Gladiadores

Roger Maure · Capítulo 14 de 48

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Gladiadores

Un apasionado de los jovencitos

desnuda la joven-. Ellas te ayudarán a esperar pacientemente mi regreso. Sé que tienes una granja en la Galia. Yo también tengo varias en África, y si quieres podrás ocuparte de ellas. Allí también crece el trigo, ¿sabes?, y en invierno hace sol, no como en tu país. – Achaica hizo una pausa y añadió-: Y yo te amaré. – Sila seguía sin decir nada-. Te amaré porque ahora voy a vivir y no pensaré más en mi muerte.

Tras estas palabras, esperó la respuesta de Sila.

–Ese adivino que vive en el bosque -dijo éste en tono irónico-, ¿no te dijo si el hombre del que te enamorarás en Roma te amará también?

–¡No! – contestó ella, desafiándole con una sonrisa.

–¿Y tú no sentiste la tentación de preguntárselo? – sonrió él a su vez.

–¡Tampoco! Eso no quería saberlo. Quiero tener la posibilidad de soñar hasta el último momento…

Sila le cogió la mano.

–Eres bella y generosa. Lo que me ofreces me conmueve enormemente, pero debo finalizar lo que he empezado. No me odies por ello. Tú misma arriesgas tu vida desde hace años, aun cuando no estás obligada a hacerlo.

Habrías podido no firmar ese contrato que Lacertio te propuso. En cuanto a mí, no puedo negarme a ejecutar la voluntad testamentaria de Menesio.

Después me retiraré, como tú.

Ella no le permitió apartar la mano de la suya y lo atrajo hacia sí de nuevo.

Un apasionado de los jovencitos

Mientras se mezclaba con la riada de gente que se dirigía a Roma por la vía Apia, Sila se preguntó si la bella Achaica, al contrario de lo que decía, no había sido utilizada por Lacertio para inducirle a que se marchase de la Ciudad. El prefecto de los vigilantes había sido el primero en aconsejarle, a su manera, que lo hiciese. Y la misma noche había llegado más lejos, al intentar suprimir al galo aprovechando una riña en el hostal de Las Dos Alondras.

Sin embargo, la apertura del testamento que unos días más tarde convertía a Sila, y de una manera sensacional, en el heredero de Menesio cambiaba las cosas. El asesinato de aquel ex oficial de las legiones, al que se le había encomendado la misión de desenmascarar a los responsables del envenenamiento del patricio, aumentaría el escándalo producido por el fin de éste. Sin duda alguna había sido necesario intrigar en torno a Tito César, ese emperador que no quería que corriera la sangre cerca del trono, para llevarlo a desinteresarse por lo que le había sucedido a un candidato al tribunado en fechas próximas a la elección. Un segundo cadáver sería demasiado.

Los encargados del caso debían de ser conscientes de ello, y, si la advertencia de la cartaginesa era tal, se le concedía al galo una década para renunciar y marcharse. Sila tenía, pues, diez días ante sí para descubrir el camino que conducía hasta los que habían hecho perecer a Menesio. El miserable al que escondiera en el arcón del grano del establo de Las Dos Alondras había pronunciado el nombre de Ictios implicándolo en el envenenamiento de Menesio. Era preciso empezar por el tal Ictios, esa noche sin falta.

El galo no tardó en avistar una de esas postas que jalonaban todas las vías romanas a través del Imperio y donde los viajeros encontraban toda clase de comodidades. Ésta, situada a unas millas de la capital y dada la considerable circulación que había en la Apia, era de capital importancia.

Un gran número de figones y de restaurantes más o menos selectos, así como tiendas de todo tipo, se habían agrupado alrededor del edificio oficial y sus establos. Desde lo alto, la mira misión, eran puestos a disposición de

éstos previa presentación de los documentos expedidos por la administración de palacio. Otros establos, de propiedad privada, alquilaban caballos, mulas y vehículos, sobre todo pesados carpentum donde podían dormir varios durante días y noches de viaje. Los masajistas, hombres y mujeres, esperaban a los viajeros ante esos establos y, cogiendo su caballo por la brida antes de que tuvieran tiempo de desmontar, les proponían conducirlos a los baños, donde los lavarían y perfumarían en un cómodo establecimiento por dos sestercios, suma que incluía, por supuesto, los servicios de orden sexual que pudiesen necesitar tras las soledades y tensiones de un largo viaje.

Sila rechazó con amabilidad las proposiciones de una joven y de un efebo -

que se habían aferrado, ella a las riendas de su montura, y él a su pierna para ayudarlo a descabalgar-, diciéndoles que esa mañana y la noche anterior había tenido cuanto necesitaba, lo cual les hizo reír, y confió su caballo a un mozo de cuadra a cambio de un número de madera que se guardó en el bolsillo, junto a sus bastoncillos de viburno. Después se dirigió hacia un imponente hostal de tres pisos, en cuya terraza había un restaurante sombreado por esteras de paja extendidas sobre las cabezas de los clientes.

Desde allí arriba se podían controlar las idas y venidas de los viajeros, a pesar del sol cada vez más intenso a medida que se acercaba el mediodía.

Uno de los sirvientes de la terraza le llevó al galo agua fresca y un sorbete, así como la lista de platos caligrafiada en una delgada placa de madera. Sila encargó la comida y empezó por buscar con la mirada en la explanada, ante el albergue y la posta, situados uno junto a otro, entre los viajeros sentados sobre su equipaje, quién podía estar allí con la misión de vigilarlo tras haberle seguido a distancia por el camino, si es que había alguien, cosa probable en caso de que Achaica hubiera actuado siguiendo las instrucciones de aquellos por los que iba a arriesgar su vida en la arena.

Emocionado por el recuerdo de la sinceridad que había demostrado la cartaginesa a lo largo de la noche, el galo rechazó esa idea; pero luego recordó que la regla era desconfiar de todo y todos, y que el encanto que se había desplegado sobre él en el lecho de marfil era también un arma en el tipo de combate en el que se hallaba comprometido desde la muerte de Menesio.

Le siguiera alguien o no, el galo decidió que debía desaparecer lo antes posible -en cualquier caso antes de llegar a Roma- y que aquel lugar, con las diferentes entradas y salidas en todos los edificios de uso público, parecía particularmente favorable para una estratagema semejante.

En aquel momento de su reflexión, Sila se fijó, entre los que avanzaban por la vía en dirección a la posta y a Roma, en un reducido grupo de hombres, unos a caballo y otros a pie, precediendo y siguiendo a un gran carro tirado por dos animales, de un modelo militar que le resultaba familiar. Por su porte, su vestimenta y el color uniforme de su equipaje, que era el empleado en el ejército, el ex oficial reconoció en ellos a legionarios que acababan de ser liberados de servicio.

Habían debido de caminar toda la noche anterior para evitar el sol y, si era así, se detendrían para descansar, acampar alrededor del carro, comprar víveres y dormir. Desde lo alto, la mirada de Sila podía abarcar la explanada y el patio, que estaba al otro lado. Supuso que los legionarios llevarían el carro y los caballos a éste para beneficiarse de la sombra del edificio y de los pinos, así como de la presencia de las letrinas y de la fuente, donde podían dar de beber a los caballos.

El grupo de legionarios maniobró de ese modo. Sila se levantó de la mesa y se asomó a la terraza por el lado del patio, donde vio que los veteranos, en efecto, habían detenido el carro junto a la pared del hostal, debajo de él, y algunos extendían en el suelo esteras de junco sobre las que tenían intención de tumbarse, mientras otros se ocupaban de los caballos para darles de beber y, por último, un tercero se dirigía a las letrinas. Sila había observado con satisfacción que varios de ellos eran, a todas luces, galos. Se acercó a la escalera por la que los esclavos del servicio subían los platos a la terraza y, al cruzarse con uno de los sirvientes, le preguntó cómo podía llegar hasta las letrinas. El sirviente le respondió que se podía ir, bien saliendo por la puerta principal del hostal y rodeando el edificio, o bien pasando por las cocinas, que tenían una salida que daba a ese patio. A Sila le pareció que el trayecto por las cocinas se adecuaba más a sus planes y, tras intercambiar unas palabras con los cocineros, que se afanaban ante sus fogones de carbón vegetal, bajó los tres peldaños que conducían al exterior,

entró en el lugar en cuestión, que era amplio, a medida de las necesidades de tan numerosa clientela, y buscó con la mirada al veterano que había visto desde la terraza. Lo descubrió, con la túnica arremangada y mostrando unos muslos peludos y unas pantorrillas robustas que sin duda habían recorrido miles de millas al servicio de la gloria imperial, sentado en una de las largas banquetas de madera encerada y llenas de agujeros.

El lugar estaba casi vacío. Sila avanzó directamente hacia el ex legionario, se arremangó la túnica a su vez, se bajó los calzones y se sentó a su lado, pese a que había mucho sitio libre. Como debía actuar deprisa, pues el otro podía levantarse de un momento a otro en cuanto acabara lo que había ido a hacer, el ex oficial de las legiones atacó sin rodeos, en galo.

–Por lo que he visto -dijo cordialmente-, vais de retirada.

El otro, que había experimentado cierta inquietud al observar la maniobra de su interlocutor, ya que en las letrinas era habitual hacer proposiciones de actos homosexuales, tras reflexionar unos instantes consideró que se trataba de un compatriota deseoso de charlar un poco.

–Sí -respondió-. Y mejor que sea así, porque la cosa empezaba a animarse, allí donde estábamos…

–¿Y dónde estabais? – preguntó Sila, al tiempo que soltaba una ventosidad destinada a certificar de forma indiscutible las razones de su presencia en aquella banqueta.

–En África, en el sur. ¡Hacía un poco de calor!

–Nunca he servido allí -dijo Sila con sobriedad, para dejar patente que él también había estado en el ejército.

–¡Ah, tú también…! – repuso el otro, que miraba a Sila para intentar averiguar con qué clase de hombre estaba tratando.

–Sí -dijo Sila-. Estuve quince años. Pero siempre en sitios fríos, como

Germania, Bretaña, Batavia… ¿Adónde vais ahora?

–Nos dan unas tierras a orillas del Rin y vamos a instalarnos allí todos juntos. Nos conocemos desde hace mucho tiempo.

–Eso está bien -comentó Sila.

–¿Y tú? ¿Dónde te has retirado?

–Cerca de Vienna. Ocho millas antes de llegar, en el camino de Lugdunum.

No en la vía Claudia, la grande, sino en la otra. Si pasáis por allí, os daré un mensaje para mis esclavos. Preguntad por la granja de Sila. Os recibirán bien y podréis descansar allí. Yo todavía me quedaré aquí algún tiempo…

–La granja de Sila -repitió el veterano-. Tendremos que remontar forzosamente el valle del Ródano, y no es muy divertido recorrer durante días y días tierras donde no se conoce a nadie. ¿Hay más hombres de las legiones contigo en la granja?

–No. Sólo prisioneros de guerra. Persas. Pero hablan el celta galo como tú y como yo. Hace tiempo que los tengo y están contentos de estar allí…

Sila cogió una de las esponjas sujetas al extremo de un junco, utilizadas por los usuarios para limpiarse el orificio anal y puestas a su disposición en el canal de agua corriente que pasaba entre sus piernas y la banqueta. Ahora debía ir al grano, pues su vecino no tardaría en imitarlo y en salir de allí.

–Dado que estamos entre veteranos del ejército, y que en estos momentos yo me encuentro en una situación un tanto difícil y tú y tus compañeros tal vez tengáis necesidad de ganar un poco de dinero, quizá podáis echarme una mano.

El otro, en efecto, había cogido a su vez una esponja y se levantaba para poder meterla con más comodidad entre sus nalgas. Miró a Sila con expresión interrogante.

–Dinero -dijo- siempre se necesita. Y si podemos hacerte un favor…

–¿Cuánto os han dado?

–Veinte mil sestercios a cada uno, además de las tierras…

–No está mal -dijo Sila.

–No, pero tendremos que hacer muchas cuentas. En tu tierra, ¿cuánto vale ahora una vaca?

–Un buen ejemplar, pongamos dos mil sestercios.

–¿Te das cuenta? – dijo el futuro colono. Ahora estaban ambos de pie, arreglándose la ropa tras haber dejado las esponjas con mango en el canal, preparadas para los siguientes usuarios-. ¿Y por qué razón nos necesitas? –

preguntó el hombre, que ya había entendido por qué su vecino de letrinas se había dirigido directamente a él al entrar.

–Verás -dijo Sila-, en Roma hay. muchos tipos peligrosos y algunos de ellos quieren buscarme problemas. En ese momento andan tras de mí y necesito entrar en la Ciudad sin ser visto. Me esconderéis en vuestro carro. Me prestaréis ropa, la misma que lleváis vosotros, con un gorro y todo lo necesario para que no me reconozcan. Uno de tus hombres me lo traerá aquí para que pueda cambiarme… -Sila sacó del bolsillo el número de madera que le habían dado a cambio de su caballo-. Dejarás a uno de tus compañeros en el hostal. Pagará la cuenta de lo que he pedido en el restaurante de arriba, y mañana por la mañana irá a buscar mi caballo y entrará con él en Roma. ¿Alguno de vosotros conoce un poco la Ciudad?

–Uno estuvo dos años en la guardia pretoriana.

Sila sacó varias monedas de cien sestercios del bolsillo y separó dos. – Dale esto para que pase aquí la noche y mañana recoja el caballo. Dile que se dirija hacia el palacio Menesio. Frente a la entrada del palacio hay un

hostal, Las Dos Alondras, con un establo para los clientes. Que entre allí, deje el caballo y espere. Me encargaré de que vayan a buscarlo y nos reuniremos todos en mi casa…

–¿Tienes una casa en la Ciudad?

–Sí -respondió el ex oficial de las legiones-. Hay un establo. Podréis guardar el carro, dejar los caballos y quedaros unos días para descansar.

El veterano miraba las monedas de cien sestercios.

–¿Das esto simplemente para que llevemos tu caballo a Roma, cuando apenas falta una hora de camino?

–Sí -contestó Sila-. Y por llevarme a mí en el carro os daré mil sestercios cuando lleguemos.

–Mil… -repitió el otro-. No está mal por ir a Roma, adonde de todos modos teníamos que ir…

–Sois siete, ¿no? Cada uno debe tener su parte, como indemnización por el hecho de que voy a haceros seguir camino ahora, a pleno sol, cuando vosotros queríais descansar hasta la noche… Además,, me hacéis un gran favor… Vamos, envíame la ropa, avisa a los demás y preparaos para partir.

Enganchad los caballos y…

–¡Entendido!

Había dicho eso en un tono de obediencia militar y Sila se percató de que, instintivamente, el hombre le obedecía como a un oficial en campaña. Sila había dado órdenes de esa forma durante más de diez años, tras haber conquistado su graduación sobre el terreno, y el legionario y el oficial que se conocían desde hacía unos minutos ya habían caído en la rutina reglamentaria.

El veterano se puso en movimiento para salir, pero Sila lo retuvo. – ¡Espera!

– dijo, presintiendo que debía explotar la situación-. Necesito cuatro tipos decididos para algo que tengo que hacer esta noche. Si te interesa, eso se pagará aparte, y será bien pagado…

Esta vez el otro vaciló. – ¿Se trata de algo… ilegal?

–¡Escucha! – dijo Sila, asiéndolo de un brazo-. Aquí, en Roma, se cometen muchos crímenes, y un cerdo ha hecho asesinar a uno de mis amigos que era oficial conmigo en la misma legión. Juré que encontraría a ese tipo. Lo he encontrado, y ahora quiero que pague lo que ha hecho… Mi amigo era rico y me ha dejado una herencia. Hay veinte mil sestercios para los que me ayuden esta noche a atrapar a esa inmundicia. Sé dónde vive. Es un leno; alquila chiquillos… ¿Entiendes lo que quiero decir?

El veterano reflexionaba, pero la voz de Sila y las miradas que intercambiaban ya le habían convencido.

–De acuerdo -dijo-. Voy a hablar con los demás.

–¿Quién tiene la graduación más alta? – preguntó el galo.

–Yo. Era abanderado.

–¿Cómo te llamas?

–Cotio. Cotio Funditor*, me llamaban…

–¿Por qué? ¿Sabes utilizar la honda?

1. Funditor: hondero, soldado armado de honda.

–Estuve dos años con honderos baleares en España y aprendí a utilizarla.

Pero, ahora -añadió-, ya no tendré muchas ocasiones de…

–No estés tan seguro -le interrumpió Sila.

Los legionarios detuvieron el carro entre los centenares de vehículos pesados que se agolpaban en el gran terraplén, ante la puerta Apia, esperando la hora en que se permitía entrar en la Ciudad. Un gran número de tres viri controlaban que carros y carretas se situaran adecuadamente, preparados para ponerse en marcha unos tras otros de forma ordenada, a fin de evitar las riñas que no dejarían de producirse si se dejaba a los conductores actuar libremente.

Sila salió del interior del carro, donde había viajado entre el equipaje de los veteranos, con su gorro no muy limpio y su vestimenta de ex militar facilitada por el ejército junto a los enseres del legionario liberado del servicio. Cotio se acercó a él con otros tres.

–Éstos son los que te ayudarán, además de mí, esta noche.

Sila constató con satisfacción que tenían el aspecto de militares que acaban de presentarse voluntarios para una misión nocturna. «Los soldados son todos iguales -pensó el galo-. Afirman estar hartos del peligro, del ejército y de obedecer, pero, en cuanto oyen el sonido de la trompeta, se disponen a partir sin ni siquiera saber adónde.»

–Ahora entraremos los cinco en la Ciudad -ordenó-. Los demás, con el carro, entrarán cuando se dé la señal y se dirigirán al hostal de Las Dos Alondras del que antes te hablé. Conducirán el carro hasta el patio sin vacilar. Le dirán al posadero, que se llama Sostias, que actúan siguiendo instrucciones de Sila y le pedirán que les deje instalarse en el establo hasta mañana. Sostias aceptará, y mañana por la mañana enviaré a alguien en su busca para que los acompañe a mi casa.

Sila, con un hatillo al hombro similar a los que llevaban Cotio y sus compañeros atado al extremo de un palo, cruzó la puerta Apia entre ellos.

Ninguno conocía Roma. Asombrados por el espectáculo que presenciaban, permanecían en silencio. Sila los llevó hasta el estudio del notario donde había tenido lugar la apertura del testamento de Menesio y luego, de una callejuela a otra, hasta aquella donde se encontraba el establecimiento del peluquero Certio, hijo de Libio. Condujo a sus hombres al jardín situado

detrás del edificio, seguido por una de las jóvenes que tenían encomendada la tarea de esperar a los clientes a la entrada.

–¡No podéis entrar aquí! – protestaba, mirando con repugnancia las toscas ropas y los hatillos-. ¡Es un jardín privado!

Sila se volvió hacia ella.

–¿Está Certio, tu amo? – preguntó en tono severo-. Dile que el galo más famoso de Roma quiere verle, deja a mis hombres en paz y contén tu lengua.

–¡Ah, señor Sila! – balbuceó la muchacha-. Está arriba, seguidme… Sila subió la escalera tras aquellas bonitas piernas y, siguiendo el procedimiento habitual, fue introducido en uno de los saloncitos, donde Certio entró unos minutos más tarde.

–¡Eh, Sila! – exclamó éste, al ver el aspecto del galo-. Esta vez os habéis disfrazado sin mi ayuda…

–Sí, pero es preciso lograr algo mejor esta noche sin falta. ¿Puedes darme el aspecto de un hombre de sesenta años que corre tras los muchachos para…?

Certio se echó a reír.

–¿Un viejo mariquita, maquillado, con muchos anillos y el pelo teñido?

–Exacto.

–Eso está tirado -repuso el peluquero-. Os pondré un trasero postizo y sandalias adornadas con aros tintineantes. Se trata de una caricatura.

–Necesito algo más.

–Ya sabéis que estoy dispuesto a hacer cualquier cosa para ayudaros.

–Te lo agradezco. En primer lugar, una silla de porteadores decorada con

mal gusto, para que esté a tono con el personaje.

–Ahora mismo enviaré a alguien a una casa de alquiler. ¿Con porteadores?

–No -respondió Sila-. Ya tengo. Esperan en el jardín.

–Comprendo -dijo Certio con una sonrisa-. ¿Y qué más? Sila bajó el tono de voz.

–Veneno. Necesito un veneno que actúe con rapidez.

Certio guardó silencio. Había empezado a peinar los cabellos de Sila, pensando en la peluca que escogería de su colección, única en Roma, y se detuvo, con el peine en alto, para buscar la mirada del galo en el espejo situado frente a ellos. Sila sostuvo su mirada.

–¿Lo ves imposible? – preguntó el heredero de Menesio.

–No -respondió el peluquero, tras unos instantes de vacilación.

–¿Puedes conseguirlo enseguida, como la silla de porteadores?

–Puedo hacerlo, pero es mucho más caro que una silla de porteadores.

–Me lo imagino… Pero la venganza no tiene precio. Sabes que estoy totalmente decidido a hacer cualquier cosa para castigar a los culpables de la muerte de Menesio… Por consiguiente, pagaré lo que sea necesario.

Certio había empezado a peinar de nuevo a su cliente, observando su rostro en el espejo.

–Señor -dijo-, no necesito explicaciones. Me habéis pedido algo y yo os lo proporcionaré. – Se produjo un silencio, tras el cual el peluquero añadió-: He comprendido qué clase de hombre sois y sé que no haréis mal uso de lo que me pedís…