Gladiadores

Roger Maure · Capítulo 21 de 48

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Gladiadores

Un amargo golpe para un cónsul

–Alya, Alya, amor mío -dijo la esedaria, inclinándose sobre ella para rodearla con los brazos.

Se sintió invadida por un extraño sentimiento que jamás había experimentado hasta entonces: la necesidad de proteger a aquella paloma, a aquel corderillo.

–¡Te amo, te amo! ¿Me oyes? – dijo-. ¿Qué te han dicho allí abajo, en ese lugar al que has ido esta noche, que te hace llorar?

–Me han dicho que le ruegue a Dios por ti… -Los labios de la joven se apoyaban en la mano, de la esedaria, esa mano que lanzaba venablos y dominaba los tiros de caballos-. Tengo miedo -dijo, sollozando-. ¡Te lo suplico, llévame lejos de aquí!

Un amargo golpe para un cónsul

Pese a que las clepsidras indicaban que las doce de la noche ya habían pasado, Nestomaros seguía sentado a la mesa con dos secretarios contables, en una de las estancias del palacio Menesio destinadas a los archivos y la administración de los numerosos negocios que había dirigido el patricio. El falso intendente galo se esforzaba por poner en claro personalmente las cuentas del palacio, las cuales habían sido falsificadas por su predecesor, el intendente Patrobio, desaparecido tras haber ideado el envenenamiento de Menesio, según la versión del leno Ictios.

Los rostros de los dos esclavos de pluma indicaban la hora tardía todavía mejor que el nivel del agua en el reloj hidráulico. El Proscrito sintió piedad de ellos y los envió a sus habitaciones en las dependencias del servicio.

También él abandonó los rollos y las tablillas, dejando para el día siguiente

la conclusión de la operación, y se marchó a través del gran atrio a respirar el aire de los jardines, refrescado por la brisa nocturna, antes de meterse en la cama.

Mientras deambulaba por el gran paseo bordeado de cipreses, vio que uno de los guardias de servicio en la poterna de entrada se acercaba hacia él. –

Señor Nestomaros -dijo éste-, te estaba buscando. Las carretas que llevan los cadáveres a las Fosas hediondas acaban de pasar hace un momento por delante del palacio. Uno de los hombres me ha hecho una seña, me he acercado a él y me ha dado esta tablilla, tras haberme hecho jurar que te la entregaría en mano…

–Te lo agradezco, amigo. Pero ¿qué es eso de las Fosas hediondas? –

preguntó el Proscrito, que no bajaba jamás la guardia ni olvidaba ser el galo recién llegado de su provincia.

–El lugar donde son arrojados los cadáveres de los desconocidos y de los miserables para quemarlos, señor. Después de la puerta Viminal.

–¡Qué ciudad! – exclamó Nestomaros-. En la Galia. hasta los más pobres reciben una sepultura digna…

–Aquí hay demasiados, señor -observó el guardia-. ¿Puedo retirarme ahora, si me lo permites? Debo regresar a mi puesto…

–Gracias, amigo, ¡y que tengas una buena guardia! – Exclamó el Proscrito, regresando hacia el atrio.

Tras acercarse a una de las lámparas que todavía lo iluminaban, separó las dos tablillas unidas por su cordoncillo y su sello de cera, y leyó lo siguiente:

«¡A ve, amigo! Un delator le ha dicho al prefecto de los vigilantes quién eres. Sé de buena fuente que éste irá a apresarte mañana, día de las nonas del mes en curso, en pleno día. Tienes tiempo de organizar tu huida, pero no regreses a nuestras pestilencias, pues temo que el prefecto se haya enterado también de que has vivido aquí. De manera que lo mejor será que te exilies.

Tu amigo Sila sin duda te ayudará. ¡Que Mercurio te asista en tu viaje!

Recuerda mi amistad, con… la que sigues contando. ¡Valete!

El Proscrito buscó con la mirada un asiento en la gran estancia vacía, donde revoloteaban murciélagos confundidos por la luz. Se dejó caer en una banqueta con los brazos y las patas de plata maciza, sintiendo de golpe el peso de su edad tras los siete años de su extraño exilio. El tenue murmullo de la fuente que adornaba el estanque situado en el centro del atrio era la única compañía de la soledad del Proscrito, que calculó que había entrado el año setenta de su vida y recordó que un adivino le había predicho a su madre que su hijo, nacido el séptimo día de julio, estaría sometido al número siete. Aquellos siete años, en el transcurso de los cuales había tenido que ir sin cesar de su panteón mortuorio a los disfraces y las imposturas con los que aparecía en el Foro y otros lugares, pesaban enormemente sobre la espalda de un hombre de su edad. El cónsul proscrito notaba que la fuerza que lo había revitalizado al conocer a Sila y abrazar su causa acababa de recibir una herida mortal. Ahora debía renunciar a aquella nueva juventud que había comenzado a vivir en él al entregarse en cuerpo y alma a la empresa del ex oficial galo. No sólo no podía continuar refugiándose en la fortuna de Sila para permanecer implicado en la vida de la Ciudad, sino que además veía claramente que le iba a causar un gran perjuicio a la empresa de su amigo. Los enemigos del heredero de Menesio no dejarían de reprocharle a éste haber elegido como hombre de confianza a un proscrito que había quebrantado el destierro, merecedor del castigo supremo por haber violado durante años la sentencia que lo alejaba de Roma.

¿Huir? Mersennah-Nestomaros negó con la cabeza en el vacío silencioso del atrio. Más bien aceptar el poder del número siete. Aquel séptimo año de destierro sería el último. Él recordó entonces la existencia de Clidion.

Porque también tendría que dejar a Clidion… El Proscrito había deseado apasionadamente a aquel efebo que compartía su vida y su cama. A los quince años, cuando el cónsul destituido lo había encontrado vestido con harapos en el Submemmium, la calle del barrio de Suburo donde muchachos y muchachas sumidos en la más absoluta miseria vendían su cuerpo por dos o tres ases, en sórdidas covachas, Clidion era más hermoso

que el dios del Amor, con sus grandes ojos negros, que brillaban a la vende hambre y de concupiscencia, y su boca entreabierta sobre unos dientes resplandecientes de blancura que la decadencia aún no había estropeado. El Proscrito había sacado a Clidion de aquel abismo en el que iba a sumirse.

Lo había convertido en su amante, pero también le había enseñado a leer y a escribir, lo había colmado de ternura y vestido lujosamente. Clidion estaba unido a él por mil vínculos familiares. Clidion estaría perdido sin su mentor, su padre… Clidion no había cumplido los diecinueve años. Había engordado, desde luego, pero aquella obesidad era uno de los signos de su felicidad, y el Proscrito no la veía. Cuando acercaba el rostro al de su adorado, siempre veía los ojos negros, las mejillas chupadas y los deseables labios del joven dios, tal como eran la noche en que los comprara por primera vez. ¿Qué sería de Clidion? Le daría al efebo todo el oro que guardaba y que, afortunadamente, había traído días antes de su panteón de las Fosas hediondas, pensando que no regresaría nunca allí porque se había entregado en cuerpo y alma a la empresa de Sila y porque, de todos modos, esa etapa había finalizado.

1. Variante de vale, más informal.

Con aquel oro, Clidion partiría hacia Etruria, donde tenía unas tierras que Mersennah había comprado para él hacía dos años, con una casa rodeada de árboles frutales donde podría vivir, escondiendo allí la considerable suma que constituía el tesoro de Mersennah, entre las buenas gentes del campo que jamás habían puesto los pies en la Ciudad e ignoraban la vida que había llevado allí el efebo. Sí, todo se arreglaría como es debido. Bien está lo que bien acaba. Clidion se sentiría en ocasiones desdichado; lloraría la pérdida de su protector, de su padre, pero luego olvidaría. Y de aquella relación con un hombre viejo, que había estado llena de placeres y de perversidad, no quedaría sino el recuerdo de una amistad que el filtro del tiempo volvería pura…

Mersennah-Nestomaros -antaño Esio Próculo, seis veces cuestor, cuatro veces cónsul- se levantó de su asiento con las tablillas en la mano. Las lágrimas afloraron a sus ojos mientras se dirigía a la estancia donde Clidion debía de dormir desde hacía largo rato, pues Clidion dormía mucho. Eso era

también un signo de que se sentía feliz. Mersennah no lo despertaría, ya que la advertencia del prefecto de las Fosas dejaba un plazo de un día y una noche antes del arresto. Mañana por la mañana, esperaría a que Clidion abriese los ojos, acariciaría su cuerpo por última vez y luego le explicaría que deseaba verle partir a la propiedad de Etruria para que escondiese allí el oro y esperase su llegada. Le daría todo aquel oro y los caballos galos con los que habían llegado al palacio Menesio, cargados con el equipaje necesario. Partirían también con él dos esclavos fornidos, que elegiría entre los del palacio con el consentimiento de Sila.

Y, unos días más tarde, Clidion recibiría una larga misiva de su padre, de su protector, en la que éste le explicaría por qué y cómo le había dejado para siempre.

El falso Nestomaros caminaba por una galería cubierta que conducía a sus aposentos bordeando el vergel de limoneros. La luna iluminaba la silueta del cónsul destituido, y parecía que aquella silueta engañosamente gala se hubiera encorvado. El Proscrito abrió la puerta de los aposentos y cruzó la antecámara para dirigirse al cuarto de baño, donde bebió agua fresca de un cántaro de barro que los esclavos de servicio durante la noche cambiaban regularmente al hacer sus rondas, destinadas a prevenir el peligro de incendio que constituía una de las plagas de la Ciudad.

Tras lavarse las manos, fue hasta la puerta de la habitación donde dormía Clidion y la abrió con precaución para no despertar al efebo. La estancia estaba oscura, ya que durante la noche las aberturas de las ventanas se hallaban tapadas con persianas de madera. Mersennah se acercó a la cama, y se disponía a sentarse para desatarse los coturnos cuando le pareció que aquella cama estaba vacía.

Regresó al cuarto de baño para coger la lámpara de aceite que ardía allí toda la noche y regresó con ella en la mano. La cama estaba vacía, en efecto, y no ocultaba la forma de un cuerpo que estuviera tendido allí. El cónsul Esio Próculo notó que una arcada hacía subir bilis hasta su boca. Clidion no estaba… Volvió hacia la antecámara y entró en la habitación que utilizaba como despacho y donde se encontraban sus efectos personales, entre ellos

los documentos que había conservado durante todos sus avatares, así como el oro, guardado en varias bolsas metidas en un cofre empotrado en la pared y oculto tras una especie de cómoda. El Proscrito apartó el mueble y vio la puerta del cofre, en cuya. cerradura se hallaba puesta la llave. El cofre estaba abierto y vacío.

Clidion se había marchado, llevándose el oro, tras haber denunciado a su benefactor a fin de desembarazarse de él para siempre.

Esta vez, el cónsul Esio Próculo notó que iba a vomitar y se dirigió apresuradamente al cuarto de baño con la lámpara de aceite. La dejó sobre el mármol que rodeaba la pileta del lavabo, encima del cual había un gran espejo. Las arrugas que surcaban su rostro parecían haberse hecho más profundas por efecto del dolor que sentía. La peluca del falso Nestomaros le pareció grotesca, y todo aquel disfraz, ridículo. Acercó una mano para quitársela y apareció su cráneo casi rasurado de romano anticuado. Luego se despegó el bigote postizo debido al arte de Certio.

Entonces vio al viejo en que se había convertido, vencido por la vida y traicionado por el amor, con el rostro del cadáver que sería muy pronto y que las carretas de su amigo, el prefecto de las Fosas hediondas, habrían podido muy bien llevarse hacía un rato, tras haber entregado las tablillas fatales.

En el pequeño pabellón que prefería a todo el resto del palacio, acompañado de las dos flautistas, desnudas con la gracia de sus quince años y tendidas a los pies de su cama, Sila oyó entre sueños unos golpes de alguien que llamaba a la puerta. El ex oficial de las legiones se levantó, con cuidado para no pisar a las durmientes, y al acercarse oyó su nombre pronunciado por la voz del Proscrito.

–Soy yo dijo el cónsul proscrito desde el otro lado-. ¡Por todos los dioses!

Debo hablar contigo a pesar de la hora…

Al abrir, Sila se sorprendió de no encontrar ante sí a su intendente galo, sino el rostro lívido, a la luz de la luna, del cónsul desterrado tal como lo viera

por primera vez en su panteón de las Fosas.

–Perdóname por turbar tu sueño, Sila, pero lee esto…

Sila acercó a la lámpara de aceite sujeta a la pared las tablillas que le tendía su amigo.

Cuando hubo acabado de leer, fue en busca de su túnica, que había colgado en una percha del cuarto de baño antes de irse a la cama. Sacó del bolsillo un bastoncillo de viburno y se lo metió en la boca para pensar en lo que acababa de enterarse.

–¿Sabes quién puede ser el delator? – preguntó. El Proscrito se encogió de hombros.

–Poco importa eso -dijo-. El mal está hecho…

–La única posibilidad es adoptar un nuevo disfraz y partir lo antes posible para Ostia, donde embarcarás. Daremos de inmediato las órdenes oportunas para que esté dispuesta una nave.

Se dirigieron a la estancia destinada a la preparación de las bebidas y las colaciones, y se sentaron en la banqueta donde Sila descubriera los cuerpos petrificados de la tamborilera y del esclavo que la había acompañado en la muerte la noche del asesinato de Menesio.

–Te lo agradezco, Sila -dijo el ex cónsul-, pero no tengo intención de marcharme.

–¡Irás al suplicio! – dijo el galo-. Si no tuviéramos tan peligrosos enemigos en el entorno de Tito César, habríamos podido implorar su clemencia…

Pero no la obtendremos. Ellos se ocuparán de impedirlo. Tú temías perjudicarme…, y resulta que soy yo el que ahora te perjudica a ti.

–¡No, Sila! Gracias a ti y a nuestro encuentro he salido de las Fosas, donde ya llevaba demasiado tiempo. Uniéndome a tu empresa he recuperado la

Ciudad tal como la amo. No tengo valor para dejarla… -Sila, que mordisqueaba su bastoncillo, alzó la mirada hacia el cónsul destituido-.

Prefiero tener el valor de afrontar la muerte -prosiguió éste-. No quiero acabar lejos de aquí, olvidado por todos. Soy un viejo, Sila, y desde esta noche, lo sé… -Se acercó a la ventana que se abría al paisaje de la Ciudad y contempló ésta. El ruido de los carros nocturnos llegaba hasta sus oídos-.

No -continuó-, no es posible. Quiero morir en Roma. No he sido un romano ejemplar, puesto que confundí los sestercios de la República y los míos.

Pero quería mantener mi rango con fasto. Sin duda era un error, pero pensaba devolver el dinero algún día. Lo devolveré con mi sangre…

Sila miraba a su amigo sin decir nada, apenado, pero al mismo tiempo satisfecho de la lección que daba el patricio desposeído.

–Puesto que gozo de tu hospitalidad -prosiguió el Proscrito-, y que ésta todavía puede durar una noche y un día, según lo que dice la tablilla, concédeme un último favor: déjame invitar a este palacio a todos aquellos a los que he conocido en esta ciudad, primero como cuestor y cónsul, y más tarde en calidad del rico comerciante Mersennah… Les comunicaré que Esio Próculo ha regresado del exilio y que quiere honrarlos con un festín.

Mañana, a primera hora, haré llamar a Honorio y le dictaré ante testigos una declaración en la que afirmaré haberte engañado sobre mi verdadera identidad. Leeré ese texto ante mis invitados cuando estén todos aquí.

Luego, el prefecto de los vigilantes, al que habré avisado previamente, me arrestará. No dudo que se sentirá feliz de hacer que encierren en una mazmorra a un amigo del galo Sila… ¿Me das tu consentimiento para hacer cuanto acabo de decirte?

Sila extrajo el bastoncillo de entre sus dientes y observó la punta, hecha papilla.

–No puedo negártelo -dijo-. Uno debe elegir su propia muerte. No hay que permitir que triunfe la vejez. La muerte, sí. Ella tiene derechos sagrados.

Pero a la vejez, que altera y produce decrepitud, es mejor decirle que no…

–Gracias, amigo mío. Finalmente he encontrado un amigo en Roma. ¡Ya era