Gladiadores

Roger Maure · Capítulo 31 de 48

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Gladiadores

La Vieja está bajo secuestro

La Vieja está bajo secuestro Los veteranos avanzaban por el camino de tierra que bordeaba la colina en dirección a Vienna. Cotio caminaba a la cabeza de la comitiva, que cerraba el carro, tirado ahora por dos fuertes mulas que los futuros colonos habían adquirido al llegar al pie de los Alpes de la alta Provenza, antes de adentrarse por los caminos montañosos. La carga de aquel vehículo había aumentado con los innumerables objetos comprados durante el viaje, cuando sus propietarios encontraban utensilios o herramientas a buen precio, pensando en su futura instalación en Germania.

Cotio había consultado varias veces el mapa que un centurión le regalara en Aviñón y pensaba que los tejados de tejas redondas de la granja de Sila no tardarían en aparecer en el horizonte. El propio Sila les había dicho que se divisaban a lo lejos mucho antes de llegar…, siempre y cuando, pensaba el veterano, no se hubieran equivocado de camino. Ahora bien, respecto a eso no cabía duda alguna, gracias al mapa y a los mojones de piedra con la cifra XII, la carretera secundaria número doce, prácticamente paralela a la gran vía Claudia que remontaba el valle del Ródano hasta Lugdunum por la otra orilla del río.

Evidentemente, Cotio pensaba también en Sila y en lo que le podía haber sucedido tras ser arrestado por el prefecto de los vigilantes, después de que él, Cotio, y los demás le ayudasen a inhumar a su desdichada amiga, la patricia, en la tumba de Menesio. ¡Qué siniestro acontecimiento la encarcelación de un hombre como Sila! ¡Qué ciudad despiadada y sin honor aquella Roma a la que los veteranos habían servido durante años con fe y con valor, y que en esta ocasión les había mostrado el lado negro de su rostro! El oficial Sila entre rejas… No habían tenido ninguna noticia de él durante su viaje hacia el norte.

Llegaron a un punto en que el camino giraba a la izquierda, y Cotio confió en que tras aquel recodo las miradas de los viajeros descubrieran un paisaje

lo bastante amplio como para poder ver por fin la granja. La caravana se detuvo para dar un descanso a las mulas y los veteranos vislumbraron, efectivamente, los edificios de lo que debía de ser la villa' del ex oficial galo y los dos grandes palomares redondos que la hacían reconocible, tras los cuales estaba la hilera de viejos olmos de los que Sila les había hablado, en la parte donde se veían los silos de grano.

El sol brillaba frente a ellos, ya bajo, y los hombres estaban tan cansados como las mulas. Cotio les había hecho caminar a buen ritmo desde que salieran de la Ciudad, por hábito militar de no desperdiciar el tiempo y de actuar con severa disciplina, de acuerdo con la tradición de las legiones, y esperaban quedarse unos días en aquella granja, donde, según Sila, estarían en su casa y podrían permanecer el tiempo que quisieran.

Éste les había dado una contraseña para el hombre que administraba la villa en ausencia del amo, el esclavo persa llamado Todj, que no podría sino recibirlos calurosamente. ¿Qué podía saber Todj del drama de la detención de su amo? Unas dos millas más y tomarían un baño en las termas de la granja, cuya agua tonificaba los músculos. La Galia era por excelencia el país de las aguas medicinales. A Sila le habían calmado los dolores causados por sus antiguas heridas, y la mayoría de los veteranos padecían de heridas similares a las suyas. ¿Quién no había recibido en su carne, durante los combates, una flecha o el hierro de una espada? ¿Quién no había sido pisoteado por los cascos de un caballo en el furor de una carga de la caballería enemiga? La pequeña caravana se puso de nuevo en marcha con paso más seguro, el paso del soldado que sabe que el final de la etapa está próximo.

El carro se detuvo delante de la imponente poterna de obra que daba acceso al patio. En el muro del porche abierto, al pasar ante él, Cotio vio un cartel de madera con un texto grabado en latín que no se entretuvo en leer, pensando que se trataba de alguna inscripción votiva destinada a atraer la bendición de los dioses -en particular la de Ceres, artífice celeste de las cosechas abundantes sobre la propiedad y sus habitantes.

Cotio entró en el patio. El carro y los que le acompañaban se quedaron en la

entrada por educación, pues los veteranos no querían penetrar como en un terreno conquistado.

En el patio había varios hombres de ojos negros y tez morena: sin duda alguna, los persas que Sila había capturado en la guerra. Cotio se fijó también en la presencia de dos personajes a los que la toga, vestimenta poco usada en el campo, daba aspecto de oficiales de notaría o empleados administrativos. El veterano pensó que debían de haber venido de la vecina ciudad para alguna formalidad o para cobrar un impuesto. En la administración imperial, los agricultores pagaban impuestos como todo el mundo.

La mirada experta de Cotio en lo referente al aspecto exterior de quien detenta la autoridad en un grupo, le hizo avanzar hacia el hombre alto y delgado que a su juicio debía de ser Todj.

1. Los latinos llamaban «villa» a las granjas de grandes dimensiones.

–¡Ave! – dijo Cotio-. ¿Eres tú Todj, el que administra esta villa en nombre del oficial Sila?

–¡Ave! Ése es mi nombre, en efecto.

El persa miraba el carro inmóvil ante el porche. También él tenía bastante experiencia en asunto de legiones, por haber combatido contra ellas, para darse cuenta de que aquellos hombres que esperaban junto al vehículo eran veteranos que se dirigían a una colonia.

–¿Qué quieres? – preguntó-. ¿Conociste a Sila?

–Venimos de Roma de su parte, para hacer aquí un alto durante varios días antes de proseguir nuestro camino hacia Germania.

Cotio sacó la bolsa de piel que llevaba bajo la camisa y que contenía los objetos de valor, y extrajo de ella el manojo de bastoncillos de viburno atado con una cinta que el oficial de las legiones le había entregado tras la

inhumación de Mancinia, urgiéndole a abandonar Roma lo más rápidamente posible. Se lo tendió al persa.

Éste lo cogió y contó cuidadosamente los bastoncillos sin desatar lo que los mantenía unidos. Comprobó que había ocho y contó de nuevo mientras el veterano le observaba en silencio. Cotio ignoraba que ocho bastoncillos significaban que debía tratar a los visitantes como amigos. Doce habrían indicado una gran desconfianza.

Todj observó una vez más los bastoncillos antes de mirar de nuevo a su interlocutor, sin sonreír ni mostrar un ápice de amabilidad, y Cotio se sintió inquieto. – ¿Cuántos días han transcurrido desde que visteis a Sila y os entregó esto? – Llevamos en camino ahora hace veintisiete días.

Todj meneó la cabeza.

–Por lo que a mí respecta, sois bienvenidos aquí y podéis quedaros tanto tiempo como queráis. Pero debéis hablar con aquéllos -dijo, dirigiendo una mirada hacia los burócratas-. Y cuando lo hagas, abstente de decirles que vienes de parte de Sila.

–¿Por qué? – preguntó Cotio, estupefacto.

–¿Por qué…? – repitió el persa en un tono que expresaba desaliento-.

¿Cómo estaba Sila cuando le dejasteis?

–Pues…, tenía dificultades en la Ciudad y nosotros le ayudamos todo lo que pudimos. Por eso trabamos amistad.

–Sila fue juzgado y lo condenaron a ser arrojado a las fieras, así como a que sus bienes fuesen confiscados -declaró Todj sin miramientos.

La noticia afectó profundamente a Cotio. Sila condenado a la muerte infamante de los ladrones y los criminales…

–¡Por todos los dioses! – exclamó el veterano a media voz-. ¿Es posible

semejante vergüenza?

–Y como esta granja ha sido confiscada con el resto de sus bienes, todo será vendido, incluidos nosotros, sus antiguos cautivos. Y ésos han venido a ocuparse del asunto; por eso te decía que debes pedirles su autorización.

Puedes leer lo que han colgado en la puerta.

El veterano se acercó a la placa de madera que había visto al llegar y leyó que la granja de Sila, ex oficial de las legiones, condenado en aplicación del derecho común por falsificación y desviación de herencia, se encontraba embargada, y que el procurador de Vienna había designado a Lucio Melio Itiforo, administrador de bienes, síndico encargado de garantizar provisionalmente la gestión y de realizar un inventario de los aperos de labranza y bienes semovientes con vistas a la puesta en venta de dicha granja.

Cotio fue al encuentro de sus compañeros para ponerles al corriente de las noticias que le habían dado. Los que sabían leer fueron a su vez, consternados, a ver el detestable texto inscrito en la madera. Luego, Cotio regresó al patio para dirigirse a los hombres vestidos con toga.

–¡Ave! – dijo-. Soy el veterano Cotio. ¿Quién de vosotros es Lucio Melio?

–Ninguno de los dos -respondió uno de ellos-. Somos sus subordinados.

–Mis compañeros y yo hemos sido liberados del servicio y buscamos un lugar donde establecernos. ¿Está en venta esta granja?

–Lo estará -contestó el funcionario.

–Hemos hecho un largo viaje. ¿Podemos instalarnos aquí unos días para descansar?

El funcionario se encogió de hombros.

–Si no estropeáis nada ni alteráis el ritmo de trabajo de la granja, y puesto

que sois veteranos, no vemos ningún inconveniente en ello…

–Os lo agradezco -dijo Cotio, volviéndose hacia sus compañeros para indicarles que entraran.

Uno de los persas guió el carro hasta un cobertizo y ayudó a desenganchar las mulas, mientras les explicaba a los veteranos dónde estaba el abrevadero. El propio Todj los condujo al granero donde podrían instalarse.

Cotio se acercó de nuevo a los dos funcionarios encargados del embargo.

–¿Podemos optar a la adquisición de la granja? – preguntó-. Tenemos el dinero que estaba al pie de las enseñas, además de otros ahorros. Somos once y pensamos asociarnos. ¿Creéis que en la ciudad podrían prestarnos lo que nos falte para alcanzar la suma establecida en la adjudicación?

El funcionario se encogió de hombros de nuevo. Era su forma de responder a las preguntas, adoptando una actitud taciturna.

–Podría hacerlo un banco de Lugdunum o Vienna, sobre una hipoteca de la propiedad. Es asunto vuestro buscarlo.

–Lo que quería decir -aclaró Cotio- es si eso se hace aquí, en esta región.

–Se hace todo -repuso el funcionario con su habitual encogimiento de hombros-, si se está entre personas serias. Si inspiráis confianza, si encontráis un banquero que haya estado también en las legiones, por ejemplo, ¿por qué no?

–¿Podemos optar ya a la adquisición?

–Hay que rellenar un impreso -explicó el otro-, después de haber formado entre vosotros una asociación que os hará conjuntamente responsables del préstamo que vais a solicitar…

–¿Dónde puedo conseguir ese impreso?

–En las dependencias del administrador Itiforo, en Vienna, en la vía Mitilia, que está detrás del teatro.

–Por lo que sabéis, ¿habrá muchos aspirantes a la compra? – siguió preguntando Cotio.

–No soy adivino -contestó el funcionario encogiéndose una vez más de hombros y en un tono que daba a entender que el interrogatorio ya se había prolongado bastante-. La orden de embargo llegó a nuestras dependencias anteayer y los avisos han sido colocados hoy. El administrador Itiforo empezará a admitir las licitaciones a partir de mañana, de manera que no sé más que vosotros, aparte de que la granja parece estar en óptimas condiciones. Por consiguiente…

–Entonces iré a Vienna mañana a pedir un impreso en vuestro establecimiento -dijo Cotio.

–No somos vendedores de remedios y productos de belleza, así que nuestras dependencias son un despacho y no un establecimiento…

El funcionario se calló porque empezaba a percatarse de que el tono que había empleado hasta ese momento hacia su interlocutor era poco amable, y decidió mostrarse más cortés. Una vez recibió un par de bofetadas de un ex militar al que había tratado de forma similar a propósito de la venta de un rebaño embargado, y el tipo con el que ahora hablaba tenía un aspecto particularmente robusto.

–Da la casualidad de que tenemos aquí algunos impresos -declaró-. Puedo darte uno o dos.

Al oír estas palabras, su colega abrió la gran caja de madera depositada en el suelo que contenía sus útiles y sacó de ella unas hojas de pergamino.

–¿No van a daros tierras para que os establezcáis en algún lugar como colonos -preguntó, mientras se las entregaba al veterano-, dado que acabáis de ser liberados? ¿Qué necesidad tenéis de comprar esta granja, en la que

será preciso que invirtáis varios años de trabajo para recuperar su valor?

Cotio se dio cuenta de que no había tenido tiempo de hacerse a sí mismo aquella pregunta. Comprendió hasta qué punto le había afectado su encuentro con Sila. Era absolutamente preciso adquirir aquella propiedad para que quedase algo de aquel encuentro, de la obra que Sila había realizado, y que permanecieran protegidos de las vicisitudes de la vida sus cautivos persas, de los que había hablado en Roma con tanto afecto.

Además, el oro que estaba en el carro, escondido entre el equipaje en utensilios de cocina, era el oro de Sila.

Sin embargo, no podía darle esas respuestas al burócrata que le interrogaba.

– En efecto -contestó-, van a adjudicarnos unas tierras a orillas del Rin, pero este país nos gustó en cuanto entramos en él y nos quedaríamos aquí muy gustosos. Además -añadió-, esta granja era de alguien de las legiones, como nosotros…

–Alguien de las legiones que se convirtió en un criminal -oyó entonces de boca de su interlocutor.

–¡Quién sabe si los jueces han juzgado correctamente! – protestó Cotio-.

¿Quién sabe si ese oficial no ha sido víctima de los delatores, que en Roma convierten sus infamias en profesión?

–¡Quién sabe, en efecto! – repitió como un eco el primer funcionario, que esta vez se ponía de su parte-. Ocurren muchas cosas en la Ciudad, donde no es oro todo lo que reluce… Quizá sea preferible vivir aquí que allí. Ese tal Sila habría hecho mejor quedándose a labrar sus campos -concluyó.

Después de que los subordinados de Itiforo se marcharan y se hiciese de noche, los veteranos se bañaron en las termas y se prepararon camas en el granero llenando de paja los sacos que llevaban para tal fin. Cotio estaba sentado junto a Todj en un banco de piedra adosado a la pared de dicho granero. Los veteranos se habían retirado a dormir uno tras otro. Los restos del lecho de brasa que el persa había hecho encender para asar un cordero, del que todos habían comido, ardían en la oscuridad, iluminando los rostros

del veterano y del cautivo.

Ninguno de los dos dejaba de pensar en Sila, cuya imagen, en el decorado que los rodeaba, permanecía presente en su espíritu de una forma obsesiva.

Cotio le había comunicado a Todj que había decidido comprar la granja, y el persa se había liberado de un gran peso tras haber vivido enormemente angustiado desde el anuncio de la puesta en venta de la villa. Cotio no le había dicho, en cambio, que tenía mucho oro escondido en el carro guardado en el cobertizo, oro del ex oficial, y que iba a pedir un préstamo a un banco únicamente para evitar que la gente se preguntara por qué unos veteranos disponían de medios para pagar al contado semejante propiedad.

Todj no tenía necesidad de saberlo. Bastaba con que supiera que él y los demás de su raza no serían vendidos a un desconocido que no tenía ni idea de lo que eran la guerra y los combates, y que no podía comprender la naturaleza de los sentimientos que los hombres experimentaban unos por otros en un campo de batalla, incluso cuando acababan de matarse entre sí.

Sila se había impuesto a Todj de un modo irremediable cuando detuvo su gesto de clavar el puñal en el cuello del persa vencido, y a Cotio por la forma en que el ex oficial se le había aparecido, luchando solo contra esa ciudad cruel como en un país enemigo. Y aquel fantástico palacio, con sus jardines y sus viveros, y su ejército de esclavos… ¿Cómo olvidar todo eso y contentarse con caminar detrás del arado, con inclinarse para plantar legumbres, sin más horizonte que una llanura o unas colinas, siempre las mismas?

¿Quién sabía si Sila estaba realmente muerto? Mientras viviera en el recuerdo de aquellos que habían sido sus compañeros, no estaría muerto de verdad… Y, cuando unos y otros saliesen por el porche para ir a trabajar en los campos, mirarían el camino a lo lejos esperando ver en él la silueta de un hombre a caballo avanzando hacia la granja: Sila regresando a su casa…

Mientras Cotio pensaba todo esto en silencio, una anciana paticorta y con el rostro arrugado como una pasa se acercó al lecho de brasas todavía ardiente.

Acarreaba uno de esos pequeños taburetes de tres patas que se utilizan cuando se ordeña a las vacas y se mantenía erguida pese a su edad, que

debía de ser muy avanzada.

La mujer colocó el taburete al otro lado del montón de brasas y se sentó en él.

–¿Quién es esa vieja? – preguntó Cotio.

–Una esclava que nadie quería y que el amo le compró a un vecino cuyos bienes estaban en…

–¿Para qué sirve? Todj sonrió.

–Sabe hacer lo que pocas personas saben. – ¿Por ejemplo?

–Decir el porvenir. Quizá por su boca hablen los dioses… El persa se calló; al poco, se levantó del banco de piedra.

–Te saludo, Cotio -dijo-. Esta noche dormiré en paz por primera vez desde hace días. Ormuz el Benéfico te ha enviado hasta nosotros y, gracias a ti y a los que te acompañan, Arimán el Maligno se aleja cuando creíamos que iba a sumir el resto de nuestros destinos en la desgracia…

Cotio meneó la cabeza.

–¿Son ésos los dioses que han querido que nos detuviéramos aquí? –

preguntó-. Me ha parecido, después de que me dijeras lo que le había sucedido a Sila, que no podía ir más lejos…

El veterano se quedó solo en el banco. Las brasas se tornaban blanquecinas poco a poco. Miró a la anciana, que permanecía inmóvil en su taburete, con la cabeza ligeramente alzada hacia el cielo poblado de estrellas. Aquella vieja, pensó Cotio, parecía pertenecer al cielo, a la tierra, en una palabra, al universo, más que a la granja en sí. El hecho de que Sila la hubiera comprado sin necesitarla ¿no era una señal que había dejado tras de sí, además de que ella constituía una prueba de los generosos sentimientos del ex oficial? El peso de aquellas preguntas que Cotio se hacía y el de todas las

cosas de las que se había enterado al entrar en el patio de la granja se sumaban al cansancio del largo camino recorrido desde Roma. Se levantó del banco para irse también a dormir. La Vieja no pareció percatarse de que se marchaba, vuelta como estaba hacia el cielo, donde las estrellas engrosaban su rebaño.

Tras dormir unas horas, Cotio se, despertó. Se sintió ligero, como les sucede a los soldados en campaña, que recobran rápidamente las fuerzas y enseguida se encuentran dispuestos a reemprender la marcha o el combate.

Vio que la luz de la luna entraba a través de las planchas mal unidas de la pared del granero. Pensó que tendría que partir para Vienna antes del alba, a fin de realizar las gestiones necesarias para la compra de la granja antes de que otros se le adelantaran, y se levantó, como atraído por aquella luz lunar que sentía como si lo inundara todo en el exterior. Al abrir la puerta del granero, constató que la vieja esclava no se había movido de allí. Seguía sentada ante la hoguera, que había quedado reducida a cenizas, con el rostro todavía alzado hacia el astro de la noche y murmurando entre sus encías sin dientes palabras que él no lograba comprender.

La Vieja había oído que la puerta se abría y finalmente se dignó volver la cabeza hacia Cotio, que permanecía en pie a cierta distancia del taburete.

–¡Ah, ya estás aquí! dijo-. ¿Has dormido lo suficiente para ocuparte ahora de las cosas importantes?

–¡Eh, Vieja! – protestó el veterano-. Hemos tenido que recorrer un largo camino para llegar hasta aquí…

–Lo sé, lo sé… Sigo vuestra marcha desde hace tiempo.

–¡No es posible! – exclamó Cotio- ¿Y cómo nos veías venir? Ella dirigió la mirada hacia la luna.

–Las noches en que ella está en el cielo, yo la miro y ella mira por mí.

Desde donde está, allá arriba, ¡imagínate!, ve todo lo que ilumina. Los caminos, las ciudades y todo lo demás… ¡Su rostro redondo tiene una

mirada penetrante! Ella vio vuestro carro avanzando por el camino mucho antes de que llegaseis aquí.

Cotio se disponía a hacer otro comentario burlón, pero recordó que Todj le había contado que Sila respetaba a aquella vieja como si reconociese sus poderes y no replicó.

–Éste era el momento de que llegaseis -prosiguió ella-, pero tendréis que partir de nuevo.

–¿Partir de nuevo? – dijo Cotio, sorprendido-. Ves mal el futuro, Vieja, porque hemos decidido quedarnos. De todas formas, es mejor para ti, porque si estás con nosotros, te quedarás en la granja como si el amo Sila estuviera todavía aquí y no tendrás nada que temer.

Ella se encogió de hombros.

–Ni tú ni yo nos quedaremos aquí. En cuanto hayas resuelto tus asuntos en Vienna, regresaremos por donde tú has venido…

–¿Cómo? – exclamó Cotio, que empezaba a ponerse de nuevo irónico ¿Qué historias son ésas? ¿Quieres ir a Roma, si te he entendido bien, y que nosotros nos encarguemos de llevarte? Tú ves las cosas a lo grande, ¿no?

–No me preocupa Roma más de lo que Roma se preocupa por mí. Nuestro destino está mucho más allá de Roma, y es cierto porque ella lo dice -

concluyó señalando con la cabeza el astro.

Cotio continuó haciendo comentarios irónicos.

–¡No faltaba más! Al menos no nos verás ir hasta África, ¿verdad? – ¡Eh! –

repuso ella-. ¡Si ella te lo dijera, tendrías que ir! ¿Acaso no tiene dos ojos en la cara? Pues bien, ven una gran montaña con fuego dentro y, al pie de esa montaña, el mar. Por ahí es por donde habéis venido, y ahí es donde debéis regresar sin demora…

–¿Una montaña con fuego dentro? – preguntó asombrado Cotio, que empezaba a dejarse arrastrar por las palabras misteriosas de la Vieja.

Efectivamente, él y sus compañeros, al regresar de Berbería, habían desembarcado en Siracusa, en Sicilia, donde les mostraron el Etna. Luego, de Sicilia habían ido a Campania, donde vieron el Vesubio. Dos montañas con fuego dentro, a orillas del mar… ¿Veía realmente la Vieja todo eso?

–¿Y por qué razón tendríamos que volver allí, a esa montaña? – preguntó en un tono más amable.

–Porque el amo te espera allí y os necesita a ti y a los otros.

Esta vez, la pitonisa ordeñadora de vacas divagaba. Cotio se sintió enternecido por aquella desdichada a la que un último golpe de suerte le había hecho perder la razón. Había encontrado in extremis a un amo compasivo que la había comprado para evitarle el fin sórdido de un animal condenado al matadero, y he aquí que la muerte inopinada de ese amo la devolvía al mismo miserable destino.

–¿El amo? – preguntó Cotio, esforzándose en suavizar el tono de su voz-.

Pero, vieja infeliz, ¡si ya no existe! Fue injustamente condenado en Roma y lo perdió todo, sus bienes y su vida. Por eso mis compañeros y yo hemos decidido comprar esta gran…

Ella le interrumpió con una carcajada.

–¿Su vida? Infeliz soldado, la vida está más aferrada al cuerpo de ese hombre que al mío. Un león le muerde, un tigre le muerde, pierde casi toda la sangre, pero, con la poca que le queda, rehace su vida cada vez más. No, no -prosiguió, meneando la cabeza-. Está donde yo te digo, vivo y custodiado por soldados. Pero vosotros también sois soldados, y él espera que vayáis en su busca armados con venablos y arcos.

Cotio empezaba a experimentar una sensación de malestar. Se sentía dominado por las insensatas palabras de aquella casi enana con cara estrambótica de vieja muñeca, que alternaba el sarcasmo y la iluminación.

Sin embargo, aquellas palabras eran absurdas. Los condenados que escapaban a las fieras podían ser enviados a las minas, eso Cotio lo sabía.

Pero Sila había muerto.

El veterano experimentó entonces una emoción nueva. ¿Y si Sila no hubiera muerto? ¿Y si la Vieja tuviera conocimiento de ello? Había visto el Vesubio, había visto el Etna. ¿Habría minas cerca de esos dos volcanes, o de uno de ellos? Una mina donde Sila estaría preso, en cuyo caso, efectivamente, los veteranos y los persas de la granja podrían ir hasta allí para liberarle, tal como reclamaba la Vieja, lo que tendría por efecto, en primer lugar, que dichos veteranos se convertirían en rebeldes a la autoridad, y Sila con ellos, y que todos serían crucificados si su empresa fracasaba o si… Aunque, bien pensado, esos dos volcanes se hallaban junto al mar y sin duda era posible huir a bordo de una nave tras haber rescatado al ex oficial del presidio. Cotio se había dejado llevar por ese razonamiento que llevaba a cabo su mente militar, tras veinte años de aventuras vividas empuñando las armas. Y Sila también era un oficial que había dirigido durante mucho tiempo operaciones más difíciles todavía que ésa.

–Entonces, ¿qué? – dijo la voz de la Vieja, devolviendo a Cotio a la realidad-. ¿Vas a decidirte y a preparar a tu gente para que te siga?

–Espera… Esa montaña de la que hablas, con fuego, ¿no puedes decirme cómo se llama?

Cotio confiaba en que al oír esas palabras, la Vieja, contenta por haberlo convencido, se esforzaría en responderle con un poco más de amabilidad.

Pero fue en vano.

–Si no eres capaz de encontrar una montaña que llega al cielo, que escupe fuego y que se ve desde todos los puntos, ¿qué has hecho de provecho mientras estabas en las legiones? – replicó sin ningún miramiento en tono burlón-. ¿Conoces el olor del azufre, soldado?

–¿El olor del azufre? Por supuesto, he aspirado azufre.