Gladiadores
Comerciando con azufre
–Pregúntale cuánto pide por hacer que Sila, ya debilitado por las numerosas heridas recibidas en el circo, no resista mucho tiempo el trabajo de la mina.
Pongamos, por ejemplo, un mes. También podría tener un accidente. Allí arriba deben de utilizar carretillas. Una de ellas podría derribarlo y pasar por encima de él… Si la suma que pide es razonable, págale la mitad por adelantado y el resto una vez concluido el asunto.
–De acuerdo. Enviaré a alguien a la mina. ¿Cuándo piensas volver a Roma?
–Mañana por la mañana. A partir de ahora no hay que alejarse…
–¡Ah! – dijo Esporo.
–Es una cuestión de días. Se habla de dos semanas…
–Muy pronto, en efecto -observó Esporo-. Sin embargo, puesto que tienes que pasar la noche en esta casa, ¿quieres que haga venir a algunas muchachas?
–Iba a pedírtelo, mi querido Esporo -contestó Lacertio, posando la mano en el brazo de su compañero.
Comerciando con azufre
Un poco antes de llegar a Herculano, Cotio decidió que aquel lugar donde había, al borde del camino, una gran fuente pública y una especie de almacenes de alquiler le permitiría a su tropa de veteranos y de arqueros persas acampar mientras él iba a informarse sobre aquella mina de azufre.
Los dos carros de aspecto rústico, al fondo de los cuales iban escondidos los arcos y las flechas de Todj y sus hombres -armas que habían preparado
cuidadosamente en la granja y que resultaban temibles en sus manos-, así como las espadas y pilum de los veteranos, se detuvieron delante de uno de aquellos almacenes. La Vieja había recorrido todo el camino montada en su asno, un animal fuerte de origen galo que valía más que un caballo. Iba vestida como una anciana acomodada, no como una esclava, mientras que Haedunna, montada también en una mula, con su anilla de oro en el tobillo tenía todo el aspecto de ser la jovencísima sirvienta de lujo de un amo ávido de carne fresca.
Cotio fue a la ciudad a pie y preguntó, de taberna en taberna, dónde se encontraba el local de la asociación de veteranos. En cada ciudad del Imperio había una asociación de ex legionarios establecidos en la ciudad o sus alrededores. Le informaron, y se encontró ante dos hombres que, por su avanzada edad, habían sido designados para ocuparse de la secretaría de aquella sección local. Les dijo que estaba deseoso de montar algún negocio en la región y mencionó la mina de azufre. ¿Vendía aquella mina lo que producía? ¿Había ya en Herculano alguien a quien se le hubiera ocurrido la idea antes que a él, Cotio? Y, por último, ¿cuál podía ser la situación del mercado del azufre en aquel momento?
Uno de los dos veteranos era un centurión. Apreció la resolución de Cotio y le dio el nombre de un tipo al que había.conocido años antes, el cual se había dedicado a ese negocio con un barco de su propiedad que transportaba azufre a varios puntos. Aquel tipo acabó dejándolo a causa de su edad, y también porque los beneficios que se obtenían con ese producto ya no eran los mismos que antes, por lo que el mencionado centurión creía saber. El nombre del sujeto en cuestión era Mesio Balbo y el centurión no había oído decir que hubiera muerto. Tenía su almacén en el puerto y quizá lo siguiera teniendo, pues por los almacenes del puerto se pagan alquileres muy elevados y uno no se desprende de ellos así como así. Cotio no tenía más que preguntar allá abajo. Y eso fue lo que hizo después de darles las gracias al centurión y a su compañero, que no había abierto la boca, absorto en las cuentas de la asociación, que daba una gran fiesta todos los años en beneficio de las familias de los ex legionarios que se encontraban en apuros económicos.
En el puerto le indicaron, efectivamente, la casa donde seguía viviendo, si bien con las facultades un tanto disminuidas, el comerciante Balbo, ahora retirado de los negocios. Éste recibió al veterano de buen grado. «No -
declaró-, nadie me ha reemplazado ni en Herculano ni en Pompeya. Mi hijo no quiso sucederme y se marchó a África a vivir con una mujer de la que se había enamorado. En efecto, el mercado del azufre no proporciona grandes beneficios, pero todavía podría funcionar transportándolo lejos. Hay muchos lugares en el Mediterráneo donde es un producto escaso. Sin embargo, están los piratas y es preciso tenerlos en cuenta.» Balbo aún tenía centenares de sacos en el almacén que podrían servir, y estaba dispuesto a venderlos a un precio bajo, pues ya no se dedicaba a hacer negocios. Le quedaban también tres vehículos muy apropiados para el camino que subía al Vesubio, ya que tenían un excelente sistema de frenos. Las carretas debían bajar por aquel camino cargadas y no se podía utilizar cualquier vehículo para hacer eso. Finalmente, le aconsejó a Cotio que subiera para discutir primero el asunto con los burócratas militares que administraban la mina y, por consiguiente, vendían el azufre, y ver si llegaba a un acuerdo con ellos, porque todos eran tipos a los que habían expulsado de la legión por razones a cuál más fea. Y a Cotio le interesaba involucrar en el asunto a un tal Litias, que había abierto un figón-taberna-alquiler de habitaciones frente a la entrada de la mina y que mantenía buenas relaciones con aquellos militares. Aun cuando ese tal Litias quisiera sacar algún dinero, merecía la pena. Cotio le propuso al buen Balbo dejarle una paga y señal por los sacos y las carretas. Quería hacer creíble su personaje de aspirante a comerciante de azufre. El abundante oro escondido entre el equipaje de su tropa estaba para eso. Pero Balbo le respondió con mucha amabilidad que ya verían cuando volviese de allí arriba, si es que finalmente se decidía.
Cotio se despidió y regresó adonde se hallaba acampada su tropa, anunciándoles que a la mañana siguiente, un poco antes del alba, se pondrían en marcha hacia el Vesubio. Hasta allí todo parecía sencillo. Pero cuando hubiera que entrar por la fuerza en los locales de la mina, armados y aprovechando la noche, ¡que los dioses asistieran a Cotio, a sus persas y a sus ex legionarios! En ese momento las cosas dejarían de ser sencillas.
Cuando no estaban más que a unos kilómetros de su objetivo, Cotio dividió
su tropa en dos. No quería llegar con un grupo muy numeroso a la entrada de la mina. Así pues, los veteranos se alejaron por un camino de montaña con las instrucciones de buscar un sitio para acampar y permanecer allí a la espera, no sin enviar cada día al albergue del llamado Litias, donde él, Cotio, se instalaría con la Vieja, Haedunna y los demás, a alguien que iría con el pretexto de hacer unas compras, pero en realidad para recibir órdenes y mantenerse al corriente de la situación.
El resto del grupo llegó ante los figones y tienduchas que Cotio esperaba encontrar en un lugar de esa clase, frente a la gran poterna de entrada del campamento militar. Suponiendo que el menos penoso de aquellos establecimientos sería el del llamado Litias, se dirigió a él y le preguntó a un esclavo de unos doce años, vestido con un sayal raído y no muy limpio, si estaba el encargado del lugar. El esclavo fue a paso lento hacia unas dependencias en mal estado situadas detrás del albergue y Litias no tardó en salir de un cuarto que formaba parte de ellas.
Miró a Cotio con atención inquisidora, como hombre acostumbrado a llevar a cabo toda clase de transacciones delicadas que requieren que se comprenda lo antes posible con quién se está tratando.
–¡Ave! – dijo Cotio-. ¿Puedes alojarnos durante unos días a mí y a mi gente?
–Desde luego -respondió el otro, cuya mirada iba de la Vieja, apergaminada pero con buen aspecto bajo los ropajes y las joyas que Cotio le había proporcionado, a la cabellera castaña de la hermosa Haedunna con su brazalete de oro en el tobillo, revelador de su situación en el seno del orden de las cosas, más próxima al dormitorio que a la cocina.
También pasó revista a los persas de Todj, que permanecían junto a sus tiros esforzándose por dar un aire bonachón a su semblante, más bien hosco por naturaleza.
–Hemos venido para ver si es posible comprar azufre. Mis esclavos son de Oriente, donde practiqué mucho el comercio en otros tiempos.
–Ya veo -repuso el otro-. Os prepararemos donde dormir ahí arriba. – Se refería al piso superior del figón, donde parecía que había cuartos-.
Supongo que quieres una habitación para tu compañera y tú.
–No es mi compañera. Alójala aparte con su abuela.
Litias se contentó de momento con aquella explicación, aunque a Cotio le pareció que no le había satisfecho demasiado.
–¿Vienes a por mucho azufre? – preguntó el hospedero mientras conducía a Cotio a los establos para que viera dónde iba a albergar a sus mulas. –
Bastante. Quiero transportarlo al extranjero, de manera que vendré aquí regularmente con mis hombres.
–No es mala idea almacenarlo -admitió Litias-. Yo creo que el azufre va a subir, y en todo el sur de Italia ésta es la única mina de azufre que hay. En África no tienen. Ven a beber algo -añadió cuando regresaban al figón-.
Invito yo, puesto que acabas de llegar.
Entró delante del veterano a un cobertizo adosado a la parte posterior del albergue, que por su situación quedaba a la sombra y desde el cual se podía ver a lo lejos el golfo y el verde campo que rodeaba Herculano y Pompeya.
Estaban solos, y Cotio no dudó que su interlocutor quería tener ocasión de averiguar algo más sobre las operaciones que su nuevo cliente había ido a realizar en las laderas del Vesubio.
El esclavo de antes les llevó vino y dos vasos de estaño sin que nadie tuviera que ordenárselo, llenó los vasos y se retiró. Cotio bebió, se secó la boca con el dorso de la mano y entabló una conversación superficial.
–¿Y ahí dentro, en la mina, qué tal van las cosas? – preguntó.
–Para los que pican el azufre a pleno sol, no van muy bien -repuso Litias con una especie de risa.
–Debe de ser duro -comentó Cotio.
–Y que lo digas. Ahí dentro, un tipo dura como máximo cinco años. Y en la mayoría de los casos se quedan ciegos antes…
–¿Nunca se escapa ninguno?
–Es imposible. Hay demasiada vigilancia y van encadenados.
–En resumen, que un tipo que esté encerrado ahí no vuelve a salir jamás -
concluyó Cotio.
–En principio, no dijo Litias, sirviendo vino en los vasos ya casi vacíos.
Había dicho «en principio». Cotio había declarado antes que la joven esclava no era su compañera. Todo eso resultaba muy equívoco.
–¿Por qué dices «en principio»? – preguntó el ex legionario-. ¿Los hay que salen?
–Algunos son indultados, pero no es algo que suceda con frecuencia. La mayoría de los que están ahí son desechos por los que no se interesa nadie.
Cotio bebió un buen trago de vino para seguir el juego.
–Entonces, en tu opinión, ¿alguien que se interesara por un tipo que está ahí adentro conseguiría que lo soltaran?
–Habría que hacer gestiones en Roma -contestó Litias-. Si Tito César se interesa por un tipo -añadió, riendo-, seguro que puede hacer que lo suelten… Cotio percibió que el otro no había querido dejarse llevar más lejos y que evitaba comprometerse. No obstante, decidió que podía intentar recoger lo que había sembrado al decir antes que la joven Haedunna no era su compañera y partió en esa dirección.
–Abajo me han dicho que era posible pasarles cosas a los condenados.
Comida, cartas…
–Si te han dicho eso es que debe de ser posible, en efecto… La respuesta iba acompañada de una sonrisa de complicidad.
–¿Tú podrías hacerlo?
–También te han dicho que era a mí a quien había que dirigirse, ¿no?
–Me han dicho que tú conocías al personal de la mina y todo eso…
–Estoy aquí desde hace siete años -dijo Litias, adoptando una actitud seria-.
No me iría muy bien si no los conociera. Vienen aquí y hacen funcionar mi negocio. Están casi tan jodidos como los condenados, y cobran sueldos miserables. Y a mí no me avergüenza hacer un favor cuando puedo. Y
cuando se trata de algo que no está prohibido… -Rió abiertamente-. ¡O no demasiado prohibido! – Miró a su interlocutor con un aire absolutamente amigable para darle confianza-. Lo que quieres pedirme, ¿no tendrá alguna relación con la hermosa muchacha que transportas en una mula?
Se echó hacia atrás en el taburete, dando muestras de buen humor.
–Sí -admitió Cotio-. Te lo explicaré. Cuando en mi tierra se enteraron de que venía a esta mina a comprar azufre, una buena mujer rica vino a verme.
Me dijo que su hijo acababa de ser encerrado aquí, que estaba enamorado de su esclava y que ella me pagaría generosamente si conseguía pasarle cosas para comer y, sobre todo, si lograba llevarle a la muchacha para que pudiese acostarse con ella. Le habían dicho que eso se hacía, que era una cuestión de dinero. La buena mujer se mueve en Roma para intentar que liberen a ese tipo.
Cotio se calló en espera de la respuesta de Litias.
–No es imposible -dijo éste con calma. Se encontraban ya en el meollo de la cuestión y utilizaba el tono que se adopta para hacer un trato-. No sucede a menudo, pero efectivamente hay un sistema.
–¿Y cómo funciona?
–Una vez que se ha llegado a un acuerdo, se lleva a la muchacha al campamento y se la conduce a una especie de cuarto reservado para eso.
Entonces van a buscar al prisionero, le desatan los pies y lo dejan con ella durante una hora. El problema es que, como hay que untar a varios jefes para que se presten a hacerlo, no es un regalo…
–¿Cuánto haría falta?
–Hay que calcular cinco mil.'
–Efectivamente… -constató Cotio-. Veinte mil ases para echar un polvo que vale ocho ases en cualquier burdel, no es un regalo. En fin, ella ha confiado en mí, esa buena mujer, y he venido con lo necesario. Es una viuda, su marido era muy rico y ella no tiene más que ese hijo.
–Tú decides. Y también tendrás que darme su nombre. – Se llama Sila.
Había pocas probabilidades de que el tabernero incrustado en la ladera del Vesubio hubiera oído hablar del asunto del testamento de Menesio.
–Está bien -dijo Litias-. Mañana me encargaré del asunto. ¿Qué ha hecho ese Sila para que le enviaran aquí?
–Parece ser que falsificó un testamento para apoderarse de la herencia. La viuda afirma que es inocente, por supuesto.
–Por supuesto -sonrió Litias-. Todos somos inocentes. Bebe otro trago. Y
tú, ¿cómo te llamas?
–Cotio.
–¡Pues a tu salud, Cotio! – dijo Litias en tono jovial. Bebió, y el veterano hizo lo propio-. Estoy seguro de que haremos más negocios juntos -añadió, después de dejar el vaso en la mesa.
1. Cinco mil sestercios, que equivalen, pues, a veinte mil ases.
OceanofPDF.com