Gladiadores

Roger Maure · Capítulo 45 de 48

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Gladiadores

En casa de César se entra por las cocinas

totalmente subyugada por los procedimientos de su falso prometido y disfrutaba cada vez más con las escenas de pugilato-. No le guardes rencor a mi prometido Sila -prosiguió-, ya sabes, Sila, el galo que heredó de Menesio y a quien tu amigo Lacertio perjudicó tanto. Pero él es una auténtica fuerza de la naturaleza. ¡Y ha elegido el bando correcto!

El legado, que se había levantado, se resignó a tomar asiento en la nueva banqueta.

–Te hablaba de Lacertio… Pues bien, ha sido él quien nos ha informado del papel que desempeñas aquí. Lacertio está atado en un sótano de la prefectura de los vigilantes, no lejos de otro en el que se encuentra arrestado el propio Casio Longino. Serán crucificados a medianoche en el patio de dicha prefectura, si no logramos llegar a las dependencias de César antes de que se cometa en ellas el error que mi hermano toma por su destino. Ya sabes, pues, cómo podrías aún rectificar la elección incorrecta que has hecho: diciéndonos de inmediato dónde tienes detenido a Lucrecio Fronto y yendo a liberarlo con nosotros, a fin de que pueda tomar de nuevo el mando de la guardia y reunir a todos los pretorianos que todavía no saben lo que vais a hacer a la, duodécima hora…

Domitila tenía una bolsa de tela bordada a su lado, que solía llevar en su litera y donde guardaba sus maquillajes y pañuelos. La abrió y sacó de ella una tablilla sellada.

–En fin, como temíamos que no querrías creernos, le hemos pedido a Lacertio que nos diera este otro mensaje para ti.

La joven le pasó a Sila, y éste a Estabilio, la segunda tablilla destinada al legado de la guardia pretoriana y escrita por Lacertio siguiendo las instrucciones de Caleno Corbulón.

En casa de César se entra por las

cocinas

Sila caminaba al mismo ritmo que el legado Estabilio, junto a él. Estaba dispuesto a apuñalarlo si hacía un gesto o decía algo para pedir ayuda o revelar a los miembros de la guardia pretoriana con los que se cruzaban por el camino la difícil situación en la que se encontraba. Domitila, que iba delante, les había ordenado a sus seis pretorianos que atravesaran con la espada al legado en caso de que Sila tuviera problemas.

Los guardias de la escolta de la hermana de César sabían que la comitiva se dirigía hacia las cisternas, donde su jefe supremo, Lucrecio Fronto, estaba encarcelado como en una ergástula. Y como, además, Sila les había anunciado, para animarlos, que un centenar de legionarios bajo su mando iban a irrumpir de un momento a otro por la entrada de palacio, es decir, la parte de éste donde se hallaban precisamente esas cisternas, estaban convencidos de haber elegido el bando correcto.

La comitiva pasó varias veces ante pequeños grupos de pretorianos armados, visiblemente situados en puntos estratégicos por el estado mayor de la conjura, pero Estabilio no intentó nada. Difícilmente podía negarle a Lacertio lo que éste le pedía en la segunda tablilla, es decir, hacer lo adecuado para que los hombres de Sila y de Caleno Corbulón no lo crucificaran poco después de medianoche. Domitila le había prometido que, si se portaba bien, intercedería en su favor ante César para qué fuera enviado a una frontera alejada de Roma. La joven pensaba que, desgraciadamente, dado el elevado sentido moral de su hermano no resultaría difícil cumplir tal promesa, y que, si la decisión dependiera de ella, enviaría a toda esa gente al anfiteatro, junto a una veintena de leones, para distraer al pueblo.

También pensó en aquellos momentos que resultaba paradójico que a Tito le sorprendiera enterarse de que su tío Sabino hubiera podido caer en la herejía cristiana, cuando de hecho él experimentaba los mismos

sentimientos que los cristianos. La idea le parecía divertida, y tenía en mente exponérsela a su hermano en cuanto se presentara la ocasión de hacerlo.

Todo lo que había planeado Sila en la cámara de navegación de la trirreme se hizo realidad en unos minutos. En el momento en que su pequeña comitiva llegaba a las cisternas, y cuando Estabilio les comunicaba que su superior jerárquico se encontraba en el interior de la que se veía tapada por las carretillas cargadas de ropa, un grupo de hombres con uniforme de vigilante y capitaneados por Caleno Corbulón y Cotio, salió de las cocinas espada en mano y se dirigió precipitadamente hacia las cisternas, abalanzándose sobre todos los pretorianos que se cruzaban en su camino.

En cuanto vio a los persas, el galo los llamó, pues su objetivo era llegar a las dependencias de Domiciano antes de que los portadores de puñales que el hermano de Tito albergaba allí pudieran desaparecer.

Los seis guardias de la escolta de Domitila habían apartado la ropa sucia y abierto la cisterna ante la mirada de Estabilio. Utilizaron sábanas de las carretillas para hacer una especie de cuerda, con ayuda de la cual uno de ellos bajó a la cisterna para cortar las ligaduras que inmovilizaban al prisionero y quitarle la mordaza. Luego subieron a éste mediante el mismo sistema. La cabeza de Lucrecio asomó por la abertura de la cisterna. Vio a Domitila que le sonreía, pero él no le respondió del mismo modo.

Amordazado desde la cuarta hora después del mediodía, le dominaba una cólera furibunda. Durante aquellas ocho horas no se había apartado de su mente la idea de que su carrera estaba destrozada, de que esa cisterna añadía un toque ridículo al fracaso que, para el comandante de los pretorianos, representaba la existencia de una conspiración tramada desde el interior de palacio, y las garantías que Estabilio le había dado antes de hacer que lo bajaran allí, en el sentido de que le adjudicarían el mando de una legión lejos de Roma, no habían podido tranquilizarle. Se puso en pie en el borde del orificio y entonces vio a Estabilio, que permanecía en actitud humilde detrás de la hermana de César.

Desenvainó la espada del pretoriano que se encontraba junto a él y se abalanzó sobre el legado.

–¡Lucrecio! – exclamó éste-. Nosotros te per…

Quería decir: «Nosotros te perdonamos», pero no le dio tiempo. Lucrecio le cortó el cuello y luego clavó la hoja en su pecho.

Estabilio se desplomó, extendiendo un reguero de sangre y de palabras ininteligibles, las de un moribundo.

Domitila se sobresaltó -en la arena se veían cosas peores, pero de lejos- y tuvo que apartarse para no ser empujada, e incluso salpicada. No obstante, se volvió hacia el justiciero para decirle:

–Permíteme que te comente, Lucrecio, que él no quiso atentar contra tu vida pese a la insistente demanda de los otros…

–¡La desgracia caiga sobre los traidores! – exclamó en respuesta el comandante de los pretorianos, en un tono teatral.

Entonces se oyó, al otro lado de los muros del recinto, el impresionante ruido que hace una tropa armada avanzando a paso de marcha, al ritmo impuesto por los oficiales. Aquel ruido aumentó, invadiendo las cocinas y sus aledaños, y los asaltantes profirieron al unísono un terrible clamor, al tiempo que entraban con el cónsul Munatio Fausto a la cabeza, el cual llevaba la insignia púrpura de su rango y el torso protegido con una armadura de plata.

Domitila miraba el cuerpo sin vida de Estabilio en el suelo.

–La obra ha terminado -dijo-, y es de una gran moralidad. El traidor muere al final.

Luego pensó que su hermano Domiciano no moriría. Se alegró de ello, pero pensó que todos los que le habían escuchado eran ahora unos imbéciles.

Sila, los persas y los honderos atravesaron varios pasillos y atrios, guiados

por el veterano que en otros tiempos había servido en palacio. Los pretorianos les dejaron paso, pues sabían que el tumulto organizado en la entrada de servicio significaba el fracaso del plan de su legado Estabilio.

Sin embargo, en la gran antecámara que comunicaba con las dependencias de Domiciano, una decuria de guardias, sin duda la élite de los adeptos al hermano de César, demostraban una gran resolución.

–¡Arrojad las armas o morid! – les amenazó Sila, apareciendo rodeado por los arqueros.

–Ven a decirnos eso más de cerca -replicó uno de ellos.

Entonces, las flechas silbaron y los honderos hicieron girar sus extrañas armas. Las bolas que no alcanzaron su objetivo destrozaron el revestimiento de madera de las paredes, y Sila, saltando sobre los que yacían en el suelo, entró en un vestíbulo acompañado de Caleno.

Domiciano apareció en la puerta que quedaba frente a ellos, con un puñal en la mano.

–¿Quiénes sois vosotros para atreveros a violar mis dependencias? – gritó.

Pero era para disimular, pues los ruidos que había oído procedentes de la antecámara, minutos antes de la hora prevista, acababan de hacerle comprender que había perdido la partida, y ya estaba inventando las mentiras que tendría que decirle a su hermano.

–Soy Sila, y él es el hijo de Rufo Corbulón. Sabes, pues, que ambos deseamos matarte y por qué. Sin embargo, y a nuestro pesar, no lo haremos por respeto a César, que tiene la desgracia de tenerte por hermano. ¡Pero no despiertes nuestra ira!

Sila obligó a Domiciano a dejarle paso y, sin preocuparse más de él, entró en la habitación de la que éste había salido. Los persas, armados con sus arcos, seguían a Sila sin prestar atención al anfitrión, como si éste, a pesar de llevar un puñal en la mano, se hubiera convertido en alguien sin importancia.

El galo, tras haber abierto una serie de puertas, encontró a los conspiradores en una especie de despacho, al fondo de todo. Al ver al recién llegado, y los rostros oscuros de los guerreros orientales que lo rodeaban, se sintieron todavía más desazonados de lo que lo estaban desde que habían empezado a contar los minutos que los separaban de aquel en que saldrían de esa habitación, donde se hallaban recluidos desde hacía horas, para ir a asesinar al Emperador de Roma. Sila leyó eso en sus semblantes y se preguntó si no experimentarían cierto alivio ante la llegada de aquellos que los liberaban de la obligación de cometer semejAfite crimen.

El ex oficial de las legiones les ordenó que se desnudaran por completo.

Ellos protestaron. El que venía de Germania, Calventio Quieto, intentó plantarle cara, pero Sila lo abofeteó en pleno rostro sin decir palabra. Se dieron cuenta de que tendrían que obedecer y, al quitarse la ropa, evidentemente los puñales que llevaban ocultos cayeron al suelo. Los persas los recogieron, y Sila les indicó que los metieran en una papelera que se veía bajo un escritorio. – Ahora tomaremos el camino que pensabais recorrer a medianoche -anunció el galo-, y depositaréis personalmente estas armas a los pies de Tito César.

Como no eran precisamente unos atletas, el espectáculo que ofrecían desnudos no decía nada en su favor. Sila cogió la papelera y lo que contenía, y todos salieron.

Sila hizo su entrada en la monumental antecámara de las dependencias imperiales. César en persona estaba en el umbral del vestíbulo que precedía a su despacho y su dormitorio, conversando con Munatio Fausto, que lucía su glorioso uniforme guerrero, y Lucrecio Fronto, manchado de la sangre de Estabilio. Los pretorianos fieles y los legionarios vestidos de vigilantes ocupaban la vasta estancia, manteniéndose a respetuosa distancia, mientras que Domitila se hallaba sentada en una banqueta junto a su hermano, flanqueada por las dos camareras de Tito, que la abanicaban.

Munatio le presentaba a César al joven Cluvio Estéfano, y acababa de contarle que aquel oficial se había encontrado con Sila cuando éste

desembarcaba de una trirreme procedente de Pompeya y que, gracias a Estéfano, él había sido puesto al corriente de lo que se preparaba.

El galo cruzó la antecámara. Todas las miradas se volvieron hacia él y se hizo el silencio. Luego, la visión de los seis hombres desnudos que aparecieron tras él provocó numerosas exclamaciones, muy pronto reemplazadas por risas. El galo le devolvió a cada uno su puñal y los persas tensaron sus arcos, a fin de estar preparados para cualquier eventualidad.

Entonces, los conspiradores se arrojaron a los pies de Tito, depositando sus puñales sobre el suelo de mármol.

Todos los presentes podían ver sus sexos colgantes, sus nalgas y lo que había en medio de éstas, es decir, la total humillación a la cual estaban reducidos.

Sila se encontró frente a César, en el despacho al que el Emperador de Roma le había conducido de inmediato para estar a solas con él.

–¿Podrás perdonarme algún día -dijo Tito- haber permitido que te llevaran a la arena y las minas, sin intervenir, con la excusa de que el Imperio es grande y que aquel que reina no puede saber y comprender todo lo que le rodea…?

–Por supuesto -contestó Sila-, puesto que estoy aquí.

–Tu respuesta es cortés, pero tienes derecho a guardar rencor. ¿Qué vas a hacer ahora? Tomarás posesión de nuevo de la morada que heredaste de Menesio. ¿Podré tenerte junto a mí en lo sucesivo? ¿Quieres asumir el mando de la guardia pretoriana? ¿Tal vez gobernar una provincia?

–Agradezco tus ofrecimientos, pero primero deseo regresar a mi granja de la Galia para reflexionar en todo lo que ha sucedido desde que la dejé a petición de Menesio.

Sila sacó de su bolsillo la tablilla que le había devuelto Casio Longino y se la tendió a César, que la leyó.

–Así pues, todo ha sucedido como consecuencia de este mensaje…, incluido lo que has hecho esta noche, esos puñales que has descubierto…

¿Estaban realmente en las dependencias de mi hermano? ¿No puede haber duda alguna al respecto?

–Ninguna. ¿quieres oír a Lacertio? Él nos ha dicho todo lo que ya sabíamos por boca de sus agentes en Pompeya.

Tito miró con aire pensativo la tablilla que seguía sosteniendo en la mano.

–Entonces, ha sido por amistad… -dijo.

Pensó en los años que él había pasado también en las legiones, donde se codeó con hombres como Menesio y Sila. Pensó que, en lugar de una amistad como la que los había unido a ellos, él, César, por el hecho de reinar, despertaba la envidiosa codicia de su hermano.

–Sí -respondió el galo-. Y le debo a esa amistad la realización de lo que me comprometí a hacer al aceptar la herencia: vengarme de los que le arrebataron la vida. Los mismos que querían la tuya.

–Es justo -admitió Tito-. Deben de haberte dicho que, cuando sucedí a mi padre, anuncié que no haría derramar la sangre de un solo romano…

–Sí. Sin embargo, no temiste castigar con la muerte cuando estabas en las legiones…'

–En efecto… Pero después cambié. De manera que, como tú recibiste un mandato póstumo de tu amigo, te confiaré la tarea de castigar a los culpables en mi lugar…

César se dirigió a la pared a la que estaba adosada su mesa y tiró de un cordón de seda que colgaba de allí. Inmediatamente entró un secretario provisto de un escritorio y papiros.

–Toma nota de este edicto -ordenó el Emperador-. «Se le encomienda al ex oficial Sila, retirado del servicio, la misión de buscar y castigar como considere oportuno a todos los que tramaron la muerte del patricio Menesio y la mía.»

1. Suetonio: En efecto, [Tito] introdujo en los campamentos a gentes que solicitaran, como si hablasen en nombre de todos, el suplicio de aquellos que le resultaban sospechosos, y provocó su muerte sin la menor vacilación.

El secretario miró a César esperando la continuación, pero no la había, de modo que regresó con premura a su cubículo para redactar el edicto según las normas y ponerle el sello imperial.

–Cuando dices «todos los que tramaron la muerte», ¿entiendes que la palabra «todos» no excluye a nadie de éstos, o bien puede haber una excepción? – preguntó entonces Sila, aprovechando la ausencia del secretario.

Tito esbozó una amarga sonrisa.

–Desearía que los castigaras a todos sin excepción, y así yo no tendría que hacerlo. Pero creo que no te haces ilusiones al respecto y que has comprendido que ha quedado claro entre nosotros que al menos uno de los responsables queda excluido de este edicto.

–Efectivamente, lo suponía.

–¿Y desapruebas mi proceder?

–Me cuidaría mucho de hacerlo. Dado que no tengo hermanos, ignoro lo que sentiría en tu lugar y prefiero abstenerme de emitir un juicio.

–Es una forma de aprobar mi proceder -observó César.

El secretario regresó con el edicto, bajo el cual Tito puso su firma.

–¿Me permites que me retire? – preguntó Sila, con el documento en la mano.

–Puedes permitirte cuanto quieras. Pero quizá no tarde en enviarte una tablilla similar a la que recibiste de Menesio…

Sila sonrió y se marchó.

–Valete -le dijo el Emperador de Roma.

–Valete, César. Porque yo ya no tengo enemigos, pero tú todavía los tienes.

Sila se dirigió a los establos de palacio, de donde cogió dos caballos, uno de ellos destinado al joven Caleno Corbulón, a quien le había rogado que le acompañara. Luego hizo llamar a Cotio y le ordenó que se encargara de que metiesen a Lacertio y al prefecto Casio Longino en sendas sillas de portadores cuidadosamente cerradas, y que se reuniese con él conduciendo éstas, con una escolta, en la puerta Prenestina.

–Después de que nos hayamos encontrado allí -añadió el galo-, irás a despertar al peluquero Certio y le pedirás de mi parte que te facilite lo antes posible un veneno similar al que me proporcionó para el leno Ictios.

Mientras tanto, llevarás a los seis hombres que hemos detenido en las dependencias de Domiciano a la prefectura de los vigilantes, donde me reuniré contigo más tarde.

A continuación, Sila salió de palacio a caballo, seguido de Caleno. Estaban en la segunda hora de la mañana. Al cabo de tres horas, el sol saldría en la capital del mundo.

A través de las calles atestadas de carros llegaron a la puerta Prenestina.

Vieron los altos muros que rodeaban el recinto imperial de las fieras. El intendente, Mesio, tenía su residencia enfrente.

Sila se excusó ante Caleno por tener que pedirle que sujetara su caballo,

desmontó y fue a llamar a la puerta. Tras insistir varias veces, ésta acabó por abrirse, y dos esclavos con una lámpara en la mano le preguntaron en tono contrariado qué quería.

El galo les dijo que debía hablar con Mesio enseguida, a lb cual le replicaron que Mesio dormía hasta la sexta hora de la mañana. Sila declaró que venía del palacio imperial y que debían resignarse a afrontar la cólera de su señor en el dormitorio de éste. Les mostró el edicto enrollado que llevaba en la mano, y los esclavos se quedaron tan impresionados que le hicieron pasar de inmediato al atrio y le dieron una de sus lámparas y un asiento.

Al poco apareció Mesio.

–¡Sila! – exclamó-. ¡Me has despertado, pero me alegro de verte! ¿De dónde sales?

–Del palacio imperial, después de dar un rodeo por Pompeya, y Tito me ha entregado esto.

Mesio desenrolló el pergamino.

–¡Caramba! – dijo Mesio, tras haberlo leído-. Has recorrido un largo camino desde el día en que te vi salir del anfiteatro con cadenas en los pies.

A propósito, ¿sabes que Sertorio y sus ayudantes eran sospechosos de pertenecer a la secta de Cristo y un día desaparecieron? ¡Qué cosa tan sorprendente! Pero ¿qué esperas de mí?

–Que hagas abrir la puerta del recinto de las fieras y les digas a tus guardias que desalojen de fieras uno de los patios. Introduciré allí dos sillas de porteadores y a continuación llevarán de nuevo a las fieras.

Mesio observó a su visitante.

–Esas sillas, ¿estarán vacías o irán ocupadas?

–Irán ocupadas, por supuesto. No me habría permitido despertarte a una hora semejante por unas sillas de porteadores vacías.

Los guardias con uniforme ribeteado de piel de leopardo que hacían la guardia de noche se emocionaron al ver a Sila y quisieron abrazarle. Las sillas de porteadores, que habían llegado mientras Sila estaba en casa de Mesio, fueron conducidas al centro de un patio del que acababan de sacar a las fieras que albergaba, como mostraban las defecaciones en el suelo. La muerte de los que estaban atados y amordazados tendría un olor infecto.

Sila se acercó a Caleno Corbulón.

–Te he pedido que vinieras porque sé que te apena la idea de no poder castigar a Domiciano, a quien César, evidentemente, perdonará. Sin embargo, yo creo que Lacertio y el otro criminal disfrazado de prefecto son más culpables que él, pues Domiciano tiene la excusa de estar embriagado por la proximidad del trono que Vespasiano quiso darle a su hermano. Y sin los otros, a los que nada les obligaba a obedecer, él no habría podido hacer que tu padre pereciese. Ni tampoco enviarme a la arena. De este modo, mediante su suplicio, Rufo será vengado y sus manes satisfechos no podrán reprocharte nada.

Ante la mirada de Mesio y los demás, Sila abrió personalmente las portezuelas de las sillas, las retiró de sus goznes y las dejó en el suelo. Con su puñal, cortó las ligaduras que inmovilizaban a Lacertio y le quitó la mordaza. Tal como hiciera el leno Ictios, éste le suplicó al galo que lo atravesara con su arma.

Sida negó con la cabeza.

–No -dijo-. Quiero que sepas lo que sintió el infortunado Khalil cuando murió, siendo inocente, por salvar a su mujer y a su hija del lupanar al que querías enviarlas. Quizá podría perdonarte lo que me hiciste a mí, pero no eso, ni tampoco el asesinato de Menesio.

A Lacertio empezaron a castañetearle los dientes. Un olor nauseabundo,

que no provenía de las fieras, se expandió entre Sila y él. Lacertio, aterrorizado, se había hecho encima.

Caleno había acabado de desatar a Casio Longino, que no había dicho una palabra. Luego los dejaron solos, cerraron la puerta, y se oyó el ruido de las poleas con ayuda de las cuales subían y bajaban las rejas que aislaban a los animales de un patio a otro.

Sila, cansado de todo lo ocurrido desde que Vesbius se había despertado, se dispuso a marcharse. Le dio las gracias a Mesio y le garantizó su amistad.

Caleno se acercó al galo en el momento en que éste iba a adentrarse en el pasillo que conducía a la calle.

–Si me lo permites, Sila -dijo el joven oficial-, me quedaré un poco más…

Sila sonrió, lo asió del brazo y le dijo que tenía razón, que era preferible asegurarse de que Lacertio y Casio sufrirían el suplicio hasta el final.

Pensaba que Domiciano aún podía camelarse a su hermano con mentiras y lloriqueos, y obtener de él el indulto o el destierro de aquellos criminales a los que había embarcado en su empresa.

Por ese motivo el galo se apresuró a ir a la prefectura de los vigilantes, a fin de administrarles el veneno a los seis patricios que se habían prestado, por afán de lucro y en contra de su deber, a servir de instrumento para un fratricidio.

Sila tomó el camino de Ostia, llegó al puerto y subió a bordo de la trirreme.

Le entregó a Todj el edicto de César y le indicó que fuera a mostrárselo a Esporo y, a continuación, que condujera a éste a la cámara de navegación.

Tras entrar él allí, se sentó a la mesa de mapas, donde tuvo que luchar para no quedarse dormido. Esporo fue introducido en la cámara sin ligaduras, tal como el galo había especificado. Estaba lívido, pues había interrogado a Todj, el cual no le había ocultado que su amigo Lacertio había acabado su vida en el recinto de las fieras de la puerta Prenestina. Pensaba que Sila le había tratado bien hasta entonces para hacerle hablar, pero que ahora…

Sin embargo, Sila estaba de buen humor.

–¡Siéntate, Esporo! A partir de ahora eres libre de moverte a tu antojo por este barco. Quería decirte que gracias a ti, gracias a lo que nos revelaste tanto en el sótano de Palfurnio como a bordo de esta trirreme, Tito César sigue reinando en Roma… Tal como te dije, una buena información equivale a una legión. Yo cambié tu información por cien legionarios, y llegamos a la antecámara imperial un cuarto de hora antes de medianoche…

Así pues, no volverás a ver a tu amigo Lacertio…

–¿Y qué has decidido para mí? – preguntó Esporo, con el vientre atenazado por el miedo, pensando que el galo jugaba al ratón y el gato.

–El exilio.

–¡Ah! – exclamó el otro, aliviado.

–De todas formas, lo has perdido todo por culpa de Vesbius. Tus mulas, tus carros y, casi con toda seguridad, tu esposa están enterrados bajo las cenizas. Volverás a empezar en Persia.

–¿En Persia? No tengo ni un sestercio… ¿Cómo iré hasta allí?

–Con Palfurnio, en esta galera.

–Pero Palfurnio…

Quería decir que había participado en el plan de asesinar a Palfurnio y que éste le tendría a su merced.

–Palfurnio no podrá negarse a acogerte y ayudarte a montar un negocio allí si yo se lo pido. Alquilarás camellos y carretas en la entrada de algún desierto persa, gracias al capital que él te proporcionará. Ahora iremos a decírselo…

Salieron, y los guardias apostados ante el camarote de Palfurnio abrieron la puerta de éste.

–¡Ah, Sila! – exclamó éste desde la cama, donde acababa de despertarse con una potente erección-. ¿Cuánto tiempo seguirás teniéndome preso?

¡Haz que me maten, si lo consideras oportuno, pero no me dejes sin poder copular! ¡Por Afrodita! En este puerto hay numerosas muchachas de lupanar y bastantes mozos de cuerda interesados en ganar algún dinero con uno de sus miembros que no utilizan para descargar las naves. Te lo ruego, ordena que me traigan compañía…

–De acuerdo -dijo el galo-, daré las órdenes pertinentes. Pero, mientras tanto, gozarás de la compañía de tu querido Esporo.

Hicieron entrar a Esporo.

–¡Ése! – exclamó Palfurnio-. ¡Ese asesino!

–Lo llevarás a Persia contigo. Mañana partiréis a bordo de esta nave y cantaréis las alabanzas de Sila, que os envía a los encantos de Oriente en lugar de a la arena del Coliseo.

Le tendió el edicto a Palfurnio. Éste lo leyó y asintió con la cabeza, mientras hacían salir a Esporo.

Sila se dirigió a la puerta del camarote.

–Pese a todo -dijo-, te agradezco lo que has hecho por mí ayudando a Honorio, que quería sacarme de aquella mina. He recibido de ti lo bueno y lo malo, que se disputan tu espíritu. Lamento no conservarte como amigo, pues tu compañía es grata. Pero soy un hombre de principios, como bien sabes, y debe hacerse justicia. En cuanto a lo que me has pedido -añadió, mientras abría la puerta-, me ocuparé de ello de inmediato… ¡Vale!

–¡Vale! – respondió Palfurnio, con lágrimas en los ojos.

Una vez hecho todo esto, Sila se dirigió a su camarote, donde estaba Haedunna. Entró, cerró la puerta con pestillo y se acercó a la cama, que se hallaba sumida en la oscuridad, como el resto de la estancia. Un rayo de luz que se filtraba por el batiente de madera que cerraba la estrecha ventana, el cual había permanecido atrancado desde que la trirreme afrontara la víspera la tempestad para salir del puerto de Pompeya, le permitió ver que su esclava tenía los ojos abiertos, que desviaba la mirada a fin de evitar la de su señor y, cuando se inclinó sobre ella, que sus ojos estaban llenos de lágrimas.

No dudó ni por un momento que se había pasado. toda la noche en vela, angustiada por no saber si él volvería, y que, cuando había oído sus pasos por la cubierta, la habían asaltado las lágrimas al pensar que había sido mancillada por otro hombre y que jamás podría volver a ser lo que había sido para él desde que la comprara a aquel mercader griego.

Sila la desnudó entonces por completo, se quitó también él la ropa y se tendió a su lado para estrecharla entre sus brazos. Le dijo al oído que lo que estaba grabado en el aro que llevaba en el tobillo no se había borrado, que lo que habían hecho los dos era una guerra, que ella había sido herida en aquella mina al igual que él lo había sido en la arena -en la guerra son frecuentes las heridas-, pero que ahora ya había acabado, habían ganado, y ella debía hacer lo mismo que los soldados vencedores, los cuales, una vez de regreso, olvidan sus temores y sus heridas y no piensan sino en los días felices que tienen por delante.

Luego la besó y, como su deseo no parecía haber disminuido por el recuerdo de lo sucedido, la penetró. Se dio cuenta de que ella no se abandonaba, pero le dijo que le rodeara el cuello con sus brazos, tal como lo había hecho la mañana siguiente a la primera noche, para apretarse contra él y facilitar su goce. La joven le obedeció, y muy pronto Sila notó que ella deponía las armas.