Gladiadores
Primer episodio
por Tito.
–Caleno Corbulón, cuyo padre, Rufo, fue asesinado por orden de Domiciano. Cluvio Estéfano, joven centurión que sirvió con Sila.
–Barbidio, vigía del puerto de Ostia.
–El legado Estabilio Caprasio FÉLIX, segundo comandante de los pretorianos. El comandante de los pretorianos, Lucrecio Fronto.
Primer episodio
Un galo en Roma
Los segadores de Sila
En la ladera de la colina donde se extendía el último campo de trigo por cosechar, bajo el sol de agosto poniéndose en el horizonte, los cuatro segadores tirados al estilo galo por sus yuntas de bueyes continuaban avanzando con movimientos irresistibles, pese al cansancio que pesaba sobre animales y hombres al término de una larga jornada de trabajo iniciada al alba.
Sin embargo, Sila oía la respiración cada vez más entrecortada en el pecho de los bueyes y veía brotar la espuma en sus hocicos. Así pues, pensó que había llegado el momento de ordenar que se detuvieran.
Se volvió hacia las otras tres yuntas para gozar, por última vez ese día, del espectáculo bien organizado de su tropa de esclavos de ambos sexos maniobrando como soldados en el campo de batalla: los boyeros dirigían a
sus poderosos animales formando una fila absolutamente recta, los segadores cogían a diestras brazadas los pesados tallos de espigas conforme éstos caían de la plataforma de la máquina y se los pasaban a las agavilladoras, todas mujeres o chiquillas, las cuales los ataban en haces perfectamente iguales con cordeles de cáñamo que agarraban con gesto decidido del manojo colocado sobre sus hombros tostados por el sol…
La fatiga se leía en los polvorientos rostros surcados por regueros de sudor, pero, a medida que percibían la mirada de su amo pasando de unos a otros, sonreían.
Sólo habían interrumpido la labor durante una hora en el momento más caluroso del día, a fin de comer las tortas de avena y el cerdo cocido que los niños les habían llevado, en jubiloso tropel, de la granja cuyos tejados se vislumbraban más abajo. Sin embargo, Sila sabía que caminarían descalzos sobre los rastrojos hasta desfallecer de agotamiento si era preciso, con las manos ensangrentadas a causa del cortante cáñamo, sin quejarse, no porque la suerte de los esclavos fuera morir trabajando, sino porque eran sus esclavos.
El ex oficial galo de las legiones los había capturado en combate uno a uno, desde Panonia hasta Persia, y se los había traído en calidad de botín de guerra. La mirada de Sila se cruzó con la de Todj, que guiaba la segadora más cercana a la suya.
Cinco años antes, la hoja de la espada de Sila, roja de sangre, había amenazado el cuello de Todj entre clamores que anunciaban el fin de una batalla. El costado del galo se hallaba atravesado por el venablo que el persa le había clavado antes de caer. Sila presionaba con la hoja, dispuesto a cortar la carótida a no ser que el enemigo tendido en el suelo pidiera perdón. Pero la mirada del vencido, demasiado orgulloso para implorar por su vida, se teñía de desprecio. Y Sila retiró la espada… Luego, debido a la pérdida de sangre, cayó a su vez de rodillas ante el bárbaro derribado. Dos hombres de su centuria se precipitaron esgrimiendo un arma para rematar al persa que acababa de herir a su jefe. Sila les ordenó que no lo hicieran.
Con el tiempo, Todj se había convertido en un excelente segador…
Sila chasqueó con la lengua a fin de detener a su buey, que no se hizo de rogar para obedecer. El animal permanecía como petrificado, temblando de pies a cabeza. Inició un largo mugido que los demás animales, inmóviles también, repitieron.
Los esclavos acechaban los gestos del amo para saber si se trataba de una pausa, pero Sila les indicó levantando una mano que la jornada de trabajo había finalizado. Varios se dejaron caer al suelo, sobre los punzantes rastrojos, mientras que Todj se apoyaba en el timón de su segadora para no desplomarse. Sila contemplaba el sol encima de la colina. Quedaban dos horas largas de luz, pero el tono malva del cielo prometía una nueva jornada de buen tiempo para el día siguiente. No tenía sentido hacer que las personas y los animales traspasaran el límite de sus fuerzas para acabar la cosecha antes del anochecer.
El crujido persistente de las espigas segadas por las hojas de las máquinas había cesado. Sobre la colina ya no se oía más que el susurro de las gavillas que eran apiladas sobre el gran carro, las risas de las mujeres que lo cargaban sabiendo que era el último y los gritos de las alondras que se peleaban en la parte del campo cuyos frutos aún no habían sido cosechados.
Sila permanecía en pie junto al timón de su segadora, con el torso también bañado en sudor bajo el blusón de lino ligero. Metió la mano en el bolsillo cosido a la altura del pecho y sacó uno de los trocitos de viburno que le gustaba masticar, manía adquirida desde que abandonara el ejército para dedicarse a las tareas agrícolas y que completaba su imagen de hombre fornido y taciturno, parco en palabras, que consideraba a los hombres y las cosas con idéntico talante en cualquier circunstancia. Al menos en apariencia…
Los niños, que se habían dormido a la sombra del gran olmo cercano al camino donde Sila ataba su caballo, fueron despertados por el silencio y se dirigieron presurosos hacia los adultos acarreando los cántaros de agua fresca. Se disputaban el honor de dar de beber al amo, armando un gran
alboroto. Sila tomó el cántaro que le tendía el más pequeño y los demás corrieron hacia los segadores, sus padres. En su calidad de hijos de esclavos que garantizaban la prosperidad del dominio eran numerosos y gozaban de buena salud, al igual que los corderos, los lechones, los pollos y los terneros.
–Ocúpate de que todos regresen -le ordenó Sila a Todj-. Di que calienten las termas para el baño.
A continuación se dirigió hacia el olmo, montó en su caballo y tomó el camino que llevaba a la granja de Patroclo, su vecino, que había puesto a la venta todas sus pertenencias -esclavos, ganado y vehículos- tras haber perdido una fortuna jugando en Lugdunum. Patroclo regresaba a Roma, donde tenía un tío del que era heredero, el cual le había conminado a abandonar definitivamente la Galia para reunirse con él. El tío había llegado a la conclusión de que su sobrino le costaría menos caro si se encontraba bajo su vigilancia en la capital que en aquella granja lejana que él mismo le comprara hacía unos años, con la esperanza de despertar el interés de aquel joven con las manos agujereadas por algo útil para su familia y para el Imperio.
Patroclo estaba tumbado en una especie de litera con abundantes incrustaciones de nácar, en lo alto de la escalinata de su villa, y se abanicaba con un espantamoscas hecho de plumas de avestruz.
–¡Sila! – exclamó con su voz de falsete al ver al galo montado en su caballo helvecio, ambos fornidos y musculosos-. Llegas demasiado tarde. Le he vendido todos los esclavos a Memnón… ¡Tú tienes la culpa! ¡Nunca vienes a vernos! Mancinia suspira por ti. ¿Merece acaso la pena tener un vecino a una milla de distancia?
Mancinia era la esposa de Patroclo, una hermosa, alta y robusta mujer del sur de Italia, a la que el romano había intentado en multitud de ocasiones arrojar en brazos de Sila para poder correr más fácilmente tras los muchachos en Vienna o en Lyon.
–¡Clemnia! – gritó Patroclo, volviéndose sobre los bordados cojines hacia el atrio de la villa, donde se veían las columnatas y el chorro de agua al otro lado de la litera-. Ve a decirle a tu señora que nuestro amigo Sila está aquí y que es preciso hacer lo imposible para que se quede a cenar.
Sila miraba a los esclavos de la granja de Patroclo reunidos en el patio, con sus ropas empaquetadas y sus hijos. El rollizo Memnón, el mercader de esclavos griego, estaba repantigado en su carpentum, el gran carro con cortinas de cuero, frente a su secretario, que se hallaba en cuclillas redactando las actas de venta en buena y debida forma sobre tablillas de cera.
–¡Siéntate! ¡Siéntate! – repitió Patroclo con premura, mientras una de las camareras traía una banqueta del atrio-. ¡Dioses magnánimos! ¡Hueles a sudor como un macho cabrío! Has hecho la siega con tus esclavos como de costumbre, ¿eh?
Sila se había sentado sin dejar de masticar el viburno y Patroclo le aferraba el brazo con una mano, suspirando:
–¡Qué músculos! ¡Qué atleta! Vosotros, los galos, sois fuerzas de la naturaleza. ¡No tardaréis en enterrarnos a todos y en convertir Lyón en capital del Imperio!
–¿Cuánto te ha dado el griego por los esclavos? – preguntó Sila, cuya impasibilidad resistía tanto la verborrea como el manoseo de su vecino.
–No llega a ochenta mil sestercios por todos. El tunante se ha presentado esta mañana antes de las once y hemos estado discutiendo hasta ahora.
Sila, sentado en la banqueta de madera encerada, pasaba revista con mirada penetrante de -experto en la materia al ganado humano del que Patroclo acababa de deshacerse. Se trataba en su mayor parte de galos bien alimentados y convenientemente vestidos. Patroclo era un personaje derrochón y fantasioso, pero un buen amo en el sentido de que no quería
que sus esclavos, así como tampoco los caballos o los bueyes, fueran maltratados y alojados en sucios establos. Mancinia, su esposa, montaba en cólera y condenaba a sus camareras y cocineras a ser azotadas por estropear una salsa o robar un poco de perfume, pero revocaba la pena en cuanto el forzudo encargado de aplicar los castigos aparecía con su instrumento de tiras de cuero.
–No te ha robado demasiado -comentó Sila, sacándose la ramita de viburno de entre los dientes.
Al ver que estaba totalmente masticada, la arrojó al pie de la escalinata y hurgó en el bolsillo de su blusón en busca de otra. El ex oficial de las legiones añadió: -Digamos que pierdes un treinta por ciento; pero, en contrapartida, lo vendes todo de golpe. Además, los precios van a bajar en cuestión de días. Cayo Varo ha derrotado a los germanos en el Danubio y de un momento a otro habrá cerca de cien mil prisioneros en venta en los mercados de la Galia, tanto aquí como en la Cisalpina…
–¡Varo ha ganado contra los germanos! ¿Cómo te has enterado tan pronto?
¡Siempre lo sabes todo antes que nadie!
Sila se encogió de hombros.
–Los correos del ejército se detienen en mi casa. El romano exclamó:
–¡Ese cerdo griego! ¡Si hubiera sabido la noticia que tú conoces, me habría desplumado!
–Es probable -admitió Sila, sonriendo.
–¿Por qué no me compras las tierras? – prosiguió Patroclo-. Te concederé todo el crédito que quieras. Eres un hombre con una posición sólida y en el que se puede confiar plenamente. Si añadieras mis tierras a las tuyas, tendrías un dominio magnífico.
Sila meneó la cabeza.
–Tengo de sobra -declaró.
Dijo esto con cierta melancolía, descubriendo en ese momento lo que intentaba ocultarse desde hacía algún tiempo: que se aburría en su hermosa granja, donde todo estaba en su sitio, con seis devotos esclavos a quienes había enseñado a guiar bueyes y caballos de labor, cuando ellos, sobre todo los persas, se habían enfrentado a él en carros de combate. Los persas eran los mejores arqueros del mundo; él los había convertido en boyeros modelo.
¿Era precisamente eso lo que resultaba fastidioso? ¿El hecho de que aquellas fieras se hubiesen transformado en corderos y que la paz de los campos, las puestas de sol sobre los tallos segados y las risas de los niños portadores de cántaros frescos hubieran reemplazado los horribles ruidos de los combates, formados por el tintineo del hierro entrechocando, los estertores de hombres degollados y los relinchos de caballos desbocados?
Notó que Patroclo, hombre de gran agudeza, le observaba con curiosidad, como si le calara de arriba abajo. Después de todo, tal vez Sila no estuviera tan seguro de sí mismo. ¿Por qué vivía solo? Patroclo sabía que su vecino había convertido en su amante a la hermana de uno de sus prisioneros persas, que había elegido voluntariamente la esclavitud para permanecer junto a su hermano y de la cual el amo se había enamorado. La había dejado embarazada y la joven murió al dar a luz un hijo que no sobrevivió.
Sila puso fin a los mudos interrogantes de su vecino romano.
–He venido para comprarte los carros -dijo.
Patroclo poseía excelentes carros de roble, auténticas obras maestras de la técnica gala, fabricados en tierra de los redones*1. Era lo mejor del género que se hacía en el Imperio. Cuando entraron en la Galia, los romanos, que se creían más espabilados que los demás, tuvieron que rendirse a la evidencia. En construcciones de madera, carpintería, industria del vidrio y metales, los galos eran los más expertos. En las casas de Roma, las ventanas no tenían cristales, sólo batientes de madera; las galas, en cambio, estaban
acristaladas. Los romanos habían hecho el ridículo yendo a los baños y preguntando para qué servía aquello, cuando el esclavo les entregaba un trozo de jabón. Nunca lo habían visto. Y todo el mundo recordaba que los soldados de César se habían quedado boquiabiertos ante las segadoras*2
que los galos inventaran tiempo atrás, mientras que en Italia se seguía cosechando con ayuda de la guadaña e incluso de la hoz.
1. Tribu gala cuya ciudad principal era Rennes.
2. Aquellas segadoras eran empujadas por dos bueyes uncidos en la parte trasera. Una hoja colocada delante cortaba los tallos de trigo, que caían sobre una plataforma.
Patroclo, tras instalarse con un sustancioso capital proporcionado por su tío Vitelio, había encargado los carros a un comerciante que recorría las granjas y presentaba todas las producciones de la firma bretona en modelos reducidos, y había hecho un excelente negocio.
Los carros de Sila estaban en las últimas.
–¡Son tuyos! – exclamó Patroclo, agarrando una vez más el musculoso brazo de su vecino-. No discutiré de dinero con un amigo. Di tú el precio.
¡Me tapo los oídos!
Acto seguido, unió cómicamente el gesto a la palabra.
–Los grandes a dos mil sestercios -declaró Sila- y los pequeños entre quinientos y trescientos, según el estado…
Patroclo apartó las manos de las orejas, fingiendo que hacía trampa y escuchaba las cifras enunciadas por Sila; luego acercó su rostro al de su vecino para susurrar:
–Por ese precio, te doy además a Mancinia.
Se echó a reír en el momento en que su esposa salía del atrio y aparecía en
lo alto de la escalinata, maquillada, perfumada y con el magnífico pecho indiscretamente cubierto con un corpiño transparente, cual Juno personificada.
–¡Sila! – exclamó-. ¿No me engañan mis sentidos? ¡Tú aquí, en nuestra modesta morada! ¡Por Venus, estás todavía más seductor cuando hace tiempo que no te has bañado! Pondré a mis muchachas a tu servicio para que te laven y te den un masaje. No saldrás con vida… Cuando estemos en Roma, tú serás lo único que echaré en falta de aquí. – Mancinia interrumpió su discurso para bostezar-. Me aburro mortalmente. Me he pasado el día durmiendo y aún tengo ganas de volver a acostarme. Contigo -añadió, acercando los labios al oído del galo-. ¡Patrocio no se ha enterado! –
comentó, riendo.
–¿Por qué no te vienes con nosotros a Roma? – preguntó éste-. Te invito a casa de mi tío. Se sentirá honrado de recibir a un héroe de las legiones como tú. ¡Cuando pienso que nunca has estado en la Ciudad! ¿Por qué no te marchas delante con Mancinia, en cuanto hayas acabado la cosecha? La escoltarías durante el viaje. Yo me reuniría con vosotros quince días más tarde, después de haber resuelto todos los asuntos pendientes…
–¡Sí, sí! – exclamó Mancinia, sentándose en la banqueta al lado de Sila y pasándole un brazo por los hombros-. ¡Acepta! ¡Acepta, Sila! Tomaremos el camino más largo… Así, mi querido esposo tendrá tiempo de desvirgar al pequeño Xantias, el bailarín que sedujo la semana pasada en el odeón de Vienna. A eso es a lo que él llama asuntos pendientes de resolver…
–No le hagas caso, Sila, por favor… ¡Se lo está inventando! – interrumpió Patroclo-. Y todo para intentar que olvide que la encontré acostada con Clemnia ayer, a la hora de la siesta, después de que me despertaran con los gritos de becerras en celo que lanzaban al unísono.
Pero Sila ya no escuchaba. Conocía de sobra el dúo que Patrocio y Mancinia interpretaban ante él cada vez que los visitaba. El galo miraba el carro con cortinas de cuero del mercader griego, que traqueteaba tras su tiro de cuatro caballos mientras cruzaba el pórtico de la granja que daba al
camino.
La tropa de esclavos machos y hembras, con su progenie, se ponía en marcha tras el pesado vehículo, a bordo del cual el negociante en ganado humano se desplazaba con sus muebles de campamento, sus tablillas de cera y sus bolsas de monedas guardadas en cofres. Los hombres y las mujeres que habían trabajado en aquella granja durante años, acompañados de los niños que habían nacido allí, partían por el camino hacia un destino desconocido…
A la entrada del atrio, las camareras de Mancinia y los asistentes de Patroclo, que se habían acercado en silencio, observaban también aquel éxodo que habría podido ser el suyo si el amo y la ama no hubieran decidido conservarlos para llevarlos a Roma con ellos. Ésa era la suerte de los esclavos y debían soportarla sin rechistar.
Sin embargo, no era tal el caso de una chiquilla que debía de tener unos catorce años y que no se resignaba a dejar la granja sin derramar lágrimas.
Sila la observaba mientras ella permanecía al final de la tropa, que acababa de franquear el pórtico entre el ruido de las ruedas del gran carro. La chiquilla abrazaba a una anciana que se encontraba sentada en uno de esos taburetes de tres patas que se utilizan para ordeñar las vacas. Hasta entonces, la vieja se había confundido con el rebaño de los que esperaban el momento de la partida, pero ahora permanecía sola en el patio con la jovencita, que se había arrodillado ante ella y lloraba.
–¿Quién es esa vieja? – le preguntó Sila a Mancinia.
–¡Es un monumento! – bromeó la dueña de la villa-. No le falta mucho para cumplir cien años. Estaba aquí cuando compramos el dominio. Lo resiste todo y aún ordeña las vacas.
–El griego no la ha querido -explicó Patroclo-. Ha dicho que retrasaría la marcha de los demás y que, de todas formas, estiraría la pata por el camino.
¿Sabes lo que ha contestado ella? «¡Ya veremos si vives tanto como yo!», le ha espetado. «Y eres tú quien retrasará la marcha de los demás, con lo que
pesas, cuando montes en la barca de Caronte.» Todos se han echado a reír, y el griego estaba furioso. «Si no fueras tan vieja, te haría azotar», le ha dicho. «No has querido comprarme», ha replicado ella. «¿Con qué derecho podrías ordenar que me azotasen? ¡Eres demasiado avaro y demasiado griego para pagar ni un miserable as para obtener el placer de ver curtir la piel de mis viejas nalgas!»
Patroclo reía al recordar la escena que se había desarrollado ante él en el transcurso de la tarde de regateos con Memnón.
–¿Y esa chiquilla que no quiere marcharse? – prosiguió Sila, al ver a uno de los sirvientes del mercader de esclavos regresar al pórtico para llamar a la jovencita que se había quedado rezagada-. ¿Quién es?
–Su padre y su madre murieron el año en que se produjo la gran epidemia de viruela. No quiere abandonar el lugar donde se encuentran enterrados sus padres.
La pequeña tenía unos grandes ojos negros en un rostro desfigurado por el dolor y llevaba la larga cabellera recogida en un moño.
Sila sacó el bastoncillo de viburno de entre sus labios y frunció imperceptiblemente el entrecejo. El sirviente del griego arrastraba hacia el camino a la pequeña, que ya no lloraba, amedrentada por el látigo que el hombre esgrimía en la mano. La vieja permanecía sentada en el taburete, muy erguida, sin que su arrugado rostro expresara ningún sentimiento.
Sila se levantó de la banqueta de madera encerada.
–¿Por cuánto se la has vendido al griego? – le preguntó a Patroclo. El romano hizo un gesto evasivo.
–No me acuerdo. Quizá trescientos sestercios… ¡Sí, eso es, trescientos sestercios! Lo único que sabe hacer esa chica es ocuparse de los corderos.
Probablemente, ni siquiera ha aprendido a cocinar. ¿Qué te ocurre? –
preguntó Patroclo, sorprendido, al ver que Sila empezaba a bajar la
escalinata-. ¡Eh! ¿Te interesa esa chica? ¿Por qué no has venido esta mañana? ¡Te la habría regalado! Ahora es del griego, y figura en el acta de venta…
Mancinia había agarrado al galo por un brazo y gemía.
–¡Sila! ¡No te irás así! ¡Tú te quedas a cenar con nosotros! Todas mis muchachas están dispuestas a pasar la noche contigo. ¡No necesitas a esa enclenque que no tiene ni pechos! ¡Eres realmente el colmo!
Sila se volvió para sonreírle.
–No te preocupes por mí. Vendré mañana a cenar. Ya habrá finalizado la cosecha y podré beber tanto vino como tu esposo y tú. ¡Salud, Patroclo! Te traeré el dinero de los carros.
–¡Galo salvaje! – exclamó Mancinia-. Ni siquiera me ha besado antes de marcharse.
El carpentum de Memnón avanzaba siguiendo el alto muro de piedra que rodeaba los jardines de la villa de Patroclo; los esclavos caminaban tras él en silencio. El sol ya había alcanzado el horizonte y el cielo se había tornado de color malva. Sila llegó a la altura del carro montado en su caballo a pelo, con el calzón galo utilizado para los trabajos del campo. El mercader estaba medio tendido, con su enorme vientre hacia delante y las piernas abiertas sobre los cojines de cuero, y comía pepinillos agridulces que le ofrecía su esclavo secretario en una copela de alabastro.
–¡Salud, griego! – dijo Sila. – ¡Salud, campesino!
Era, en efecto, el aspecto que tenía el ex oficial de las legiones con el cansancio de la jornada de trabajo reflejado en el rostro y sus ropas tejidas en la granja, similares a las que llevaban sus esclavos.
–¿Tú también tomas el camino de Vienna? – prosiguió el griego-. Si es así, deja que mis hombres se encarguen de tu caballo y ven a jugar una partida
de dados conmigo.
Sila exhibió su parca sonrisa y meneó imperceptiblemente la cabeza.
–No dijo-. No voy tan lejos y me daría demasiado miedo perder jugando contigo. Me quedaría sin mi cosecha antes de que avistáramos el Ródano.
El vientre del griego se bamboleó a causa de la risa.
–¡A veces pierdo, no creas, campesino!
–Yo te haré ganar dinero de otro modo -replicó el galo-. Te compro una de las muchachas que Patroclo acaba de venderte.
–¡Vaya, vaya! – exclamó el griego, con la prudencia característica del comerciante-. ¿Por qué no has venido a comprarla antes que yo, siendo como eres de esta región?
–Estaba ocupado en los campos. Nosotros trabajamos toda la jornada. No sólo un día de vez en cuando, como los mercaderes de animales o de esclavos…
–¡Eh, eh! – le interrumpió el griego-. ¡De eso nada! ¡Todos los destripa terrones sois iguales! Creéis que sois los únicos que os esforzáis para ganaros la vida… ¡Mira! El sol está a punto de ponerse y todos los campesinos han regresado a sus granjas, donde se disponen a acostarse con sus mujeres o con las de sus esclavos, mientras que yo todavía no he cerrado mi comercio y tengo a mi secretario a punto para tomar el estilete y redactar un acta de venta. En fin, ¿de qué muchacha se trata? ¿De la bretona alta y rubia, que sabe asistir a las vacas en los partos y curar a las yeguas enfermas? Te advierto que es cara. Tengo un cliente para ella al otro lado de Lugdunum, en una propiedad donde hay dos mil bovinos y la más hermosa cría de caballos de esta región de la Galia. En casa de Servio Acrisio, ¿lo conoces?
–Lo conozco -respondió Sila-. Pero no es esa la que me interesa. Curo a mis
animales yo mismo.
–Estoy convencido de ello -le soltó el griego en tono irónico, dirigiendo una mirada a las ropas del galo y a las toscas sandalias de cuero que veía sobre los flancos del caballo helvecio.
–La muchacha que quiero no sabe hacer nada. Es la pequeña de catorce años, la que se ocupaba de las aves y los corderos.
–¡Ésa! – exclamó el orondo mercader-. ¿La morena del moño?
–Sí, ésa -asintió Sila.
El griego le haría pagar un precio exorbitante, pero, tal como iba el asunto, no podía ser de otro modo. Sila vio que el griego reflexionaba, sin duda calculando cuánto se le podía robar a aquel ingenuo que se metía de tal modo en la boca del lobo.
–Es una lástima -declaró por fin-. No está en venta.
–Una lástima, en efecto -admitió Sila, tras haber permanecido también unos instantes en silencio, atento al paso del caballo y al ruido de las ruedas del carro.
El voluminoso hombre colocaba el listón en lo más alto, con la intención de desplumar a su cliente sin piedad.
Miró a Sila con una especie de curiosidad divertida.
–¿Te gusta esa pequeña?
–Te he dicho que quería comprarla.
–Eso no responde a mi pregunta -observó Memnón-. Lo que quiero saber es si la quieres para que cuide tus aves o para otra cosa…, digamos más personal. – Se echó a reír como remate a la frase y luego prosiguió, ante la
falta de respuesta del galo-: Tienes buen gusto. Precisamente a mí se me había ocurrido lo mismo. Tú eres experto en tierras, forrajes y es probable que también en ganado. Pero estarás de acuerdo conmigo en que los hombres y las mujeres son mi especialidad… A cada cual su oficio, ¿no te parece? Esa pequeña está muy bien hecha. Dentro de dos o tres años será muy hermosa. Además, voy a enseñarle a bailar y a tocar la flauta, y también le enseñaré lo que puedes imaginar y que tú también deseas enseñarle, si he entendido bien, y cuando sepa todo lo necesario la enviaré a Roma, donde mi socio tiene un importante negocio, para que saque de ella el máximo beneficio.
Sila continuó avanzando junto al carro sin responder. Al cabo de un rato dijo de pronto:
–Te equivocas, no pensaba en eso. De todos modos, comprendo que se trata de tus intereses y que tienes derecho a defenderlos como te parezca oportuno… ¿Cuánto valdrá la pequeña cuando sea como la has descrito?
–En Roma, bien vendida a una alcahueta a la edad de diecisiete años, diez mil sestercios. Tal vez quince, si le ha caído en gracia a un ricachón que ya haya pasado la sesentena y necesite a una muchacha capaz de despertar lo que la edad ha dormido en él…
Memnón rió entre sus cojines de cuero. Sila dejó que se divirtiera un instante y luego le cortó:
–De acuerdo por diez mil.
Pronunció esas palabras en un tono frío, tachándose interiormente de imbécil. ¡Diez mil sestercios por aquella pequeña desdichada! De nuevo le dominó la sensación de que se aburría en su vida de granjero acomodado y de que estaba haciendo una tontería para distraer su aburrimiento.
Memnón había dejado de reír y clavaba en el galo una mirada de asombro.
–Eso no es serio -dijo.
–En efecto -admitió Sila-, pero lo que está dicho está dicho. Memnón se encogió de hombros con gesto malhumorado.
–¡No hay nada dicho! Lo que te he dicho al principio es que no quería venderla. Quiero a la pequeña para mí, para que te enteres. Esta noche llegaré a mi casa, en Vienna, haré que se dé un baño para disipar los olores de cordero y gallinero, y empezaré a ocuparme de ella… -Hizo una pausa y después prosiguió en un tono de comerciante enzarzado en una conversación de negocios, esta vez sin bromear-: No soy vendedor. Si quieres otra de las muchachas, dime cuál y te haré un precio razonable.
–Gracias -contestó Sila-, pero la que me interesaba era ésa. Continuaron avanzando uno junto al otro. El griego fue el primero en volver a tomar la palabra.
–Oye -dijo-, si la pequeña te atrae, te propongo un trato. Detendré el carro, me apearé, ordenaré que la traigan, tú montarás en él con la chica, me pagarás mil sestercios y la desflorarás. Te la dejaré media hora. Así, tendrás lo que deseabas y no te quedarás con las ganas. A mí eso no me interesa.
Prefiero que otro haga el esfuerzo antes que yo y entrar por un camino ya abierto. Es una proposición honesta, ¿no? Si no llevas dinero encima, no importa; me firmarás una tablilla. Debes de tener dinero en un banco de Vienna, como todo el mundo en estos contornos, ¿no? ¿Es correcto, campesino? – concluyó con jovialidad.
–Es correcto -asintió Sila-, pero puedes irte a tomar por culo.
El galo había pronunciado esas palabras en un tono duro que Memnón recibió como si fuera una bofetada.
–¡Eh, eh! – exclamó éste-. ¿Qué modales son ésos? ¡Ni siquiera te lavas y pretendes dar lecciones a los demás! ¿Por quién te tomas? ¿Sabes quién soy yo en Vienna y en Lyón?
–Sé muy bien quién eres, en Vienna, en Lyón y en cualquier parte -
respondió tranquilamente Sila.
Por un instante había notado que la cólera se apoderaba de él, pero había recobrado la sangre fría. ¡La desdichada, que lloraba porque no quería ser separada de los restos de sus padres!
El griego abrió la boca para seguir dándose importancia, pero Sila le quitó la palabra.
–Y también sé lo que eres por la noche, y lo que eres cuando no eres mercader de esclavos…
–¡Cuidado con lo que dices, destripaterrones! – protestó a gritos el otro-. ¡Si me injurias, presentaré una demanda contra ti al pretor de Vienna!
–¿Acaso te he injuriado?
–¡Te dispones a hacerlo! Soy un honrado comerciante a quien protegen todos los patricios de la región, que son mis clientes y con frecuencia mis deudores. Si dices una palabra inconveniente delante de mi secretario, lo citaré como testigo de tus acusaciones difamatorias y serás condenado en justicia a pagar una elevada multa.
Sila meneó la cabeza.
–Más bien haz bajar a tu secretario. Es preferible para ti. A no ser que esté al corriente de tus actividades ilegales y deshonestas…
–¡Ojo con lo que dices, campesino! – amenazó Memnón. Luego se detuvo en seco, reflexionó un instante y le ordenó al esclavo que le llevaba las cuentas-: ¡Baja, imbécil! Déjame discutir con este patán. ¡Vamos, largo de aquí! Manténte veinte pasos detrás del vehículo…
–¡En buena hora! – exclamó Sila-. Te estás volviendo razonable.
El esclavo secretario había saltado del carro y se alejaba por el camino.
Cuando estuvo a una buena distancia, el galo empezó:
–El día de las calendas de junio compraste veintitrés bueyes de matanza que habían sido robados una semana antes cerca de Autun. Tú se los revendiste a un helvecio que realiza transacciones de ese tipo en Lugdunum.
–Muy bien -dijo el orondo griego-. No te preocupes… ¡Lo único que hace falta es demostrarlo!
–Eso es cosa fácil -replicó lacónicamente Sila-. Te encargaste de que cruzaran el Ródano la noche siguiente en una barcaza, cerca de Bibractium…
–¿Estabas allí para verlo? – repuso Memnón en tono de burla.
–Yo no, pero sí uno de mis antiguos soldados.
–¿Antiguo soldado? ¿Estás en el ejército? – preguntó con voz inquieta el voluminoso mercader de esclavos, que ahora comprendía que había subestimado a quien él llamaba «destripaterrones».
–Lo estuve, pero me retiré. Le entregaste doscientos cincuenta sestercios al barquero para que transportara los bueyes y olvidase que lo había hecho…
–¿Eso es todo? – lloriqueó el otro con rabia.
–No -contestó -. Está también el asunto de las joyas que robaron en la villa de Demetrio el Griego, un compatriota tuyo, que tú compraste por la quinta parte de su valor sabiendo muy bien de dónde procedían y que hiciste llegar a Roma confiándoselas a Vingatio, el batelero, que las transportó hasta Marsella para que fueran embarcadas en una galera perteneciente a Estrabo, el comerciante en vinos de Narbona…
–¿Uno de tus antiguos soldados trabaja quizá en uno de los barcos de Vingatio? – preguntó con ironía el griego, cuyos mofletes se habían tornado blancos y relucían de sudor.
–En efecto.
–¿Y cuánto va a costarme todo eso? – preguntó el mercader de esclavos con la voz quebrada.
–Nueve mil setecientos sestercios -le espetó Sila.
–¡Para! – ordenó a voz en cuello el mercader de esclavos, dirigiéndose al postillón que montaba el caballo que encabezaba el tiro.
El pesado carpentum se detuvo tras un grito del postillón.
El griego se colocó a cuatro patas sobre los cojines y sacó de debajo de su blusa una llave, que llevaba colgada al cuello sobre la carne grasienta. Con aquella llave abrió un cofre lleno de monedas de oro y de plata.
–¿Qué haces? le preguntó el galo desde lo alto de su caballo.
–Voy a darte lo que me has pedido, y espero que por ese precio tendré el placer de no volver a verte jamás…
El mercader empezó a contar monedas de oro de mil sestercios, apilándolas entre sus rollizos dedos.
–Para ser griego, no tienes ni un ápice de malicia -comentó Sila en tono irónico-. No has entendido nada.
El otro lo miraba, con el oro en las manos, temiendo un nuevo chantaje por parte de aquel ex militar que sabía demasiadas cosas de él.
–He dicho que te costaría nueve mil setecientos sestercios porque hace un momento estaba dispuesto a darte diez mil por la muchacha y tú los has rechazado. Ahora te la compro por la cantidad que le has pagado a Patroclo: trescientos sestercios, ni uno más. Diez mil menos trescientos hacen nueve mil setecientos, que acabas de perder, por lo tanto…
Sila había sacado de la bolsa de cabritilla que llevaba en la cintura, bajo el blusón, tres monedas de plata de cien sestercios y se las arrojó al griego.
Las monedas cayeron sobre los cojines de cuero.
–Llama a tu secretario -dijo en tono imperioso el ex oficial de las legiones-y dile que redacte el acta de venta. Date prisa. El sol se está poniendo y mañana tengo trabajo.
El griego, incrédulo, miraba al galo agachado ante sus cofres.
–Sabías todo lo que me has dicho y, sin embargo, ¿estabas dispuesto a pagar diez mil por la pequeña? – preguntó, atónito.
Sila escupió con una mueca de asco el bastoncillo de viburno que había masticado durante la conversación hasta el punto de hacerlo papilla.
–No me gusta meterme en los asuntos de los demás, mientras los demás no se metan en los míos -repuso, cortante.
Sila había hecho montar a la muchacha a la grupa de su caballo. Ésta se agarraba a sus caderas para no caer y, en algunos momentos, el galo notaba que se apretaba contra él.
Tras haber rescatado a la pequeña y dejado al griego, el ex oficial se dirigió hacia el pórtico de la villa de Patroclo y entró en el patio. Ya no había nadie en lo alto de la escalinata desde donde, poco antes, Patroclo y Mancinia habían asistido con él a la marcha de los esclavos. Tan sólo la vieja permanecía sentada en su taburete en medio del patio desierto, en el silencio roto por los tristes mugidos de una vaca inquieta por la mudanza que, en una tarde, había trastornado el universo apacible de la granja.
El galo detuvo su montura después de dar tres pasos por el patio.
–¡Eh, vieja! ¡He comprado a la pequeña! – exclamó, al tiempo que le hacía dar media vuelta al caballo para que la buena mujer pudiese ver a la