Gladiadores

Roger Maure · Capítulo 33 de 48

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Gladiadores

Mi amigo Palfurnio

esta decisión irrevocable, te corresponde a ti elegir entre dos posturas. O me ayudas con algún subsidio, permitiéndome así lograr mi objetivo rápidamente, lo cual adelantará mi regreso a la capital, o me dejas ir allí en la indigencia en la que me encuentro desde que aquellos de quienes te hablé me despojaron de todo. En este caso, iré a pie a Pompeya, mendigando mi sustento por el camino, y, una vez allí, me emplearé por el más bajo salario si es preciso en el despacho de un hombre de leyes de la Ciudad, aceptando las tareas más pesadas, para poder empezar en secreto mis investigaciones durante mis horas de libertad. Y recordaré que permaneciste insensible a mi petición y que, por consiguiente, el cariño que dices sentir hacia mí te lo dicta tu egoísmo…

Y el joven abogado, con su camisa de dormir demasiado grande que procedía del vestuario del difunto Omitilo, se levantó para dar fe de su determinación.

Tal como había temido mientras pronunciaba su discurso, su compañera estalló en sollozos.

A la mañana siguiente, a las seis, tras una noche en el transcurso de la cual Honorio no escatimó esfuerzos, Omitila, que esta vez lloraba en silencio, le entregó diez mil sestercios de sus ahorros escondidos bajo la cama, debajo de una de las baldosas de tierra cocida del suelo que se podía levantar, y el joven abogado bajó la estrecha escalera para ir a comer una última sopa de cuatro ases, con carne, antes de emprender el camino hacia Pompeya.

Mi amigo Palfurnio

Con la seguridad que le proporcionaban los sestercios que le había dado su oronda amante, y encantado de poder escapar a sus fastidiosas atenciones, Honorio caminó hacia la puerta Labicana, donde había dejado su caballo al regresar de su estancia en casa de Lépido. Pagó lo estipulado para recuperar

al animal y decidió que iría a Ostia para viajar en barco hasta Pompeya, en lugar de dirigirse allí por tierra. Una vez llegado a Ostia, no tuvo dificultad para vender su montura a buen precio. Muchas personas que desembarcaban allí, cuando se dirigían a algún lugar que no era Roma, compraban una para proseguir su viaje. Esperó al fondo de una taberna que cayera la noche para ir al puerto y montar a bordo de uno de los barcos de cabotaje, que llevaban escritos en rótulos de madera sus destinos, es decir, los diferentes puertos del Brucio y de Sicilia. Se encerró en el camarote que le habían asignado y se abstuvo de salir durante todo el viaje, no abriendo más que al mozo encargado de servir la comida reservada a los pasajeros lo bastante ricos para viajar en camarote.

La galera avistó Pompeya a última hora del día siguiente. Por la ventanilla que daba al puente, Honorio contempló la silueta del Vesubio, que la puesta del sol teñía de rosa, y luego de malva a medida que la luz disminuía. El puerto estaba oscuro cuando la galera llegó al muelle.

Los pasajeros desembarcaron y fueron a ocuparse de sus asuntos entre el movimiento reinante en el puerto, donde se encendían una a una numerosas lámparas de aceite. Honorio no sabía dónde pasar la noche. El mozo encargado de los camarotes, que entró en ese momento, le dio a entender que, dado que la nave no partía de nuevo hasta la mañana siguiente, podría quedarse a bordo si lo deseaba con tan sólo darle unos ases de propina.

Después de que Honorio le hubiera dado diez ases, el esclavo le hizo una gran reverencia y le dijo que podía conseguirle un o una joven para que le hiciera compañía durante la noche. Pero Honorio, cansado por los ejercicios que su protectora Omitila le imponía diariamente desde hacía varias semanas, y preocupado ante todo por la forma en que abordaría a Palfurnio, no aceptó la proposición.

La nave se hallaba ahora sumida en el silencio. Los remeros dormían y la tripulación se había marchado a cenar en las tabernas. Honorio salió al puente desierto para respirar el aire marino. El muelle estaba vacío. Se oían las risas y, de vez en cuando, las canciones de los que estaban a la luz de la tabernas, un poco más lejos.

Entonces bajó al muelle, convencido de que nadie se interesaba por él en el puerto de Pompeya. Eligió la dirección opuesta a las luces y caminó pensativo hasta el extremo de la dársena, donde se veían las formas sombrías de varias galeras amarradas una junto a otra. Cuando las examinaba, distinguió en el mástil de una de ellas, iluminado por una linterna, la insignia de la tripulación Menesio, que había visto a menudo grabada en la cera de los sellos puestos en los documentos guardados en los archivos del palacio: la rueda dentada entre dos espadas, bajo la silueta de una trirreme.

Comprendió que aquellas naves formaban parte de los bienes que Sila había heredado y que se hallaban relegados al final de la dársena porque estaban embargados con todo lo demás.

El joven abogado sintió que la cólera lo invadía de nuevo. ¡Habían despojado a Sila! ¡Habían hecho perecer a Menesio, y ahora todo lo que había construido el patricio iba a ser subastado.! «Pero la batalla aún no está perdida», pensó Honorio, apretando las mandíbulas. ¡Palfurnio! Ahí estaba el punto débil de la organización criminal de Lacertio y los demás. Puesto que Lacertio y los otros habían decidido suprimir a Mnéster para borrar las huellas de su crimen, la lógica decía que utilizarían el mismo sistema con Palfurnio, cuya existencia de falsificador y envenenador suponía un peligro.

En el tribunado, intrigando desde las más altas magistraturas con la protección de Domiciano, Lacertio no podía permitirse que Palfurnio, si un día era desenmascarado, dijera los nombres de aquellos a los que había obedecido durante tanto tiempo. «¡Eureka! – exclamó Honorio en el muelle desierto y oscuro-. ¡Ya sé lo que le diré a Palfurnio! ¡Ahí era a donde me quería llevar el sueño que me inspiró Temis! Si no es verdad que de Roma haya partido una orden de ejecución en dirección al pompeyano, lo será mañana, y así yo seré el primero en informarle del hecho…»

Bordeando el muelle, a orillas del cual se alineaban las popas de las trirremes dormidas, Honorio distinguió a un hombre sentado en un taburete junto a la pasarela que permitía subir a bordo. Se detuvo ante él.

–¡Ave! – dijo.

–¡Ave! – respondió el hombre.

–¿Estas galeras pertenecían al patricio Menesio?

–Sí.

–¿Y ahora están embargadas?

–Eso parece.

–¿Hay alguien aquí con quien pueda hablar de ese asunto? Supongo que van a ser puestas en venta.

–Está el sobrecargo

–Está el sobrecargo -contestó el hombre, con un movimiento de cabeza que indicaba que aquel se hallaba a bordo de una de las naves.

–¿Puedo verle?

–Si él quiere… Se aloja en la galera más grande, en el camarote más grande. Honorio recorrió la pasarela, pasó de una galera a otra y deambuló por la cubierta en busca del camarote del sobrecargo. Lo reconoció porque tenía una puerta de hermoso aspecto, con la rueda dentada y las espadas esculpidas en relieve. Llamó y una voz le dijo que entrase.

El sobrecargo estaba sentado ante una mesa de navegación en la que había mapas y rollos de instrucciones náuticas. Bebía cerveza en una especie de jarra de estaño.

–Ave -dijo el joven-. Soy Honorio, hijo de Caedo y abogado de la herencia Menesio. Acabo de llegar de Roma.

–¡Ah! – repuso el sobrecargo, que a todas luces se aburría en medio de su

flota amarrada-. Pues ese asunto está en un mal momento…

–¿Puedo sentarme? – preguntó Honorio. – Puedes sentarte y beber cerveza.

Se levantó para coger una especie de pichel y otra jarra de estaño que colocó ante su visitante.

–¿Van a vender las galeras? – preguntó éste.

–Sin duda alguna. ¿Has venido para eso?

–Entre otras cosas -dijo Honorio-. ¿Has recibido muchas visitas? ¿Hay compradores?

–Desde luego. Pero desde que Palfurnio se manifestó, sólo está él.

–¿Palfurnio? – preguntó el abogado-. ¿Quién es ese tipo?

El sobrecargo miró a su visitante. – ¿No has oído hablar de él?

–No. Es la primera vez que vengo a Pompeya.

–Aquí todo pertenece a Palfurnio. Tiene gladiadores, muchachas en lupanares, tiendas en todos los puntos de la ciudad, viñas y olivares en los al-, rededores…, y ahora tendrá galeras. – El sobrecargo bebió un largo trago de cerveza-. Y para nosotros, eso supondrá un gran cambio…

Dejó su jarra de estaño.

–¿Cómo es ese Palfurnio? – preguntó el joven.

–Más bien gordo, con el vientre de los que comen demasiado, medio calvo, con una gran verruga en la comisura de la boca, orgulloso de sí mismo, charlatán…

–¿Dónde se le puede encontrar?

–No tiene pérdida. Vive en pleno centro de la ciudad, en un auténtico palacio rodeado de un gran jardín, que siempre está lleno de gente que va a bailarle el agua y a comer de su mesa. Todas las mañanas jode con una muchacha al mismo tiempo que un joven lo ensarta. Le llevan a la muchacha y al tipo por la noche, los instala en su mesa junto a él, come y bebe mucho con sus invitados, que son numerosos, y va a acostarse en procesión, llevándose al muchacho y a la muchacha a su estancia, que está magníficamente amueblada, por descontado. Se duerme, ronca y, a la mañana siguiente, al despertar, ¡crac!

Al mismo tiempo que dijo «crac», el sobrecargo hizo con los dos brazos echados bruscamente hacia atrás un gesto que evocaba la copulación. Luego bebió de su jarra de estaño, invitando a Honorio a hacer lo mismo.

–En ese momento -prosiguió-, sus clientes, sus libertos y todos aquellos que quieren ir se agrupan tras la puerta de su habitación, una gran puerta de dos batientes. Los esclavos abren dicha puerta y aquéllos descubren a los tres en la cama, coronados de flores. «Si tenéis que pedirme algo -les dice a los que están frente a su cama-, éste es el momento, porque soy un hombre feliz.»

Ése es Palfumio -concluyó el sobrecargo-. Pero ¿dónde te alojas?

–En ningún sitio todavía. Esta noche la pasaré en el barco que me ha traído de Ostia.

–Si quieres instalarte a bordo, puedes hacerlo, ya que estabas con Sila y Menesio. Al menos mientras las galeras no sean vendidas.

–Te lo agradezco. No te digo que no.

–¡Sila! – exclamó el sobrecargo meneando la cabeza-. Nunca le vi. En Roma se lo zamparon en un abrir y cerrar de ojos. Aquí, en este país, para llegar a algo es preferible ser como Palfumio: una inmundicia.

Honorio recorría las calles de la ciudad de Pompeya, animadas por el movimiento matinal, entre asnos cargados de sandías, legumbres verdes y

rojas, sacos de carbón vegetal, aves metidas enjaulas y todo aquello que bajaba de las colinas y los campos circundantes para ser vendido en el mercado y, sobre todo, en la calle, pues el Foro Holitorium, el gran edificio dedicado a la venta de legumbres, se había derrumbado durante el terremoto del año 62, como casi todos los de la ciudad, y no había sido reconstruido.

Los extraños gritos de los porteadores, incomprensibles para los no iniciados, anunciaban su mercancía a las amas de casa, ocupadas en vigilar a sus esclavos mientras éstos limpiaban el trozo de calle que quedaba ante su vivienda, en cumplimiento de la ordenanza municipal.

El joven, efectivamente, no tuvo ninguna dificultad en que le indicaran el camino hacia la mansión que buscaba, cuyo atrio estaba lleno de gente. La corte del rey Palfurnio se hallaba reunida para asistir a su despertar.

Subió con los otros la escalera que conducía a la antecámara del aposento del señor de la casa. Vio como ellos la puerta de dos batientes abrirse y a Palfurnio sentado en su gran cama de altas patas de bronce, sujetando por el talle a sus dos compañeros de placer coronados de flores frescas, tal como le había explicado el sobrecargo.

Sonreía a todos, llamaba a unos y otros por su nombre y recibía los documentos que le llevaban, las cuentas de una granja, una solicitud de dinero para colaborar en los gastos de una ceremonia de matrimonio, una reclamación a propósito de un asunto de lindes, etcétera. Un secretario metía todo eso en un gran cesto forrado de tela. Tenía el aspecto de un hombre magnánimo que sólo pensara en hacer el bien a su alrededor y gozar de la vida como un epicúreo. Los que sabían que Palfurnio era un criminal empedernido, falsificador y envenenador entre otras cosas, no estaban allí. Excepto Honorio, hijo de Caedo.

Éste admiraba el gran dormitorio y su cama monumental, que destacaba sobre el fondo de un delicioso paisaje, el del campo pompeyano al pie del Vesubio, pues la estancia se prolongaba en una terraza, que aparecía ante los ojos del señor cuando, al despertar éste, los esclavos movían una especie de paredes correderas.

Los clientes, los libertos, los aparceros y los solicitantes descendieron uno tras otro la escalera, mientras que el Adonis y la Friné que habían ofrecido un sacrificio a Venus en compañía del señor de la casa, abandonaban el lecho ornados con su desnudez para dirigirse a los baños.

Cuando sólo quedó Honorio en la entrada de la estancia, la mirada de Palfurnio se posó con cierta sorpresa en aquel visitante que no se marchaba.

–Y tú, ¿qué quieres de mí, joven? – preguntó desde su lecho el anfitrión. –

Conocerte, Palfurnio, y también hablar contigo de un asunto en particular.

El orondo personaje observó a su visitante, intentando adivinar de qué especie de pedigüeño se trataba.

–Y bien, ¿qué es eso tan importante que tienes que decir? ¡Eh, vosotros, dadme algo con que ocultar mis encantos a los ojos de este muchacho! – les ordenó a los dos esclavos que esperaban con las vestiduras junto a la cama.

Palfurnio rió con jovialidad mientras le ayudaban a anudarse una especie de toga de andar por casa abundantemente bordada y se levantó de la cama. –

¡Acércate! ¡No temas! – bromeó-. Estoy saciado de placer, de manera que no corres ningún peligro. Vayamos a la terraza para estar al aire libre…

Mientras los esclavos se ocupaban de cerrar las puertas y arreglar la cama, Honorio cruzó la habitación para encontrarse a solas con Palfurnio en la terraza, ante el Vesubio coronado por una columna de humo que escapaba de él, arrastrándose por el cielo azul.

–¿No es un paisaje admirable? – preguntó el señor de la casa señalando el volcán y las colinas, a las que un mar de olivares acariciado por el sol daba reflejos plateados.

Estaban ambos apoyados en la balaustrada de mármol que rodeaba la terraza.

–¡Espléndido, en efecto, Palfurnio! Eres en verdad un mortal muy afortunado por poder vivir en semejante morada, rodeado de tanta belleza…

–¿Verdad? Sin embargo, como ya deben de haberte dicho, he trabajado mucho para llegar hasta aquí. Pero, dime…, ¡ni siquiera sé tu nombre!

–Sí, sí que lo sabes. Soy Honorio, hijo de Caedo.

–¿Honorio? ¿Y de qué iba a conocerte? – Al cabo de un instante, Palfurnio, que tenía una mente ágil, retrocedió-. ¡Honorio! – exclamó, frunciendo el entrecejo-. No querrás decir que eras el abogado de Sila, ¿verdad?

–Sí, y lo soy más que nunca…

–¡No puedo creerlo! – exclamó el orondo personaje-. ¡Y has venido hasta aquí, a mi casa!

Ahora miraba a su interlocutor con desconfianza, pensando que éste podía ocultar un estilete o un puñal bajo la túnica con malas intenciones.

–¿No te dijeron en Roma que no siguieras interfiriendo en nuestros asuntos?

– le preguntó en tono colérico.

–Sí. Me lo dijeron de todas las maneras, e incluso me llevaron a un bosque y me ataron a un árbol, mientras vaciaban mi casa y mi cuenta bancaria.

Palfurnio repuso, con el entrecejo fruncido:

–¿Y a pesar de todo vienes aquí, a Pompeya, y llegas al extremo de entrar en mi habitación?

–Has sido tú quien me ha invitado a entrar…

–¡Por supuesto! Soy un hombre hospitalario. Pero tendrás que salir cuanto antes.

Honorio hizo un gesto negativo con la cabeza.

–No enseguida.

–¿Y por qué? Si llamo a mis guardias, no tengo más que decir una palabra…

–No se la dirás porque tienes una gran necesidad de mí. El pompeyano soltó una desagradable carcajada.

–¿Yo? ¿Crees que eso es posible?

–No lo era, pero ha llegado a serlo…

–¿Y cómo ha sucedido tal cosa?

–Porque tu amigo Lacertio ha recibido de alguien que está muy cerca del trono imperial la orden de matarte y ha transmitido inmediatamente esa orden a aquellos que deben ejecutarla… Ejecutar es la palabra apropiada,

¿verdad? Cuando me he enterado, he comprendido que, después de haber sido durante mucho tiempo enemigos, ahora estaríamos en el mismo bando.

Entonces me he apresurado a venir para ofrecerte mi ayuda.

El rostro rojizo, adornado con su verruga, expresó sucesivamente ironía, cólera y, por último, miedo; luego la boca se plegó para soltar una risa sardónica que no salió.

–¿Matarme? ¿Lacertio? ¡Tú deliras! – exclamó en un tono de insegura vehemencia.

–¡Vamos, Palfurnio! – dijo el joven abogado con gran soltura-. Mira las cosas de frente. ¡Sabes demasiado y has hecho demasiado! Para aquellos para los que has llevado a cabo esos servicios es preferible que no puedas hablar jamás. ¿No es eso lo que se decidió en el caso de Mnéster? ¿Por qué ibas a escapar tú a la misma necesidad? Sé sincero, Palfurnio, antes de que sea demasiado tarde, y respóndeme: ¿no pensaste nunca que esto acabaría así? – La mirada del falsificador, que no decía palabra, ya no era la de un hombre feliz-. Lo pensabas de vez en cuando -prosiguió Honorio-, pero, cada vez que lo hacías, expulsabas esa funesta idea de tu mente porque

querías seguir gozando de todo cuanto te rodea. Ahora ya no podrás liberarte de ella. Porque hay alguien en camino hacia Pompeya con un puñal o veneno. ¡Tal vez espían tu casa, tal vez ya han entrado! ¿A cuál de tus esclavos o de tus gladiadores le han prometido cien mil sestercios si te traiciona?

Palfurnio apartó la mirada del delicioso paisaje que había convertido en un bien de su propiedad, como las demás cosas que había reunido, danzarinas y flautistas, sirvientes y sirvientas dotados de juventud y de gracia, gladiadores de todas las razas y disciplinas, jardines y vergeles que producían las flores para sus jarrones y las frutas para su mesa, y se dejó caer en la banqueta de madera con incrustaciones de nácar apoyada en la balaustrada.

Pero de pronto se irguió.

–¡No es posible! – gritó-. ¡Mientes! ¡Eres un impostor! ¡Has venido a tenderme una trampa! – Se volvió hacia Honorio- ¡Responde! ¡Confiesa!

¡Dime que te lo has inventado todo! – siguió gritando.

El joven abogado se sentó en la banqueta, a su lado.

–Escúchame -dijo pausadamente-. Sabes perfectamente que tengo razón y no puedes hacer nada para evitar lo que va a suceder. Sólo te queda una salida, y ésa es la razón por la que he venido. Antes de partir de Roma solicité al Senado la revisión del proceso de Sila. Deposité mi petición en manos del senador Rufo, que conoció a mi padre y que era un familiar de Menesio. Le hablé de ti, del papel que has desempeñado y de lo que te espera a partir de este momento. Está dispuesto a acogerte en su palacio de la Ciudad, donde nadie podrá ponerte la mano encima, si aceptas comparecer voluntariamente ante el Senado y declarar todo lo que has hecho por orden de Lacertio para complacer a quien le protege en el palacio imperial. El Senado tendrá en cuenta tus confesiones, a las que les daremos el nombre de arrepentimiento, y serás desterrado en lugar de condenado a la pena capital. Y tú sabes que, en tu caso, ésta se ejecutaría en la arena… He aquí el trato que he hecho en tu nombre. – Tras estas palabras, el joven