Gladiadores
La noche de las tablillas engañosas
Sila obedeció y vio lágrimas en sus ojos. La cínica romana no era más que una hermana que llora por sus hermanos.
–¡Eso no! ¡No, el puñal no! ¡Sangre no! Él no hará una cosa semejante…
Domitila le había cogido la mano y, simplemente, lloraba, pues sabía perfectamente que él lo haría.
La noche de las tablillas engañosas
Domitila salió de la mansión de Terpnio del brazo de Sila. Se dirigió hacia su litera, cuyo cochero ocupó su puesto de inmediato. El hombre que estaba al mando del destacamento de los vigilantes avanzó hacia ella.
–Graco -le dijo ella en un tono que podía sonar a broma-, te presento a mi prometido, Lucio…
Graco sonrió y se inclinó. Domitila era conocida por sus costumbres liberales y no siempre volvía a casa sola, ya se tratara de muchachas o de personas del otro sexo. En aquella ciudad, eso no constituía una sorpresa.
–Vamos a casa -añadió, dirigiéndose a sus guardias y su cochero.
Al oír esas palabras, Graco se sintió enormemente aliviado. Había temido que tuviera en mente ir al palacio imperial, donde a veces pasaba la noche en un pabellón que le estaba reservado, pues aquello era precisamente lo que debía impedir a toda costa, según las órdenes que había recibido del propio Casio. La hermana del emperador no podía entrar allí bajo ningún concepto antes de que finalizara la mañana siguiente. Hasta el momento todo había ido bien, pero se habría producido una escena espantosa si hubiera sido necesario emplear la fuerza. Al fin y al cabo, era la hermana de
César, y él, Graco, no era gran cosa, uno entre muchos otros que debían obedecer a Casio Longino.
Él ignoraba por qué debía aplicar esa consigna imperiosamente; sólo sabía que recibiría una gratificación de cincuenta mil sestercios si cumplía aquella delicada tarea, y que sería trasladado a una legión que operaba en las orillas del Pont-Euxin si no lo hacía. Aquella legión luchaba contra poblados salvajes, emparentados con los escitas, que hacían la guerra sin respetar ninguna de las leyes de ésta, montados en pequeños caballos peludos en cuya cola arrastraban a sus prisioneros por el suelo hasta que éstos quedaban reducidos a una papilla sangrienta. Casio Longino conocía esos detalles y no había dejado de informar de ello a Graco.
Sila se instaló en la litera de Domitila, donde se encontró tendido junto a ella, y el vehículo partió entre los carros de transporte nocturnos; la del galo la ocupaba Cluvio. Unos vigilantes iban delante para abrir paso. Las literas debían acercarse a la pared cuando se cruzaban con un carro demasiado grande. Sila calculaba el tiempo que pasaba, reprimiéndose.
Llegaron al domicilio de Domitila, aislado al fondo de una callejuela y rodeado por un patio. Las dos literas entraron por el porche abierto, acompañadas de Graco. Para su gran sorpresa, éste vio avanzar hacia él a un jefe de decuria vestido con el mismo uniforme que él, el cual le tendió una tablilla.
–¡Ave, Graco! Casio me ha enviado a toda prisa con este mensaje para ti.
Sila había bajado de la litera y le daba la mano a su compañera para ayudarla. Sabía que en esos momentos el riesgo era grande; si la orden que Casio había escrito bajo amenaza no se ajustaba a las normas, y si Loreio le había engañado…
Pero Graco rompió el sello y la cinta y leyó: «Regresa sin demora a la prefectura para que se te encomiende otra misión y transmite tu contraseña a Pasenio, que te reemplaza con dos decurias. ¡De prisa!».
Graco miraba a aquel tal Pasenio, al que jamás había visto. Experimentaba
una sensación de malestar. En el patio estaban los hombres que debían ocupar el puesto de los suyos; permanecían apartados, como si no quisieran que les diese la luz de las antorchas que los esclavos de la casa habían encendido al llegar las literas. Domitila estaba cogida del brazo de Sila, y Cluvio apoyado en la litera que le había conducido hasta allí, donde su espada y la de Sila se hallaban ocultas.
Graco observaba la tablilla con desconfianza. Parecía cumplir las normas reglamentarias, pero el vigilante no olvidaba que cualquier error por su parte le conduciría a Pont-Euxin. Le indicó a uno de los esclavos de las antorchas que se acercara, a fin de releerla y examinarla con más detenimiento. Cluvio consideró que había llegado el momento de no seguir esperando. Sacó las dos espadas de la litera, le lanzó una a Sila y se abalanzó sobre Graco, asestándole un violento golpe con el arma plana. Era la señal para pasar a la acción. Los falsos vigilantes que estaban en el interior se precipitaron hacia los auténticos. Los auténticos, que se habían quedado en la calle, entraron para apresurarse a ayudar a sus compañeros, pero oyeron pasos precipitados a su espalda. Una docena de hombres que no iban uniformados cayeron sobre ellos, unos armados con espadas cortas y otros provistos de hondas, que hacían girar.
Domitila se había quedado boquiabierta en medio de aquella escena que no había durado más que unos instantes y que le exponía los métodos empleados por Sila para resolver las situaciones difíciles. Luego, las puertas del patio fueron cerradas. Siete u ocho vigilantes yacían ensangrentados o se sentaban para calibrar la gravedad de sus heridas, y los seis pretorianos mostraban una intensa satisfacción. ¡Los vigilantes se destruían entre sí!
Después se sintieron intrigados al oír que el invitado de la hermana de César ordenaba que los vigilantes del bando vencido fueran desnudados, y al ver que los hombres vestidos de civil que habían llegado por la callejuela se ponían sus uniformes. Entonces comprendieron que estaban asistiendo a un acontecimiento imprevisto y se volvieron hacia aquella a la que debían proteger. Domitila se acercó a ellos.
–Esta noche -dijo-, algunos de vuestros compañeros que están en palacio han elegido unirse a una conspiración que se prepara contra mi hermano
Tito César. ¿Queréis quedaros aquí, encerrados en el sótano de esta casa, o vendréis conmigo y con todos los que están aquí para impedir ese crimen?
Vosotros conocéis el palacio y a los otros pretorianos, de modo que podréis desempeñar un papel importante que será recompensado con fuertes sumas en oro de mi bolsillo personal… Debéis obedecer al oficial Sila, que está aquí a mi lado.
Entonces miraron a aquel galo que había escapado a los tigres y que reaparecía como amante de la hermana de Tito César.
–Si es con él, y si tú también vienes, te seguiremos. ¿No hemos recibido acaso la orden de ayudarte en todas las circunstancias? Pues bien,
¡ejecutaremos esa orden!
En ese momento se oyeron voces al otro lado de la puerta cerrada, los que la guardaban la abrieron y entró Cotio, precediendo a una silla de porteadores escoltada por legionarios vestidos de vigilantes. La puerta fue cerrada de nuevo y la silla depositada ante la escalinata de la casa. Cotio hizo que sacaran de ella a un hombre que iba amordazado y atado de pies y manos. Dos veteranos lo llevaron al vestíbulo, donde Sila y Domitila entraron a continuación.
–¡Lacertio! – exclamó sorprendida la hermana de César.
–Puedes quitarle la mordaza -dijo Sila.
Lacertio había recibido de Domiciano la misión de permanecer en su casa de la Ciudad, en contacto con Casio Longino en su prefectura, a fin de estar al pie del cañón a primera hora de la mañana para fomentarla obediencia de la plebe al nuevo emperador, esa plebe de la que él era tribuno electo sin adversario desde hacía tres semanas, tras el abandono de Lépido.
Con la ayuda del hermano de César, Lacertio había reunido cerca de cien millones de sestercios, suma que permitiría repartir en una o dos veces la cantidad de doscientos sestercios a cada uno de los cuatrocientos mil romanos mantenidos y alimentados por la annona, a modo de donativo por
el gozoso advenimiento del sucesor de Tito y de bálsamo susceptible de aliviar el dolor causado por la muerte de un príncipe tan popular. Además, unos carros habían transportado a diferentes depósitos de la Ciudad toneladas de grano y miles de tinajas de aceite, cuyo contenido recibirían los sometidos a racionamiento además de sus provisiones habituales.
Lacertio se había sentido sumamente feliz al escapar a la terrible tarea de manejar uno de los seis puñales de la conjura, y había pensado que su papel y su función de tribuno incluso podrían, quizá, protegerle en caso de que la conspiración fracasara. Pero Cotio, a la cabeza de sus falsos vigilantes, había invadido su domicilio y lo había apresado a él.
Sila permanecía frente a aquel que había tramado la muerte de Menesio.
–Sin lugar a dudas comprenderás que no puedo sentir ninguna piedad por ti ni contenerme en la forma de hacerte pagar tus crímenes. Sin embargo, te utilizaré igual que he hecho con tu amigo Casio. Serás crucificado esta noche si fracasamos, pero entregado a la justicia de Tito César sin que nadie te ponga la mano encima si nos dices lo suficiente para que la operación que dirijo tenga éxito antes de que sea demasiado tarde. De este modo te convertirás, paradójicamente, en alguien que hará fervientes promesas en nuestro favor.
La mirada de Lacertio se dirigió entonces hacia algo o alguien que estaba detrás de Sila. El galo se volvió. Caleno Corbulón acababa de entrar, procedente de la prefectura de los vigilantes, y había oído.
–Yo le haré hablar inmediatamente -le dijo al galo-. Creo que fue él quien llevó a cabo el asesinato de mi padre por orden de quien sabemos. De manera que no desecharé ningún medio para hacerle confesar, ¿no es cierto, Lacertio?
El legado Estabilio -Estabilio Caprasio Félix de nombre completo- lanzó otra mirada a la clepsidra colocada sobre su escritorio, en una especie de estante sostenido por una cariátide con las formas guerreras de un soldado con casco. El artilugio decía que todavía debía fluir una hora de su-agua
antes de que su nivel indicara la duodécima hora de la noche, la hora a la cual los seis hombres que se hallaban en una estancia situada al fondo de las dependencias de Domiciano saldrían para dirigirse a las de Tito César, provistos de puñales ocultos bajo sus togas.
Se presentarían en la antecámara de las dependencias imperiales, donde permanecían, desde la puesta del sol, dos decurias de pretorianos armados, la guardia personal de César. Aquellos pretorianos no les impedirían pasar a pesar de la hora relativamente tardía, ya que habían sido elegidos uno a uno por Estabilio, el segundo comandante de la guardia pretoriana, y se les había advertido que no debían sorprenderse. Los seis patricios de la conjura, una vez en el vestíbulo de las dependencias, estarían en presencia de los esclavos de la secretaría de la casa imperial, personas importantes pese a su condición servil y que conocían la realidad de los asuntos de Estado, a causa de la total confianza que el soberano tenía en ellos. El conjurado que dirigía el juego, Arrio Estitio, y que no era conocido por ser adicto de Domiciano -suprema habilidad de los conspiradores-, explicaría que tenían la urgente necesidad de entregarle a César un informe que acababa de llegar de Germania, redactado por Calventio Quieto, uno de los seis, el cual había venido realmente de ese país expresamente para ello, pues no se había escatimado nada para hacer creíble la historia. El informe contenía importantes datos sobre lo que se preparaba en aquella frontera, donde los germanos seguían intentando extenderse hacia el oeste, violando uno tras otro los armisticios y los tratados que firmaban con los responsables de las legiones acampadas allí. Calventio había viajado veinte días, agotando a numerosos caballos de la posta imperial, para llegar a Roma lo antes posible, a fin de que César tomara las decisiones que reclamaban los cónsules allí.
Los secretarios se plegarían ante tales razones, tras ciertas dificultades iniciales, y los seis serían introducidos en el despacho de César, el pequeño despacho privado contiguo a su amplia habitación. César estaría en ésta, donde se había encerrado después de cenar para darle los últimos toques a un largo poema lírico dedicado a la constancia de los sentimientos en amor.
Tito no olvidaría jamás la ardiente pasión que le había inspirado la reina Berenice, a la que continuaba amando en secreto dos años después de su
separación. A pesar de que el nombre de la esposa exiliada de Británico no apareciese jamás en aquellos versos elegíacos, muchos comprenderían que los había inspirado ella.
Tito, soberano consciente de sus elevados deberes, dedicaba largas jornadas a los asuntos del Imperio, pero le gustaba decir que los momentos que pasaba escribiendo máximas o componiendo sus poemas -según la opinión general, excelentes- eran los que le hacían soportable su pesada tarea. Se dedicaba a ello una noche a la semana. Esa noche era más propicia que otra para el fatal proyecto de los conjurados, ya que la víctima estaría sola; además, después se podría decir con mayor motivo que se había querido poner fin al reinado de un príncipe que prefería la literatura a los asuntos públicos. La plebe, regada de aceite, grano y sestercios, y a la que le daba igual ser gobernada por un hermano u otro, no pensaría más que en los próximos juegos del circo, y en los estados mayores de las legiones se producirían muchos cambios para situar por doquier a comandantes adeptos al nuevo soberano. Y el Imperio continuaría siendo el Imperio.
En cuanto a él, Estabilio, sería ascendido al mando de la guardia pretoriana, que dirigía como segundo desde hacía medio año. No había posición más agradable en las altas esferas del ejército, ya que se situaba en Roma, en la intimidad de César, y el servicio que le habría prestado esta noche permanecería siempre en la mente de éste. Estabilio, efectivamente, tenía en su mano las claves de la operación. Había sido asignado a la guardia pretoriana y ascendido a legado gracias a las intrigas de Lacertio y Domiciano; se lo debía todo a ellos, pero el éxito de esta noche reposaba sobre él, sobre la audaz apuesta que hacía exponiendo su carrera y su vida a lo que sucedería después de la duodécima hora, cuando la augusta sangre hubiera manado. Porque la partida se basaría en el número y la determinación de los oficiales y los soldados de la guardia que eligieran uno u otro bando: bien conocerían o adivinarían la responsabilidad de Domiciano y se volverían contra él para hacerle sufrir la suerte de Tito, o bien le obedecerían a él, Estabilio, y proclamarían al hermano de César como soberano del Imperio sin perder un minuto.
El comandante en jefe de los pretorianos, Lucrecio Fronto, era un hombre
de Tito, por supuesto, elegido por él en su advenimiento. La conspiración sólo podía triunfar si Lucrecio se hallaba ausente, o se le neutralizaba de uno u otro modo. Él sabía qué ambiciones alimentaba el hermano menor de César y no le harían creer que los seis patricios regicidas no habían actuado por orden de éste. El procedimiento para neutralizar a Lucrecio Fronto había sido objeto de numerosas discusiones entre Estabilio, Lacertio y el propio Domiciano en el secreto de las dependencias de éste. Lacertio había insistido en que se le matara al iniciarse la operación, sin testigos o con los menos posible. Si se deseaba que las cosas fueran irremediables, sostenía Lacertio, era preciso que los guardias _ supieran que su jefe había perecido y que ellos también perecerían si vacilaban en escoger el bando correcto.
Pero Estabilio no había cedido. Había mantenido que su superior, una vez encerrado en un lugar secreto en el recinto de palacio, tras haber sido pillado por sorpresa, no obstaculizaría más la operación que si estuviese muerto. En realidad, a Estabilio le repugnaba mancharse las manos con la sangre de un hombre que no le era antipático y que nunca le había hecho daño. Después de que el comandante de los pretorianos hubiera sido raptado y escondido, se diría que había partido al campo para pasar allí varios días, con el permiso de César. Las posibilidades de que éste hiciera llamar a Lucrecio durante la velada eran escasas, y el propio Estabilio podría presentarse en las dependencias imperiales y declarar que Lucrecio estaría en la Ciudad hasta medianoche.
Lacertio había acabado por renunciar, ya que el propio Domiciano consideraba que un asesinato seis o siete horas antes de la hora fatídica, si salía algo mal, podía hacer que toda la operación fracasara, y ahora Estabilio se felicitaba de que todo estuviera en orden. Cuatro hombres se habían presentado en los aposentos del comandante de la guardia pretoriana después de que Estabilio se hubiera cerciorado de que éste estaba en sus termas, en el baño de vapor, desnudo y por supuesto sin armas, solo con su masajista negro. En aquellos momentos, en Roma estaban de moda los masajistas africanos, muchos de los cuales eran eunucos, y Lucrecio no ocultaba a sus amigos que el suyo poseía un talento incomparable para la felación. Los cuatro intrusos no tuvieron demasiadas dificultades para apresarlo y hacerle callar, pero tuvieron que matar al africano, que gritaba y
no hacía caso de ninguna advertencia. Todo aquello fue llevado con tal alevosía, en pleno palacio, que el comandante de los pretorianos no tuvo ninguna posibilidad de escapar a su suerte. Lo condujeron al lugar donde estaban las cisternas en una de las carretillas que se utilizaban para transportar las sábanas sucias a los lavaderos. Las cisternas y éstos estaban ocupados desde primeras horas de la tarde por guardias de la conjura, y Lucrecio, amordazado, fue bajado al fondo de una cisterna vacía, cuya abertura había sido obstruida por las carretillas de ese tipo que se encontraban disponibles. Los lavaderos sólo funcionaban desde el alba hasta la duodécima hora de la mañana.
Antes del alba, el propio Estabilio iría a liberar a su superior -que habría dejado de serlo en aquel momento- y a explicarle que le debía la vida a su segundo.
Lucrecio partiría lejos de Roma a ejercer un mando en lo más recóndito de una provincia, con el consejo de que, en la medida de lo posible, procurara que el nuevo emperador le olvidase.
El palacio estaba tranquilo, la clepsidra desgranaba su agua gota a gota, y Estabilio pensaba que nada turbaría aquella paz antes de la tormenta que estallaría en cuanto la señal de medianoche fuera alcanzada por el nivel del líquido en el aparato de medir el tiempo que había destronado definitivamente de Roma, desde hacía varios años, los relojes solares, los cuales evidentemente presentaban el grave inconveniente de no poder funcionar de noche. Un inconveniente, pensó Estabilio sonriendo para sí mismo, que se convertía en muy grave en el transcurso de las noches de conjura en el interior de un palacio imperial, y en ese momento uno de los guardias que estaban apostados en la antecámara de su despacho entró, llevando en la mano un mensaje que acababa de llegar, traído por un vigilante, el cual había mencionado que el mensaje debía ser entregado en mano al legado Estabilio.
Se trataba de una tablilla marcada con un sello que Estabilio reconoció al primer golpe de vista como el de Lacertio.
Estabilio cogió el cortapapeles de bronce que tenía ante él, en su escritorio, y cortó la cinta. «La hermana de César se presentará en palacio de un momento a otro -decía la tablilla-. No le niegues la entrada, contrariamente a lo que habíamos acordado, a fin de no despertar su inquietud, pero no la dejes salir de sus aposentos bajo ningún concepto. Casio le ha asignado veinte vigilantes que están al corriente de la consigna y que puedes poner sin demora a tus órdenes. ¡La Ciudad está tranquila! ¡Vale!»
Estabilio leyó de nuevo la tablilla y le dio vueltas entre sus dedos; luego se levantó del asiento para ir a buscar, en uno de los cajones del archivador que estaba junto a la mesa, otra tablilla escrita de la mano de Lacertio, recibida dos días antes y que había guardado con la finalidad de tener un ejemplo de la escritura del patricio. Comparó una con otra y consideró que eran exactamente iguales. No vio nada inquietante en todo aquello. Faltaban tres cuartos de hora antes del desenlace de la velada, y si Domitila armaba un escándalo en el interior del recinto del palacio porque no la dejaban ir a las dependencias imperiales, la encerraría en su pabellón y nadie diría nada, mientras que en plena ciudad, evidentemente, habría podido organizar un gran alboroto en público. Cerró el cajón y salió del despacho para dirigirse al puesto de guardia de la entrada de honor, a fin de recibir a la hermana de César y velar personalmente por que fuera, de buen grado o por la fuerza, a donde la conducirían.
La crisis de conciencia del cónsul Munatio Fausto no había finalizado con la decisión de darle a Sila los cien hombres que le había pedido. El comandante de la campaña contra los piratas se acusaba de falta de valor cívico y militar, y le había ordenado confidencialmente a Caleno Corbulón que le mantuviera al corriente de la ejecución del plan de Sila, enviándole un correo en cuanto la prefectura de los vigilantes fuera tomada. Tres atletas especialistas en maratón en las pruebas deportivas militares habían sido incluidos en el contingente que había partido hacia Roma a fin de garantizar la conexión. Luego, el cónsul había enviado a cuatro centurias a paso de marcha hasta un almacén de las legiones situado entre Ostia y Roma, a cuatro kilómetros de la Ciudad. Aquel almacén servía de campamento de tránsito para los efectivos que iban a embarcar a Ostia o volvían de allí.
Finalmente, él mismo se había trasladado allí a fin de estar más cerca.
Había cabalgado hasta dicho almacén dominado por una especie de cólera fría ante la idea de que los peldaños del trono imperial iban a ser manchados de sangre como jamás lo habían sido, si Domiciano hacía matar a su propio hermano. Estaba decidido a ir espada en mano a asaltar el palacio para impedir semejante horror y había empezado a trazar un plan a fin de elegir los puntos más apropiados. Él conocía el lugar y no había tardado en llegar a la conclusión de que las entradas de servicio, es decir, las de los edificios que albergaban las cocinas, los lavaderos, la cantina de los guardias pretorianos, etcétera, constituían el punto débil, y que resultaría más fácil entrar por allí por sorpresa que por la puerta principal, al mismo tiempo que se atacaría el patio de honor para despistar. Luego había convocado al arúspice del campamento y le había ordenado inmolar un gallo en las formas requeridas para saber si los dioses eran favorables al cónsul Munatio Fausto en lo que iba a emprender con las armas en la mano.
El arúspice, pensando que el cónsul quería ser tranquilizado a propósito del resultado de su expedición por mar, se puso manos a la obra y, hurgando entre las entrañas del ave con su instrumento sagrado de oro, cuyo mango estaba adornado con turquesas, le declaró sonriente que todo iría bien. El cónsul, como muchos otros a cargo de operaciones militares, sabía que no había que tener demasiada fe en las predicciones de los arúspices del ejército, con frecuencia inclinados a dar una buena noticia para complacer.
Éste, pensando que Munatio Fausto no regresaría a Italia antes de varios meses, había podido decidir que pronunciarse favorablemente no suponía un riesgo demasiado elevado; pero, no obstante, el cónsul se había sentido reafirmado en su resolución de apoyar a Sila y a sus dos jóvenes oficiales con una fuerza decisiva.
Si el segundo correo le anunciaba que el galo había podido introducirse en palacio, entonces pondría en camino a sus cuatro centurias a paso de marcha, entraría en la Ciudad por la puerta Ostia y se dirigiría directamente a la sede del poder imperial, barriéndolo todo a su paso. Y si moría con las armas en la mano víctima de los pretorianos traidores a Tito, al menos el nombre de Munatio Fausto sería reverenciado por los historiadores y citado como ejemplo a la juventud en las escuelas militares.
Caleno Corbulón y Cotio, con todos los hombres de que podían disponer tras haberle dejado a Barbidio los suficientes para mantener la prefectura de los vigilantes herméticamente cerrada al mundo exterior y detener a todos los que quisieran entrar en ella, ocuparon las dos calles que conducían a las cocinas y los lavaderos del palacio imperial. Se les había ocurrido elegir aquel lugar, al igual que había atraído la atención de Munatio, después de que el veterano que en otros tiempos sirviera durante dos años en la guardia pretoriana les hubiera comentado que la entrada de servicio de la residencia imperial era un auténtico caos.
Las idas y venidas de los carros que llevaban por la noche el hielo, las verduras y otras vituallas como la carne, los numerosos esclavos que entraban y salían, las muchachas que iban a acostarse con los pretorianos y los miembros de la burocracia imperial en estancias habilitadas para tal uso por intermediarios emprendedores, todo ese movimiento hacía que aquella abertura fuese militarmente poco hermética. Y además, la residencia imperial no era una fortaleza.
Los siete u ocho pretorianos que permanecían allí de guardia no ejercían, en un ambiente semejante, la vigilancia necesaria, y Caleno, nada más llegar a Roma, había empezado por introducir a dos espías que le habían informado sobre los efectivos militares en aquella entrada y los lugares contiguos.
Llegado el momento de actuar, Caleno fue hasta la arteria más próxima, la vía Castella, donde había un gran tránsito de vehículos que se dirigían hacia el mercado de la vía Biberatica. Una vez allí, divisó un carro que transportaba hielo cubierto con gruesas y toscas telas.
–¡Ave! – le dijo, vestido de vigilante, al conductor que iba a la cabeza de sus dos mulas-. ¿Cuánto vale todo el hielo que llevas ahí adentro?
–¿Yo? – repuso el hombre, inquieto al ver que un oficial de la fuerza policial se interesaba por sus negocios-. Al precio de hoy, debe de haber unos ciento cincuenta sestercios…
Mentía, infravalorando su tesoro por si su interlocutor quería sonsacarle una
comisión proporcional, según la costumbre, a la importancia de la mercancía transportada. Pero Caleno le había hecho una seña a Cotio, que permanecía no lejos de él con la bolsa que contenía los fondos para financiar la operación.
–Dale trescientos sestercios -dijo Caleno.
El veterano contó las monedas ante el estupefacto comerciante.
–Ahora -dijo Corbulón-, coloca el carro ahí. Dentro de un momento te diré dónde debes ir. ¿De acuerdo?
–De acuerdo -contestó el hombre-, pero los tipos que esperan que les lleve el hielo van a protestar.
–Ellos protestarán -dijo Caleno-, pero tú te habrás llenado el bolsillo. Diles que le has vendido la mercancía a Tito César.
El comerciante se echó a reír mientras Caleno, al ver un carro de legumbres cargado hasta los topes, se disponía a repetir la operación. Pagó quinientos sestercios por un cargamento que valía doscientos, pero el carro le gustaba porque llevaba una gran lona, y, como el propietario empezaba a hacerle preguntas para tratar de averiguar el motivo de su compra, le dijo que la enrollara y esperara confiado el desarrollo de los acontecimientos.
Cuando hubo reunido de este modo cinco carros de apariencias diversas, los hizo avanzar acompañados de determinado número de hombres con ropa de civil hacia la principal entrada de servicio de palacio, donde sus dos espías estaban charlando con los pretorianos de guardia, cuya confianza se habían ganado.
Los vehículos entraron, pues, en un patio ya muy atestado, y, cuando los burócratas de la intendencia empezaron a hacerles preguntas a los conductores acerca del destino de los productos que llevaban, Caleno dio la señal. Los pretorianos fueron rodeados, numerosos hombres salieron de los carros espada en mano, otros con uniforme de vigilante se colaron por la
entrada como si vinie, ran de la calle a ayudar a la guardia, y las puertas se cerraron tras ellos. Los asaltantes, con Caleno a la cabeza, ocuparon los edificios de las cocinas y los lavaderos, bloqueando todas las salidas a fin de impedir que alguien fuera a dar la alarma al resto del palacio.
Desde el puesto de guardia de la entrada de honor, donde había tomado posición, Estabilio vio acercarse el cortejo formado por la litera de la hermana de César y los hombres armados que garantizaban su protección, tres pretorianos a cada lado del vehículo y veinte vigilantes, la mitad de ellos delante y la otra mitad detrás. El jefe del destacamento de dichos vigilantes era el veterano Imógenes, compañero de Cotio en las legiones y al servicio de Sila desde la noche en que el leno Ictios acabó su vida víctima de las morenas; pero eso el legado Estabilio Caprasio Félix no podía saberlo.
Así pues, dio la orden de que abrieran las puertas, y la litera y su séquito penetraron en el patio, más allá del cual se veía una especie de terraza coronada de árboles donde, en otros tiempos, Nerón había expuesto en cruces y quemado a cierto número de cristianos al día siguiente del famoso incendio de Roma, cuya paternidad se le atribuye sin que los historiadores hayan podido aportar pruebas de ello.
Sila bajó de la litera, detenida al pie de aquel jardín colgante, ante la mirada de Estabilio, intrigado por el fornido acompañante que la hermana de César se traía para que la ayudara a acabar la noche en buenas condiciones. El legado se felicitó por ello. Si tenía algo mejor que hacer, no intentaría ir a las dependencias de su hermano reinante.
Domitila había apartado las cortinas que servían para ocultar a los pasajeros de la litera a las miradas del vulgo y le dirigió una sonrisa a Estabilio.
–¡Ave, Estabilio! ¿Cómo estás? Yo me encuentro estupendamente y me alegro de verte…
El legado observó que el rostro de la joven estaba rojo y que le brillaban los ojos. Seguramente había bebido demasiado en alguna parte de la Ciudad, en
una de las casas donde se organizaban las fiestas en las que ella pasaba las veladas. Para los habituales del palacio no era un secreto que ella buscaba muchachas para la cama de su hermano.
–Hoy es un día feliz para mí -prosiguió Domitila-. Te presento a mi prometido, Lucio. He decidido casarme, mi querido Estabilio, y tú eres uno de los primeros en saber que he encontrado al esposo ideal. – Sila adoptó un aire presuntuoso, mientras que Estabilio se inclinaba, sonriendo cortésmente. Mañana iré a presentárselo a César, que me reprocha ser…,
¡digamos voluble! Se alegrará de que me reforme. ¡Vamos a mis dependencias, Aselio! – añadió, dirigiéndose a su cochero.
Mientras la litera se ponía de nuevo en marcha, escoltada por el legado, que caminaba a la altura de la pasajera, ésta continuó hablando con animación.
–¡Mira el ejército que Casio Longino me obliga a arrastrar desde esta mañana! ¡Me ha enviado una tablilla diciéndome que quieren atentar contra mi vida! ¡Pero si yo no soy un peligro para nadie!
–Es cierto que tememos algo contra César, y también contra tu hermano menor. Por eso redoblamos las precauciones, tanto en la Ciudad como en palacio. ¡No puedes reprocharle a Casio su vigilancia!
Sila constató con gran satisfacción que el segundo comandante de los pretorianos no parecía querer poner obstáculos a la presencia de los vigilantes, que seguían acompañando a la comitiva.
Cuando llegaron ante el pabellón ocupado por la hermana de César, ésta bajó de la litera y unos esclavos aparecieron bajo el peristilo de la entrada.
–Estabilio -lijo Domitila-, ven a tomar algo con nosotros.
El legado protestó, pretextando necesidades del servicio, pero ella lo abrumó con reproches joviales y él accedió a entrar unos instantes. Los tres tomaron asiento en unas banquetas del atrio y los esclavos fueron en busca de refrescos a la heladera. Los seis pretorianos de Domitila, cumpliendo las
instrucciones que habían recibido de Sila, bloqueaban la entrada de la casa, tres en el vestíbulo y los otros tres montando guardia fuera. Los falsos vigilantes se habían situado bastante lejos de la casa, al pie de la terraza, pero Imógenes había enviado a cinco de ellos a tomar posiciones a la entrada de servicio, al otro lado del pabellón.
Los esclavos sirvieron los refrescos y Domitila tomó la palabra.
–Mi querido Estabilio -declaró-, te felicito por la decisión que has tomado sobre Lucrecio Fronto.
El legado se quedó desconcertado, sin atreverse a comprender el significado de aquella frase que la hermana de César acababa de soltar sin ambages.
–¿A qué decisión te refieres? – preguntó, esforzándose por darle un tono trivial a su asombro.
–¡Pues a no haber querido que lo mataran esta noche! Eso te honra… En este mundo cruel que envuelve a un trono, tú haces gala de una gran valentía moral.
Estabilio se levantó de la banqueta, presa de sentimientos contradictorios.
Miraba a aquel Lucio, que escuchaba todo aquello con una actitud apacible y satisfecha, como si fuera un imbécil., ¡Ese tal Lucio estaba, pues, al corriente de la conspiración, con la propia hermana de César! Pensó llevar la mano a la empuñadura de su espada y echó un vistazo detrás de él, hacia el vestíbulo, donde los pretorianos se habían hecho a un lado para no resultar visibles, pero dudaba, intentando evaluar las consecuencias de lo que acababa de suceder.
–Pero ¡siéntate, Estabilio! – dijo Domitila, sonriendo-. Dispones de unos momentos para dedicárnoslos… ¡Todavía no estamos en la duodécima hora! El legado se sentó, absolutamente desconcertado. Ella sabía la hora, ella lo sabía todo…, de manera que Estabilio empezó a pensar que, simplemente, estaba de parte de Domiciano. Pero enseguida salió de su engaño.
–¿Te das cuenta, Estabilio? Has corrido un gran riesgo colocándote de parte de mi hermano menor. Has expuesto tu futuro y quizá incluso tu vida.
¿Estás seguro de haber hecho la apuesta correcta?
–¿Qué quieres decir, Domitila? – preguntó él, todavía más desconcertado. –
Quiero decir que mi hermano Domiciano va a fracasar dentro de un momento en su empresa y que todos los que le hayan ayudado a cometer esa locura fracasarán con él…
Esta vez, Estabilio se levantó con decisión y se volvió hacia la puerta. Los tres pretorianos permanecían ahora en el, umbral del atrio, con la espada desenfundada en la mano, y la visión de aquellos metales brillantes le hicieron comprender que había caído en una trampa. Quiso entonces sacar su espada, aunque sin saber muy bien lo que iba a hacer con ella, contando con que aquellos tres hombres que le debían obediencia le dejarían abrirse paso, pero Sila, poniendo fin a su papel de espectador idiota, saltó sobre él desde la banqueta donde estaba sentado y estrelló con todas sus fuerzas la cabeza contra el pecho del legado, que se tambaleó hacia atrás. Cayeron uno sobre otro, rompiendo la banqueta de madera labrada que, a decir verdad, no podía ser muy sólida. Estabilio experimentaba un agudo dolor, pero, dado que insistía en querer utilizar la espada, Sila le golpeó dos veces con el puño en pleno rostro, como se hace en el pancracio. Esta vez, Estabilio perdió el conocimiento y el galo temió haberle pegado demasiado fuerte, comprometiendo de este modo la operación. Los esclavos habían acudido al oír el ruido de la banqueta rota y experimentaban una gran satisfacción ante aquel acontecimiento espectacular que rompía la monotonía de su existencia, consagrada a esperar la llegada de Domitila para servirle zumos de fruta y cambiar las sábanas de su cama. Sila les ordenó que trajeran de inmediato hielo y agua fría. Ellos corrieron a la cocina y regresaron con lo que se les pedía.
Mojaron el rostro tumefacto del legado, que abrió los ojos. Unos esclavos trajeron una banqueta de repuesto.
–Ven a sentarte, Estabilio -dijo tranquilamente Domitila, que estaba