Gladiadores
La pasión de Haedunna
Litias, Cotio y Haedunna, entre una veintena de aspirantes, esperaban la hora a la que se abrían cada mañana las puertas del campamento de la mina para dejar entrar a los que iban, unos a recibir de la administración el pago de lo que les habían suministrado, otros a presentar una solicitud para comprar azufre. Era el caso de Cotio, que confiaba en esa gestión para estudiar la disposición del lugar y la forma en que la poterna y el resto estaban vigilados, a fin de calibrar las dificultades de una eventual operación destinada a rescatar a Sila o, al menos, facilitar su evasión.
Un ruido mecánico anunció que la poterna iba a abrirse. Cuando los dos batientes se separaron, unas cuantas carretas de modelo militar salieron, cruzando el puente de madera que pasaba sobre el foso. Luego, Cotio y los otros penetraron en el recinto.
Litias le indicó al veterano el lugar donde se encontraba el despacho donde debía presentar su solicitud y se dirigió, con Haedunna, hacia otra construcción ante la cual la joven se quedó esperando mientras el tabernero entraba. Un hombre de uniforme, muy moreno, cuyo semblante a ella le pareció desagradable, apareció en el umbral detrás del tabernero cuando éste salía. Miraba a la joven esclava con ironía y concupiscencia. Quería ver cómo era aquella muchacha que le llevaban a Sila y resultaba evidente que imaginaba lo que él haría si la tuviera a su disposición. La impresión de Haedunna era acertada, y la joven desvió la mirada. Litias se acercó a ella y la condujo a través del campamento, mientras que el otro se quedó donde estaba.
Haedunna empezó a sentir miedo de estar en manos de aquel mediador acostumbrado a los tratos más sórdidos, entre los numerosos guardias que iban de uno a otro lado y que, en aquel universo donde la presencia de las mujeres era excepcional, le dirigían las mismas miradas que le habían lanzado los hombres que habían aceptado dinero por dejar que Sila se
acostara con ella. Litias la hizo entrar en otro edificio en bastante mal estado, como si estuviera abandonado, donde parecía no haber nadie. La condujo por un largo pasillo al que daban puertas todas similares. Abrió una de ellas y le mostró una habitación amueblada con una cama pequeña y un taburete. Le dijo que debía esperar allí, que enseguida llevarían a Sila y que podrían estar una hora juntos. Luego salió y cerró la puerta tras de sí.
Haedunna constató entonces la presencia, en un rincón de la pared que la puerta había ocultado mientras permaneció abierta, de una tinaja provista de una tapa de madera sobre la cual se veía una escudilla de cobre. Por lo menos había agua. La muchacha examinó el jergón, que estaba sucio.
Entonces sacó del cesto que había llevado consigo una sábana bordada, cuyas dimensiones eran aproximadamente las de la cama y que había cogido sospechando que tendría que hacer más agradable y limpio el lecho donde iba a entregarse a su señor.
Transcurridos unos diez minutos, oyó pasos en el corredor, y sus sentidos en estado de alerta le hicieron comprender, con inquietud, que dichos pasos eran los de una sola persona, mientras que Sila no podía llegar hasta ella sino acompañada de guardianes.
El miedo la invadió. Los pasos se detuvieron al otro lado de la puerta, que se abrió. Tal como temía, en el umbral estaba el militar moreno de mirada viciosa que viera antes, aquel que había cobrado por permitir un encuentro entre Sila y ella, y la muchacha comprendió que se encontraba atrapada.
Retrocedió para apoyarse en la pared, lo más lejos posible de la cama…
Polión cerró la puerta, sonriendo.
–Pequeña, no debes tener miedo de mí… Era a Sila a quien esperabas, ¿eh?
– dijo, avanzando hacia ella-. No temas; vendrá si haces lo que te pido. Pero si no eres obediente tendrás que irte sin haberlo visto… ¿Lo has entendido?
Ahora estaba muy cerca de ella, y Haedunna percibía su olor. Él puso las manos sobre sus pechos y empezó a acariciarlos. El rostro que le asqueaba estaba a unos centímetros del suyo, así que cerró los ojos para dejar de ver
su mirada de hombre en celo. Sintió deseos de escupirle a la cara, de morderle, de gritar, de dirigirse a la puerta para huir, pero él era más fuerte; además, era preciso que ella viera a Sila a cualquier precio, que él supiese que Todj, Cotio y los demás estaban allí, buscando la manera de sacarlo de la mina, y también pensaba que le infundiría valor a su señor si él la veía, la tocaba, la poseía como lo hiciera la noche en que la había llevado a la granja en su caballo, de modo que se resignó.
La boca de aquel hombre estaba sobre su boca. Él introducía su lengua en busca de la suya, al tiempo que restregaba su vientre contra el suyo.
Haedunna notó entonces su miembro en erección. Polión había deslizado una mano por debajo de su vestido, buscando su sexo, y ella soportó los dedos que abrían sus labios. Sabía que iba a hacerle daño, ya que sólo había pasado una noche con Sila y había transcurrido casi un año desde que su señor la había desflorado. Además, la repugnancia que experimentaba le impedía estar en situación de recibir a un hombre en su interior.
La respiración de él se volvió entrecortada. Le apremiaba su deseo por aquella muchacha que apenas tenía quince años. La empujó hacia la cama sin que ella opusiera resistencia alguna. Había liberado su miembro y se había arremangado la túnica hasta las axilas; la obligó a tumbarse y le separó los muslos. Permaneció un instante saciándose con la visión del sexo de aquella jovencísima muchacha, entre sus muslos abiertos; luego la penetró y ella tuvo que apretar los dientes para no gemir, pues la desgarraba. Cuando llegó al fondo, se aprovechó largamente de ella emitiendo gruñidos de placer. A continuación la obligó a volverse para poseerla por detrás, sujetándole las caderas con ambas manos. Al sacar la verga había visto que ésta estaba ensangrentada y pensó que aquel cerdo de Sila había desvirgado a su esclava poco antes de que le arrestaran, y que aquella idiota debía de ser una muchacha seria y probablemente le había sido fiel, en lugar de aprovechar que su amo estaba en el trullo para joder con los demás esclavos de la casa, que no debían de pensar en otra cosa.
Finalmente tuvo un orgasmo, apretando su pubis y sus testículos contra las nalgas de la pequeña. Dejó escapar un potente grito y permaneció desplomado sobre ella, feliz de aquella venganza que perpetraba contra Sila
tirándose a su amada, su preferida, que sólo le pertenecía a él y a la que, no obstante, Polión acababa de penetrar, y feliz también al pensar en las otras venganzas que tramaba desde que el galo estaba en sus manos. Cuando Sila, ciego, hiciera girar la muela enganchado a un asno, él iría a darle patadas en el culo mientras le decía que se había tirado a la pequeña cada vez que ésta había ido.
Como la joven permanecía inmóvil, le dio la vuelta para ver qué cara ponía ahora, después de haber recibido su ración. Ella se tapó la cara para no verlo y él le dijo, riendo, que esperaba que fuese a menudo, que la próxima vez no sentiría dolor y también podría gozar.
–Tienes suerte -añadió-, vas a acostarte con dos hombres. No te aburrirás mientras estés aquí.
Luego se arregló la ropa y salió de la habitación.
Haedunna se quedó unos minutos tendida en la cama. Notaba el esperma y la sangre adheridos entre sus muslos, y su rostro estaba bañado en lágrimas.
Luego pensó que Sila llegaría de un momento a otro y sintió vergüenza de su debilidad. Se levantó con presteza para acercarse a la tinaja de agua.
Llenó la escudilla de cobre y se lavó a fondo con ayuda de los dedos, intentando extraer el abyecto semen que su violador había extendido por su vientre. Se mojó la cara para borrar las huellas de su dolor. Debía ocultarle a Sila que había llorado y todo lo demás. Pensó que la sangre que brotaría de nuevo cuando Sila la poseyera podría ser tomada por sangre de la menstruación. Llevaba en el cesto un paño para ser utilizado a modo de pañuelo o toalla y lo colocó entre sus piernas, como hacen las mujeres en tales casos.
Estiró la sábana, sacó del cesto un peine y un espejo de cobre bruñido, y se arregló el cabello, esforzándose en reprimir las lágrimas que todavía pugnaban por aflorar a sus ojos. Finalmente oyó de nuevo pasos en el corredor, pero esta vez parecían pertenecer a varias personas y la muchacha comprendió, por las palabras que los acompañaban, que los soldados que conducían a Sila hasta ella le hacían comentarios burlones sobre lo que