Gladiadores
Vesbius lleva la batuta
atención a la idea de que iba a acercarse a un gran peligro al ascender por las laderas del monstruo humeante cuando éste parecía montar en cólera.
Vesbius lleva la batuta
El sol de agosto había machacado durante largas horas los escalones tallados en el azufre cegador, los mineros condenados que se consumían allí, las absurdas hileras de cabañas, las miserables tienduchas y los dos albergues, los esclavos aturdidos que transportaban el agua de las cisternas en cántaros, las mulas rodeadas de moscas y adormecidas junto a los postes donde estaban atadas, pero ahora la noche había caído, la brisa subía de la costa y su golfo, la luna ocuparía muy pronto su lugar en el cielo y la injusticia del día sería reparada.
Cotio se hallaba de nuevo con el tabernero Litias en el cobertizo adonde a éste le gustaba hacer los tratos. Sus miradas iban de la masa oscura de la poterna del campamento, enfrente, a la vista lejana que había desde allí arriba en dirección al mar, con el reflejo de la luna sobre éste y las luces de Pompeya y de Herculano que se adivinaban en la franja oscura de la orilla.
Litias, que acababa de cobrar su comisión de dos mil sestercios por haber permitido al condenado Sila copular con su jovencísima esclava, sabía que Cotio tenía otras ideas en mente, y Cotio sabía que Litias lo sabía. La conversación que iban a mantener sería decisiva, y Litias contaba con otras entradas de dinero. El gran sueño del tabernero era la casa que le estaban construyendo y el vergel que plantaba alrededor, a la salida de Herculano, entre el mar y el camino que conducía a Neápolis. Cuando hubiera sacado bastante dinero de aquel campamento y aquella mina, en ese lugar desesperante a donde había llegado hacía siete años con tres mil sestercios por todo capital y dos esclavos enclenques comprados a un precio ínfimo, bajaría para vivir allí.
–Litias -comenzó Cotio-, te agradezco lo que has hecho por esa viuda que se preocupa tanto por su hijo. La desdichada dedica mucho dinero a los esfuerzos que realiza con la esperanza de obtener su indulto, y como quiere mantenerlo con vida hasta el día en que sus gestiones tengan éxito, ¿crees que es posible hacer algo para que deje de trabajar en la mina y lo haga en el campamento? He visto a algunos condenados ocupados en tareas menos duras. – Puedo intentarlo -dijo el tabernero-. Por supuesto, como todo lo demás, es una cuestión de dinero.
1. En la actualidad, Nápoles.
–Está, por ejemplo, el almacén donde se carga el azufre después de haberlo metido en sacos, cerca de la poterna de entrada. Si pudieras conseguir que lo trasladaran allí, sería estupendo.
–¡Desde luego! – repuso Litias con cierta ironía-. Así tú podrías hablar con él cuando fueses a cargar las carretas…
Cotio miró a su interlocutor.
–¿Hablar con él? – preguntó con sorpresa fingida-. En lo que a mí respecta, no tengo gran cosa que decirle aparte de lo que ya le ha transmitido la pequeña que se ha acostado con él. Que no se desanime y que se están ocupando de su caso.
Litias bebió un trago de vino.
–Pues a mí me había parecido, por el contrario, que tenías más cosas que decirle…
–¿Y qué le dirías tú si estuvieras en mi lugar?
–Bien, si quisiera realmente ocuparme de su caso, dado que las gestiones que se hacen en Roma corren el peligro de resultar decepcionantes, dado que la administración es lo que es, y la justicia a menudo injusta, le
anunciaría, por ejemplo, que la próxima vez que voy a ir a cargar azufre, lo esconderé entre los sacos y de este modo podré hacerlo pasar por la poterna cuando la carreta salga… Ésa es una de las cosas que podrías decirle -
finalizó Litias con una sonrisa.
Cotio hizo también alarde de su buen humor.
–¡Vaya! Pues la verdad, Litias, no se me había ocurrido. Pero es una idea en la que voy a reflexionar…
–¡Puedo darte más! ¿Acaso no estoy aquí desde hace años? He tenido tiempo de pensar en esas cosas. También podrías decirle que tus hombres, los que acampan a una hora de aquí, le esperarán para llevarlo lejos del campamento, pues caminando una noche entera a través de la montaña se acaba por llegar al camino de Pullanium…
–Entonces -le interrumpió Cotio, un tanto inquieto-, ¿te habías percatado de que tenía más hombres en la montaña?
–Desde luego. Me gusta estar al corriente de lo que sucede a mi alrededor…
–¿Se lo has comentado a alguien?
–¿Yo? – se indignó el tabernero-. Eres mi cliente. Incluso me atrevería a decir que eres mi invitado. ¡No voy a perjudicarte hablando sin ton ni son!
Pero, volviendo a lo que decía -prosiguió-, después de haber andado hasta ese camino de Pullanium al que me refería, se puede seguir por él y llegar con bastante rapidez al puerto de Fundi, donde hay numerosas barcas de pesca, algunas de las cuales navegan por altamar. Y si se ha llegado a un acuerdo previo con un pescador, porque en casos como ésos hay que actuar de prisa, se puede salir de Italia.
Cotio meneó la cabeza.
–¿Tú conoces a alguno de esos pescadores?
–En ocasiones he salido al mar con uno de ellos y mantenemos buenas relaciones. Es un hombre que tiene cargas familiares, y la pesca no siempre va bien…
–Realmente eres un hombre de recursos -reconoció el veterano-. Te has adelantado a mis preocupaciones más diversas.
–¿Verdad que sí? – sonrió el tabernero-. ¡Acabémonos este vino, por favor!
Hemos mantenido una conversación interesante.
–Cierto -dijo Cotio, que tendía su vaso-. Pero ahora es preciso hablar de dinero… Supongo que todo eso valdrá muy caro, pues habrá varias personas implicadas en el asunto, aunque sólo sea para evitar que alguien se lance enseguida a perseguir al evadido, por ejemplo. Esa viuda es acaudalada, pero así y todo…
–Esto le costará doscientos mil -soltó el tabernero sin ninguna precaución oratoria.
Pensaba que Polión se daría por satisfecho con cien mil y que él se quedaría otra tanto. Había dejado de creer en la historia de la viuda cuando había constatado que su cliente tenía hombres en reserva a cierta distancia del campamento,
y había deducido de ello que detrás de Cotio y de su protegido se ocultaba un asunto importante.
–Y para eso de lo que acabamos de hablar -preguntó el veterano-, ¿piensas recurrir al mismo personaje que facilitó la entrada de la pequeña al campamento?
Litias asintió con la cabeza.
–Habrá que pagarle cien mil por adelantado para que retire a ese galo del trabajo de la mina y los otros cien mil cuando haya pasado la poterna para salir. – Es aceptable -dijo Cotio-. Pero ¿no podría ocurrir que, después de
haber recibido el primer pago, no mantenga su palabra?
–Siempre la ha mantenido. Está aquí desde hace ocho años, y yo desde hace siete, y todo lo que he hecho con él ha salido bien. Le interesa, ¿no? – En efecto. ¿Sale a veces del campamento?
–Desde luego -contestó Litias-. Cuando está harto de masturbarse aquí, baja a correrse una juerga en los lupanares de Pompeya o Herculano. ¿Por qué lo preguntas?
–Simplemente para decirte que, si no mantuviese su palabra, cuando saliera del campamento para bajar a la ciudad, no volvería a subir y no podría correrse ninguna juerga más, ni en Pompeya ni en otro sitio.
El tabernero rió ruidosamente.
–¿Los hombres que mantienes alejados de aquí se encargarían de hacerlo? –
No -dijo Cotio-, ellos no. Más bien los que están en el albergue conmigo y se ocupan de las mulas y los carros. Fueron hechos prisioneros en el transcurso de un combate feroz en Oriente por el propio Sila, quien, en lugar de degollarlos, les perdonó la vida. Además, libertó al que está a su mando. De manera que matarán a cualquiera que le haga daño y que nos engañe en este trato…
El veterano pronunció las últimas palabras sosteniendo la mirada de Litias.
– ¡No hace falta que me mires así! – exclamó el tabernero-. Estoy acostumbrado a comprender las cosas dichas con medias palabras, y tú has empleado las palabras más enteras que puede haber…
–Te he hablado claramente, Litias, pero no quiero que pongas al corriente de estos detalles a tu amigo del campamento. Eso podría inquietarlo inútilmente. Si todo va bien y el hijo de esa viuda embarca sano y salvo en el puerto del que hemos hablado, al día siguiente un hombre vendrá a traerte de mi parte veinte mil sestercios más…
Litias expresó su satisfacción con una leve sonrisa.
–Tú sí que sabes hacer negocios -le dijo a modo de cumplido.
–Sólo tenemos una vida -repuso modestamente Cotio-. El galo Sila sólo tiene una y no debe acabarla en esa mina. Tú tienes tres hijos y necesitas asegurarles el porvenir, y para ello lo más importante es que no sean privados de su padre.
–¿Y tú? – preguntó Litias, ignorando la amenaza.
–Yo, en realidad, me aburro desde que dejé el servicio del ejército. Debo ocuparme de…
Cuando Litias se preparaba a dar unas palmadas para que les sirvieran más vino y algo de comer, se oyó un rugido sordo que le hizo detener su gesto a fin de prestar más atención. Cotio pensó que se trataba de una tormenta lejana. Pero vio que el cielo constelado de estrellas estaba totalmente límpido. Litias se decidió por fin a dar las palmadas para llamar al esclavo encargado del servicio y el rugido se repitió, más fuerte y constante.
Los dos hombres permanecían en silencio, esperando la interrupción de aquel ruido apocalíptico. Pero éste se hizo aún más profundo. Cotio se levantó de la mesa para salir y observar el horizonte sobre el mar, donde seguía sin suceder nada. Al volverse hacia el volcán, constató con Litias, que se había unido a él, que una masa de humo negro empezaba a salir del cráter.
A continuación, vivas llamas amarillas aparecieron bajo aquella nube gigante color de hollín, que elevaba rápidamente enormes volutas, ocultando las estrellas.
–¡Vaya -bromeó Litias-, tu negocio de azufre no corre el riesgo de quedarse sin materia prima! Se diría que Vulcano se ocupa de prepararte una gran cantidad en sus hornos…
Un olor de vapores sulfurosos llegaba, efectivamente, hasta ellos. El
esclavo que venía con el cántaro de vino procedente de las ánforas de la bodega también se había detenido y miraba boquiabierto en dirección al cráter. Luego Cotio, el tabernero y el esclavo notaron que el suelo vibraba a sus pies. En las entrañas de la tierra, Vulcano expresaba su ira.
–¿Sucede esto a menudo? – preguntó el veterano.
–Sucedió hace cuatro años. Hubo jaleo durante dos días y dos noches, y mucho humo apestoso. Yo envié a mi mujer y a mis hijos abajo, por precaución, y sacrificamos en honor a Júpiter un toro por el que pagué casi dos mil sestercios. En Pompeya y en Herculano, ¡qué no sacrificó la gente!
El precio de los animales subió como una flecha y se mantuvo altísimo durante varios meses, tantos fueron los animales que se vendieron durante los cuatro días en los que Vesbius atronó…
Cotio subió la rústica escalera que conducía a los cuartos para ir a dormir, si bien sospechaba que la conversación mantenida entre el tabernero y él lo mantendría mucho rato despierto. ¡En poco tiempo había encontrado el modo de organizar la evasión de Sila! Pasó ante la puerta de planchas mal unidas tras la cual la Vieja se alojaba con Haedunna. La puerta estaba entreabierta y Cotio la empujó. A pesar del estrépito irregular que hacía el volcán y de los destellos amarillentos salidos del cráter, que iluminaban las paredes de madera de la habitación, la joven dormía como un niño, con la cabeza entre los brazos. La Vieja, por su parte, estaba sentada junto a la ventana con los ojos clavados en el cráter. Volvió la cabeza para hablarle al que acababa de entrar.
–¿Vas a dormir, soldado? ¡Él ha despertado! Puedes afilar tus espadas y llamar a los que están en la montaña. Será mañana…
El veterano había aprendido a hacer caso de las palabras de la pitonisa. Si él estaba allí, era gracias a ella.
–¿Qué es lo que será mañana? – preguntó.
–¡El fuego del vientre de la tierra! No debes olvidar que tienes una cita con
él.
–Escucha, Vieja -repuso Cotio con impaciencia-, estoy ocupándome de tu amo. Dentro de unos días…
–¿Quién te dice que la paciencia de los dioses va a concederte unos días? –
le interrumpió ella-. Reúne a tu gente sin tardanza y estad preparados.
–Preparados para qué, Vieja?
–¡Para derramar sangre! ¿No eres soldado para eso? Tú derramarás sangre, y el volcán fuego. Fuego y sangre formarán una buena mezcla…
Cotio permanecía inmóvil en el umbral de la puerta. La Vieja, que le hablaba mirando al Vesubio, se volvió de nuevo para dirigirse a él, esta vez en un tono de una dulzura absolutamente desacostumbrada en ella:
–Obedece al astro de la noche, que jamás me ha engañado… Antes de salir, Cotio miró a Haedunna, que seguía durmiendo.
–Ésta duerme porque es una niña -añadió la Vieja-. Yo velo porque espero la barca que tiene que pasar… Cumple, pues, mi última voluntad. Cotio cerró la puerta. La Vieja intuyó que permanecía inmóvil en el rellano, como si dudara; luego le oyó volver hacia la escalera, que chirrió bajo su peso. La obedecía, pensando que, de todas formas, Litias conocía la existencia de los hombres que hasta entonces había mantenido en reserva y que ya no había inconveniente en que éstos se trasladaran junto al campamento.
Cotio había tardado en dormirse, no por culpa de los rugidos que el volcán dejaba oír de vez en cuando y a los que se había acostumbrado, sino por todos los detalles que imaginaba sobre una posible evasión de Sila. Cuando por fin se durmió, fue para sumirse en un sueño en el que se veía de nuevo con el uniforme de las legiones. A pesar de que no había servido nunca en Judea, donde Tito, entonces cónsul, había destacado por su habilidad y su valor frente a Jerusalén, ciudad poderosamente fortificada y bien defendida que conquistó tras un largo asedio, Cotio dirigía a unos hombres que
llevaban sus escaleras de asalto bajo las murallas de aquella ciudad.
Desde lo alto de las murallas caía una lluvia de proyectiles lanzados mediante catapultas, de las que los defensores judíos estaban abundantemente provistos. Las piedras de diferentes tamaños lanzadas mediante esos artilugios, así como los botes de pez inflamada, caían alrededor de los legionarios, rompiendo e incendiando las coberturas de madera de las casamatas donde los hombres se refugiaban antes de saltar hacia las murallas con sus largas escaleras y que en ocasiones los herían de muerte, cuando alcanzaban de pleno a un pelotón de asalto sorprendido al descubierto.
Cotio impartía sus órdenes acechando la trayectoria de los proyectiles más pesados que partían de las murallas, cuando vio venir a uno de ellos, de gran volumen, directamente hacia la casamata desde donde él dirigía los movimientos de sus hombres. Aquella piedra maciza cayó, efectivamente, con un gran ruido de tejas y maderas rotas sobre el techo del edificio. Ese ruido hizo que Cotio se despertara sobresaltado. Se encontró sentado en su cama, bañado en el sudor provocado por su pesadilla mezclado con el polvo de la destrucción, pues aquellas vigas que colgaban a pocos centímetros de su cabeza y las tejas rotas que le rodeaban demostraban que su sueño se había convertido en realidad. Se arrojó boca abajo de la cama destrozada y se precipitó hacia la ventana para descubrir un espectáculo desastroso. En un crepitar continuo, piedras humeantes y una especie de carbones ardientes de pequeño tamaño llovían a centenares sobre la mina y los albergues. El volcán daba ahora libre curso a su cólera, que los rugidos habían anunciado unas horas antes.
En el terraplén que se extendía ante la poterna de entrada del campamento yacían los cadáveres tumefactos y ensangrentados de dos de los esclavos de Litias, que acababan de ser víctimas de una ráfaga de piedras incandescentes. El olor del azufre exhalado por las entrañas de la tierra, el mal aliento del Vesbius, envolvió el rostro de Cotio, y el veterano retrocedió para llegar a la puerta y salir al pasillo. Haedunna y la Vieja también salieron. Las empujó por la escalera, indicándoles que fueran a refugiarse a la bodega del albergue, donde Litias guardaba el vino y algunas
provisiones, una bodega amplia, semisubterránea y cubierta por una losa de piedra. Abajo se topó con el tabernero, que se afanaba con sus esclavos en preparar las mulas con las que iban a marcharse su mujer y sus hijos, llevándose lo que la familia tenía de valor.
El tejado del albergue, que humeaba desde que había sido alcanzado por los proyectiles incandescentes de los que Cotio había escapado, de pronto empezó a arder. Las llamas prendieron en el armazón. Aquí y allí se consumían extrañas teas caídas del cielo al mismo tiempo que las piedras.
Al otro lado de las murallas del campamento resonaban los gritos de los soldados y los clamores de los condenados, salvaje rumor atravesado por los silbidos de los proyectiles que lanzaba el cráter y que no cesaban de caer cual cometas con cola de humo. Los mineros, encadenados de pies y manos en las barracas donde pasaban la noche, se encontraban sin defensa bajo el fuego del volcán. Las humaredas que se elevaban en el cielo, que el alba empezaba a aclarar, indicaban que varias de aquellas barracas habían empezado a arder. Cotio pensó en Sila, lo imaginó clavado a la larga barra de hierro que iba de un extremo a otro de cada barraca y donde estaban ensartadas las anillas de los condenados. Al volverse vio lo que sus hombres, ayudados por Todj y sus arqueros, ya habían empezado a hacer, es decir, perforar la tapa de una de las cisternas horadadas en el suelo junto al edificio del albergue, tras haberse asegurado de que estaba vacía, a fin de practicar en ella una abertura por la cual se podría bajar y protegerse de lo que caía del cielo. Por aquel orificio resultaría fácil observar la entrada de la mina.
A la llamada de Litias, su mujer y sus hijos salieron corriendo de la bodega donde se habían refugiado para montar en las mulas, las cuales empezaron a trotar y se alejaron por el camino, guiadas por unos esclavos que corrían a su lado sujetándolas por la brida.
Todos los hombres de Cotio se encontraban ahora reunidos en la cisterna en compañía de Litias y del veterano, que vigilaban con la cabeza a ras del suelo la gran poterna, al otro lado de la cual se desarrollaba el drama fácilmente imaginable. Los soldados preparaban su huida y cargaban lo más
útil y valioso que poseían, dispuestos a abandonar a los condenados a la muerte que escupía el volcán.
Litias se volvió hacia Cotio.
–Dame los cien mil sestercios ahora -dijo-. ¿Dónde están?
–En la bodega -respondió Cotio.
Subieron al nivel del suelo y fueron hacia allí corriendo. En la bodega, dos veteranos vigilaban las mulas y el equipaje del grupo, junto a los cuales esperaban Haedunna y la Vieja. Cotio cogió un gran saco de cuero y lo abrió ante los ojos de Litias, quien pudo ver varias bolsas abultadas, manifiestamente llenas de monedas de oro y de plata que constituían el tesoro de guerra de los que habían ido hasta el Vesubio para intentar liberar a Sila.
Cotio abrió una de las bolsas y sacó de ella una de las bolsitas de lona, cada una de las cuales contenía cien mil sestercios.
–Veo que no partisteis de vacío -comentó el tabernero-. Bien, ahora, sígueme.
Corrieron entonces hacia los edificios bajos situados detrás del albergue, paralelos a éste, que servían de almacén y cobertizo y cuyos tejados ya estaban hundidos en varios puntos. El tabernero precedió a Cotio para conducirlo a una especie de gran arcón, que abrió. El veterano vio que contenía túnicas de uniforme del modelo que llevaban los legionarios destituidos que estaban de guardianes en la mina, con los cascos, los cinturones y los tahalíes reglamentarios.
–He tardado mucho tiempo en conseguir estos uniformes -dijo Litias-. No sabía muy bien lo que haría con ellos, pero hoy nos van a servir. Haz que tus hombres se los pongan mientras voy a hablar con Polión.
Cotio miró a Litias.
–¿Por qué haces esto? – preguntó el ex legionario-. ¿No sería mejor que bajaras para reunirte con tu mujer y tus hijos? ¿No vale tu vida más de cien o doscientos mil sestercios?
Litias sostuvo la mirada del veterano.
–Yo soy comerciante -dijo-, y nosotros hemos hecho un trato. Litias siempre cumple lo que se ha comprometido a hacer. De lo contrario, no hay negocio posible. Y ese volcán parece decidido a ayudamos. No vamos a desaprovechar la ocasión.
Salieron del cuarto corriendo, igual que habían ido hasta allí. Cotio se dirigió al refugio de la cisterna y Litias a la poterna. En el momento en que éste llegó a ella, un gran clamor se oyó al otro lado de la muralla. El tabernero, que se había abalanzado contra la poterna para aprovechar la protección que ofrecía el saledizo de tejas y vigas construido sobre ésta, levantó la cabeza hacia el cráter. Cotio, enfrente, hacía lo mismo desde el orificio de la cisterna. El cráter se había resquebrajado por un lado, dejando escapar entre dos labios negros una masa incandescente que iluminaba el cielo del amanecer con un rojo llameante. ¡La lava!
El río de fuego iba a arrasar el campamento y la mina.
Tras darse a conocer a los hombres que vigilaban la pequeña puerta enrejada, Litias, ya dentro del recinto, tuvo ante sus ojos el espectáculo que había imaginado. Todo los enseres de la guardia se hallaban agrupados en las grutas que los mineros, en el transcurso de los años, habían excavado en la masa de azufre de la ladera de la montaña. Mulas y caballos estaban enganchados a las carretas cargadas. Hombres corrían de un edificio a otro, acechando el cielo para evitar lo que caía de él. De las barracas donde se encontraban los condenados se elevaban sus gritos y el estrépito que organizaban con sus cadenas, con la esperanza de apiadar a los que se disponían a entregarlos al río de fuego. Polión y los demás iban a dar la orden de retirada de un momento a otro.
Litias corrió hasta el largo edificio donde Polión tenía su despacho. Uno de sus extremos comenzaba a arder. El tabernero se precipitó por el pasillo hasta la última puerta, tras la cual esperaba encontrar todavía a Polión. Éste se hallaba allí, en efecto, de uniforme, con la espada al cinto y el casco de bronce que podía protegerle de las pavesas y las piedras menos pesadas.
Estaba guardando en un saco los rollos de pergaminos y los paquetes de tablillas que constituían sus archivos.
–¡Polión! – exclamó Litias, sin aliento-. Quería venir a verte uno de estos días para proponerte un trato. Ahora hay que actuar de prisa; de lo contrario, el dinero nos pasará por delante de las narices. Se trata del galo Sila, ¿sabes quién te digo?, ese que se acostó el otro día con la muchacha.
Tengo cien mil sestercios para ti si se le permite escapar ahora.
–¿A ése? – repuso Polión, que agitaba el saco para que cupiera en él todo lo que había metido-. Vale mucho más de cien mil sestercios para mí. Aunque se puede pensar. ¿Tienes el dinero?
–Sí -contestó Litias, sacando de debajo de la túnica la bolsa de Cotio y depositándola sobre el escritorio mientras Polión cerraba el saco-. Algunos de mis hombres vendrán vestidos con el uniforme que llevan tus guardianes
-prosiguió el tabernero-. Tú ordenarás que les entreguen al condenado y se lo llevarán encadenado fuera del campamento. Nadie sospechará nada con el desorden que reina en estos momentos… Se puede hacer en un momento.
¡Cien mil, Polión! ¡Es una suma considerable!
–Y tú, ¿cuánto te ganas? – preguntó Polión, rodeando el escritorio para acercarse a Litias.
–Cobraré veinte mil una vez que el galo esté seguro -mintió el tabernero.
Polión abrió la bolsa para cerciorarse de que contenía monedas de oro y de pronto se volvió, desenfundando con rapidez la espada para clavarla sin decir palabra en el estómago de Litias, cuyos ojos se abrieron desmesuradamente a causa del horror y el sufrimiento. El otro le asestó otro golpe todavía más violento; luego, mientras extraía la espada, dio un paso atrás para que su víctima no le manchara de sangre cayendo sobre él. Litias
golpeó el escritorio con la cabeza y se deslizó hacia el suelo, donde comenzó a agonizar.
Su asesino salió de la habitación, llevándose el saco con los archivos, que había abierto de nuevo para meter en él la bolsa de Litias.
Desde la cisterna, Cotio vio que los dos batientes de la puerta del campamento se abrían lentamente. Las mulas salieron al trote del refugio de la gruta tallada en el azufre, tirando de los carros rodeados de hombres que los escoltaban, excitando a los animales con la voz, en dirección a la poterna. La riada de hombres a pie, vehículos y jinetes que constituían los efectivos de la guardia del campamento empezó a franquear el umbral, desfiló ante los albergues y se abalanzó por el camino que descendía hacia Pompeya y el mar, bajo la lluvia de proyectiles lanzados por el Vesubio.
En lo alto del volcán, sobre aquella huida y aquel pisoteo, el río de lava descendía lentamente, inevitable e inexorable pese a aquella lentitud. Cotio consideró que no podía esperar más tiempo el regreso de Litias. Les hizo una seña a sus hombres y todos, los veteranos y los persas, salieron de la cisterna con el uniforme que los convertía en soldados como los demás.
Corrieron hacia la poterna y la franquearon contra la corriente de los últimos jinetes y peatones que se apresuraban a salir. Nadie les prestó atención bajo la incesante lluvia de piedras y pavesas. Se detuvieron en medio del terraplén que se extendía entre las grutas talladas en el azufre, ya vacías, y los edificios alineados donde se alojaban los soldados y los oficiales, también abandonados. Más allá de aquellos edificios, en el recinto donde se hallaban sus calabozos, los condenados insultaban a los últimos guardias que pasaban corriendo ante ellos para unirse a la columna en marcha hacia Pompeya.
Cotio les dijo a Todj y a los otros de su raza que fueran a paso de marcha hasta allí para buscar a Sila entre los condenados. Él se dirigió hacia el edificio donde sabía que se hallaba el despacho de Polión. Estaba seguro de no haberlo reconocido entre los jinetes que habían desfilado ante sus ojos desde que la poterna se abriera y, como Litias no había reaparecido, supuso que el tabernero y el oficial corrupto seguían en el edificio, comerciando
con la suerte del galo.
Cotio entró. Avanzó por el pasillo y prestó atención al oír un murmullo.
Abrió dos puertas que le mostraron dos estancias vacías. La tercera estaba atrancada. Empujó y descubrió a Litias agonizando, con los ojos en blanco, al pie de lo que debía de ser el escritorio de Polión.
El veterano se inclinó sobre el moribundo.
–¿Polión? – preguntó.
Litias dirigió como pudo la mirada hacia él y se esforzó en asentir con la cabeza. Luego movió lentamente una mano, señalando el suelo.
–¿Está abajo? – preguntó Cotio.
El tabernero hizo otro gesto afirmativo con la cabeza y le dirigió una mirada implorante. Cotio se inclinó para poner su mano sobre el hombro del desdichado.
–No te dejaremos aquí -dijo-. Haré que te lleven a la bodega y te bajaremos con nosotros a Pompeya.
Pensando que el tabernero no viviría para volver a ver la casa y el jardín por los que había arriesgado su vida, salió del edificio y lo rodeó. En el espacio que separaba éste del edificio contiguo, encontró una rampa que conducía al sótano, construido, en aquel lugar achicharrado por el sol ocho meses al año, en una cavidad que conservaba el fresco. Allí, Cotio encontró a Polión ante una caja fuerte empotrada en la pared; dicha caja estaba abierta y el oficial corrupto cargaba en una mula su contenido: las bolsas de cuero en las que se hallaba guardado su tesoro personal, todo lo que había amasado, como había hecho Litias por su parte, durante varios años.
Los demás veteranos llegaron en ese momento y se detuvieron detrás de Cotio, que desde el umbral elevado del sótano observaba los preparativos de Polión. El oficial destituido no los había oído llegar a causa del ruido que
producía el volcán. Pero, cuando hubo acabado de cargar la mula, se volvió.
Al ver uniformes pensó que se trataba de hombres del campamento, pese a que no reconoció a ninguno de ellos. Sus miradas le parecieron hostiles y creyó que, en el gran desorden que había sembrado sobre todas las cosas la erupción de Vesbius, querían su tesoro. Así pues, se llevó la mano a la espada para defenderlo. Sobre el fondo sonoro del crepitar de las piedras estrellándose contra el suelo, del rugido del volcán y de los gritos lejanos de los condenados, Cotio tomó la palabra.
–Polión, ¿dónde está Sila? – preguntó.
–¿Sila? – repuso éste, espada en mano-. Está encadenado con los demás.
Luego vio perfilarse la silueta de otros hombres detrás de los que estaban allí observándole, y que cada uno de ellos llevaba un arco y un haz de flechas atravesado a la espalda.
–Miente -le dijo Todj a Cotio-. Sila no está allí. Le hemos buscado en vano.
– El persa tensó su arco-. Suelta la espada -le ordenó a Polión-, ahora ya no la necesitas. – La flecha estaba a punto de salir disparada-. Obedece, o esta flecha irá directa a tu ojo.
Polión, sintiéndose bañado en sudor, dejó caer el arma a sus pies. – Ponte de espaldas contra la pared. Levanta un brazo, abre la mano y colócala sobre esa viga -prosiguió Todj.
–¿Qué vas a hacer? – preguntó el oficial destituido.
–Clavar una flecha en tu mano para que no puedas salir de este sótano. O
bien en uno de tus ojos, si no obedeces al instante.
Polión retrocedió hasta tocar la pared, levantó el brazo izquierdo y colocó la mano sobre la viga. Tenía el rostro bañado en sudor.
–Esa mano no -intervino Cotio-. ¡La otra! La derecha, esa con la que has asesinado a Litias…