Gladiadores

Roger Maure · Capítulo 41 de 48

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Gladiadores

Cambio de rumbo

respectivos puestos. Se cruzaron con varios esquifes que habían volcado al intentar hacer la misma maniobra sin poseer ni la ciencia ni la fuerza motriz necesarias. Los cuerpos sin vida de los pasajeros flotaban entre dos aguas, maltratados por el oleaje. Los que aún vivían, agarrados a tablas, levantaban los brazos implorando que los salvaran; pero la galera no podía. hacer nada por ellos en el peligroso trance en que también ella se encontraba y el piloto no quiso verlos. Al ritmo que imponían los gritos de los jefes de boga, los remeros estiraban y empujaban sus instrumentos como enloquecidos, conscientes de que sus músculos y su valor eran los únicos que podrían arrancar a la galera de la tierra contra la voluntad del viento.

Oculto por la inmensa capota de ceniza que ahora parecía detenerse a unos metros de los tejados en llamas de la ciudad; el volcán causante de todo aquello permanecía invisible. Se veía la misma horrible cosa sobre Herculano. En el camino costero que unía ambas ciudades, la columna de los fugitivos con sus vehículos y sus jinetes parecía inmóvil, engullida sin duda por la masa de cenizas que alcanzaba desde el suelo la altura de un caballo. Sila comprendió entonces que tan sólo los que habían podido huir cuatro horas antes, o embarcarse tras haber abandonado todos sus bienes sin perder un minuto, habían podido salvarse, y que nadie en Roma, es decir, Lacertio y los demás, sabría jamás si Sila, Esporo o Palfurnio habían podido escapar a la destrucción de Herculano y Pompeya.

Cambio de rumbo

Como el rostro del piloto reflejaba la satisfacción que sentía al ver que el oleaje se tornaba más regular y más lento, al tomar las cosas el giro favorable que él había deseado, Sila le hizo un gesto de complicidad y dejó el puente. Bajó a la crujía del puente superior, donde se encontraban los camarotes que Palfurnio, que no pensaba pasar varios meses en altamar viviendo con incomodidad y austeridad, había hecho acondicionar lujosamente por uno de sus intendentes en cuanto hubo cerrado el trato con

el piloto propietario de la nave. Exhausto por las horas que había pasado en el sótano entre sus gladiadores, Palfurnio se había retirado a sus aposentos en cuanto llegó a bordo, durmiéndose profundamente. Sila situó inmediatamente ante su puerta a dos veteranos, con la orden de no dejarle salir bajo ningún pretexto.

El galo se dirigió hacia la escalerilla que permitía descender a la bodega.

Esporo se encontraba retenido allí, en uno de los cuartuchos destinados a encerrar encadenados a los remeros indisciplinados, cuartuchos sin luz donde se oía el rumor de las olas golpeando el cascarón de madera forrado de cobre. Le ordenó al veterano que montaba guardia que le abriera la puerta y la dejase abierta para que entrara la luz, y que se alejara a fin de no poder oír lo que se diría si Esporo se ponía charlatán, tal como Honorio dio a entender cuando había puesto a Sila al corriente de la investigación que había llevado a cabo en Pompeya.

Encontró a Esporo atado a la pared, en un taburete. El galo se sentó en una tabla que podía servir de cama cuando no se estaba encadenado.

–¡Salud Esporo! No me guardes rencor por mantenerte atado. Yo he padecido las cadenas que tus amigos me pusieron y tú puedes muy bien soportar algunas consecuencias…

–De lo único que me quejo es de que no tengo nada para beber. –

Perdónanos. La tripulación ha estado muy ocupada con la salida del muelle, pero dentro de poco todo volverá a la normalidad. Yo vine a la mina de azufre en una galera similar a ésta, en el fondo de la bodega, y sólo me dieron de beber una vez durante el viaje desde Ostia. Me temo que te ha llegado el momento de pagar por lo que habéis hecho tus amigos y tú…

–Te ruego que me mates limpiamente y me ahorres las brutalidades que podrían desfigurar y estropear mi cuerpo.

–Ya me han dicho que le tenías mucho apego a las formas que los dioses te dieron al nacer…

–Cada cual tiene su forma de ver la vida -dijo Esporo-, y en consecuencia la muerte.

–En efecto. ¿Puedes ahora, para evitarme tener que recurrir a brutalidades inestéticas, confirmarme lo que me han dicho Honorio y Palfurnio, es decir, que Domiciano, ayudado por aquellos que te dan trabajo, va a expulsar a su hermano del trono la noche que vendrá después de ésta?

–Así es. Por eso te interesa no maltratarme e incluso velar por mi conservación, a fin de que eventualmente pueda interceder por ti cuando caigas en manos del nuevo César.

Sila sonrió.

–¿Realmente lo harías?

–¿Por qué no? Yo no soy un ave de presa movida por el odio o la venganza,

¿sabes? Actúo para ofrecerle a mi vida los medios de pasarla de forma agradable y placentera. El alquiler de mulas y carretas no bastaría para proporcionarme tales medios ni para hacerme conocer el interés que se experimenta estando involucrado en los asuntos del Imperio… Digamos que soy un epicúreo en el crimen y que me gusta hacerlo todo con elegancia. Si puedo conseguir que seas desterrado de por vida al otro extremo del mundo, en lugar de ser arrojado de nuevo a las fieras como lo fuiste, no tendría inconveniente en pedirlo. Debo confesarte que las carnicerías del circo me repugnan. Los esedarios que se enfrentan al galope, pilum en mano, de acuerdo. Pero los gladiadores que se matan entre sí a centenares, jadeando como leñadores que talan árboles, y con mayor motivo las fieras que arrancan los miembros de los condenados con sus dientes,

¡no! Estoy en contra…

–Bueno, te agradezco lo que quizá hagas por mí… Pero, como soy curioso por naturaleza, me haría muy feliz que me dijeras más cosas sobre la forma en que tus amigos van a proceder para ayudar a Domiciano a subir al trono imperial.

–No hay mala voluntad por mi parte -repuso Esporo, que se sentía muy cómodo al ver que Sila era buena compañía-, pero no sé tanto. No soy un hombre tan importante en Roma, si bien lo era un poco en Pompeya. ¡No tengo por qué ocultarte nada! ¿No pensarás, recién salido de la mina de azufre y con unos cuantos militares retirados, impedir una conspiración en la que una parte del palacio imperial, incluido el hermano de César en persona, se halla implicada desde hace meses?

–No sé. Todavía no he decidido nada. Quería consultarte acerca de ello…

Esporo rió.

–Me siento muy honrado por la confianza que me otorgas. Por lo poco que sé, siendo el prefecto de los vigilantes, Casio Longino, amigo de Lacertio, podrá tener Roma bajo control mientras los acontecimientos se desarrollan discretamente en el palacio imperial…

–Algo sé de que el prefecto de los vigilantes es uno de sus amigos -dijo Sila.

–¿Has tenido tratos con él?

–Guardo un mal recuerdo de ello. Pero, te he interrumpido…

–En el palacio imperial, pues, dado que Domiciano ocupa unos aposentos próximos a los de su hermano, bastará con haber convencido al que está al mando de la guardia pretoriana y cuyo nombre, si la memoria no me engaña, es Lucrecio Fronto, de que no intervenga durante los pocos minutos que se necesitan para eliminar a César…

–¿Y qué medios se utilizarán para eliminarlo, como tú dices?

–Creo que el puñal manejado por un grupo de conjurados de alto rango, cuya presencia no pueda sorprender al príncipe, se impone en un caso como éste -dijo Esporo en un tono desenvuelto-. Por lo demás -añadió de pronto-, si yo fuera de esos a los que su elevado rango destina a un crimen que

podríamos calificar de histórico, temería la doblez de Domiciano. Te hablo con franqueza, admítelo. Temería que el hermano de Tito, una vez acuchillado este último, hiciera matar de inmediato a los que se creen sus amigos, a fin de borrar el rastro y la prueba de lo que constituye un fratricidio por personas interpuestas… De ese modo aparecerla como heredero de un trono que ha quedado vacante a consecuencia de un trágico acontecimiento en el que él no ha tenido ninguna participación. Es muy hábil, ¿no?, y debo decir que aprecio lo que hay de sutil en su proceder…

De cualquier modo, esto no pasa de ser un comentario entre nosotros para ayudarnos a pasar el tiempo en altamar, puesto que de todas formas nos alejamos de Roma en tu interés y en el de tu amigo Palfurnio… Este último me advirtió cuando estábamos en su sótano que nos dirigiríamos a Persia.

¿Qué haréis conmigo allí?

–Lo pensaremos. Primero queremos pedirte que consignes por escrito, delante de testigos, lo que has hecho. Sé que no nos lo negarás, ya que deseas conservar intactas tus orejas, tu nariz, tus testículos, en fui, todo aquello que se puede cortar en un hombre que muestra independencia de carácter…

–¡No te preocupes! – exclamó el otro, riendo-. ¡La sola amenaza de cortarme el pelo bastará para obtener mi colaboración en la revisión de tu proceso! No tendrás que bajar más…

–¡Estaba seguro de ello! Después, si Honorio logra que accedan a esa revisión de la que hablas, te pediremos que comparezcas como testigo contra Lacertio, a cambio de tu vida y el destierro, igual que le hemos prometido a tu antiguo amigo Palfurnio.

–Son peticiones moderadas -dijo Esporo, riendo-, pero se quedarán en papel mojado, ya que dentro de unas horas reinará Domiciano. Esperemos que no envíe en cuanto lo coronen una nave más rápida en persecución de esta galera. En fin, esperémoslo por ti, pues en lo que a mí me concierne…

–No lo creo, porque no iremos a Persia.

–¿Y adónde iremos?

–A Roma -contestó Sila, al tiempo que se levantaba de la tabla ante la mirada atónita de su prisionero.

–¿A Roma?

Antes de cruzar el umbral del cuartucho, el galo se volvió hacia él.

–Esporo, debes saber una cosa: en la guerra, una información, si el enemigo ignora que uno la posee, puede valer lo mismo que varias legiones. Yo tengo esa información, y el enemigo no puede saberlo porque a todos cuantos estamos en esta galera se nos da por desaparecidos en el cataclismo que ha sepultado dos ciudades de Campania bajo la ceniza. Lacertio ya te llora, al mismo tiempo que se felicita de la muerte de Palfurnio y de la mía, por las cuales se ha tomado tantas molestias… ¡Vale, Esporo! Haré que te traigan agua.

–¡Vale! – respondió el otro, que apreciaba las buenas maneras.

Sila fue a donde sabía que se encontraban Todj y los persas, y les ordenó que cogieran los arcos y le siguieran. Se acercaron, en dirección a la popa de la nave, al lugar donde el piloto permanecía junto a los tres hombres que manejaban el gobernalle.

–¿Cómo van las cosas? – preguntó el galo en el tono más entusiasta posible.

–Van mejor, como puedes constatar. El oleaje es soportable y muy pronto haré que icen la vela.

–Y si ahora quisiéramos poner rumbo al norte, ¿cómo actuarías?

–¿Al norte? – preguntó el piloto, sorprendido-. Pero, el contrato que firmé con Palfurnio estipula que nuestro destino es Persia, tras semanas de navegación. Si ponemos rumbo al norte, iremos hacia Roma o la Galia…

¿Acaso Palfurnio ha decidido un cambio?

–De momento, aún no hay nada decidido. ¿Cuáles son exactamente los términos de tu contrato?

–Acordamos trescientos mil sestercios, cien mil por adelantado y los doscientos mil restantes al llegar a la orilla más oriental del mar Mediterráneo, o del mar Negro si en el último momento nos decidíamos por éste. Además, la prima del seguro, que asciende a cien mil sestercios en un caso de este tipo, ha sido abonada por Palfurnio.

–Me parece -dijo Sila- que por ese precio, si se mantiene con nuestro acuerdo, te interesaría más ir a Ostia que a Palestina o al Bósforo. En tal caso, los doscientos mil sestercios te serían pagados mañana hacia las once de la mañana, si navegamos a toda velocidad, en lugar de tener que esperar esa suma dos meses, sin contar el riesgo de perderlo todo a manos de los piratas, a la ida o a la vuelta…'

El piloto lo miraba con incredulidad.

–Pero ¡sólo puedo hacer una cosa semejante si me lo pide Palfurnio! –

exclamó.

Sila señaló con un gesto del mentón a los persas que permanecían detrás de él con sus arcos.

–Palfurnio no tiene ni arco ni flechas, y está muy cansado a causa de todas las pruebas que ha tenido que sufrir antes de poder subir a bordo. Dormirá hasta mañana a mediodía, y, como no quiero que nadie turbe su sueño, he ordenado que dos hombres armados vigilen la puerta de su camarote. ¿Ves ahora clara la situación y qué es lo que te interesa?

–Lo veo -dijo el piloto-. Tan sólo estoy un tanto sorprendido, pues me había preparado para un largo viaje… Sin embargo, pensándolo bien, y no disponiendo tampoco de arqueros, me siento inclinado a aceptar ese cambio de itinerario. ¿Debo considerar cerrado el trato y dar las órdenes necesarias?