Gladiadores
Se vuelven las tornas para Esporo
podría hacer cuando se quedase solo con una jovencita en aquel cuarto.
Cuando abrieron la puerta, los soldados chasquearon la lengua al ver a aquella muchacha tan cuidadosamente peinada, expresando su admiración.
Uno de ellos empujó a Sila hacia el interior, dándole una sonora palmada en la espalda. Le habían quitado las cadenas antes de entrar en el edificio, suponiendo que el condenado se dejaría conducir dócilmente hasta la estancia de amor. Además, ellos sacaban tajada de aquello y les interesaba que el cliente quedara satisfecho.
Sila esperó a que hubieran cerrado la puerta, junto a la cual permanecía en pie. Haedunna lo miraba con una sonrisa triste, cuyo significado exacto el galo no podía conocer. Habían sucedido tantas cosas desde que dejara a aquella pequeña a la que había conocido apenas durante unas horas, y su aparición en el universo de la mina era tan sorprendente, después de todo lo ocurrido en Roma, y en la arena, y en el spoletarium, que le costaba creer que su presencia allí fuese real.
Miró el brazalete de oro que ella llevaba en torno al tobillo, donde estaba grabado el nombre de él, junto a las palabras sugeridas por el hombre que se lo había vendido antes de su viaje por aguas del Ródano y que decían que la amaba…, y ese brazalete era la prueba de que había tenido una granja en la Galia, en la cual se aburría, seguramente porque allí era feliz. Se acercó a la joven que le pertenecía, pese y contra todo. Ella se acercó también a él y apoyó la cabeza en el pecho de su señor, a fin de que éste no viera las lágrimas que resbalaban por su rostro.
Se vuelven las tornas para Esporo
Unos golpes en la puerta despertaron a Honorio. Náis estaba acostada junto a él, con la cabeza apoyada en su hombro. El sudor perlaba la frente de la joven y el calor que hacía en el camarote indicaba que la mañana se hallaba muy avanzada. La noche anterior, Honorio había regresado al
establecimiento de Vinicio, donde compró holconio, el mejor vino que había en Pompeya, famoso por haber enriquecido a la familia de los Holconü (de ahí su nombre), los vinateros más prestigiosos de Campania, y ese holconio bebido en abundancia, sumado a los placeres que le habían seguido, sumió al amo y la esclava en un profundo sueño.
Como llamaban con insistencia, Honorio intentó apartar a la durmiente para levantarse, pero ésta se apretó contra él sin abrir los ojos. Comprendió que la había conquistado con su buen trato y los numerosos orgasmos que le había hecho tener desde que estaba con él, y mientras la empujaba de nuevo, esta vez con firmeza, sintió inquietud al pensar en lo que haría con ella en los días venideros, consciente de que los subsidios, el techo y el sustento que recibía de Omitila le serían retirados si regresaba a Roma con esa esclava de diecisiete años. Ella se volvió entonces, mostrándole de este modo su espalda perfecta y sus hermosas nalgas blancas, que Honorio comparó mentalmente con las estrías de la enorme grupa de su patrona.
Calculó que, si vendía a aquella muchacha al llegar a Roma, sacaría con facilidad entre dos y tres mil sestercios; luego, levantándose, preguntó en dirección a la puerta qué querían. La voz del encargado de vigilar el acceso a las galeras le respondió que un mensajero preguntaba por él y le esperaba arriba.
El joven se anudó una toalla en torno a la cintura, abrió la puerta y subió al puente, donde vio a uno de los gladiadores de Palfurnio. Éste le dijo que había recibido la orden de llevar por el medio que fuera necesario, so pena de recibir los peores castigos, al ilustrísimo Honorio, hijo de Caedo, a la morada de su señor. Honorio bajó de nuevo para vestirse de forma apropiada y muy pronto llegó al palacio Palfurnio, donde esta vez fue admitido sin que nadie le pusiera la mano encima.
El señor de la casa se hallaba en la terraza, solo, tumbado en un diván, contemplando el monte Vesbius del que escapaba una columna de humo negra y recta hacia el tranquilo cielo azul. Se levantó al ver a Honorio y abrió ampliamente los brazos, avanzando hacia él.
–¡Amigo! – exclamó, abrazándolo-. ¡No sólo encarnas la virtud del hombre de leyes de los tiempos de la República, sino que tu habilidad para desenmarañar las intrigas no conoce igual en toda Italia! Harás en Roma una carrera magistral, si Lacertio no la interrumpe con un puñal…
Acercó la mano a un cordoncillo que llevaba alrededor del cuello y sacó de debajo de su túnica una tablilla a modo de colgante, que Honorio reconoció como la que le había enviado tres días antes.
–La llevo encima. ¡Es mi talismán! Sí, era Esporo. ¿Cómo lo averiguaste?
–Indagué -contestó Honorio.
–¡Eso no siempre basta!
–La muchacha que me regalaste me ayudó.
–Ella no sabía nada. ¡Es tonta!
–Había visto un caballo de alquiler, y eso estableció la relación entre Esporo y el muchacho que está en el sótano.
–Ya no está ahí-declaró Palfurnio.
–¿Y dónde está?
–Ha montado en una barca que cruza un río famoso por sus aguas sombrías, la misma barca en la que él hubiera querido hacerme montar…
–¡Otro crimen! – exclamó el abogado.
–¡De eso precisamente se trata! – exclamó el señor de la casa en respuesta-.
¡Tú no sabes qué liebre levantaste al escribir ese nombre en la tablilla!
–¿Y bien?
–Pues que tengo la liebre. – Palfurnio señalaba hacia el suelo con el índice-.
En el sótano -precisó.
–¿Qué dices? – exclamó Honorio-. ¿Has raptado a Esporo?
–Era muy fácil. Está tan seguro de que nadie puede descubrir el vínculo que le une a Lacertio, que no toma ninguna precaución. Y, como también le gustan los placeres, por las noches acude con frecuencia a un establecimiento situado en las afueras de la ciudad, donde se ofrecen encantadores espectáculos cuyos actores son jóvenes de ambos sexos que invitan a los espectadores a unirse a ellos en el escenario. Ordené que lo cogieran a la luz de la luna cuando regresaba… Pero, vamos a sentarnos -
dijo, conduciendo a su visitante hacia el diván del que se acababa de levantar.
Se sentó allí, señalándole al joven abogado una especie de silla curul que había frente al diván. Estaban ahora cara a cara, Palfurnio de espaldas al volcán.
–Fíjate hasta qué extremo están engreídos algunos de su físico -prosiguió-.
Esporo es un hombre apuesto, de manos muy cuidadas, amante de ambos sexos, con una cabellera morena a la que algunos mechones plateados añaden atractivo. Le tiene tanto apego a la belleza de sus formas que no sitúa nada por encima, y sin duda es por eso por lo que nos lo ha contado todo sin que fuera necesario ponerle la mano encima. Debo decir que sucedió en el sótano, donde tenía ante sus ojos el cuerpo de un joven al que tú también habías visto. Su alma ya no estaba allí, pues había partido en la barca de la que te he hablado, pero el cuerpo colgado del techo daba que pensar. Ahora, escúchame con atención, Honorio -continuó, asiendo el brazo de su visitante-. Tu sagacidad va a ser puesta a prueba como jamás lo ha sido… Porque Esporo me ha dicho que, dentro de cinco días exactamente, la conspiración que dirige Lacertio por cuenta de Domiciano hará perecer a Tito y proclamará emperador a su hermano. «En consecuencia, mi querido Palfurnio -añadió-, morirás de todas formas.»
«¿Y no temes -le repliqué de inmediato- que vaya a Roma sin tardanza para prevenir á César y hacer que vuestra empresa fracase?» ¿Sabes lo que me
contestó?
–Sí -dijo Honorio-. Te contestó que aun cuando lograras llegar vivo a Roma y que Tito te recibiera, éste no creería una palabra de la vergonzosa denuncia que pondrías a sus pies.
Palfurnio hizo un gesto de desánimo.
–¿Piensas lo mismo que él, entonces?
–¿Qué otra cosa puedo pensar? Tito te verá con horror, cuando acuses del odioso crimen de fratricidio a un hermano diez años menor que él y al que adora hasta el punto de no ver ninguno de sus numerosos defectos.
Palfurnio agachó la cabeza.
–Es exactamente lo que yo mismo pensé en cuanto hube pronunciado las palabras mediante las cuales amenazaba con partir hacia Roma…
Desgraciadamente, Tito es bueno. Y la bondad es incompatible con la conservación del poder, sobre todo si se trata del poder imperial. Dentro de cinco días, Domiciano será saludado por toda Roma con el nombre de César y yo moriré por orden suya a pesar de todos mis gladiadores. «Deja que vuelva a mi casa -añadió Esporo en tono irónico- y duerme tranquilo al menos durante cuatro noches. Nadie atentará contra tu vida en ese espacio de tiempo.» «¿Por qué, entonces, te tomaste tantas molestias en intentar asesinarme con aquel estilete escondido en un ano?», le pregunté. «Porque me habían dado la orden hacía tiempo y la fecha exacta de la conspiración aún no había sido fijada en aquel momento», contestó. Como ves, tiene respuesta para todo, mientras que yo ya no tengo respuesta para nada…
Finalizado su relato, Palfurnio permanecía en silencio, dejando a su visitante desconcertado ante el anuncio de un giro tan funesto de las cosas, cuando un sordo rugido que parecía venir de lo lejos empezó a oírse. A medida que éste se prolongaba, los ruidos de la casa, de las calles y de los jardines se apagaban, dejando paso a un silencio extraño en el que incluso el piar de los pájaros estaba súbitamente ausente, un silencio que no era
sino el miedo de la ciudad ante el recuerdo de la cólera del monstruo al pie del cual se extendía desde hacía tres siglos, y que la había dejado en ruinas dieciocho años antes, inmolando familias enteras.
Honorio interrogaba a su anfitrión con la mirada.
–¡El volcán! – dijo éste-. De un momento a otro puede aniquilarnos a todos… Vulcano, en sus forjas profundas, siempre tiene preparados sus fuegos, y nosotros estamos aquí, preocupados por nuestros pequeños asuntos y nuestros grandes goces…
El rugido creció, mientras que un destello cegador surgía del cráter.
Palfurnio y su visitante, que se habían levantado, vieron varias masas enormes, sin duda bloques de roca al rojo vivo, elevarse por los aires.
Luego, la detonación que había acompañado aquel destello llegó a sus oídos, ensordeciéndolos a causa de su violencia.
–¿Qué significa esto, Palfurnio? ¿Sucede a menudo?
–A menudo, no… Pero ocurrió una vez después del terremoto. No obstante, Plinio insistió en que la tierra no podía volver a temblar en este mismo lugar hasta que pasaran varios siglos. ¿Te das cuenta? La dicha de vivir en Pompeya debe pagarse con el miedo al Vesbius… -Y, volviéndose hacia el joven abogado, añadió-: Y si de pronto monta en cólera, tu amigo Sila será de los primeros en perecer y ya no servirá de nada empeñarse en revisar su proceso…
Honorio miró a su anfitrión con cara de asombro.
–¿Qué quieres decir? ¿Por qué nombras a Sila en relación con el volcán?
–Vamos, Honorio, pues porque la mina de azufre está en las mismísimas laderas del Vesubio.
–No sé a qué mina te refieres, ni lo que podría tener que ver con Sila, que por desgracia murió en la arena, víctima de aquellos odiosos tigres que
lograron vencerle…
El rostro de Palfurnio expresó también sorpresa.
–¡Pero bueno, Honorio, dices unas cosas muy extrañas! ¡Tú mismo viniste a anunciarme que has solicitado la revisión del proceso de Sila, y ahora afirmas que ha muerto!
–¡Claro que sí! No hay ninguna contradicción en ello. Solicito la rehabilitación póstuma de Sila para que su honor quede lavado y para que la herencia de Menesio sea devuelta a sus sucesores…
–¡Por todos los dioses y por Vulcano que está aporreando sus yunques debajo de nosotros, querido amigo, no había pensado en el honor y eso ha sido lo que me ha inducido al error! Las personas como yo no piensan en una cosa semejante -comentó en tono de broma-. Es la falta de costumbre…
Pero no deja de resultar curioso que, viniendo de Roma, puedas ignorar que Sila fue salvado de la muerte en el Coliseo por los hombres del spoletarium, que no hicieron su trabajo y le curaron en vez de rematarlo… Después lo escondieron en los sótanos del anfiteatro y, cuando aquello fue descubierto, enviaron a Sila a las minas, como es habitual cuando un condenado escapa de las garras de las fieras. Siempre y cuando César así lo desee. Y, en este caso, así lo deseó. Ten por seguro que nuestro querido Do cer a su hermano de lo contrario seguro que nuestro querido Domiciano hizo lo imposible para intentar convencer a su hermano de lo contrario, pero Tito, con la fuerza que le otorga su bondad natural, que va a costarle el trono y la vida dentro de pocos días, no cedió. De manera que Sila fue enviado a esa mina de azufre, cuya presencia puedes distinguir allá arriba, en la ladera del volcán. ¿Cómo es posible que no estuvieras al corriente de todo eso, siendo su abogado?
1. El escritor y administrador Plinio el Viejo pereció en Herculano por tardar en huir.
–No podía enterarme de nada porque estaba con unos carboneros en un bosque al que tus antiguos amigos me habían llevado y porque después
estuve escondido en pleno campo, en casa del ex prefecto Lépido, y luego en Roma en casa de mi antigua patrona, de donde no salía por prudencia, antes de abandonar la Ciudad de incógnito para venir aquí en tu busca… -
Honorio, conmocionado por la noticia de que Sila había escapado a la muerte, agarró al orondo hombre de los brazos-. ¡Palfurnio! ¿No te equivocas? ¿No te burlas de mí? ¿Es cierto que Sila está ahí arriba?
¡Necesito tu ayuda para hacerle saber que no debe desanimarse, que he visto al senador Rufo, que se ha iniciado un proceso y que voy a liberarle de su funesta suerte! ¡Debe vivir! ¡Debe sobrevivir en la mina hasta el día en que pueda defenderle ante el Senado!
Palfurnio se encogió de hombros.
–Es cierto que, contra todas las apariencias, me he convertido en tu amigo y que mi ayuda no te será escatimada. Pero es más que probable que el Senado no escuche jamás tu defensa, puesto que uno de los primeros actos del reinado de Domiciano será enviar un mensajero con la orden de liquidar a tu cliente en el lugar donde está. Y seguramente de que te liquiden a ti también, si no desapareces de Pompeya y de Roma… -El volcán se había callado y Palfumio se sentó de nuevo en el diván-. Creo que lo único que podemos hacer es aprovechar las horas o días que nos quedan, a ti y a mí, para fletar una galera con la mayor discreción. Cargaré en ella todo cuanto poseo de valor y huiremos más allá del extremo más lejano del Imperio,-a la tierra de los persas, de los escitas o de otros bárbaros, donde Domiciano tal vez nos olvide. Comerciaremos y nos aburriremos, languideciendo entre gentes que no hablan ni latín ni griego… Nos quedarán los placeres de la mesa y los de la cama. Penetraré a una persa mientras un persa me penetra, lo cual será preferible a ser penetrado a puñaladas por los hombres de Lacertio…, ¿no te parece?
–¡Palfurnio -exclamó el joven abogado sin responder a la pregunta ni reír por el juego de palabras de su anfitrión-, no me marcharé sin haber visto a Sila! Es preciso sacarlo de esa mina antes de cinco días. Tú sabes todo lo que ocurre aquí y tienes contactos en todas partes. ¿Hay alguien ahí arriba a quien se le pueda dar oro para comprar la fuga de Sila?
–Correcto -repuso Palfurnio en tono irónico-. Tienes toda la razón al presumir que la corrupción está presente en Pompeya y que yo me encuentro estrechamente vinculada a ella… Está un tal Polión, también ex oficial de las legiones, pero corrompido hasta la médula. Puedes ir a verle de mi parte. Si le pillas de buenas, te hará pagar una fortuna a cambio de organizar una escena a consecuencia de la cual Sila podrá escaparse y desaparecer…
–¡Palfurnio! – exclamó de nuevo el joven abogado-. Hace unos días me preguntaste muy amablemente si necesitaba oro… ¿Me lo darías para comprarle a ese tal Polión la libertad de Sila?
El hombre de la verruga sonrió.
–Es justo que repare el mal que hice con mis tablillas falsas, ¿no? – Yo no pretendía que lo dijeras, pero ya que lo dices…
Esta vez Palfurnio rió abiertamente.
–Estoy en una pendiente peligrosa. Me arriesgo a perder, volviéndome honrado, todo el dinero que he amasado siendo un bribón. – Y, asiendo del brazo al joven abogado, añadió-: Por supuesto, te daré lo que necesites.
Pero cuidado, Honorio, dentro de cuatro días como mucho la galera tendrá que salir del puerto por la noche, y no esperará…
Tras salir de casa de Palfurnio, Honorio recorría a toda prisa la calle de Estabias en dirección a Alquileres Esporo, en busca de una mula capaz de transportarlo por el escarpado camino que conducía a la ladera del Vesubio, cuando recordó la existencia de su esclava Nais. Volvió atrás con mayor apresuramiento aún en dirección al puerto. Encontró a la joven sentada en la cama del camarote, ocupada zurciendo ropa. Le mostró a su amo tres monedas de dos ases que había junto a ella.
–Los marinos me han dado su ropa para zurcirla. Yo les he pedido seis ases.
Con eso compraré comida y así hoy y mañana no te costaré nada.
–Es un gesto muy amable -dijo él-, pero no tienes que trabajar para los demás.
–¿Quieres que esté todo el día sin hacer nada? El camarote se limpia enseguida y tú sólo tienes dos túnicas…
–Está bien -la interrumpió Honorio-, tengo mucha prisa. Debo irme ahora mismo a resolver un asunto importante. Aquí tienes más dinero para cubrir tus necesidades durante mi ausencia.
Dejó al lado de los seis ases tres denarios de plata. Ella le miró, y Honorio vio inquietud en sus ojos en lugar de la placidez que se acostumbraba leer en ellos. – Entonces, ¿estarás fuera mucho tiempo?
–No. Apenas dos o tres días. Voy al Vesubio, a la mina de azufre, pero te ruego que no le digas a nadie que he ido allí. Y no salgas del camarote mientras estoy ausente, ¿lo oyes? No debes moverte de aquí pase lo que pase, porque cuando vuelva tendré mucha prisa por salir de Pompeya y, si no te encuentro a bordo de la galera, me veré obligado a marcharme sin ti…
Nais permaneció en silencio, ocupada en calibrar todo lo que aquel súbito anuncio significaba para ella. Luego dijo:
–¿Y si los tipos de la galera intentan acostarse conmigo cuando sepan que estoy sola aquí? ¿Has pensado en eso?
–¡No! Pero no harán una cosa semejante. Saben que eres mi esclava y que yo soy el abogado de la herencia Menesio…
Ella se encogió de hombros.
–Cuando sea de noche y estén excitados, les importará un bledo que sea tu esclava y eso de la herencia Menesio…
–¡Bueno! – exclamó Honorio, perdiendo la paciencia-. ¡Saben que eso está prohibido por la ley y que podría perseguirlos judicialmente a mi regreso!
–Sí -repuso ella tranquilamente-. Los azotarán con vergas, pero mientras tanto ellos habrán plantificado las suyas donde tú metes la tuya. – Nais había cogido la aguja y estiraba el hilo que ésta llevaba enhebrado-. Si te da igual, me parece muy bien -prosiguió con calma-. Pero prefiero saberlo, y estás advertido…
–¡Yo no he dicho que me dé igual! – exclamó Honorio- pero de todas formas no puedo llevarte. Tengo que resolver un asunto difícil allí arriba y es mejor que te quedes aquí…
–Sé que debo acatar tus decisiones -replicó, mirando su labor-, pero, si es un truco para desaparecer y librarte de mí, es una idiotez, porque en estos momentos valgo más de dos mil sestercios en un mercado y, si me dejas, pierdes esa suma…
Honorio se sentó en la cama junto a ella, meneando la cabeza, abrumado.
–¡Por todos los dioses! Sé muy bien que vales más de dos mil sestercios,
¡pero eres realmente imposible! ¡Nadie ha visto jamás una esclava tan discutidora como tú! Vuelves complicadas las cosas más sencillas. ¡Tengo que resolver un asunto ahí arriba y te pido que me esperes aquí tres días, eso es todo! ¡No hay ningún motivo para discutir durante una hora!
–¿Es verdad, o has encontrado a una mujer libre con la que vas a ir a acostarte? Si es eso, no tienes por qué ocultármelo. Prefiero saber las cosas tal como son, y no puedo objetar nada. Sé que soy tu esclava y que debo limitarme a obedecer…, a pesar de que ni siquiera existe un acta de venta firmada -añadió con un deje de amargura.
–¡Quedas muy bien hablando de actas de venta cuando no tienes ni idea de derecho! – estalló el joven abogado-. ¡Un acta de venta no es indispensable para afirmar el vínculo de servilismo! ¡Se puede sustituir por una declaración en presencia de un notario, o ante la autoridad municipal del lugar de residencia, si el amo y el esclavo están de acuerdo acerca del vínculo que les une y si cuatro testigos vecinos de la ciudad atestiguan que
dicho vínculo es de notoriedad pública! ¡Lo estipula la ley Tertulia, en vigor desde hace casi sesenta años!
–Yo no sé nada de derecho -repuso ella-, pero sé otra cosa…
Y diciendo estas palabras, en la cama donde ambos estaban sentados, se acercó a él bruscamente y lo agarró del cuello para besarle a la fuerza en la boca. Honorio intentó retroceder, arguyendo que tenía mucha prisa y que ella hacía gala de una extraña insolencia, pero Nais le introdujo la lengua entre los dientes al tiempo que deslizaba una mano por debajo de la túnica de su amo para atrapar su sexo, que encontró semierecto.
–¡Ah! – exclamó en tono triunfal-. ¿Te das cuenta?
La muchacha lo empujó hacia atrás en la cama mientras le arremangaba la túnica. Y, como estaba fuerte y robusta a causa de los trabajos que había realizado desde su infancia, Honorio no tuvo ni tiempo ni manera de impedir que montara a caballo sobre él en un instante. Nais guió hacia su vagina el sexo de su amo, que, como ella no lo había soltado, se había puesto totalmente rígido, y se empaló sobre él. Ambos comenzaron a gemir, olvidando todo lo que no era su placer.
Con las piernas debilitadas por el violento orgasmo que acababa de experimentar bajo el peso de Nais, Honorio salió del puerto y emprendió su camino por las calles atestadas de gente. No tardó en llegar a la entrada del patio de los establecimientos Esporo, cruzó dicho patio y anunció, entrando en el departamento dedicado a los caballos y vehículos, tal como indicaba un cartel, que necesitaba una mula durante varios días. Mientras el encargado de los equinos consultaba la lista de animales de ese tipo todavía disponibles, Honorio buscó con la mirada por toda la sala, donde había una docena larga de chupatintas escribiendo y haciendo cuentas, al que había consultado los registros para él y se había mostrado tan complaciente.
El jovencito en cuestión alzó la cabeza en aquel momento y le dirigió una de las sonrisas que ya le dedicara a aquel cliente insólito en su primer encuentro. Y cuando este último, tras haber pagado el depósito habitual de
cuatrocientos sestercios, salió de la oficina guiado por un esclavo que iba a conducirle hasta la mula inscrita con el número XIV, vio que el muchacho se levantaba del pupitre. Y, mientras el esclavo palafrenero cepillaba la montura para entregársela en el mejor estado posible a su usuario, como era norma en un establecimiento tan serio como Alquileres Esporo, el joven se reunió con Honorio ante el establo.
–¡Ave! – dijo, sonrojándose.
–¡Ave! ¿Cómo estás?
–Bien, gracias, pero estaría mejor si hubierais mantenido la promesa que me hicisteis de venir a esperarme a la salida del trabajo…
Hablaba esbozando al mismo tiempo una sonrisa algo triste, que sabía resultaba encantadora.
–Perdóname -dijo Honorio-. He pensado muchas veces en ti, pero he venido a Pompeya para resolver unos asuntos complicados, y unos contratiempos me han impedido conocer el placer que sin duda habríamos experimentado juntos.
–¿Para cuántos días alquiláis esta mula?
–He dicho cinco, pero confío en regresar antes. Y esta vez te prometo… El otro meneó la cabeza.
–Hagan los dioses, y el propio Eros, que eso sea verdad y que tenga el honor de vuestra compañía la noche del día en que devolváis este animal…
Honorio lo cogió del brazo afectuosamente, mirando hacia las oficinas.
–¿No te ganarás una reprimenda por no estar en tu sitio con los demás, realizando tu tarea?
–No. Aquí gozamos de cierta libertad; además, Esporo no está.
–¿Se ausenta a menudo? – preguntó el joven abogado mientras el palafrenero sacaba del establo la mula, para hacer honor a la verdad en perfecto estado, que llevaba el número XIV en el medallón.
–Muy a menudo -contestó el muchacho.
–¿Y esta vez lleva mucho tiempo ausente?
–Nadie le ha visto desde hace tres días, pero eso es frecuente. Cuando encuentra una nueva compañía de su gusto, no aparece durante algún tiempo.
–¿Y sus negocios no se resienten?
–No. Su liberto Floro vela por todo mejor aún que su patrón. – Pero ¿y su mujer? – bromeó Honorio-. Debe montarle escenas…
–¡Qué va! – replicó el joven-. Le gustan las muchachas y recorre los mercados de esclavos en busca de pequeñas a las que inicia. De manera que se entienden muy bien los dos. Además, su matrimonio es de conveniencia y había sido pactado entre las dos familias.
Honorio gratificó al esclavo que sujetaba a la mula por la brida con una moneda de un sestercio y cogió las riendas.
–Estoy seguro -dijo cuando se disponía a montar- de que Esporo se interesó por un rostro bonito como el tuyo cuando fuiste contratado aquí… El otro esbozó una sonrisa de complicidad.
–Debo admitir que eso les ocurre al principio, efectivamente, a los nuevos, pero después ya no les presta atención.
Honorio estaba sobre su montura.
–Sólo le gusta la novedad, ¿no?
–Exacto -dijo el efebo.
–¿Y tú? ¿Eres también así? – preguntó Honorio, inclinándose hacia él.
–¡No! – protestó el joven-. ¡En absoluto!
–Y sin embargo, tienes un amigo que vive contigo y deseas mi compañía.
–Mi amigo se ha marchado. Se ha ido a vivir a Herculano con un reciario, un bruto cubierto de pelo rojo que había llevado a dormir a casa una noche, que olía a ajo y que se pasó toda la noche soltando ruidosas ventosidades. A mí me gusta la virilidad, pero eso es exagerado. Así que estoy completamente solo y me siento feliz por ello, porque así podréis instalaros en mi casa… No es muy grande, pero tengo una especie de balcón que da a un jardín y por la noche se está muy bien.
–Te lo agradezco… Pensaré en tu ofrecimiento, pero primero debemos saber si podemos entendernos.
–¡Estoy seguro de que podremos! – exclamó con vivacidad el joven burócrata de corazón tierno, mientras Honorio hacía que su montura se pusiera en marcha-. ¡Y puedo afirmar que haré todo cuanto me pidáis en la intimidad para complaceros!
Mientras se introducía en el movimiento de la calle, el joven abogado se volvió y vio que su conquista, de pie ante el establo, continuaba mirándolo con su triste sonrisa. En ese momento, el Vesubio empezó a rugir como hiciera unas horas antes, durante la entrevista que Palfurnio y su visitante habían mantenido en la terraza, desde la que se podía admirar el volcán, y también temerle, y aquel rugido cargado de amenazas provocó la inquietud de los que se agolpaban alrededor del viajero en su mula, haciendo que todas las cabezas se volvieran hacia la majestuosa silueta que dominaba la ciudad.
Sin embargo, la determinación de Honorio era tal, en aquel momento en que se sabía en situación de encontrar y rescatar a Sila, que no prestó ninguna