Gladiadores
En los muelles del puerto de Ostia
–Sí -respondió Sila-. Más adelante te darás cuenta de que no has servido a una mala causa. Éstos -añadió, señalando a sus arqueros- se quedarán a tu lado para que estemos seguros de que se mantiene el rumbo correcto mientras yo descanso. Su presencia hará también que Palfurnio compruebe que has actuado bajo amenaza.
–No te preocupes por eso -repuso el otro-. Me dedico a armar y alquilar naves, y mi ambición es obtener beneficios.
–En tal caso, todo el mundo se alegrará de llegar a Ostia unas horas después de la salida del sol -concluyó Sila.
–Salvo quizá Palfurnio -dijo el piloto.
–No necesariamente. A veces es preciso hacer el bien de la gente a su pesar.
En los muelles del puerto de Ostia
La trirreme entró en la ensenada de Ostia a la decimoprimera hora del día.
Sila estaba en el puente al lado del piloto. En los muelles del puerto militar, que compartía aquella ensenada con el comercial, se veía una gran animación. Su instinto de soldado le sugirió dirigirse allí, y le ordenó al piloto que echara el ancla en el límite de las aguas reservadas a esa parte del puerto donde, a todas luces, una legión parecía estar embarcando en una flota impresionante de birremes y trirremes de la fuerza naval imperial.
Montones de utensilios y de provisiones guardados en grandes cestos de paja forrados con lonas cosidas se hallaban alineados ordenadamente en las baldosas de los muelles, con los números de las centurias a las que estaban destinados. Numerosos legionarios que se preparaban para embarcar estaban también en fila, ante la mirada de los centuriones que los contaban
llamándolos por su nombre. Delante de la galera consular, reconocible por el banderín rojo que pendía de su mástil, un grupo de oficiales permanecía en tomo a una mesa cubierta con una tela también púrpura. Entre ellos, Sila distinguió al menos a un personaje consular y varios legados. Consultaban mapas desplegados sobre aquella mesa, mientras que otros daban órdenes a oficiales subalternos que partían a continuación hacia las naves o las formaciones de hombres.
El galo hizo que lo condujeran a tierra con uno de los botes de la galera.
Había dormido, se había puesto una túnica apropiada que le había proporcionado el piloto y, de no ser por algunas marcas de quemaduras en sus manos y piernas, ya no parecía el evadido que había atravesado la víspera el infierno de Pompeya. Avanzó en dirección a todos aquellos militares que se encontraban reunidos allí, observando a los suboficiales con los que se cruzaba con la esperanza de encontrar a uno al que conociera. Había servido veintiún años en la mitad de las veinte legiones que componían el ejército romano, y si los dioses, que le eran favorables desde que Vesbius entrara en erupción, continuaban queriendo protegerle y ayudarle, habría al menos uno en aquel muelle. Y había uno, en efecto.
Un buen mozo de rostro juvenil, que llevaba la cepa de viña de los centuriones a pesar de su edad, avanzaba hacia él. Sila vio sorpresa en los ojos del hombre, al tiempo que en su mente aparecía un nombre: Cluvio Estéfano, joven oficial salido de la orden ecuestre, que había estado a sus órdenes durante el período de pruebas, un muchacho de buena familia destinado a alcanzar altas graduaciones. Entonces Sila se detuvo. La sorpresa aumentó en el semblante del otro, que se detuvo a su vez.
–¡Sila! – exclamó con voz ahogada, como si no quisiera que ese nombre fuera oído-. ¿Es posible que seas tú?
–Es incluso cierto -repuso el galo, sonriendo.
–Pero…, yo te creía…
–¿En las minas? Estaba allí, en efecto, pero un volcán me libró de ellas
ayer.
–Entonces vienes de allí…
Toda Italia sabía lo que había sucedido en Pompeya, pues, en el transcurso de la noche, la nube de cenizas había enviado un oscuro polvo que se había extendido por la Ciudad, manchando todo cuanto tocaba, y su presencia tan lejos del Vesubio demostraba la gravedad de la erupción.
–Vengo de allí, en efecto. Fleté una galera sin la cual no habríamos salido vivos, y hemos remado sin descanso toda la noche para estar aquí antes del mediodía.
–Pero -dijo el joven oficial-, si te reconocen, ¿no serás…?
–Sí, por supuesto. Pero, hasta ahora, tú eres el único que me ha reconocido.
–No temas que yo se lo diga a nadie -replicó vivamente.
–¡No lo temo, Cluvio! Pero, dime, ¿de quién es esa legión que embarca y adónde se dirige?
–Partimos para poner fin a la actividad de los piratas, que en estos momentos hacen la navegación prácticamente imposible, por orden de Tito César, que ha nombrado a Munatio Fausto para dirigir esta campaña. Él también te conoce. Hemos hablado varias veces de tu caso comiendo juntos y él ha asegurado que no te creía…
El joven vaciló.
–¿Culpable de haber captado una herencia?
–Exacto -dijo el otro-. Pero, ahora que pienso… ¿Qué vas a hacer? ¿Sabes adónde ir?
–Lo sé, pero todavía no veo la manera de llegar hasta allí -contestó Sila.
–Si hablara con Munatio -sugirió el joven-, y teniendo en cuenta que debemos levar anclas mañana, estoy seguro de que aceptaría llevarte con nosotros. Nadie sabe si has escapado a la catástrofe provocada por el volcán. Te inscribiríamos en las listas con un nombre falso. No habrá ningún control durante meses, hasta que hayamos regresado a Italia…
Podrías combatir con nosotros y, si alguien te reconoce, no nos resultará difícil pedirle que guarde el secreto. ¡Estoy convencido de que harás proezas y de que irás hasta la guarida de los piratas con hombres disfrazados de marinos para matar a su jefe con tus propias manos! ¿No son esas cosas las que te hicieron famoso en el ejército? Luego, a nuestro regreso, Munatio Fausto no tendrá dificultad en obtener tu indulto de César
-concluyó, con un entusiasmo que reflejaba la admiración que sentía por el guerrero del que había sido alumno-. ¡Te conduciré ante él ahora mismo!
–¿Delante de toda esa gente? – repuso Sila-. Tal vez no quiera comprometerse con un evadido… ¿No puedes decirle que venga a verme a la trirreme que está allí y con la cual he venido? Así podremos hablar confidencialmente…,
e incluso le podré informar de cosas importantes que le interesarán enormemente.
–¿De cosas importantes?
–Sí. Referentes al palacio imperial. Dile eso para que tenga interés en venir.
– Estoy seguro de que irá sin necesidad de eso…
–¿Por curiosidad? – ironizó el galo-. ¿Para ver la cara que tiene un oficial arrojado a las fieras y a la infamia?
El cónsul Munatio Fausto se dirigió discretamente a la galera venida de Pompeya a bordo de una barca guiada por dos hombres y que no llevaba ninguno de los símbolos honoríficos con los que un cónsul a cargo de una misión se da a conocer. Fue recibido en lo alto de la escala por Cotio, que lo condujo a la sala de navegación, donde Sila se hallaba solo.
En cuanto la puerta estuvo cerrada, Munatio Fausto fue con paso decidido hacia Sila, que estaba lívido de emoción pues aquel instante señalaba su reincorporación al mundo del que había sido excluido, y abrazó al ex oficial varias veces.
–Te lo agradezco, Munatio -dijo el galo con lágrimas en los ojos-. Sólo nos hemos visto una vez, y no dudas en confortarme con tu presencia.
–Estoy en las legiones para eso, Sila, y tú lo sabes. Para escapar a lo que sucede en la Ciudad y en los pasillos del palacio. ¿Qué es eso que tienes que decirme y que le has dado a entender a Cluvio para tentarme?
–Como no podemos perder tiempo, te comunico sin rodeos oratorios que, esta noche, los mismos que lograron que me condenasen a ser arrojado a las fieras van a matar a Tito y proclamar emperador a otro.
–¿Cuál es el nombre de ese otro?
–Tú lo sabes -dijo Sila-. Estoy seguro de que ya lo has adivinado. Un miembro de la familia.
Munatio Fausto esbozó una amarga sonrisa.
–¿Quién te ha facilitado esa información?
–Dos personajes secundarios que han sido utilizados para preparar la conspiración y que cayeron en manos de mis hombres antes de la erupción de Vesbius. Esa catástrofe a la que hemos escapado por los pelos lo ha destruido todo y nadie puede saber que están vivos aquí, a bordo de esta nave. Si quieres interrogarlos, no negarán nada.
El cónsul rechazó la propuesta con un, gesto de la mano que expresó su repugnancia.
–Te creo. En realidad, no me sorprende. ¿Estamos, pues, condenados a ser
gobernados siempre por asesinos?
–A no ser que nosotros nos opongamos a ello -replicó Sila.
–¡No veo cómo podríamos hacerlo! – exclamó Munatio-. Y, si he de serte sincero, la propia actitud de César hacia su hermano haría nuestros esfuerzos vanos. Hasta el último momento, el mayor se negaría a creer que el menor le traiciona, y nosotros perderíamos todo crédito por haber ido a advertirles. – El cónsul negó con la cabeza-. ¡No, Sila! Como ya sabes, parto mañana con una misión que me mantendrá alejado de Roma varios meses. Me enteraré a mi regreso de que hay un nuevo emperador. Partiré de nuevo a una frontera y me lavaré las manos de lo que haya sucedido en ese palacio, donde al parecer Júpiter vuelve locos a todos cuantos aloja en él…
-Reflexionó un poco antes de añadir-: Incluso si consiguiéramos desmontar la conspiración…, no sé cómo, pero supongámoslo…, dado que César no castigaría a su hermano, éste nos eliminaría en el siguiente complot, que sí tendría éxito. No hay ninguna esperanza…
–Sin embargo, tú tienes una legión completa en pie de guerra a pocos kilómetros de la Ciudad… Domiciano no tiene tanto. Tan sólo cuenta con unos pocos asesinos escondidos bajo sus togas de patricios y unos pocos cómplices en la guardia pretoriana. ¡Eso es todo!
–¿Entrar en la Ciudad a la cabeza de una legión? Pero ¡sabes perfectamente que eso es un crimen capital! Además, el movimiento de esas centurias en el camino de Ostia a Roma se conocerá en palacio poco después de haberse iniciado.
–Cierto -dijo el galo-. Pero yo no pienso en tu legión uniformada, con sus pertrechos guerreros. Pienso en cien legionarios a los que, vestidos de mozos de cuerda, vendedores o turistas,' haré entrar en la Ciudad a caballo o en cisium que alquilaremos, o a pie, en pequeños grupos. Dámelos y, antes de medianoche, hora a la que Tito debe ser apuñalado, estaré en palacio para pillar a los conspiradores con las manos en la masa.
Munatio sonrió.
–¡No has cambiado! Pero, lo que lograste fuera es insensato tratándose de Domiciano y de la guardia pretoriana. Tú tienes una posibilidad entre diez mil de llegar al corazón del palacio. Pero yo, ¿tengo derecho a arriesgar cien hombres que serán degollados si fracasas? ¿Voy a reunir a las centurias en el muelle de este puerto, a arengarlas y a pedir cien voluntarios para ir a detener al hermano de César al corazón de palacio?
–Ésa es, efectivamente, la pregunta que he venido a hacerte en lugar de huir a Persia con esta galera en la que tengo millones de sestercios y quince hombres, cuya abnegación hacia mí les ha llevado a ir a atacar la mina en la que estaba preso para liberarme.
–No pongo en duda que tú eres el que más arriesgas en este asunto, en lugar de pensar en huir a un lugar seguro -dijo el cónsul a modo de excusa, mientras se sentaba en uno de los asientos sujetos al suelo que acompañaban la mesa de navegación-. Hace un rato me sentía feliz -
ironizó- de partir con mis trirremes y mi legión a la caza de los piratas, y he aquí que tú vienes a perseguir mi conciencia como jamás lo ha sido… -
Reflexionó y, cambiando de tono, prosiguió-: ¡Puedes decir que los dioses están contigo desde que has escapado a Vesbius! entre mis oficiales hay un joven valeroso que es hijo de Rufo Corbulón, al que en opinión de muchos mataron hombres de Domiciano mientras estaba solo de caza. El hijo nunca habla de ello, por supuesto, pero sé que sueña con vengar a su padre.
1. En Roma había, como hoy, «tour operators» que organizaban viajes a través del Imperio.
Sila recordó que ese nombre había sido pronunciado por los personajes que charlaban en el camarote contiguo al que ocupaba él con Mancinia, en el pontón de la Rodania que descendía por el Ródano hasta Marsella.
–Si le hablo a Caleno, que así se llama, de tu empresa, se entregará a ella en cuerpo y alma. Sin duda lo enviaré a la muerte, pero podré decirme que lo deseaba, pues ese muchacho ciertamente prefiere perecer que dejar a su padre sin ser vengado… Es amigo de Cluvio, que me ha puesto en contacto
contigo y que probablemente querrá unirse a vuestro proyecto. El peligro no desanima a Cluvio, y está dispuesto a dar su vida por el bien de Roma.
¿Dices que dispones de quince hombres?
–Uno de ellos es un veterano que sirvió en la guardia pretoriana durante los últimos años de Vespasiano y que conoce todos los detalles de palacio: cómo opera la guardia, los relevos, los puntos débiles de la muralla que rodea los jardines, etcétera. También tengo cinco arqueros persas que atraviesan con sus flechas a un pajarillo en pleno vuelo y las clavan en los resquicios de las corazas.
–Pues si tienes éxito le gustarán a César, que no pone nada por encima de los arcos y los utiliza de maravilla. Si fracasas, probablemente Domiciano ordenará que me corten la cabeza, pero yo no lo permitiré. Mi padre, que fue oficial con Nerón, me hizo prometer que siempre guardaría veneno al alcance de la mano, y yo he sido un hijo obediente.
Estaban ambos de pie ante la mesa de los mapas y Munatio palmeó el hombro de Sila. No dijeron nada más ninguno de los dos, y el cónsul se dirigió a la puerta.
–¡Valete! – exclamó éste volviéndose antes de abrirla.
Tal como previera Munatio, Caleno Corbulón y Cluvio Estéfano se habían puesto a las órdenes de Sila con una gran resolución. Habían hecho campaña en sus centurias para reclutar voluntarios. El cónsul había acuartelado a toda la tropa en el recinto del puerto militar, con el pretexto de que debían partir a la mañana siguiente, pero evidentemente para que no se filtrara nada de lo que pudiera saberse en las filas de la formación de un destacamento destinado a una operación desconocida. Los dos jóvenes militares habían conferenciado largamente con el galo en el cuarto de navegación de la trirreme. Éste les había pedido en primer lugar que buscaran un legionario que hubiese servido en los vigilantes de Roma. Los vigilantes, efectivamente, eran reclutados en las legiones. El tiempo apremiaba y no parecía haber ex vigilantes de la capital en el efectivo de las centurias reunidas para acabar con los piratas, cuando uno de los que
estaban en el secreto recordó que conocía a un tal Barbidio que actualmente estaba de servicio con los vigilantes del puerto de Ostia, y fueron en su busca con la esperanza de averiguar algo útil para el plan. Él accedió a ir a la trirreme atraído por la promesa de una elevada gratificación. Allí, el tal Barbidio, que era un buen mozo muy decidido, respondió a la pregunta que Sila le hacía referente a si conocía al prefecto Casio Longino y lo que pensaba de él.
–Puesto que estamos solos, te diré que es un auténtico cerdo. Si estoy con los vigilantes de Ostia es porque pedí que me trasladaran aquí para no tener que seguir viendo su cara.
–¿Y por qué? – preguntó el galo.
–Porque en la prefectura de los vigilantes de Roma se producen toda clase de intrigas y chanchullos, y si uno no quiere participar en esos chanchullos todo lo que tiene son problemas. De manera que ellos se alegraron de perderme de vista, y yo también. Aquí, en Ostia, hay tranquilidad, y el comisario de los vigilantes, Nonio Balbio, que no depende de Roma, sino de la prefectura marítima, es un tipo normal.
–Y si te dijera que estoy precisamente tratando de poner fin a los chanchullos de Casio Longino, que he venido para eso y que organizo la operación con determinado número de personas, ¿te unirías a nosotros?
–¿Y para qué me necesitas a mí?
–Porque tú conoces la prefectura, lo que ocurre dentro, cómo se puede entrar, cómo está vigilada…
–¡Ah! Entonces, ¿es una operación de guerra?
–Más o menos. Y los que la lleven a buen término serán generosamente recompensados de varias formas. Tendrán un ascenso y recibirán una suma de dinero. En tu caso, dada tu calificación, esa suma bastaría para comprar una granja; no una granja enorme, pero, en fin, una granja…
Barbidio parecía interesado.
–Verás… Por cierto, ¿cuál es tu nombre?
–De momento, aquí, en Ostia, no tengo nombre. Pero si vienes con nosotros esta noche a Roma, lo sabrás y no te sentirás decepcionado.
–¡Bien, de acuerdo, señor Nadie! ¿Me permites que te llame así, como si fueras Ulises?
–No me falta mucho para ser Ulises. Regreso de un largo viaje y he sido prisionero de una especie de Cíclopes.
–Bueno, Ulises -rió Barbidio-, ¿sabes una cosa? Lo que más me interesa, más aún que la granja, es ver a Casio Longino en el trullo…
–Creo que incluso irá más allá del trullo. Entonces, ¿de acuerdo?
–De acuerdo -dijo el otro.
Alargó una mano y Sila le dio una palmada.
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