Gladiadores
Vencida por el amor
–¿Piensas pagarme un mes de alquiler por adelantado, como está estipulado, Honorio? – dijo, sonriendo esta vez con cierta ironía.
–Yo…, hoy no, Omitila. Pero hace un momento tú misma lo reconocías: siempre he pagado lo que debía. Tengo entre manos un importante asunto que se va a dirimir ante el Senado y en cuanto…
Sin dejar de sonreír, la oronda mujer le interrumpió negando con la cabeza.
– ¡Vamos, Honorio, eres muy egoísta! No puedes pedirme que te aloje sin darme nada a cambio… -Se había cogido la falda con ambas manos y empezó a levantarla lentamente-. Tú eres joven y estás lleno de vigor -lijo con una expresión glotona-. Tienes lo que se necesita para devolverme el favor…
Honorio vio los dos gruesos muslos cubiertos de estrías. La falda continuó subiendo y apareció el gran sexo velludo de la patrona.
–Honorio -dijo ésta en voz baja-, mete la mano donde hay que meterla y no tendrás motivos para lamentarlo…
Vencida por el amor
Metalla buscó el cuerpo de Alya junto al suyo. Pero la joven a la que amaba no estaba en la cama. Al otro lado de las cortinas, el alba llegaba. Alya, que se había marchado la víspera ya caída la noche para asistir a la reunión de cristianos en la cantera, no había regresado…
La esedaria llamó a Hiddith, que dormía o velaba en una estera al otro lado de la puerta de la habitación, como una vieja perra fiel.
En el momento de despedirse, Alya le había dicho a Metalla que rezaría por ella con los demás. Pero ¿pueden unos cristianos rezar para que una esedaria mate a otra, a fin de que regrese de la arena viva e intacta a los brazos de su amante? ¿Y si Alya le mentía? ¿Y si había huido con los cristianos que regresaban al país de los judíos? ¿No le decía a menudo a aquella a la que amaba que ése era su sueño: volver a ver Judea? Las penas que se infligía a los esclavos fugitivos eran terribles. Pero Alya no podía temerlas. Sabía que el peor castigo al que Metalla condenaría a su esclava sería volver a meterla en su cama para matarla allí a besos y caricias.
Metalla avanzaba por la vida igual que cuando manejaba las riendas de sus caballos, tan insensible a los gritos de la muchedumbre como a la sangre de sus adversarios. Pero el amor había cambiado muchas cosas en ella y, cuando Hiddith entró, el miedo la paralizó en la cama al pensar que los cristianos podían haber sido arrestados esa noche en su lugar de reunión, y que Alya estaba con ellos… La persecución de los cristianos se podía reanudar con uno u otro pretexto, ya que los juegos habían empezado y hacían falta hombres y mujeres que murieran bajo las zarpas de las fieras, los miles de fieras que habían sido reunidas para la inauguración del anfiteatro. Roma les daría cristianos. La Ciudad universal que había aceptado en su panteón a los dioses de todos los pueblos que conquistaba desde hacía cuatro siglos no quería acoger en él a Cristo, el dios de Alya, y devoraba a los adoradores de aquel que fue crucificado por el procurador de Judea en Jerusalén.
–¡Hiddith! – gritó Metalla, súbitamente fuera de sí-. ¡Ve allí enseguida! Ve a la cantera… Ve a ver lo que ocurre y lo que ha ocurrido esta noche. Y
reúnete conmigo en el circo inmediatamente después para contármelo…
Y aquello sucedía el día en que iba a luchar contra la peligrosa pantera negra venida de Cartago en su carro cubierto de trofeos sangrientos, el último día, el día del combate que la Ciudad esperaba desde hacía meses, sin saber que de todas formas sería el último para la esedaria Metalla, una Metalla vencida no por la hoja de una hoz, sino por las flechas de Eros salidas de la boca de una virgen judía.
Tras vestirse y equiparse apresuradamente, la esedaria tomó las riendas que le tendían los mozos de cuadra ante el pabellón que seguía ocupando en el recinto del palacio Menesio desde el embargo de los bienes del patricio, gracias a la intensa y resuelta actividad de Honorio, que había obtenido un aplazamiento arguyendo que la liberta de Sila no podía verse privada del acceso al lugar mientras la herencia Menesio no estuviera resuelta, una resolución que evidentemente se retrasaba a causa de la solicitud de revisión del proceso del galo, que el joven abogado había presentado ante el Senado y que había sido aceptada gracias al apoyo del senador Rufo Clemens, gran amigo del patricio asesinado. La esedaria guió su carro hasta el anfiteatro. A esas horas tempranas del día la circulación en las calles era más tranquila, pues los carros ya habían salido de la Ciudad al amanecer.
Se dirigió al recinto de las fieras y encontró a Mesio a la entrada de la galería que conducía a las jaulas. Las rejas de las salas donde se encerraba habitualmente a los condenados estaban abiertas, pues las ocupaban gladiadores, que se instalaban allí antes de combatir.
–¡Mesio! ¿Hay cristianos aquí? – preguntó.
–No -respondió el intendente de los animales-. Como ya no queda sitio en ninguna parte para los gladiadores que han llegado de las provincias, los meten aquí. Después de unos días de combates, los muertos dejarán sitio libre y los que sobrevivan podrán ser alojados en las zonas reservadas para ellos. – ¿Has oído decir si han detenido a cristianos esta noche?
–Sí, eso dicen. En el Caelio se han quemado unas casas y se ha producido un motín. La gente ha acusado a los cristianos y el prefecto ha enviado a los vigilantes a efectuar detenciones en varias zonas.
–¿Sabes dónde están?
–Lo ignoro. Pero no faltan prisiones y ergástulas donde encerrarlos, fuera de aquí… -Mesio observó a la esedaria-. Tienes que combatir dentro de unas horas -comentó, sorprendido-. ¿No sería preferible que descansaras y te preparases? ¿Por qué te interesas tanto por los cristianos hoy?
–No sé -contestó ella con cierta lasitud-. Tienes razón. Perdóname, Mesio…
–No tengo nada que perdonarte, Metalla -repuso el intendente de las fieras, que no salía de su sorpresa mientras la veía alejarse por el pasillo hacia el spoletarium.
1. Barrio popular.
Porque el spoletarium, ese lugar de muerte, le diría si debía temblar por Alya. Si Sertorio estaba allí, en su puesto habitual ante sus mesas de piedra, con sus ayudantes que eran sus discípulos y los cómplices de su apostolado, es que nada le había sucedido a la joven. Alya estaba viva, sana y salva. Tal vez se había escondido en algún sitio con otros, al ir a la reunión o al volver, al enterarse de que los vigilantes perseguían a los adeptos de Cristo.
Metalla se detuvo ante la puerta del spoletarium con el corazón palpitante y la abrió. La sólida silueta de Sertorio salía de la habitación donde dormían sus ayudantes y donde escondían a Sila.
Le sonrió a la esedaria y le indicó que se acercase.
–¿Vienes a verlo? – preguntó a media voz, pensando en el ex oficial de las legiones-. Está durmiendo. No para de dormir y está todavía mejor que ayer.
No había visto a nadie tan resistente como él…
–Sí…, no -dijo ella-. No, no venía por él. Creo que le habéis salvado y confío en vosotros. Venía a verte a ti, Sertorio. ¡Oh, qué feliz soy!
La esedaria le asió las dos manos, con la dicha pintada en el semblante.
–¿Qué ocurre, Metalla? ¿Qué te pasa? Hoy necesitas todo tu valor y toda tu calma -dijo, igual que Mesio hacía un momento-. Anoche pensé mucho en ti…
–¿Cómo…, cómo fue la reunión de anoche, la reunión en la que hablaste?
–¿La reunión? Pero si no asistí… Debía hablar un predicador en mi lugar.
Viene de Siria y en su juventud conoció a algunos de los que estuvieron con Jesús. Me reemplazará durante varias semanas. Ya sabes que…
Metalla le quitó la palabra.
–¿Y los demás? – preguntó, señalando con la mirada la habitación donde estaban sus ayudantes y que ella sabía que eran también sus discípulos, cristianos como él-. ¿Qué te han dicho?
–¿Mis ayudantes? Ellos tampoco fueron. Es preferible que interrumpamos durante algún tiempo nuestras idas y venidas de esa cantera al anfiteatro, sobre todo mientras se celebran estos juegos, en los que hay mucha gente observándonos… Les dije que era más razonable, al menos mientras nuestro hermano venido de Siria estuviera aquí.
Sertorio observó que el semblante de Metalla se había quedado lívido. –
Pero ¿qué te pasa?
–¿No has oído decir que anoche detuvieron a cristianos? – preguntó ella con la voz quebrada.
–¿Cómo? – dijo Sertorio, inquietó a su vez. Vio aparecer lágrimas en los ojos de la esedaria.
–Alya no ha regresado esta noche, y había ido allí…
–¿Alya? – preguntó el encargado del spoletarium-. ¿Te refieres a Alya, la hija del cautivo Nogidios, muerto pronto hará dos años? ¿De qué la conoces? ¿Porque trabaja en el establecimiento del peluquero Certio?
–Se la compré. Es mi esclava y se acuesta en mi cama…
Sertorio puso las manos sobre los hombros de la esedaria, que no reprimía las lágrimas.
–¡Señor Dios! – exclamó-. ¿Fue por ella por lo que viniste a una de nuestras reuniones?
Metalla asintió con la cabeza.
–¿Se acuesta contigo porque la obligaste a hacerlo? Metalla asintió de nuevo.
–¿Y ahora lo hace sin que tú la obligues?
–Sí -contestó ella.
–Lo sabía. Vino a verme y me dijo que ya no era una muchacha pura. Yo creí que se trataba de Certio… ¿Y ahora la amas?
–¡Oh, sí, Sertorio, sí!
–¿La amas con el amor que Cristo vino a enseñarnos muriendo en la cruz, o con el otro, el de este mundo?
–Con los dos.
–Por supuesto -dijo sonriendo el predicador-. ¡Tú no haces nada a medias!
No va con tu carácter… -Ella permanecía apoyada contra su pecho, llorando-. ¿Quién te ha dicho que anoche detuvieron a cristianos? – le preguntó. – Mesio.
–Si lo dice Mesio, desgraciadamente debe de ser verdad.
–Sertorio…
–Sí, hija mía…
–Alya ha sido bautizada, ¿verdad?