rostro rechoncho, pero lleno de dulzura, se ensombreció.

–¡No puedes imponer condiciones! – replicó, con cierta incredulidad-. ¿Por qué una hora? ¿Te buscan y temes que te atrapen?

–No. Estoy enterrado en Pompeya, como todos los que vivían al pie del volcán. Nadie busca mi sombra. Digo una hora porque, dentro de una hora, César, Tito, tu hermano, habrá perecido apuñalado por los que han sido reunidos en un aposento de palacio y esperan el momento de asestar el golpe.

La expresión de ella no cambió porque al principio no comprendió lo que Sila decía, aquella cosa terrible; luego exclamó:

–¿Qué has dicho?

–Nada más que lo que me han revelado dos hombres implicados en la conspiración, a los que capturamos en Pompeya y que están incomunicados en la nave que me ha traído a Ostia. Y por eso estoy aquí: para. que me hagas entrar en palacio. Dispongo de cien hombres y una hora para impedir el crimen.

–¡Así que es eso! – dijo ella-. Casio Longino me ha enviado a mediodía una tablilla comunicándome que me asignaba a veinte vigilantes para protegerme, pues, según ciertos informes, debíamos desconfiar de lo que pudiera ocurrirles en las próximas horas a los miembros de la familia imperial. – ¿Incluso a tu hermano menor? – preguntó fríamente el galo.

Esta vez, Domitila miró a Sila con una especie de temor, y el ex oficial de las legiones comprendió que ella ya sospechaba de Casio Longino, del que sabía que estaba vinculado a Lacertio, y que Lacertio…

–Galo, vas demasiado lejos -dijo en un tono grave, desprovisto de la alegre ironía habitual en ella.

–No -repuso éste-. Tomo el camino más corto porque nos queda poco tiempo.

Se produjo un largo silencio entre ellos, en el cual se oían las risas y los murmullos de la fiesta, la fiesta de cumpleaños de una rica virgen patricia que ignoraba que Roma era cruel.

–No puedo creer una cosa semejante -dijo ella, negando con la cabeza-. Los que te han informado han intentado engañarte…

Pero Sila notaba que pronunciaba aquellas palabras sin convicción y comprendió que no tendría necesidad de añadir nada más.

–Siéntate junto a mí -dijo Domitila con una voz llena de tristeza.