Gladiadores
Un viejo perro germano
–Necesito tres meses para descubrir a los que han hecho perecer a Menesio.
¿No permanecerás de incógnito tres meses más a mi lado?
Sila había vuelto la cabeza para mirar al Proscrito directamente a la cara.
–Déjame pensarlo -contestó éste-. ¡Vale!* -le dijo al hijo del peluquero, que buscaba entre sus muestras de cabello un tinte que casara con la mitad intacta de la cabellera del galo.
–Vale, Mersennah, abraza a mi padre de mi parte…
–No dejaré de hacerlo, muchacho -respondió el Proscrito mientras abría la puerta-. Y tú, Sila -añadió, sonriendo, antes de franquear el umbral-, no olvides abrazar a Metalla de mi parte…
* Voz latina que significa «consérvate sano», usada como despedida. (N. de la T.)
Un viejo perro germano
Sila despertó en el cuarto del pequeño edificio donde unos días antes descubriera a la joven tamborilera, enamorada de Menesio, fulminada por el veneno junto al esclavo que había tenido la mala fortuna de beber después que ella. Allí era donde había decidido pasar la noche tras haber recorrido, sin detenerse en ninguna, las espléndidas dependencias por donde pululaban los esclavos, impacientes de curiosidad por ver al nuevo amo que el destino acababa de adjudicarles.
El galo vio, a través de la pequeña ventana enrejada, que aún no había amanecido. Había dormido profundamente después de una jornada agotadora, a lo largo de la cual había tenido que enfrentarse a los
innumerables libertos, clientes y apoderados de Menesio que desfilaron ante él. Los rostros de muchos de ellos no habían sido capaces de ocultar el irónico desprecio que experimentaban hacia aquel galo. Otros, por el contrario, se habían mostrado servilmente obsequiosos.
Luego, Sila se había quedado solo en el gran atrio vacío. Se presentaron varios esclavos para pasar por el suelo de mármol grandes escobas humedecidas con un líquido perfumado, a fin de borrar las huellas dejadas por los hombres y las mujeres que constituían la clientela del patricio y que habían ido a presentar sus respetos a su sucesor. Una vez que los encargados de la limpieza se retiraron a su vez, hizo su aparición una especie de mayordomo que guió al galo hacia un comedor.
El centro de la estancia lo ocupaba un enorme mueble, a la vez mesa y aparador, provisto de un gran número de bandejas de plata, algunas de ellas con tapa y otras no. Había grandes pescados fríos adornados con verduras cortadas que formaban figuras decorativas y aves a las que les habían colocado de nuevo las plumas tras haberlas cocido. Pirámides de frutas impecables se alzaban en los dos extremos de la mesa. Por último, en el centro se veía una gran campana de plata de forma oval.
Sila contemplaba todo aquello con aire pensativo. Aquella abundancia fastuosa era el signo de su poder, un poder que le resultaba embarazoso.
Ante la mirada de los esclavos inmóviles, que lo acechaban, avanzó y levantó la campana. Era la tapadera de un pozo horadado en la madera, donde botellas de vino de diferentes colores se refrescaban entre hielo picado.
El galo pasó revista a lo que se le ofrecía antes de coger un muslo de ave y comérselo de pie. Uno de los sirvientes, levantando la campana, se apresuró a pedirle que indicara el vino que deseaba beber, y Sila recibió una copa de plata en la que vertieron vino tinto. A continuación, después de comerse unos higos, dos esclavos le tendieron una jofaina donde se lavó las manos y un paño bordado con el que se las secó.
Mientras hacía esto, el galo se dirigió al mayordomo, que hasta entonces se
había mantenido a distancia, y le dijo que felicitara a los cocineros por el esmero con que habían preparado la comida.
–Pero diles que no vuelvan a preparar tantas cosas cuando esté solo para comer, a no ser que yo lo ordene -añadió-, y encárgate de que se distribuya todo esto entre los esclavos, incluidos los que tengan asignadas las tareas más humildes.
El mayordomo se inclinó y los sirvientes, que iban descalzos y se movían en absoluto silencio, comenzaron a retirar la mesa con habilidad, evitando que la vajilla y las bandejas metálicas entrechocaran.
–Señor -intervino el mayordomo-, permíteme que te haga una observación.
Nos traen los pescados directamente del mar, y las verduras, las frutas y las carnes de las granjas y los huertos, y es preciso que lo utilicemos…
Seguramente, muy pronto tú mismo ofrecerás comidas a tus invitados, como hacía Menesio… Si das la orden de que dejen de servimos los productos todos los días, ¿cómo nos las arreglaremos?
Sila se quedó en silencio. El mayordomo tenía razón. Aquello era la riqueza de un hombre como Menesio: una maquinaria que funcionaba por sí sola y que no era posible detener. La mente de granjero de Sila pensó que podría dar la orden de que vendieran todo lo sobrante al día siguiente; pero, afortunadamente, se contuvo de decirle una cosa semejante al mayordomo, pues enseguida comprendió que se convertiría en el hazmerreír de Roma cuando se supiera que el nuevo rico galo instalado en las preciosas dependencias de Menesio hacía vender en los mercados lo que el patricio consagraba a su lujo cotidiano. Cada día, los barcos pescaban, las mujeres recolectaban, las crías de ganado eran sacrificadas y los carros partían hacia Roma, y no servía de nada querer ahorrar.
–Tienes razón -admitió finalmente Sila, que se dio cuenta entonces de que ignoraba el nombre de su mayordomo-. ¿Cómo te llamas? – añadió.
–Mektios, señor. Soy griego y serví como encargado de la intendencia en la nave desde la que Menesio dirigía su flota. Después me trajo a Roma.
¿Puedo esperar el honor de servirte a ti ahora?
Sila lo miró.
–Por supuesto… Por supuesto, Mektios. Dame tiempo para que me habitúe a todo esto -añadió con una sonrisa-. Ahora me retiraré a descansar…
El mayordomo se inclinó de nuevo y Sila se volvió de espaldas al comedor para bajar los escalones de mármol que conducían al atrio. Una vez allí, se recreó unos instantes escuchando el murmullo de la Ciudad, que llegaba hasta él debilitado por la frondosidad que rodeaba el palacio. Luego se alejó, a través de los jardines, hacia el pabellón de las flautistas, lugar que había elegido para ir a dormir tras aquella jornada dedicada a la toma de posesión de las riquezas romas de Menesio y en el transcurso de la cual los intendentes no le habían ahorrado ni un solo detalle. Había visitado las dependencias lujosas, las cocinas, los lavaderos, las termas, los establos, las cocheras que albergaban carros, calesas y literas, los alojamientos de los esclavos, sus letrinas, las ergástulas y, por último, los viveros, que ya conocía por haber pescado en ellos langostas la primera noche y dejado fuera de combate a dos guardias. Había preguntado dónde estaba el intendente principal, encargado de las cuentas y de la coordinación de todos los movimientos, pero le habían respondido que ya no había intendente.
Había desaparecido unos días antes de la trágica muerte del señor, sin duda, pensó Sila, temiendo que éste empezara a sospechar que era culpable de malversación.
Aquello, sumado al descuido que reinaba en la guardia, bastaba para comprender por qué Menesio le había llamado. El patricio, comprometido en la empresa que debía conducirle a las más altas magistraturas, ya no controlaba lo que le rodeaba. La esposa que hubiera podido ayudarle a llevar la casa se había pasado al bando contrario y le declaraba la guerra a la cabeza de una cohorte de abogados. Su amante, la esedaria, era una especie de caballo salvaje que soportaba con dificultad el bocado. ¿Cómo podía Menesio, tan buen organizador cuando se trataba de dirigir la maquinaria de guerra de una legión para invadir un campamento enemigo, haberse dejado desbordar por las tareas de su entorno?
Dándole vueltas al asunto, Sila caminó, en dirección al pórtico al pie del cual el patricio había perecido ante sus ojos la noche fatal, por un largo paseo bordeado de cipreses donde, de trecho en trecho, había un hombre montando guardia. A la luz del atardecer entrevió, más allá de aquellos cipreses, las pajareras donde Menesio tenía numerosos pájaros raros comprados durante sus viajes. En ese momento, el galo oyó un largo lamento que a todas luces provenía de un perro. Sila pensó que, de todo cuanto pertenecía al patricio que la muerte se había llevado, tan sólo un perro parecía sentir el dolor que aquella muerte le había causado. Dejando el camino para observar las cosas de cerca, descubrió una perrera formada por varios recintos. Todos estaban vacíos, excepto aquel de donde procedía el gemido.
El esclavo encargado de las pajareras apareció mientras Sila observaba al animal, tumbado en el suelo enladrillado de su jaula. Sus ojos eran los de un viejo perro de caza germano de largo pelo blanco y marrón. El animal miraba a Sila con tristeza al tiempo que reanudaba su gemido. El esclavo intervino para explicar que el perro no comía desde que el señor, que iba a menudo a verlo y a abrir su jaula, había visto su propia existencia interrumpida por la Parca.
–Si lo dejamos salir -añadió el esclavo-, se irá directo a donde el señor encontró la muerte y se negará a alejarse de allí.
Sila miraba al perro, que sostenía su mirada, y recordó que un día de invierno, durante una campaña, un jefe germano le había regalado a Menesio una pareja de cachorros salida, según él, de una cepa maravillosamente dotada para batir la liebre. El galo calculó que habrían pasado trece o catorce años desde aquella campaña y que el animal que tenía ante los ojos sin duda era el macho de la pareja, el cual había llegado a la edad máxima que un perro puede alcanzar. – Abre la jaula -ordenó Sila.
El esclavo obedeció, y el animal, viendo el camino libre y percibiendo quizá que existía un vínculo entre su amo y el hombre que acababa de aparecer, se puso en pie como pudo y cruzó el umbral de la jaula
tambaleándose. Luego adquirió seguridad y comenzó a caminar lentamente, con la boca entreabierta como si no tuviera fuerzas para cerrarla, en dirección al pórtico y al pequeño edificio donde el propio Sila había decidido pasar la noche.
El lecho donde Menesio bebiera el veneno tras haber poseído a la mujer que amaba continuaba allí, pero los obreros que Sila había ordenado llamar esa misma mañana ya habían levantado el suelo de mármol para poner los cimientos del mausoleo donde el galo pensaba depositar el cuerpo de su amigo difunto, en el lugar preciso donde a éste le gustaba tumbarse para contemplar la Ciudad. Aprovechando la confusión que siguiera a la muerte inesperada del patricio, Porfiria, su esposa legítima, había logrado que los restos mortales fueran trasladados al panteón de los Noevia, la familia de ella, donde habían sido inhumados. Pero Sila deseaba que su amigo regresase allí, a aquel lugar privilegiado, en cuanto estuviera acabado el mausoleo de pórfido que un taller del suburbio de Subreata se apresuraba a tallar.
El perro se había acercado al lecho lo había olfateado y después se había sentado. Miraba a Sila y ya no gemía, como si por fin hubiera aceptado la muerte de su amo.
Sila acarició la cabeza y el lomo del viejo cazador, que movió lentamente el rabo.
«Sí -parecía pensar el animal-. No me resultas desconocido. Te vi hace mucho tiempo en compañía del amo.»
Al menos eso era lo que Sila imaginaba, mientras se incorporaba para ir en busca de agua al pequeño edificio ante el cual se encontraban las dos jóvenes flautistas, que habían salido de él al oír que su nuevo señor se acercaba. Se apresuraron a tomarle la delantera y depositaron un lujoso plato de alabastro ante el hocico del animal. Éste empezó a beber lentamente y no paró hasta que el recipiente estuvo vacío.
«¿Ha decidido vivir?», se preguntó Sila.
Luego se volvió hacia los tejados y los monumentos de la capital del universo, que se extendía ante sus ojos hasta el horizonte incendiado por el crepúsculo. Éste oscurecía, cambiando el murmullo que venía de las calles.
Otro estrépito comenzaría con la noche, diferente al que producía la multitud diurna y formado por el ruido de las ruedas forradas de hierro de los carros que habían esperado ante las puertas el momento de entrar cuanto era necesario para la existencia de un millón de individuos: los animales recién sacrificados en los mataderos de las afueras, los pescados traídos del mar por la vía Ostia, los granos que los asnos o los esclavos uncidos a las muelas triturarían en las panaderías, los forrajes destinados a los miles de caballos y mulas de la gente rica y, por supuesto, las piedras de talla, los ladrillos, la arena y las maderas de todos los tamaños que se utilizaban para construir los inmuebles, muchos de los cuales tenían ocho pisos, o incluso más, y se incendiaban fácilmente a causa de una lámpara de aceite o un hornillo de carbón vegetal que quedaban encendidos sin vigilancia.
El galo comprendió que estaba a merced de quienes, en algún lugar de la Ciudad, deseaban su perdición como habían deseado la de Menesio. A aquellos personajes les resultaba fácil sobornar a dos o tres hombres de la guardia del palacio para que lo asesinaran.
El galo decidió que debía ponerse en manos de su destino. Regresó hacia la entrada del pequeño pabellón, ante la cual permanecían las dos adolescentes que serían, con el viejo perro al límite de sus fuerzas, sus únicos guardianes.
El animal había levantado la cabeza hacia él y se puso en marcha para acompañarlo. Sila se detuvo para esperarlo y lo dejó entrar en el pabellón detrás de él. Una de las jovencitas fue a buscar el recipiente en el que el perro había bebido para llenarlo de nuevo, y lo tenía en la mano cuando Sila se tumbó en la banqueta en forma de cama donde el esclavo encargado de los refrescos había perecido. La muchacha dejó el recipiente delante del animal, lo miró beber y permaneció de pie ante la cama, interrogando con la mirada al nuevo señor, en espera sin duda de una seña para unirse con él en el lecho. Sin embargo, Sila hizo, sonriendo levemente, un pequeño movimiento con la cabeza que daba a entender que prefería dormir solo.
–Cierra bien la puerta con los pestillos -le ordenó-, y no salgáis esta noche ninguna de las dos.
La joven se alejó para ejecutar la orden y los pestillos fueron corridos. A continuación, el galo las oyó hablar a las dos en voz baja, en la antecámara donde se habían instalado, y su gracioso susurro lo sumió en un profundo sueño. En el pabellón cuidadosamente cerrado ya no se percibía nada del ruido sordo que producían abajo, en la Ciudad, las ruedas de las carretas sobre el adoquinado de las calles, estriado a veces por el gemido agudo de un eje y festoneado por los gritos de los carreteros o el rebuzno de los asnos.
Sila se despertó en plena noche. Una lámpara de aceite ardía a la entrada de la antecámara donde estaban las jóvenes para señalar la puerta de las letrinas. Sila se sentó en la cama con la intención de ir allí. Miró al perro tumbado a sus pies. El animal dormido estaba absolutamente inmóvil, hasta el punto que Sila acercó la mano a su hocico para asegurarse de que seguía respirando. Luego se levantó.
Las letrinas del pabellón eran, por supuesto, espléndidas, construidas en mármol y maderas nobles. Agradables perfumes producidos por esencias de flores, cuyos frascos se hallaban alineados en un estante, emanaban de dos pilas. El agua fluía sin cesar por un canalillo tallado en el suelo de lava negra y forrado de plata. Una vez hubo acabado lo que tenía que hacer, y cuando se levantaba, una de las flautistas, a la que había despertado el escaso ruido que Sila hiciera al levantarse de la cama, apareció en el umbral. Llevaba en la mano una vasija similar a la que Sila, desde lo alto del pórtico, había visto utilizar para prestar cuidados íntimos a Menesio y Metalla después de unirse en los placeres del amor. La joven cogió del recipiente una esponja bañada en un agua perfumada y se dispuso a lavar a Sila por todos los lugares donde tal cosa podía ser necesaria. Cambió el agua de la vasija, añadió esencia perfumada y se recreó lavando con sus manos el sexo del señor, sin que su rostro dejara traslucir emoción alguna.
Pero era pura hipocresía y Sila no se equivocó al sospechar que la muchacha ocultaba una intención muy concreta. Después del descanso que le habían proporcionado varias horas de sueño, y dado que no había
mantenido comercio carnal con una mujer desde que se despidiera de Mancinia en los muelles de Ostia, el día de su llegada a Roma, el galo no podía permanecer insensible a los cuidados de que era objeto.
Muy pronto, la joven esclava tuvo entre sus dedos la certeza de que su estratagema daba resultado. Entonces se atrevió a sonreírle al señor, sin dejar de hacer con una mano lo que había comenzado, y, dejando el recipiente de las abluciones en el suelo, cogió con la otra mano la de Sila para guiarla a su propia entrepierna… Quería, de ese modo, indicarle al señor que también ella estaba dispuesta a experimentar emociones, y no sólo a realizar una tarea servil. Sila no tenía intención de escabullirse y se prestó de buen grado.
La muchacha debía de tener quince años. Tenía una hermosa boca y unos ojos negros que ahora miraban a Sila de frente, con cierto orgullo, como si quisieran decir que los minutos siguientes no verían a un poderoso amo poseer a una esclava miserable, sino a dos seres iguales en el acto del amor.
Sila le devolvió la mirada. Aquella pequeña también intentaba sobrevivir, en su caso tratando de complacer al nuevo señor, puesto que el anterior había fallecido. Porque ella y su compañera podían ser vendidas en cualquier momento y perder así la lujosa seguridad en la que habían vivido hasta entonces junto a Menesio. Aquel presente que ella quería hacer era una ofrenda a Afrodita mediante la cual imploraba la protección de esa diosa de los amores humanos.
*. Tanto en Roma como fuera de ella, incluso las letrinas públicas estaban lujosamente decoradas.
Y era evidente que Sila no tenía intención de rechazarlo. La joven lo condujo hacia la cama sin dejar de acariciarle. Le hizo tumbarse boca arriba y se desabrochó la túnica, cerrada por delante con fíbulas, a fin de descubrir su cuerpo, al que Sila no encontró ningún reparo que oponer. Después se desnudó del todo y se metió en la cama. Se colocó encima de Sila, con las piernas abiertas, y, mientras se movía con prudencia, dejaba escapar de vez en cuando un gemido, reteniendo su placer a fin de incrementar su intensidad en el momento de la conclusión. A continuación se abandonó,